El viaje más largo, de Manuel H. Martín

LA CONQUISTA DEL MUNDO.

“Todo  lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.”

Julio Verne

Con la llegada de occidente al “Nuevo Mundo”, cuando las naves de Cristóbal Colón alcanzaron América en 1492, las coronas portuguesas y españolas, las dos más potentes del mundo por aquel entonces, se lanzaron a la conquista por mar del mundo, y con la firma del Tratado de Tordesillas en 1494, se repartían el océano Atlántico como una forma de mantener la paz entre las dos potencias. Colón había encontrado oro en sus viajes, pero no especias, auténtico oro para el comercio internacional, y los españoles no querían bordear África para llegar a Asia, donde estaban las Islas Molucas, las islas de las especies, ubicada en el archipiélago de Indonesia, sino abrir una nueva ruta por América del Sur, donde se creía que había un estrecho por el que cruzar. Idea que vino de la mano de Fernando de Magallanes en 1518. El marino portugués le propuso al rey Carlos I la travesía que abriría un nuevo camino para conseguir especies y así, evitar el conflicto con los portugueses. La expedición zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), el 10 de agosto de 1519, con cinco naos, y 239 hombres. Volvió, más de tres años después, el 6 de septiembre de 1522, con solo 17 supervivientes, capitaneados por Juan Sebastián Elcano, siendo la primera embarcación conocida que dio la vuelta al mundo.

El director Manuel H. Martín (Huelva, 1980), conocido por sus trabajos documentales como 30 años de oscuridad (2011), en el que rescataba la triste historia de Manuel Mijas, que estuvo oculto en su casa durante treinta y años, escondido de los franquistas. Le siguió La vida en llamas (2015), sobre la cotidianidad de tres bomberos en su lucha contra el fuego. Ahora, y con un guión que firman Antonio Fernández-Torres y el propio director, nos llega El viaje más largo, que no solo retrata la odisea de un viaje lleno de peligros, de hambre, muerte, miedo, aventura, de los marinos Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, sino que se centra en la cotidianidad del larguísimo viaje, a través de lo humano, de los más de doscientos hombres que zarparon de Cádiz, y los pocos 17 supervivientes que volvieron tres años después. Y lo hace, siguiendo el mismo patrón que con 30 años de oscuridad, con la ayuda de entrevistas a historiadores, científicos y militares, que nos van explicando los vivencias diarias del viaje, con todo lujo de detalles, contextualizando la época, explorando las diferentes personalidades de los marinos, las disputas entre ellos, los conflictos a los que se enfrentaron por lo desconocido de la travesía y las tremendas dificultades a las que se tuvieron que enfrentar.

También, hay material de archivo, y nuevamente, se vuelve a recurrir a escenas animadas para mostrar la realidad que vivieron estos hombres de hace 500 años. La película hace una analogía entre aquella expedición pro conquistar el mundo con la conquista del espacio, cuando el hombre llegó a la luna hace medio siglo, mostrándonos el afán del ser humano por abrir nuevos horizontes, derribar fronteras y llegar más lejos si cabe para seguir imaginando, explorando y descubriendo los límites de la tierra y el universo. La película es didáctica, entretenida y magnífica, porque deja el romanticismo de la aventura, para contarnos una odisea por el infierno, donde las tripulaciones tuvieron que soportar cientos de calamidades, hablándonos con profundidad de la psicología humana, del miedo y el peligro al que se enfrentaban, y sobre todo, pone en cuestión, como explica alguna de las personas entrevistadas, si valió la pena tanta muerte y terror para conseguir realizar el viaje.

Un relato en el que se mezclan la aventura hacia lo desconocido, en un tiempo donde la gloria y el honor se ganaban en el mar, en expediciones suicidas que muchas fracasaban, la convivencia, el thriller, la tragedia, en un descenso a los infiernos como retrató Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, donde hombres en busca de aventura y nuevas tierras, se enfrentaron a lo más oscuro y profundo del alma humana, y es ahí donde la película muestra todo su potencial, sumergiéndonos en la tragedia que vivieron estos marinos, nombres desconocidos en su mayoría, que perdieron su vida, por el afán oscuro de muchos que creyeron en su idea y la llevaron a cabo, sin tener en cuenta las terribles consecuencias a las que se enfrentarían. H. Martín vuelve a asombrarnos con un retrato humanista, profundo y esencial, ejecutado con brillantez, en el que hay historia, y una reivindicación a todos aquellos a los que nadie escribe su historia, no solo para conocer la historia de nuestro país, y aquel viaje que cambió la humanidad, sino para mostrarnos la realidad que esconde la gloría y la propia historia, la de tantos hombres y mujeres olvidados por el relato oficial, y yacen ocultos en las marañas del tiempo y el olvido, que también forman parte de ese rostro menos conocido, pero igual de importante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/473329934″>EL VIAJE M&Aacute;S LARGO – TRAILER – ES</a> from <a href=”https://vimeo.com/laclaquetapc”>La Claqueta PC</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Parking, de Tudor Giurgiu

LOS PAISAJES SOLITARIOS.

“Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!”

Pablo Neruda

Adrían es rumano e inmigrante, y soñador, escribe para que algún día su poesía pueda llegar a los demás. Mientras, pasa sus días en el sur de España, guardando un concesionario en horas bajas y malviviendo en una caravana a la espera de una oportunidad o de quién sabe. Un día, conoce a María, una joven que toca el bajo en un grupo de música de segunda fila, y se enamoran. Quizás ese amor, inesperado y descontrolado, como son todos los amores, sea la causa de que su existencia cambiará de rumbo. El cuarto trabajo de Tudor Giurgiu (Cluj-Napoca, Rumania, 1972) es una fábula sobre las decisiones y circunstancias vitales que debemos afrontar en nuestras vidas, una película que en cierta medida, sigue la línea de sus anteriores trabajos. En su opera prima, Love Sick (2006) un trío amoroso ponía al límite a sus participantes, en De caracoles y hombres (2012) el cierre de una empresa coloca a sus empleados en la tesitura de aceptar una solución rocambolesca por parte del sindicalista, y en Why Me? (2015) un abogado se veía en el dilema de trabajar por la verdad o mentir favoreciendo a intereses particulares.

Giurgiu coloca a sus personajes en el abismo, en esa circunstancia donde han de elegir, de tomar decisiones, de dejar de posponer su vida y agarrarla con fuerza y energía, sin saber en absoluto hacia donde acabaran. Su mirada nunca viene desde una posición altiva y condescendiente, sino que lo mira desde a la misma altura, frente a frente, conduciendo al personaje a esa tesitura moral y vital, en la que el propio espectador deberá también decidir si la decisión tomada es la correcta o no. Parking se basa en la novela Apropierea (Cercanías), de Marin Mâlaicu-Hondrari, que también firma el guión junto a Giurgiu, en la que plasma las desventuras de un rumano en España, acabando en un parking de automóviles sin compradores, regentado por Rafael, uno de esos tipos buscavidas, en pleno proceso de divorcio, y además, con una relación complicada con Mercedes. La aparición de María en la vida de Adrián, lo complicará todo y pondrá al joven rumano en la difícil tarea de elegir y tomar las riendas de su vida. Giurgiu nos habla de personas solitarias, gentes sin rumbo, a la deriva, como si el parking de las afueras, olvidado y en descomposición, fuese un barco sin mando ni timón, a expensas de un golpe de suerte que parece que no acaba de llegar. Personas, que muy a su pesar, encontrarán esa cercanía que sus existencias les niega, y la encontrarán en el lugar más insospechado que puedan imaginar.

Parking también nos habla de relaciones entre personas que vagan solitariamente, de amor de verdad, o al menos de otra manera, del que no pide nada a cambio y lo da todo por el otro. De ese amor que vive al límite y que necesita de respeto y cariño, como el que viven Adrián y María. La fría y acogedora luz del cinematógrafo Marius Panduru (colaborador entre otros de Corneliu Poromboiu) que vuelve a trabajar con Giurgiu después de Why Me?, resulta esencial para transmitir esa atmósfera de soledad y aislamiento que padecen todos los personajes, y en especial, Adrián. Giurgiu, también productor de gente tan importante como Peter Strickland o Manuel Martín Cuenca, convoca un reparto encabezado por el rumano Mihai Smarandache como Adrián, el inmigrante soñador en busca de un lugar en el que sentirse mejor. A su lado, Belén Cuesta como María, con su peculiar naturalidad conduce a esa mujer de aquí para allá, que lo deja todo por su amor rumano, que también busca ese lugar diferente y acogedor, Rafael al que da vida un siempre convincente Luis Bermejo, un tipo al borde todo, buscando desesperadamente ese golpe de suerte que quizás solo existe en su imaginación, y Mercedes a la que da vida una estupenda Ariadna Gil, esa mujer práctica que se ve arrastrada por Rafael por amor.

El cineasta rumano ha construido una película de almas solitarias, de náufragos sin barco ni isla, y sobre todo, sin horizonte, ni futuro ni nada, en muchos momentos de su vida aislados y temerosos por su existencia, que siempre han huido o lo siguen haciendo, en continua carrera y sin lugar donde quedarse, gentes que deberán trabarse su vida y su camino, a pesar de las terribles dificultades en las que se encuentran, pero con esa lucha incondicional que tienen y esa resistencia que les hará enfrentarse a sus miedos, inseguridades e incertidumbre, que quizás tengan una oportunidad, por pequeña que sea, para salir de su atolladero particular. Un relato sincero y honesto sobre la cercanía de las personas, sobre derribar los obstáculos que nos separan y unir fuerzas para tirar hacia delante, aunque sea con una vida alquilada y un coche prestado, pero con todas las ilusiones que da el amor y sobre todo, con todas las ilusiones que da el sentirse diferente y libre por primera vez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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Adiós, de Paco Cabezas

DENTRO DE MI PECHO.

“Cuántos sueños en el tiempo, cuántos puentes en el camino
Se iban perdiendo a lo lejos, con un sol como testigo
Y que el cielo a ti te acoja, que el infierno quede lejos
Que los pájaros te vean siempre como a uno de ellos”

(Fragmento del tema Un largo viaje, interpretada por Rosalía)

Amor, rabia, traición, mentira, pasado, violencia, sangre y fuego, son algunos de los elementos que intervienen en Adiós, la vuelta al cine español del internacional Paco Cabezas (Sevilla, 1976) un cineasta que sorprendió con Carne de neón (2010) que al igual que Adiós, también protagonizaba Mario Casas, un thriller urbano y familiar que le abrió las puertas a Hollywood con títulos de género más o menos interesantes como Tokarev (2014) o Mr. Right (2015) dirigiendo a intérpretes de la talla de Nicolas Cage, Sam Rockwell y Tim Roth, así como en series populares como Penny Dreadful o American Gods, entre otras. El regreso a su Sevilla, a su ambiente, a su idioma andaluz, viene de la mano de un guión firmado por dos debutantes José Rodríguez y Carmen Jiménez, en un relato duro, de piel y sangre, violento, situado en las 3000 viviendas, el barrio marginal por antonomasia de Sevilla, en una historia que arranca con Juan Santos, un tipo que cumple condena y sale con el tercer grado cada día. Fuera le esperan su mujer Triana y su niña Estrella. Todo parece indicar un futuro más o menos halagüeño, a pesar de la situación.

Todo eso se desbarata y de qué manera cuando en un accidente, la niña muere, y Juan clama venganza con los suyos, “Los Santos”, un clan gitano dedicado a la droga y expulsado de las 3000 viviendas por el otro clan, “Los Fortuna”, amos ahora del mercado de droga. Las pesquisas de Juan lo llevan a los citados Fortuna, pero en el asunto, también aparece la policía, encabezados por Eli, una policía que ha perdido a su hijo, y Santacana, un poli bregado en mil batallas. La trama, contada con brío y acierto, aunque en algunos instantes parece perderse dando demasiadas vueltas y subrayados innecesarios, el relato tiene fuerza y calidad, con una ambientación bien resuelta, con una grandísima fotografía de Pau Esteve Birba, todo un experto en imprimir esa luz sombría y apagada que pide tanto la historia, o el enérgico montaje de Luis de la Madrid (colaborador habitual de Balagueró) y Miguel A Trudu, sin olvidar la banda sonora incidental de Zeltia Montes, que interpreta a las mil maravillas el encaje de la música en la historia, que baña sus imágenes con mesura y acierto, consiguiendo esa música afilada que rasga los instantes, y los grandes temas que escuchamos que casan tan bien con la película como La estrella, del gran Enrique Morente, el Me quedo contigo, de Los chunguito, ahora con la voz armónica y dulce de Rocío Márquez, y finalmente, el temazo Un largo viaje, cantado por Rosalía.

Y que explicar del inmenso reparto de la cinta con la gran Laura Cepeda como directora de casting, en el que logra reunir quizás el mejor reparto del cine español de este año, encabezado por Mario Casas como Juan, un hombre que lidia entre su pasado oscuro y su necesidad de venganza, y los conflictos familiares del clan, a su lado, Natalia de Molina como Triana, esa esposa y madre que vivirá su propio vía crucis, Ruth Díaz, una policía que todavía cree en la justicia y se enfrentará a todos y a ella misma por buscar la verdad, Carlos Bardem en un rol de poli duro y violento, y esa retahíla de grandes intérpretes como Vicente Romero, Sebastián Haro, Mona Martínez (espectacular como esa matriarca gitana de armas tomar) Pilar Gómez (que como hace en las tablas demostrando que es una actriz fantástica componiendo una yonqui brutal) Moreno Borja como el jefe de Los Fortuna (que conocimos como padre en Carmen y Lola) Salva Reina como yonqui tirado y cobarde, Ramiro Alonso como Taboa, otro de los jefes del trapicheo, Mariola Fuentes como vecina amiga del protagonistas, y finalmente, Consuelo Trujillo, una madre que oculta mucho más de lo dice, entre muchos otros.

Cabezas ha hecho sin lugar a dudas su mejor título, por todo lo que cuenta, una tragedia amarga y fatalista de aquí y ahora, con todo lo que se le pide a los mejores thrillers desde amor, odio, violencia, sangre, familia, traiciones, mentiras, relaciones y mucha oscuridad, donde la mierda de la alfombra se irá escarbando para levantarla y que caiga quién tenga que caer, sin contemplaciones hasta el último mono implicado. Adiós, sintomático título que refleja el descenso de ida a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, con ese aire de tragedia lorquiana, situado en esa Andalucía deprimente, salvaje y cruel, donde mueren los inocentes sin piedad, en la que se mueve mucho dinero y muchas drogas, donde unos se matan lentamente su penosa existencia, y otros, engordan su vida con dinero manchado de sangre y brutalidad.

El director sevillano imprime energía y oscuridad a su película, con unos intérpretes entregados que defienden sus personajes con humanidad y complejidad, sacando lo mejor y lo peor de cada uno de ellos, situados en unas vidas rotas, amargas, con pasados tortuosos, que intentan dejar atrás como el personaje de Juan, pero como si fuese un tipo que tanto le gustaba filmar a Fritz Lang, el pasado los ata y por mucho que intenten huir de él, siempre se impone y va a su caza y captura, tiene esa atmósfera del thriller americano de los setenta donde hay crítica social y amargura por los cuatro costados, donde hasta el más pintado se acaba metiendo en la boca del lobo, o ese thriller seco, asfixiante y violento, que tanto vimos en el cine español de final de franquismo y transición como Furtivos o Pascual Duarte, entre otras. Cabezas ha vuelto al cine español por la puerta grande, bien guiado por Enrique López Lavigne en la producción, un tipo que lleva más de medio centenar de películas a sus espaldas, convertido ya en uno de los más importantes e interesantes, que le ha permitido sentirse libre y firme para filmar una película sólida, con algún altibajo, pero en su conjunto un buen título que hará emocionar a todos aquellos que les gusten los relatos duros y secos, pero también sensibles y conmovedores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La trinchera infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga

30 AÑOS DE OSCURIDAD.

A finales de los sesenta, con la ley franquista que amnistiaba todos los delitos cometidos durante la guerra, empezaron a aparecer casos de hombres ocultos en falsas paredes en sus propias casas escondiéndose para no ser represaliados por el franquismo. Los topos, ensayo periodístico obra de Jesús Torbado y Manuel Leguineche daba buena cuenta de todas aquellas personas vinculadas con la República que se ocultaron en sus casas. Un libro que daba buena cuenta del miedo y la realidad de las dos Españas durante la dictadura de Franco. Una de las películas que daba buena cuenta de estos hechos fue Mambrú se fue a la guerra (1986) de Fernando Fernán Gómez, donde se explicaban los sucesos de Emiliano, oculto en su casa, después vino Los girasoles ciegos (2008) basada en la novela de Alberto Méndez, en que José Luis Cuerda, en la que un hombre también se escondía en su casa, y finalmente, 30 años de oscuridad (2011) de Manuel H. Martín, que a través de la animación, y con la voz de Juan Diego, nos contaban el caso real de Manuel Cortés, antiguo alcalde de la localidad malagueña de Mijas, que al acabar la guerra civil, estuvo oculto en su casa. Misma experiencia real ha servido de guía para los directores Jon Garaño (Donosti, 1974) Aitor Arregi (Oñati, 1977) José Mari Goenaga (Villafranca de Ordicia, 1976) para desarrollar su cuarto largometraje de ficción, La trinchera infinita, con un gruión que firman Luiso Berdejo, especialista en el cine de terror, y Goenaga, donde colocan el foco en la vida de Higinio Blanco, un republicano que se esconde en su casa con la ayuda de su mujer Rosa y permanece en ese agujero-zulo durante treinta años.

Los tres directores guipuzcoanos llevan desde el 2007 en la que alumbraron el documental Lucio, una trayectoria muy ascendente convirtiéndose en tres miradas muy interesantes y reflexivas de la cinematografía actual. A Lucio, retrato sobre la vida de un anarquista, le siguieron 80 egunean (2010) retrato de la amistad y el amor de dos septuagenarias, con Loreak (2014) rompieron la baraja con una historia sencilla y profunda sobre la relación de tres mujeres solitarias y las flores, la buena estrella les acompañó con Handia (2017) donde rescataban la vida de “El gigante de Altzo”, un hombre que alcanzó la estatura de 230 cm, que le valió salir de su aldea en compañía de su hermano y recorrer mundo a finales del XIX. Obras rodadas en euskera, de gran belleza visual y técnica, intérpretes vascos poco conocidos, y relatos de fuerte carga emocional sobre la condición humana. Ese gran camino lo continúan con La trinchera infinita, rodada en andaluz, y ambientada en aquella Andalucía de 1936, un polvorín en toda regla, donde la República agonizaba y los nuevos “jefes” aterrorizaban la zona, cazando “rojos” e implantando un régimen de terror, vengativo y asesino.

Higinio se esconde en su casa, en un agujero-zulo donde escapar de las garras franquistas. Los tres realizadores vascos plantean una película muy profunda e intensa bajo la mirada del propio Higinio, a través de los agujeros estratégicos por los cuales mira esa vida que se está perdiendo, la que no vive, la que no está, como le reprochará su mujer Rosa en algún momento. Seguimos la cotidianidad de un hombre encerrado en un cubículo, con poca luz, en el que la indefensión a ser descubierto, como ese miserable vecino, uno más del nuevo régimen autoritario, clama venganza y no cejará en su empeña de verlo muerto. Las dos vidas que separan a este matrimonio, esas dos realidades que viven, convirtiendo el exterior en un espacio siniestro, de sombras y sobre todo, de miedo, ese miedo que puede colarse en cualquier instante en sus vidas, en el interior de su casa. Una película de susurros, de vidas agitadas, en constante tensión, llenas de horror y miedo, cargadas de una esperanza que con el paso de los años, y disipándose esa ayuda internacional tan ansiada, se irá recomponiendo en una realidad miserable, donde las relaciones harán mella en el matrimonio, y los conflictos, a más con la llegada del hijo, se envolverán en un aura de amargura y soledad.

Con esa luz velada y sombría obra de Javier Agirre, cómplice en la obra de los directores, una luz que recorre los diferentes espacios de esa casa, donde la poca luz del agujero, o la escasa vela de las noches, se convierten en la única esperanza, eso sí, muy leve y casi imperceptible, en la única compañía de estos vencidos casi derrotados, a los que el paso del tiempo obligará a mantenerse en pie con extremas dificultades. El minucioso montaje de otros colaboradores del equipo como Raúl López y Laurent Dufreche mantienen el ritmo cansino y terrible que constantemente azota las pobres vidas de Higinio y Rosa, marcando con elegancia y agilidad los diferentes tiempos en los que se va desarrollando la película, con ese sonido obra de Alazne Ameztoy e Iñaki Díez, otro cómplice, en un minucioso trabajo en que el sonido se va maleando según conveniencia de forma sensitiva y elegante, en que la música delicada y suave de Pascal Gaigne, uno más de este excelso equipo, en la que los éxitos de música pop como Campanera, de Ana María o La vida sigue igual, de Julio Iglesias, entre otros, nos van abriendo las diferentes épocas a lo largo de las tres décadas que abarca la narración fílmica, con esas definiciones acertadas de varios términos, que actúan a modo de capítulos, que cobran importancia en el relato como oculto, desenterrar, etc…

Una película de estas características basada en el relato y en los personajes debía de tener una ambientación exquisita como la que atesora, unos secundarios de órdago como los que aparecen y una pareja protagonista como Antonio de la Torre, demostrando una vez su extensa versatilidad y su talento para descubrirnos el alma de un Higinio que va minándose con el tiempo, alguien que se va agujereando la vida y convirtiendo su cotidianidad en un pozo muy oscuro. A su lado Belén Cuesta, habituado a los roles cómicos, aquí rompe todas las reglas y alza a Rosa a los altares de la interpretación abriéndonos a una mujer sencilla, costurera, con una bondad a prueba de bombas, que deberá sortear las habladurías del pueblo, lidiar con los miserables franquistas en forma de chivatos o guardia civiles que quieren atentar contra su condición de mujer sola, y sobre todo, relacionarse con un hombre que no está, oculto en las sombras y llevar hacia adelante un hijo que a su debido tiempo hará preguntas demasiado incómodas que la llevarán a respuestas muy dolorosas.

Una película magnífica y compleja, llena de alma y miserias, indagando en las emociones de ese matrimonio que capea como pueden tantos sinsabores y soledades, unas épocas mejor que otros, viendo como sus vidas se han detenido y continúan casi por inercia, llevada por un imponente ritmo sus 147 minutos de metraje, con momentos tristes, alegres, oscuros o muy oscuros, que nos habla con sensibilidad y conmueve con este retrato sobre todo lo que se perdió, sobre aquellos que tanto perdieron y cómo afectó a sus vidas o a sus existencias, y lo hacen a tumba abierta deteniéndose en tantas barbaridades cometidas por el franquismo, a través de los vencidos de la guerra, de tantos derrotados que desaparecieron para continuar viviendo, aunque tuvieron que pagar un altísimo precio como simplemente respirar y no estar, alejados de sus familias aunque las tuvieran al otro lado de la pared, vidas tristes, oscuras, con ese miedo que se pega a las entrañas y no te deja viví, ni respirá ni ná de ná. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ánimas, de Laura Alvea y José Ortuño

TÚ NO DEBERÍAS ESTAR AQUÍ.

Una de los elementos que más decepciona en las películas de género, sobre todo en el thriller psicológico, no es su desarrollo, sino su desenlace, quizás el apartado más complejo y difícil, presumiblemente son relatos llenos de intriga, donde se crean atmósferas inquietantes, y unas tramas enrevesadas, sí, pero interesantes, es en el momento de cerrar la película cuando todo el entramado argumental cae estrepitosamente y en la mayoría de los casos, salvo contadas excepciones, nos encontramos con resoluciones vacías, inverosímiles y sobre todo, facilonas, que de ningún modo están a la altura de lo que acabamos de ver. Ánimas tiene la estructura de film de género de terror, de corte psicológico, donde abundan las referencias, de las que no escapa ni oculta, en la que entrelaza de manera intensa una trama sencilla, de pocos espacios y realmente muy inquietante, que deja para el final la resolución de su madeja, pero en ningún momento, cae en ese final poco creíble, se le podrá reprochar algún pasaje algo embarrullado y extraño, pero su desenlace está a la altura de lo contado, dejándonos realmente muy satisfechos con su cierre.

Ánimas es el segundo trabajo del tándem formado por Laura Alvea (Sevilla, 1976) y José Ortuño (Sevilla, 1977) después de The Extrarodinary Tale of the Times Table (2013) su sorprendente e imaginativo debut, donde a través de un trama colorida que remitía a los cuentos infantiles, escondía un relato oscuro y tenebroso sobre ser padres y sus consecuencias. Ahora, los directores sevillanos, han cambiado de registro, pero sólo en apariencia,  encontramos que la forma y la atmósfera se han vuelto más oscuras e inquietantes, más fantásticas, donde abundan los juegos con el espacio, el sonido y todo aquellos objetos presentes o no. Aunque el color se haya apagado y todo se haya ensombrecido, y la comedia haya dejado pasó al terror, siguen contándonos un relato muy psicológico, protagonizado por dos almas inquietas que deberán hacer frente a sus miedos, el leitmotiv de las dos películas, para seguir con sus vidas y no detenerse a pesar de sus inseguridades. Estas dos almas son Álex, una adolescente segura y de fuerte carácter, y Abraham, un poco más joven, pero todo lo contrario de personalidad, como si fuese el reverso de Álex, ya que se trata de alguien inseguro e introvertido, debido a la mala situación familiar que tiene que soportar a diario con una madre enloquecida y un padre violento.

Alvea y Ortuño envuelven su película en pocos espacios, un par de viviendas, a cual más inquietante, con esa decoración propia de los setenta con empapelamiento de las paredes y objetos que remiten a un tiempo atemporal y difícil de definir, con los pasillos ominpresentes de un edifico en el que apenas se ven vecinos, y algunas escenas callejeras, situando sus momentos más álgidos en los espacios domésticos, sumergiéndonos en esa atmósfera oscura e inquietante, en el que dos adolescentes vivirán ese tiempo de transición, un tiempo de cambios trascendentales en sus vidas, donde dejarán de ser niños para convertirse en adultos, vivir sus propias vidas, tomar sus decisiones y coger las riendas de su existencia haciendo frente a sus conflictos interiores y exteriores. En la película predominan los colores verde y rojo, en la que crean ese ambiente claustrofóbico y agobiante en el que vive Abraham, donde parece que todas las salidas lo llevan a la soledad, aunque ahí estará Álex para echarle todos los cables que hagan falta, y acompañarlo en este aventura oscura e inquietante.

Los cineastas sevillanos optan por un universo plagado de múltiples referencias al género de terror, desde clásicos imperecederos como Psicosis (adoptando la mítica escena de la ducha) El resplandor (acogiendo la secuencia del baño y esos inacabables pasillos) Al final de la escalera (con esas escaleras y objetos que caen de ellas) o La profecía (en el que los juegos con la presencia del maligno son evidentes) y también, otros grandes nombres míticos del género como Carpenter (y su mítico coche) o la relación entre los niños de Déjame entrar, y muchos más que los espectadores fans del género irán descubriendo. Todas esas referencias, siendo evidentes en algunos casos, no lastran el contenido ni la forma de la película, sino que experimentan el efecto contrario, no creando el recordatorio nostálgico, que sería pernicioso para el resultado, sino dotando a su atmósfera de un juego de referencias que ayudan a dotar de carácter a su forma y fondo, creando un juego deformante de espejos laberínticos, en el que nada paraece lo que es, donde nos sumergimos de forma natural y concisa en aquello que se nos está contando.

Uno de los hallazgos de la película recae en su joven pareja protagonista, que como sucedía en su primera película, son dos actores desconocidos para la gran pantalla. Por un lado, tenemos a Clare Durant, la Álex de la historia, esa mujer de fuerte personalidad, mirada penetrante y gesto enérgico que se convierte en el contrapunto perfecto de Abraham, al que da vida Iván Pellicer, con su gesto apesadumbrado y mirada intensa y triste, bien acompañados por la sobriedad de Liz Lobato, la madre ausente de Abraham, la frescura de Chacha Chuang como la novia de Abraham, y las presencias de dos titanes como Ángela Molina, haciendo de psiquiatra, y Luis Bermejo como ese padre violento. Un buen y audaz cuento de terror psicológico con un inmenso trabajo del equipo técnico y artístico, sin casa encantada, ni fantasmas ni situaciones harto inverosímiles, sino una estupenda e interesante trama que nos habla de todos nuestros miedos, reales e imaginarios, de las dificultades y los fantasmas interiores de hacerse mayor, de entenderse a uno mismo, y sobre todo, de los extraños y complejos mecanismos para manejar situaciones emocionales propias y ajenas cuando todo parece desembocar hacia algo muy oscuro, terrible y atroz.