The Brutalist, de Brady Corbet

LA OSCURIDAD DEL SUEÑO AMERICANO. 

“El Brutalismo puede ser austero, pero también es un estilo monumental; crea extraños objetos de amor y desprecio a partes iguales y que lleva un tiempo desplegar en el imaginario colectivo, porque la gente no es capaz de asimilarlos en el momento. Esto, para mí, es un reflejo de la experiencia inmigrante, y el Brutalismo es un estilo arquitectónico principalmente creado por inmigrantes. Tanto en alcance como en escala, los edificios brutalistas piden visibilidad, pero a quienes los diseñan o construyen les toca luchar por su derecho a existir”.

Brady Corbet 

El prólogo que abre The Brutalist, de Brady Corbet (Scottsdale, Arizona, EE. UU., 1988), nos sitúa en un encuadre muy oscuro acompañado de ruidos y movimiento. De repente, vemos a su protagonista László Tóth, expulsado al exterior entre la multitud que intenta sobrevivir al horror de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio. Después, un barco y la llegada a los Estados Unidos donde la primera imagen es la estatua de la libertad pero al revés. Una imagen muy sintomática que deja entrever el tortuoso y oscuro camino que le espera al personaje en cuestión.  

A Corbet lo habíamos visto como actor en películas notables junto a directores de la talla de Araki, Haneke, von Trier, Baumbach, Östlund, Assayas y Hansen-Love, entre otros, y conocíamos sus dos largos como director en La infancia de un líder (2015), que podéis ver en la imperdible Filmin, y Vox Lux, tres años después. Dos cintas que ya vislumbraron los elementos que interesan al director estadounidense como los orígenes de la maldad, en la primera, y el precio de la fama, en la segunda. Elementos que continúan en The Brutalist, donde su personaje principal que viene de haber sido reconocido como arquitecto en su Hungría natal, ahora debe empezar de cero o más bien, convencer de su arte y su forma de trabajar con la arquitectura brutalista donde expone todo su trauma emocional. El concepto arquitectónico tiene varias lecturas: el brutalismo de la historia que cuenta. Un hombre que se topa con un país donde todo es demasiado enorme. Todo está en venta y no existe la moral ni la ética, sólo el dinero y la ambición y la codicia desmedida. En la conservadora Pensilvania, László encontrará a su mecenas Harrison Lee Van Buren, un hombre que define perfectamente el “Sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo que ha levantado todo un imperio de poder y riqueza, que ahora vislumbra un edificio en honor a su esposa fallecida. Tóth será el encargado de llevar a cabo esta monumental obra. 

Estamos ante una película que cruza con eficacia arrolladora películas como El manantial (1949), de King Vidor, y There Will Be Blood (2007), de Paul Thomas Anderson. Una película sobre un arquitecto que lucha por las ideas de su trabajo en pos a un mercado que antepone la riqueza, y la otra, sobre un petrolero codicioso y sin escrúpulos que no detendrá en agrandar su poder. Podríamos ver los dos personajes como inspiraciones a los dos protagonistas de The Brutalist, en el guion que firman la noruega y cineasta Mona Fastvold, y el propio director, que recoge 30 años en la vida de László Tóth, su mujer Erzsébet, y la relación de ambos con Van  Buren, su mastodóntica construcción ambientados en el Estados Unidos blanco y fascista de la década de los cincuenta, sobre todo. Es una película de grandes dimensiones que recoge el rostro más oscuro y violento del citado “Sueño americano”, hermana con otras joyas que transitaron por las travesías oscuras de los inmigrantes en el país de las oportunidades como América, América (1963), de Kazan, las dos partes El Padrino (1972/1974), de Coppola, y Érase una vez en América (1984), de Leone, por citar tres películas muy paradigmáticas que rastrean tres formas de “adaptarse” al nuevo mundo o lo que queda de él.  

La solidez técnica que desprende la película es abrumadora tanto en su formato de VistaVision rodado en 70mm, hacía seis décadas que no se usaba el invento de la Paramount que proporcionaba los grandes angulares para recoger los planos generales donde vemos los personajes en un primer término y sobre la colina la construcción, por ejemplo, y en los planos cercanos consigue esa intimidad que traspasa. Un gran trabajo de cinematografía del británico Lol Crawley, del que hemos visto 45 años, de Andrew Haigh y Ruido de fondo, de Noah Baumbach, en su tercer trabajo con Corbet, en su película más compleja del que sale muy airoso porque la película refleja todo esa complejidad de la intimidad emocional de unos personajes y la grandiosa edificación en la que están sometidos, a más de las difíciles y oscuras relaciones que mantienen entre ellos. La excelente música de Daniel Blumberg, que ya trabajó en El mundo que viene, de la coguionista Mona Fastvold, crea esa parte más invisible que escenifica el intrincado emocional del protagonista que se refleja en sus edificios, y en su férrea cabezonería en el trabajo y en los materiales utilizados. El montaje del húngaro Dávid Jancsó, habitual del cineasta Kornél Mundruczó, tenía la complicada tarea de dar cohesión y unidad a una película de 215 minutos, incluido sus 15 minutos de intermedio, y la cosa respira cine, y sobre todo, con su clasicismo y su cercanía construye una historia que nos sumerge en un mundo donde todo es posible, aunque deberíamos pensar si todos los sueños valen la pena por el elevadísimo precio que cuestan, y las heridas que dejan en el alma. 

Del apartado artístico destaca su impecable y natural trío protagonista. Empezando por un inconmensurable Adrien Brody, al que no habíamos visto en un personaje “Bigger than Life” como el pianista judío polaco Wladyslaw Szpilman, protagonista de El pianista (2002), de Polanski. Su arquitecto judío húngaro László Tóth es uno de esos tipos tan fuertes como arquitecto como vulnerable con sus adicciones, tan férreo en sus ideas y convicciones como frágil y complejo en sus relaciones. Un diamante que Brody lo humaniza y lo desmonta con cada mirada, cada gesto y ese acento que lo convierte en uno de esos personajes difíciles de olvidar. Le acompaña un brutal Guy Pearce dando vida a Van Buren, escenificando esos hombres de negocio acaparadores, conservadores y clasistas que “Make America Great Again”, pisoteando a todos sus adversarios, sin moral ni ideales, sólo ambicionan dinero y poder, y sobre todo, nunca desfallecen, siempre tienen un arma cargada para seguir explotando a todos los que puedan. Felicity Jones encarna a Erzsébet, la esposa de László, una mujer que ha sufrido mucho en la guerra pero que no se deja engatusar por los ideales de ese nuevo país lleno de dinero y violencia y horror, y la siempre interesante presencia de Stacey Martin como hija de Van Buren, que ya estuvo en las dos películas anteriores de Corbet. 

Una película como The Brutalist no es sólo es el retrato de un personaje que huye del horror nazi para encontrar una nueva vida en Estados Unidos, sino también, es el retrato de un tiempo, de la construcción de un país y del capitalismo y la codicia por lo material, también es un retrato sobrio y profundo sobre la oscuridad de lo seres humanos. Un viaje donde emergerá lo más horrible de la condición humana, todo lo que nos ha llevado a construir sociedades mal llamadas liberales, porque, en realidad, están controladas por grandes corporaciones que deciden qué se compra y vende, y lo peor de todo, lo venden como si eso fuese la libertad, un sin Dios. Brady Corbet se ha elevado a los grandes nombres del cine con su película, por su arrojo, su forma clásica de narrar que le empareja con los cineastas que hicieron grande el cine, y lo hace con un relato aparentemente sencillo, pero sumamente complejo, porque indaga en los abismos del alma humana, en esas zonas invisibles, en esos lugares que no reconocemos, de los que huimos siempre, pero que forman parte de nosotros, de lo que somos. Una película como esta no dejará indiferente al espectador que se atreva a verla, y no lo digo por su duración que, seguro será un hándicap para muchos espectadores, pero vencido ese prejuicio actual, la película te agarra desde el primer instante, te lleva por el viaje que propone siguiendo la travesía de László Tóth, donde nos encontraremos de todo: Un país que vende libertad y no a cualquier precio. Un sueño convertido en pesadilla. Un trauma que se erige como una edificación mastodóntica donde el hormigón y la frialdad del gris escenifica todo lo emocional y sobre todo, el alma que debe seguir a pesar del horror que vivió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tierra baja, de Miguel Santesmases

RECUERDO QUE TE HABÍA OLVIDADO.  

“Yo nunca te olvidé. No me olvides tú a mi”. 

Los primeros instantes de Tierra baja, de Miguel Santesmases (Madrid, 1961), están concebidos para situarnos en el contexto de su protagonista, Carmen, una mujer que ha huido de Madrid, agobiada por un trabajo, el de guionista, que no la llenaba, o quizás, huyó por otras razón. Todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que ella se ha recluido en el mas de su familia, ubicado en uno de sus pueblos de la provincia de Teruel, en el Bajo Aragón. Un lugar apartado de todos y todo, exceptuando algún encuentro fortuito con sus allegados: Damián, el hombre que le ayuda al mantenimiento, María Rosa, una prima, que le insta a volver a escribir. Entre quehaceres cotidianos y ratos de mirar y otros, en una búsqueda profesional, porque los olivos, antaño muy productivos, ahora no hay negocio. Así encontramos al comienzo del relato a Carmen, que no sabe por dónde tirar, más en un tiempo de espera a su pesar. Un día recibe una postal de un tal Eduardo, un hombre que en el pasado significó algo para ella. Un algo que todavía no sabemos. En poco tiempo, la película se presenta llena de incógnitas, secretos que se irán desvelando o no. 

Del cineasta madrileño que tuvo su momento en la industria con La fuente amarilla (1999), Amor, curiosidad, prozak y dudas (2001), y Días azules (20016), escritas junto a Antón y Martín Casariego, y Lucía Etxebarría, que se movían entre el thriller y el drama sobre jóvenes. En 2016 hace Madrid, Avobe The Moon, cine de guerrilla que construye una comedia romántica nada convencional. Ahora nos llega Tierra baja, que coescribe junto a Ángeles González-Sinde, amén de dirigir tres largos, ha escrito para cineastas tan importantes como Ricardo Franco, Manuel Gutiérrez Aragón y Gerardo Herrero, entre otros. Mantiene el mismo espíritu que la anterior, donde un buen guion y estupendos intérpretes hacen el resto. Aquí se añade el impresionante paisaje que escenifica la realidad interior de la protagonista y las consecuencias de lo que se llama como la España vaciada, donde las formas de trabajo mutan y los jóvenes huyen a las grandes urbes. La historia se mueve por varias travesías. Por un lado, tenemos a la mujer que vuelve a su pueblo con la idea de instalarse, están las nuevas formas de subsistencia ante los cambios en la agricultura, bien condimentado con el drama personal, lo romántico como leit motiv, pero muy alejado de los estándares convencionales, y por último, la ficción como espacio para imaginar la realidad o simplemente, como un lugar para refugiarse para abordar las dificultades de lo que se llama realidad. 

Tiene la película de Santesmases esa atmósfera ligera y transparente de las películas de Alexander Payne, pero muy profundas en sus planteamientos emocionales, donde convergen unos personajes con ideas que chocan con los demás, pero firmes en sus decisiones quijotescas. Una película cuidada en el aspecto técnico con una cinematografía que firma Alberto Pareja, del que hemos visto la semana pasada Miocardio, de José Manuel Carrasco, y ya estaba en la citada Madrid, Avobe The Moon, en el que prima la luz natural y captar la grandiosidad del paisaje pero sin embellecerlo. La música de Alejandro Román, habitual del cineasta balear Toni Bestard, y películas como Estándar y La pasajera, consigue con un pocos temas sumergirnos en una historia muy sutil y con pocos personajes, que atrapa con muy poco. El montaje que firman Germán Roda, autor de una extensa filmografía de documentales como Marcelino, el mejor payaso del mundo y Vila y sus dobles, y el propio director, maneja con soltura y ritmo los 96 minutos de un metraje que se ve con interés y no recurre a los lugares comunes, sino que al igual que la película sobre Madrid que hemos mencionado, busca en el paisaje y su forma de encuadrarlo una mirada más personal e íntima. 

Una película como esta tan llena de matices, detalles y mucha alma necesitaba una actriz tan extraordinaria como Aitana Sánchez-Gijón, que se guarda mucho sus sentimientos y cómo los expresa cuando es totalmente imprescindible. Una intérprete con sus miradas y sutilezas alimenta de misterio y belleza un personaje como Carmen, tan cercana como esquiva, tan seria como vulnerable, que parece una versión femenina de Crusoe en su pequeña isla, unos días a la deriva y otros, no se sabe dónde y por qué. A su lado, otro tótem como Pere Arquillué, una bestia en el teatro que no se prodiga tanto en el cine como me gustaría. Su personaje Eduardo Llanos es un productor de cine algo cansado y desencantado de su oficio, o quizás, por eso, llega al reino desterrado de Carmen en busca de engancharse a la vida, o al menos, reencontrar algo que recordó que había perdido. La presencia de Itziar Miranda, un personaje clave en la trama y ahí lo dejamos. Los autóctonos como Javier Gúzman que hace de Damián, el chico para todo, Lydia Vera es María Rosa la prima que está y Sonia Bel Faci como Cristina, la otra amiga que lleva el bar, y otras almas del pueblo, dan la profundidad necesaria para no quedarse sólo en la anécdota. 

Me ha convencido la propuesta de Tierra baja, de Miguel Santesmases, por su sencillez y honestidad, por contarnos una película que habla sobre el cine o sobre los que hacen el cine, sobre los oscuros y difíciles mecanismos de la creación y la tortura y complejidad de un oficio tan enriquecedor como masoquista, que mencionaba Truman Capote, como el de la escritura, y en este caso, el de guionista. Su absorbente naturalidad y calidez que desprende la hace tan cercana que los espectadores nos vemos moviéndonos como un personaje más, donde se juega mucho en los límites de lo que entendemos como realidad y ficción. Una película que invita a aventurarnos en los espacios de la creación y la fabulación, tan necesarios en un planeta cada vez más superficial e inmediato, que olvida muy a menudo la calma y la serenidad para adentrarse en esos otros aspectos de nuestro interior, escarbando en nuestras emociones, en nuestros miedos, en los que nos hace fuertes y vulnerables, en lo que somos realmente cuando se acaba el ruido. Tierra baja es una película sobre el hecho de escucharse, rodeado de silencio, de paz y tranquilidad, espacios tan importantes para la existencia, huyendo del ruido ensordecedor de las grandes ciudades, lugares destinados para la prisa y el estrés. Quédense un rato en las imágenes que propone Santesmases y comprobarán que necesitan otra vida y porque no, algo de ficción nunca está de más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Objeto de estudio, de Raúl Alaejos

¿CÓMO SE FILMA AL OTRO?. 

“No creo que haya ninguna frontera entre la ciencia y el arte. Todas las películas de ficción que he hecho siempre trataban el mismo tema: el descubrimiento del “Otro”, la exploración de la diferencia”. 

Jean Rouch

Las primeras secuencias de una película resultan muy reveladoras y trazan el camino a seguir. en Objeto de estudio, de Raúl Alaejos (León, 1978), la primera imagen es un meteorito expuesto en el que alguien golpea y emite sonidos, le sigue un inuit descendiente del explorador Robert Peary que se erigió como el primer hombre en llegar al Polo Norte en 1909 junto a su ayudante Matthew Henson, que tuvieron hijos con mujeres inuit pensando que crearían una combinación perfecta. La tercera imagen nos lleva al interior de una iglesia e inmediatamente después, el público congregado sale del lugar y la cámara los filma desde fuera. Una imagen que nos remite al cine, a la primera secuencia de la historia del cine español. La idea de Alaejos era seguir, un siglo después, la pista de los descendientes de los exploradores y plantearse algunas cuestiones: ¿Cómo filmamos al otro?. ¿Cómo filmamos el paisaje del otro sin caer en la visión romanizada de la naturaleza y lo salvaje?. Preguntas que le surgieron mientras trabajaba para una campaña de concienciación para Greenpeace en la zona. 

No es la primera vez que el cineasta leonés ya había trabajado en una anterior pieza “polar, en Elegy for the Arctic, situada en el archipiélago noruego en la que el pianista Ludovico Einaudi interpreta sobre una plataforma flotante mientras el hielo se va cayendo a su lado. En Objeto de estudio, la película no sólo muestra el bruto, es decir, los problemas que se generan a la hora de filmar al otro y su paisaje, construyendo un profundo y honesto ensayo fílmico donde todo se cuestiona y además, se interpela constantemente al espectador, que no se le arrincona como un simple observador, se le obliga a mirar y sobre todo, a hacerse preguntas como se les hace el propio cineasta. La torpeza de las imágenes se erigen como la mejor muestra de esa incesante búsqueda de cómo situar la cámara y a qué distancia, como ocurre en muchos momentos de la película, y ese continuo juego de cine en el que los planos y encuadres no remiten a una construcción dramática ni nada parecido, sino a un espejo-reflejo de aquello filmado y aquello oculto, lo que queda en off, tan importante como lo visible. Un ejercicio constante de cine y no cine, de exploración cinematográfica y de dudas, caminos abiertos y no encontrados y sobre todo, de filmar y ser filmado. 

Las poblaciones de Qaanaaq y Siorapaluq en Groenlandia sirven de escenario, con la compañía del explorador Hilo Moreno, la asistencia en el montaje y el distribuidor y también, cineasta David Varela, el sonido de Rafael Martínez del Pozo, y la cinematografía y montaje del propio Raúl Alaejos en un documento que va más allá de la estructura convencional de una película, acercándose al cine de Flaherty, en que todo cine es construcción y apropiación, y en realidad no filmamos a otros sino a nosotros, al cine del citado Rouch, en que el cine etnográfico sólo es un vehículo para mostrar las carencias, dificultades y prejuicios que tenemos en el momento de encontrarnos con los otros y sobre todo, filmarlos. El cine de Alaejos tiene una relación especial con las películas de Elías León Siminiani y concretamente con Mapa (2012), en el que el director cántabro se pregunta constantemente muchas de las cuestiones que también se plantea Alaejos, en documentos que sólo nos intentan contar una experiencia personal, sino que también, visibilizan todas las dudas y miedos en construir un cine que tiene mucho que ver con el otro, y sobre todo, con nuestra mirada como cineastas y como personas occidentales que se acercan a mirar al otro, tan alejado y diferente, con nuestros convencionalismos y superioridad occidental.   

El director Raúl Alaejos introduce las dosis de humor que evidencian que, ante la imposibilidad de filmar al otro, siempre nos queda reírnos de nosotros y de lo que tenemos a nuestro alrededor, y sobre todo, jugar con el dispositivo cinematográfico, ya desde su sintomático título, para que el retrato que hagamos sea divertido y muy irónico, donde lo que tenemos delante no sólo sea un espacio donde impongamos nuestra mirada, sino que sea un campo de exploración infinita donde cada imagen y el sonido o no que lo envuelve, sea siempre una decisión no solamente técnica, sino que también sea una actitud honesta y humana hacia el/lo filmado. Hay momentos jugosos y tronchantes, porque sin ser señalador, la película dispara en una dirección concreta, como ese maravilloso instante que remite a Nanook of the North (1922), del mencionado Flaherty, y cómo se filma en producciones convencionales con la canción de Madonna y el paisaje blanco que nos engulle, pero como una idea simplista de la naturaleza salvaje y el indio. No dejen pasar Objeto de estudio, de Raúl Alaejos, porque es mucho más de lo que se imaginan, y además, filmada con una naturalidad y sencillez aplastantes, con la presencia o no del cineasta y su alter ego actoral, porque la película también se pregunta: ¿Cómo somos y cómo nos filmamos a nosotros cuando nos relacionamos con el otro?. Seguramente, nos convertimos en otro, porque al fin y al cabo, siempre estamos reinventándonos y reconstruyendo nuestras existencias y más cuando nos relacionamos y filmamos al otro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Flow, de Gints Zilbalodis

UN GATO, UN PERRO, UN LÉMUR, UNA CAPIBARA Y UN PÁJARO SECRETARIO.  

“No ha aprendido las lecciones de la vida quien diariamente no ha vencido algún temor”. 

Ralph Waldo Emerson 

La primera imagen que vemos de Flow, de Gints Zilbalodis (Riga, Letonia, 1994), es el reflejo en el agua del gato protagonista. Una imagen invertida, o lo que es lo mismo, una imagen del revés o quizás una premonición de lo que va a experimentar el gato en cuestión. También es una imagen que nos remite a nuestro interior, porque la segunda película del cineasta letón se mueve entre las oscuridades de lo invisible, removiendo todos los miedos personales que nos impiden vivir con plenitud y sobre todo, aceptar y aceptarnos. El gato, del que desconocemos su nombre, vivirá una aventura muy a su pesar, pero una travesía necesaria y sobreviviente, porque el mundo por el que se mueve, natural y vegetal, se verá sumergido bajo las aguas, y la única supervivencia será convivir en un barco a la deriva con otros cuatro animales: un perro, un lémur, una capibara y un pájaro secretario. 

La trayectoria de Zilbalodis está compuesta por 7 cortometrajes de animación dibujados a mano, amén de Away (2019), su ópera prima en el que contaba mediante la animación la peripecia de un chico y un pequeño pájaro que huían de un espíritu oscuro. Uno de esos cortos Aqua, que hablaba de un gato que tiene miedo al agua, le inspiró para Flow, traducido como “Fluir”, en el que mezcla animación también dibujada a mano en 2D y 3D, creando ese mundo onírico, de fantasía y de fábula, con el mejor espíritu de Esopo, un universo de una belleza deslumbrante y estéticamente alucinante que nos sumerge, y nunca mejor dicho, en ese universo donde el agua lo ha inundado todo y los cinco protagonistas deben convivir juntos para salvarse, aprendiendo a respetarse a pesar de sus diferencias y sobre todo, a vencer los miedos personales para seguir con vida a pesar de la catástrofe a la que se enfrentan. Una película que habla de cómo los humanos tratamos nuestro entorno y todos los demás seres vivos que nos rodean. Podemos ver la película como una llamada de atención a las horribles consecuencias que ya estamos sufriendo. 

Mucho del cine de ahora está construido a partir de los diálogos, que no siempre son ingeniosos ni inteligentes, ni ofrecen otra mirada. En Flow, se ha mirado al pasado, a cuando el cine no había diálogos y todo se construía a través de las imágenes y en ocasiones, la música, y es una película donde se han prescindido completamente de los diálogos, dando el valor a las imágenes y la excelente música de Rihards Zalupe y el propio director, y la gran labor de diseño de sonido de Gurwal Goïce-Gallas, un gran especialista en la materia con más de 60 títulos en su filmografía en la cinematografía francesa, para construir un mundo de pequeños gemidos, sonidos y una apabullante amalgama de sensaciones y emociones, donde la cámara en constante movimiento que sigue sin descanso cada acción de los diferentes personajes, en especial, las del gato, protagonista y vehículo conductor de este viaje a los confines o mejor dicho, a la supervivencia. El director letón nos sumerge en un mundo donde no hay humanos, pero si sus vestigios, que pueden remitirnos al sudesteasiático, aunque el relato no se decanta por un realismo palpable, vemos monumentos, templos y demás construcciones pero ni rastro humano.

La ilusión se impone en la historia, creando un mundo muy natural y transparente, donde la realidad, el sueño, la fantasía que se mueve entre lo real y lo que no lo es, entre un espacio límbico en el que todo se puede tocar y es intangible a la vez. Una producción que ha tenido el esfuerzo y el entusiasmo de compañías como Dream Well Studio desde donde Zilbalodis crea sus películas, acompañada por Sacrebleu Productions de Francia de la que han salido grandes obras de animación como 90 cortometrajes que han cosechado premios alrededor del mundo, y películas como El techo del mundo (2015), de Rémi Chayé, El extraordinario viaje de Marona (2019), de Anca Damian, y Ma famille afghane (20121), de Michaela Pavlátová, entre otras, y Take five de Bélgica, con cintas como The Island (2021), de la citada Damian, y Sirocco y el reino de los vientos (2023), de Benoît Chieux, entre otras muchas. Un cine de animación que, a diferencia de otras producciones, optan por crear mundos reales y fantásticos que tienen una relación directa con los problemas que nos acechan en la sociedad actual, generando ese espacio de pensamiento, de reflexión y de conciencia personal.

No deberían dejar pasar una película como la que propone Flow, de Gints Zilbalodis, que recoge características de todo tipo como el cine mudo, la gran animación europea de los cineastas checos o franceses que han hablado de lo natural y las consecuencias de su no respeto. La película letona-francesa-belga está teniendo un recorrido internacional realmente impresionante, engordando una lista larguísima de galardones, reconocimientos y sobre todo, de espectadores, que invitan a seguir rastreando una animación diferente y nada complaciente, que puede ser disfrutada tanto por adultos como de niños, sin ser sensiblera e infantil, que vaya más allá del mero entretenimiento y explore sus extraordinarias e infinitas capacidades como hacen con esta (des) ventura sobre un gato, un perro, un lemúr, una capibara y un pájaro secretario, que podrían ser como los músicos de Bremen, pero en su caso, una especie de supervivientes que deben de respetarse, convivir y sobre todo, aceptarse, y convivir con sus miedos personales y exteriores para enfrentarse a los avatares del cambio climático, que viene de esos sapiens que han sido los primeros en caer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El profesor de esgrima, de Vincent Pérez

ÉRASE UNA VEZ EN FRANCIA EN 1887… 

“El honor de un hombre no está en mano de los demás; está en nosotros mismos y no en la opinión pública. No se defiende con la espada ni con el escudo, sino con una vida íntegra e intachable”. 

Jean-Jacques Rousseau

Al magnífico actor francés Vincent Pérez (Lausana, Suiza, 1964), lo conocíamos por su extensa filmografía con más de 80 títulos al lado de grandes cineastas como Scola, Antonioni, Wenders, Raoul Ruiz, Polanski, Beresford, entre muchos otros. En la década de los noventa alcanzó su cénit con tres monumentos al cine como Cyrano de Bergerac (1990), de Jean-Paul Rappeneau, Indochina (1993), de Régis Wargnier y La reina Margot (1994), de Patrice Chéreau. Tres grandes producciones históricas que cosecharon grandes críticas y premios y lo encumbraron al estrellato de la cinematografía francesa. Mucho del espíritu de las citadas se encuentra en su tercer largometraje como director El profesor de esgrima (en el original “Une affaire d’honneur”), por varios motivos: Es una película histórica, ambientada en el París de 1887, con la marca del cine francés en este tipo de cintas, donde cada detalle y elemento están muy bien cuidados. Cuenta una historia de personajes cercanos y complejos, y además, la trama es sencilla y directa, recogiendo muy bien los convulsos años de finales del siglo XIX. 

La historia nace a partir de un guion escrito por Karine Silla (que trabajó con el director en su primer trabajo Peau d’argo en 2002), nos cuenta una rivalidad que se genera a través del duelo fratricida entre el sobrino de Clément Lacaze, un venerado maestro de armas, y el arrogante coronel Louis Berchère, y por otro lado, tenemos a madame Marie-Rose Astié de Valsayre, feminista y activista por los inexistentes derechos de las mujeres, que se pone firme contra Ferdinand Massat, redactor jefe de un diario que calumnia constantemente a la citada dama. Dos historias en una. Dos tramas que convergen en una, en la estrecha relación de Lacaze y Astié de Valsayre, ya que uno prepara a la mujer en su duelo. Es la trama de cuatro duelos totalmente diferentes: con sable, con pistolas, con florete, y el último, con espada y a caballo. Pérez ha pasado como director por el drama a lo amour fou en su primera película, después en El secreto (2007), el thriller tomó el mando, y en su tercera cinta Cartas de Berlín (2016), ambientada en la mencionada alemana en 1940 se decantó por el drama. En El profesor de esgrima se aventura por un sólido drama histórico en el que reúne muchos de los temas y géneros de sus anteriores películas. 

Un gran plantel técnico empezando por la excelente cinematografía de Lucie Baudinaud, de la que vimos Olga (2021), de Elie Grappe, construyendo una película narrativamente extraordinaria, donde cada luz y cada textura está al servicio de la historia, dotando a la historia de todos las complejidades de una Francia traumatizada por las secuelas de la guerra y donde las mujeres carecían de derechos esenciales. La abrumadora música del dúo de hermanos Evgueni y Sacha Galperini, que son unos perfectos acompañantes para ir generando toda esa dualidad que se va creando entre los diferentes conflictos de los personajes, además de insuflar ese halo romántico e histórico que necesitaba una película de estas características. El gran trabajo de montaje de concisión y sobriedad de Sylvie Lager, que tiene en su filmografía nombres como los de Claude Berri, François Dupeyron y Dómik Moll, entre otros. Amén de los equipos de vestuario, arte y caracterización que vuelven a situar a una película como El maestro de esgrima  entre los grandes títulos franceses en lo que se refiere a recreación histórica, tan difícil porque se ha de recoger una atmósfera específica sin caer en la manida belleza y pulcritud. 

Como no podía ser menos el plantel artístico es de una excelencia alucinante capitaneado por el maravilloso Roschdy Zem, que gran actor, interpretando a Clément Lacaze, dándole todos los matices y detalles de un militar cansado de tanta guerra y tanta estupidez que se ve involucrado, muy a su pesar en un duelo peligroso. A su lado, la fantástica Doria Tillier, vista en películas de Nicolas Bedos, entre otros, es la encargada de construir a Marie-Rose Astié de Valsayre, un mujer de armas tomar, y nunca mejor dicho, que lucha por los derechos de las mujeres, incansable, con carácter y recta en un mundo dominado por hombres machistas y conservadores. Luego, tenemos a un reparto que brilla con intensidad empezando por Guillaume Galliene, un actor con más de 40 títulos en su carrera con diversos y estupendos cineastas, que hace del lugarteniente y hermano del citado Lacaze, tan sobrio y tan natural, el siempre elegante Damien Bonnard es Ferdinand Massat que se enfrenta a la madame, siendo esos tipos lameculos del poder a través de su diario, y por último, el propio Pérez que es el antipático Berchère, el militar condecorado que sigue creyendo que está en el campo de batalla. 

Si les gusta el cine histórico y más concretamente, el francés, y no lo digo porque sí, sino porque es un cine que reconstruye con rigor exquisito todos los contrastes y complejidades de épocas muy importantes de la historia de su país. En El maestro de esgrima nos trasladan al París de finales del XIX, en una Francia abocada a guerras inútiles que dejaban miles de muertos, y en el que todavía todas las personas no disponían de los mismos derechos, en especial, a las mujeres que se las trataba de personas supeditadas al hombre. Un país que prohibía terminantemente los duelos y aún así, como suele pasar en estos casos, se sucedían por cuestiones de honor, por asuntos de honor, como reza el título original de la película. Tiene mucho del aroma de ese gran monumento al cine que es Los duelistas (1977), de Ridley Scott, en el que en los albores del XIX, dos oficiales napoleónicos se batían en un duelo enloquecido e infinito. No he visto las anteriores películas como director de Vincent Pérez pero en esta, nos ha convencido su buen hacer con un relato que no era nada fácil, porque maneja muchos elementos complicados, aunque se sirve de una sencilla y estupenda trama, que va de frente, sin alardes ni pericias narrativas y formales, sino tomando el ejemplo de los maestros con los que él trabajó como actor, recurriendo al clasicismo y sobre todo, introduciendo las reivindicaciones feministas, que eso la hace diferente a las demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Miocardio, de José Manuel Carrasco

EL AMOR DEL PASADO.

“El miocardio es el tejido muscular que rodea las paredes del corazón. Tiene la función de generar las contracciones necesarias para que la sangre llegue a todas las partes del cuerpo. Funciona involuntariamente y por esto no se puede regular. Se podría decir que aquello que se encarga de alimentar nuestro cuerpo lo hace de manera involuntaria. Por lo tanto, vivimos involuntariamente”. 

Hay mucho cine español, mucho más de lo que las instituciones oficiales pretenden. Un cine español más humilde, más sencillo y sobre todo, un cine español que apenas tiene visibilidad en los medios, y mucho menos,  presente en las salas, tan reticentes a aventurarse a un estreno que necesita mucha piedra, es decir, tiempo para que los espectadores la conozcan y se atrevan a descubrirlas. Eso sí, cuando lo hacen, este cine español, al que se le ha llamado de muchas formas diferentes, es un cine que conecta con el público y consigue unos logros, muy modestos, pero importantes. Miocardio, del cineasta murciano José Manuel Carrasco reúne todas las características de este cine, porque hace de su modestia y su dispositivo, sus mejores credenciales, porque es, ante todo, un cine que habla de tantas vulnerabilidades y miserias humanas.  

Carrasco que tiene una filmografía en la que abundan la friolera de 11 cortometrajes, amén de alguna serie y guiones junto a Luis E. Parés en su magnífica La primera mirada (2024), y debutó en el largometraje con El diario de Carlota (2010), donde retrataba a una adolescente en plena vorágine sentimental y sexual. Su segundo largo parece que rescata a aquellos adolescentes, ahora entrados en los cuarenta o rondando esa cifra. Tiempo donde se mira a atrás y se hace una especie de balance o tal vez, uno se da cuenta de todas las malas decisiones que se tomaron. La acción arranca con Pablo, un tipo de unos cuarenta y tantos, como decía Sabina, que publicó un libro hace ya mucho, que se ha separado de Pilar porque no aguanta su amargura y en fin, un tipo triste y lo peor de todo, sin ganas de seguir. Aunque, el teléfono suena y es Ana, su primer amor de hace quince años. Una ex que viene a ponerlo patas arriba, a mirar atrás, a tomar conciencia de lo que hicimos y lo que no. Un encuentro que es como mirarse al espejo y enfrentar los errores y los aciertos. Con un tono de comedia agridulce, muy de la atmósfera de Wilder, que recogieron muy bien aquí los Colomo y Trueba en los albores de los ochenta. Un género para hacer análisis de lo mucho que nos había costado y lo mucho que la habíamos cagado. 

El cineasta nacido en Grenoble (Francia), pero murciano de adopción, se ha reunido de un plantel magnífico para acometer su segunda película. Tiene a María del Puy Alvarado que, a través de Malavanda, ha producido a cineastas tan importantes como Carlos Saura, Rodrigo Sorogoyen y Maite Alberdi, a Alberto Pareja en la cinematografía que le ha acompañado en 4 cortometrajes, creando esa luz tan natural y tan real que genera esa atmósfera de cotidianidad y doméstica que tiene el cine de Truffaut con Doinel, en las que va retratando sus éxitos y fracasos sentimentales. La música de Claro Basterrechea, del que conocemos sus trabajos en El fin de ETA y en la serie El pionero, con una composición sutil nada molesta que ayuda a tomar pausa ante la explosión de emociones que se van sucediendo entre Pablo y Ana. El extraordinario montaje de Vanessa Marimbert, otra colaboradora de Malvanda, ya que la hemos visto en Las paredes hablan, del mencionado Saura, en films con Esteban Crespo, en El buen patrón, de Fernando León de Aranoa, y la mencionada La primera mirada, que consigue estructurar con acierto y concisión los 78 minutos de metraje, que se viven con reposo e intensidad, en una película encerrada en cuatro paredes que recoge casi dos décadas de los protagonistas. 

Estamos delante de una de las no parejas protagonistas más acertadas de los últimos años, que recuerdan a otra no pareja, la de Vito Sanz e Itsaso Arana en la inolvidable Volveréis, de Jonás Trueba. Vito repite, construyendo otro tipo al que se le quiere por su torpeza y sus nervios, que está demasiado cerca de todos nosotros. Un actor que parece que no interpreta y eso es lo mejor que se le puede decir a un actor. A su lado, tenemos a Marina Salas, que ha trabajado en varios cortos con Carrasco, que nos gustó mucho en películas como La mano invisible y El cover, es Ana, el fantasma del pasado dickensiano de Pablo, una mujer que no sabe muy bien a qué viene, o mejor dicho, a qué vuelve, peor ahí está, que ejercerá de espejo discordante para Pablo para que se vea y salga de ese pozo tan oscuro donde se ha metido, por miedo y por no enfrentar la realidad. Hay dos intérpretes más de los que no podemos dar detalles para no destrozar la sorpresa a los espectadores. Uno es Luis Callejo, otro de la Carrasco Factory, un intérprete tan natural, tan creíble y tan cercano que nos encanta. Y Pilar Bergés, otra cómplice del director, que estuvo muy bien en Los inocentes (2018), de Guillermo Benet. 

Me ha gustado mucho Miocardio, de José Manuel Carrasco, por hacer muy ambicioso narrativamente hablando, donde se juega con propuestas y elementos que nos interpelan directamente a los espectadores. Seguro que viendo la película vamos a pensar en aquel amor, en todo lo que hicimos y lo que no, y sobre todo, en todas esas cosas que podíamos haber hecho de otra manera, y lo fantástico que sería poder repetir aquel amor para hacerlo mejor, para descubrir los errores y tener la oportunidad de subsanarlos y como se plantea en la trama, repetir y repetir hasta que salga bien. O quizás, los errores cometidos no los repetimos, aunque cometeremos otros, no lo podemos saber. Pero si que estaría fenomenal repetir aquel amor o volver a reencontrarse con la mujer que nos rompió el corazón y poder hablar de lo que sucedió, pero de verdad, sin trampas, con sinceridad y dejando egos y rencillas pasadas, y enfrentarse a lo que fuimos, a las equivocaciones y a todo lo que dejamos. Me encantaría que me ocurriese como Scrooge, que vida tendríamos de haber tomado otras decisiones. Tal vez, estaríamos igual que Pablo o no, quizás habría que preguntar a aquel amor del pasado si volviese a llamarnos para saber de uno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mitad de Ana, de Marta Nieto

LA MUJER QUE FUI. 

“(…) Toda comprensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprensión. Todo momento de hallar es un perderse a uno mismo”. 

“La pasión según GH”, de Clarice Lispector 

Hemos visto muchas películas sobre la maternidad, pero faltaban más dirigidas por mujeres y eso no solo enriquece nuestra mirada como espectadores sino que, además, genera espacios de reflexión más profundos y directos sobre el tema. En apenas un par de años, hemos conocido los trabajos de Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, Mamífera, de Liliana Torres y Salve Maria, de Mar Coll. Todas ellas películas sobre el hecho de tener hijos y también, de no tenerlos. Propuestas muy interesantes y brillantes a las que ahora se une La mitad de Ana, ópera prima de la hasta ahora actriz Marta Nieto (Murcia, 1982), con una filmografía con más de medio centenar de películas junto a cineastas como Antonio Banderas, Rodrigo Sorogoyen, Kike Maíllo, Juanjo Giménez, Jaime Chávarri y Estefanía Cortés, entre otros. La murciana ya se probó en la dirección con Son (2022), un cortometraje de 17 minutos sobre la relación de una madre y su hija, que fue la génesis de la película que tratamos y repite los productores de Avalon y Elastica.  

A partir de un guion que firman Beatriz Herzog (fogueada en la producción de series como La casa de papel y El secreto de Puente Viejo, entre otras), y la propia directora, donde recogen lo vislumbrado en el citado corto, en el que la propia Nieto que hace de la mencionada Ana es una madre de su hija son de 8 años. La acción arranca en verano, cuando los problemas se quedan en suspenso. A su término, tanto madre como hija vuelven a la rutina y es ahí, cuando aparece el conflicto, y aparece de forma tranquila como suelen ocurrir las grandes cosas de la vida. Son comienza a explorar su identidad y pide a sus compañeras de clase que se dirijan a ella como un niño. Hasta ese momento, la vida de Ana se resumía en ser vigilante de sala de museo y una vida emocional y sentimental vacía y rutinaria, totalmente alejada y ausente de ella. Una vida sólo para su hija. En ese instante, la vida da un vuelco y es entonces que Ana comienza una deriva de búsqueda torpe y difícil para reencontrarse con la Ana que quería dibujar, crear y vivir la vida de forma diferente a la que lo hace ahora. Nieto construye un relato muy íntimo y nada sensible, muy alejado de esa premisa, donde la naturalidad se impone a contarnos una realidad inmediata que nos sobrepasa por su cuidado y su transparencia. 

La cinematografía de Julián Elizalde, al que hemos visto en películas tan diferentes que van del documental a la ficción con cineastas como Pau Freixas, Carla Subirana, Elena Trapé, Meritxell Colell, Mikel Gurrea y Pilar Palomero. En La mitad de Ana, la cámara está pegada a sus personajes, incluso los sobrepasa, y no el sentido de incomodidad ni telerrealidad, sino todo lo contrario, para que seamos testigos de toda la gama de altibajos emocionales que se van dando en la trama, y no haciendo énfasis, sino conmoviendo con una mirada, un gesto, o una palabra, tan sutil, tan bellas y esos silencios que hablan tanto, o perpleja mucho más. La música de Adrian Foulkes, del que conocemos sus trabajos en series y en No matarás (2020), de David Victori, construye en la misma sintonía que las imágenes, una composición en el que prevalece la emoción y la sensibilidad, sin acomplejar ni el guion ni a los personajes, al igual que el magnífico montaje de Pedro Collantes, del que hemos visto su trabajo como director en El arte de volver (2022), y sus películas como editor en el documental de Oscuro y lucientes, y la serie de El caso Alcàsser, de León Siminiani. Un ejercicio de contención y pausa donde priman los (des) encuentros de los personajes y esos grandes momentos entre madre e hija, donde hay ternura y distanciamiento. 

Viendo la película no podríamos ver como Ana a otra actriz que no fuese Marta Nieto, amén del esfuerzo que supone dirigir e interpretar y aún más, en tu primera película. La murciana aprueba con creces en su doble faceta, porque como actriz ya nos encantaba y si no, prueben a ver Madre (2019), del mencionado Sorogoyen, que también nació de un cortometraje, y sabrán de lo que les hablo. Como directora no la conocíamos, amén del corto, así que, sólo nos podemos rendir a su buen hacer, por optar por un tema tan complejo como la maternidad y mostrarlo de esta forma, abriéndose en canal y además, introduciendo el tema trans en la infancia, que le sirve como motor para desembocar en lo que quiere sumergirnos, y no es otra cosa que rastrear esos instantes donde la vida se pega una gran hostia y te dice que por ahí no es, que es por el otro lado, que debes volver a ser la persona que fuiste, a la que has olvidado, o quizás, a la persona que nunca te atreviste a ser. Le acompañan Nahuel Pérez Biscayart que hace de ex pareja y padre de Son, tan fiable como natural, una joya de actor, y las interesantes y estupendas Sonia Almarcha y Lorena López, y la niña Noa Álvarez, que debuta en el cine haciendo de Son, eje vertebrador de la crisis de Ana. 

Si deciden ir a ver La mitad de Ana (no tarden mucho, porque las películas van y vienen de la cartelera demasiado deprisa), sepan una cosa muy importante. La película es una reposada y tranquila obra sobre todos nosotros mismos, y no lo digo de forma baladí, sino porque estamos ante una cinta que se sumerge en todas esas debilidades y complejidades emocionales que nos corroen a diario, que dejamos aparcadas pensando que se irán, incrédulos que somos, porque las ilusiones de la juventud, aquellas que nos hacían ilusionarnos constantemente, no se van a ir nunca, van a cambiar, eso sí, se van a transformar en otros asuntos, pero olvidarlas no va a ser posible, porque estaríamos olvidando una parte de nuestras vidas, y no una cualquiera, aquella que forjó nuestro carácter y por ende, nuestra forma de ser y decidir y actuar, que no es poco. Por todas estas cuestiones merece el tiempo ver la primera película de Marta Nieto, y además, habla de la maternidad como refugio para olvidarse de esas ilusiones, y una maternidad muy equivocada, porque si renunciamos a algo tan importante nuestro, nos viene la cuestión: ¿Cómo pretendemos después ayudar a nuestra hija y a sus conflictos interiores cuando no somos capaces de resolver los nuestros?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La semilla de la higuera sagrada, de Mohammad Rasoulof

EL ESTADO Y LA FAMILIA. 

“El ciclo de la vida del ficus religiosa es inusual. Sus semillas caen sobre otros árboles dentro de las heces de los pájaros. Las raíces aéreas brotan y crecen hasta el suelo. Después, las ramas abrazan al árbol huésped y lo estrangulan. Por último, la higuera sagrada se sostiene por sí sola”. 

En La vida de los demás (2020), el cineasta Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), trazaba un intenso y profundo alegato sobre la moral, a partir de unas personas que se enfrentaban a sus convicciones, envueltos en aceptar una ley injusta y miserable que les obliga a cumplir con la pena de muerte. En La semilla de la higuera sagrada, y siguiendo la estela de su anteriores trabajos, sigue dándole vueltas a las leyes y su cumplimiento, pero en este caso, compone un cuento de terror en toda regla, porque todo ocurre en el interior de las cuatro paredes de la familia de Iman, recién nombrado juez instructor en Teherán, la capital iraní, en el otoño de 2022 en mitad de las protestas feministas que hizo tambalear el régimen de los ayatolás, en respuesta de la muerte de Masha Jina Amini, una joven de la minoría kurda, mientras estaba detenida. La esposa y madre, Najmeh, y las dos hijas jóvenes Rezvan y Sana.  

Como sucedía en La vida de los demás, el conflicto es extremadamente sencillo y directo, y el relato viaja por diferentes y complejos estados emocionales en un magnífico retrato de personajes. La película pasa de la euforia por el nombramiento de Iman, por los cambios de domicilio y por ende, de estatus social, y el misterio que encierra su trabajo para el resto de su familia. Luego, viene la muerte de la mencionada mujer de la minoría kurda, y el estallido de protestas callejeras de mujeres desafiando al régimen quitándose los velos y celebrando la libertad. Hechos que van alejando a la familia, porque las dos hijas ven mediante internet todo lo que acontece. Otro hecho, que no desvelaré por respeto a los espectadores que no hayan visto la película, crea un cisma insostenible en el hogar que desencadenará un atisbo insalvable entre hijos y padres. Un cine muy bien contado, declaradamente psicológico y un magistral estudio de personajes, y sobre todo, las afectaciones de cumplir con la ley, como ocurría con la película mencionada, y lo que desemboca en el ámbito familiar. El director iraní no se anda por las ramas, construye un cine muy transparente en sus contenidos, generando un cuento sobre la moral que nos agarra desde sus primeras imágenes y no nos suelta hasta la resolución, como si se tratase de una película de terror al uso, como he comentado, con sus mismas texturas y formas, indagando en lo íntimo a partir de lo que va ocurriendo entre los diferentes componentes de esta familia. 

Rasoulof construye una cuidada e intensa cinematografía a través del extraordinario trabajo de Pooyan Aghababayi, que viene del mundo del cortometraje, donde cada encuadre y plano está muy pensado y crea un off brutal, porque los ecos de la calle inundan cada habitación y sobre todo, cada pensamiento de los personajes. Un intenso y agobiante thriller psicológico que tiene mucho de los Polanski, Zulawski, Skolimowski, Kieslowski, y compañía, donde la política, lo social y lo más oscuro del alma humana se convertían en materia diseccionante. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Andrew Bird, habitual del cine de Fatih Azkin, amén de otras brillantes cineastas como Julie Deslpy y Miranda July, entre otros, donde los 168 minutos de metraje, que podrían asustar a muchos espectadores, se convierte en una duración adecuada y nada pesada, porque el proceso de los acontecimientos y cómo se va ennegreciendo ese hogar necesitaba observar con tiempo y sin prisas. La magnífica música de Karzan Mahmood, que se ha fogueado mucho tiempo en series de televisión, es un elemento esencial en la historia, porque nos ayuda a crear esa tensión in crescendo en la que está instalada la película, sin ser intervencionista ni molesta, sino todo lo contrario. 

En el apartado artístico nos rendimos por lo bien que interpretan los cuatro principales personajes, como sucede en el cine iraní, donde tienen la capacidad que olvidemos a los intérpretes y nos centramos solamente en la composición y actuación. Tenemos a Missagh Zareh como Iman, que ya había trabajado con Rasoulof en Un hombre íntegro (2017), donde un tipo se enfrentaba a su empresa muy dada a la corrupción, siendo ese hombre que es sometido por el estado por el bien de la seguridad nacional, creando una especie de funcionario sin moral ni ética, dispuesto a todo por mantener su empleo y prosperar siendo el ejecutor del terror estatal. Soheila Golestani hace de Najmeh, la esposa comprometida y ciega que está con y por su marido, aunque las cosas se pueden torcer y nada se ve de la misma manera. Las hijas son Setareh Maleki como Sana y Mahsa Rostami como Rezvan, dos jóvenes contrariadas por las protestas que están sucediendo de las mujeres y por contra, una televisión estatal que miente descabelladamente, y un padre que no suelta prenda de su trabajo y su cometido. Unas ideas que chocan con las de su padre y reclaman más justicia e igualdad y humanidad, situación que irá descomponiendo la aparente tranquilidad que parecía que existía. 

Si les hizo reflexionar y todavía recuerdan una película como La vida de los demás, sobre cómo las fauces del estado va contaminando a los ciudadanos y sobre todo, convirtiéndolos en meros títeres que ejecutan sus leyes terroríficas e injustas. Si fue así, deberían darle una oportunidad a La semilla de la higuera sagrada, un revelador y contundente título, la nueva obra de Mohammad Rasoulof, que vuelve a contarnos la peripecia de un hombre que parece íntegro pero que será absorbido por esa gran maquinaria de injusticias y negocio que se han convertido muchos gobiernos del planeta, donde sólo buscan sus beneficios e imponer unas leyes que benefician a los de siempre que sirven para pisotear a los de siempre, también, sea como sea. Estamos ante una buena historia, dividida en tres partes bien diferenciadas, en un gran guion del propio director, donde nos hace reflexionar, emocionarnos y sobre todo, ver cómo la política no va de cuatro leyes, sino también de las diferencias que se generan en una familia cuando el padre es uno de ellos y opta por mirar a otro lado, mientras sus hijas, llenas de rabia por lo sucedido, no se detienen y buscan su rebelión y su lucha, aunque sea en las cuatro paredes de su casa y contra su padre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Gloria!, de Margherita Vicario

VIVIR LA MÚSICA. 

“No hay palabras, sólo hay música”.

Antonio Vivaldi 

Las primeras imágenes de ¡Gloria!, de Margherita Vicario (Roma, Italia, 1988), son de una sencillez y sobriedad conmovedoras. Estamos en 1800, en Venecia, tras los muros de Saint Ignazio, un orfanato para mujeres. Teresa, la joven muda desde que se contará la historia, se entretiene con unos niños y niñas, y ocultados en un saco, extrae unos utensilios de cocina para hacer música. Una voz los llama y la joven se queda a solas con el guarda que le da un pequeño objeto para hacer música. Inmediatamente después, asistimos a una secuencia donde los quehaceres diarios van componiendo una melodía, y Teresa se queda absorta escuchando, hasta que la voz de la recta institutriz la despierta de su letargo musical. La trama escrita por Anita Rivarioli y la propia directora, gira en torno a Teresa y cuatro chicas que tocan el violín junto al coro del orfanato. Una película sobre la música, sobre la composición, y sobre todo, una obra que hace de la música más que una forma de vida, una forma de refugio en un mundo atroz donde el gobierno y la iglesia ostentan un poder patriarcal y salvaje. Un relato que recupera a la compositora Maddalena Laura Lombardini Sirmen, una de esas jóvenes huérfanas que fue recuperada y se erige como la figura de tantas otras que han quedado en el olvido y sus composiciones perdidas. 

La directora empezó como actriz, tuvo papeles con Woody Allen y Lamberto Bava, entre otros, continúo como cantautora indie publicando varios álbumes. ¡Gloria! es su ópera prima, y cómo no, nos habla de música y protagonizada por tantas jóvenes olvidadas que estudiaron música de alto nivel y aprendieron a amarla en aquellos orfanatos en el apogeo del barroco veneciano. La trama se detiene en la citada Teresa, que no habla, se comunica con la música, Lucia, la compositora de un grupo de violinistas que sigue con Prudenza, Bettina y Marietta, que reciben clases del maestro Perlina, el párroco del lugar, tan déspota, conservador y cero talentoso para la composición musical. Las cinco jóvenes encuentran en un fortepiano, oculto en uno de los sótanos, su refugio, su alegría y su forma de aguantar una existencia cruda, gris y sin futuro. Estamos ante una película histórica que nos cuenta una ficción ayudada por un contexto real y algunos personajes que existieron. Una fórmula que funciona sin necesidad de aspavientos ni estridencias argumentales, con protagonistas tan cercanos y tan naturales que nos acercan tanto a la parte más física como emocional. 

Vicario se ha acompañado de un gran equipo técnico que brilla en cada apartado de la película, empezando por una cinematografía que firma Gianluca Palma, sabe captar con sobriedad y elegancia el contexto de la Venecia de la historia, en el que cada plano y encuadre obedece a una síntesis muy elaborada de todo lo que se muestra y cómo se hace, captando cada gesto, cada mirada y cada situación. El montaje de Christian Marsiglia, con sus 106 minutos de metraje, tiene ritmo, pausa y contención, elementos esenciales para contar la trama de estas cinco antiheroínas, que encuentran en la música y su “fortepiano”, un camino para escapar de las férreas y conservadoras clases de Perlina y aún más, de un destino oscuro que les espera como esposas de algún sesentón terrateniente de la zona. Mención especial tiene el magnífico diseño de producción lleno de detalle que capta la atmósfera del momento histórico. El apartado artístico brilla con fuerza con la presencia de Galatea Bellugi encarnando a la mencionada Teresa, una actriz que hemos visto en películas como Keeper (2015), de Guillaume Senez y en A fue lento (2023), de Tran Anh Hung, entre otras,  dotando al personaje de una fragilidad y una fortaleza en silencio que ayuda a creer, aunque sea a escondidas, en la música y en escapar hacia otros lugares creando una melodía rebelde y diferente. 

Le acompañan Carlotta Gamba que hace de Lucia, rival y amiga, pura pasión y una rebelde sin causa, pero determinante en sus ilusiones, Sara Mafodda es Prudenza, tan sobria como su nombre indica, más racional que emocional. Veronica Lucchesi es Bettina, pura fuerza que se iluminará con la aparición de Teresa, Maria Vittoria Dallasta es Marietta, la más corta del grupo pero con ganas de aprender, y finalmente, Paolo Fossi, un actor veterano que ha trabajado con Gabriele Saltavores y Fausto Brizzi, entre otros, es el negruzco e hipócrita Perlina, que ejercerá con mano duro el liderazgo de un lugar demasiado gobernado por las autoridades portentosas. No se pierda ¡Gloria!, de Margherita Vicario, porque habla de la música como una de las más bellas expresiones del alma, o quizás, la más bella, y también, como refugio y como lenguaje cuando las palabras no salen o dan mucho miedo para ser pronunciadas. Es una película sobre la música, sobre las compositoras olvidadas que usaron la música para ser rebeldes, diferentes, capaces y sobre todo, libres, aunque el tiempo las haya olvidado, como siempre pasa. Por eso y por mucho más, una película como esta es importante y además, está tan bien construida que es una delicia que habla de la vida y de la capacidad de emocionarnos, de sentirnos vivos, felices e ilusionados, aunque las circunstancias se empeñen lo contrario. No pierdan lo que sienten, porque lo habrán perdido todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciento volando, de Arantxa Aguirre

EL PAISAJE, LA FORMA Y LOS ENCUENTROS. 

“El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo”. 

Eduardo Chillida

Es verano, amanece en San Sebastián. Junto al mar, donde las olas rompen contra la piedra, en la ubicación de la escultura del “Peine del Viento”, de Eduardo Chillida (1924-2002), se persona la actriz Jone Laspiur, que nos encantó en Ane (2020), de David Pérez Sañudo, en Akelarre (2020), de Pablo Agüero y Negu Hurbilak (2023), del Colectivo Negu, entre otras. La actriz nos guiará por Ciento volando (que acoge como título una frase recurrente del escultor), la séptima película de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965), que está dedicada a la vida y obra de Chillida, que el pasado viernes 10 de enero hubiera cumplido 100 años. La película no se dedica a mostrar sus obras y a acompañarla de expertos y admiradores de su obra que nos vayan resplandeciendo tanto su figura como su trabajo, como a veces ocurre con este tipo de trabajos. El largometraje de Aguirre no va por ahí, se decanta por otros menesteres, que escribía Cervantes, porque su trabajo nos invita a la quietud y el silencio, y nos convoca a bucear nuestra alma, sin prisas pero tampoco con excesiva pausa, y no usa mejor vehículo que un gran paseo por Chillida Leku, el museo al aire libre convertido en la obra cumbre del escultor. 

Una película se nutre de la escultura de Chillida, como no podía ser de otra manera, a través de la contemplación de sus obras, acompañada de algunas referencias históricas de su vida y obra, mediante un archivo escueto, porque la película quiere romper el tiempo convencional y restaurarlo, es decir, hablar del pasado y el futuro siempre con el presente por delante, donde el tiempo se esfuma, se revierte hacia un sentido mucho más amplio del término, despojándose de su espacio convencional para abrirlo a más formas, texturas, ideas, reflexiones y sobre todo, dibujar una obra imperecedera, sin tiempo ni lugar, aunque el cielo oscuro y plomizo del norte vasco tenga una importancia cumbre en el hierro y forjado que usaba el escultor. La película abraza el paisaje, no tiempo y los encuentros a partir de la curiosidad de la citada Jone Laspiur que, actúa como un guía inquieto y tremendamente observador, como los narradores Shakesperianos, que va dialogando con familiares, compañeros y amigos de Chillida para contarnos la parte más humana y desconocida del genio, en la que la presencia de su mujer Pilar Belzunce en su vida fue capital para entender y saber su camino como escultor y también, su pasión por su trabajo, su tierra, sus obras y todo el universo invisible y espiritual que la rodea. 

La obra de Aguirre tiene un acabado formal y narrativo exquisito, donde cada encuadre es conciso y sobrio, porque era muy fácil caer en un exceso de belleza, pero la película tiene mucho tacto en ese aspecto, porque no se recrea ni con el entorno ni con las obras. Un trabajo de cinematografía que firman tres grandes nombres de la industria vasca como Gaizka Bourgeaud, que tiene en su filmografía nombres como Ana Díez, Asier Altuna, Telmo Esnal y Lara Izagirre, entre otros, el de Rafael Reparaz, que ya hizo Dancing Beethoven (2016), con Aguirre, amén de Ira, de Jota Anorak, Asedio, de Miguel Ángel Vivas, y Carlos Arguiñano Ameztoy. Una imagen elegante y cercana, cogiendo todos esos colores grisáceos que van tan bien para mirar las obras como para descubrir su interior, El magnífico trabajo de montaje de Sergio Deustua Jochamowitz en su segunda película con la directora después de La zarza de Moisés (2018) sobre la longeva compañía teatral de Els Joglars. El gran trabajo de sonido que cuida y mima al detalle cada leve ruido que escuchamos, de un grande como Carlos de Hita, que ha trabajado con Gerardo Olivares, en documentales sobre naturaleza con Joaquín Ruiz de Hacha y Arturo Menor, e Icíar Bollaín, entre otros. 

Si no les gusta la obra de Chillida, o quizás, tampoco estén interesados en la escultura y mucho menos en su estilo, o tal vez, no tengan ni idea ni sepan interpretar sus obras, no teman, porque la película está abierta a todos los públicos, tanto los seducidos como los descreídos, porque no es sesuda ni para intelectuales, como se decía antes. Ciento volando, de Arantxa Aguirre sigue la estela de anteriores trabajos de la directora madrileña, siempre en el campo de las artes y sus creadores, los ya citados que hablaban de danza y teatro, los que ha dedicado a grandes músicos en Una rosa para Soler (2014), El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados (2018), y la pintura en Zurbarán y sus doce hijos (2020). Las obras de Aguirre son curiosas y muy inquietas, porque nos muestran universos complejos y biografías alucinantes, pero lo hace dejando la ceremonia y el bombo de otros títulos, para recorrer de una forma íntima y profunda todos los lados, texturas y formas de la obra del autor en cuestión y además, traza una incisiva y natural acercamiento a la persona, a su intimidad, a sus quehaceres cotidianos, a sus amores o no, y si faltaba alguna cosa, los devuelve al presente, los hace visibles, los hace contemporáneos y sobre todo, los hace muy cercanos y transparentes, los saca de la pompa y los hace cotidianos para que cualquier espectador pueda conocerlos, reconocerlos o simplemente descubrirlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA