Estaba en casa, pero…, de Angela Schanelec

RECONSTRUIRSE EN EL VACÍO. 

“Esconde tus ideas para que la gente las encuentre. Lo más importante será lo más oculto”

Robert Bresson

Cuando uno descubre una cineasta como Angela Schanelec (Aalen, Alemania, 1962), inédita en nuestras pantallas, que tuvo como profesor a Harun Farocki, y compañeros de promoción como Christian Petzold o Thomas Arslan, se da cuenta que encuentras múltiples pieles en su aparente cotidianidad, donde nada es lo que parece, que todo tiene un porqué, aunque no resulte evidente. Una filmografía llena de espacios ocultos y elementos que la película irá descifrando o no, donde la experiencia de visionar una de sus películas confiere una relación muy personal e íntima con sus planos, en la que cada uno de los espectadores va ocupando sus espacios y reflexionando a través de sus imágenes, imágenes que no les dejarán indiferentes, imágenes bien urdidas y con una naturaleza propia y personalísima, que funcionan de forma magnífica por sí solas, como espacios independientes, pero a su vez, conforman un bloque sólido. Un cine muy profundo y reflexivo, que huye de la causa y efecto, para adentrarse en otros campos más propios del alma, en esos lugares profundos en los que se cuecen inevitablemente nuestras experiencias, tanto físicas como emocionales, y la respuesta que damos y nos damos.

La búsqueda de la identidad y la condición efímera de la existencia, serían los elementos más importantes por los que se mueve el cine de Schanelec, como su sensible e íntima apertura en Estaba en casa, pero…, cuando en un ambiente rural, en una casa abandonada, se encuentran un asno (quizás haciendo  referencia al burro de Au hasard Balthazar, de Bresson), un perro y el cadáver de un conejo, que hemos visto segundos antes huyendo del perro, quizás los restos de “Los músicos de Bremen”, tres animales mayores, dejados y consumidos en esas cuatro paredes, unas imágenes a las que volveremos a al cierre de la película, donde encontraremos, de nuevo, a los tres animales, igual que al principio, como si el tiempo ya no fuese con ellos. Inmediatamente después, la directora alemana nos sitúa en una ciudad con su característico follaje de un otoño berlinés, donde un niño de 13 años, ausente de su casa durante una semana, vuelve al hogar, un hogar donde ha ocurrido algo, donde no vemos la presencia del padre, que más tarde, descubriremos que ha fallecido, un hogar, donde una madre y sus dos hijos pequeños, deberán lidiar con la ausencia, el duelo, con el vacío que provoca esa pérdida irreparable del que ya no está.

La directora alemana huye de la trama convencional, para sumergirnos en un sinfín de viñetas humanas, pasajes, trozos de vida, donde la forma sobria y asfixiante, acompañada de un elaboradísimo montaje, obra de la propia directora, al igual que el guión, deja paso a escenas cotidianas donde se desatan las emociones de toda índole, en las que presenciamos instantes mundanos, como la compra de una bicicleta por parte de la madre (con su singular humor, que parece una secuencia más propia del absurdo de Jacques Tati), o ese hermosísimo pasaje de la madre acostada en el suelo, mientras oímos Let’s Dance, de Bowie, o el airado reproche de la madre a uno de los profesores de su hijo (que parece más bien una descarga de emociones que de una llamada a la atención), una explosión de ira de la madre al ver que su hija ha ensuciado la cocina (donde sus hijos claman cariño, mientras la madre los rechaza, incluso echándolos de casa), o un baño en la piscina, que parece más bien un instante de desplomo emocional que otra cosa (que tiene ese aroma al universo Haneke, donde parece que algo está a punto de estallar, en que la calma se torna densa, incluso violenta), o las conversaciones, entre cotidianas y surrealistas de la pareja de enamorados profesores, donde ella se niega a tener hijos, mientras él, no logra entender, o ese soberbio paseo por el museo, donde cada pintura se revela con los personajes, o la representación atropellada y espontánea de los jóvenes alumnos de Hamlet, de Shakespeare.

Secuencias despojadas de un todo que es la película, magníficamente filmadas, con unos encuadres bellísimos y naturalistas, extraídos de esa cotidianidad transparente y corpórea, en los que el espacio acaba siendo una losa pesadísima para los personajes, con esa luz natural, inquietante, fría y distante, obra del cinematógrafo Ivan Marković, donde la directora alemana no busca la empatía frontal, instantánea, sino una búsqueda tranquila y escrutadora, que irá apareciendo, sin prisas, dejándose llevar por las emociones que se van despertando en las diferentes secuencias, para llegar a conmovernos con su impecable sutileza y desgarro. La cámara de Schanelec no se mueve, se mantiene quieta, solo hay movimiento como ocurría en el cine clásico, cuando el personaje se desplaza, que ocurre en pocos momentos, o el desplazamiento de vehículos, pero siempre, deslizándose frente a nosotros, para capturar esa naturalidad y sobre todo, la verdad de lo que está sucediendo frente a nosotros, que tanto busca la directora, para de esa manera ahondar en la incertidumbre perpetua en la que están instalados los personajes, en ese alambre existencial, donde su propia vulnerabilidad aflora las emociones más contradictorias y terribles contra ellos y contra los que les rodean, en ese caótico enjambre de emociones enfrentadas y rotas que manejan sus vidas.

La fascinante y reveladora interpretación de la actriz Maren Eggert que da vida a Astrid, una madre perdida, rota y vacía, que debe reconstruirse y reconstruir su familia y sus hijos, volver al amor, sin su hombre y padre de sus hijos, una interpretación sujetada en acciones, con poquísimos diálogos, ya que la incomunicación, o la incapacidad para expresar lo que sentimos, otro de los elementos que jalonan el universo de Schanelec, uno de los grandes males en las sociedades occidentales, como el de la competición psicótica por el tiempo, que ha provocado el efecto contrario, dejándonos sin tiempo para compartir nuestros infiernos con los demás, y extendiendo aún más el individualismo acérrimo, como también reflejaba Antonioni en sus fábulas sobre la frustración, la pérdida y el vacío existencial.  La maternidad, su reconstrucción, su sentido y su necesidad, también es otro de los elementos que marca la película, la querida y la no querida, y cómo se afronta en las diferentes perspectivas que abarca el relato. Estaba en casa, pero… no es una película sencilla, pero tampoco extremadamente compleja, existen sus lugares comunes y reconocibles, pero el espectador debe ser paciente y estar expectante, porque la emoción aparecerá y será reveladora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temblores, de Jayro Bustamante

REPRIMIR LO DIFERENTE.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley

Del director Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), conocíamos Ixcanul (2015), su opera prima, en la que retrataba la vida de María, una joven maya cakchiquel, de 17 años, obligada a casarse en un matrimonio concertado, aunque la modernidad, de la que tanto escapaba, le brindará una solución de compromiso. Ixcanul recibió buena acogida en los prestigiosos festivales de Berlín y San Sebastián, y era la primera película de un tríptico del director, para retratar la desigualdad y el odio en la sociedad guatemalteca, basándose en tres insultos: indio, homosexual y comunista. Temblores es la segunda película de este peculiar e interesante proyecto, en el que nos ponen en liza en la existencia de Pablo, un hombre de 40 años, casado y padre de dos hijos pequeños, y un trabajo envidiado como asesor financiero, que pertenece a una familia tradicional y adinerada.

El mundo conservador y evangélico, que se viene abajo cuando Pablo le comunica a su familia que se ha enamorado de Francisco y se va a vivir con él. Momento que queda magníficamente bien reflejado con la secuencia que abre la película, con esa lluvia torrencial, en el interior de la casa familiar, todos derrumbados, y Pablo, encerrado en su habitación, solo y apesadumbrado, y tanto sus padres, hermanos como cuñados, intentan levantarle el ánimo juzgando su homosexualidad. De repente, el primero de los varios temblores sísmicos que veremos durante la película, metáfora sobre el cisma, muy a pesar de Pablo, que ha originado su decisión en el seno de esas familias tradicionalistas, intolerantes y profundamente religiosas, que no entienden otra vida que la de la sumisión a Dios, y una familia heterosexual. Bustamente encierra a su protagonista, optando por los primeros planos, los movimientos rápidos de cámara, el claroscuro en la iluminación, y esos espacios cerrados y opresivos en los que somete a su protagonista, como el minúsculo apartamento, en comparación con la colosal casona familiar, o los lugares de la terapia de conversión, donde los planos se cierran y vemos partes de un todo, como las partes desmembradas de un conjunto, materialización de la rotura y herida emocional que sufre Pablo, sometido, no solo a la intolerancia y el rechazo de su familia, sino al aislamiento en su trabajo o el alejamiento impuesto para que no se acerque a sus hijos.

El director guatemalteco, como hiciera en su debut, se rodea de su equipo habitual: Luis Armando Arteaga, en la cinematografía, el mexicano Pascual Reyes en la música, y César Díaz en el montaje, director de la reciente Nuestras madres (2019) -profundizando en esa Guatemala en busca de sus desaparecidos-, y la nueva mirada al proyecto con el argentino Santiago Otheguy, que firmaba el inmenso trabajo en Monos, del colombiano Alejandro Landes, y como director de La León (2007), una cinta que también tocaba el tema de la homosexualidad. Todos acompañantes de este viaje al alma humana, a nuestros lugares más profundos, y como nuestros deseos e ilusiones chocan contra la intolerancia y la persecución de una sociedad que, todavía mantiene valores del medievo, donde la religión, ya desde el estado, se ha convertido en el amo y señor de la legislación en materia de relaciones políticas, sociales y personales de la población, una religión que exalta valores y actitudes de corrección moral, basados en la familia tradicional y heterosexual, y en la religión, en este caso evangélica, donde todo está hecho por y para Dios, donde lo diferente y las actitudes modernas, se persiguen y se exterminan.

Bustamante pertenece a una industria todavía muy incipiente, que se está formando y empieza a ver sus frutos en los certámenes internacionales, por eso ha optado por una forma de trabajo muy artesanal con los intérpretes,  contando con un plantel de debutantes, buscando la piel y las emociones, que han trabajo un año y medio con los personajes, entre los que destaca la inmensa labor de Juan Pablo Olyslayer como Pablo, ejerciendo esa opresión y angustia que vive su personaje, encerrado por un entorno intolerante, bien acompañado por Mauricio Armas Zebadúa como Francisco, su amante, el gran trabajo de Diane Bathen como Isa, la esposa despechada que reaccionará como un animal salvaje y herido dispuesta a todo, y finalmente, la impresionante Sabrina de la Hoz como Clara, la mujer del pastor, y maestra de ceremonias en la conversión, una especie de cruce entre lo maléfico y lo íntimo, con ese aire de soberbia y fanatismo. Temblores se erige como un ejemplo de grandísimo cine, social y político, el cine que muestra sin juzgar, hablando de temas candentes que existen en países latinoamericanos, con el aumento de partidos de ultraderecha que quieren imponer un modelo conservador y de persecución contra aquellos que no lo acepten.

La película pone sobre la mesa conflictos que, incluso existen en países occidentales, como pudieran ser España o Francia, donde las practicas radicales religiosas como las terapias para curar la homosexualidad, tratada como una enfermedad, se vienen haciendo con el beneplácito de autoridades, donde las diferentes secuencias que vemos en la película, nos informan de unas prácticas deshumanizadas y salvajes, más propias de regímenes dictatoriales, que atentan directamente contra la libertad individual, y a la anulación sistemática de los deseos personales y la negación de nuestra verdadera identidad, y sobre todo, la perdida de nuestra verdadera personalidad, abocándolo a una existencia de orden establecido, a un matrimonio forzado y a un amor, completamente vacío y triste. Como explica el director, el miedo usado como represión, en una sociedad donde todo está supeditado a la apariencia social y a seguir con la tradición del matrimonio e hijos para continuar con la estirpe tradicionalista, conservadora y heterosexual, y todo aquello que se sale de esos cánones establecidos por la iglesia, se persiguen y se aniquila sin contemplaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestras derrotas, de Jean-Gabriel Périot

LA JUVENTUD FRANCESA.

“Sí, hará un hermoso día. El sol de la libertad calentará la tierra con más felicidad que la aristocracia de las estrellas. Nacerá una nueva generación engendrada entre abrazos libres, y no entre la servidumbre y el control eclesiástico. Así nacerán también pensamientos y sentimientos libres, que nosotros, esclavos natos, desconocemos. Cuánto nos costará imaginar lo terribles que eran la noche en que vivíamos y la lucha que librábamos contra odiosos espectros, policías estúpidos e hipócritas criminales”.

Heinrich Heine (citada en un fragmento de La salamandra, de Tanner)

En Avanti popolo (2012), de Michael Wharmann, se resituaba la relación del pasado político de los sesenta y setenta con la actualidad de nuestro tiempo, evidenciando la derrota de las ideologías en la sociedad de consumo. Nuestras derrotas, de Jean-Gabriel Périot, es un ejercicio que parte de la misma base, enmarcado en la relación entre el pasado político y reivindicativo, volviendo al cine del Mayo de 1968, y su resonancia en las mentes de un grupo de adolescentes estudiantes de bachillerato, de primer grado de cine del Instituto Romain Rolland de Ivry-sur-Seine, ubicado en el distrito XIII de París.

El cineasta Jean-Gabriel Périot (Bellac, Francia, 1974), lleva casi dos décadas dedicado al cine documental, experimental y ficción, en el que interroga a través de un exhaustivo y preciso montaje para bucear en la historia y la violencia a partir de archivos fílmicos y fotográficos. Ahí están sus extraordinarios filmes como Una juventud alemana (2015), en la que escarbaba en el fenómeno de la lucha política y social de los años sesenta a través de la facción del Ejército Rojo en Alemania, o en Lumières d’eté (2016), en la que a través de un cineasta de ficción, investigaba las consecuencias de la bomba de Hiroshima en Japón. En Nuestras derrotas convoca un dispositivo muy novedoso y acertadísimo, en el que plantea a sus alumnos la reconstrucción de fragmentos de películas políticas de Mayo del 68, unos delante y otros, detrás de la cámara, en las que encontramos la citada La salamandra, La Chinoise, de Godard, Camarades, de Marin Karmitz, À bientôt, j’espère, del gran Chris Marker (el cineasta ensayística por excelencia, que más ha investigado el archivo y sus circunstancias históricas, sociales, políticas y culturales), y Mario Marret, una película del Grupo Medvedkine, y otras piezas sobre protestas, huelgas y reivindicaciones laborales. Remakes filmados en blanco y negro, en la que se han recogido contundentes mensajes políticos.

A partir de las filmaciones, Périot entrevista a los alumnos sobre lo que acabamos de ver, preguntándoles acerca de las imágenes que acaban de protagonizar. La seguridad y la contundencia que denotan en las secuencias, pasa a un desconocimiento absoluto sobre los términos que acaban de defender con claridad en la escena, respondiendo con esa inocencia y espontaneidad que los caracteriza y muy propia de su edad. El cineasta francés repite las secuencias con otros alumnos, y en las entrevistas sigue indagando en la realidad actual de los discursos cincuenta años después, en mundo deshumanizado y capitalista, en que lo colectivo ha dejado paso a una individualización exacerbada de la vida social de las personas. A medida que avanza la película, vamos observando la evolución de las diferentes respuestas y reflexiones de los alumnos, en un proceso que alcanzó los seis meses de duración, en el que va despertando su conciencia social y política, no en un sentido profundo pero si concienciador, en qué términos como solidaridad y fraternidad alcanzan un poso más real e íntimo, y más aún, cuando son testigos de un hecho capital para ese cambio interior, ya que en su colegio unos chavales son duramente castigados por una pintada reivindicativa.

Périot utiliza la materia sensible y humana del cine para ir más allá, sumergiéndonos en un marco, no ya solo de investigación de las imágenes de las películas en litigio, sino de la capacidad del cine como herramienta esencial para el pensamiento, las ideas y al reflexión, a través de estudiantes de bachillerato enfrascados en sus vidas e historias, en su intento maravilloso en despertarles su conciencia política a través de sus sentimientos y sus formas de ser y sobre todo, expresarse, experimentando en otros caminos posibles para acercar la política de un modo más íntimo y personal a personas que en principio la encontrarían aburrida e incomprensible. Un trabajo pedagógico de primer orden y magnífico, que no solo abre distintas posibilidades de acercar la política a aquellos que no la entienden o simplemente, la desconocen por falta de interés, sino que promueve herramientas magníficas y concienciadoras, que tanta falta hacen en un mundo abocado a la superficialidad, el vacío y la robotización. La película de Périot promueve ideas, análisis y profundidad, a través de su vertiente conciliadora y convirtiendo la política en un acto de conocimiento personal, cotidiano y esencial para la resolución de conflictos en nuestro entorno y en nuestras vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La amabilidad de los extraños, de Lone Scherfig

NO OLVIDARSE DE SER HUMANOS.   

“La fraternidad es el amor recíproco, la tendencia que conduce al hombre a hacer para los demás lo que él quisiera que sus semejantes hicieran para él”

Giuseppe Mazzini

En un amanecer de invierno como cualquier otro, una madre con sus dos hijos menores deja su hogar, huye de un marido maltratador, el destino es Nueva York, y más concretamente, Manhattan. Allí, las cosas no andarán del todo como las habían planeado, sin dinero y sin un lugar donde quedarse, deberán no solo ocultarse del marido y padre que les persigue, sino que tendrán que deambular por la gran ciudad a la espera que una mano amiga les ayude. El décimo trabajo de Lone Scherfig (Soborg, Dinamarca, 1959), vuelve al marco que tanto le agrada a la directora danesa, esas pequeñas y ocultas existencias cotidianas de seres solitarios, de vidas ensombrecidas y llenas de amargura e infelicidad, que sueñan con encontrar su lugar en el mundo. Después de algunas películas y trabajos en la televisión danesa, el nombre de Scherfig entró de lleno en el escaparate internacional con Italiano para principiantes (2000), perteneciente al movimiento Dogma 95, le siguió Wilbur se quiere suicidar (2002), dos cintas que abogaban por ese grupo de personajes que encuentran su espacio a través de la comprensión y la empatía de los demás. En el año 2009 filmó en inglés An Education (2009), bellísimo y elegante relato sobre la dicotomía de una joven universitaria del Londres de los 60, que ha de elegir entre sus estudios y la vida desenfrenada que le ofrece su novio rico. En One Day (2011), repitió la fórmula pero trasladándola a los años noventa. Con Su mejor historia (2016), homenajeaba al cine con la vida de una guionista, en mitad del rodaje de un film patriótico durante la Segunda Guerra Mundial.

Con La amabilidad de los extraños sigue mostrándonos esas existencias invisibles que pululan por las grandes ciudades, en este caso, la de una madres y sus dos hijos pequeños, sumergidos en una vorágine delicada, la de una huida de su hogar, en un Nueva York invernal, muy alejado de las películas comerciales, donde vemos otras caras, otras identidades, otras vidas, las del día a día, esas que diariamente se levantan para trabajar en oficios ordinarios, vidas que arrastran pecados en el pasado, y hacen lo imposible para mejorar sus existencias: Clara, la madre desesperada, se tropezará con Marc, un ex convicto que olvida su pasado dirigiendo un restaurant ruso, Alice, una enfermera soltera que ayuda a los demás, Jeff, un joven sin suerte que intenta salir adelante como puede, John Peter, un abogado que reivindica su profesión para ayudar a los más necesitados, y finalmente, Timofey, un ruso anciano nacido en EE.UU., amable y bondadoso.

Scherfig ha construido una fábula sensible y dura sobre la bondad y la fraternidad en una ciudad, emblema del capitalismo, el individualismo y la competitividad, buscando esos lugares, más escondidos y recónditos, donde la humanidad hace acto de presencia, sin ser una película redonda, se parece a aquellas que filmaba Capra en las décadas de los treinta y cuarenta, donde abogaba por el humanismo en un mundo lleno de guerras y soledad, la misma idea ronda en la cinta de la danesa, descubrir a esas personas que con sus pequeños gestos hacen de este mundo un lugar menos cruel y desolador, ayudando a los demás, ofreciendo al que lo necesita, sin juzgarlo, solo tendiéndole la mano y lo que sea menester. Scherfig huye del dramatismo exacerbado de algunas producciones estadounidenses, obviando ciertos instantes muy dados para ello, como el juicio, con ese encadenado de imágenes apoyada por esa música elegante y suave, o como esos instantes románticos, donde la cámara se aleja para mostrar y no endulzar en exceso.

Un reparto contenido y sobrio encabezado por una inconmensurable Zoe Kazan, esa madre coraje que hará lo imposible para ofrecer una “vida” a sus hijos, Tahar Rahim, con esa pose que le caracteriza, capaz de meterse en la piel de hombres de oscuros pasados y presentes soleados, Andrea Riseborough, una enfermera que necesita ayudar a los demás para ver que este mundo es algo menos horrible y desesperanzador, Caleb Landry Jones como Jeff, ese joven capacitado de todo pero al que le cuesta encajar, Jay Baruchel como el abogado social que desea encontrar su lugar, y finalmente, Bill Nighy, un actor formidable y sobrio que necesita muy poco para emocionarnos y dibujarnos una sonrisa. Scherfig ha hecho una película agradable e incómoda, sin ser uno de sus mejores títulos, es un film lleno de características y matices interesantes, donde encontramos un buen catálogo de existencias y emociones, de ver el lado bueno de los humanos, que lo hay, de compartir soledades, de ser un poco más humano cada día, de sentir empatía hacia el otro, de dejar atrás tanto individualismo y orgullo que solo nos lleva a lo más oscuro de nosotros mismos, y nos aleja muchísimo de los otros, de comprenderlos y ayudarlos, quizás sea la verdadera razón para seguir levantándose cada día, estar por el otro y sobre todo, tendiéndole una mano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los miembros de la familia, de Mateo Bendesky

PAISAJE EN LA NIEBLA.   

“La adolescencia representa una conmoción emocional interna, una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro”

 Louise J. Kaplan

La adolescencia es un tiempo de incertidumbre, un tiempo de buscarse, de perderse y de encontrarse constantemente, un tiempo lleno de nubarrones, eso sí, pasajeros, de sentir por primera vez ciertas emociones incomprensibles, tan ajenas y extrañas a nosotros, pero en realidad, tan cercanas e íntimas, un tiempo de cambios, tanto corporales como emocionales, de mirar aquello que nunca mirábamos, a ver las cosas desde otra posición, un tiempo de descubrir y sobre todo, descubrirnos, un tiempo que cuando queremos darnos cuenta se convierte en un mero recuerdo lleno de niebla y muy lejano. En el tiempo de la adolescencia instala Mateo Bedesky (Buenos Aires, Argentina, 1989) su segundo trabajo, que recoge alguno de las situaciones ya apuntadas en su opera prima Acá dentro (2013) en la que exploraba el aislamiento y proceso interior de David, un joven porteño al que escuchamos divagar sobre cuestiones vitales, laborales o sentimentales.

En Los miembros de la familia, Bendesky convoca a dos hermanos. Por un lado, Gilda, 20 años, recién dada de alta de un proceso de rehabilitación emocional, enfrascada en su sentido a la vida y experimentando con adivinaciones y terapias, obsesionada con su “mala energía”, en cambio, Lucas, de 17 años, obsesionado con el fitness, y con su cuerpo y la lucha, experimenta a través de sus pulsiones sexuales. Dos hermanos que realizan un viaje a la costa, al lugar de veraneo de la madre, fallecida de suicido, para llevar a cabo la última voluntad de ésta, depositar sus restos en el mar, aunque lo único que les han entregado es su mano prostética. Llevada a cabo la operación, se ven obligados a permanecer en ese lugar de veraneo en invierno (como aquel triste y vacío hotel de Whisky) ya que hay huelga de autobuses y las alternativas cuestan un dinero que no tienen. Gilda y Lucas tendrán que convivir en una casa que no soportan, llena de fantasmas, inventados o no, y de espacios a los que no se atreven a entrar, además, de su dificultosa relación que los enfrenta constantemente, debido a sus diferencias de carácter y el duelo por el que atraviesan.

El cineasta argentino construye un espacio cinematográfico sencillo, lleno de silencios y vacíos, con una cámara que filma esa intimidad con la distancia y la prudencia del que mira con atención, pero deja espacio para captar la soledad y el proceso interior de cada personaje, situándolos en una especie de limbo muy físico peor a la vez emocional, donde cada uno lleva lo que lleva como puede o siente. Los (des) encuentros de los dos hermanos, y a través de ese espacio silencioso, roto por el mar, y esa situación de prisión, escenifica con sensibilidad y creatividad todo ese conflicto emocional que atraviesan los dos personajes principales, atados y experimentando la adolescencia y el duelo por la madre fallecida, una especie de dos náufragos emocionales varados en una isla demasiado ajena y alejados de una realidad muy jodida y un futuro lleno de incertidumbre, como si todo lo que les ocurre, les estuviera sucediendo a otros que se les parecen mucho.

Bendesky necesitaba a dos intérpretes jóvenes que supieran transmitir el tsunami emocional que sufren los dos hermanos, y los ha encontrado en la capacidad transmisora de Laila Maltz (que habíamos visto esplendorosa en las imprescindibles Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y en Familia sumergida (2018), de María Alché) componiendo un personaje muy perdido, sin rumbo, experimentado con las energías alternativas, el amor y la sexualidad, desesperada por encontrar ese camino lleno de niebla que no logra atajar, y Tomás Wicz, otro joven talentoso, que arma con sabiduría e intensidad ese Lucas, lleno de energía y pulsión sexual que quiere desatar cuanto antes mejor. Dos hermanos, dos almas perdidas y sin rumbo, dos formas diferentes de enfrentarse al duelo en la adolescencia, rodeados de una casa ajena y extraña, llena de recuerdos y la memoria de los ausentes, de vivencias demasiado lejanas, demasiado perdidas en el tiempo, llenos de miedo y de inseguridades con respecto a la madre fallecida, en ese doloroso proceso de duelo, en que la película también introduce interesantes elementos de un humor negro para aliviar la tensión que viven los dos hermanos, unos Robinson Crusoe atrapados en una costa en invierno, en una luz tenue y apagada, y una casa llenas de demasiados sombras y lugares oscuros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Divino amor, de Gabriel Mascaro

DIOS VELA POR TODOS NOSOTROS.

“Quien ama no traiciona. Quien ama comparte”

Estamos en el Brasil de 2027, un país profundamente conservador y ultra católico, en el que el amor se ha convertido en la fe a Dios y a sus credos. Un país donde conoceremos a Joana, una funcionaria del registro civil que hace lo imposible para no romper los matrimonios cuando se sientan frente a ella para divorciarse. Mientras tanto, en su hogar, Danilo, su pareja dedicado al negocio de las flores, parece reinar una aparente tranquilidad, ya que el matrimonio ansía tener descendencia pero no lo consigue. A su vez, Joana y Danilo forman parte de “Divino amor”, una especie de secta religiosa solo para matrimonios donde consuman su fe a Dios, reanudan los votos del matrimonio y ayudan a las parejas en crisis para encontrar su fe en Dios y seguir amándose con técnicas amatorias como el intercambio de parejas y los ritos religiosos del bien común.

Después de un tiempo abonado al documental, Gabriel Mascaro (Recibe, Pernambuco, Brasil, 1983) debutó con Vientos de agosto (2014) en la que nos hablaba de un relato sobre el Brasil rural a través de una pareja de amantes en un conjunto de sonidos, colores y olores bien filmado, le siguió Boi neon (2015) en la que seguía a un peculiar trío formado por un vaquero, una bailarina exótica y la hija de ésta, en una road movie sobre los cambios políticos, sociales y culturas que estaban transformando Brasil. En su tercer trabajo, Mascaro nos sitúa en una distopía más cercana al presente de Brasil de lo que cabría imaginar, en un relato que piensa el presente a través de un futuro demasiado cercano, en el que nos sumerge en las transformaciones que ha sufrido Brasil en los últimos años, con el auge del conservadurismo del país, donde han emergido el evangelismo, y la ultra derecha, llevando hace apenas un año a Bolsonaro al poder de la nación. El director brasileño analiza todos estos cambios de su país, no desde la parte liberal que lucha contra ese poder fascista, sino todo lo contrario, desde dentro, desde un personaje como Joana que escenifica todos esos valores conservadores, una mujer que ha elevado su fe y ama a Dios por encima de todas las cosas, llevando toda su vida, tanto a nivel profesional como personal, a un amor incondicional a su fe y a Dios.

La película se enmarca en una estética kitsch, sobre todo, en el local de “Divino amor”, con fuerte presencia de colores rosas y azulados neón, como ese maravilloso auto confesionario donde Joana es una asidua total o ese registro civil, que tiene el aroma kafkiano de los edificios excesivamente correctos y pulcros, sin dejar ver las miserias de lo que allí se cuece. Estamos ante una película directa y sin atajos superfluos o tirabuzones en su trama, todo se cuenta a través del personaje de Joana de forma clara y transparente, en el que veremos el trayecto vital y emocional de una mujer que sufrirá en sus carnes una crisis de fe monumental, por un suceso inesperado, algo que ha entrado en la vida de su matrimonio poniéndolo todo patas arriba. Seguiremos las dudas y el derrumbamiento de su vida instalada en su fe y en Dios, enfrentándola a sus propias creencias y a todo ese valor aparente que tanto valoraba en su existencia.

El cineasta brasileño indaga en las circunstancias vitales inesperadas y libres enfrentadas a las creencias más absolutistas de uno mismo, y como todo ese universo creado en el que parece que nada puede ocurrir y Dios siempre velará por nosotros y nos protegerá, se viene abajo irremediablemente, y entonces, se apoderan de nosotros los miedos, las dudas y entramos en un lugar oscuro, sin referentes y sentimos que todo nuestro mundo, trabajado diariamente, deja de tener sentido y todo a nuestro alrededor es una farsa y una mentira despiadada. La película está bien armada argumentalmente, no deja nada al azar. Cuenta su relato íntimo y casi doméstico, de forma precisa y honesta, explorando con sabiduría y paciencia, todos los factores emocionales que sufre la protagonista y su marido, con una  Dira Paes, dando vida a la desdichada Joana, en estado de gracia, interpretando con todo lujo de detalles y miradas una mujer sumergida en la fe que tendrá que rearmarse para seguir creyendo aunque Dios la haya abandonado.

Mascaro construye con paciencia y sensibilidad una historia sobre la condición humana, sobre sus creencias, en este caso religiosas, y sobre sus miedos y actitudes frente al conflicto, conduciéndonos por una interesante muestra sobre el Brasil conservador y ultra católico, que evidencia el  catastrófico auge del fascismo más rancio de los últimos tiempos, apoderándose del poder y estableciendo unas reglas de siglos pasados que recuerdan lo más miserable y terrorífico. Un Brasil no muy alejado del país en el que vivimos. El realizador brasileño vuelve a cuestionarnos con su mirada crítica y honesta sobre las transformaciones sociales, políticas y culturales de su Brasil, hincando el diente en la deriva ultra nacionalista de una gran parte de la población, y sobre todo, en la utilización mercantil y social de la fe en Dios para abanderar todos esos cambios que están llevando a Brasil a una deriva fascista, egoísta y clasista, rememorando los terroríficos años de dictadura que sufrió el país durante dos décadas. Una fábula futurista, pero muy reflejada en la realidad actual del país, pero en un tono cercano y sincero, sumergiéndonos en la fe, su carencia y las reacciones de esa parte de la sociedad que cree más en Dios y en sus privilegios ancestrales que en invertir en sanidad, educación, derechos, en definitiva, en justicia social. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Monos, de Alejandro Landes

JUEGOS SALVAJES.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”

Henry Miller

En algún lugar de la zona rural de Colombia, en lo alto de un páramo agreste y rocoso, nos damos de bruces con un grupo de niños soldados que custodian a una estadounidense secuestrada en el interior de una cueva. Mientras, esperan a entrar en combate, juegan a la guerra, a su preparación, a su liturgia con rituales propios de iniciación que se mezclan con los propios de su edad, como el grupo, la hermandad, el amor y el sexo. Son ocho jóvenes ávidos de guerra, de muerte, de encontrarse frente al enemigo. Son ocho almas imbuidas en el horror de la guerra que luchan por una causa que desconocemos, así como en el grupo al que pertenecen. Después de Cocalero (2007) sobre la figura del mandatario boliviano Evo Morales, y Porfirio (2011) que mostraba sin tapujos la cotidianidad de un hombre postrado en una silla de ruedas, el cineasta Alejandro Landes (Sâo Paulo, Brasil, 1980)  cambia de mirada y se va al corazón de la selva colombiana para tejer con maestría y profundidad el horror de la violencia de su país a través de unos niños sometidos a la atrocidad de la sinrazón y la guerra, penetrando de forma sincera y transparente al interior del alma de estos ocho chavales, y retratando su deterioro mental y físico, en una película dividida en dos partes.

En la primera mitad, asistimos a la preguerra, donde estos ocho individuos son uno solo (de ahí viene la referencia a la que alude su título) ese grupo compacto que van todos a una, en tromba, en fraternidad mutua y colaborativa. En la segunda parte, cuando bajan al corazón e inhóspita selva, todo cambia, y el grupo se va deteriorando y separando, creando los focos de crueldad y violencia, donde todos van a la suya y la idea de guerra adquiere sus cotas más espeluznantes e infernales, donde empieza la caza del hombre, donde cada uno de ellos lucha por salvar el pellejo. El director colombiano se ayuda de una película muy física, donde la brutalidad, la violencia y el caos van en aumento, bien encuadrado por una inmensa y brutal cinematografía obra de Jasper Wolf, que retrata con precisión toda la suciedad, la piel y las miradas de los chicos, y la magnífica y asfixiante música de Mica Levi (autor entre otras de la partitura de Under the Skin, de Glazer o Jackie, de Larraín) otro elemento primordial de la cinta, esa sensorialidad que te sujeta con fuerza y no te suelta en todo el metraje, consiguiendo esa mezcla de locura, salvajismo y sinsentido en el que se encuentran sometidos estos jóvenes y su locura infernal en esa selva laberíntica, de inusitada belleza y horror.

Monos  no es una película fácil ni complaciente, es un retrato oscuro y horrible de la condición humana, de la brutalidad de la guerra y el vacío de la muerte, que te atrapa sin dejarte respirar, en una estructura apabullante y agobiante, donde la mirada de estos jóvenes víctimas de la guerra y la sonoridad de la película te lleva hasta la extenuación, con unas imágenes que encierran toda la belleza de la naturaleza salvaje y libre, mezclada con la oscuridad del alma humana, con esa violencia seca y dolorosa que se ha convertido en el mal indómito del continente americano, una violencia muy física y tremenda, donde no hay ningún atisbo de humanidad, solo destrucción y muerte. Landes reúne a un grupo de actores que debutan en la gran pantalla con esta película, con sus diferentes personalidades, cuerpos y presencias, entre hombres y mujeres, van generando las distintas relaciones y los conflictos se van sucediendo, ocho jóvenes que transmiten toda la fuerza, la dureza y la violencia a la que serán sometidos, con dos intérpretes profesionales como Julianne Nicholson y Moisés Arias, ambos estadounidenses.

Landes recoge el aroma de películas como El señor de las moscas, donde los niños juegan a la guerra y sobre todo, a la falta de referentes humanistas que les conviertan una realidad pésima en otra más esperanzadora. Un grupo cohesionado y brillante que se convierten en el elemento indispensable, junto con el paisaje de la selva colombiana, en los mejores aliados para mostrar este descarnado y violento descenso a los infiernos de la guerra y la deshumanización, donde la guerra y la violencia forman parte de la cotidianidad de las gentes, y sobre todo, forman parte del ADN de unas personas que han crecido con el virus de la guerra inculcado en su sangre y no conocen otra forma de subsistir frente al conflicto. Una película aterradora y magnífica que vuelve a poner de manifiesto como el poder y la manipulación de unos lleva a la muerte a los jóvenes, esos seres vulnerables que creen que la pertenencia del grupo, aunque signifique convertirse en un asesino, es el mejor de los aliados cuando la paz se ha convertido en una quimera, y la violencia se ha asentado en todos los estamentos del estado y la sociedad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El huevo del dinosaurio, de Quan’an Wang

UNA GRAN MUJER.

“Con el neorrealismo nos «vimos» desde fuera, de modo despejado, casi con descuido, castigando con ese descuido todas nuestras ambiciones creativas. Así le fue devuelta su autenticidad a las cosas, llegando a una función del cine que ya no era personal, egoísta, sino social”

Roberto Rossellini

Una mañana aparece el cadáver de una mujer en mitad de la estepa de Mongolia. La policía ordena a un joven agente custodiar el cuerpo durante la noche, una joven pastora de la zona le ayudará a pasar en compañía las horas nocturnas, para protegerle de los lobos. Una noche donde intimarán, abrazando sus cuerpos y dejándose llevar. A la mañana siguiente, sus caminos se separarán. El séptimo trabajo de Quan’an Wang (Yan’an, China, 1965) vuelve a las áridas y desiertas tierras gélidas de la estepa de Mongolia, como lo hiciera anteriormente con su recordada película La boda de Tuya (2006) para volverse a centrar en una mujer, como acostumbra en su cinematografía, llena de personajes femeninos de carácter y solitarios, de condición humilde y sencilla, que deben enfrentarse a las vicisitudes de la vida, las injusticias y desigualdades de una China cada vez más polarizada e individualista.

El cineasta chino, al igual que sus coetáneos como Wang Xiaoshuai o Jia Zhangke, exploran con actitud crítica, profundidad y belleza formal los grandes cambios sociales y económicos de su país, deteniéndose en las clases más vulnerables y condicionadas por ese crecimiento desaforado. Quan’an arranca su película a modo de thriller rural, mostrándonos un cadáver, un caso de asesinato según los indicios de la policía, peor pronto descubriremos que las intenciones del relato se encamina por otros derroteros, más condicionados por la vida y todas sus consecuencias y conflictos. El huevo del dinosaurio también funciona como ejercicio de etnografía, mostrándonos la cotidianidad del pastoreo de corderos a lomos de un camello, actividad en vías de extinción por sus dificultades y restricciones legales, así como la matanza del cordero, y la monotonía de una vida solitaria de pastorear entre la largas caminatas por la estepa soportando las bajas temperaturas y la soledad imperante.

Pero, la película de Quan’an va mucho más allá, el thriller rural del inicio deja paso a un relato profundo y sincero sobre la vida, el amor y la muerte, un western minimalista en la que vuelve a incidir en la dificultad de la mujer de vivir sin un hombre en tierras tan inhóspitas como ocurría en La boda de Tuya, en la búsqueda del amor, y sobre todo, en la necesidad de compartir como forma necesaria de vivir y enfrentarse a los embates de la existencia. El director chino vuelve a hacer gala de un preciosismo formal deslumbrante, en un trabajo exquisito y detallista en que el paisaje de la estepa se convierte en un personaje más con sus extensas llanuras, su aire gélido, sus amaneceres y atardeceres de inusitada belleza, el viento arreciante, y el incesante caminar de los corderos y del camello, con la mirada avizora de la pastora. El relato imprime ese tempo cinematográfico lento y pausado, acompañándonos en la monotonía de los quehaceres diarios de la pastora, sus encuentros furtivos sexuales con su pastor amado, en una relación difícil que arrastra un hecho traumático del pasado, en esas idas y venidas donde el amor y al vida, y las circunstancias particulares se mezclan, siguiendo también la experiencia del joven policía que, después de su encuentro con la pastora, se ve envuelto en otro affaire con una compañera.

Quan’an se toma su tiempo para constarnos su relato, obedeciendo al tiempo de la estepa, donde el día es trabajo y caminatas, y las noches, junto al fuego, se enmarcan en otro tiempo, más recóndito y de piel y cuerpos entrelazándose. Con especial cuidado con el sonido del relato, dejando el ambiental como forma única, real y cotidiana de aquello que va sucediendo, arrastrando al espectador a ese vaivén de luces y sonidos que alimentan cada instante de la película, haciéndola única, necesaria, sencilla y apabullante. Como viene siendo habitual en su cine, Quan’an vuelve a contar con intérpretes profesionales mezclados con personas de la zona que interpretan roles, creando ese vínculo esencial y vital para la construcción del relato, donde emerge la composición fascinante y conmovedora de Dulamjav Enkhtaivan como esa pastora valiente, generosa y trabajadora, que se enfrenta a todas las circunstancias con una entereza elogiable, capaz de todo y con todos, Gangtemuer Arild como ese Jefe de Policía en las puertas del retiro, con su forma particular de trabajar y hablar, Norovsambuu como el policía joven, conociendo el amor, el sexo, la pérdida y la vida en toda su plenitud y oscuridad, y finalmente, Aorigeletu el pastor amante de la pastora, un tipo que cabalga con su moto por la estepa, solitario y sencillo.

El director chino ha construido un relato humanista, sobre la Mongolia rural y actual, sobre los deseos y las ilusiones de tantos que batallan en paisajes tan agrestes y difíciles, donde lo humano y lo salvaje se mezclan y funden. Un relato que  nos lleva de la mano acariciándonos nuestros sentidos y nuestra forma de observar la estepa y sus moradores, en este impresionante retrato sobre los ciclos de la vida, situándonos en el centro de la acción, siendo espectadores privilegiados en los que asistimos a la vida, al amor y la muerte, donde el proceso nunca termina, donde todo se mezcla, se funde con el paisaje, y todo parece obedecer unas leyes naturales donde vida y muerte es uno solo, haciendo gala de un sentido del humor crítico y cínico, donde cada personaje, según sus vivencias toma un partido u otro. La pastora a la que llaman “Dinosaurio”, y ese huevo que hace referencia al título, nos muestra que a veces la vida nos condiciona y nos va llevando al lugar que debemos estar, en un acto de generosidad y valentía, en el que nosotros debemos dejarnos llevar y no resistirnos a lo que sentimos y sobre todo, no sentir miedo por lo que vendrá, porque seguro que cuando sea no será ni mucho menos como lo habíamos imaginado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sinónimos, de Nadav Lapid

CONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Si estamos en contra del estado, somos apátridas. Si hacemos el bien, somos enemigos. Si hablamos la verdad, somos peligrosos. ¡Somos todo menos lo que ellos quieren!

Sócrates

Yoav aterriza, como si fuese un extraterrestre, en el París actual, caminando frenéticamente en mitad de la noche, entrando en una vivienda, sacarse la ropa y ducharse, para más tarde, quedarse dormido en la bañera, cuando alguien le ha quitado la ropa. Emile y Coraline, una pareja de vecinos lo auxilia muerto de frío y le da cobijo, ropa y cariño. De Yoav solo conocemos que es israelí, no sabemos cómo ha llegado a París, si huye de algo o alguien, y sobre todo, ni el mismo sabe quién es ahora mismo. La tercera película de Nadav Lapid (Tel Aviv-Yafo, 1975, Israel) basada en experiencias autobiográficas, sigue la misma senda de sus anteriores trabajos, ejercicios contundentes, profundos y críticos sobre la sociedad israelí y todas sus ataduras culturales, como hacía en Policía en Israel (2011) en la que a través de la experiencia de un policía experto en terrorismo, nos enfrentaba al otro, al desconocimiento del terrorista y sus verdaderos motivos y la naturaleza de sus acciones, en La profesora de parvulario (2014) una maestra se enfrentaba a una sociedad demasiado conservadora en pos de uno de sus alumnos dotados para la poesía.

El director judío sitúa su historia lejos de sus fronteras, en un París alejado de lo conocido y turístico, donde seguimos las peripecias de Yoav, un joven apátrida, alguien que cada paso que da en la ciudad de acogida, le iremos descubriendo, tanto su pasado como su cotidiano presente, acompañándolo en sus paseos por la ciudad eterna, un lugar que se nos muestra con la efervescencia de alguien que solo lo conoce de oídas, llevado por su imaginación, de alguien que lo está descubriendo a cada paso, gesto o mirada, de un tipo que huye de un pasado militar en Israel que odia, que quiere olvidar su cultura judía, su familia, sus orígenes, y empezar de cero en otro paisaje, adoptando su idioma, negándose a hablar en israelí, en una huida hacia delante a través del cuerpo y la palabra, apropiándose de las palabras, esos sinónimos que rezan en el título de la película, repitiéndolos constantemente mientras camina a ritmo frenético por la ciudad, mirando a todos sitios y a ninguno, experimentando en trabajos alimenticios, viviendo como una especie de nómada, de outsider, de fantasma que esta redescubriéndose y sobre todo, construyéndose a medida que conoce su nueva ciudad y vida.

La cámara de Lapid, como una parte del cuerpo más de Yoav, se pega a su personaje y lo sigue en constante movimiento, como una especie de diario personal, donde los espectadores nos movemos al son que esas imágenes van marcando. El cineasta israelí coloca a Yoav en medio de todo, en una estructura que nos irá revelando su pasado, con esa rabia contenida y crítica feroz que hace ante el autoritarismo y militarismo de Israel, del que solo hay un camino posible, huir y dejarlo todo atrás, como veremos en esta nueva etapa que emprende el protagonista, en sus relaciones personales con sus nuevos amigos franceses, Emile y Caroline, dos burgueses hastiados de la existencia y del amor, que lo integran en sus relaciones íntimas como intruso benefactor para sacarlos de su desesperación y frustración vital. Y en el otro lado, Yaron, israelí que trabaja en la embajada como seguridad, que se convierte en el símbolo de esas raíces que Yoav quiere abandonar, peor a la vez, es una especie de fuerza del pasado que le empuja a ser quién quiere dejar ser.

En esa especie de limbo encontramos al joven conductor de esta aventura enmarcada en el retrato social, la profundidad personal a través de la identidad, la pérdida de valores humanos, la desorientación de muchos jóvenes cansados y alejados de una sociedad demasiado consumista y rígida en sus formas y convenciones sociales, donde encontramos drama íntimo y personal, locura, humor, surrealismo, fantasía, violencia, amor, sexo, misterio, y donde todo sucede a velocidad de crucero, donde no hay tiempo, donde todo marcha a contrarreloj, donde todo está a un tris de explotar, donde todo se mueve, se huele, se siente, a través de las palabras, el cuerpo y las emociones libres y disparadas, donde la tensión y lo febril se dan la mano, donde Yoav ha muerto de su patria, y ahora convertido en un náufrago, se reconstruye lejos de su vida hasta ahora, de su infancia, de su familia, y quiere reencontrarse con algo que le haga despertar de este letargo en un proceso muy personal de descubrimiento intrínseco que le lleve a otro lugar con destino incierto y desconocido ahora mismo.

La fascinante, brutal y conmovedora interpretación de Tom Mercier en la piel de un Yoav, uno de esas personas que rechaza totalmente a su patria, un país intolerante, sumido en la autodestrucción y en la paranoia militar, bien acompañado por los Quentin Dolmaire como Emile y Louise Chevillotte como Caroline, en esa pareja de parisinos altivos, culturales, sensuales, perdidos y aburridos que, encuentran en Yoav su propia tabla de salvación, en una cinta sobre náufragos sin patria, sin espacio ni tiempo, que recuerda a algunos títulos de Godard de los sesenta como Bande à part, Pierrot el loco, Masculino, Femenino o La chinoise, entre otros, jóvenes perdidos, alocados, politizados, y desorientados que clamaban por una libertad que desconocían en qué consistía exactamente, u otros con la misma intensidad y tratamiento como Soñadores, de Bertolucci, o trabajos de Garrel como Les Amants réguliers, donde una juventud a la deriva encontraba alicientes para defender la libertad tanto personal como social, intentando rencontrarse y relacionarse con los demás y con ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dios es mujer y se llama Petrunya, Teona Strugar Mitevska

UNA MUJER VALIENTE.

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”

Simone de Beauvoir

La sátira, el humor negro y el sarcasmo fueron las herramientas que utilizó el guionista Rafael Azcona (1926-2008) para hablarnos de las injusticias y miserias que campaban durante el franquismo, poniendo el foco en las dificultades de una población que malvivía para adquirir una vivienda, conseguir un trabajo digno o pagar la letra de un motocarro que era el sustento de su existencia. Comedias que además de hacernos reír, vistas hoy en día resultan el mejor retrato de lo que fue España y sus ciudadanos. La misma estela sobre la forma de contar historias sociales es la que sigue Teona Strugar Mitevska (Skopie, Macedonia, 1974) cineasta que ha tocado temas tan diversos como la guerra de los Balcanes, las consecuencias nefastas del régimen comunista, las contradicciones de las generaciones jóvenes frente a lo tradicional, y el combate de unas mujeres por ser ellas mismas, temas que vuelven a sonar en su quinto trabajo como directora.

La cineasta macedonia nos sitúa en el pequeño pueblo de Stip, en el que nos presenta a Petrunya, una mujer poco agraciada y de ideas diferentes a la realidad en la vive que, a pesar de su licenciatura de historia no encuentra trabajo, y además tiene que aguantar las impertinencias y la dureza de una madre anclada en el pasado. Pero todo va a cambiar para ella, cuando en el día de la festividad religiosa ortodoxa, el sacerdote arroja una cruz de madera al río para que cientos de hombres se lancen para conseguirla, aunque este año será Petrunya quién la coja, generando un cisma en el pueblo, convirtiéndose en la ira de los hombres, el sacerdote y la ley. Strugar Mitevska construye una película con el armazón de una comedia satírica e irreverente, que bajo esa capa de ligereza oculta un relato sobre la injusticia en una sociedad sometida a las tradiciones de una mirada completamente machista y patriarcal, donde las mujeres existen bajo la superficie de las hombres y sus ideas, y cualquier cambio provocado se convertirá en una ofensa para los valores tradicionalistas.

El conflicto entre tradición que representan la iglesia, el estado y la madre de Petrunya, y modernidad, que sería lo que combate Petrunya, queda muy bien reflejado en la película, en la que el personaje de Slavica, la periodista vendría a ser esa mujer a la que aspira Petrunya, alguien que tiene un trabajo, lo defiende y se ha convertido en la voz de la injusticia. Petrunya es una especie de patito feo encerrada en un ambiente opresivo y tradicional, alguien que por su forma de ser y carácter se ha erigido como una persona diferente al resto de su pueblo, alguien con ideas y actitudes propias, desde su forma de vestir o su forma de encarar su propia vida, muy alejada del resto, una vida que se verá superada por los acontecimientos en un inicio, para luego demostrar y demostrarse quién es y él porque de su acto, defendiendo con fuerza y decisión, y sobre todo, enfrentándose a todos, no solo la cruz que ha ganado limpiamente, sino también, el hecho de defender que una mujer haya roto las normas injustas de una tradición antidemocrática y en contra de los derechos de libertad individual.

La directora macedonia sigue la tradición de cierta comedia negra balcánica que escondían dramas oscuros y brutales para hablar de los conflictos sociales, económicos y culturales del entorno como hacían Kusturica, Makavejev o Paskaljevic, o los nuevos valores como Tanovic o Cvitkovic, relatos sobre la realidad de los ciudadanos y sus problemas cotidianos, que ahora se miran como reflejos históricos de la época que describen mejor aquellas circunstancias que muchos diarios y ensayos del momento. Un reparto excelente y bien conjuntado que interpreta con brillante naturalidad todos los roles en cuestión del conflicto, sobresaliendo enormemente la protagonista Zorica Nusheva, de trayectoria cómica en el teatro, con esa mirada que traspasa, y esa fuerza intrínseca que despliega durante todo el metraje, luciéndose de forma magnífica creando un personaje sencillo y humilde, que dará un golpe en la mesa para ser quién quiere ser, a pesar de la tradición, y defendiendo con uñas y dientes aquello que considera justo y humano, independientemente de lo que piensan esa mayoría borrega que representan el sacerdote, la policía como el estado a favor de la tradición, o esa jauría de hombres que se dicen religiosos y no respetan ideas diferentes a las suyas.

Dios es mujer y se llama Petrunya es una película fantástica, apasionante y completamente actual, con esa mirada intensa y humanista sobre aquellos cánones estúpidos y fascistas con los que se sustentan muchas sociedades que gritan democracia y la atentan en cada ocasión que pueden, convirtiéndose en meras pantomimas de una libertad en teoría no en la práctica, a través de su sencillez y manifiesta humildad, contándonos un conflicto local que es a la vez un conflicto universal, a partir de alguien que se ha cansado de ser invisible, de alguien que despertará y hará despertar a los demás de esa pesadilla de tradiciones que no respetan a las mujeres y su diversidad. Un relato que viene a tambalear esas estructuras decimonónicas injustas que deben cambiarse ya que atentan contra la modernidad, contra todo lo diferente, contra personas como Petrunya, una mujer valiente, diferente, con coraje y carácter que es una rara avis, un obstáculo para la intolerancia y el borreguismo anclado en la sociedad de hoy en día, siendo esa figura que pone en entredicho todas esas formas tradicionales que atentan contra la libertad de decisión de los seres humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA