Desierto particular, de Aly Muritiba

LA MASCULINIDAD Y EL AMOR.

“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”.

Georges Flaconnet y Nadine Lefaucheur (1975)

El relato arranca en la mirada y cuerpo de Daniel, del que sabremos que ha sido expulsado de su empleo como instructor de policía por agredir a uno de sus alumnos. Su vida se pierde atendiendo a su padre demente y teniendo una relación fría con su hermana pequeña. Su único aliciente en la vida es Sara, una mujer a la que no conoce personalmente, pero mantiene una relación online. Un día, agobiado por todo, deja Curitiba, en el sur de Brasil, y con su ranchera se lanza a hacer 3000 kilómetros para darle una sorpresa a Sara, que vive en Sobradinho, al noreste del país.

El director Aly Muritiba (Mairi, Bahía, Brasil, 1979), plantea en su tercera película en solitario, un guion que firman Henrique dos Santos y él mismo, a través de una historia de contrastes, de opuestos, ya desde su pareja protagonista, el mencionado Daniel, que vive al sur, en la fría y conservadora Curitiba, y frente, lo contrario, porque Sara vive en la noreste, cálida y libre Sobradinho. Una trama que parte de una búsqueda, de una forma de encontrar lo que somos de verdad, de nuestra forma de estar en el mundo y sobre todo, la manera de relacionarnos con los demás. También habla de transformación, de tránsito, de dejar quién parece ser que has de ser para ser quién de verdad eres, de dejar de tener miedo, de escucharte, de sentirse y dejar de autoengañarse. El cineasta brasileño no edulcora ni sentimentaliza su película, al contrario, la construye a partir de la verdad, de la intimidad de sus personajes, tejiendo con sumo cuidado un relato donde se indaga en lo social, en las dificultades exteriores e interiores de cada individuo, generando una empatía que va más allá de la apariencia, donde nos habla de un encuentro, un encuentro que cambiará las existencias oscuras y silenciosas de los dos protagonistas, que viven a su manera, en una cárcel social y propia.

Una estructura interesante en la que nos muestran la vida de Daniel, sus conflictos y sus amarguras, y tras veinte minutos, aparecen los títulos de crédito iniciales. Luego, pasamos a la vida de Sara, en la que la veremos en su cotidianidad, su trabajo, su vida con su abuela, y la relación de amistad con su amigo del alma, y su no vida de ocultación y de negarse ante una sociedad que lo rechaza y quiere “curarlo”, como le espeta el sacerdote de su iglesia. Finalmente, la película muestra este encuentro con sus desencuentros, una relación diferente, de autoconocimiento, de libertad, de dejar la oscuridad para abrazar la luz, a través del deseo y el amor, un amor inesperado, de cuerpos y piel, muy erótico, un amor que estaba esperando a materializarse por dos seres que se esperaban, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. La excelente cinematografía de Luis Armando Arteaga, del que hemos visto sus trabajos con Jayro Bustamante y en Las herederas (2018), de Marcelo Martinessi, donde los cuerpos y la piel están pegados a la cámara, sintiendo todo ese vacío, esa búsqueda y esa soledad que tanto acompaña a los protagonistas, que recuerda a la misma luz de Beau travail (1999), de Claire Denis.

La excelente música de Felipe Ayres, ejecutada a la perfección que no limita para acompañar en su periplo vital y de autoconocimiento a los protagonistas, sino que se esfuerza en explicar todo aquello que los diálogos no dicen pero está, con la inclusión del tema ochentero “Total Eclipse of the Heart·, de Bonnie Tyler, que acompaña dos momentos muy importantes de la cinta. El exquisito y magnífico montaje de una grande como Patricia Saramago, que ha trabajado ni más ni menos con dos tótems del cine portugués como Pedro Costa y Rita Azaevedo Gomes, y en Longa noite (2019), de Eloy Enciso, que condensa muy bien la información y la relación in crescendo de los dos personajes, en un metraje amplio que se va hasta los ciento veinticinco minutos. Desierto particular no solo funciona como un drama interior muy psicológico, sino que también realiza una concisión de los diferentes estratos sociales y las múltiples complejidades que hay ahora en un país como Brasil, con sus antagónicas formas de pensamiento y alejamiento en cuestiones humanas, sociales y culturales.

Una película basada tanto en el interior de unos personajes asfixiados por ellos mismos y sobre todo, por el conservadurismo y tradicionalidad de una sociedad arcaica en muchos sentidos, y más con la llegada del fascista Jair Bolsonaro a la presidencia del país desde 2019, donde la comunidad LGBTQIA+ se ha visto fuertemente atacada, vejada y asesinada, debía tener un par de excelentes intérpretes como Arntonio Saboia, al que hemos visto en películas tan interesantes como El lobo detrás de la puerta y Bacurau, entre otras, en la piel de Daniel, un rudo y malcarado policía, ahora expulsado, atrapado en esa masculinidad marcada por los estereotipos y prejuicios ancestrales, frente a la juventud de Pedro Fasanaro en la piel de Sara, el objeto de deseo de Daniel, el joven que debuta en el cine, marcándose un doble rol que eriza la piel, transmitiendo toda la naturalidad posible, metiéndose en un personaje que no está muy lejos de la oscuridad por la que atraviesa Daniel. Una pareja atípica en apariencia, pero que resultará que no están tan lejos, porque sus desiertos particulares están llenos de demasiadas cosas que hasta la fecha habían tristemente obviado y aún más, cosas que les hubieran sacada de su ostracismo y su tristeza. Viva el amor y sobre todo, el amor hacía uno mismo, sin miedo y sin cárceles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La primera cita, de Jesús Ponce

LAS VIDAS DE ANTES.

“Las enfermedades son como la lluvia. No avisan. Y tienen por costumbre pillarte sin paraguas”.

La película se abre con una fotografía, una fotografía que nos muestra el mar, una fotografía que pertenece a un álbum de fotografías, de recuerdos, de instantes del pasado, de momentos fugaces, instantes de una vida ahora pasada, casi olvidada en el presente, imágenes que iremos viendo mientras se suceden los títulos iniciales, que cuanto estos terminen, volveremos a esa primera imagen, la fotografía de la playa, una imagen que oculta un misterio, algo que desvelar, algo que revelar hundido en la memoria del pasado. La vida vivida, el pasado y la memoria son los ejes en los que se sustenta el quinto trabajo como director de Jesús Ponce (Sevilla, 1971) una carrera que alumbró con 15 días contigo (2005) relato crudo y complejo de las existencias de dos homeless y el cariño y el amor que se tienen, protagonizada por dos de sus actores fetiches, Isabel Ampudia y Sebastián Haro. A esa primera película, le siguieron Skizo (2006) y Déjate caer (2007) dos filmes de género, thriller y comedia, que se alejaban de la mirada intimista y profunda que tenía su debut. Después de años dedicado a las series en televisión, en el año 2015 dirigió Todo saldrá bien, retrato que le devolvía a los elementos de su primera película, en la que nos hablaba de la difícil relación entre dos hermanas mientras esperaban el fallecimiento de su madre enferma, protagonizada por Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos.

Ahora, tres años después de aquella, vuelve a sus caminos transitados con otra película anclada en la enfermedad, en los primeros botes del alzhéimer de Isabel, a la que da vida una extraordinaria Isabel Ampudia, y la reacción de su marido, el teniente prejubilado Haro, magnífico Sebastián Haro, y cómo esos primeros síntomas de la enfermedad van erosionando una pareja de por sí ya resquebrajada por la actitud machista del esposo. Ponce vuelve a contar con sus colaboradores habituales, David Barrio en la cinematografía, con esa luz naturalista y próxima, que evidencia las complejas relaciones del matrimonio, teniendo en cuenta todo aquello que vemos y todo aquello que se ocultan, y la excelente música de Juan Cantón, que imprime al relato ese marco de drama sin ser sentimentalista, sino que mantener esa congoja y desesperación sin ser muy trágica. Ponce nos traslada a una playa de invierno, más concretamente, en Matalascañas, en Huelva, un lugar desierto, vacío, un espacio que en invierno, sin verano ni turistas, se tiene que reinventar, volver a su cotidianidad, un sitio que casa a la perfección con las lagunas de memoria que tiene el personaje de Isabel, un lugar reconocible para ella, pero a la vez extraño, ausente, difícilmente cercano, como en la secuencia que deambula por sus calles intentando buscar el cine Delicias, ahora ya cerrado, pero de su ciudad habitual.

El director sevillano construye una película intimista, de apenas tres personajes, si añadimos a Mercedes, un personaje del pasado en la vida del marido, una prostituta para aliviar el cariño de las pesadas maniobras lejos del hogar, alguien que aparecerá en las vidas de este matrimonio para saldar mentiras y verdades ocultas, para dar luz a tanta oscuridad del esposo, con ese especial momento en la orilla de la playa, donde las mujeres conversan hablando del marido y cliente, respectivamente, conociendo el verdadero carácter de un hombre que invisibilizó a su mujer, ignorándola y tratándola de forma despectiva y cruel, y ahora, con su enfermedad, deberá reinventar su matrimonio, su amor, y empezar de nuevo, mostrándole todo el cariño que antes no le dio, enfrentándose a sus miedos e inseguridades, y sobre todo, a él mismo, al hombre que fue y que ya no puede ser, a rendirse cuentas emocionales.

Un reparto de primer orden con Isabel Ampudia y Sebastián Haro, naturales, convincentes y sinceros, bien acompañados por Mercedes Hoyos como esa prostituta de vueltas de todo, que deja el personaje amargado e infeliz de Todo saldrá bien, para construir un rol muy diferente, donde da vida a una mujer entera, con los años bien llevados, y sobre todo, con esa peculiar destreza para las palabras, para decir verdades e ironías, sin caer en el dramatismo de la ocasión,  tres rostros de vida, maduros y resquebrajados, y Víctor Clavijo y Darío Paso, dos habituales de Ponce, y Bruto Pomeroy, el coronel Rivas, que tiene una secuencia con Haro llena de rabia, violencia y sentido común. Ponce ha construido una película sobre el amor,  honesta y sencilla, que no fácil, llena de memoria, pasado y olvido, o la falta de él, donde sus personajes se enfrentan al mayor reto de sus vidas, a vivir con una enfermedad cruel y despiadada, que les devolverá a todo aquello que hicieron mal, a enfrentarse a ellos mismos, a sentir que la vida se redescubre a cada instante, casi sin tiempo, adaptándose a esos cambios o no, a engancharse a ella, a esas oportunidades que el destino, en ocasiones, brinda, casi sin tiempo a reaccionar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/323667112″>Trailer LA PRIMERA CITA</a> from <a href=»https://vimeo.com/festivalfilms»>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Cinema Novo, de Eryk Rocha

cinema-novo-poster-hightMEMORIA DE UN CINE, DE UN PAÍS Y SU TIEMPO.

«Hay un acuerdo secreto entre las generaciones pasadas y la actual. La Tierra nos esperaba. Igual que todas las generaciones que nos precedieron, hemos sido dotados con un sutil poder mesiánico, un poder que el pasado reclama».

Walter Benjamin.

“Donde quiera que haya un realizador, preparado para hacerle frente a la comercialización, la explotación, la pornografía y la tiranía de la técnica, hay el espíritu viviente del Cinema Novo. Donde quiera que haya un realizador, de cualquier edad o formación, listo para poner su cine y su profesión al servicio de las grandes causas de su época, habrá el espíritu vivo del Cinema                                                                                                         Novo».

                                                                                            Glauber Rocha

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El arranque de la película, además de ser un derroche de energía y movimiento humano, en el que observamos diversos fragmentos de películas en las que vemos a personas corriendo por todo tipo de lugares, tanto urbanos como rurales, personas como buscando algo, o huyendo de algo, siempre hacia delante, sin detenerse, imágenes que definen el espíritu que recorría a los autores del “Cinema Novo”, la corriente cultural, política y revolucionaria que surgió en Brasil a finales de los 50 y principios de los 60, un movimiento que, influenciado por el cine soviético de Eisenstein, el neorrealismo italiano, los japoneses Kurosawa y Ozu, y el cinema vérite, andaban en la búsqueda de nuevas imágenes, libres y revolucionarias que ilustrasen los problemas sociales del país, así como su idiosincrasia y su cultura. Imágenes nuevas y diferentes, que filmasen la realidad del país, sus gentes, y sus formas de vida, imágenes que traspasaron las fronteras, y se vieron en todo el mundo, imágenes filmadas para promover conocimiento, ideas y reflexión sobre el mundo más cercano, el que vemos cada día.

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El cineasta Erik Rocha (Brasilia, Brasil, 1978) hijo de los cineastas Glauber Rocha (uno de los más significantes miembros del “Cinema Novo”) y Paula Gaitán, que lleva más de una década haciendo cine social, ha construido una película invocando aquel cine, y no lo ha hecho desde la lectura del presente, sino que ha lanzado su mirada a la memoria de aquel movimiento, rescatando imágenes de aquellas películas, de los Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Ruy Guerra, Carlos Diegues, Leon Hirszman, David Nieves, Joaquim Pedro de Andrade, Gustavo Dahl, entre otros, y mezclándolos con entrevistas y testimonios de los propios realizadores filmadas en la época, consiguiendo un documento que no sólo nos habla de aquel cine y su tiempo, sino que nos interpela directamente a los espectadores actuales y reflexionaba sobre las causas de aquel espíritu que cine artístico y político, y sobre todo, la vigencia en la actualidad de todo aquello. En un riguroso y extenuante trabajo de found footage, de rescate de imágenes, en las que hace un brutal, interesante y profundo recorrido por todos los aspectos, tanto artísticos como emocionales, de un cine que consiguió remover conciencias, articular discursos sociales y políticos, e investigar sobre el medio cinematográfico y su representación, construyendo imágenes que hablaran de su país desde la sinceridad y dando protagonismo a las clases sociales invisibles y oprimidas.

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Rocha cimenta su película desde la memoria de unos cineastas y su lenguaje cinematográfico, no cae en la nostalgia de elevar el pasado porque si, sino que lo mira con respeto y admiración, extrayendo todas las enseñanzas que nos ha dejado aquel movimiento en el cine actual, provocando un discurso necesario y vital que no sólo nos hace cuestionarnos la verdadera naturaleza de las imágenes, sino que nos hace preguntarnos sobre su significado y la forma en la que son producidas. Rocha nos hace viajar en el tiempo, nos interpela con aquellas imágenes construyendo una propuesta que, no sólo resulta didáctica, porque nos rescata cineastas olvidados que quedaron eclipsados por la popularidad de otros, o su cine no alcanzó la internacionalidad o el empuje necesarios, sino que también, indaga en el tiempo que fueron ideadas, en la historia de su país, y la ruptura de aquel movimiento cooperativista y social, provocado por la dictadura, que los separó, dejando el movimiento cinematográfico aislado. La película hace un recorrido inmenso por todas aquellas imágenes, creando su propia narrativa que consigue que las imágenes dialoguen entre ellas, y también, con nosotros, creando una nueva dramaturgia que evidencia que el cine y sus imágenes no pertenecen a ningún tiempo, sólo a uno imaginario o soñado por el de la mirada del espectador.

La memoria del agua, de Matías Bize

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“Ya lo perdimos a él, no lo perdamos nosotros”

Amanda y Javier son una joven pareja que acaba de perder a su hijo Pedro de cuatro años. Amanda decide irse y empezar una nueva vida. Este es el arranque del nuevo viaje emocional de Matías Bize (1979, Santiago de Chile), cineasta que construye sus historias a partir de un suceso sentimental que sacude a dos personas, en un período de tiempo acotado, y en un ambiente cerrado y hostil. Debutó allá por el 2003 con Sábado, en el que una novia a punto de casarse descubre que su prometido tiene una amante y se lanzaba a las calles en su búsqueda, su siguiente película En la cama, rodada dos años después, que le valió la Espiga de Oro de la Seminci, nos sumergía en el encuentro fortuito de dos jóvenes y su noche de sexo y conversaciones en la habitación de un hotel, le siguió  Lo bueno de llorar (2007) filmada en Barcelona, en la que se adentraba en la última noche de una pareja que acababa de romper, y La vida de los peces (2010), en el que un joven exiliado volvía a Santiago y se reencontraba con un antiguo amor.

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En La memoria del agua, nos vuelve a introducirnos en una historia de fuerte carga emocional, situándonos en la forma que tiene una joven pareja de enamorados de afrontar el duelo, después de la pérdida de su hijo. Bize sigue a la par a sus criaturas, dos maneras muy diferentes de llevar el duelo, una, Amanda, llora desconsoladamente, el dolor la mata, no puede soportar vivir en el ambiente que ha compartido con su hijo ausente, y decide irse, en otro lugar, con otra persona, y empezar una nueva vida, por el contrario, Javier, es incapaz de llorar, todo lo experimenta por dentro, ese dolor seco, que ahoga y mata lentamente. El director chileno filma esos cuerpos desgarrados y sin alma, de forma naturalista, encerrándolos en planos cortos y muy cercanos, asistimos a su dolor, a su llanto, y cómo se desenvuelven en otro ambiente, sin despegarse de aquello que nos produce dolor, pero no podemos ver, sólo sentir, que nos obliga a desplazarnos y hacer nuestras cosas casi por inercia, sin pasión, sólo porque hay que hacerlas. Bize ha construido su película más oscura, dolorosa y desgarradora, aquí el amor que sienten Amanda y Javier es muy fuerte y profundo, pero debido a las circunstancias se torna frágil y va desapareciendo lentamente debido a ese dolor inmenso que sienten de formas muy intensas y diferentes. Ella lo saca al exterior, en cambio, Javier lo lleva por dentro.

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Una película de fuertes sentimientos, en el que las contradicciones e inseguridades afloran, de esos que desgarran el alma, en el que los personajes se mantienen a flote a duras penas, sin ganas de nada, atormentándose por los malditos recuerdos, de otros tiempos felices, que les devuelven inútilmente una vida que ya no está, una ausencia terrible, agotadora, que no deja respirar, ni vivir, y quita las ilusiones de seguir hacía delante, sin ganas de nada. Un relato minimalista, de planos angustiosos y terribles. Bize nos sumerge a tumba abierta en este abismo del dolor, esa batalla diaria y constante del duelo, de seguir aunque no se quiera seguir, de hacer aunque no se haga nada, con la complicidad de unos intérpretes brutales que se han lazado con su director a desentrañar las  oscuras profundidades del alma, con la presencia sublime de la maravillosa Elena Anaya (que protagonizó Habitación en Roma, de Medem, que curiosamente estaba basada en la película En la cama de Bize), en uno de sus registros más brutales y sinceros que se le recuerdan, en el otro rincón, en este combate emocional, encontramos a Benjamín Vicuña, que no le pierde la cara a un personaje introvertido, que le cuesta manifestar el dolor que siente y todo se lo guarda hacía dentro. Bize logra hacernos sentir participes de un viaje emocional desgarrador, filmado con honestidad y sensibilidad, capturando todos esos momentos invisibles, que no se ven pero están ahí, en los que alguien que ha sufrido una pérdida irreparable tiene que batallar contra sí mismo y con las personas que tiene a su alrededor.