Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.

Gabrielle, de Louise Archambault

gab1La Joie de vivre (La alegría de vivir)

 Gabrielle tiene 22 años y vive en un centro para personas con discapacidad intelectual, porque padece el Síndrome de Williams.  Su cotidianidad gira en torno a las clases que recibe, las excursiones que realiza junto a sus compañeros, y los ensayos en el coro de Las musas del centro, donde manifiesta un talento excepcional para el canto. Algunos días los pasa junto a Sophie, su hermana mayor -en conflicto emocional porque se debate entre estar con su pareja en la India de cooperantes o el cuidado de su hermana discapacitada-, que la tutela debido a la ausencia de la madre, que está demasiada ocupada con su profesión y su novio. Su vida toma un giro inesperado cuando se enamora de Martin, uno de sus compañeros con los que comparte confidencias y risas. Pero la relación de los dos jóvenes choca frontalmente contra la oposición materna. Por un lado, la madre de Martin, lo sobreprotege y anula cualquier síntoma de desarrollo emocional de su hijo. Por el otro, Sophie, apoya a Gabrielle a nivel personal y emocional, y se manifiesta a favor de la relación. Louise Archambault, de origen canadiense, nos plantea en su segunda película, hablada en francés, un relato sobre la aceptación de la diferencia, el derecho a ser felices a pesar de  ser “diferentes”. Un relato emotivo y tierno donde emerge la figura de Gabrielle – maravillosa la composición de la joven Gabrielle Marion-Poulin, que padece la misma enfermedad que el personaje- un personaje que nos contagia con sus ganas de vivir, y combate con uñas y dientes por ser aceptada como una más, una joven que luchará a pesar de sus limitaciones para demostrarse a sí misma y a los demás, su capacidad para vivir su vida y disfrutar de su amor con Martin. Filmada de manera naturalista, apoyándose en un estilo directo, cercano y sencillo, la cámara de Archambault no juzga en ningún momento, se reserva el personaje de observadora/cronista del relato. Gabrielle es la figura omnipresente en el transcurso del conflicto, conocemos la historia bajo su punto de vista, reímos y disfrutamos con ella, pero también, nos angustiamos y emocionamos, cuando no sale airosa ante los embates de la vida que se cruzan por su camino. Gabrielle es una soñadora, una persona con grandes dosis de entusiasmo, que a veces se siente incomprendida y sola, y en otras,  se comería su mundo, que es a la vez muy frágil y de una contundencia aleccionadora. Su manera de enfrentarse a sus problemas es contagiosa, de una pureza inocente y fuerte. Destacar la interpretación de Alexandre Landry (Martin), que consiguió el premio al mejor actor en el Festival de Gijón. La cinta premio del Público en Locarno, es un maravilloso cuento contemporáneo fabricado desde la  intimidad y la sensibilidad, que huye de  apuntes condescendientes, mirándonos de frente y apropiándose de nuestra mirada ante esta fábula contemporánea sobre la felicidad, la diferencia y el sentido de la vida, a patalear ante las injusticias y luchar por seguir siendo lo que queremos ser.