Divino amor, de Gabriel Mascaro

DIOS VELA POR TODOS NOSOTROS.

“Quien ama no traiciona. Quien ama comparte”

Estamos en el Brasil de 2027, un país profundamente conservador y ultra católico, en el que el amor se ha convertido en la fe a Dios y a sus credos. Un país donde conoceremos a Joana, una funcionaria del registro civil que hace lo imposible para no romper los matrimonios cuando se sientan frente a ella para divorciarse. Mientras tanto, en su hogar, Danilo, su pareja dedicado al negocio de las flores, parece reinar una aparente tranquilidad, ya que el matrimonio ansía tener descendencia pero no lo consigue. A su vez, Joana y Danilo forman parte de “Divino amor”, una especie de secta religiosa solo para matrimonios donde consuman su fe a Dios, reanudan los votos del matrimonio y ayudan a las parejas en crisis para encontrar su fe en Dios y seguir amándose con técnicas amatorias como el intercambio de parejas y los ritos religiosos del bien común.

Después de un tiempo abonado al documental, Gabriel Mascaro (Recibe, Pernambuco, Brasil, 1983) debutó con Vientos de agosto (2014) en la que nos hablaba de un relato sobre el Brasil rural a través de una pareja de amantes en un conjunto de sonidos, colores y olores bien filmado, le siguió Boi neon (2015) en la que seguía a un peculiar trío formado por un vaquero, una bailarina exótica y la hija de ésta, en una road movie sobre los cambios políticos, sociales y culturas que estaban transformando Brasil. En su tercer trabajo, Mascaro nos sitúa en una distopía más cercana al presente de Brasil de lo que cabría imaginar, en un relato que piensa el presente a través de un futuro demasiado cercano, en el que nos sumerge en las transformaciones que ha sufrido Brasil en los últimos años, con el auge del conservadurismo del país, donde han emergido el evangelismo, y la ultra derecha, llevando hace apenas un año a Bolsonaro al poder de la nación. El director brasileño analiza todos estos cambios de su país, no desde la parte liberal que lucha contra ese poder fascista, sino todo lo contrario, desde dentro, desde un personaje como Joana que escenifica todos esos valores conservadores, una mujer que ha elevado su fe y ama a Dios por encima de todas las cosas, llevando toda su vida, tanto a nivel profesional como personal, a un amor incondicional a su fe y a Dios.

La película se enmarca en una estética kitsch, sobre todo, en el local de “Divino amor”, con fuerte presencia de colores rosas y azulados neón, como ese maravilloso auto confesionario donde Joana es una asidua total o ese registro civil, que tiene el aroma kafkiano de los edificios excesivamente correctos y pulcros, sin dejar ver las miserias de lo que allí se cuece. Estamos ante una película directa y sin atajos superfluos o tirabuzones en su trama, todo se cuenta a través del personaje de Joana de forma clara y transparente, en el que veremos el trayecto vital y emocional de una mujer que sufrirá en sus carnes una crisis de fe monumental, por un suceso inesperado, algo que ha entrado en la vida de su matrimonio poniéndolo todo patas arriba. Seguiremos las dudas y el derrumbamiento de su vida instalada en su fe y en Dios, enfrentándola a sus propias creencias y a todo ese valor aparente que tanto valoraba en su existencia.

El cineasta brasileño indaga en las circunstancias vitales inesperadas y libres enfrentadas a las creencias más absolutistas de uno mismo, y como todo ese universo creado en el que parece que nada puede ocurrir y Dios siempre velará por nosotros y nos protegerá, se viene abajo irremediablemente, y entonces, se apoderan de nosotros los miedos, las dudas y entramos en un lugar oscuro, sin referentes y sentimos que todo nuestro mundo, trabajado diariamente, deja de tener sentido y todo a nuestro alrededor es una farsa y una mentira despiadada. La película está bien armada argumentalmente, no deja nada al azar. Cuenta su relato íntimo y casi doméstico, de forma precisa y honesta, explorando con sabiduría y paciencia, todos los factores emocionales que sufre la protagonista y su marido, con una  Dira Paes, dando vida a la desdichada Joana, en estado de gracia, interpretando con todo lujo de detalles y miradas una mujer sumergida en la fe que tendrá que rearmarse para seguir creyendo aunque Dios la haya abandonado.

Mascaro construye con paciencia y sensibilidad una historia sobre la condición humana, sobre sus creencias, en este caso religiosas, y sobre sus miedos y actitudes frente al conflicto, conduciéndonos por una interesante muestra sobre el Brasil conservador y ultra católico, que evidencia el  catastrófico auge del fascismo más rancio de los últimos tiempos, apoderándose del poder y estableciendo unas reglas de siglos pasados que recuerdan lo más miserable y terrorífico. Un Brasil no muy alejado del país en el que vivimos. El realizador brasileño vuelve a cuestionarnos con su mirada crítica y honesta sobre las transformaciones sociales, políticas y culturales de su Brasil, hincando el diente en la deriva ultra nacionalista de una gran parte de la población, y sobre todo, en la utilización mercantil y social de la fe en Dios para abanderar todos esos cambios que están llevando a Brasil a una deriva fascista, egoísta y clasista, rememorando los terroríficos años de dictadura que sufrió el país durante dos décadas. Una fábula futurista, pero muy reflejada en la realidad actual del país, pero en un tono cercano y sincero, sumergiéndonos en la fe, su carencia y las reacciones de esa parte de la sociedad que cree más en Dios y en sus privilegios ancestrales que en invertir en sanidad, educación, derechos, en definitiva, en justicia social. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vientos de agosto, de Gabriel Mascaro

ventos_de_agosto_posterRESISTIENDO EN EL PARAÍSO

“Aquí, los que mueren, no van ni al cielo ni al infierno. Aquí van al mar.”

El cineasta Joris Ivens filmó dos películas sobre el viento, Pour le mistral (1965), en el sudeste francés, y A tale of the wind (1988), en China. En las dos se ponía de manifiesto la imposibilidad de filmarlo, aunque a pesar de los elementos adversos con los que tenía que lidiar, el excepcional director afirmaba que “Filmar lo imposible es lo mejor en la vida”. El joven cineasta brasileño Gabriel Mascaro (Recife, Brasil, 1983) curtido en el campo documental y en las artes plásticas, debuta en el terreno de la ficción, aunque hay que decir que la película navega por el terreno documental y ficción instintivamente, y mezclándolos de manera natural.

La cinta nos sitúa en una pequeña aldea costera del nordeste de Brasil en pleno mes de agosto, el mes de las mareas altas y los fuertes vientos alisios en la Zona de Convergencia Intertropical. En ese medio, dos jóvenes enamorados Shirley (interpretada por Dandara de Morais, la única actriz profesional de la película) y Jeison, que subsisten en la recolección de cocos y la pesca del pulpo y langosta. Ella, ha dejado la ciudad por orden materna para cuidar de su abuela anciana, pero continúa manteniendo sus rasgos urbanos, escucha música rock y sueña con ser tatuadora. Él, en cambio, se siente algo perdido y dominado por un padre enfermo que le condiciona su vida. La llegada a la aldea de un hombre de la ciudad que viene a medir el viento, a escuchar su rugido y registrarlo, (interpretado por el propio director, que nos recuerda al ingeniero de sonido de Lisbon Story, de Wim Wenders), ocasiona algo de revuelo entre las gentes, entra en contacto con el Jeison que le muestra los asombrosos accidentes del mar como su respiración. Pero, unos días más tarde, Jeison en una de sus inmersiones de buceo, encuentra un cadáver y se lo lleva a su casa.

Ventos de agosto

Mascaro nos sumerge en un microcosmos que sufre las consecuencias desmedidas de la invasión inmobiliaria de los años 70 con el boom de la segunda residencia, hechos que han provocado la destrucción del ecosistema de muchos lugares, obligando a los lugareños a irse a otros lugares. Ahora, el calentamiento global, añade más sangre a ese mundo salvaje donde la naturaleza sigue rugiendo con fuerza y con gran violencia desatada. Un lugar donde los cementerios y las casas son engullidos por el mar, paraísos naturales que resisten a duras penas en un mundo más globalizado y vacío de humanidad. El director brasileño cuenta en apenas 73 minutos, y utilizando pocos diálogos, la vida y la muerte, la memoria, y la permanencia de las cosas, y filma lo imposible, la fiereza de ese viento y las tempestades que provoca, una forma que nos remite al cine de Naomi Kawase, y su película Aguas tranquilas, con la que tendría muchos signos en común. Una obra valiente y filmada con energía, y con la necesaria distancia, (detalle muy cuidado), que filma de forma poética unos cuerpos azotados por el viento y los accidentes atmosféricos, de extraordinaria e hipnótica belleza y plasticidad, filmando una cotidianidad cercana y cómplice que nos atrapa e invade de forma precisa y natural, que también puede verse como un estudio antropológico que investiga una forma de vida y de relación con la madre naturaleza y el entorno. Una película que nos invita a cerrar los ojos y seguir soñando, descubrirnos hacía nuestro interior, y a mirar ese mar que se lo traga todo, que nada ni nadie puede detener, y escuchar el viento que nos atrapa y nos consume.