Varda por Agnès, de Agnès Varda

LA DESPEDIDA DE AGNÈS.

“La gente que me rodea me fascina. No importa dónde se encuentre. En las calles de mi barrio de París, en Nueva York, sean los protagonistas de mis historias o gente corriente que me surge por una esquina”.

Agnès Varda.

El pasado 29 de marzo de este año fallecía Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928) una de las más grandes cineastas de la historia del cine, precursora en muchos aspectos cinematográficos, investigadora ferviente de la técnica y la representación artística en todos sus aspectos, materias y formas, que ha seguido explorando los caminos del cine hasta el fin de sus días. Ahora, nos llega su última película, su despedida del arte que más le ha dado en su vida, y adopta el título de Varda por Agnès, mismo título que el libro que en 1994 publicó la Cinemateca francesa con motivo de una retrospectiva. Una retrospectiva, un repaso minucioso y profundo de su obra guiada por ella es el contenido de la película. Una película que a modo de “MasterClass”, Agnès, la mujer nos habla de Varda, la cineasta, sumergiéndonos en un viaje dividido en dos partes bien diferenciadas. La primera, llamada “Analógica”, arranca en 1954 con La pointe courte, film que se adelantó a la Nouvelle Vague varios años, donde mezclaba la ficción en forma de historia de amor tormentosa con el documento, registrando la vida cotidiana de las gentes del lugar.

Este primer bloque concluirá con la película Las mil y una noches de 1994. La segunda parte a la que denominara “Digital”, se inicia con la película Los espigadores y la espigadora del año 2000 y finalizará en el 2018 con Caras y lugares. Varda sobre un escenario, sentada y micrófono en mano y dirigiéndose a diferentes públicos habla de su cine, su forma y fondo, pero no lo hace de forma cronológica, sino de forma asociativa, realizando continuos saltos en el tiempo, centrándose en las diferentes texturas y formas cinematográfica, adentrándose en movimientos de cámara, en aspectos de luz, la interpretación de sus actores y actrices (como ese momento impagable y maravilloso cuando Sandrine Bonnaire la visita, y desde la tarima donde está colocada la cámara, simulando un plano de Sin techo ni ley (el relato profundo e intenso de una vagabunda y su deambular conociendo personas de todo tipo)  la actriz y la cineasta conversan rememorando el citado rodaje de la película, en el que la vida y el cine se confunden y se mezclan maravillosamente bien para sumergirnos en una especie de limbo inigualable.

Varda nos habla con voz reposada y honesta profundizando en todos los detalles técnicos y emocionales de sus obras, contextualizándolas y sobre todo, detallando su aspecto anímico y las circunstancias de la película, el carácter indomable para levantar proyectos, su visión feminista en la que construyó inolvidables personajes femeninos, y criticó con dureza todas aquellas situaciones en las que se menospreciaba a las mujeres, una mujer libre y cautivadora como su cine que trabajó incansablemente para seguir en la brecha más de seis décadas y mostrando un espíritu libre y curioso que la acompañó hasta sus últimos años, con una obra compuesta de un puñado de cortometrajes, la veintena de títulos cinematográficos entre ficción y documental, o más bien podríamos decir que sus películas son obras que fusionan las dos formas de ver o de hacer, y su trabajo expositivo, en el que Varda da buena cuenta de sus instalaciones, sus orígenes y su realización. Para los que conocemos la intensa y magnífica obra de Varda, la película nos ayuda a recordar las películas, tanto sus aspectos argumentales y formales, como aquello de la vida que sucedía cuando se hacía la vida cinematográfica, que explica con detalle y emoción Ángel Quintana en su extraordinario libro Después del cine, cuando hacía referencia al rodaje de Casablanca, y toda la realidad vital de su equipo técnico y artístico en ese contexto histórico en plena Segunda Guerra Mundial.

También, es una película fantástica para todos aquellos que conozcan poco o nada la vida y obra de Varda, porque descubrirán por primera vez sus películas, todo su amor por el cine y la vida, como evidencia en su minuciosa explicación sobre el tiempo cuando rememora la película Cleo de 5 a 7, en la que la escasez económica propició una forma cinematográfica natural y a tiempo real. Y también, se emocionarán escuchando la sencillez y naturalidad de una mujer a contracorriente, una mujer inteligente y audaz, alguien que se enfrentó al cine y a todo su entorno masculino con el objetivo firme e inteligente de poder hacer cine y contar las historias que nadie había contado antes o simplemente ofrecer su mirada femenina a ciertos temas que antes solo habían tocado los hombres, vino para quedarse, para ir más allá, como su etapa estadounidense con un relato sobre hippies o filmando esos murales pintados que daban cuenta de una nueva forma de vida y expresión cultural.

Sus maravillosas La felicidad, en la que exponía con aplomo y sobriedad la vida conyugal enfrentada al amor intenso, Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe, una pieza de 8 intensos minutos donde enfrentaba a la sociedad patriarcal con el testimonio de múltiples mujeres, Daguerréotypes, sobre los habitantes de la calle donde reside, Jacquot de Nantes, en la que describía la infancia de su marido Jacques Demy, o su última etapa y el descubrimiento de la tecnología digital que le ofreció hablarnos en primera persona de sus reflexiones sociales, culturales y económicas de los cambios en el nuevo milenio creando relatos sencillos, artesanales e intimistas, como una vuelta a los orígenes del cine, en títulos como Las playas de Agnès o la citada Caras y lugares, donde su presencia se hizo más evidente, más personal y sobre todo, haciendo gala de un humor irreverente, irónico y sagaz, dejando bien claro que el cine y la vida de Varda eran uno solo, y el cine seguía latiendo en su interior, independientemente del formato técnico que utilizaba en la que su mirada hacia las personas y los lugares seguía siendo libre, única, personal y muy profunda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A Good American, de Friedrich Moser

a_good_american-284301233-largeEL PATRIOTA TRAICIONADO.

“(…) si quieres que se haga algo debes hacerlo tú. No hay que pedir permiso, solo pedir disculpas, si es necesario. A veces no es necesario. Si el problema está arreglado, ya no hay problema”.

Bill Binney

En la actualidad, los gobiernos, amparados en la seguridad nacional, han invadido cualquier lugar del mundo instalando cámaras, servicios de vigilancia, y todo tipo de aparatos digitales en los que pinchan nuestros móviles, conexiones a internet, etc… con el fin de controlar y espiar a todos los ciudadanos del planeta, los cuales, aparte de vulnerar nuestra intimidad y privacidad, nos hemos convertido, sólo por el mero hecho de existir y utilizar estas nuevas tecnologías, en hipotéticas amenazas para el mundo en el que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. El cineasta Friedrich Moser (1969, Austria) que ya presentó hace cuatro años el documental Los negocios de Bruselas (¿Quién dirige la Unión Europa?), codirigido con Matthieu Lietaert, en el que sacaba a la luz las entrañas podridas y corruptas de la estructura económica de una organización más propia del mundo del hampa que de una asociación democrática de un grupo de países para cooperar y velar por los intereses de los ciudadanos.

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Ahora, su objetivo son los EE.UU. y su Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y más concretamente uno de sus miembros más prestigiosos, Bill Binney, criptógrafo y director técnico, especializado en el análisis de información,  que junto a su quipo de analistas de datos crearon el “Thin Thread”, un sofisticado programa de recopilación de datos que contenía un sistema de última generacón que una vez almacenaba la información, conseguía filtrarla por objetivos, y dejar solo aquellos datos de suma importancia, además, de dejar fuera todos aquellos datos que invadían la intimidad de los ciudadanos de a pie. Moser nos cuenta su película a través de un docu-thriller, como ya hizo con su anterior cinta, investigando los orígenes de Binney, su reclutamiento durante la guerra del Vietnam y su inicio de  trabajador de incógnito para los servicios de inteligencia, pasando por las diferentes áreas investigando y recopilando datos de las posibles amenazas, y el cambio que supuso el final de la Guerra fría y los nuevos enemigos del terrorismo árabe internacional, y su manera de actuar a través de las redes informáticas, la modernización de su trabajo con el “boom” de la era digital, donde todo ha cambiado, en un mundo lleno de cables, en el que todos sabemos todo de todos, y los gobiernos, y sus intrincados funcionamientos, son los primeros interesados en conocer al detalle la intimidad de todos los ciudadanos del planeta, traspasando los derechos fundamentales de libertad y protección de datos, por el bien de la seguridad, o eso dicen.

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El realizador austriaco cimenta un fascinante y terrorífico viaje en el que nos transporta a diferentes tiempos, situaciones y acontecimientos, utilizando imágenes de archivo para contarnos todos los sucesos importantes a lo largo de este período, y también, filma reconstrucciones de ficción para observar el funcionamiento de la NSA, todo ello mezclado con los testimonios de los verdaderos protagonistas: Bill Binney y su equipo hablan con sinceridad a la cámara, detallan todos los acontecimientos, nos explican la invención de su maravilloso programa y sobre todo, reflexionan y emiten sus propios juicios cuando se detienen en la estructura interna de su gobierno, y cómo actuaban después que la información confidencial llegaba a su poder, su incapacidad para detener futuros atentados (como el gravísimo contra el Worl Trade Center el 11 de septiembre del 20011), no haciendo el trabajo que tenían que hacer para evitarlo, anteponiendo los intereses económicos personales de los componentes jerárquicos del país, buscando la manera más sucia y corrupta para aumentar los ingresos a favor de una seguridad del país solo aparente, una excusa terrible y maléfica que termina con vidas inocentes.

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La cinta desarrolla el enfrentamiento que tuvieron Binney y su equipo con el gobierno y el final de su trabajo. El proceso de Binney, el ciudadano americano que cree que trabaja para un país libre y democrático, en el que su trabajo de investigación ayudará a salvar muchas vidas, se encuentra que todo es una farsa, una gran mentira en el que solo ha sido un títere más, dentro de un eje oscuro y fanático que insta sus intereses a los puramente económicos, y nada más. Un proceso parecido al de Jim Garrison, fiscal del distrito de Dallas que, investigó el magnicidio del presidente Kennedy para descubrir que todo era un trama planificada por el gobierno de su país para acabar con su mandatario que no permitía más gasto militar ni invasiones, que Oliver Stone hizo la película con resultados ejemplares. Hombres buenos, hombres de principios que se enfrentan a un poder corrupto y asesino, un poder que hace y deshace sin importarle las vidas de las personas. Moser ha construido una película política, con pulso firme y seria, un valiente alegato y muy necesario en los tiempos actuales, en el que podemos ver el aroma de las buenas películas de intriga, de espías, cine negro potente y cuidado, en el que teje una madeja pulcra y enérgica, compleja pero eficiente, pero logrando dosificar la información y dejándonos el tiempo necesario para la reflexión profunda y seria que evocan unas imágenes duras y tristes, si, pero reales, al fin y al cabo es el mundo que hemos creado y hacemos funcionar entre todos.