The Wonderland, de Keiichi Hara

NEKANE EN EL PAÍS DEL AGUA Y EL COLOR.

Nekane finge estar enferma porque no le apetece ir al instituto. Se ha levantado con un día espléndido, pero ella se siente triste y no sabe porqué. La idea de vaguear por casa se trunca cuando su madre le envía a recoger un encargo a la tienda de todo de su tía Chii, una mujer demasiado absorbente para la timidez y apatía de Nekane. Una vez allí, por casualidad, Nekane abre una compuerta secreta del que aparece el alquimista Hipócrates, un ser de otro mundo que le explica a Nekane que ella es la salvadora para el problema terrible que acecha su mundo, un mundo donde el agua está en peligro y eso provoca que el color desaparezca. El entusiasmo de la tía arrastra a Nekane a semejante aventura. El nuevo largometraje de Keiichi Hara (Tatebayashi, Japón, 1959) nos invita a sumergirnos en un viaje fantástico, basado en el libro Chikashitsu Kara no Fushigina Tabi, de Sachiko Kashiwaba, un viaje de consecuencias imprevisibles, un viaje que Nekane y su tía Chii harán junto a Hipócrates y su fiel Pipo, una especie de duende mágico fiel escudero del inventor.

Hara creador de Shin Chan, al que le ha dedicado serie y varias películas, ha saltado a la fama como obras como El verano de Coo (2007) en la que nos hablaba de la amistad sincera entre un ser de la mitología japonesa y un chaval en el Japón actual, en Colorful (2010) indagaba en un tema de gran impacto social como el suicido en su país, a través de la reencarnación y la búsqueda del motivo de alguien que termino con su vida. En Miss Hokusai (2015) rescataba la vida olvidada de una pintora del feudal japonés ensombrecida por su padre. En The Wonderland, vuelve a contar con Miho Maruo, su guionista habitual, para contarnos una película que no estaría muy lejos de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, en la cual una jovencita se interna por azar, en un mundo diferente al suyo, en un universo donde habitan arañas que controlan el espacio-tiempo, pájaros y peces gigantes, ovejas enormes que forman esferas perfectas, y personas como ella que viven aterrorizadas porque la falta de agua está convirtiendo su mundo en un espacio sin colores, en que la vida va desapareciendo y todos los seres se ven avocados al desastre total. Nekane es su salvación, alguien de otro lugar, alguien destinada a encontrar el antídoto contra aquellos que intentan atentar contra el agua como el oscuro Xan Gu y su fiel Doropo.

El cineasta nipón ha contado esta vez con el ilustrador visual ruso Ilya Kuvshinov, para imprimir un estilo visual magnífico e impactante, donde el color brilla en todo su esplendor, donde los personajes, perfectamente ilustrados y encantadores, nos seducen desde el primer instante, dejándonos llevar por esa magia fantástica que tienen las películas de animación japonesas, que tocan con maestría e intimidad cualquier conflicto, por muy arriesgado que parezca a simple vista, para hablarnos de enfermedades, suicido, depresión, aislamiento, miedo, etc… desde lo más profundo y sincero, sin caer en el sentimentalismo o las fórmulas mágicas, sino sumergiéndonos en el problema de una forma veraz y honesta. En The Wonderland, el conflicto radica en el agua, en su falta y sobre todo, en su mala gestión, en la que unos la quieren para sí, y de esa manera arrasar con todo este mundo, relacionando el agua como bien humano, y el color como la consecuencia de ese mundo que sin el preciado tesoro del agua desaparecería irremediablemente.

Como no podría ser de otra manera, entre los personajes impera el conflicto del pasado, de aquello que fueron de todo lo roto entre ellos, donde el presente y el conflicto del agua deberá resolver también muchos conflictos pasados que siguen abriendo las heridas sin cicatrizar. La inagotable imaginación del relato que nos cuentan, así como la gran variedad de espacios, a cada cual más increíble y fantástico, y la oscura relación entre algunos de los personajes, hacen de la película un gran puzle de variedad narrativa y formal, que no solo apabulla sino que también nos convierte en un personaje más de ese universo peculiar, lleno de fantasía, pero también de terror. Nekane al igual que Alicia pasa del estupor y el miedo del principio de su aventura a la decisión y la brillantez a medida que avanza la historia, convirtiéndose en un podríamos decir leitmotiv de mucha de la animación japonesa, donde el/la protagonista no solo se ve envuelta en una aventura de dimensiones grandes sino que también le sirve para crecer como persona, madurar y enfrentarse a los problemas de la vida adulta, envuelta en ese tiempo de tránsito donde deja de ser una niña para emprender la adultez, aunque sea a marchas forzadas.

Hara ha construido una conmovedora e intensa fábula ecologista, llena de humanismo, fraternidad, amor, aventura, color, negrura, drama, amistades de toda índole, que sitúa al agua como centro de la acción, convertida en el tesoro más preciado de la vida, en un elemento indispensable para vivir y sobre todo, en la fuente que da color, luz y alma a los habitantes del mundo. Quizás algunos echarán en falta algo de empaque emocional en el relato, pero no le resta ni un ápice de verosimilitud y tensión dramática, en la que nos seduce con esa sensible mezcla entre realidad y fantasía, entre aquello que nos creemos que somos y lo que en realidad somos, en una aventura a lo desconocido, a convertirse en protagonista, a sentir el miedo, la verdad y la difícil tesitura de tomar decisiones que nos obligan a dejar unas cosas y decidir otras, al fin y al cabo a ser responsables de nosotros mismos y acarrear las consecuencias de las decisiones que tomemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azul Siquier, de Felipe Vega

LA MIRADA DEL FOTÓGRAFO.

“Cada vez que miramos una fotografía, somos conscientes, aunque sólo sea ligeramente, de que el fotógrafo escogió esa visión entre una infinidad de otras posibilidades. El modo de ver de un fotógrafo se refleja en su elección del tema”.

John Berger

Hay varias teorías respecto al origen de la palabra azul, según se dice, quizás derive del árabe hispánico, este del árabe lāzaward, “lapislázuli”, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sáncrito rājāvarta, “rizo del rey”. Sea cual sea su origen, en la RAE tienen más claro su significado, refiriéndose a: Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Venga de donde venga y sea cual sea su significado, lo que está claro es que ese color ha sido el inicio, el desarrollo y el motor de la obra del fotógrafo Carlos Pérez-Siquier (Almería, 1930) un color que siempre estará relacionado a su obra, y a él mismo. Aunque, dicho sea de paso, su andadura en el universo de la mirada y la fotografía arranco con el blanco y negro, y más concretamente, en el barrio de su ciudad natal,  “La Chanca”, que ya había sido objeto de estudio por Juan Goytisolo (1931-2017) en su libro homónimo de 1962, donde encontramos definiciones como: “El barrio de la Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojados allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras “. Doce años dedicó Pérez-Siquier a mirar el barrio, un barrio periférico, pobre y miserable, donde se hacinaban familias y sobrevivían como podían en aquella España del desarrollismo económica que negaba otras realidades más tristes y duras. Pérez-Siquier se detuvo en sus calles, sus casas, sus gentes y su espíritu, indomable y digno, en el que la humanidad radiaba a pesar de todas las penurias acaecidas.

El cineasta Felipe Vega (León, 1952) autor de obras de gran calado humanista y profundamente personales como Mientras haya luz (1987) El mejor de los tiempos (1989) o El techo del mundo (1994) donde explora los temas sociales desde una mirada crítica y honesta, sumergiéndose en mundos olvidados que no están muy lejos de la sociedad bien pensante y moralista. También, se ha acercado al mundo de las emociones y los conflictos personales en películas de la talla de Nubes de verano (2004) o Mujeres en el parque (20016), y también, ha desarrollado una carrera muy interesante en el campo documental con obras acerca de la memoria como Cerca del Danubio (2000) en el que se acordaba de los 142 almerienses que acabaron en el campo de extermino de Mauthausen, y en Eloxio da distancia (2008) junto a la pluma del escrito Julio Llamazares, se adentraba en las costumbres y la cotidianidad de A Fonsagrada, un pequeño pueblo lucense alejado del mundanal ruido.

Vega es un enamorado de la fotografía y de Almería, y conserva una amistad de más de un cuarto de siglo con Pérez-Siquier, así que de recibo dedicarle un tributo-homenaje a su fotografía, a su arte, a su mirada y sobre todo, a su humanismo, en un trabajo que huye de los cánones establecidos para centrarse en la parte humana del que hay detrás de las fotografías, haciendo hincapié a sus fotografías en blanco y negro, donde además de denunciar las condiciones miserables del barrio de “La Chanca”, se esforzaba en extraer la belleza cotidiana de sus gentes, sus casas y su ambiente, creando imágenes de gran belleza pictórica muy sabiamente mezclada en ese durísimo entorno social, como escribía Goytisolo tan acertadamente: “Y no hay nada, sino fuego y líneas de color extremado”.

La película también se detiene en su fotografía en color, importantes para estudiar lo que significó el desarrollismo económico en la España franquista con la llegada masiva de tantos turistas que venían a empaparse de sol y fiesta, con esas fotografías de personas anónimas que se tuestan en las playas, siempre con esa idea de la fotografía social y además, bella visualmente, jugando de manera sencilla y admirable con los colores, con su “azul” omnipresente tan característico de sus imágenes. Luego, la película se detiene en los reconocimientos posteriores, su visibilidad como uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, el legado de su obra y todos los procesos creativos que lo han acompañado cuando de forma honesta y anónima se acercaba a recorrer las calles de “La Chanca” y toparse con sus habitantes y sus miradas, como la de esa niña, inmóvil que lo mira con la curiosidad del que mira a un extraño, a alguien diferente a su cotidianidad, a un ser, armado por una máquina que quiere retratarla, que años después recupera y vuelve a inmortalizarla, ahora en color.

Vega mira a Pérez-Siquier desde la admiración, desde la sencillez del que se detiene a mirar esa imagen que le cautiva, que le transporta a otra perspectiva, de aquel que mira sin condescendencia ni sentimentalismos, del que se muestra curiosa y atento ante la mirada del fotógrafo, mostrando su humanidad, sus procesos, su alma inquieta y curiosa a robar lo efímero, aquello casi invisible para el resto, aquello que, en un instante casi imperceptible, se convierte en algo bello, intangible y lleno de luces y colores, aquello que advierte algo mágico, algo profundo y algo sentido, aquello que quedará inmortalizado para siempre, para que alguien quiera mirarlo detenidamente, sin prisas, con la pausa que dan la curiosidad y la inquietud de mirar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El niño y el mundo, de Alê Abreu

O-menino-e-o-mundo-cartel-castellano-retina-717x1024LA MIRADA INOCENTE.

Erase una vez un niño que vivía junto a sus padres en una idílica zona rural de Brasil. Un día, su padre se marcha a la ciudad en busca de fortuna. El niño, muy apenado por su ausencia, decide ir en su búsqueda. En ese instante, iniciará un viaje por un mundo completamente desconocido para él, pero el niño lo afrontará de manera ingenua, soñadora y libre. El segundo trabajo de Alê Abreu (1971, Sâo Paulo, Brasil) es una fábula emocionante, elaborada con técnicas artesanales cuidando todos los detalles y explicada elegantemente. Cinco años de trabajo y un equipo de 150 profesionales han sido necesarios para contar este cuento, en el que un niño vive la mayor de sus aventuras, en el que deja la paz del mundo rural para adentrarse en la locura del mundo industrial y mecanizado. Una perfecta sinfonía visual muda, apenas unos diálogos ininteligibles, porque se trata de portugués al revés, en la que brillan su gama de colores vivos y radiantes, cuando nos encontramos en el pueblo, y luego, cuando nos encontramos en la ciudad, los colores se apagan tornándose grises y oscuros.

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En el mundo tecnológico donde priman las técnicas de animación por ordenador, Abreu ha preferido optar por otros caminos, su planificación se basa en la utilización de técnicas más artesanales y sencillas en las que ha trabajo con materiales como pasteles al óleo, lápices de colores, rotuladores, plumas, bolígrafos y pintura, utilizando para los fondos collages gráficos de periódicos y revistas. La idea del cineasta brasileño, que también es ilustrador y pintor, era construir un mundo en el que todo fuera posible, como si fuese dibujado por un niño, en el que todo vale, dotándolo de una libertad sin límites, en el que veamos imágenes de todo tipo y calibre. Abreu ha edificado una película libre y dinámica, una comedia agridulce que nos lleva de un lugar a otro, sin prisas y con paciencia, dentro de una estructura en la que brillan su armonía y ritmo. La película está construida a través de un fondo blanco en el que a medida que avanza nuestro protagonista, se irá llenando de infinidad de colores, formas y texturas, en el que hay todo tipo de animales y sonidos, acompañado de una música delicada y enérgica que llena la pantalla, en la que resalta la suavidad de la melodía de flauta que sirve como leitmotiv, o el sonido alegre de las orquestas populares, o incluso un rap.

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El niño, con esos ojos vivos, atentos y grandes, se irá encontrando en su viaje onírico y lírico, un mundo diferente, hostil y sucio, donde la industrialización ha engullido a una humanidad que ahora se encuentra al servicio de las máquinas, la tecnología y los objetos. Una ciudad repleta de suciedad y ruidos, automóviles que lo contaminan todo, viviendas minúsculas y tristes, una población masificada, publicidad contaminante, y una maquinaria en continua codicia constructora que ha desplazado del trabajo a los seres humanos. Un entorno hostil y alejado de la tranquilidad de su pueblo. Allí, en ese lugar sin alma y vacío, encontrará a alguien que lo guiará por ese espacio gris e infeliz. Solo unos pocos resisten ante la deshumanización que se ha apoderado de todo, unos pocos que a través de la música plantean otra vía, y llenar ese mundo de color y alegría, aunque sólo sea en un espacio reducido y con el rechazo del estado. Cinta de una pureza visual absorbente y maravillosa, que tiene la misma naturaleza poética y reivindicativa que otras fábulas ecológicas y humanistas que abogan por un mundo más sano y limpio como Cuando el viento sopla (1986), de Jimmy T. Murakami y La princesa Mononoke (1997), de Hayao Miyazaki, aventuras donde sus protagonistas se enfrentan a la hostilidad de los codiciosos y malvados que quieren destruir la naturaleza en pos de un progreso industrial, destinado para unos privilegiados que aniquila la vida de los seres humanos y los entornos donde viven y trabajan. Abreu ha parido un hermoso canto a la vida, a la imaginación, a la infancia, y sobre todo, a nuestro mundo, un planeta en el que tendríamos que vivir todos en comunidad y respetando la naturaleza.