El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho

ÉRASE UNA VEZ EN… BRASIL EN 1977. 

“Cuando nos damos cuenta de que realmente estamos solos es cuando necesitamos más a otros”. 

Resultaría muy difícil comprender el cine de algunos autores, si les cambiáramos la ciudad donde se desarrollan sus tramas por otras totalmente diferentes. Es el caso de algunos grandes como Scorsese y Woody Allen con New York, Fellini con Roma, Truffaut con París y Almodóvar con Madrid. Lo mismo sucede con Kleber Mendonça Filho (Recife, Pernambuco, Brasil, 1968), y su Recife querido, donde suceden la mayoría de sus 8 películas. Un Recife, eso sí, anclado en la contemporaneidad de sus relatos. Por eso, su última película El agente secreto, tiene algunos elementos diferentes y muy estimulantes, ya que su Recife actual se marcha hacia atrás hasta la misma ciudad pero de finales de los setenta, en plena dictadura, y más concretamente en el año 1977. Un relato que tiene uno de los prólogos más potentes y deslumbrantes que recuerda el que suscribe. El protagonista es Marcelo, un profesor de tecnología que, por circunstancias personales y profesionales, debe huir, en su peculiar escarabajo amarillo, a la ciudad de Recibe, donde se reencontrará con su hijo y sus suegros. 

El guion del propio Mendonça Filho no es nada convencional, aunque a simple vista pudiera parecer lo contrario, en que el cine juego un papel fundamental como arte social y escapista muy incrustado en lo que se cuenta. Hay una mezcla de policíaco muy negro, que bebe mucho de aquellas películas estadounidenses de los treinta y cuarenta, y las atmósferas endiabladas del gran Melville, con esos tipos solitarios en continua huida de no sé sabe de quién ni hacía dónde. También tenemos los rasgos y huellos del western más físico y violento de los setenta con los Peckinpah y Penn en primera fila, la negrura del poder político que también hacían los Lumet, Coppola y Boorman, sin olvidarnos del costumbrismo social y humano de los Glauber Rocha y demás. En fin, una poderosa fusión de géneros, tramas, subtramas y texturas que bebe del propio Recife setentero y sobre todo, del cine de la misma década que también retrató los avatares, confusiones y violencia de aquellos oscuros años. El director Bacurau cuenta su historia en pocos días, durante el eterno carnaval, tiempo de máscaras, fantasmas y fingimientos, en que la fiesta, el miedo, la amenaza, la violencia seca y áspera, y demás fuegos internos que no cesan, se van sucediendo dentro de una cotidianidad extraña y ajena, que puede golpear en cualquier momento y de forma tan sorpresiva como fuerte.

El grandísimo trabajo y esfuerzo técnico de la película para trasladarnos y revivir los tiempos del Recife del 77 tienen que ver con la magnífica labor de la cinematógrafo Evgenia Alexandrova, de la que conocemos por sus films con la cineasta francesa Noemia Merlant, con la cámara Alexa 35 acompañados de  los objetos Panavision anamórficos para crear ese grosor setentero que da un relieve esencial al cuadro. La música es otro elemento crucial para la película porque tiene al dúo Mateus Alves y Tomaz Alves de Souza, cuatro películas con el director de Doña Clara, que tienen en su haber directores brasileños como Gabriel Mascaro, Marcelo Gomes y Anna Muylaert, donde consiguen una película nada épica y muy íntima que acerca el drama personal del protagonista, y los otros, que viven arropados en el refugio de Doña Sebastiana en tiempos de militares que van a degüello con todo aquel diferente y sospechoso. Amén de las canciones populares brasileiras que amenizan el carnaval y otras juergas, pero usadas en otros contextos evidenciando la dualidad entre vida y dictadura por el que pivota la película. El montaje lo firman otro dúo como Matheus Farias y Eduardo Serrano, tres películas con el director que, no tenían una empresa nada fácil, en una cinta que se va a los 158 minutos en un conciso y puro trabajo de edición donde las miradas y los gestos priman sobre lo demás, capturando toda la sensación de miedo y terror que planea por los diferentes personajes. 

El plantel de los intérpretes forma un conjunto muy heterogéneo en consonancia con la mezcla que reside en la historia. Un grupo de actores y actrices que brillan con mucha intensidad durante toda la trama, con un estelar Wagner Moura, un actor que ya tuvo su esplendor en su Brasil natal en películas como Cidade baixa, de Sergio Machado, Tropa de élite, y más tarde su lanzamiento internacional con series como Narcos. Su Marcelo es su cum laude, tiene mucha verdad, tensión y naturalidad. El gran trabajo de Tânia Maria como Doña Sebastiana, un pilar fundamental en el devenir de la historia. Otros intérpretes son el desaparecido Udo Kier, en su segunda película con el director, Maria Fernanda Candido, Gabriel Leone, Carlos Francisco, Alice Carvalho, Roberio Diogenes, Hermilia Guedes e Ior de Araujo, entre otros. Después tenemos una retahíla de actores que dan vida a todos los demás personajes que tiene una presencia breve pero muy intensa, por sus físicos, sus formas de mirar y moverse, que componen uno de los grandes aciertos del cineasta recifense aportante una transparencia y fuerza con esos rostros vividos que otorgan una fuerza a cada secuencia.

El viaje al pasado que el realizador de Retratos de fantasma ha hecho con O agente secreto adquiere todo su sentido en relación a los últimos años vividos bajo el mandato del ultrafascista Bolsonaro, rememorando las tensiones, violencias y miedo que se vivió en las casi dos décadas de dictadura. El cine como reflejo del pasado-presente y no futuro para hablar de lo que muchos olvidaron, o quizás, para hacer del presente un ejercicio de memoria lúcida y oportuna para que los no quieren paz y libertad, sean meros reflejos de aquellos otros del pasado. Resulta muy evidente que, las dos últimas películas brasileñas que más fuerte han sonado a nivel internacional sean la que nos ocupa y Aún estoy aquí, de Walter Salles, estrenada el año pasado, porque las dos cintas nos invitan a viajar al pasado, a ese pasado oscuro de la dictadura, los años 1971 y 1977, respectivamente, años de plomo, de desapariciones, de violencia seca y abrupta. Años salvajes en que Brasil se convirtió en una zona muy oscura para todos aquellos que tuvieron el valor de enfrentarse al poder militar y fueron desaparecidos, perseguidos y huidos como les ocurre a Rubens Paiva y Marcelo, dos más de los tantos compatriotas. Si les gusta el cine de verdad, el que habla de lo que somos y lo que fuimos, vayan a ver El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, porque seguro que les hará reflexionar sobre todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El arquitecto, de Stéphane Demoustier

EL GRAN ARCO DE SPRECKELSEN.    

“La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas”. 

Miguel Ángel 

En la inmortal El manantial (1949), de King Vidor, conocíamos la ambición del arquitecto Howard Roark, que luchaba contra lo estéril y lo convencional, anteponiendo lo individual a lo colectivo, manteniendo la firmeza de la libertad ante la esclavitud de las ideas. Algo parecido le ocurre a Joan Otto von Spreckelsen (1929-1987), el sorprendente arquitecto danés que ganó el mayor concurso de la historia que convocó el gobierno de Mitterrand en 1983 para construir el Arco de Defensa de París para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. El quinto trabajo de Séphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), está basada en hechos reales que recogen la novela “La Grande Arche”, de Laurence Cosse, y nos sitúan en el período que va de 1983 hasta 1987, y cuenta los pormenores que hubieron durante la construcción del mencionado Arco, y los enfrentamientos del arquitecto danés con los miembros del gobierno y otros colaboradores durante la magna obra que se llevó a cabo. El cineasta francés, del que hemos visto sus dos anteriores películas La chica del brazalete (2019) y Borgo (2023) se aleja del policíaco, pero no deja las difíciles relaciones humanas y las oscuridades y planteamientos alejados que se mantienen. 

En El arquitecto (en el original L’inconnu de la Grande Arche), estamos ante una trama sencilla y directa, basada en lo humano, en un férreo y arduo enfrentamiento entre la individualidad y la voluntad de hierro del arquitecto danés frente a los conflictos y posturas alejadas de los franceses, que lo componen un asesor del gobierno y un arquitecto francés que se convierte en maestro de obras. La actitud inquebrantable y tenaz de Spreckelsen choca de manera frontal ante esa barrera de burocracia y practicidad que representan los franceses. Hay muchos momentos que se habla de arquitectura, como no podía ser de otra manera, y de las diferentes formas de acercarse al hecho de construir, y no sólo de cómo hacerlo, sino de una forma de extensión de la vida, de la existencia y de las emociones. Todo esto queda reflejado en Italia, cuando el arquitecto se traslada para buscar el mármol de Carrara, el más bello del mundo, una secuencia que recuerda a otras dos, en las que se plantean los mismos deseos: en Il Pecatto (2019), de Andrei Konchalovsky, basada en la construcción de “La pietà”, de Miguel Ángel, y en The Brutalist (2024), de Brady Corbet, en la que la blancura desborda y transforma a los tres artistas en un mar de mármol infinito, donde el tiempo se detiene y todo tiene un sentido.

Demoustier se ha rodeado por dos cómplices como el cinematógrafo David Chambille, con el que trabajó en la citada Borgo, amén de grandes cineastas como Jean-Claude Brisseau, Bruno Dumont y Jean-Louis Petit, con una visión realista y nada amontonada, que deja luz y espacio a los diferentes personajes en unos espacios que van desde las estancias grandes de los edificios gubernamentales y los exteriores llenos de barro y suciedad donde se desarrolla la susodicha obra. El montaje lo firma otro cómplice como Damien Maestraggi, que ha realizado cuatro películas con el director francés, además de trabajar con Guillaume Brac, Justine Triet y César Díaz. Su edición sigue una línea convencional, aunque para nada desmerece a la historia, todo lo contrario, porque tiene un ritmo in crescendo, o lo que os lo mismo, un ritmo hacía las profundidades, donde todo se va tornando más oscuro, en sus intensos 105 minutos de metraje. La música corre a cargo de Olivier Margherita, nuevo fichaje, que tiene trabajos para películas de Nobuhiro Suwa, Dóminik Moll y André Techiné, entre otros. Una composición que nos lleva a aquellos primeros ochenta desde lo sutil, la intimidad y la naturalidad.

Un reparto bien elegido que actúa de forma transparente y nada impostada, encabezado por un soberbio Claes Band, el actor danés que conocemos por sus trabajos con Lone Scherfig, Ruben Östlund, y sus trabajos en la industria estadounidense como la serie The Affair y El hombre del norte, de Eggers. Su presencia y carisma ayudan a su personaje visionario y fuerte que tiene una idea obsesiva en la cabeza. Le acompañan la gran Sidse Babett Knudsen como su mujer Liv, el contrapunto de tanta obsesión y firmeza enloquecida. Y en la otra esquina tenemos a los franceses: Xavier Dolan, magnífico director y actor hace del asesor del gobierno, tan burocrático como legal, como impertinente. El siempre estupendo Swann Arland se mete en la piel de otro arquitecto, Paul Andreu, que hace de amigo malo en la obra del famoso Arco. Y finalmente, Michel Fau, que lo vimos en la mencionada Borgo, es François Mitterrand, un amigo de Spreckelsen, alguien con quién hablar, qué se entienden, pero las circunstancias de la política son como son. Si les gusta la arquitectura no deberían perderse El arquitecto, aunque también si no les gusta, también pueden verla, porque habla de la ambición personal, del deseo de convertir tu sueño en realidad, y sobre todo, de luchar con todas las fuerzas por las cosas que se creen, a pesar de los demás, de la política, y de lo que se ponga frente a uno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuevos horizontes, de Mohammadreza Eyni y Sara Khaki

SOY SARA SHAHVERDI. 

“Es imposible imaginar una mujer de los tiempos modernos que, como principio básico de individualidad, no aspire a la libertad”. 

Clara Campoamor

Hace un lustro, y también distribuida por DocsBarcelona, bajo la iniciativa de El Documental del Mes, vimos Querida Sara (2021), de Patricia Franquesa, que recogía la vida y lucha política de Sara Bahai, la primera mujer taxista de Afganistán, amén de una activista por los derechos y la libertad de las mujeres afganas. Las circunstancias han decidido que otra Sara, esta vez Sara Shahverdi sea la protagonista de Nuevos horizontes (en el original, Cutting Throug Rocks), dirigida por la pareja iraní Mohammadreza Eyni y Sara Khaki, que retrata la vida y la lucha política de una mujer iraní que vive en una remota aldea del noroeste del país, y lo hacen desde la más absoluta sencillez y naturalidad, donde repasan el presente convulso al que se enfrenta diariamente una mujer que rompe las reglas en un país patriarcal que usa a las mujeres y no les concede la más mínima libertad. No obstante, estamos ante un dúo de cineastas comprometidos con las causas invisibles que protagonizan muchas personas que intentan mejorar las vidas de los oprimidos. 

La película repasa la peculiar y diferente existencia de Sara Shaverdi, con un pasado donde su padre le enseñó a conducir, a ser independiente y sobre todo, a no amilanarse ante nadie ni ante cualquier conflicto a los que se enfrentará. En el revelador prólogo al que vemos a la citada mujer siendo la decidida y valiente de nueve hermanos que lidia ante los hombres-hermanos que anteponen su poder frente a las otras hermanas, situación que Sara no permitirá y batalla contra las injusticias que quieren aprovecharse sus hermanos varones. Después vemos a una mujer que vive sola, una mujer que fue comadrona, que estuvo casada, que conduce automóviles y motocicletas, y que se presenta como concejal de su aldea, donde es la más votada y entra en un consejo donde se convierte en la primera concejala en una institución donde hay cuatro hombres y ella. La cámara se sitúa junto a ella y dentro de ella, y somos testigos de sus realidades como política: la mejoría del abastecimiento de agua, la construcción de plazas y la oposición a las formas fraudulentas de los otros hombres políticos. Amén de su profundo activismo a favor de los derechos de las esposas, y la ayuda a niñas para que no terminen casadas tan jóvenes y conozcan otras posibilidades de vida. 

Una mujer que, debido a su profunda convicción política como eje vertebrador para mejorar la vida de los aldeanos y sobre todo, la de las mujeres que son pisoteadas, se verá envuelta en profundas críticas y una oposición feroz que la quiere arrinconar inventado supuestas actitudes y enfermedades varias. Ante todo eso, Sara sigue en su camino, en su lucha, no dejándose amedrentar por los machistas y poderosos de turno. La cinematografía la firma el propio Mohammadreza Eyni construyendo una película-diario-travesía en continuo movimiento siguiendo a una mujer de aquí para allá, con una actitud a fuerza de bombas, mostrando una entereza fuera de lo común, con continuas muestras de protesta y rechazo por parte de los hombres que ven su poder limitado y totalmente cuestionado. La excelente música que firma Karim Sebastian Elias, con más de 90 títulos en su extensa filmografía, como los de Faruk y El espía honesto, que hemos visto por estos lares, ayuda a seguir con sensibilidad y fuerza la vida de alguien que lucha por un mundo mejor, por una aldea mejor, y por unas mujeres que sepan quiénes son y cómo conseguirlo. El montaje que firman el dúo de directores, condensa con maestría y energía sus 95 minutos que dejan bien claro que retratando a Sara están en el lado de la vida, sin edulcorantes ni nada que se le parezca. 

Los espectadores ávidos de historias sobre luchas y protestas encontrarán en Nuevos horizontes una película realmente emocionante en ese sentido, porque no habla de una persona cualquiera, sino de alguien que se ha visto en infinidad de tesituras para vivir como ella quería a pesar de la oposición y la crítica de su propia familia, la ala masculina. Una mujer que cree en la vida y los derechos como vía para desarrollarse y ser la persona que desea, con su trabajo, sus deseos, sus ilusiones y su peculiar forma de vivir que debe reafirmarse en su cometido diariamente, frente a un patriarcado que ve amenazado su status frente a la vida tan diferente de Sara. Un retrato emocionante que no habla de buenos y malos, sino de libertades y restricciones, de una mujer sin miedo y unos hombres muertos de miedo, porque no quieren que las mujeres tengan sus derechos y privilegios. La pareja de directores Mohammadreza Eyni y Sara Khavi han construido una película desde la verdad, desde ese espacio donde la vida, la dignidad y la humanidad toman partido cueste lo que cueste y tengan que enfrentarse a quién sea. Es evidente que estamos ante una obra sensible, profunda y reivindicativa, pero que reflexiona y no va heroínas ni gestas, sino de cotidianidad, naturalidad y esperanza ante un mundo menos injusto y más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Claudio Zulian

Entrevista a Claudio Zulian, director de la película «Constelación Portabella», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 29 de octubre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudio Zulian, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sospecha de Sofía, de Imanol Uribe

EL HERMANO QUE SURGIÓ DEL FRÍO.  

“Actuamos así unos con otros, toda esta dureza; pero en realidad no somos así, quiero decir… no se puede estar siempre en el frío; uno tiene que venir del frío…”

De “El espía que surgió del frío”, de John Le Carré 

La cinematografía española es poco dada al cine de género al mejor estilo del Hollywood clásico, es decir, aquellas películas de los treinta y cuarenta plagadas de espías con una atmósfera noir poblados por seres atrapados en marañas políticas de difícil escapatoria, con tipos de pasado oscuro y presente aún más negro, y mujeres fatales dispuestas a todo. Por eso, es de agradecer mucho una película de las características de La sospecha de Sofía, basada en la novela homónima de Paloma Sánchez-Garnica, que ya fue llevada a la pequeña pantalla en la miniserie La sonata del silencio. A partir de una adaptación que firma Gema Ventura, que ha estado en Centuauro y Todos los nombres de Dios, ambas de Calparsoro, nos sitúan en el Madrid del franquismo en 1968 en la vida tranquila y apacible de Daniel, Sofía y sus dos hijas pequeñas. La cosa se tuerce y mucho con la invitación a Daniel para que conozca a su madre biológica en Berlín oeste. 

Después de 16 títulos y casi medio siglo de carrera, el cineasta Imanol Uribe (El Salvador, 1950), que siempre se ha movido entre el drama y la intriga, con películas de la talla de La muerte de Mikel (1984), Días contados (1994), Plenilunio (2000) y Lejos del mar (2015), entre otras, se decanta por una trama que bebe de ese cine clásico bien ejecutado y con pocos sobresaltos, con una armonía y un tono conocidos y de lugares comunes, donde se adentra en terreno hitchcockiano, porque conocemos los detalles y la cosa se mueve por el suspense y esa línea casi invisible de ser descubierto y cómo se resuelve la dichosa trama. Y cómo no, el asunto del doble, que está tan presente en el cine del director británico, aquí es pieza capital, porque Klaus, reclutado a la fuerza por el KGB deberá ser Daniel, hacer lo que hace su hermano gemelo, y sobre todo, espiar para los soviéticos en el Madrid franquista de 1968. El relato visita a menudo el flashback para resolver ciertos enigmas de los diferentes personajes, cosa que se dosifica con inteligencia añadiendo más misterio a los hechos que ocurrieron y ocurren, pasando por buena parte del tercer cuarto del convulso siglo XX, con hechos tan reconocibles como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el mayo del 68, la llegada de la democracia, el final del telón de acero y demás. 

Uribe que siempre se ha caracterizado por una fascinante atmósfera en su cine, así como un exhaustivo rigor histórico, en que la intriga está al servicio de lo que está contando y contribuyendo a adentrarse en el complejo mundo de sus personajes. Tenemos al diseñador de arte Diego López, con el que hizo Llegaron de noche (2022), y el vestuario de Helena Sanchis, con la que ha hecho 6 películas, amén de películas con Bigas Luna,, con el que debutó en Las edades de Lulú (1990), Manuel Gómez Pereira, Manuel Iborra y Víctor Erice, entre otros. El gran trabajo de sonido de Juan Borrell, con más de 120 títulos, que hizo con el cineasta vasco Lejos del mar (2015). La magnífica cinematografía construida de claroscuros y de esa luz velada y sofisticada que ayuda a introducirse en ese universo de mentiras de verdad y viceversa que firma un grande como Gonzalo Berridi, seis películas con Uribe, con una abundante filmografía que abarca más de 60 títulos. La música de la alemana Martina Eisenrich consigue esas composiciones con aroma de clasicismo que le va como anillo al dedo a todo el entramado de la historia. El detallista y rítmico montaje de Buster Franco, con el que hizo Miel de naranjas, otro policíaco ambientado en la España de posguerra, ayuda a crear esa mezcla de drama y suspense tan bien equilibrada. 

Los intérpretes del cine de Uribe siempre se han destacado por componer unos personajes cercanos y llenos de complejidad, sino acuérdense de los Imanol Arias, Carmelo Gómez y Eduard Fernández de las ya citadas, a los que suma Álex González como Daniel/Klaus, encarnando a tipos en encrucijadas de oscura resolución, en las que deben actuar de formas muy diferentes a lo que en un principio deberían, siendo víctimas de su propia historia y de la historia en la que están metidos sin remedio. A su lado, Aura Garrido, que está convincente en su papel de Sofía, la que sospecha y la primera sorprendida de ciertos detalles de su “nuevo marido”, en un mar de dudas con el que vive a diario. Completan el reparto la presencia de Zoe Einstein, en un personaje que mejor no desvelar, y otros intérpretes que hacen de la película una historia íntima y tangible con oscuros secretos que nos llevan por media el eje europeo de entonces: Madrid, París y Berlín, tanto uno como el otro. Estamos ante una película de guion convencional, si, pero con sus atajos sorprendentes y una cuidada ambientación que se erige como un entretenido cine de espías que no oculta a sus maestros, que recuerda a Tu nombre envenena mis sueños (1996), de Pilar Miró, buen ejercicio de thriller psicológico, donde la trama es una mera excusa para retratar el convulso ambiente de la España de los treinta y cuarenta, como sucede en La sospecha de Sofía con la España franquista y la inestabilidad de la guerra fría. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juanjo Castro

Entrevista a Juanjo Castro, director de la película «7291», en el Hostal Portugal en Barcelona, el miércoles 27 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la personas que ha hecho posible este encuentro: a Juanjo Castro, por su tiempo, sabiduría, generosidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a María Barea

Entrevista a María Barea, directora de la película «Antuca», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona, en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el martes 21 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Barea, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan excelente, y a Anne Pasek y Teresa Pascual de Good Movies, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Belén Funes

Entrevista a Belén Funes, directora de la película «Los tortuga», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Funes, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Almudena, de Azucena Rodríguez

ALMUDENA FRENTE AL ESPEJO. 

“La alegría me había hecho fuerte, porque (…) me había enseñado que no hay trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría”. 

Almudena Grandes 

Permítanme que les cuente mi experiencia personal con Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021), que sucedió un Sant Jordi en Barcelona, el de la edición de 2007, cuando guardé escrupulosa cola para ser uno de los agraciados que se llevase a casa la dedicatoria y la firma de la insigne escritora en su último libro “Corazón helado”. La cosa fue bien, o más bien, fue inolvidable y muy emocionante, ya que Almudena se mostró cercana, simpática y sobre todo, natural y acogedora, haciéndote sentir especial en aquellos breves minutos que duró el encuentro. Cuando volvía a casa en tren miraba atónito como hipnotizado sin dejar de mirar su letra y pensando en su mirada y nuestro encuentro. Fue el primero de otros encuentros, aunque en ese instante lo desconocía, eso sí, los otros fueron igual de sinceros e inolvidables. Recuerdo uno junto a mi hermano, igual de emocionante, aunque eso es ya otra historia.  

Ahora sí, vamos a centrarnos en Almudena, la película que ha hecho Azucena Rodríguez (Madrid, 1955), que adaptó una de sus novelas “Atlas de la geografía humana” en 2007, amén de ser una de sus mejores amigas. Su retrato se centra en Almudena contado por la propia Almudena, a través de su compromiso con la vida, la infancia, la familia, la literatura, la política y demás aspectos de la vida, rastreando en una fascinante material de archivo donde podemos encontrar a aquella niña morena y de facciones bruscas que soñaba con escribir e inventar su propio mundo, y otras imágenes que nos van ilustrando junto a la voz inconfundible de la escritora. La estructura no obedece a una linealidad, sino todo lo contrario, la cosa se va contando de aquí para allá, adelante y atrás y vuelta a empezar o acabar, recorriendo sus ideas, sus fantasías, ilusiones, sus novelas, su amor, sus amigos, sus experiencias buenas y no tan buenas y demás aspectos de la vida y de la no vida. Recorremos su ciudad Madrid junto a ella, y un espacio importante que se abre con la Granada que compartió junto a su hombre Luis García Montero, el excelente poeta que muestra otra faceta de Almudena, y abre ese lado del duelo cuando la vida continúa a pesar de la ausencia de la escritora, como hacen sus hijos, sus hermanas y algún que otro más. Sin olvidar las playas de Rota en Cádiz, donde las vacaciones junto a amigos como Sabina, Prado y demás se convertían en noches sin fin. 

Un buen equipo técnico encabezado por Juan Barrero, amén de director de La jungla interior y Chillida: Lo profundo es el aire, y editor de documentales del desaparecido Diego Galán, y de Samuel Alarcón o de ficciones con Emma Tusell, que se encarga de la cinematografía y montaje, en un excelente trabajo donde todo gira en torno a Almudena, donde hay de todo, risas y alegría por la vida y por todo lo que contiene en sus entretenidos y reflexivos 80 minutos de metraje. La música corre a cargo de Rosa Torres-Pardo, que la conocemos por su trabajo como pianista, para Carlos Saura en Iberia y Arantxa Aguirre en El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados, aportando esa sensibilidad e intimidad que tanto demanda una película que habla de una mujer excepcional, de carácter, libre y tozuda y del atleti, y el temazo que canta Enrique Morente sobre un poema de Lorca, ahí es nada. Elementos que nos ayudan a viajar por Almudena y su mundo, el que vivió y la huella que nos dejó, tanto en sus novelas, recibidas con gran entusiasmo tanto por la crítica como el público convirtiéndola en una magnífica novelista de nuestro tiempo, y esa otra parte humana cuando las puertas se cerraban. Dos espacios que convergen con naturalidad y sencillez durante toda la película. 

El tratamiento tan cercano e íntimo construye una película que consigue atrapar a cualquier espectador ávido del pensamiento y la reflexión, independientemente que conozcan a la escritora y su trabajo, es lo de menos, porque el retrato que se hace de ella, el presente escuchándola y el otro presente, el de ahora, cuando la escritora ya no está, es de una delicadeza sobrecogedora, porque construye un profundo y honesto retrato de quién era, quién fue y qué ha dejado, una huella y legado que todos los que la conocieron y leyeron siguen experimentando cada vez que la leen, que la escuchan y la piensan, porque en cada libro hay un pedacito de ella, en cada palabra escuchada y leída sigue muy presente, por su forma de ser, por su valentía, su capacidad para afrontar retos y obstáculos y mostrarse como lo que era, una mujer humanista que hablaba desde el corazón y la razón, muy conocedora de su tiempo, de la España que le tocó vivir, de esa España deudora de guerra y miserias, de la que tanto escribió, pensó y analizó. Acérquense a ver Almudena, de Azucena Rodríguez, porque de seguro que les va a emocionar y hacer reflexionar, porque no es triste ni condescendiente, sino un retrato sobre alguien de verdad, y con los tiempos que corren, eso es mucho. Para finalizar, me permito otra licencia personal como la que encabeza este texto y les dejó con Almudena y la dedicatoria de aquel primer encuentro: “Para José Antonio, con la esperanza de que le caliente el corazón”. Allá donde estés querida Almudena, seguimos luchando para que el corazón siga caliente. Un abrazo!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri

VIAJE A NINGÚN LUGAR.   

“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”. 

Alejandra Pizarnik 

El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez. 

En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir. 

La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016),  con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.  

El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán. 

Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA