Entrevista a Adriana López Sanfeliu

Entrevista a Adriana López Sanfeliu, directora de la película «Elliott Erwitt, Silence Sounds Good», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 4 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adriana López Sanfeliu, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Próxima, de Alice Winocour

MADRE Y ASTRONAUTA.

«La vida no es fácil, para ninguno de nosotros. Pero… ¡qué importa! Hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que sentirse dotado para realizar alguna cosa y que esa cosa hay que alcanzarla, cueste lo que cueste.»

Marie Curie

El 16 de junio de 1963, dos años después de Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova se convertía en la primera mujer en volar al espacio exterior. Le siguieron otras, igual de valientes y fuertes, hasta llegar a 1996 cuando Claudie Haignéré, era la primera mujer astronauta francesa que realizaba tal proeza. La directora francesa Alice Winocour (París, Francia, 1976) que ha dirigido dos largometrajes, Augustine (2012) ambientado a finales del siglo XIX, narra las vicisitudes de un doctor que experimenta con una paciente aquejada de una extraña enfermedad llamada histeria, en Maryland (2015) se centraba en las relaciones de un ex soldado con síndrome de estrés postraumático con la mujer y el hijo que protege de un rico libanés. En Próxima, que hace relación al nombre de la misión a Marte de un año, nos sitúa en una de las bases de la Agencia Espacial Europea, en la piel de Sarah, madre de Stella de 7 años, que está preparándose para participar en la misión, realizando difíciles y complejas pruebas para separarse de la tierra y convertirse en una persona del espacio, y por ende, separarse de su hija.

La directora francesa escribe un guión en colaboración con Jean-Stéphane Bron, que ya tuvo la misma función en Maryland, en el que nos introduce en la mirada y el cuerpo de Sarah, convirtiéndonos en ella, experimentando y sufriendo con todo lo que ella vive en la base, en una película reposada e íntima, que muestra aquella que raras veces enseña el cine, lo que hay antes de las misiones espaciales, toda la cotidianidad y esfuerzo por el que pasan los astronautas para convertirse en space person, como se menciona en la película. Además, en el caso de Sarah debe prepararse por partida doble, su labor profesional y su labor maternal, separarse de su hija que vive con ella, la que durante un año no podrá ver ni compartir, una niña que también debe aprender a separarse de su madre, romper y liberarse de ese cordón umbilical emocional y físico, que vivirá durante ese tiempo con su padre, un astrofísico, aquellos que se quedan en la tierra y hacen posible las misiones espaciales.

Winocour se desmarca de las películas sobre el espacio estadunidenses, más centradas en la espectacularidad y la aventura del viaje espacial, que en lo seres humanos que las protagonizan, y sobre todo, en todo aquello que dejan en la tierra, todas sus vidas en suspenso, todos esos seres queridos que dejarán de tratar y sentir. Próxima  estaría más cercana de las visiones humanistas e íntimas, que exploran las emociones de los astronautas y sus cuestiones personales, que hace el cine del este sobre estos temas, donde películas como Ikarie XB 1, de Jindrich Polak o Solaris, de Tarkovski, serían claros espejos donde se refleja la película de Winocour. La película nos somete a un durísimo entrenamiento físico, donde los astronautas se van convirtiendo en un viaje físico y emocional en el que dejan de ser terrestres para convertirse en criaturas del espacio, rodeados de máquinas, en que una especie de transmutación del cuerpo, como le ocurre a la propia Sarah con ese brazo mecanizado, convertida en una especie de cíbrogs, más en el universo del cine de Cronenberg.

Próxima es una cinta que nos habla de cuestiones que indagan entre lo cercano y lo lejano, lo íntimo y lo cósmico, que a simple vista podrían parecer cuestiones muy opuestas pero no lo son tanto, en una mezcla difícil de esclarecer entre aquello que se queda en la tierra, en el caso de Sarah, su vida y sobre todo, su hija Stella, y todo aquello que descubrirá y experimentará en su viaje espacial a un nivel físico y emocional. La naturalista y magnética luz del cinematógrafo Georges Lechaptois, habitual de Winocour, se alza como la mejor aliada para contar esta historia íntima y externa. El magnetismo y la fuerza que tiene una actriz como Eva Green, se convierte en el mejor aliado para interpretar a un personaje como Sarah, a la que veremos su capacitación para enfrentarse a las durísimas pruebas, pero también, la veremos en sus momentos de dudas y debilidades, como le ocurriría a cualquiera de nosotros, al lado de compañeros, con otras capacidades y habilidades, pero las mismas ofuscaciones y conflictos internos. Bien acompañada por Matt Dillon dando vida al compañero astronauta estadounidense, con su arrogancia y frialdad que esconde alguien de buen corazón, Aleksei Fateev como el compañero ruso, visto en el cine de Andrey Zvyagintsev, una especie de hermano mayor que le tiende la mano para superar esos problemas, que sabe que todos sufren.

La niña Zélie Boulant-Lemesle da vida a Stella, la hija de Sarah, también en un viaje de separarse, no de la tierra como su madre, sino de ella, de romper y liberarse de ese cordón umbilical emocional. Lars Eidinger es ese astrofísico centrado en su trabajo, ex marido de Sarah y padre de Stella, que asume el rol de padre después de solo dedicarse a su trabajo. Y finalmente, Sandra Hüller, que nos divirtió en la memorable Toni Erdmann, de Maren Ade, aquí en un rol que mezcla lo antipático, ya que representa el oficialismo de la Agencia, y lo delicado, ya que se encargará de la niña mientras está en la base. Winocour ha hecho una película sencilla, conmovedora y especial, que habla de la conciliación de trabajo y maternidad, desde una mirada íntima y muy sensible, mostrando todas las dificultades y alegrías que conlleva ser madre y astronauta, siendo muy honesta con el material humano y fílmico que tiene entre manos en un relato que nos habla de forma certera de aquello que no vemos sobre el universo del astronauta y forma parte de él de manera muy importante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fin de siglo, de Lucio Castro

EL AMOR Y EL TIEMPO.

 “Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo”

Mario Benedetti

La película arranca como esas películas de Rohmer en las cuales un personaje llega a una ciudad, en este caso Barcelona, se aloja en un piso, y callejea por sus calles, mirando a su alrededor, con tiempo para disfrutar de ese ambiente tranquilo, relajado y suave. Un prólogo en silencio, donde solo escuchamos el sonido de la cotidianidad del protagonista y la calle. Pero, pronto las cosas cambian, el visitante de nombre Ocho, se tropezará con Javi, y disfrutarán del sexo. Luego caminarán por la ciudad, por esa ciudad alejada de turistas, visitarán algún museo que otro, y divisarán la ciudad desde lo alto mientras comparten un queso y unos vinos, y además, hablarán de lo efímero de la existencia, los estados inciertos de cada uno y sus estados emocionales actuales. El director Lucio Castro (Buenos Aires, Argentina, 1975) después de una interesante trayectoria en el cortometraje, realiza una ópera prima repleta de hallazgos formales y visuales, contándonos varias películas dentro de una, con ese prólogo silencioso y enigmático, de un extranjero que llega a una ciudad que conoce, que desconocemos que hará y con quién se encontrará, casi como una película de misterio a la antigua usanza, luego, nos introduce en una historia de amor de chico conoce a chico, situándolo en un estilo cercano y sencillo, donde sus personajes hablan de la vida, de la existencia y demás, todo con un aire del aquí y ahora.

Aunque en un segundo bloque, el relato novedoso y peculiar, muy alejado de las típicas love story, nos traslada veinte años atrás, cuando Ocho y Javi se conocieron, mientras en otras circunstancias, y con el final de siglo, el 1999 a las puertas, donde los dos jóvenes tenían, como suele pasar, otras inquietudes profesionales y emocionales. A partir de ese instante, la película entra en otra dimensión, donde todo es posible, en que el tiempo y el espacio dejan de tener esa solidez tangible y se convierten en algo más nebuloso y especial, donde las cosas cambian de forma y estado, entre ese camino donde la película con tintes fantásticos, peor muy íntimos, conjuga a sus personajes y sus estados en otra cuestión, los lleva a convertirlos en otros, o simplemente, los introduce en esas vidas que no vivimos, en esos instantes que imaginamos peor que nunca vivimos o sí, porque el relato plantea una vida vivida o no, y aquella que vivimos o no, lanzando caminos abiertos que quizás caminemos alguna vez o quizás ya los hemos caminado en sueños.

Castro convierte su película en un relato romántico con ese aroma de la trilogía de Linklater con Hawke y Delpy, y esas derivas emocionales de una pareja a lo largo de su relación, o los universos reales e imaginarios de Gondry o Charlie Kaufman, mezclado con ese tipo de películas queer al estilo de Weekend, La herida o 120 pulsaciones por minuto, donde hay situaciones y personajes veraces, íntimos y actuales. El argentino Juan Barberini y el catalán Ramón Pujol  se meten en la piel de dos personajes sinceros y cercanos  que encarnan a la perfección la naturalidad y la complejidad de sus roles, y dándolo todo en las secuencias de sexo, mostrando su capacidad para mostrar esa relación fugaz o no, donde hay tiempo para la intimidad más sexual y pasional. Y Mía Maestro, la interesante actriz argentina, aquí da vida a uno de esos personajes que actúan como punto de inflexión para el devenir de los personajes principales, convirtiéndose en una especie de nexo común con los relatos que experimentan Ocho y Javi.

Una película alejada de estereotipos y corrientes del momento, centrada en saborear como una dulce brisa de primavera todo aquello que nos cuenta, en un marco sencillo y evocador, que se aleja de esa Barcelona asfixiada por el turismo invasor, yéndose a otros lugares más mágicos y naturales como el jardín botánico o el museos, como ese gran instante que viven los dos protagonistas que frente a un cuadro sobre una batalla, ocho explica que cuántos relatos de personas le hicieron falta al pintor para mostrar una batalla que no vivió. Una cinta pequeña pero emocionante, que se ve y experimenta desde diferentes tipos de miradas, que sabe captar ese tiempo incierto donde todavía andamos perdidos, andamos sin rumbo, donde todavía no sabemos qué hacer y sobre todo, nos inquieta que será de nuestras vidas, de todas aquellas personas que pasarán por nuestras vidas, algunas se quedarán, pocas, y las demás se irán para siempre o no, del amor fugaz o aquel que aguantará algo más, de las idas y venidas vitales, emocionales y sentimentales, de quiénes somos y sobre todo, que será de nosotros, de todas esas decisiones que decidirán nuestras existencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El escritor de un país sin librerías, de Marc Serena

LA GUINEA SILENCIADA.

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”.

Mario Benedetti

Guinea Ecuatorial ha sufrido dos siglos de dominación colonial por parte de Portugal y España. En 1968 con la recién inaugurada independencia y un camino por delante de ilusión y reparación, recuperó una libertad que le fue arrebata en 1979 con el golpe de estado de Teodoro Obiang, que instauró una dictadura que se ha convertido con cuatro décadas en el poder es la más longeva del mundo. Un país que sigue sufriendo, aunque eso no haya sido impedimento para que unos cuántos sigan reclamando derechos y democracia, y sigan creyendo que hay un futuro mejor para su Guinea Ecuatorial. Entre aquellos que siguen en la lucha encontramos a Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966) nacido en plena colonia española, de infancia difícil, pero ahora convertido en escritor reconocido internacionalmente, que vive exiliado en España desde 2011 debido a su manifestante condena al régimen autoritario de Obiang que le llevó a una huelga de hambre. Ahora, volvemos a Guinea de la mano de Juan Tomás Ávila, a través de su experiencia y a través de sus amigos, de aquellos activistas que siguen en la brecha intentando ofrecer ventanas de resistencia, aunque mínimas, mediante la política, la cultura y el activismo social.

El director Marc Serena (Manresa, 1983) autor del largo Tchindas (2015) que ponía el foco en Tchinda Andrade, un transexual de una pequeña isla de Cabo Verde, también codirigió junto a Biel Mauri el documental sobre autismo Peces de agua dulce (en agua salada) y ha escrito varios libros entre ellos ¡Esto no es africano!, un recorrido sobre amores prohibidos en el continente africano. Ahora vuelve a África para presentarnos El escritor de un país sin librerías, significativo título que pone de manifiesto las dificultades que anidan en un país sin libertad, derechos ni cultura. Un viaje de Barcelona a Guinea que hacemos a través de la mirada y la voz de Juan Tomás Ávila, en el cual conoceremos el pasado colonial español, su independencia y la llegada al poder de Obiang, la dictadura y sobre todo, el activismo de conocidos y amigos de Juan Tomás Ávila, que frente a la cámara explican sus actividades, entre las que destaca la función teatral que habla del pasado y presente de Guinea, y escucharemos a ex presos políticos que explican sus experiencias en la política y en la cárcel.

Haremos un repaso por la historia de Juan Tomás Ávila, un niño de una pequeña isla que creció y se convirtió en escritor, su literatura muy crítica contra Obiang y a su familia, a través de imaginativas y coloridas animaciones que dibujan su vida, acompañadas de música autóctona con artistas como Concha Buika o Negro Bey, entre otros. Serena nos cuenta de manera sencilla y honesta la realidad triste y silenciada de Guinea, a través de la mirada de Juan Tomás Ávila, un escritor humilde y reposado que se mueve por Guinea como alguien que sabe que su país ha quedado lejos de su vida, que está sin estar, como le espeta uno de sus amigos, alguien que conoce una realidad amarga y desesperanzadora de su tierra, que la mira con orgullo y pasión, pero se siente triste por la situación que atraviesa, que no tiene signos de mejoría, debido principalmente del apoyo que recibe Obiang de países como España y compañía. El director manresano se centra en las personas, en la actividad resistente de seres humanos que a pesar de la situación política de Guinea, siguen empecinados de mostrar otras realidades más humanitarias que viven, aunque sea medio en la sombra y ocultas en la realidad imperante de un país silenciado y vacío, que rinde culto y pleitesía a su dictador como si fuese una especie de mesías redentor.

La película muestra un activismo real y cercano, lleno de entusiasmo y humanista, y las personas que lo practican, haciéndose eco de una realidad que no llega a los medios internacionales, por falta de veracidad y atada a intereses económicos, recorriendo un país donde la gente vive a pesar de las restricciones, de los conflictos sociales y demás problemas que atraviesa el país. Un obra necesaria y valiente que ayuda a enseñar una realidad silenciada, una realidad oculta, una realidad que existe, que se mueve y sigue luchando, ofreciendo una vida diferente y ajena a la realidad de oropel para unos cuantos privilegiados que vende el régimen autoritario de Obiang, como los fastos pro su cumpleaños o las ristras de hoteles y residencias de la élite del país, una realidad falsa, vacía y superficial que dista mucho de la realidad de la mayoría de ciudadanos que se levantan cada día trabajando por un poco y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/365060331″>Tr&aacute;iler &quot;El escritor de un pa&iacute;s sin librer&iacute;as&quot;</a> from <a href=»https://vimeo.com/foradequadre»>Fora de Quadre</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Nora Sala-Patau y Alberto Dexeus

Entrevista a Nora Sala-Patau y Alberto Dexeus, actriz y codirector de la película «Les perseides», en el Estudi Lamppost en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nora Sala-Patau y Alberto Dexeus, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Eloy Enciso

Entrevista a Eloy Enciso, director de la película «Longa noite», en el Soho House en Barcelona, el lunes 2 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eloy Enciso, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaria y Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El joven Ahmed, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

CUENTO SOBRE EL ODIO.

“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”

Víctor Hugo

De los 11 largometrajes de ficción, amén de sus más de 80 documentales dirigidos y producidos, de Jean-Pierre Dardenne (Engis, Bélgica, 1951) y Luc Dardenne (Awirs, Bélgica, 1954) muchos de ellos están dedicados a retratar y profundizar en la vida de adolescentes y sus conflictos, tantos internos como exteriores. Muchos recordarán a Igor, el chaval de La promesa (1996) tercer largometraje de los Dardenne que los lanzó internacionalmente, que se encontraba en la tesitura de llevar a cabo la última voluntad de un inmigrante y enfrentarse al déspota de su padre. En Rosetta (1999) una adolescente que vivía en una caravana junto a su madre alcohólica hacía lo imposible para mejorar su existencia. En El hijo (2002) Francis, un niño problemático recién salido del reformatorio entraba a trabajar en una carpintería. En El niño (2005) una pareja de pipiolos padres de un niño se enfrentaban a las duras condiciones de vida con trapicheos y ayudas sociales. En El niño de la bicicleta (2011) Cyril era un niño desamparado que encontraba consuelo en una peluquera de gran corazón.

El nuevo chaval se llama Ahmed, el niño musulmán de 13 años de El joven Ahmed. Un niño sin la figura del padre y con una madre alcohólica y desbordada por la difícil situación en casa, un hermano muerto convertido en mártir para su religión, encuentra en un imán manipulador el guía no solo espiritual sino también el camino para adentrarse cada vez más en el fanatismo religioso e intentar asesinar a su profesora. Después de ese suceso, Ahmed es internado en un centro de reeducación de menores, en el que utilizan terapias como trabajar en una granja, hacer deporte para redimir sus acciones y enfrentarse a sus consecuencias. Los Dardenne, como es habitual en su cine, colocan el foco de la acción en la mirada y movimientos de Ahmed, al que seguimos día y noche, a partir de sus acciones en un drama social íntimo y valiente.

La película está compuesta en tres actos, más o menos reconocibles. En el primero, conocemos a Ahmed, su instituto, su relación distante y fría con u profesora y familiar, la fraternidad con la que lo trata el imán, un líder religioso y paternal para él, y su modus vivendi de rezos, su hermetismo y su inalterable carácter completamente supeditado a los deberes y órdenes de su imán y su religión. En el segundo acto, después de su intento de asesinato, Ahmed ingresa en un centro para menores conflictivos, en que Francis, el niño de El hijo, tendría muchos paralelismos con la vida de Ahmed, con el añadido de la religión, espacio de espiritualidad, pero también de fomento del odio y la diferencia, convirtiendo a Ahmed en una víctima más de tipos como el imán que se utilizan de la religión para radicalizar a chavales y llevarlos a una ruina segura. En el tercer acto, quizás el más breve, la película se sumerge en las continuas idas y venidas de Ahmed, a nivel emocional, en el que descubrirá el despertar a la vida, los cambios de su edad o los primeros coqueteos con el amor, a través del personaje de Louise, la hija de los granjeros donde va a trabajar, y los conflictos internos de ser infiel a su religión y liberarse de tanto odio.

La cinta bañada por esa luz íntima y cercana, donde los cuerpos y la piel adquieren una textura táctil, obra de Benoît Dervaux, operador de los Dardenne desde La promesa, que aquí coge las riendas sustituyendo al gran Alain Marcoen, el cinematógrafo de casi toda la filmografía de los hermanos belgas, con el excelente y cortante montaje obra de Marie-Hélène Dozo, habitual de los Dardenne, con esa forma tan característica del dúo, donde la cámara sigue implacable a los personajes, encuadrándolos en unos planos asfixiantes y muy cercanos, dejándolos casi sin aliento, recorriendo junto a ellos sus movimientos, miradas y gestos, mostrándolos de esa realidad construida que tanto les gusta a los Dardenne, donde el personaje se mueve no solo en un espacio físico, sino también, en un paisaje político y social, y en este caso, religioso, donde anidan las diferencias sociales, las injusticias y las desigualdades. En esos lugares donde vivir se convierte en un desafío constante, donde la indiferencia de los gobernantes provoca que muchas personas, entre ellas adolescentes, vivan tirando del carro de unos padres despreocupados y en la indigencia, eso sí, el carácter social y férreo del cine de los Dardenne no cae en la caricatura ni en el sentimentalismo como pasaba en Plácido, de Berlanga, sino que el retrato acoge una parte de esa durísima existencia, suficiente para imaginarse como ha sido esa vida antes y como será después.

Los cineastas belgas siguen fieles a su forma de ver el cine y retratar a sus personajes, envueltos en esos barrios periféricos donde las existencias jodidas de muchos se mueven dando bandazos y caídas, si bien hay que puntualizar que en El joven Ahmed, con sus coqueteos con el género, como ya ha ocurrido en otras películas del tándem como El silencio de Lorna o La chica desconocida, el centro de todo se deriva de la religión y sus malas praxis en la mente de un chaval de 13 años que acaba creyéndose ese odio hacia aquellos que no piensan como él, convirtiendo a los amigos y familiares en enemigos de su religión, una educación negativa que lleva a la ruina a chavales que buscan referentes y desgraciadamente, los encuentran en figuras fanáticas como el imán de turno. Una cinta magnífica e intensa, con una cálida y difícil interpretación de Idir Ben Addi, dando vida al esquivo y conflictivo Ahmed, bien secundados por el resto del reparto, creando esa naturalidad y espontaneidad que tan bien reflejan los Dardenne. El relato, conciso y rítmico, sabe manejar las complejas relaciones entre unos y otros, entre la educación y la religión, colocando en el centro de la acción todos los conflictos que se generan en Europa debido a todas estas situaciones difíciles de manejar, donde cohabitan múltiples formas de vivir, religiones y relacionarse socialmente. Situaciones que los Dardenne saben explorar y transmitir de un modo íntimo y desgarrador, mostrando la vulnerabilidad de tantos adolescentes como el caso de Ahmed, víctimas propias de la sinrazón. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Les Perseides, de Alberto Dexeus y Ànnia Gabarró

MAR Y LOS FANTASMAS.

“La memoria es el espejo donde vemos a los ausentes”

Joseph Joubert

Primero fue Sobre la marxa, le siguió Les amigues de l’Àgata, luego apareció Júlia ist, más tarde vino Yo la busco, y este mismo año, Ojos negros. Todas ellas tienen en común haber nacido como proyectos de final de carrera en la Universidad Pompeu Fabra. A esta terna de cinco se une ahora Les Perseides, puesta de largo de Alberto Dexeus y Ànnia Gabarró, los dos del 1994 y de Barcelona, que junto a Maria Colomer, coguionista, escriben una película que nos habla desde la más absoluta intimidad y cercanía el relato de Mar durante un verano que arranca desidioso y vacío para encontrar su propia aventura localizada en Escatrón, un pequeño pueblo situado en la Ribera Baja del Ebro, en la provincia de Aragón, un lugar extraño y peculiar, con muchas casas abandonadas y la central térmica como guardián vigilante de un pasado enterrado que empieza a remover sus raíces. Mar se envolverá de las leyendas y los cuentos que se narran en el pueblo, a modo de ficción, como si se tratasen de relatos e historias de fantasmas, que en realidad tienen mucho que ver con lo sucedido durante la Guerra Civil y el franquismo, todas aquellas historias reales convertidas en cuentos de terror.

Dexeus y Gabarró construyen una delicada y sensible película sobre la difícil etapa de la adolescencia, de una niña que está en ese período de transición entre una edad y otra, casi una náufraga todavía sin referentes claros, buscándose esa identidad que se está construyendo, situada en ese verano en el que le ha tocado con su padre pasar unos días en la casa que fue de los abuelos, con padres divorciados, y un padre distante y ajeno, y una madre con la que se comunica por teléfono, y en un pueblo en el que todo parece detenido y anclado en el pasado, donde parece que no hay nada que hacer, donde todo parece tan extraño a ella, a lo que ella recuerda, con unos abuelos que no conoció, con las historias de sus abuelos alejadas en el tiempo y en su conciencia. Una forma intensa y asfixiante que recoge el espíritu del cine de Lucrecia Martel, en que el espacio abierto incluso también deviene un atmósfera cerrada y oscura, el mismo viaje emocional que experimentará la protagonista, del desconocimiento puro a conocer las historias de la guerra, aunque sea  a través de la ficción y sea casi por un resquicio de luz.

La penetrante y cercana forma en la que el tándem Dexeus y Gabarró filma esos espacios vacíos, donde el tiempo se ha detenido, sumergiéndonos en esa España vacía, en la que la falta de oportunidades laborales ha dejada despoblada el universo rural, recogiendo todo lo que hay en el presente continuo de la película, y todo lo que fue, lo que se vivió, donde entra la memoria histórica de la guerra, esa que tantos sectores del poder quieren que siga enterrando y oculta. Mar, a través de las historias que cuenta la niña del pueblo, nos introducirá en ese misterio, en esa aventura de conocer el pasado, de crecer y despertar a la vida, a esa edad adulta donde las cosas siempre tienen menos color y todo parece más vacío y superficial, a darse cuenta que las cosas son siempre diferentes a lo que nos cuentan y sobre todo, darse cuenta que el tiempo siempre va hacia adelante y hacia atrás ininterrumpidamente, mezclándolo todo y generando nuevas miradas y experimentaciones con los espacios y la memoria que ocultan.

Tiene la película ese aroma que tenía el cine español de la transición o principios de la democracia, en su manera de reivindicar la memoria ocultada y silenciada durante el franquismo, a través de películas como La prima Angélica o Cría cuervos, ambas de Saura, El Espíritu de la colmena, de Erice, o El amor del capitán Brando, de Armiñán, entre otras, en las que a partir de figuras infantiles se volvía a mirar el pasado de la guerra civil y el terror del franquismo, a través de tantas ausencias familiares convertidas en fantasmas que siguen entre nosotros, sin encontrar su ansiado descanso, a partir de la reivindicación de sus figuras y su memoria, devolviendo a la actualidad esa parte de la historia para comprender mejor el presente turbio y oscuro que se cernía en los años difíciles de la transición, dejando patente la necesidad creativa de hablar y explorar todo aquella historia que se enterró y ocultó a todos, en que el cine se acercó a ella a través del relato de los vencidos y las consecuencias terribles que sufrieron durante la guerra y el franquismo.

El increíble magnetismo que desprende Nora Sala-Patau, con esa mirada y gesto silenciosos, de una niña que a través de los espacios abandonados y las reminiscencias del pasado y la memoria irá despertando en ella esa inquietud del conocimiento donde todo ese entorno fantástico le devolverá el pasado más oscuro de la guerra y la enfrentará a reflejarse en ese espejo de tantos muertos sin descanso y tantos fantasmas que todavía pululan por esos lugares enterrados y olvidados. Dexeus y Gabarró han construido con sensibilidad y honestidad una mirada sencilla, necesaria y valiente sobre nuestro pasado oscuro y como llega y afecta a las generaciones más jóvenes, aquellas que todavía desconocen esa historia y se mueven a modo de juego fantástico y de relatos de terror por esos paisajes de la memoria, deslizándonos por esta fábula de nuestro tiempo, del aquí y el ahora, de mirar al pasado y sobre todo, conocerlo y rendir memoria a los espectros de nuestra historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/372841061″>LES PERSEIDES – Trailer CAT</a> from <a href=»https://vimeo.com/boogaloofilms»>Boogaloo Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Solan & Eri, misión a la luna, de Ramus A. Sivertsen

EL ESPACIO Y MÁS ALLÁ. 

Solan y Eri nacieron alrededor de los años cincuenta en el diario Mannskapsavisa de la mano del dibujante y caricaturista Kjell Aukrust (1920-2002). Pronto las historias del pato Solan y el erizo Eri, junto con su humano creativo e inventor, se convirtieron en muy populares entre la audiencia finlandesa, pasando a libros y otro tipo de publicaciones. En 1975 el director Ivo Caprino ya llevó una de sus historias a la gran pantalla con Grand Prix en la montaña de los inventos, que distribuyó Pack Màgic, en la que el peculiar trío se enfrascaban en la construcción de un coche de carreras para participar en una carrera en su pueblo de Flaklypa. En Solan & Eri, misión a la luna, se basa en los personajes creados por Aukrust pero con la variedad que la historia nace de la imaginación de Ramus A. Sivertsen (Inderoy, Noruega, 1972) director y animador que lleva desde el año 2008 haciendo películas de animación cosechando grandes éxitos como la trilogía de Flaklypa, en la que ya experimentó con los personas de Solan y Eri, o las populares El bosque de Haquivaqui o Dos colegas al rescate, estrenadas en España.

En la nueva aventura, recoge el espíritu de Aukrust para llevarnos a un historia en la que el trío protagonista pretende ir a la luna medio siglo después de la primera llegada. Sivertsen mediante técnicas de stop motion y steampunk, dan vida a estos cercanos y excéntricos personajes, encabezados por Solan, un pato intrépido y valiente, junto a él, su fiel amigo y compañero Eri, un erizo demasiado prudente y acobardado, y para cerrar este terna nos encontramos con el humano con el que viven, un señor que vive en lo alto de una montaña en la que aparte de arreglar bicicletas, es un consumado inventor de todo tipo de artilugios motorizados como coches de carreras y cohetes. La película tiene una retahíla de secundarios que se mueven entre lo excéntrico y la crítica social como el recto y parsimonioso representante del gobierno, que propiciará el viaje con la financiación, la aprovechada y egocéntrica alcaldesa, los reporteros que cubren el viaje a la luna, que parecen una pareja de humoristas, el bobo y el pasota, o ese fabricante de quesos que ve en la luna una forma fácil de sacar dinero.

El relato contiene de todo, humor irónico, muy crítico con los poderes, y también, ese humor irreverente, en el que las situaciones que se van generando tienen mucho de slapstick a lo Keaton, Lewis o Sellers, creando situaciones inverosímiles pero tremendamente divertidas, en este extraño y cercano viaje a la luna, con todo ese funcionamiento del cohete, entre lo más artesano y mecánico, en el que el universo de Julio Verne es una de las grandes fuentes de inspiración. La película tiene ritmo y honestidad, no cesan de suceder situaciones que complican aún más si cabe el viaje, como inesperados tripulantes del viaje, o alguna que otra idea del representante gubernamental que tiene otros planes con la luna. La película es divertida, creativa y extraordinariamente imaginativa, conservando el espíritu productivo y creativo de grandes del género como Svankmajer, Trnka o Nick Park, creador de Wallace & Gromit, pero también muy crítica con los tejemanejes del poder y su forma de embaucar a unos aventureros inocentes como Solan, Eri y el inventor, para que ejecuten, sin saberlo, sus planes demoníacos.

En sus ochenta minutos trepidantes encontramos de todo, amistad, fraternidad, compañía, pero también, intereses, egoísmo, afán de protagonismo y una mala praxis de la utilización de los recursos personales y naturales. Un relato que nos interpela directamente a los espectadores, en cuestiones que nos atañen como la utilización de los recursos económicos por parte del gobierno, las malas prácticas de os recursos naturales, y ese afán de protagonismo y de invasión ajena para embolsar las cuentas, ajenos a las necesidades de la población. Una película que hará disfrutar a los más pequeños de la casa, y a sus padres acompañantes, porque hay para todos, donde la comedia disparatada y de tartazos se mezcla con la crítica al poder, pero haciéndolo de forma divertida y cercana, alejándose de la moralina tan añeja o el sentimentalismo de otros filmes, aquí se habla de amistad y compañerismo, de ir todos a una, ayudándose y siendo uno, creando esa empatía necesaria para vencer los obstáculos que se presenten, y sobre todo, entender al que tenemos delante, sin importarnos sus defectos o debilidades, sino abrazando todas sus virtudes y apoyándolos, creyendo en ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Longa Noite, de Eloy Enciso

LA LARGA NOCHE FRANQUISTA.

“Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”.

Jean-Marie Straub

En la obra teatral Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinistierra, que a su vez hacía referencia a Terror y miseria en el Tercer Reich, de Bertolt Brecht, se hacía un retrato cotidiano de los años de la posguerra, a través de nueve piezas, en el que nos adentrábamos en las existencias difíciles y durísimas de los vencidos y aquellos que apoyaban el régimen, todo contado con una crudeza e intimidad que helaba la sangre. El cineasta galego Eloy Enciso (Lugo, 1975) ya había dejado síntomas de su talento narrativo y formal en películas como Pic-nic (2007) en el describía con acierto y crítica el llamado “tiempo libre” de unas personas en una playa en pleno mes de agosto. Con Arraianos (2012) nos situaba en un pequeño pueblo perdido en las montañas de la frontera entre Galicia y Portugal, para describirnos un mundo mágico, sincero y cotidiano, entre la verdad y el sueño, protagonizado por los mismos habitantes.

Ahora, y siguiendo el marco que proponía en su obra Sanchis Siniestierra, se adentra en aquel primer franquismo, aquel que abarca del año 1939 al 1953, para contarnos la vuelta de un represaliado de nombre Anxo a su pueblo en la montaña, a través de tres capítulos o partes, en un camino con el que se cruzará a diferentes personajes en su cotidianidad, unos vencidos y otros vencedores,  como un hombre y una mujer pobres que piden en la puerta de una iglesia, una viuda que no quiere recordar, un comerciante que emigra, un prisionero republicano que describe su calvario, un comerciante con ideas liberales, o una señora en una estación con un discurso de derrota, o el alcalde populista y demás historias de exilio, miedo y represión de aquella España rota y desangrada. Todo articulado a través de diálogos basados en textos de autores como Rodolfo Fogwill, Max Aub, Alfonso Sastre, José Mª Aroca, Luis Seoane, Ramón De Valenzuela, Marinhas del Valle, Ángeles Malonda, divididos en los tres bloques anunciados. El exilio sería el primero, el segundo abarcaría aquellos que se quedaron, los que sufrieron la venganza y la represión franquista, y finalmente, en el tercer tramo, escucharemos las cartas de prisioneros y prisioneras que envían a sus familias y amigos desde la cárcel.

Enciso realiza un bellísimo y aterrador viaje hacia las profundidades del franquismo, a través de la figura de Anxo, que lentamente se irá convirtiendo en ese fantasma envuelto entre la bruma y la espesor del bosque de los espectros, de aquellos olvidados, de los que ya no tienen voz, de los desaparecidos, de todos los que perecieron ante la crueldad franquista. Una película poética, sincera e íntima que evoca aquellos años para entender los actuales, para analizar desde el prisma cotidiano de tantas personas ejecutadas y perseguidas, lanzando una mirada llena de amargura y soledad de cómo se construyeron los cimientos del estado actual, a partir de tantos olvidos, desaparecidos y crueldad. La exquisita y hermosísima luz de Mauro Herce, cinematógrafo indispensable en el cine gallego actual más crítico y audaz, nos envuelve de ese aroma cotidiano del aquí y ahora, a través de la sinceridad y la dureza de unos rostros perdidos y rotos, y unos espacios que van desde la más absoluta cotidianidad urbana, con esa luz apagada y cruda, para lentamente adentrarnos en la naturaleza y en ese bosque perdido, con esa luz más artificial y espectral, con ecos a la luz que hizo Teo Escamilla para Feroz, de Gutiérrez Aragón, donde parecen encontrarse todas las almas torturadas y olvidadas.

El penetrante y suave montaje de Patricia Saramago (habitual del cine de Rita Azevedo Gomes o Pedro Costa) que sabe captar esa armonía que tanto necesita una película que no solo muestra rostros y cuerpos sino que abre la puerta para que nos adentramos en las almas y conciencias de sus personajes, y sobre todo, en todo aquello que han perdido y jamás volverá. Y qué decir de la conmovedora y sensibilidad de las interpretaciones de este grupo humano que encarnan a los personajes, reclutados entre los grupos de teatro aficionados gallegos, de gran tradición en Galicia, que construyen unas miradas, rostros y diálogos desde la verdad, desde lo más profundo, y desde lo poético. Enciso recoge el aroma de las películas del este como el cine de Klimov o Tarkovski, como ese viaje por el río donde nos adentramos en otro mundo, en otra dimensión, cruzando esa frontera, tanto física como emocional, donde el agua y el sueño se confunden para crear un espacio espectral y poético, con aquel aroma de viaje-pasado-sueño que podemos ver en el Carlos Saura de La prima Angélica, en el cine de Theo Angelopoulos de La mirada de Ulises, el de Pedro Costa de Cavalo dinheiro (2014) el de Apichatpong Weresethakul de Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010) o el de Bi Gan en Largo viaje hacia la noche (2018) con resonancias evidentes con la película de Enciso, en la que sus personajes volvían de manera física y emocional a aquellos momentos de su memoria que siguen vivos en su interior.

Enciso vuelve no solo a la memoria de unas gentes sino a toda la memoria de un país, evocando aquellos años de oscuridad, con una película evocadora, de rescate, de mirar al pasado, a nuestro pasado, siguiendo a Anxo, a alguien que no habla, que no emite palabras, porque quizás ya no quedan, que entrega una carta, convertido en testigo de todo, en una voz y cuerpo de tantos otros que ya no están. El cineasta galego ha construido una obra de gran calado cinematográfico, envolviéndonos en aquellos años de terror y miseria del franquismo, evocando aquellos fantasmas olvidados, aquellos fantasmas tan presentes en la actualidad, aquellos muertos sin dignidad, tantos y tantos que murieron en el olvido, abocados a la fosa del olvido, que siguen violentando un presente demasiado ensimismado en sí mismo, aterido de frío, incapaz de mirar al pasado y rendir cuentas de todo aquello, a mirarse en aquel espejo de violencia y muerte y no sentirse cobarde y ciego ante tanta injusticia cometida, donde la película de Enciso se erige en una película de recuperación y memoria, sobre la dignidad de tantos, sobre lo que fuimos y somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA