El profesor de esgrima, de Vincent Pérez

ÉRASE UNA VEZ EN FRANCIA EN 1887… 

“El honor de un hombre no está en mano de los demás; está en nosotros mismos y no en la opinión pública. No se defiende con la espada ni con el escudo, sino con una vida íntegra e intachable”. 

Jean-Jacques Rousseau

Al magnífico actor francés Vincent Pérez (Lausana, Suiza, 1964), lo conocíamos por su extensa filmografía con más de 80 títulos al lado de grandes cineastas como Scola, Antonioni, Wenders, Raoul Ruiz, Polanski, Beresford, entre muchos otros. En la década de los noventa alcanzó su cénit con tres monumentos al cine como Cyrano de Bergerac (1990), de Jean-Paul Rappeneau, Indochina (1993), de Régis Wargnier y La reina Margot (1994), de Patrice Chéreau. Tres grandes producciones históricas que cosecharon grandes críticas y premios y lo encumbraron al estrellato de la cinematografía francesa. Mucho del espíritu de las citadas se encuentra en su tercer largometraje como director El profesor de esgrima (en el original “Une affaire d’honneur”), por varios motivos: Es una película histórica, ambientada en el París de 1887, con la marca del cine francés en este tipo de cintas, donde cada detalle y elemento están muy bien cuidados. Cuenta una historia de personajes cercanos y complejos, y además, la trama es sencilla y directa, recogiendo muy bien los convulsos años de finales del siglo XIX. 

La historia nace a partir de un guion escrito por Karine Silla (que trabajó con el director en su primer trabajo Peau d’argo en 2002), nos cuenta una rivalidad que se genera a través del duelo fratricida entre el sobrino de Clément Lacaze, un venerado maestro de armas, y el arrogante coronel Louis Berchère, y por otro lado, tenemos a madame Marie-Rose Astié de Valsayre, feminista y activista por los inexistentes derechos de las mujeres, que se pone firme contra Ferdinand Massat, redactor jefe de un diario que calumnia constantemente a la citada dama. Dos historias en una. Dos tramas que convergen en una, en la estrecha relación de Lacaze y Astié de Valsayre, ya que uno prepara a la mujer en su duelo. Es la trama de cuatro duelos totalmente diferentes: con sable, con pistolas, con florete, y el último, con espada y a caballo. Pérez ha pasado como director por el drama a lo amour fou en su primera película, después en El secreto (2007), el thriller tomó el mando, y en su tercera cinta Cartas de Berlín (2016), ambientada en la mencionada alemana en 1940 se decantó por el drama. En El profesor de esgrima se aventura por un sólido drama histórico en el que reúne muchos de los temas y géneros de sus anteriores películas. 

Un gran plantel técnico empezando por la excelente cinematografía de Lucie Baudinaud, de la que vimos Olga (2021), de Elie Grappe, construyendo una película narrativamente extraordinaria, donde cada luz y cada textura está al servicio de la historia, dotando a la historia de todos las complejidades de una Francia traumatizada por las secuelas de la guerra y donde las mujeres carecían de derechos esenciales. La abrumadora música del dúo de hermanos Evgueni y Sacha Galperini, que son unos perfectos acompañantes para ir generando toda esa dualidad que se va creando entre los diferentes conflictos de los personajes, además de insuflar ese halo romántico e histórico que necesitaba una película de estas características. El gran trabajo de montaje de concisión y sobriedad de Sylvie Lager, que tiene en su filmografía nombres como los de Claude Berri, François Dupeyron y Dómik Moll, entre otros. Amén de los equipos de vestuario, arte y caracterización que vuelven a situar a una película como El maestro de esgrima  entre los grandes títulos franceses en lo que se refiere a recreación histórica, tan difícil porque se ha de recoger una atmósfera específica sin caer en la manida belleza y pulcritud. 

Como no podía ser menos el plantel artístico es de una excelencia alucinante capitaneado por el maravilloso Roschdy Zem, que gran actor, interpretando a Clément Lacaze, dándole todos los matices y detalles de un militar cansado de tanta guerra y tanta estupidez que se ve involucrado, muy a su pesar en un duelo peligroso. A su lado, la fantástica Doria Tillier, vista en películas de Nicolas Bedos, entre otros, es la encargada de construir a Marie-Rose Astié de Valsayre, un mujer de armas tomar, y nunca mejor dicho, que lucha por los derechos de las mujeres, incansable, con carácter y recta en un mundo dominado por hombres machistas y conservadores. Luego, tenemos a un reparto que brilla con intensidad empezando por Guillaume Galliene, un actor con más de 40 títulos en su carrera con diversos y estupendos cineastas, que hace del lugarteniente y hermano del citado Lacaze, tan sobrio y tan natural, el siempre elegante Damien Bonnard es Ferdinand Massat que se enfrenta a la madame, siendo esos tipos lameculos del poder a través de su diario, y por último, el propio Pérez que es el antipático Berchère, el militar condecorado que sigue creyendo que está en el campo de batalla. 

Si les gusta el cine histórico y más concretamente, el francés, y no lo digo porque sí, sino porque es un cine que reconstruye con rigor exquisito todos los contrastes y complejidades de épocas muy importantes de la historia de su país. En El maestro de esgrima nos trasladan al París de finales del XIX, en una Francia abocada a guerras inútiles que dejaban miles de muertos, y en el que todavía todas las personas no disponían de los mismos derechos, en especial, a las mujeres que se las trataba de personas supeditadas al hombre. Un país que prohibía terminantemente los duelos y aún así, como suele pasar en estos casos, se sucedían por cuestiones de honor, por asuntos de honor, como reza el título original de la película. Tiene mucho del aroma de ese gran monumento al cine que es Los duelistas (1977), de Ridley Scott, en el que en los albores del XIX, dos oficiales napoleónicos se batían en un duelo enloquecido e infinito. No he visto las anteriores películas como director de Vincent Pérez pero en esta, nos ha convencido su buen hacer con un relato que no era nada fácil, porque maneja muchos elementos complicados, aunque se sirve de una sencilla y estupenda trama, que va de frente, sin alardes ni pericias narrativas y formales, sino tomando el ejemplo de los maestros con los que él trabajó como actor, recurriendo al clasicismo y sobre todo, introduciendo las reivindicaciones feministas, que eso la hace diferente a las demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Miocardio, de José Manuel Carrasco

EL AMOR DEL PASADO.

“El miocardio es el tejido muscular que rodea las paredes del corazón. Tiene la función de generar las contracciones necesarias para que la sangre llegue a todas las partes del cuerpo. Funciona involuntariamente y por esto no se puede regular. Se podría decir que aquello que se encarga de alimentar nuestro cuerpo lo hace de manera involuntaria. Por lo tanto, vivimos involuntariamente”. 

Hay mucho cine español, mucho más de lo que las instituciones oficiales pretenden. Un cine español más humilde, más sencillo y sobre todo, un cine español que apenas tiene visibilidad en los medios, y mucho menos,  presente en las salas, tan reticentes a aventurarse a un estreno que necesita mucha piedra, es decir, tiempo para que los espectadores la conozcan y se atrevan a descubrirlas. Eso sí, cuando lo hacen, este cine español, al que se le ha llamado de muchas formas diferentes, es un cine que conecta con el público y consigue unos logros, muy modestos, pero importantes. Miocardio, del cineasta murciano José Manuel Carrasco reúne todas las características de este cine, porque hace de su modestia y su dispositivo, sus mejores credenciales, porque es, ante todo, un cine que habla de tantas vulnerabilidades y miserias humanas.  

Carrasco que tiene una filmografía en la que abundan la friolera de 11 cortometrajes, amén de alguna serie y guiones junto a Luis E. Parés en su magnífica La primera mirada (2024), y debutó en el largometraje con El diario de Carlota (2010), donde retrataba a una adolescente en plena vorágine sentimental y sexual. Su segundo largo parece que rescata a aquellos adolescentes, ahora entrados en los cuarenta o rondando esa cifra. Tiempo donde se mira a atrás y se hace una especie de balance o tal vez, uno se da cuenta de todas las malas decisiones que se tomaron. La acción arranca con Pablo, un tipo de unos cuarenta y tantos, como decía Sabina, que publicó un libro hace ya mucho, que se ha separado de Pilar porque no aguanta su amargura y en fin, un tipo triste y lo peor de todo, sin ganas de seguir. Aunque, el teléfono suena y es Ana, su primer amor de hace quince años. Una ex que viene a ponerlo patas arriba, a mirar atrás, a tomar conciencia de lo que hicimos y lo que no. Un encuentro que es como mirarse al espejo y enfrentar los errores y los aciertos. Con un tono de comedia agridulce, muy de la atmósfera de Wilder, que recogieron muy bien aquí los Colomo y Trueba en los albores de los ochenta. Un género para hacer análisis de lo mucho que nos había costado y lo mucho que la habíamos cagado. 

El cineasta nacido en Grenoble (Francia), pero murciano de adopción, se ha reunido de un plantel magnífico para acometer su segunda película. Tiene a María del Puy Alvarado que, a través de Malavanda, ha producido a cineastas tan importantes como Carlos Saura, Rodrigo Sorogoyen y Maite Alberdi, a Alberto Pareja en la cinematografía que le ha acompañado en 4 cortometrajes, creando esa luz tan natural y tan real que genera esa atmósfera de cotidianidad y doméstica que tiene el cine de Truffaut con Doinel, en las que va retratando sus éxitos y fracasos sentimentales. La música de Claro Basterrechea, del que conocemos sus trabajos en El fin de ETA y en la serie El pionero, con una composición sutil nada molesta que ayuda a tomar pausa ante la explosión de emociones que se van sucediendo entre Pablo y Ana. El extraordinario montaje de Vanessa Marimbert, otra colaboradora de Malvanda, ya que la hemos visto en Las paredes hablan, del mencionado Saura, en films con Esteban Crespo, en El buen patrón, de Fernando León de Aranoa, y la mencionada La primera mirada, que consigue estructurar con acierto y concisión los 78 minutos de metraje, que se viven con reposo e intensidad, en una película encerrada en cuatro paredes que recoge casi dos décadas de los protagonistas. 

Estamos delante de una de las no parejas protagonistas más acertadas de los últimos años, que recuerdan a otra no pareja, la de Vito Sanz e Itsaso Arana en la inolvidable Volveréis, de Jonás Trueba. Vito repite, construyendo otro tipo al que se le quiere por su torpeza y sus nervios, que está demasiado cerca de todos nosotros. Un actor que parece que no interpreta y eso es lo mejor que se le puede decir a un actor. A su lado, tenemos a Marina Salas, que ha trabajado en varios cortos con Carrasco, que nos gustó mucho en películas como La mano invisible y El cover, es Ana, el fantasma del pasado dickensiano de Pablo, una mujer que no sabe muy bien a qué viene, o mejor dicho, a qué vuelve, peor ahí está, que ejercerá de espejo discordante para Pablo para que se vea y salga de ese pozo tan oscuro donde se ha metido, por miedo y por no enfrentar la realidad. Hay dos intérpretes más de los que no podemos dar detalles para no destrozar la sorpresa a los espectadores. Uno es Luis Callejo, otro de la Carrasco Factory, un intérprete tan natural, tan creíble y tan cercano que nos encanta. Y Pilar Bergés, otra cómplice del director, que estuvo muy bien en Los inocentes (2018), de Guillermo Benet. 

Me ha gustado mucho Miocardio, de José Manuel Carrasco, por hacer muy ambicioso narrativamente hablando, donde se juega con propuestas y elementos que nos interpelan directamente a los espectadores. Seguro que viendo la película vamos a pensar en aquel amor, en todo lo que hicimos y lo que no, y sobre todo, en todas esas cosas que podíamos haber hecho de otra manera, y lo fantástico que sería poder repetir aquel amor para hacerlo mejor, para descubrir los errores y tener la oportunidad de subsanarlos y como se plantea en la trama, repetir y repetir hasta que salga bien. O quizás, los errores cometidos no los repetimos, aunque cometeremos otros, no lo podemos saber. Pero si que estaría fenomenal repetir aquel amor o volver a reencontrarse con la mujer que nos rompió el corazón y poder hablar de lo que sucedió, pero de verdad, sin trampas, con sinceridad y dejando egos y rencillas pasadas, y enfrentarse a lo que fuimos, a las equivocaciones y a todo lo que dejamos. Me encantaría que me ocurriese como Scrooge, que vida tendríamos de haber tomado otras decisiones. Tal vez, estaríamos igual que Pablo o no, quizás habría que preguntar a aquel amor del pasado si volviese a llamarnos para saber de uno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mitad de Ana, de Marta Nieto

LA MUJER QUE FUI. 

“(…) Toda comprensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprensión. Todo momento de hallar es un perderse a uno mismo”. 

“La pasión según GH”, de Clarice Lispector 

Hemos visto muchas películas sobre la maternidad, pero faltaban más dirigidas por mujeres y eso no solo enriquece nuestra mirada como espectadores sino que, además, genera espacios de reflexión más profundos y directos sobre el tema. En apenas un par de años, hemos conocido los trabajos de Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, Mamífera, de Liliana Torres y Salve Maria, de Mar Coll. Todas ellas películas sobre el hecho de tener hijos y también, de no tenerlos. Propuestas muy interesantes y brillantes a las que ahora se une La mitad de Ana, ópera prima de la hasta ahora actriz Marta Nieto (Murcia, 1982), con una filmografía con más de medio centenar de películas junto a cineastas como Antonio Banderas, Rodrigo Sorogoyen, Kike Maíllo, Juanjo Giménez, Jaime Chávarri y Estefanía Cortés, entre otros. La murciana ya se probó en la dirección con Son (2022), un cortometraje de 17 minutos sobre la relación de una madre y su hija, que fue la génesis de la película que tratamos y repite los productores de Avalon y Elastica.  

A partir de un guion que firman Beatriz Herzog (fogueada en la producción de series como La casa de papel y El secreto de Puente Viejo, entre otras), y la propia directora, donde recogen lo vislumbrado en el citado corto, en el que la propia Nieto que hace de la mencionada Ana es una madre de su hija son de 8 años. La acción arranca en verano, cuando los problemas se quedan en suspenso. A su término, tanto madre como hija vuelven a la rutina y es ahí, cuando aparece el conflicto, y aparece de forma tranquila como suelen ocurrir las grandes cosas de la vida. Son comienza a explorar su identidad y pide a sus compañeras de clase que se dirijan a ella como un niño. Hasta ese momento, la vida de Ana se resumía en ser vigilante de sala de museo y una vida emocional y sentimental vacía y rutinaria, totalmente alejada y ausente de ella. Una vida sólo para su hija. En ese instante, la vida da un vuelco y es entonces que Ana comienza una deriva de búsqueda torpe y difícil para reencontrarse con la Ana que quería dibujar, crear y vivir la vida de forma diferente a la que lo hace ahora. Nieto construye un relato muy íntimo y nada sensible, muy alejado de esa premisa, donde la naturalidad se impone a contarnos una realidad inmediata que nos sobrepasa por su cuidado y su transparencia. 

La cinematografía de Julián Elizalde, al que hemos visto en películas tan diferentes que van del documental a la ficción con cineastas como Pau Freixas, Carla Subirana, Elena Trapé, Meritxell Colell, Mikel Gurrea y Pilar Palomero. En La mitad de Ana, la cámara está pegada a sus personajes, incluso los sobrepasa, y no el sentido de incomodidad ni telerrealidad, sino todo lo contrario, para que seamos testigos de toda la gama de altibajos emocionales que se van dando en la trama, y no haciendo énfasis, sino conmoviendo con una mirada, un gesto, o una palabra, tan sutil, tan bellas y esos silencios que hablan tanto, o perpleja mucho más. La música de Adrian Foulkes, del que conocemos sus trabajos en series y en No matarás (2020), de David Victori, construye en la misma sintonía que las imágenes, una composición en el que prevalece la emoción y la sensibilidad, sin acomplejar ni el guion ni a los personajes, al igual que el magnífico montaje de Pedro Collantes, del que hemos visto su trabajo como director en El arte de volver (2022), y sus películas como editor en el documental de Oscuro y lucientes, y la serie de El caso Alcàsser, de León Siminiani. Un ejercicio de contención y pausa donde priman los (des) encuentros de los personajes y esos grandes momentos entre madre e hija, donde hay ternura y distanciamiento. 

Viendo la película no podríamos ver como Ana a otra actriz que no fuese Marta Nieto, amén del esfuerzo que supone dirigir e interpretar y aún más, en tu primera película. La murciana aprueba con creces en su doble faceta, porque como actriz ya nos encantaba y si no, prueben a ver Madre (2019), del mencionado Sorogoyen, que también nació de un cortometraje, y sabrán de lo que les hablo. Como directora no la conocíamos, amén del corto, así que, sólo nos podemos rendir a su buen hacer, por optar por un tema tan complejo como la maternidad y mostrarlo de esta forma, abriéndose en canal y además, introduciendo el tema trans en la infancia, que le sirve como motor para desembocar en lo que quiere sumergirnos, y no es otra cosa que rastrear esos instantes donde la vida se pega una gran hostia y te dice que por ahí no es, que es por el otro lado, que debes volver a ser la persona que fuiste, a la que has olvidado, o quizás, a la persona que nunca te atreviste a ser. Le acompañan Nahuel Pérez Biscayart que hace de ex pareja y padre de Son, tan fiable como natural, una joya de actor, y las interesantes y estupendas Sonia Almarcha y Lorena López, y la niña Noa Álvarez, que debuta en el cine haciendo de Son, eje vertebrador de la crisis de Ana. 

Si deciden ir a ver La mitad de Ana (no tarden mucho, porque las películas van y vienen de la cartelera demasiado deprisa), sepan una cosa muy importante. La película es una reposada y tranquila obra sobre todos nosotros mismos, y no lo digo de forma baladí, sino porque estamos ante una cinta que se sumerge en todas esas debilidades y complejidades emocionales que nos corroen a diario, que dejamos aparcadas pensando que se irán, incrédulos que somos, porque las ilusiones de la juventud, aquellas que nos hacían ilusionarnos constantemente, no se van a ir nunca, van a cambiar, eso sí, se van a transformar en otros asuntos, pero olvidarlas no va a ser posible, porque estaríamos olvidando una parte de nuestras vidas, y no una cualquiera, aquella que forjó nuestro carácter y por ende, nuestra forma de ser y decidir y actuar, que no es poco. Por todas estas cuestiones merece el tiempo ver la primera película de Marta Nieto, y además, habla de la maternidad como refugio para olvidarse de esas ilusiones, y una maternidad muy equivocada, porque si renunciamos a algo tan importante nuestro, nos viene la cuestión: ¿Cómo pretendemos después ayudar a nuestra hija y a sus conflictos interiores cuando no somos capaces de resolver los nuestros?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La semilla de la higuera sagrada, de Mohammad Rasoulof

EL ESTADO Y LA FAMILIA. 

“El ciclo de la vida del ficus religiosa es inusual. Sus semillas caen sobre otros árboles dentro de las heces de los pájaros. Las raíces aéreas brotan y crecen hasta el suelo. Después, las ramas abrazan al árbol huésped y lo estrangulan. Por último, la higuera sagrada se sostiene por sí sola”. 

En La vida de los demás (2020), el cineasta Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), trazaba un intenso y profundo alegato sobre la moral, a partir de unas personas que se enfrentaban a sus convicciones, envueltos en aceptar una ley injusta y miserable que les obliga a cumplir con la pena de muerte. En La semilla de la higuera sagrada, y siguiendo la estela de su anteriores trabajos, sigue dándole vueltas a las leyes y su cumplimiento, pero en este caso, compone un cuento de terror en toda regla, porque todo ocurre en el interior de las cuatro paredes de la familia de Iman, recién nombrado juez instructor en Teherán, la capital iraní, en el otoño de 2022 en mitad de las protestas feministas que hizo tambalear el régimen de los ayatolás, en respuesta de la muerte de Masha Jina Amini, una joven de la minoría kurda, mientras estaba detenida. La esposa y madre, Najmeh, y las dos hijas jóvenes Rezvan y Sana.  

Como sucedía en La vida de los demás, el conflicto es extremadamente sencillo y directo, y el relato viaja por diferentes y complejos estados emocionales en un magnífico retrato de personajes. La película pasa de la euforia por el nombramiento de Iman, por los cambios de domicilio y por ende, de estatus social, y el misterio que encierra su trabajo para el resto de su familia. Luego, viene la muerte de la mencionada mujer de la minoría kurda, y el estallido de protestas callejeras de mujeres desafiando al régimen quitándose los velos y celebrando la libertad. Hechos que van alejando a la familia, porque las dos hijas ven mediante internet todo lo que acontece. Otro hecho, que no desvelaré por respeto a los espectadores que no hayan visto la película, crea un cisma insostenible en el hogar que desencadenará un atisbo insalvable entre hijos y padres. Un cine muy bien contado, declaradamente psicológico y un magistral estudio de personajes, y sobre todo, las afectaciones de cumplir con la ley, como ocurría con la película mencionada, y lo que desemboca en el ámbito familiar. El director iraní no se anda por las ramas, construye un cine muy transparente en sus contenidos, generando un cuento sobre la moral que nos agarra desde sus primeras imágenes y no nos suelta hasta la resolución, como si se tratase de una película de terror al uso, como he comentado, con sus mismas texturas y formas, indagando en lo íntimo a partir de lo que va ocurriendo entre los diferentes componentes de esta familia. 

Rasoulof construye una cuidada e intensa cinematografía a través del extraordinario trabajo de Pooyan Aghababayi, que viene del mundo del cortometraje, donde cada encuadre y plano está muy pensado y crea un off brutal, porque los ecos de la calle inundan cada habitación y sobre todo, cada pensamiento de los personajes. Un intenso y agobiante thriller psicológico que tiene mucho de los Polanski, Zulawski, Skolimowski, Kieslowski, y compañía, donde la política, lo social y lo más oscuro del alma humana se convertían en materia diseccionante. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Andrew Bird, habitual del cine de Fatih Azkin, amén de otras brillantes cineastas como Julie Deslpy y Miranda July, entre otros, donde los 168 minutos de metraje, que podrían asustar a muchos espectadores, se convierte en una duración adecuada y nada pesada, porque el proceso de los acontecimientos y cómo se va ennegreciendo ese hogar necesitaba observar con tiempo y sin prisas. La magnífica música de Karzan Mahmood, que se ha fogueado mucho tiempo en series de televisión, es un elemento esencial en la historia, porque nos ayuda a crear esa tensión in crescendo en la que está instalada la película, sin ser intervencionista ni molesta, sino todo lo contrario. 

En el apartado artístico nos rendimos por lo bien que interpretan los cuatro principales personajes, como sucede en el cine iraní, donde tienen la capacidad que olvidemos a los intérpretes y nos centramos solamente en la composición y actuación. Tenemos a Missagh Zareh como Iman, que ya había trabajado con Rasoulof en Un hombre íntegro (2017), donde un tipo se enfrentaba a su empresa muy dada a la corrupción, siendo ese hombre que es sometido por el estado por el bien de la seguridad nacional, creando una especie de funcionario sin moral ni ética, dispuesto a todo por mantener su empleo y prosperar siendo el ejecutor del terror estatal. Soheila Golestani hace de Najmeh, la esposa comprometida y ciega que está con y por su marido, aunque las cosas se pueden torcer y nada se ve de la misma manera. Las hijas son Setareh Maleki como Sana y Mahsa Rostami como Rezvan, dos jóvenes contrariadas por las protestas que están sucediendo de las mujeres y por contra, una televisión estatal que miente descabelladamente, y un padre que no suelta prenda de su trabajo y su cometido. Unas ideas que chocan con las de su padre y reclaman más justicia e igualdad y humanidad, situación que irá descomponiendo la aparente tranquilidad que parecía que existía. 

Si les hizo reflexionar y todavía recuerdan una película como La vida de los demás, sobre cómo las fauces del estado va contaminando a los ciudadanos y sobre todo, convirtiéndolos en meros títeres que ejecutan sus leyes terroríficas e injustas. Si fue así, deberían darle una oportunidad a La semilla de la higuera sagrada, un revelador y contundente título, la nueva obra de Mohammad Rasoulof, que vuelve a contarnos la peripecia de un hombre que parece íntegro pero que será absorbido por esa gran maquinaria de injusticias y negocio que se han convertido muchos gobiernos del planeta, donde sólo buscan sus beneficios e imponer unas leyes que benefician a los de siempre que sirven para pisotear a los de siempre, también, sea como sea. Estamos ante una buena historia, dividida en tres partes bien diferenciadas, en un gran guion del propio director, donde nos hace reflexionar, emocionarnos y sobre todo, ver cómo la política no va de cuatro leyes, sino también de las diferencias que se generan en una familia cuando el padre es uno de ellos y opta por mirar a otro lado, mientras sus hijas, llenas de rabia por lo sucedido, no se detienen y buscan su rebelión y su lucha, aunque sea en las cuatro paredes de su casa y contra su padre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Gloria!, de Margherita Vicario

VIVIR LA MÚSICA. 

“No hay palabras, sólo hay música”.

Antonio Vivaldi 

Las primeras imágenes de ¡Gloria!, de Margherita Vicario (Roma, Italia, 1988), son de una sencillez y sobriedad conmovedoras. Estamos en 1800, en Venecia, tras los muros de Saint Ignazio, un orfanato para mujeres. Teresa, la joven muda desde que se contará la historia, se entretiene con unos niños y niñas, y ocultados en un saco, extrae unos utensilios de cocina para hacer música. Una voz los llama y la joven se queda a solas con el guarda que le da un pequeño objeto para hacer música. Inmediatamente después, asistimos a una secuencia donde los quehaceres diarios van componiendo una melodía, y Teresa se queda absorta escuchando, hasta que la voz de la recta institutriz la despierta de su letargo musical. La trama escrita por Anita Rivarioli y la propia directora, gira en torno a Teresa y cuatro chicas que tocan el violín junto al coro del orfanato. Una película sobre la música, sobre la composición, y sobre todo, una obra que hace de la música más que una forma de vida, una forma de refugio en un mundo atroz donde el gobierno y la iglesia ostentan un poder patriarcal y salvaje. Un relato que recupera a la compositora Maddalena Laura Lombardini Sirmen, una de esas jóvenes huérfanas que fue recuperada y se erige como la figura de tantas otras que han quedado en el olvido y sus composiciones perdidas. 

La directora empezó como actriz, tuvo papeles con Woody Allen y Lamberto Bava, entre otros, continúo como cantautora indie publicando varios álbumes. ¡Gloria! es su ópera prima, y cómo no, nos habla de música y protagonizada por tantas jóvenes olvidadas que estudiaron música de alto nivel y aprendieron a amarla en aquellos orfanatos en el apogeo del barroco veneciano. La trama se detiene en la citada Teresa, que no habla, se comunica con la música, Lucia, la compositora de un grupo de violinistas que sigue con Prudenza, Bettina y Marietta, que reciben clases del maestro Perlina, el párroco del lugar, tan déspota, conservador y cero talentoso para la composición musical. Las cinco jóvenes encuentran en un fortepiano, oculto en uno de los sótanos, su refugio, su alegría y su forma de aguantar una existencia cruda, gris y sin futuro. Estamos ante una película histórica que nos cuenta una ficción ayudada por un contexto real y algunos personajes que existieron. Una fórmula que funciona sin necesidad de aspavientos ni estridencias argumentales, con protagonistas tan cercanos y tan naturales que nos acercan tanto a la parte más física como emocional. 

Vicario se ha acompañado de un gran equipo técnico que brilla en cada apartado de la película, empezando por una cinematografía que firma Gianluca Palma, sabe captar con sobriedad y elegancia el contexto de la Venecia de la historia, en el que cada plano y encuadre obedece a una síntesis muy elaborada de todo lo que se muestra y cómo se hace, captando cada gesto, cada mirada y cada situación. El montaje de Christian Marsiglia, con sus 106 minutos de metraje, tiene ritmo, pausa y contención, elementos esenciales para contar la trama de estas cinco antiheroínas, que encuentran en la música y su “fortepiano”, un camino para escapar de las férreas y conservadoras clases de Perlina y aún más, de un destino oscuro que les espera como esposas de algún sesentón terrateniente de la zona. Mención especial tiene el magnífico diseño de producción lleno de detalle que capta la atmósfera del momento histórico. El apartado artístico brilla con fuerza con la presencia de Galatea Bellugi encarnando a la mencionada Teresa, una actriz que hemos visto en películas como Keeper (2015), de Guillaume Senez y en A fue lento (2023), de Tran Anh Hung, entre otras,  dotando al personaje de una fragilidad y una fortaleza en silencio que ayuda a creer, aunque sea a escondidas, en la música y en escapar hacia otros lugares creando una melodía rebelde y diferente. 

Le acompañan Carlotta Gamba que hace de Lucia, rival y amiga, pura pasión y una rebelde sin causa, pero determinante en sus ilusiones, Sara Mafodda es Prudenza, tan sobria como su nombre indica, más racional que emocional. Veronica Lucchesi es Bettina, pura fuerza que se iluminará con la aparición de Teresa, Maria Vittoria Dallasta es Marietta, la más corta del grupo pero con ganas de aprender, y finalmente, Paolo Fossi, un actor veterano que ha trabajado con Gabriele Saltavores y Fausto Brizzi, entre otros, es el negruzco e hipócrita Perlina, que ejercerá con mano duro el liderazgo de un lugar demasiado gobernado por las autoridades portentosas. No se pierda ¡Gloria!, de Margherita Vicario, porque habla de la música como una de las más bellas expresiones del alma, o quizás, la más bella, y también, como refugio y como lenguaje cuando las palabras no salen o dan mucho miedo para ser pronunciadas. Es una película sobre la música, sobre las compositoras olvidadas que usaron la música para ser rebeldes, diferentes, capaces y sobre todo, libres, aunque el tiempo las haya olvidado, como siempre pasa. Por eso y por mucho más, una película como esta es importante y además, está tan bien construida que es una delicia que habla de la vida y de la capacidad de emocionarnos, de sentirnos vivos, felices e ilusionados, aunque las circunstancias se empeñen lo contrario. No pierdan lo que sienten, porque lo habrán perdido todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciento volando, de Arantxa Aguirre

EL PAISAJE, LA FORMA Y LOS ENCUENTROS. 

“El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo”. 

Eduardo Chillida

Es verano, amanece en San Sebastián. Junto al mar, donde las olas rompen contra la piedra, en la ubicación de la escultura del “Peine del Viento”, de Eduardo Chillida (1924-2002), se persona la actriz Jone Laspiur, que nos encantó en Ane (2020), de David Pérez Sañudo, en Akelarre (2020), de Pablo Agüero y Negu Hurbilak (2023), del Colectivo Negu, entre otras. La actriz nos guiará por Ciento volando (que acoge como título una frase recurrente del escultor), la séptima película de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965), que está dedicada a la vida y obra de Chillida, que el pasado viernes 10 de enero hubiera cumplido 100 años. La película no se dedica a mostrar sus obras y a acompañarla de expertos y admiradores de su obra que nos vayan resplandeciendo tanto su figura como su trabajo, como a veces ocurre con este tipo de trabajos. El largometraje de Aguirre no va por ahí, se decanta por otros menesteres, que escribía Cervantes, porque su trabajo nos invita a la quietud y el silencio, y nos convoca a bucear nuestra alma, sin prisas pero tampoco con excesiva pausa, y no usa mejor vehículo que un gran paseo por Chillida Leku, el museo al aire libre convertido en la obra cumbre del escultor. 

Una película se nutre de la escultura de Chillida, como no podía ser de otra manera, a través de la contemplación de sus obras, acompañada de algunas referencias históricas de su vida y obra, mediante un archivo escueto, porque la película quiere romper el tiempo convencional y restaurarlo, es decir, hablar del pasado y el futuro siempre con el presente por delante, donde el tiempo se esfuma, se revierte hacia un sentido mucho más amplio del término, despojándose de su espacio convencional para abrirlo a más formas, texturas, ideas, reflexiones y sobre todo, dibujar una obra imperecedera, sin tiempo ni lugar, aunque el cielo oscuro y plomizo del norte vasco tenga una importancia cumbre en el hierro y forjado que usaba el escultor. La película abraza el paisaje, no tiempo y los encuentros a partir de la curiosidad de la citada Jone Laspiur que, actúa como un guía inquieto y tremendamente observador, como los narradores Shakesperianos, que va dialogando con familiares, compañeros y amigos de Chillida para contarnos la parte más humana y desconocida del genio, en la que la presencia de su mujer Pilar Belzunce en su vida fue capital para entender y saber su camino como escultor y también, su pasión por su trabajo, su tierra, sus obras y todo el universo invisible y espiritual que la rodea. 

La obra de Aguirre tiene un acabado formal y narrativo exquisito, donde cada encuadre es conciso y sobrio, porque era muy fácil caer en un exceso de belleza, pero la película tiene mucho tacto en ese aspecto, porque no se recrea ni con el entorno ni con las obras. Un trabajo de cinematografía que firman tres grandes nombres de la industria vasca como Gaizka Bourgeaud, que tiene en su filmografía nombres como Ana Díez, Asier Altuna, Telmo Esnal y Lara Izagirre, entre otros, el de Rafael Reparaz, que ya hizo Dancing Beethoven (2016), con Aguirre, amén de Ira, de Jota Anorak, Asedio, de Miguel Ángel Vivas, y Carlos Arguiñano Ameztoy. Una imagen elegante y cercana, cogiendo todos esos colores grisáceos que van tan bien para mirar las obras como para descubrir su interior, El magnífico trabajo de montaje de Sergio Deustua Jochamowitz en su segunda película con la directora después de La zarza de Moisés (2018) sobre la longeva compañía teatral de Els Joglars. El gran trabajo de sonido que cuida y mima al detalle cada leve ruido que escuchamos, de un grande como Carlos de Hita, que ha trabajado con Gerardo Olivares, en documentales sobre naturaleza con Joaquín Ruiz de Hacha y Arturo Menor, e Icíar Bollaín, entre otros. 

Si no les gusta la obra de Chillida, o quizás, tampoco estén interesados en la escultura y mucho menos en su estilo, o tal vez, no tengan ni idea ni sepan interpretar sus obras, no teman, porque la película está abierta a todos los públicos, tanto los seducidos como los descreídos, porque no es sesuda ni para intelectuales, como se decía antes. Ciento volando, de Arantxa Aguirre sigue la estela de anteriores trabajos de la directora madrileña, siempre en el campo de las artes y sus creadores, los ya citados que hablaban de danza y teatro, los que ha dedicado a grandes músicos en Una rosa para Soler (2014), El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados (2018), y la pintura en Zurbarán y sus doce hijos (2020). Las obras de Aguirre son curiosas y muy inquietas, porque nos muestran universos complejos y biografías alucinantes, pero lo hace dejando la ceremonia y el bombo de otros títulos, para recorrer de una forma íntima y profunda todos los lados, texturas y formas de la obra del autor en cuestión y además, traza una incisiva y natural acercamiento a la persona, a su intimidad, a sus quehaceres cotidianos, a sus amores o no, y si faltaba alguna cosa, los devuelve al presente, los hace visibles, los hace contemporáneos y sobre todo, los hace muy cercanos y transparentes, los saca de la pompa y los hace cotidianos para que cualquier espectador pueda conocerlos, reconocerlos o simplemente descubrirlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las novias del sur, de Elena López Riera

TODAS LAS QUE VINIERON ANTES QUE YO. 

“Miro la foto de mi madre el día de su boda. Hago los cálculos y compruebo que soy más vieja que ella el día que la desvirgaron, que soy más vieja que ella el día que decidió ser madre para siempre, que soy casi tan vieja como mi abuela el día que la acompañó a la iglesia. La busco en todos los cuerpos, en todas las voces, en todas las madres. Hago a otras, las preguntas que no me atrevo a hacerle a ella. Como decirle, que de todo lo que me enseñó, solo me queda el futuro”. 

Casi en una década, el imaginario de Elena López Riera (Orihuela, Alicante, 1982), ha cimentado relatos que hablan sobre su vida y sobre todo, sus complejos estados emocionales. En Pueblo (2015), un joven, después de años fuera, volvía a su tierra y la descubre tan cercana como diferente. Un año después, en Las vísceras, a través del ritual de la muerte de un conejo, se acercaba a la familia presente y ausente. En Los que desean (2018) se situaba en el imaginario masculino a partir de un concurso con pichones. En su primer largo, El agua (2022), estaban presentes los elementos que siguen sus imágenes: las difíciles relaciones sentimentales, todos los fantasmas que nos precedieron y el pueblo, ese lugar tan cercano y a la vez, tan fantástico, que nos define, nos guía y también, nos confunde. 

En Las novias del sur, un mediometraje de solo 40 minutos de duración, traza a partir de ese prólogo tan fascinante en el que vemos las partes de una fotografía, la de su madre vestida de novia, mientras escuchamos el texto que encabeza esta reseña con la propia voz de la directora. Estamos ante una confesión, que nos remite al aroma que transitaba en Las vísceras, porque vuelve al documento, aunque en el caso de López Riera podríamos decir que se mueve por una forma que se alimenta de varios géneros, ficciones, documentos, trazos, texturas y un sinfín de otras naturalezas: la música, la literatura y el testimonio oral de las mujeres de su pueblo, las de antes y las de ahora. Un cine que no busca la belleza de las imágenes ni tampoco generar un espacio de elegancia, sino todo lo contrario. Las imágenes de la cineasta alicantina beben de lo más íntimo y cercano, de lo que vive entre lo visible e invisible, entre lo físico y emocional, en un limbo donde sus personajes viven, mueren y sueñan. En su película se nutre del testimonio oral de seis mujeres maduras en la que explican sus primeras veces, sus amores y desamores, sus (des) ilusiones, y sus bodas, y muchas cosas más, en un diálogo con al directora que interviene y escuchamos, acompañadas de imágenes y videos de bodas de otras que van nutriendo las diferentes confesiones. 

La cinematografía de la película que firman la propia directora, Agnès Piqué (que conocemos por sus trabajos en el campo documental con Laura Ferré, Leire Apellaniz, Marc Sempere y Claudia Pinto, entre otras), y Alba Cros (codirectora de Les amigues de l’Àgata, Alteritats y la dirección de fotografía de La amiga de mi amiga), filma a las mujeres-testimonios muy cerca, consiguiendo romper esa distancia y escenificando la transparencia de sus contenidos, tan invisibles que se hacen naturales e íntimos. El gran trabajo de montaje de Ana Pfaff y Ariadna Ribas y la propia directora, consigue fusionar con orden y alma las imágenes de archivo con las cabezas parlantes a partir de una cercanía asombrosa y magnetizante, donde sus mencionados 40 minutos se convierten en una materia hipnotizante y muy absorbente donde cada imagen y cada palabras se torna más especial y bella, y triste, y cautivadora, y todo. Las productoras Suica Films y Alina Film vuelven a apoyar a López Riera como hiciesen con El agua, y con Los que desean, en ésta Alina Film, en una etapa de la filmografía donde ya se van generando esas alianzas tan imprescindibles para ir creando una mirada y personalidad propias a la hora de encarar cada proyecto. 

Quizás les ocurre lo mismo que a mí después de ver Las novias del sur, y no fue otra cosa que buscar la foto de la boda de mis padres y observarlos, sobre todo, a mi madre, su posición, su rostro y su mirada, centrándome en su gesto, imaginando que estaba sintiendo ese día, si estaba triste, alegre o quizás, no sabía cómo se sentía o tal vez, no sabe como se estaba sintiendo. No sé si os ha sucedido lo mismo, pero si no lo han hecho, quizás, esto sí, han pensado en su madre, y se han preguntado cómo le fue la noche de bodas o en el amor, en sus amantes y en sus primeras veces, seguro que lo han pensado después de ver la película. Con Las novias del sur, Elena López Riera ha vuelto a crear una obra tan sencilla como compleja, tan bella como triste, tan sensible como desgarradora, tan de verdad y tan magnífica, a partir de un dispositivo sencilla y nada complicado, pero sus imágenes encierran otras muchísimas imágenes, muchas más preguntas, e infinitas formas, elementos y laberintos más. La cineasta es una gran creadora de imágenes, a partir de tantas presencias como ausencias, de tantos fantasmas como realidades, de tantos sueños como ilusiones, en fin, de toda la vida encerrada en un plano, en una mirada, en un gesto y en un mundo interior que apenas podemos vislumbrar, un infinito universo donde podemos imaginar o si nos atrevemos, preguntar a nuestras madres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría

CUIDARNOS PARA CUIDAR.  

“¿Qué es lo que me ha ocurrido en mi vida que me ha convertido en un inválido en el plano de los sentimientos?.

Frase recogida en “Cuaderno de trabajo”, de Ingmar Bergman

La película se abre con una imagen reveladora donde vemos a Marga, la madre echada en un sofá durmiendo la mona y en la cocina se ha producido un fuego que vemos borroso en segundo plano. En ese instante, irrumpe en la casa Blanca, la hija, que intenta infructuosamente despertar a su madre y se dirige con premura a la habitación de al lado a intentar apagar el fuego. Dos figuras, la madre y la hija, son las que se asienta la primera película de Aitor Echeverría (Barcelona, 1977), al que conocíamos por su faceta como cinematógrafo junto a interesantes cineastas como Nely Reguera, Jo Sol y Cesc Cabot y Pep Garrido. Su ópera prima nace en el cortometraje Morir cada día (2010), en el que vimos los primeros pasos de una familia que debe enfrentar un problema al que todos sus miembros deciden no afrontar por su incapacidad emocional. En Desmontando un elefante, que nos remite a eso mismo, se centra en la familia y en esas dos figuras de madre e hija, de cómo actúan cuando el problema es tan grande que ya no hay manera de esconderlo por más tiempo. 

El cineasta barcelonés firma un guion junto al citado Pep Garrido, en el que nos plantea una película de muy pocos escenarios, en que la magnífica casa familiar con jardín emerge como el epicentro de la trama. Un relato marcadamente frío, elegante y nada empático, porque el director nos propone una mirada muy íntima y para nada sensiblera, sino todo lo contrario, a través de una historia donde vemos como actúa cada miembro de esta familia, tan diferentes y tan esquivos para relacionarse con el problema del alcohol que padece la madre. Habíamos visto muchas películas sobre el tema del alcoholismo, pero pocas, muy pocas, ahora yo no recuerdo ninguna, que nos habla que ocurre después de la desintoxicación, de esos días y meses después de salir del problema, de ese período de adaptación a la vida, al trabajo y a tu entorno. No se busca la empatía con el espectador y sí la reflexión, donde la emoción se resignifique y sea una espiral que nos lleve a hacernos preguntas sobre nuestra inútil forma de relacionarnos ante los problemas de los que nos rodean. De nuestra incapacidad emocional, como citaba Bergman, de todo lo que no somos emocionalmente hablando, de la terrible incomunicación entre los más cercanos, y la estúpida capacidad para centrarnos en temas menos incómodos, menos duros y sobre todo, menos dolorosos. 

Echeverría opta por el cinematógrafo Pau castejón Úbeda, que ya trabajó en el mencionado cortometraje, amén de los hermanos Pastor, Elena Trapé y Alejo Levis, entre otros, en una luz fría y belle a la vez, que usa con inteligencia todos los espacios de la casa, muy cortados y segmentados, para generar todas las barreras físicas y sobre todo, emocionales que separan a los integrantes de esta familia. La ausencia de música original también ayuda a crear esa atmósfera de película polaca, es decir, de construir casi un thriller psicológico, lleno de miradas, silencios y gestos donde la intimidad cotidiana se torna oscura y terrorífica como hacían los Zuwalski, Skolimowski, Polanski y Kieslowski, entre otros. En los mismos términos juega un gran papel el fantástico trabajo del montaje de Sofi Escudé, habitual de Pilar Palomero, Liliana Torres, Mar Coll y Elena Trapé, porque logra ajustar una cinta que se va a los 82 de metraje sólido y sobrio, en el que se mantiene una especie de calma en apariencia que está apunto de estallar. El sonido sutil y nada invasor, pero muy efectivo, obra del tándem Marianne Roussy, que tiene a Costa-Gavras, Ferrara y Chema García Ibarra, entre sus directores, y Philippe Grivel, toda una institución con más de 200 títulos.

En el campo artístico, el director catalán ha escogido muy bien, porque Emma Suárez como Marga es una gran elección en otro de sus grandes interpretaciones, porque casi sin hablar lo dice todo con ese rostro y mirada tan rotos, dando vida a una madre que acaba de salir de la clínica de desintoxicación y debe aprender a vivir sin alcohol, retomando su vida, o lo que queda de ella, su familia, en la que todos deben ayudarse, y su trabajo, evitando todos los juicios de los otros. Frente a Suárez, encontramos a una siempre generosa y estupenda Natalia de Molina es Blanca, la hija que no sabe cómo ayudar a su madre, a la que sobre protege, descuidando su vida y su trabajo con el baile, donde la danza se erige como contraplano para exorcizar todos los elementos interiores que bullen sin encontrar una salida catalizadora. Les acompañan unos formidables Darío Grandinetti como padre, más metido en su trabajo y en el arreglo de la cocina, para de esa manera hacer que como que nada ha cambiado, cuando en realidad, todo ha cambiado. Y por último, la presencia de Alba Guilera, que nos encantó en Un año, una noche (2022), de Isaki Lacuesta, aquí es la hermana mayor que vive en París y acaba de ser madre y opta por una actitud diferente. 

Me ha hecho reflexionar mucho Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría, porque dentro de su modestia y de su primera vez, nos habla desde el corazón y el alma, sin caer en una historia demasiado explicativa y sensiblera, sino en todo lo contrario, en un relato que mira de cerca y de verdad a sus personajes, y nos obliga a los espectadores a mirar en ese reflejo que nos devuelve la película, en cómo nos relacionamos con los que tenemos más cerca, en cómo afrontamos los problemas de los otros, y cómo evitamos los conflictos aunque nos pisoteen la vida, en cómo no miramos al elefante, que hace referencia el título, aunque nos esté aplastando nuestra vida. Una película que en cierta manera, tiene el aroma de la magnífica Tots volem el millor per a ella (2013), de Mar Coll, porque la Geni, que ha sufrido un accidente y debe volver a su vida, se parece a la Marga que interpreta Emma Suárez, porque las dos sufren la incapacidad de la familia, porque no saben cómo ayudarla y encima, actúan como si nada hubiese ocurrido, un desmadre que tiene consecuencias fatales. Celebramos la primera vez de Echeverría y su coraje para hablar de temas que nos duelen demasiado, y sobre todo, hacerlo desde la mirada y la emoción que lo hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Casa Reynal, de Laia Manresa Casals

LA PADRINA MONTSERRAT.   

“Els nius no només fan possible la vida, sinó que també són llocs on digerir la mort.”

Los primeros instantes de Casa Reynal, de Laira Manresa Casals (Barcelona, 1973), son de una concisión narrativa y formal maravillosa. La película se abre con sus padres Montserrat y Ramon mirando por la ventana como un grupo de golondrinas (en off) vuelven a casa como cada primavera. Luego, un joven mide los espacios de la casa e inmediatamente, momentos relacionados con la inmobiliaria que venderá la casa. Seguidamente, la propia Laia conduciendo llega a Ca Reynal y finaliza este prólogo con la padrina Montserrat Reynal en una imagen de archivo. En apenas diez minutos ya nos han explicado el lugar donde sucederá la historia y sobre todo, las personas que la habitarán. Porque el segundo largo como directora de Laia Manresa Casals y el primero en solitario, no es una historia más ni cualquiera. Es su historia y la historia de su padrina, la mencionada Montserrat y la de su familia y la casa que habitaron, Ca Reynal. Una historia ubicada en Bellvís, un pequeño pueblo del Pla d’Urgell, en la provincia de Lleida, el primer y último escenario que vio la padrina, como explican al inicio. 

A Manresa Casals la conocíamos por sus guiones para Joaquim Jordà en magníficas películas como De nens (2003), Veinte años no es nada (2004) y Més enllà del mirall (2006), y su debut como directora junto a Sergi Dies en Morir de día (2010), un proyecto del propio Jordà que recoge testimonios de la llegada de la heroína a Barcelona. Su siguiente película Casa Reynal, con ese hilo rojo que conecta tiempo y personas, acoge la misma estructura que su primer largometraje, ya que recupera un tiempo del pasado y olvidado, a partir de presencias y ausencias con la figura de la padrina Montserrat que vertebra todo el entramado histórico que residió la citada casa. El vaciado de la casa por parte de la propia Laia y sus padres sirve para enfrentarse al pasado de la casa, y transitar por ese otro tiempo de la padrina, desde que nació, su trabajo siendo una adolescente como empleada doméstica en Barcelona, su boda, su trabajo en la lechería de los Bonet, sus hijos, su vuelta a Bellvís, las alegrías, las tristezas, las despedidas y las llegadas y sobre todo, un recorrido que la película hace desde el corazón, contando la experiencia personal en un entorno hostil, en una Barcelona de posguerra y los años duros de hambre y miseria, la bonanza económica de los sesenta, y unos últimos años de prosperidad disfrutando del legado de los Bonet. Todo contado como un cuento con la voz de la directora como si nos contase una fábula “a la vora del foc”, donde la figura de la padrina se erige como una mujer capaz de todo, y sobre todo, una mujer de su tiempo con coraje y decidida. 

La directora barcelonesa ha querido que la película tenga una factura técnica brillante, sin ningún alarde narrativo ni formal, ni peripecias ni estridencias que no vienen al caso, porque quería que la película se contase entre susurros, “a cau d’orella”, con tranquilidad y sin prisas, tan llena de recuerdos y memoria, de presencias y ausencias, y de una casa que los vio a todas, con sus existencias, sus alegrías y tristezas. Para el filme se ha acompañado de un gran equipo humano empezando por cuidada producción de Sandra Forn y Cristina Galvarriato, y de algunos colaboradores que ya estuvieron en Morir de día como el cinematógrafo Carles Gusi, un grande con más de 100 títulos en su filmografía, y Sergi Dies, en aquella codirector y editor, y ahora nuevamente montador, y los nuevos fichajes como la cinematógrafo Lucía Venero, que estuvo en la mencionada Idrissa…, el sonido directo de Elena Coderch, con más de 40 películas con directoras como Neus Ballús, Mar Coll, y la reciente Casa en flames, y la excelente música que interpretan Albert Pla con una canción que remite a las nanas sobre la padrina que pone el vello de punta, y los temas de Judit Farrés, que le dan ese aroma de fábula y poético, donde el tiempo se desvanece y se mezcla el pasado y el presente, y ayuda a paliar los momentos de dolor y ausencia.  

Durante la presentación de su libro “Volver a dónde”, Antonio Muñoz Molina dijo: “Todo lo que somos lo debemos a otros”. Una frase que encaja perfectamente en todo lo que cuenta la película Casa Reynal, de Laia Manresa Casals, porque desde el presente se mira a los que nos precedieron, en especial, a la padrina Montserrat y su existencia y los que la acompañaron, además, es un sincero y profundo homenaje a todas aquellas mujeres rurales que debieron dejar sus pueblos de origen e ir a la capital a buscar un porvenir que se les negaba en su tierra. Casa Reynal es una obra mayúscula, profundamente emotiva, pero que, en ningún caso, cae en la relamida sensiblería. Una historia sensible, íntima y llena de alma, que cuenta una dolorosa y bella historia que recorre casi todo el siglo XX y un poco del XXI, a través de una mujer como la padrina, eje y fuerza para las generaciones que han venido después como la hija Montserrat Casals y la nieta, Laia Manresa Casals que cuenta su historia y por ende, la suya, y lo hace desde el respeto y lo humano, transmitiendo toda esa lucha vital, toda esa fuerza, todos esos años condensados en los pausados y ligeros 91 minutos de metraje, que van despacio recorriendo las vidas que fueron desde el hoy, un presente que convierte a la película en una parte más del legado familiar porque tiene la capacidad alucinante de crear un tiempo y espacio fílmico donde vivos y muertos cohabitan la Casa Reynal, donde unos y otros dialogan entre ellos y los ausentes se vuelven presentes y sus historias salen de la su intimidad y olvido personal y se vuelven de verdad y sobre todo, compartidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La luz que imaginamos, de Payal Kapadia

TRES MUJERES EN MUMBAI. 

“De alguna manera siento que una persona común y corriente (el hombre de la calle, si se prefiere) es un tema de exploración más desafiante que las personas en el molde heroico. Son las medias sombras, las notas apenas audibles las que quiero capturar y explorar. […] Mis películas tratan sobre seres humanos, relaciones humanas y problemas sociales”.

Satyajit Ray

Recuerdo la admiración que me proporcionó la sesión de A Night Knowing Nothing, la primera película de Payal Kapadia (Mumbai, India, 1986), vista en el Festival de La inesperada en el Zumzeig Cinema. Sus fascinantes y poéticas imágenes, en una suerte de duermevela, mientras escuchaba el contenido de unas cartas entre dos amantes, amén de una narración donde se explicaba lo magnífico de la educación y por contrapartida, la dificultad de unos estudiantes inmersos en una lucha continua por mejorar sus condiciones. Un hermoso y reflexivo documento/ensayo que convocaba las ideas físicas y emocionales y exploraba la capacidad infinita del lenguaje cinematográfico. Así que, estaba emocionado el otro día, en los Cinemes Girona, cuando entré en la sala para ver La luz que imaginamos

La segunda película de Kapadia, donde introduce la ficción, amén del cine documental, con el que precisamente arranca la película, a través de una extraordinaria panorámica a pie de calle, a bordo de un vehículo, de izquierda a derecha, donde vemos el trasiego nocturno de los puestos ambulantes del centro de Mumbai, en la India. Un prólogo que cerrará a la inversa, observando a los vendedores y transeúntes que se agolpan en las tumultuosas calles. Como ocurría en Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica, el documento deja paso a la mirada de la protagonista Prabha, una enfermera de unos cuarenta años, que se dispone a arrancar su jornada laboral. La cámara la sigue en sus quehaceres diarios: en su trabajo en el hospital, volviendo a casa en tren o en su piso imaginando una vida diferente… Una trama que se mueve en una suerte de híbrido donde tanto documental como ficción conviven al unísono. Conoceremos a Anu, veinteañera, también enfermera y compañera de piso, y a una tercera, Parvaty, de mediana edad, enfermera como las anteriores. Tres almas como otras cualquiera de una ciudad como Mumbai, un lugar de paso, donde estas tres mujeres han llegado de sus pueblos de origen para trabajar como enfermeras con sus conflictos pertinentes. El de Prabha, con su marido emigrado en Alemania, el de Anu, que mantiene un amor clandestino porque su novio es musulmán, y por último, el de Parvaty, que tiene problemas para pagar su alquiler. 

A través de planos cortos y medios, en un gran trabajo del cinematógrafo Ranabir Das, que ya trabajó en A Night Knowing Nothing, la cineasta india nos explica sin prisas, y dejando que la cotidianidad se torne pausada y tranquila, desde una posición nada complaciente, con una atmósfera absorbente y siempre nocturna, en que las tres vidas de estas mujeres se vuelven íntimas y profundas para nosotros, donde asistimos a sus realidades difíciles y complejas dentro de un espacio humano y muy cercano, a través de unas imágenes neorrealistas, hipnóticas y oníricos, en muchos instantes. La película no cae en el tremendismo ni en la sensiblería, se aleja notablemente de esas convencionalidades construyendo un retrato de verdad, con inteligencia, muy conciso y tremendamente detallista, generando un infinita amalgama de miradas y gestos. El estupendo trabajo de sonido contribuye a generar ese universo de matices donde cohabitan rostros, palabras y silencios, que firman el trío Benjamin Silvestre, Romain Ozanne, que hizo la primera película de Kapadia, y Olivier Voisin, un grande con más de medio centenar de películas entre las que destacan Crudo, Porto, entre otras. contribuye a generar ese universo de matices donde cohabitan rostros, palabras y silencios. El conciso y sobrio montaje que construye un ritmo cadencioso y naturalista en sus casi dos horas de metraje, que firma Clément Pinteaux, del que vimos Los años de Super 8, sobre las grabaciones domésticas de la escritora Annie Ernaux y la música de Dhritiman Das, con esos magníficos pasajes de piano y cuerdas, muy jazzísticos, con el mejor aroma de Malle y Cassavetes.

 

Si la parte técnica es extraordinaria, la parte artística está a la misma altura. Las tres maravillosas actrices indias que dan vida a sus tres heroínas corrientes y normales les dan un peso humano y emocional alucinante, porque parecen no interpretar y transmiten la verdad que le mencionamos anteriormente, con unas composiciones llenas de naturalidad y transparencia, de esas que cualquier leve mirada o gesto lo explican todo. Kani Kusruti es Prabha, la mujer un poco triste y un poco pensativa, que se debate entre dos aguas, entre dos mundos, el de un marido emigrado del que no sabe nada, y el de un doctor que cada día se le acerca más. Por otra parte, el caso de Anu que hace Divya Prabha es el de una mujer joven con ganas de ser libre y disfrutar de la vida, que debe de llevar su noviazgo en secreto por las diferencias culturales y religiosas, aún así, está dispuesta a luchar y seguir. Y por último, Parvaty que interpreta Chhaya Kadam, ya cansada de las dificultades de vivir en una urbe como Mumbai y quizás, ha llegado la hora de mirar al futuro y no rendirse a los malditos especuladores que, desgraciadamente, están en cualquier parte de este planeta. Tres retratos de mujeres, con sus diferencias y parecidos, que son una parte significativa de las mujeres indias de la actualidad, con sus alegrías, tristezas y complejidades. 

El cine de Satyajit Ray está muy presente en la película de Payal Kapadia, y no sólo que comparten nacionalidad, sino en su forma de retratar lo humano en su cotidianidad y en sus conflictos diarios, y mostrando una naturalidad tan íntima que convierte a los espectadores en una enfermera o habitante de Mumbai más, y no obstante, imprime un lenguaje de verdad y poético en contraste con la urbe inmensa, agotadora y bulliciosa. Una película como La luz que imaginamos se erige como una sutil y liberadora cinta sobre el significado de la fraternidad, la amistad y el amor en tiempos donde parece que importan otras cosas más urgentes. Es una película pequeña y muy grande a la vez, que no pide nada, quizás, pide sólo una cosa, que la veamos con tranquilidad, sin distraernos en ningún instante, y no lo digo porque vayamos a perdernos algo de su leve trama. No por eso, sino por la forma de cada plano y encuadre y lo que habitan en cada uno de ellos, de la capacidad inmensa de Kapadia para extraer lo máximo a partir de lo mínimo, consiguiendo atraparnos desde sus primeras imágenes del mercado callejero, mostrando la ciudad y sus habitantes y más tarde, las tres mujeres que se convertirán en sus protagonistas. Tres mujeres con sus conflictos, sus sueños en la ciudad que llaman así, o quizás, también sea la ciudad de las ilusiones, esos pensamientos fugaces, ya sean reales o inventados que nos ayudan a soportar ciudades como Mumbai, a maridos ausentes que parecen fantasmas, amores clandestinos que necesitan la oscuridad para ser reales o pisos que se escabullen de nuestras vidas porque algunos deciden hacer negocio. Unas ilusiones vividas en silencio, en el interior de unos corazones y unas almas que siguen viviendo o soñando, quién sabe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA