Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No puedes comprar la revolución. No puedes hacer la revolución. Solo puedes ser la revolución. Está en tu espíritu o no está en ninguna parte”.
Ursula K. Le Guin
Algunos cineastas emprenden una búsqueda de su forma de mirar y narrar a través de las huellas del pasado tanto físico como emocional. El caso de Irati Gorostidi Agirretxe (Eguesibar, Navarra, 1988), es paradigmático en este sentido, porque en sus películas siempre ha observado su pasado y la relación que tenía con él de un modo reflexivo, crítico y nada complaciente, donde lo obrero, lo humano y lo político han sido el centro de la cuestión. Ahí tenemos el mediometraje Pasaia Bitartean (2016), que recorre el citado puerto y sus cambios del esplendor obrero de los setenta hasta nuestros días. En sus cortometrajes como Unicornio (2020), una joven huía hacía una casa aislada en ruinas y tiene un compañero muy especial, con el aroma de Sin techo ni ley (1985), de Agnès Varda. Con San Simón 62 (2023), codirigido con Mirari Echávarri, volvían a los valles de Navarro donde se ubicó la comunidad Arco Iris, recorrieron los pasos de sus respectivas madres y su experiencia, y en Contadores (2024), reflexionaba del movimiento obrero de San Sebastián de 1978 en la fábrica de contadores.
Para su primer largometraje, Aro Berria (en el original, “Nueva Era”), la directora navarresa continúa lo que ya expusó en el citado Contadores, y en su primer tercio asistimos a la actividad asamblearia y política de los mencionados trabajadores/as y su desencanto en aquella España de finales de los setenta en la que, después de meses de huelga y movilizaciones no acaban de conseguir sus objetivos como clase obrera. Algunos de aquellos deciden huir del mundanal ruido y convertirse en un miembro más de la comunidad “Arco Iris”, en Lizaso, en el valle de Ultzama, en Navarra, y vivir en una comunidad alejada de lo material y centrada en lo espiritual, siguiendo los preceptos del Tantra, explorando la sexualidad, la respiración, el yoga y la meditación para estar conectados con el alma y tener una conciencia profunda. La película es una ficción, aunque está filmada como si fuese un documental del momento, a partir de la llegada de dos amigas, seguimos la actividad diaria del centro, las continuas performances, ejercicios y movimientos de sus participantes, los continuos diálogos entre unos y otros, y sobre todo, las continuas discusiones entre lo que significa la política, la revolución, lo sexual, la igualdad y distintos términos tan cuestionados en aquellos momentos y en cualquier momento.
La textura y la intimidad que da el 16mm contribuye a que los espectadores seamos uno más de la comunidad, en una cámara muy corpórea e invisible que se mueve entre ellos y ellas, en una cinematografía poderosa y llena de matices que firma Ion de Sosa, que ya estuvo en las citadas Unicornio y Contadores, también filmadas en 16mm. La música es otra cuestión a resaltar de la película, porque consigue ese estado espiritual y sexual que emana toda la trama, en la que el movimiento del cuerpo y todos sus fluidos son esenciales para entender lo que significa la actitud de cada personaje y su forma de gestionarlo. Las melodías de Beatriz Vaca (Narcoleptica), y la música adicional de Xabier Erkizia (que ha trabajado en interesantes films como Meseta, Dardara, Samsara y Negu Hurbilak), hacen que la película entre en una especie de hipnotismo catártico en que las almas bailan, cantan y se mueven al son de una idea y de un sentimiento en espectaculares akelarres alrededor de la piedra y el fuego. El montaje de una grande como Ariadna Ribas ayuda a implicarnos en la cotidianidad y la intimidad que se vive y respira en la comunidad, con esa fusión entre movimiento y palabra que potencia el ideario de vivir de forma diferente en aquellos tiempos, en sus intensos 100 minutos de metraje.
Una película tan a contracorriente, que busca verdad en cada una de sus imágenes, en la que cada secuencia deviene una experiencia catártica, sumergidos en un trance donde cuerpos y almas danzan al son de sus impulsos sin ataduras y alejados de convencionalismos, el que cada uno de los personajes experimenta su propio camino era preciso tener unos rostros y cuerpos que expresan todas esas emociones descubiertas que hay que gestionar. Tenemos un grupo de intérpretes lleno de caras desconocidas que dan ese toque de verosimilitud y “verdad” que tanto tiene Aro Berria. Empezamos por la artista Maite Muguerza Ronse, que fue una de las actrices de Contadores que da vida a Eme, una de las recién llegadas, Edurne Azkarate coprotagonista de Irati, de Paul Urkijo Alijo, como una de las activistas políticas. Los hombres Óscar Pascual Pérez, Aimar Uribesalgo Urzlai y Jon Ander Urresti Ugalde. Y los cameos que amplían la nómina de la cinta con un Jan Cornet desatado y guía de las actividades, Javier Barandiaran como sindicalista, que hemos visto en series como La línea invisible y Cristóbal Balenciaga y películas como La infiltrada y la reciente Karmele, y el cineasta Oliver Laxe como una especie de gurú de lo tántrico.
Si llegados a este punto del texto, todavía están diciendo en sí ven una película como Aro Berria, quizás piensen que la cosa de una comunidad espiritual perdida en Navarra allá por finales de los setenta no va mucho en estos tiempos, permítanme decirles que se equivocan, porque aquella experiencia en comunidad sigue tan vigente como entonces, ya que aquellos jóvenes después de cuatro décadas de dictad, oscuridad y violencia, y desencantados con la política y la imposibilidad de vivir dignamente de su trabajo, decidieron abrir una nueva vida y poner en práctica todos los ideales de libertad, de contracultura y experimentación ya vividos en otros países. Temas que siguen tan vigentes como entonces, la idea de una sociedad diferente, más humana, más vital y más interior. La película coge un vuelo alucinante cuando la idea de comunidad y libertad sexual choca con las contradicciones de esos mismos elementos y las diferentes experiencias de hombres y mujeres y sobre todo, la llegada de los hijos a un lugar idealizado donde no pensaban en niños y niñas. Me gustaron mucho los anteriores trabajos de Irati Gorostidi Agirretxe y me ha encantado Aro Berria, por su libertad, lo salvaje de sus situaciones e ideas, y su experiencia alucinante de cada uno de sus imágenes listas para hacer reflexionar, preguntarse y sobre todo, cuestionar una sociedad cada vez más simple, superficial, de tanta experiencia materialista y muy alejada de lo interior y el espíritu. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me encantan los sueños, incluso cuando son pesadillas, lo cual debe ser lo habitual. Mis sueños están a rebosar por los mismos obstáculos, pero no importa”
Luis Buñuel
La primera vez que descubrí el cine de Luis (Soto) Muñoz (Baena, Córdoba, 2000), fue a través de la película El cuento del limonero, a través de la magnífica plataforma Filmin, un relato social y fantástico sobre la vejez filmado en la Puerta de Córdoba durante los meses pandémicos, y protagonizado por su abuela Dolores Marín. Unos meses antes, en enero de 2020, había empezado a rodar Sueños y pan, una película que rendía homenaje a dos títulos emblemáticos: Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, y Los golfos (1960), de Carlos Saura. “Una película para aprender a hacer cine”, según palabras del director. Un rodaje con amigos, de guerrilla y filmado en los ratos libres, que se alargó hasta julio del 2021, con el mismo espíritu de Los ilusos (2013), de Jonás Trueba. Un cine hecho desde adentro, sin dinero, y en compañía y en cooperativa, siguiendo el espíritu de la sección “Un impulso colectivo”, del imperdible D’A Film Festival de Barcelona, comisariada por el escritor cinematográfico Carlos Losilla, de la que este año ha formado parte.
La película toma el extrarradio y la periferia madrileña como escenarios vacíos y olvidados para contarnos las desventuras de dos jóvenes Dani, más extrovertido, más locuaz y más todo, y Javi, todo lo contrario, que forman un dúo de ladronzuelos sin suerte, sin rumbo y llenos de sueños. Junto a Sara y el hijo pequeño de ésta, forman una especie de familia que comparten piso, esperanzas y pesadillas. La cosa arranca cuando roban una pintura que parece valiosa. Pero, los problemas empiezan cuando pretenden venderla que no resultará tan fácil como pensaban, y darán comienzo a una serie de travesías urbanas que les llevará a los lugares más elitistas de la ciudad. A partir de un extraordinario y sobrio blanco y negro que firma Joaquín Ga-Riestra Guhl, con esa luz que traspasa a sus protagonistas, entre sombras y lugares sin alma, confundiéndonos entre realidad y sueño, donde lo tangible y lo onírico se mezclan, creando ese no lugar lleno de matices y no colores. La misma posición opta el montaje que firma el propio director, porque fusiona de forma ejemplar los momentos trepidantes, donde la cámara se agita y se desplaza con los pasos de los personajes, y esos otros momentos en los que la pausa y el respiro se adueñan de la pantalla, donde hay tiempo más que para la reflexión, para escuchar a estos dos jóvenes sin pasado y sin futuro, moviéndose en un presente continuo que parece, en ocasiones, en un extraño bucle que parece no tener principio ni fin.
Una película de estas características necesitaba unos intérpretes muy involucrados en la causa, es decir, que transmitieran la naturalidad y la fragilidad de unos personajes al borde de todo y todos. Tenemos a George Steane, que hemos visto dando vida a uno de los cowboys de Extraña forma de vida, de Almodóvar, y en la serie La mesías, entre otras, dando vida al hermano y soñador Dani, un tipo de buen corazón, aunque algo tosco y fiera, pero que ayuda a dotar de paz y tranquilidad a este trío heterogéneo. Javi es Javier de Luis, un tipo que se enfada mucho, que es callado e introvertido, que es más inteligente que Dani pero que le cuesta comunicarse. Y finalmente, tenemos a Sara que hace Cristina Masoni, el vértice de este extraño trío, del que no sabemos nada, ni de su pasado ni de cómo se conocieron (sólo que tiene problemas con las drogas y tiene un hijo pequeño), un enigma que ayuda a la película y a su propuesta. Sin olvidarnos de Mubox Studio con Alejandro González al frente, que ya estuvo detrás de El cuento del limonero, y ahora vuelve a unir sus fuerzas con (Soto) Muñoz para levantar la película. Sueños y pan es una película que nace de muchas otras, y no esconde sus múltiples referencias, para nada, si no que las hace evidentes y sobre todo, las hace suyas, las va introduciendo en la trama de una forma sencilla y natural, sin ningún tipo de estridencias ni nada que se le parezca.
Los espectadores más cinéfilos y más informados verán que hay referencias a mucho del cine quinqui y social que se hizo en España en el tardofranquismo como los ya mencionados Buñuel y Saura, y otros como Eloy de la Iglesia, Angelino Fons, José Antonio de la Loma, entre otros, y algunos más contemporáneos que también tuvieron el quinqui como inspiración como Juan Vicente Córdoba y su Quinqui Stars (2018), donde Ramsés Gallego “El Coleta”, su protagonista que buscaba a Saura, tiene una breve presencia en la película. No deberían perderse una película como Sueños y pan, elocuente y formidable título que le va como anillo al dedo, porque es una película de cómo hacer cine cuando se tienen ganas de hacerlo y apenas se tienen medios para llevarlo a cabo, porque es un torrente de ideas, sugerencias y reflexiones de cómo hacer una película sobre el aquí y ahora, aunque los más informados sobre el fútbol y el Atlético de Madrid pueden ubicar el tiempo en el que se posa la película, aunque tenga esa actitud de atemporalidad, de ese no tiempo, no lugar y si personajes, unos tipos que a pesar de todo, sueñan con una vida mejor, o con eso que el sucederá al día siguiente, porque la pintura que han robado no es más que el camino para hacer realidad sus sueños, el macguffin de un relato que les va embrujar y atrapar desde su primera secuencia del robo, a la carrera, o mejor dicho, Deprisa, deprisa, como manda el género. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Amaya Villar Navascués, directora de la película «Contigo, contigo, y sin mi», en el Cafè de l’Òpera en Barcelona, el viernes 10 de noviembre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Amaya Villar Navascués, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Carolina Astudillo, directora de la película «Canción a una dama en la sombra», en su domicilio en Badalona, el miércoles 27 de julio de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carolina Astudillo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Jordi Núñez, director de la película «El que sabem», en la terraza de Raima Papereria en Barcelona, el viernes 11 de noviembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordi Núñez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Uno se da cuenta que ha terminado la juventud cuando uno no está en ninguna parte. Los jóvenes están en lugares, y las personas que han dejado de serlo ya empiezan a estar ausentes”.
Alejandro Dolina
Un relato de jóvenes que deben decir adiós a la juventud, o mejor dicho, un relato sobre el final de las despreocupaciones, de las noches sin fin y los días de resaca, y sobre todo, de postergar las decisiones importantes que se van amontonando. El que sabem, la opera prima de Jordi Núñez (Valencia, 1991), se adentra en terrenos que ya venía transitando el director valenciano en sus cortometrajes, la compleja gestión del primer amor y esa juventud que se pierde en fiestas, y olvida que esto se acaba y llega la edad adulta, aunque no guste nada. Esta vez el foco lo sitúa en Carla, la joven sudamericana que viene de otro país, que trabaja de camarera, y tiene a su madre enferma, con esa mirada que traspasa la pantalla, que mira a los demás desde la distancia, desde ese otro lugar, desde esa vida con demasiadas responsabilidades, nada que ver con los jóvenes con los que sale, todos ellos de la zona, de esa Valencia que el realizador muestra llena de contrastes, donde hay mucha fiesta, playa y mucha juventud, pero por el contrario, las oportunidades laborales son escasas, porque acabas en un trabajo en el puerto o irremediablemente debes irte lejos.
La trama gira en torno a cuatro almas principalmente. Tenemos a la mencionada Carla, fuertemente atraída por Víctor, con el que comenzará una relación, pero también está Marina, la que no se decide por nadie, y a la vez, está dispuesta con todos, y finalmente, Martí, que tiene una relación con Jaime, pero no le importaría tener algo con Víctor. La película juega con ese aroma agridulce, donde todas las salidas nocturnas o diurnas, siempre adquieren un tono de tristeza y melancolía, porque el futuro viene a instalarse en unas vidas que están al borde de decidir qué hacer con ellas. Núñez se acompaña de cómplices que le han acompañado en su periplo cortometrajista como el cinematógrafo Daniel Moreno García y el montador Fernando Cuenca, e incorpora a Manu Ortega como músico, con esa composición que refuerza esa mirada claroscura que planea por la historia, amén de la inolvidable elección de unas canciones frescas, tiernas y naturales de gente tan importante en el panorama musical actual como Soleá Morente, La Bien Querida, Julie et Joe, entre otros.
El mismo espíritu también de volver a acompañarse de los habituales ocurre en el plano artístico en el que encontramos a Nakarey y Javier Amann, que han protagonizado los cortometrajes de Núñez, ahora, en los roles de Carla y Víctor, ese amor y no amor posible e imposible, que navega con incertidumbre por un estado de ánimo que va y viene y no se detiene en algún lugar, y las maravillosas incorporaciones de Mauro Cervera i Just, al que nos maravilló en Lejos del fuego (2019), de Javier Artigas, otra interesante exploración de la juventud también venida de la zona valenciana, en la piel de un sorprendente Martí, el alma mater de este grupo demasiado disperso, y Tània Fortea como Marina, una chica que va con todo sin importarle mucho las consecuencias emocionales. Finalmente, encontramos a las veteranas Marga Castells, habitual de los Venga Monjas y a Rosita Amores, una leyenda en el mundo de las variedades en Valencia. En tareas de producción está Marco Lledó Escartín, al que recordamos como director de la interesante The invocation of Enver Simaku (2018).
Núñez sale muy airoso de su envite, adentrándose en terrenos que conoce mucho, situándonos en ese espacio de tránsito cuando la juventud adolescente va perdiendo su fuerza y se va adentrando en la edad adulta, donde hay que decidir nuestras vidas o al menos intentarlo, con nula información como suele pasar en casi todos los casos. Un tiempo de limbo, un espacio de ir y venir, sin saber donde estar, donde ubicarse, donde mirar, qué sentir y sobre todo, a quién amar y todo lo demás. La figura de Carla resulta imprescindible en esa mirada desde fuera y desde dentro, en un querer estar y un querer no saber qué hacer, mirando a su alrededor, mirando a ese grupo que va sin más, liberado en el amor y en todo, quizás demasiado pegado a la vida y poco a la realidad que le envuelve. La fuerza de El que sabem es haber respetado la naturalidad en todos los sentidos, tanto en la interpretación como en las situaciones que plantea, donde la cámara traspasa a los personajes, se acerca a sus intimidades, a sus deseos, a sus ilusiones, y también, a sus frustraciones, a sus miedos e inseguridades, porque si la vida tiene algo de verdad, es que la realidad o eso que creemos que es, nos voltea como quiere y nos pone en el lugar en el que nos enfrenta a nosotros mismos y quizás, eso ya no nos gusta mucho, porque hemos de tomar decisiones y eso es muy difícil, porque siempre tendremos el miedo de estar equivocándonos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Marga Castells, actriz de la película «El que sabem», de Jordi Núñez, en la terraza de Raima Papereria en Barcelona, el viernes 11 de noviembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marga Castells, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel, escritor y protagonista de la película «El escritor de un país sin librerías», de Marc Serena, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Tomás Ávila Laurel, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carla Gómez de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.
La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales, a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.
El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.
Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.
Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA