Adiós, de Paco Cabezas

DENTRO DE MI PECHO.

“Cuántos sueños en el tiempo, cuántos puentes en el camino
Se iban perdiendo a lo lejos, con un sol como testigo
Y que el cielo a ti te acoja, que el infierno quede lejos
Que los pájaros te vean siempre como a uno de ellos”

(Fragmento del tema Un largo viaje, interpretada por Rosalía)

Amor, rabia, traición, mentira, pasado, violencia, sangre y fuego, son algunos de los elementos que intervienen en Adiós, la vuelta al cine español del internacional Paco Cabezas (Sevilla, 1976) un cineasta que sorprendió con Carne de neón (2010) que al igual que Adiós, también protagonizaba Mario Casas, un thriller urbano y familiar que le abrió las puertas a Hollywood con títulos de género más o menos interesantes como Tokarev (2014) o Mr. Right (2015) dirigiendo a intérpretes de la talla de Nicolas Cage, Sam Rockwell y Tim Roth, así como en series populares como Penny Dreadful o American Gods, entre otras. El regreso a su Sevilla, a su ambiente, a su idioma andaluz, viene de la mano de un guión firmado por dos debutantes José Rodríguez y Carmen Jiménez, en un relato duro, de piel y sangre, violento, situado en las 3000 viviendas, el barrio marginal por antonomasia de Sevilla, en una historia que arranca con Juan Santos, un tipo que cumple condena y sale con el tercer grado cada día. Fuera le esperan su mujer Triana y su niña Estrella. Todo parece indicar un futuro más o menos halagüeño, a pesar de la situación.

Todo eso se desbarata y de qué manera cuando en un accidente, la niña muere, y Juan clama venganza con los suyos, “Los Santos”, un clan gitano dedicado a la droga y expulsado de las 3000 viviendas por el otro clan, “Los Fortuna”, amos ahora del mercado de droga. Las pesquisas de Juan lo llevan a los citados Fortuna, pero en el asunto, también aparece la policía, encabezados por Eli, una policía que ha perdido a su hijo, y Santacana, un poli bregado en mil batallas. La trama, contada con brío y acierto, aunque en algunos instantes parece perderse dando demasiadas vueltas y subrayados innecesarios, el relato tiene fuerza y calidad, con una ambientación bien resuelta, con una grandísima fotografía de Pau Esteve Birba, todo un experto en imprimir esa luz sombría y apagada que pide tanto la historia, o el enérgico montaje de Luis de la Madrid (colaborador habitual de Balagueró) y Miguel A Trudu, sin olvidar la banda sonora incidental de Zeltia Montes, que interpreta a las mil maravillas el encaje de la música en la historia, que baña sus imágenes con mesura y acierto, consiguiendo esa música afilada que rasga los instantes, y los grandes temas que escuchamos que casan tan bien con la película como La estrella, del gran Enrique Morente, el Me quedo contigo, de Los chunguito, ahora con la voz armónica y dulce de Rocío Márquez, y finalmente, el temazo Un largo viaje, cantado por Rosalía.

Y que explicar del inmenso reparto de la cinta con la gran Laura Cepeda como directora de casting, en el que logra reunir quizás el mejor reparto del cine español de este año, encabezado por Mario Casas como Juan, un hombre que lidia entre su pasado oscuro y su necesidad de venganza, y los conflictos familiares del clan, a su lado, Natalia de Molina como Triana, esa esposa y madre que vivirá su propio vía crucis, Ruth Díaz, una policía que todavía cree en la justicia y se enfrentará a todos y a ella misma por buscar la verdad, Carlos Bardem en un rol de poli duro y violento, y esa retahíla de grandes intérpretes como Vicente Romero, Sebastián Haro, Mona Martínez (espectacular como esa matriarca gitana de armas tomar) Pilar Gómez (que como hace en las tablas demostrando que es una actriz fantástica componiendo una yonqui brutal) Moreno Borja como el jefe de Los Fortuna (que conocimos como padre en Carmen y Lola) Salva Reina como yonqui tirado y cobarde, Ramiro Alonso como Taboa, otro de los jefes del trapicheo, Mariola Fuentes como vecina amiga del protagonistas, y finalmente, Consuelo Trujillo, una madre que oculta mucho más de lo dice, entre muchos otros.

Cabezas ha hecho sin lugar a dudas su mejor título, por todo lo que cuenta, una tragedia amarga y fatalista de aquí y ahora, con todo lo que se le pide a los mejores thrillers desde amor, odio, violencia, sangre, familia, traiciones, mentiras, relaciones y mucha oscuridad, donde la mierda de la alfombra se irá escarbando para levantarla y que caiga quién tenga que caer, sin contemplaciones hasta el último mono implicado. Adiós, sintomático título que refleja el descenso de ida a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, con ese aire de tragedia lorquiana, situado en esa Andalucía deprimente, salvaje y cruel, donde mueren los inocentes sin piedad, en la que se mueve mucho dinero y muchas drogas, donde unos se matan lentamente su penosa existencia, y otros, engordan su vida con dinero manchado de sangre y brutalidad.

El director sevillano imprime energía y oscuridad a su película, con unos intérpretes entregados que defienden sus personajes con humanidad y complejidad, sacando lo mejor y lo peor de cada uno de ellos, situados en unas vidas rotas, amargas, con pasados tortuosos, que intentan dejar atrás como el personaje de Juan, pero como si fuese un tipo que tanto le gustaba filmar a Fritz Lang, el pasado los ata y por mucho que intenten huir de él, siempre se impone y va a su caza y captura, tiene esa atmósfera del thriller americano de los setenta donde hay crítica social y amargura por los cuatro costados, donde hasta el más pintado se acaba metiendo en la boca del lobo, o ese thriller seco, asfixiante y violento, que tanto vimos en el cine español de final de franquismo y transición como Furtivos o Pascual Duarte, entre otras. Cabezas ha vuelto al cine español por la puerta grande, bien guiado por Enrique López Lavigne en la producción, un tipo que lleva más de medio centenar de películas a sus espaldas, convertido ya en uno de los más importantes e interesantes, que le ha permitido sentirse libre y firme para filmar una película sólida, con algún altibajo, pero en su conjunto un buen título que hará emocionar a todos aquellos que les gusten los relatos duros y secos, pero también sensibles y conmovedores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sesión salvaje, de Paco Limón y Julio César Sánchez

CUANDO EL CINE ESPAÑOL SE LIBERÓ.

“Demostrar que se puede ser a la vez un icono cultural de primer orden y el apóstol del trash”

(En referencia al cineasta John Waters)

Cine comercial, cine popular, cine industrial, cine de serie B español, cine de barrio, cine taquillero, cine de género o cine de explotación, solo son algunos de los calificativos que los expertos y aficionados  han utilizado para denominar a un cine español que nació en los 60 y llegó hasta los 80. Un cine en el que cabía de todo: desde spaguettis western, las denominadas películas de acción donde había films de guerra, de aventuras y cosas por el estilo, cine de terror. Después, con la muerte del dictador, apareció el cine del destape, comedias donde las señoritas aparecían ligeras de ropa, y cine quinqui, donde se hablaba sin tapujos de sexo y drogas. Películas que gustaban al público, convirtiéndose algunas en fenómenos sociales del momento, con vocacion internacional e intérpretes foráneos de renombre mediante las famosas coproducciones que, además de sortear a la temible censura, exportaban el cine fuera de nuestras fronteras. Un cine que ayudó y de qué manera al despertar social, sexual y moderno de muchísimos espectadores, después del oscuro pozo de la dictadura, y que visto desde la distancia se ha convertido en una crónica social y cultural de aquella España franquista, por un lado, y por otro, en aquella otra España que empezaba a caminar en la reciente democracia.

Los directores españoles Paco Limón, que algunos recordarán por dirigir una cinta de terror Doctor Infierno  (2007) y guionista de cómics, y Julio César Sánchez, periodista, realizador de televisión y productor asociado, juntan fuerzas para dirigir una película que no es solo un documento donde se hace una crónica sobre los hechos, las películas y las personas, sino que también, es una interesante reflexión de aquellas circunstancias desde la actualidad, con la ayuda de intérpretes y cineastas de antes y ahora, que no solo reivindican aquel cine con el que crecieron, sino que reivindican su autoría y su relevancia en la educación cinematográfica del público español. En la película escucharemos testimonios de gentes como  Alex de la Iglesia, Nacho Vigalondo, los recientemente desparecidos Javier Aguirre, Álavaro de Luna y Jorge Grau, Eugenio Martín, Simón Andreu, Fernando Esteso, Lone Fleming, Emilio Linder, Enrique López Lavigne (uno de los productores del documental)  Antonio Mayans , Esperanza Roy, Loreta Tovar, José Lifante, Fernando Guillén Cuervo o Mariano Ozores, entre muchos otros. Testigos de un tiempo donde el cine más popular gozaba de la atención del público, en el que algunos explicarán aquellas ilusiones de chaval disfrutando con estas películas, y los profesionales que las hicieron, los que están y los que no.

La película a pesar de la cantidad de testimonios e imágenes no resulta en absoluto extenuante, sino todo lo contrario, emociona, es vibrante, y reflexiona sobre aquel cine de género y el que se hace hoy en día, haciendo un recorrido, deteniéndose en todos y todo, a veces cronológico y otros no, donde se repasan entre muchos otros títulos inolvidables como Condenados a vivir, de Romero Marchent, El bueno, el feo y el malo, de Leone, El diputado, de Eloy de la Iglesia, No profanar el sueño de los muertos, de Jorge Grau, La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, Pánico en el Transiberiano, de Eugenio Martín, las películas de Chico Ibáñez Serrador, de Juan Piquer Simón, Carne apaleada, de Javier Aguirre, el cine de Paul Naschy, el de Jess Franco, el de Mariano Ozores, el de José A. de la Loma, o aquellas películas del destape con títulos imposibles donde prevalecía el humor del distribuidor. En la película también se hace mención del Videoclub, aquel lugar de barrio donde rebuscabas, recuperabas o descubrías películas que se acumulaban en aquellas estanterías, o preguntabas incesantemente por aquel título que ardías en deseo de ver.

Limón y Sánchez han construido una película con un grandísimo ritmo y energía, que combina a la perfección los testimonios, con cineastas actuales con aquellos profesionales que hicieron las películas, amén de los fragmentos de las películas de las que se hablaba, y ciertos aspectos de la historia del país muy significativos como los terribles problemas con la censura, donde el cine de terror gozaba de cierta libertad, siendo uno de los primeros en mostrar desnudos y demás, o el cine quinqui que mostró drogas, sexo o violencia, o indagó en temas de actualidad invisibles hasta entonces, y las relaciones con los intérpretes y profesionales extranjeros, y un sinfín de anécdotas que hacen de Sesión salvaje, uno de los grandes documentos no solo del cine más popular o comercial, sino una oda extraordinaria al cine en general, un grandioso a todos aquellos profesionales que hicieron este cine, y sobre todo, y esto es lo que eleva la película y su contenido, es la reivindicación sincera y veraz de muchos títulos denostados por muchos profesionales en su tiempo por el simple hecho de convertirse en taquilleros, o recibir durísimas críticas por desplazarse del cine de autor, muy duro con el franquismo, y de encaminarse por un cine de desahogo que a la postre muchas películas realizan una crítica igual o más que muchas películas, del franquismo y el sentir de los españoles de entonces. Limón y Sánchez consiguen hacer disfrutar al respetable con la película, en este viaje en el tiempo que evoca aquel cine y aquel tiempo, sino que lo recoloca en la actualidad, su legado en muchos profesionales de ahora, y sobre todo, en todas las virtudes, carencias y formas en las que se hizo y queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Vermut

Entrevista a Carlos Vermut, director de la película “Quién te cantará”. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Eva Llorach

Entrevista a Eva Llorach, actriz de “Quién te cantará”, de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eva Llorach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Carme Elías

Entrevista a Carme Elías, actriz de “Quién te cantará”, de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carme Elías, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Quién te cantará, de Carlos Vermut

LA PIEL DEL OTRO.

“Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

Hay una especie de aroma que impregna el cine de Carlos Vermut (Madrid, 1980) invisible a nuestros ojos y difícil de describir y mucho menos de desvelar, que nos atrapa de manera hipnótica, sumergiéndonos en ese universo de formas y texturas invisibles, de gestos y miradas de otra dimensión, como si pudiéramos reconocernos en algunos elementos, aunque en otras ocasiones, asistimos a una serie de acontecimientos que nos revelan más de nosotros mismos de lo que quisiéramos. Un cine construido desde el alma, desde las entrañas de un creador fascinante y revelador, que consigue transmitirnos el miedo y el dolor de unos personajes heridos y a la deriva, criaturas que siempre están buscando algo o alguien, y en muchos casos, esa búsqueda, física y emocional, arrastrando un pasado doloroso, que les lleva a sumergirse en mundos oscuros, dolorosos y sobre todo, terroríficos, donde las más bajas pasiones del alma se apoderarán de esos entornos y espacios vacíos y carentes de alma. Ya demostró sus buenas dotes de narrador visual con la fantástica y enigmática Diamond Flash (2011) una cinta filmada con escasos medios, pero ataviada de una factura y narrativa visual de extraordinario poderío, en la que nos retrataba a cinco mujeres perdidas y rotas que andaban tras de algo, un conflicto que las relacionaría con un complejo personaje que recibía el nombre del título de la película. Tres años después, y con una producción profesional, nos regalaba Magical Girl, que se alzó con la Concha de Oro de San Sebastián, un gran premio que venía a corroborar el estilo y la profundidad del cine de Vermut, en una historia que nos sumergía a los infiernos particulares de tres personajes que se cruzaban en un oscuro y penetrante cuento de dolor y miedos.

Ahora, cuatro más tarde, conoceremos los destinos de cuatro mujeres en Quién te cantará, cuatro almas heridas, cuatro criaturas que parecen existir en esos mundos complejos y oscuros de los que tanto le gusta acercarse al director madrileño. La cinta dividida en tres partes, arranca con Lila Cassen, una cantante que no canta, lleva diez años sin hacerlo, que se recupera de un accidente, alguien que ha olvidado quién era, alguien que tiene que tiene que volver a recordar quién fue, alguien que ha olvidado sus canciones y sobre todo, su vida. Lila obligada por su manager y casi madre, Blanca, acepta prepararse para volver a cantar con la ayuda de Violeta, donde arranca la segunda parte de la cinta, donde conoceremos la existencia de Violeta, una frustrada cantante que tuvo que dejar de hacer su pasión siendo una adolescente ya que nació su hija Marta, una rebelde y amargada hija, que no entiende que su madre le tenga rencor por abandonar su vocación. Violeta se sacude su amargura vital trabajando las noches en un karaoke donde imita a Lila Cassen. En el tercer segmento, Vermut nos habla del encuentro de Lila y Violeta, donde una, Violeta, ayudará a Lila a volver a ser Lila, a cantar sus canciones y a imitar sus movimientos, envueltas en esa enorme casa con el rumor del mar presente, rodeadas del aroma del peso del pasado, los ausentes y las vidas no vividas.

La película se mueve entre las sombras, entre espíritus que vagan sin rumbo a la espera de saber quiénes son y seguir hacia algún lugar mejor, en una madeja de identidades y vidas pasadas, personajes que viven una existencia extraña, como si otros les hubieran robado el alma y viviera por ellos, que sintiera por ellos y fuera feliz por ellos, unas vidas sin paz, en continuo movimiento haciendo cosas por hacerlas, imbuidas en la desazón y la amargura, recordando un tiempo donde sí que fueron ellas, un tiempo imposible de olvidar, pero lejano en el tiempo, como si el recuerdo que les viene fuera de otro, como impostado, de una vida que recuerdan pero no pueden detallarla. Vermut es un director de atmósferas y espacios, sabe sumergirnos con suavidad en sus universos sin tiempo, en esos enredos argumentales de manera sencilla, en el que se toma su tiempo para construir el conflicto, moviendo a sus personajes en una especie de laberinto emocional y físico hasta llegar a esa catarsis donde todos ellos encontrarán alguna cosa, algo diferente pero no aquello que esperaban o creían encontrarse.

El cineasta madrileño disecciona nuestras emociones como si fuera un cirujano preciso, a través de esas imágenes que siempre encierran un enigma, con esa luz cegadora y anímica (grandioso el trabajo de Edu Grau, que ya había firmado a autores tan diversos como Albert Serra, Rodrigo Cortés o Tom Ford) una luz que recuerda el aroma del cine de Antonioni, donde realidad y sueño o pesadilla se fundían en unos personajes que acaban perdidos en su propia identidad, o la excelente música de Alberto Iglesias, en la que nos embulle hacia ese mundo oscuro y cegador en la que pivota toda la trama de la película, creando ese universo cotidiano pero lleno de fantasmas, de sombras que nos envuelven a la luz del sol. Vermut coloca con maestría a sus personajes en el cuadro, solitarios y a la expectativa, como criaturas a la espera de algo, de alguien, pero atormentadas psicológicamente, sin ningún atisbo de mejoría, sólo esperando a que las circunstancias, aunque en la mayoría de los casos, saben que continuarán así, como siempre, en ese eterna espera, amarga y sin futuro.

Unas secuencias que van de un género a otro, con el cambio de encuadre, en el los géneros se mezclan y fusionan, con una simplicidad maravillosa, con unos diálogos escuetos, brillantes y laberínticos que sacuden nuestra alma y convierten a sus personajes en enigmas a descifrar, donde cada palabra que sale de sus bocas parece destinada a provocarnos más rompecabezas en nosotros mismos. Unos personajes que se mueven como almas sin descanso por unos espacios amplios y llenos de luz, pero que no parecen acogerlos, como si nos lo reconociesen, como si fueran de otro. Los referentes en Vermut son amplios y diversos, empezando por clásicos del estilo de Eva al desnudoa través del espejo, con personajes con identidades falsas reflejados en espejos deformantes, pasando por el cine psicológico de los sesenta, con esos personajes propios de Bergman o Antonioni, perdidos y alejados de la realidad y de su propia realidad, que desconocen de cual se trata, que buscan sin saber que buscan, y viven sin saber qué hacer, incluso el cine de Jess Franco, con esas texturas y colores, y esas mujeres heridas y amnésicas perdidas en la inmensidad, o el cancionero popular español, donde caben lo más clásico, lo moderno, y lo kitsch, pasando por los personajes femeninos atormentados e inadaptados de Sirk, Fassbinder o Almodóvar, en la que es tan importante lo que hacen cómo lo que no, en una profunda disección de esos mundos interiores, almas rotas que buscan amar y qué las amen, aunque sea por última vez.

Otro de sus elementos destacados son sus intérpretes, con una fantástica amnésica y perdida Najwa Nimri (que además compone muchas de las canciones que se escuchan) bien acompañada por la magnífica revelación de Eva Llorach, en las tres películas de Vermut, con un personaje llamado Violeta, como el que hacía en Diamond Flash, que buscaba a su hija desaparecida, aquí, otra madre con problemas con su hija, pero en otro contexto, un alma amargada por aquel tren de la música que dejó pasar, aunque ahora la vida le da otra oportunidad, bien secundadas por una elegante y maravillosa Carme Elías, con el papel de Blanca, como la madrastra del cuento, un ser que necesita las canciones de Lila para mantener su status de vida, y finalmente, Natalia de Molina como Marta, esa hija adolescente no querida de Violeta en esa edad difícil y compleja. Vermut ha logrado una película magnífica, envolvente y brutal, manejando espacios que podríamos relacionar con el drama, el thriller o lo romántico, que agarra al espectador durante sus más de dos horas de metraje, para llevarlo de su mano por ese mundo fascinante y atroz, por esos universos cálidos y terroríficos, por esas vidas rotas y ajadas que siguen respirando sin vivir, que miran sin mirar, y sienten por sentir sin saber qué sienten.

La llamada, de Javier Ambrossi y Javier Calvo

Y DIOS VINO A CANTARME.

El musical La llamada arrancó de forma sencilla y humilde ocupando el hall del Teatro Lara allá por mayo del 2013. Presentaban un espectáculo pequeño, de espíritu underground, que combinaba éxitos de Whitney Houston, Presuntos Implicados y temas religiosos, ya que esta historia donde una joven María se le aparece Dios se desarrolla en un campamento religioso. El éxito fue brutal y se convirtió en uno de los grandes “sleeper” de los últimos años, un espectáculo que sigue en las tablas, que se ha visto en más de 30 ciudades españolas, mexicanas y Moscú y ha cosechado la friolera de más de 300.000 espectadores. Así que su paso al cine era cuestión de tiempo. La película, recogiendo las buenas sensaciones del teatro y contando con el mismo equipo, desde sus jóvenes directores Javier Ambrossi (Madrid, 1984) y Javier Calvo (Madrid, 1991) curtidos como intérpretes en series como Física o Química o Sin tetas no hay Paraíso, y autores de la serie cómica Paquita Salas, y el mismo elenco, nos envuelve en el campamento religioso de “La Brújula”, en mitad de un bosque en Segovia.

Allí, conocemos a María y Susana, dos jovencitas entusiasmadas por la música que tienen un grupo que se llama “Suma Latina”, cruce de reggaetón y electro latino. Después de sus reiteradas salidas nocturnas, son fuertemente castigadas por Sor Bernarda, la nueva monja jefe del campamento que quiere devolver la alegría con su tema “Viviremos firmes en la fe”, que lleva más de 30 años animando a las jóvenes. Entre la férrea actitud de la monja jefe y las niñas está Sor Milagros, una joven monja que ayuda y quiere a sus niñas, que está sufriendo una crisis de fe y además, dejó una prometedora aventura como cantante. Cuatro personajes en un solo espacio (las demás se han ido de convivencias unos días) pero ahí no queda la cosa. Un día sin más, como otro cualquiera, a eso del alba, a María se le presenta Dios cantándole canciones de Whitney Houston  (en unas escaleras que conducen al cielo, como le ocurría a Frenchie, la peluquera insegura de Grease, pero en su caso era Franke Avalon cantándole “Beauty school Drop-Out”, para encauzar la vida de la desdichada joven). Una aparición que trastoca las emociones de la joven que se esconde en sí misma, intentando descubrir que hay en todo esto. Su amiga del alma, Susana, no entenderá la actitud de María y hará lo imposible para que su amiga vuelva a su lado.

Ambrossi y Calvo toman como referencia musicales como The horror picture show o El fantasma del paraíso, para construir una comedia musical honesta y con carácter, de endiablado ritmo, lleno de energía, amor y ternura, donde se contagian unas inmensas ganas de vivir a pesar de todo lo que nos rodea. Unos números musicales heterogéneos que casan a las mil maravillas desde el rock con el tema “Estoy alegre”, donde las dos monjas se marcan un rockabilly alucinante en el comedor, a los temas religiosos como “Viviremos firmes en la fe”, o un éxito pop de Presuntos Implicados como “Todas las flores” que se marca una Belén Cuesta completamente desatada, pero en su intimidad, recordando aquello que podía haber sido y sigue sin poder olvidar, y cómo no, los tres temazos de la Houston que se marca Dios.

Ambrossi y Calvo ejecutan con entusiasmo la combinación de comedia con leves toques de drama, sin necesidad de grandes alardes téncios ni argumentales, creyendo en su relato, escavando en las diferentes emociones contradictorias que viven sus personajes, en los que no sólo deberán encontrarse a sí mismas, sino que también, deberán relacionarse con las demás para no sentirse tan diferentes y compartir lo que sienten. Una película con la cuidada producción de Enrique López Lavigne, que cambia de registro, después de la terrorífica Verónica, de gran factura técnica que presenta una cálida luz que mezcla con cierto y sensibilidad la luminosidad con los colores apagados, obra de Migue Amodeo (habitual de Paula Ortíz) el preciso y rítmico montaje de Marta Velasco (colaboradora de las últimas de Jonás Trueba) o el acogedor y detallista departamento artístico obra de Roger Bellés (que ya disfrutamos en las obras de Isaki Lacuesta e Isa Cambpo), sin olvidar la excelsa producción musical desde su score obra de Leiva, y la producción de uno de los grandes, Nigel Walker (detrás de músicos como Dylan, Pink Floyd o The Beatles…, casi nada).

Y qué decir de su reparto, desde Macarena García, la maravillosa princesa de este cuento de ser uno mismo, bien acompañada por la arrolladora personalidad de Anna Castillo, las dos protagonistas alocadas que viven con intensidad y son capaces de montar lo que sea, y las dos monjas, la madura Gracia Olayo (de “Las Veneno”, que aquí es una jefa con corazón e intenta lidiar con los sentimientos de una perdida y alucinada María, Richard Collins-Moore, el intérprete inglés afincado en España, dando vida al Dios cantante, y Belén Cuesta, que vuelve a demostrar como hizo en Kiki, el amor se hace, que es una de las grandes actrices de comedia actuales, aunque también tiene su momento emotivo con ese baúl que no sólo guarda recuerdos, sino que además, guarda todo aquello que nos negamos a ser, digamos por miedo o inseguridad, porque al fin y al cabo, de esos temas nos habla la película, de no tener miedo a ser quienes somos, de descubrirnos a nosotros mismos, y dar rienda suelta a lo que sentimos, materializar esos sueños que nos laten en el alma, aunque eso sea trasgredir contra todo aquello que te rodea y romper con lo conocido para aventurarse a aquello que no conocemos, pero inevitablemente, es todo lo que realmente sentimos que tenemos que hacer, y si es cantando y bailando mejor que mejor.


<p><a href=”https://vimeo.com/226428110″>LA LLAMADA TRAILER</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Verónica, de Paco Plaza

¿HAY ALGUIEN AHÍ?.

“En  Madrid,  a  principios  de  la  década  de  los  90,  se  registraron  una  serie  de  sucesos paranormales que tuvieron un amplio eco en los medios de comunicación y un fuerte impacto  en  la  sociedad  española  del  momento.  Esta  película  está  inspirada  en  dichos acontecimientos-”.-

Cuenta el más anciano del lugar que, a principios de los 90, en un barrio del extrarradio como Vallecas, entre altos edificios de color ladrillo rojo, uniformes escolares, colegio de monjas, ambientes grises, walkman, riejus, anuncios de televisión, padres ausentes y eclipses solares, vivió una joven llamada Verónica, una chica en los albores de la pubertad, en ese camino de tránsito entre la infancia que se acaba y la pubertad que va mostrándose. Una chica que debido al trabajo de su madre Ana en un bar durante todo el día, debía hacerse cargo de sus hermanos pequeños, dos gemelas inquietas y rebeldes, y el pequeño Antoñito. Un tiempo, en el que Verónica, según cuentan, y después de asistir a una sesión con la ouija con dos amigas, para invocar al padre muerto, se vio sometida a una serie de sucesos paranormales que trastocaron su propia existencia y la de los suyos.

El 7º título de la carrera de Paco Plaza (Valencia, 1973) exceptuando algún que otro documental musical, y centrándonos sólo en su género preferido: el terror. Un género que le ha llevado a la cima con una saga antológica en nuestras pantallas, Rec, que se presentó en el 2007, con una cinta que dirigió junto a Balagueró, y le siguieron las secuelas, dirigidas en solitario por Plaza, donde se despertó de nuevo al subgénero de los zombies, pero el director valenciano arrancó su andadura como director con la interesante El segundo nombre (2002) basada en una novela de Ramsey Campbell (otra novela suya sirvió de inspiración a Balaguero para su Los sin nombre), una película rodada en inglés, donde una joven descubría el pasado oscuro de un padre al que creía un santo, le siguió Romasanta (2004) sobre los asesinatos de un hombre lobo del norte, y para televisión, dentro del homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, en la serie “Películas para no dormir”, realizó Cuento de navidad, donde una serie de niños dejaban su candorosa infancia para convertirse en sedientos justicieros, y luego la saga Rec.

En Verónica, Plaza parece volver a sus orígenes, que ya apuntaban El segundo nombre y Cuento de navidad, donde a través de historias cotidianas, pocos personajes, una atmósfera intensa y un terror in crescendo, se centraba en sucesos muy inquietantes que traspasaban los límites del terror, construyendo obras de gran calado cinematográfico a partir de elementos domésticas y lugares comunes con un sello personal y muy oscuro, inspirándose en los grandes del terror. Ahora, nos enfrenta a una serie de sucesos paranormales, situándonos en un piso cualquiera de esos edificios altos de un barrio cualquiera, en el que una chica, la Verónica del título deberá enfrentarse a dos miedos: el paranormal, donde un espíritu maligno se ha apoderado de ella y de sus hermanos, y el otro miedo, este físico, donde se convertirá en mujer, dejando la infancia acomodada, y teniendo que asumir responsabilidades en su familia haciéndose cargo de sus hermanos pequeños. Plaza nos sitúa en los albores de los 90, concretamente en el 1991, en la España preolímpica, y acota su relato en tres días, los que van del 12 al 14 de junio, de un jueves a un sábado de madrugada, en unos sucesos paranormales que asolaron Vallecas en aquellos años, basándose en los informes reales del inspector encargado de aquellos casos.

El realizador valenciano crea esa atmósfera gris desde su primer instante, como viene anunciando el breve prólogo, de cuidada factura, en el que en una pantalla en negro, escuchamos la llamada de teléfono de socorro de la niña a la policía la noche de autos, inmediatamente, vemos coches de policía que cruzan la ciudad nocturna y lluviosa hasta llegar al piso, y nos sobrepasa un grito aterrador mientras miramos los rostros atónitos de los policías, y de ahí, abre al rostro de la protagonista que lentamente se despierta. La película está contada a través de la mirada de Verónica, la adolescente fan de “Héroes del silencio”, que escucharemos en su primer camino a la escuela con sus hermanos, el “Maldito duende”, después volveremos un par de veces más a los Héroes con el tema “Hechizo” en su parte final, y también, habrá otro momento para “El rompeolas” de Loquillo y los suyos. Verónica se mueve en ese tiempo de incertidumbre, de cambios hormonales y físicos, de dejar un tiempo sin fin a otro tiempo, el de la adolescencia, donde todo cambiará, donde se hará mujer (como ilustra una de las secuencias de la películas) en el que lo que empieza siendo un juego se convertirá en unos sucesos malignos que se apoderarán de ella, y la llevarán a un aislamiento mayor, si la ausencia del padre muerto, y la madre trabajadora, ya lo habían convertido en cotidiano.

Plaza construye su trama a partir de dos caminos, si bien, la película arranca como un drama social, en su primera mitad, donde una joven se ve inmersa en cambios y su ya citado aislamiento, y descubrimiento interior, en su segundo bloque, la película se centra en los sucesos paranormales, en el piso donde viven, la presencia de espíritus malignos, puertas y ventanas que se abren y cierran inexplicablemente, manchas oscuras, y movimientos de objetos, etc… Acontecimientos que Plaza va introduciendo lentamente, sin prisas, cogiendo al espectador de la mano y apretándosela cada vez más fuerte, sumergiéndole en un estado de ansiedad y angustia, al unísono de su protagonista, sin muy bien saber que ocurre y porqué. La película no deja de lado sus inspiraciones haciéndolas visibles como el giallo itanliano, con Argento a la cabeza, el universo Carpenter, las obsesiones entre fantásticas y domésticas del cine de los setenta de Saura, en especial Cría Cuervos…  (1975), del que realiza un sentido homenaje, y además, Ana Torrent, aparece como madre y llamándose Ana, y a Chicho Ibáñez Serrador y su maravillosa ¿Quién puede matar a un niño?

El inmenso trabajo de la debutante Sandra Escacena genera ese estado de caos emocional que vive la protagonista, esta princesa atrapada en un infierno doméstico del que no sabe ni como se ha metido, y sobre todo, como escapar de él. La mirada de la chica ahonda en ese descenso al infierno que es la película, su inocencia interrumpida y expuesta a los peligros de la edad adulta, desconociendo como hacer. La inmensa presencia de la gran Consuelo Trujillo (como la Hermana Muerta, en un cruce de la Mrs. Danvers de Rebeca, de Hitchcock, o el venerable Jorge de El nombre de la rosa) una monja ciega, que parece salida de ultratumba, en una presencia mágica y alucinante de la película, y el buen hacer de los niños, creíbles y fantásticos los tres pequeños, sin olvidarnos de las secundarias, la ya mencionada Torrent, y las Leticia dolerá y Maru Valdivieso, que ya habían formado parte del universo Plaza. Un universo inquietante, oscuro, maligno, donde las pesadillas más aterradoras nunca están fuera, sino en nuestro interior, en ese caos inmenso de emociones, angustias y miedos.

Toro, de Kike Maíllo

CARTEL-TOROTHRILLER A LA ANTIGUA USANZA.

Desde tiempos inmemoriales, el buen cine se ha revelado como un fiel reflejo de la situación social, política y económica del país en cuestión, erigiéndose como metáfora en la que se reflejaban todos los males de una sociedad enferma, perdida y corrupta. Después de la interesante e hipnótica Eva (2011) con la que debutó en el largo Kike Maíllo (1975, Barcelona), su nuevo trabajo supone una vuelta de tuerca en relación a la citada película. Si en Eva, componía un relato a medio camino entre la literatura de ciencia-ficción clásica, la búsqueda interior y una “love story” interrumpida, bajo una imagen estética de gran belleza, en la que se imponía una historia a la que le faltaba algo más de emoción. En Toro, se ha decantado por dos guionistas de gran calado y experiencia como Fernando Navarro (Anacleto, agente secreto) y Rafael Cobos (habitual de Alberto Rodríguez), en la que no falta de nada: ese sur, el de Marbella, Torremolinos…, de fuertes costumbres y tradiciones, la arquitectura vacacional de edificios con aliento espectral que desafían los límites arquitectónicos y estéticos, el mundo oscuro de los bajos fondos, persecuciones rodadas con gran nervio y sentido del espectáculo, y un buen puñado de personajes con enjundia emocional, apoyados por una fuerte estilización de la imagen que impregna la historia de ese aroma de pérdida, desilusiones y mugre que contamina todo el ambiente y a los personajes.

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El film se sumerge en una trama frenética y sangrienta, nos mete de lleno en 48 horas, en las que un pardillo e inmaduro tipejo que se hace llamar López, ha robado al capo, a Don Rafael Romano, éste envía a sus matones para cobrar, y López acojonado, pide ayuda a su hermano pequeño, Toro, que dejó ese mundo de mafiosos y gentuza, y está a punto de pasar al tercer grado de una condena de cinco años. Toro ha cambiado de vida, conduce un aerotaxi y vive con su novia. Pero todo cambia, y para peor, Toro, López, y la hija de este se sumergen en un huida a toda hostia, en la que deberán esconderse como alimañas perseguidas por Don Rafael y sus secuaces. La quemada y abstracta luz que impone Arnau Valls (responsable de la imagen de Eva, Anacleto o Naufragio, de Pedro Aguilera) actúa de forma impecable para llenar de contrastes y desazón todo lo que sienten unos personajes al límite y llenos de malasangre. Un montaje punzante y eléctrico obra de Elena Ruiz (las últimas de Coixet, entre otras) que mezcla con sabiduría los momentos que van a toda velocidad con los de apaciguamiento, llenan una película valiente, honesta y rabiosa, que se ve con mucho interés y atrapa desde el primer instante (con ese sublime arranque de luz tenebrosa en la que Don Rafael se encuentra con la echadora de cartas, en la que el destino toma la palabra y las emociones se disparan).

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Una cinta de buenos personajes, desde los matones a sueldo que limpian la mierda del jefe, destacando a Ginés, su hombre fiel, un tipo que obedece a un diablo con apariencia paternal, López (contenido y fantástico Tosar) en un personaje miserable, cobarde y vilipendiado, que no hace más que meter en líos a sus hermano, y vagar como un pobre diablo, Don Rafael Romano (como aquel Pepe, figura del macho en La Casa de Bernarda Alba, de Lorca, que además de citar a los clásicos, suelta perlas del tipo: “España es un país de malos hermanos” ó “La mala memoria, otros males de este puñetero país”), interpretando magistralmente por José Sacristán (convertido en icono y figura esencial en el cine español actual) que realiza toda una inacabable gama de recursos interpretativos, desde su forma de mirar, hablar y moverse. Sacristán es el capo del dinero sucio, la figura paternal para ellos, de los que saca toda la sangre y la vida, lo mejor de cada uno de ellos para su beneficio, un señor elegante, señorito andaluz, de la vieja escuela, vestido de los pies a la cabeza, sin escrúpulos, cofrade mayor, y que se maneja como Dios en ese inframundo de gentuza sin escrúpulos que mata sólo con oler el dinero.

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Y para finalizar, Toro (con un Mario Casas en plena forma física y emocional, que defiende un personaje fuerte pero sensible) representa a ese joven que ha dejado el mundo de Don Rafael, pero inevitablemente tiene que volver a él, y peor aún, enfrentarse a su figura. Toro es esos chicos de infancia perdida, de sinsabores y huidas constantes, que han sido amamantados por seres infectos e inmorales, que los han utilizado y exprimido para su beneficio económico y emocional, que no han conocido otra vida. Toro no puede dejar su pasado atrás, lucha contra fuerzas superiores que no puede vencer, su camino es ingrato y lleno de miseria y podredumbre, está condenado a un destino que lo persigue y lo ahoga sin remedio, sin posibilidad de escape, como los Cagney, Bogart, etc…, que también describía el cine clásico de los 30 y 40. La película no esconce sus referencias, los clásicos setenteros de Peckinpah, Lumet, Siegel, Pakula, Boorman o Pollack, por citar algunos, o el Spaghetti western de los Leone, Corbucci, etc… están muy presente, o los más cercanos en el tiempo y estructura, los thrillers asiáticos, o los trabajos de Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto ó Sólo quiero caminar), Urbizu (La caja 507 ó No habrá paz para los malvados) ó Rodríguez (Grupo 7 ó La isla mínima), películas que demuestran el buen pulso del género patrio, y que convierten a Toro, en una buena muestra de ese cine, en el que se mezclan las raíces más intrínsecas de lo nuestro, patria, religión, sangre y familia, con la mentira, extorsión y el retrato de un país amoral, lleno de sinvergüenzas que mienten, roban, y llegados al caso, asesinan y te borran del mapa.