La historia del amor, de Radu Mihaileanu

LA MUJER MÁS QUERIDA DEL MUNDO.

Un majestuoso plano secuencia cenital abre la película, mostrándonos un pueblo abandonado, un pueblo donde nos cuentan que tiempo atrás hubo vida, vidas de trabajo, fraternidad y amor, unas vidas arrebatadas por la guerra, pero, antes, antes de la guerra, vivieron, entre otros, Leo Gurski y Alma Nereminski, dos jóvenes que descubrieron el amor y se amaron profundamente, tanto que él, alentado por ella, escribió un libro, una declaración de amor de lo mucho que amaba a Alma, y le prometió amor el resto de su vida. Pero llegó la guerra y sus caminos se separaron. La sexta película de ficción de Radu Mihaileanu (Bucarest, Rumania, 1958) sigue las líneas argumentales y formales que caracterizan su cine, donde el tema judío sigue vigente (el padre del director, Oli, pero de nombre Mordechai Buchman, periodista judío represaliado en un campo de trabajo, tuvo que cambiar su nombre para salvar su vida) y la identidad, y el humor. Un cine humanista, vitalista y lleno de energía y pasión, donde descubrimos historias de amor de verdad, de aquellas de amores apasionados, que luchan contra viento y marea, en algunas ocasiones contra enemigos muy poderosos.

El cineasta rumano construye fábulas tragicómicas donde sus personajes, caracterizados de una vitalidad y humanidad envidiables, ejecutan planes de salvación para seguir con sus vidas a pesar de las terribles dificultades a las que se enfrentan. Ahora, nos sumerge en un relato en el que conviven varias épocas, primero, tenemos la vida en un pequeño pueblo judío en Polonia, en los años 30, donde la naturaleza y la libertad inundan la vida de Alma y Leo, alejados e ignorantes de toda la marabunta que se les viene encima años después, luego, Mihaileanu nos traslada a la actualidad, y nos sitúa en dos espacios muy diferentes de Nueva York, donde conocemos al Leo anciano, que todavía sigue viviendo en el barrio que antes fue judío, luego italiano y ahora es chino, un lugar de ruidos, de diminuto apartamento y donde se vive con muy poco, porque no hay más, y encontramos a su inseparable colega Bruno (con un simpático Elliot Gould), en la que los dos se relacionan en una especie de “El gordo y el flaco”. Y finalmente, en el mismo espacio temporal y en la ciudad que nunca duerme, encontramos a Alma Singer (pizpireta y enérgica Sophie Nélisse) en un ambiente antagónico, de clase burguesa de casas grandes y barrios residenciales tranquilos. Alma es una adolescente alocada, contradictoria y nerviosa, que no sabe que quiere (por otro lado, cosas propias de la edad cambiante que tiene), una adolescente agobiada que desea encontrar un hombre de verdad para su madre, y batalla con un hermano pequeño que se cree uno de los sabios del Mesías y adopta la personalidad de salvador del mundo.

Mihaileanu cimenta una película de cambios temporales y de idas y venidas, donde la ficción y la realidad se emzclan, en el que explora las herencias que dejamos a los que vendrán, donde la trama, basada en el best seller de Nicole Krauss, gira en torno al libro “La historia del amor” que escribió Leo, y que ahora traduce al inglés la madre de la Alma adolescente, un libro que marcó su vida y su amor, y por eso llamó a su hija Alma. La película nos habla sobre la inmigración (como la sufrió tanto el padre del director, como él mismo, cuando en 1980 abandonó la dictadura de Ceaucescu camino a Francia donde ha desarrollado su carrera cinematográfica) provocada por la Segunda Guerra Mundial, y la odisea de Leo, que huyó de los nazis, para refugiarse de incognito en la Unión soviética de Stalin, para finalmente, acabar en EE.UU. y reencontrarse a Alma, una alma diferente que ya poco se parecía a aquella joven que amó en aquel pueblo y en aquel momento. Ahora, seguimos la vida de Leo, que no pudo conocer nunca al hijo que tuvo con Alma (guapísima y brillante Gemma Arterton, que ya vimos con Frears en Tamara Drewe), y que ha vivido una existencia solitaria y humilde, resquebrajado por aquel amor que se interrumpió y los recuerdos de la vida que tuvo, aunque él sigue firme a su voluntad y deseo por una vida mejor y no deja de utilizar el humor como herramienta de enfrentarse al mundo.

El director rumano nos cuenta una tragedia, si, una drama durísimo, pero con humor, ese humor irreverente tan propio de los judíos, donde Leo (maravilloso Derek Jacobi como cascarrabias y simpático anciano que entre otras cosas, posa desnudo en la escuela de arte)  lo ha perdido todo, a Alma, la autoría del libro y sus años de juventud huyendo, aunque la película no es triste, ni mucho menos, la película se erige como una maravillosa lección de amor, de vitalidad y humanismo, donde todos los sufrimientos vividos y luchas amargas que los personajes han tenido que sufrir, se ven recompensadas por unas palabras de aliente y una caricia, porque Mihaileanu vuelve a contar con el músico Armand Amar (su colaborador desde Vete y vive) que realizar una sutil y elegante banda sonora que envuelve a sus personajes tanto en la luz como en la oscuridad, para hablarnos de un amor romántico, puro e inocente, que traspasa el tiempo, guerras y cualquier tragedia, en un mundo demasiado individualista y egoísta, que sólo se mueve por intereses y exigencias, el realizador de Bucarest se planta y aboga por ese amor sincero, de verdad, un amor que no reclame nada, que se adapte a las circunstancias adversas, y que sobre todo, logre que todos los seres humanos dialoguemos entre nosotros y nos aceptemos a pesar de nuestras diferencias, en una cinta que ondea la bandera de la libertad y la fraternidad como bienes humanos ante estados, fronteras y demás divisiones estúpidas inventadas por los poderosos.

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Regreso a Montauk, de Volker Schlöndorff

EL TIEMPO QUE NOS AMAMOS.

“Siempre hay un amor en la vida que nunca se olvida”

Max, un maduro escritor, llega a Nueva York para promocionar su último libro, en el que cuenta de manera autobiográfica, una historia de amor que vivió en la ciudad 17 años atrás, con una bella mujer llamada Rebecca. De casualidad, se encuentra a Walter, un viejo amigo anticuario, que le informa sobre la situación de Rebecca. En ese instante, Max, que se reencontrará con su joven esposa Clara, que vive en la ciudad, se embarca en una aventura para reencontrarse con Rebecca. Este es el arranque de la nueva película de Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, Alemania, 1939) que vuelve casi dos décadas después, a las historias contemporáneas, después de dedicar buena parte de su filmografía a los temas candentes de su país, como la memoria del pasado, como la segunda guerra mundial, la Alemania post nazi, siempre marcado desde un prisma histórico y político, y basándose en grandes novelas de autores tan prestigiosos como Böll, Yourcenar, Grass, Proust, Miller o Atwood, entre otros, en películas que algunas de ellas han pasado a la historia: El joven Törless, El tambor de hojalata, Un amor de Swann o El honor perdido de Katharina Blum, entre muchas otras.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, se basa en una novela autobiográfica del escritor Max Frisch (1911 – 1991) con el que Schlöndorff firmó la adaptación de la novela del propio autor Homo Faber, que dio lugar a la película El viajero, de 1991 protagonizada por Sam Shepard. En esta ocasión, las labores de adaptación las ha compartido con otro escritor, el irlandés Colm Toíbín, en la que han prescindido de la estructura ensayística que presidía la obra de Frisch para centrase en las acciones. Schlöndorff cimenta el relato desde el punto de vista del escritor, un hombre que ha dirigido su vida en función de las mujeres con las que ha estado, la mayoría, por no decir todas, han significado poco o nada para él, solo una, Rebecca, la joven que amó 17 años antes, y a la que tiene idealizada, en una love story soñada y que desea volver a vivir, en una idea de no perder aquel amor que todavía le persigue. Su lugar soñado, o el que recuerda, aquel espacio que compartieron se encuentra a dos horas de Nueva York, situado al final de Long Island, en Montauk, un lugar solitario y alejado del mundanal ruido, donde se localiza un faro antiguo, el cielo infinito y unas playas gigantescas e interminables. Pero los años han pasado, y Rebecca ya no es aquella mujer joven que quería comerse el mundo en la abogacía después de huir de la RDA. Ahora es una mujer segura de sí misma, triunfadora en su carrera, y aparentemente ordenada, y de carácter y fuerte.

El realizador alemán cuece una película honesta y sincera, en la que apenas ocurre nada: presentaciones y lecturas del libro, cenas sin sentido, copas en tugurios de diseño medio ocultos, edificios demasiado sofisticados, por un Nueva York diferente, alejado de la imagen turística, y también hay tiempo, para escuchar alguna crítica sobre la idiosincrasia yanqui triunfadora y superficial. Un relato reposado sobre el amor y nuestros sentimientos, en este río sin fin de emociones que desembocará en un par de días en la añorada Montauk, pero las cosas han cambiado, o mejor dicho, ellos han cambiado, el lugar es el mismo, pero las circunstancias, no. Rebecca y Marx volverán a reencontrar aquel amor que tuvieron, se dejaran llevar por el rumor de las olas en invierno, por ese paraje bucólico que atrapa hasta las entrañas, por escuchar “I want you”, de Dylan, o compartir una cena en un bar de carretera mientras escuchan canciones de cuando se amaron, y por supuesto, compartir una cama para sentirse que vuelven a ser jóvenes y tienen el mundo por delante. Pero Max no está sólo, mantiene una relación con Clara, muchos más joven que él, pero que no parece sentirse enamorado, y también, está algo del pasado de Rebecca, algo que la atormenta y sobre todo, algo que la ha cambiado, la ha convertido en esa mujer frágil que no quiere mostrar a los demás, y menos a Max. Schlondörff ha construido una película de pocos personajes, centrados en una pareja casi fantasmal, en un lugar apartado, que también podría pertenecer a esas sombras del pasado que nos engañan y nos hacen creer aquello que nos empeñamos en ver, sin medir las consecuencias emocionales de nuestros actos.

Una película que nos habla de las emociones profundas de unos personajes que no parecen nada satisfechos con sus vidas, aunque aparentemente demuestren lo contrario, donde sus intérpretes brillan a gran altura con Stellan Skarsgard (habitual de Lars Von Trier) sobrio y elegante,  dando vida al escritor, Nina Hoss (actriz fetiche de Christian Petzold) es Rebecca, con esa mirada fascinante y de belleza cautivadora, la mujer soñada que acaba deviniendo en un fantasma triste consumido por el dolor, la efectiva Susanne Wolff es Clara, la enamorada esposa que no acaba de entender las huidas del escurridizo Max, la naturalidad de Isi Laborde-Edozien que da vida a Lindsey, la chica de prensa convertida en faro y confidente de la actitud inmadura de Max, y finalmente, Walter encarnado por el siempre elegante Niels Arestrup (muy solicitado por Audiard, Tavernier o Ferreri, e intérprete para Schlöndorff en su Diplomacia, su penúltimo trabajo) dando vida al enigmático bon vivant y guía de ese pasado turbio, complejo y a la vez soñado, que quiere recuperar Max, aunque hay veces que es mejor revivir en nuestros recuerdos aquellos años y lugares en los que fuimos felices, porque la realidad y la verdad que esta esconde, puede albergar situaciones que no queramos vivir porque nos pueden llevar a lugares contrarios en los que queríamos estar.

Callback, de Carles Torras

callback_poster_cas_70x100SER UNO DE ELLOS.

“¿Te sientes cansado? ¿Estás decaído?

La solución a tus problemas no es huir de la ciudad.

Esta aquí, en esta lata.

Bebe Mega Boost y te sentirás bien”.

El artista pop Andy Warhol acuñó la frase: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”, término que se ha convertido en el estandarte de muchísima gente, que dedica su vida para conseguir ese momento, de fama, de celebridad, de conseguir agradar a todos y convertirse en una especie de imagen a la que imitar y seguir, y si hay un país que continuamente vende ese mito es EE.UU., sus líderes propagan su discurso nacionalista de que su nación es la tierra prometida, la tierra de las oportunidades en la que cualquier persona, sin importar su condición, raza, sexo o religión puede conseguir lo que se proponga. Ese éxito de popularidad, fama y dinero que sacará de su vida al looser para convertirse en un triunfador.

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El cineasta Carles Torras (Barcelona, 1974) en su cuarto largo, explora ese mundo a través de la figura de Larry de Cecco, un inmigrante latino que se gana la vida como mozo de mudanzas, introduciéndose en casas y vidas ajenas, espacios a los que aspira, a esa vida soñada que le proporcionará su sueño de convertirse en actor profesional de anuncios publicitarios, a los que acude con asiduidad. Torras sigue centrado en ese mundo de lobos solitarios y seres de difícil adaptación en una sociedad vertiginosa y deshumanizada, como los jóvenes de buena familia que acababan cruzando el lado tenebroso y cometiendo abusos a los demás en un mundo dominado por drogas, sexo y dinero, en Joves (2004, filmada junto a Ramón Térmens), en su segundo largo Trash (2009) indagaba en las relaciones personales superficiales de usar y tirar y la banalidad del amor de nuestro tiempo, en su tercer trabajo, da un giro a su carrera y filma Open24h (2011), un minucioso ejercicio minimalista en blanco y negro sobre la dura existencia de un vigilante nocturno y su vida miserable.

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Todos ellos, seres inadaptados, tipos con serios problemas de aceptar un mundo al que no consiguen pertenecer, un mundo demasiado alejado de su percepción, tipos abocados a la miseria moral y al borde de la locura en todo momento. Larry de Cecco (magníficamente interpretado por el chileno Martín Bacigalupo, coguionista del filme, un personaje que fascina y aterra a partes iguales) es uno de esos tipos, como podrían serlo aquellos cowboys que se negaban a aceptar la velocidad y los cambios de una sociedad que no los admitía y los convertía en proscritos, o los Travis Bickle que volvían del infierno de Vietnam y tampoco lograban ser uno más en esta vorágine social que miraba hacia otro lado ante las injusticias y la pobreza. De Cecco lleva una vida aparentemente normal, pero sólo en apariencia, su vida, sencilla y humilde, se mueve de un lugar a otro, haciendo todos los posibles por seguir su sueño y convertirse en ese actor que tanto ansía, pero la cruda realidad de mozo de mudanzas, un trabajo para ir tirando, con un jefe antipático y rudo, que no le tenderá la mano cuando lo necesite, o la chica que se hospeda en su casa, y a la que De Cecco parece ver en ella algo más, y también, se tropezará con ese muro que brilla pero que encierra una realidad dura, triste y fría.

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Torras, junto a su equipo ha levantado un proyecto cooperativista que rezuma al cine independiente americano que ha sacado la mugre de debajo de la alfombra, criticando las miserias de una sociedad demasiado tradicionalista y ultraconservadora, como esas proclamas salvajes y falsas que escucha nuestro protagonista en las sesiones sicóticas de la iglesia evangélica a las que asiste para ser uno como ellos. Un retrato social y político, disfrazado de thriller psicológico, sobre el verdadero rostro de muchos que llegados de otras partes del mundo más desfavorecidas acaban en la ilegalidad de un país que vende humo y ficciones de luces de neón, que entran bien por los ojos, pero salen por las cloacas de la inmoralidad. La fotografía de tonos grises y apagados en un Nueva York alejado de la postal, obra de Juan Sebastián Vásquez (habitual de Torras) refuerza ese mundo de apariencia, de irrealidad, de pesadilla en el que se encuentra De Cecco, alguien que rechaza sus orígenes, porque su vida se ha convertido en un triunfo sólo por estar allí y querer ser uno de los americanos blancos, bien pensantes, ignorantes, nacionalistas y conservadores, que no solamente ama y cree en su país, sino que lo pone como ejemplo ante el resto del mundo.

Café Society, de Woody Allen

cafe-societuAQUEL AMOR, EN AQUEL TIEMPO Y EN AQUEL LUGAR.

“La vida es una comedia escrita por un humorista sádico”.

El arranque de la película resulta revelador y conciso, recogiendo de forma magistral y concisa el espíritu con el que está construido el relato que estamos a punto de ver. Un hermoso travelling avanza por el borde de una piscina en mitad de una fiesta en una mansión lujosa, en la que luce el sol de mediodía,  y mientras sortea algunos de los invitados camina firme hasta encontrarse con uno de los protagonistas, Phil Stern, uno de esos agentes de estrellas, de traje impecable, orgullo intacto y Martini seco en los labios,  que fanfarronea de sus logros y amistades delante de unos “amigos” orgullosos de escucharlo. Estamos en el Hollywood en la década de los 30, quizás la época más glamurosa del cine estadounidense.

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El cineasta Woody Allen (1935, Brooklyn, Nueva York, EE.UU.) sigue fiel a su cita anual escribiendo y dirigiendo una nueva cinta, la que hace 46 en su carrera (si no han fallado mis cálculos). Esta vez nos introduce en un mundo de lujo por doquier, de apariencias, de mentiras, de postureo, de espejos deformantes y muchos dólares,  y de un quiero y no puedo. Conocemos a agentes de estrellas, jóvenes inocentes que llegan con las maletas cargadas de sueños con vocación de convertirse en una movie star, empresarios de modelos, putillas que quieren ser actrices, secretarias que aman el cine, y la parte de Nueva York, porque la película se mueve entre las ciudades, con personajes que van y vienen, y a veces se encuentran, una gran manzana en el que hay la familia judía de Bobby (el hilo conductor de esta farsa sobre la vida y el amor), en la que hay madres nodrizas que insultan cariñosamente a sus maridos, esposos relajados que hacen joyas en un oscuro sótano, hijos con vocación de gánster que aman el dinero, las mujeres y los asesinatos, hijas casadas con intelectuales, comunistas y católicos, y luego están ellos, el joven ingenuo y sagaz Bobby Dorfman que llega a la meca del cine queriendo triunfar y convertirse en alguien, con la ayuda de su tío, un hombre felizmente casado o al menos eso es lo que dice y parece. Pero, llega el amor en la vida de Bobby, en forma de la joven inteligente y atractiva secretaria de su tío, Vonnie, que en un tiempo atrás también llegó con intenciones de ser alguien en el mundo del cine, pero ha acabado tomando notas y mecanografiando órdenes. Pero Vonnie, que congenia a las mil maravillas con Bobby, tiene novio, un periodista llamado Doug, eso dice ella. Y así anda la cosa, Bobby perdidamente enamorada de Vonnie, pero sin ser correspondido, quizás una de las máximas de la vida y del cine de Allen, los no correspondidos. Desear a alguien que pertenece a otro. Pero, una noche, todo cambia, el misterioso Doug abandona a Vonnie, y poco tiempo después, cuando parece que no hay nada que impida el amor, Bobby y Vonnie se enamoran. Pero ahí no acaba la cosa, aunque pudiera parece ser que sí, todavía se encontrarán con otras dificultades, más cercas de lo que se imaginan.

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Allen vuelve por donde solía, a construir una película magnífica que contiene todos los ingredientes que le han encumbrado en el cine, convirtiéndolo en uno de los grandes, en la que encontramos su humor irreverente, irónico, trágico y sobre todo, su mirada pérfida e incisiva en las cuestiones del amor, las relaciones humanas, y todo aquello invisible y lleno de misterio, que nos empuja de un estado de ánimo a otro, nuestros miedos, inseguridades, complejidades, y demás emociones verdaderas, falsas, inventadas o proyectadas. Una cinta que se mueve entre dos paisajes, por un lado, el Hollywood cinematográfico luminoso y romántico, donde todo es posible o no, de playas desiertas, cuchitriles de comida mexicana que huelen a cercanía, cines extremadamente decorados en los ver la última de Tracy o la Crawford, y mansiones con aire de tristeza y soledad, y Nueva York, el lado opuesto, oscuro y violento, lleno de barrios obreros, de familias judías, de clubs nocturnos (tan de moda en la época en los que se reunían todos aquellos que eran o querían ser alguien)  en los que escuchamos jazz a todas horas… Una cinta sobre el amor, sobre lo que inventamos del amor, sobre ese ideal que creemos que es, sobre todo aquello que somos, que hemos sido, y posiblemente, no seremos, de todo aquello que sentimos y nos engañamos, de emociones que nos decimos que no sentimos y de engañarnos constantemente en aquello que nos hace felices o nos entristece. Una película bañada con esa fina luz acogedora y fría del gran Vittorio Storaro que ilumina el Hollywood soleado que contrasta con el Nueva York nublado y urbano.

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Desde aquel lejano 1969 y su Toma el dinero y corre, la comedia, y elementos del cine negro, han estructurado todo el cine de Allen, que ha pasado por todos los estados que se puedan imaginar después de una carrera tan frenética en la que hay títulos para todos los gustos y paladares, que abarca casi medio siglo, desde el cine de los 70 con grandes obras como Annie Hall o Manhattan, a los 80, con memorables películas como Zelig, La rosa púrpura del Cairo o Hannah y sus hermanas, y los 90, en los que nos regaló cintas como Maridos y mujeres, Balas sobre Broadway o Acordes y desacuerdos, y en el nuevo milenio, donde siguió a su cita anual con películas como Match point o Blue Jasmine, algunas obras, una ínfima parte de su extensísima carrera, pero que describen buena parte de los temas, referencias y elementos que han protagonizado su filmografía. Un cine caracterizado de una fuerte personalidad y carácter, en el que todas las ideas que han perseguido a la figura de Allen han encontrado su momento: los hipocondríacos, las histéricas, los sabiondos, los ingenuos, los que aparentan lo que no son, y demás personajes, personajillos, y sombras humanas que han pululado por el universo cotidiano y de apariencias de esa clase pudiente artística, preferiblemente, que se movían por el Nueva York que tanto ha amado Allen.

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Una city en la que suena jazz, el sol baña los atardeceres de verano, en la que siempre apetece tomar una copa en algún club nocturno rodeado de amigos al caer la noche, o deambular por Greenwich Village buscando libros o discos descatalogados, caminar sin rumbo por Central Park pensando en ese amor no correspondido o en las dificultades de amar… Una ciudad retratada de mil maneras, de infinitos ángulos, a veces con alegría, y otras con tristeza, incluso con melancolía, en la que hay (des)ilusión, (des)esperanzas, y seres que buscan (des)apasionadamente el amor, y rara vez lo encuentran, o cuando lo hacen, resulta problemático, complejo y muy difícil, aunque eso sí, no cejan en su empeño, siguen empecinados en lo suyo, en lo que sienten, en lo que les empuja a seguir viviendo, porque quizás no existe otra manera de vivir, si no esa, esa en la que sus personajes sueñan y viven por sus sueños, aunque estos sean equivocados, confundidos o simplemente irrealizables, porque como los dos enamorados intermitentes y fatalistas (y remitiendo al hermoso cierre de la película) que retrata la película, comentan en algún instante, y en clara evocación a Calderón, los sueños, sueños son.

Carol, de Todd Haynes

carol-cartelMUJERES QUE SE AMAN.

“Sus ojos se encontraron en el mismo instante, cuando Therese levantó la vista de la caja que estaba abriendo y la mujer volvió la cabeza, mirando directamente hacia Therese. Era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura. Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego. Atrapada por aquellos ojos, Therese no podía apartar la mirada. Oyó que el cliente que tenía enfrente le repetía una pregunta, pero ella siguió muda. La mujer también miraba a Therese, con expresión preocupada. Parecía que una parte de su mente estuviera pensando en lo que iba a comprar allí, y aunque hubiera muchas otras empleadas, Therese sabía que se dirigía a ella. Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo. Sintió como le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más”.

(Extracto del libro “El precio de la sal”, de Patricia Highsmith).

Los primeros cinco minutos de una película son suficientes para conocer el espíritu de la misma y hacía donde nos pretenden llevar. El arranque de Carol es sublime e hipnotizador. En un fondo negro escuchamos el sonido del tren, luego entra la música de Burwell y sobre una especie de rejilla comienzan a aparecer los títulos de crédito. La cámara avanza, sale de la estación e irrumpe en plena calle, automóviles y personas de arriba abajo, absorbidos por la vorágine de la gran ciudad. Es viernes por la tarde, nos encontramos en Nueva York, en 1950. La cámara continúa hasta entrar en un restaurante, allí descubrimos el punto de vista que hemos estado siguiendo, un joven que, tras saludar al barman detrás de la barra, mira a su alrededor y observamos en panorámica el interior del local. La cámara se detiene en dos mujeres que comparten una mesa, el joven reconoce a la más joven y se acerca. El joven las interrumpe (situación similar a la planteada en Breve encuentro), todavía no las conocemos y menos de que estaban hablando, lo sabremos más tarde. La sexta película de Todd Haynes (1961, Los Ángeles) está contada a modo de flashback, iremos descubriendo suavemente el relato que nos cuentan, una película arrolladora, ejecutada desde lo más íntimo, contada con una elegancia que abruma, una mise en scène sublime y elegante, dominada por los colores cromáticos y esa luz velada e invernal, y de comienzos de primavera tenue que inunda de melancolía y tonalidades oscuras la pantalla, en la que los personajes están dispuestos y dirigen su mirada a través de cristales (como ocurría en la reciente La academia de las musas, de Guerín), unos encuadres que te dejan sin palabras, que enamoran en cada plano, que no deja indiferente, que captura con lo más sencillo, como una brizna de hierba, que recitaba Lorca.

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Haynes nos sitúa en la década de los 50, en aquel Nueva York después de la segunda guerra mundial, en aquel país que comenzaba a despertar después de la pesadilla, en un país que debía enfrentarse a sus miedos y sobre todo, a su moralidad, enfrentada a esa modernidad que traía nuevas costumbres y que avanzaba sin detenerse. Nos cuenta la historia de amor entre dos mujeres, tenemos a Therese Belivet, una joven de 20 años que trabaja como dependienta en unos grandes almacenes, pero su gran sueño es dedicarse a la fotografía, sale con Richard, un joven que aspira a convertirse en su marido y vivir felices en una casa rodeados de hijos. La otra mujer, Carol Aird, es una mujer madura y elegante, con una hija y en proceso de divorcio de su marido Harge, que le ofrece una vida burguesa pero carente de amor y vida. La película cuestiona y de qué manera el American way of life, como hacía el novelista Richard Yates (1926-1992) en su obra (Revolutionary Road, Once maneras de sentirse sólo, entre otras), esas vidas atrapadas y succionadas por el American dream, esas vidas enloquecidas por el éxito personal, donde la cotidianidad se consume con amigos idiotas, que se pavonean de su riqueza y de su país, donde hay meriendas en el jardín, trabajos para la comunidad, fiestas nocturnas en mansiones, y esa idea del matrimonio perfecto con hijos rubios y bellos, existencias vacías y solitarias que claman por una vida más plena y sencilla, más acorde con lo que sienten. Basada en la novela de Patricia Highsmith (1921-1995), publicada en 1952 con el título El precio de la sal y seudónimo de Clarice Morgan, sería el segundo libro de la autora después de Extraños en un tren. Una adaptación eficiente y maravillosa que ha hecho Phyllis Nagy (que ya había adaptado a la Hihgsmith de El talento de Mr. Ripley en teatro, y realizado con éxito para televisión Mrs. Harris, una tragedia que escribió y dirigió, en la que una mujer asesinaba a su marido del que se había separado). Haynes que subió a los altares del melodrama con Lejos del cielo (2002), una historia protagonizada por Julianne Moore situada en los 50, donde se criticaba duramente la sociedad puritana que rechazaba lo diferente, y  Mildred Pierce (2011), la miniserie de 3 episodios que protagonizó Kate Winslet, en la que durante la época de la gran depresión, una madre soltera lucha para que no le quiten a su hija. En Carol, se manejan los mismos derroteros, la (in)feliz ama de casa y la madre soltera tienen mucho que ver con el personaje de Carol, aunque ésta lleva su pasión más allá poniendo en peligro la custodia de su hija, la cual le quieren arrebatar por su conducta inmoral.

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Haynes propone un relato de ritmo cadencioso, de manera íntima y acercándose con encanto y sigilo a sus criaturas, una mujeres que tienen que enfrentarse a lo que sienten, y luego a esa sociedad fascista y burguesa que rechaza de forma salvaje lo que se sale de la norma, lo que no entienden ni tampoco quieren entender. El cineasta estadounidense que ya deslumbró con I’m not here (2007), en la que nos contaba la vida del músico Bob Dylan, a través de varios intérpretes que lo encarnaban desde su juventud hasta su madurez, con una increíble Cate Blanchett que asumía de forma admirable el rol del carismático músico. Aquí, vuelve a encandilarnos con este melodrama sobrio y maravilloso, como los de antes, como los que hicieron los maestros Douglas Sirk (Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Imitación a la vida, entre otros) o John M. Stahl (Sublime obsesión, Débil es la carne, Que el cielo la juzgue, etc…), historias de pasión devoradora, de amor en su infinita locura, amores difíciles, arrebatadores, complejos, rodeados de esa sociedad estadounidense que pretende ser ejemplo y acaba siendo castradora y perversa. Haynes nos sumerge en una love story, en una historia de amor de verdad, de ese amor que se siente profundamente, que te atrapa y domina, del que no puedes escapar, del que te abruma y te pierde, dejándote sin aliento. Un amor donde la pasión y el deseo se materializan de modo natural y sin poder detenerlos, (la secuencia de sexo, que viene precedida de ese viaje en automóvil, entre las dos mujeres, filmada con un romanticismo y candidez contundente, ejemplifica sus sentimientos más profundos y ese espacio de libertad que no disfrutan en su realidad), una voluntad por encima de la razón, por encima de todo, y de uno mismo. Dos mujeres que se aman, que se desean, que descubren que su relación las completa, les llena ese vacío que inunda sus vidas, un amor sincero e inolvidable, aunque frente a ellas, está esa sociedad americana puritana y conservadora, que las rechaza, las juzga y las castra, que aniquila y extermina cualquier modo de vida o pensamiento que no sea el suyo, el inmovilizado, el de familia feliz con hijos.

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Haynes nos devuelve ese cine clásico, pero con una mirada actualizada y revisada, como hizo Fassbinder en 1974, en otro tono, con Todos nos llamamos Alí. En el que devolvía y colocaba en el lugar que se merecía Sólo el cielo lo sabe (1955), de Sirk, explorando aquellos temas que Sirk no pudo ejecutar en libertad, valiéndose de una viuda que se casaba con un inmigrante marroquí y veía como era criticada y juzgada. El realizador estadounidense nos entrega una obra sobre la mirada, el oficio de mirar, sobre el deseo y la pasión, un ejercicio memorable y brutal, de una contundencia que sobrecoge, filmada en estado de gracia, donde vuelve a contar con algunos de sus más íntimos colaboradores, como Ed Lachman, su cinematógrafo en buena parte de su filmografía, y dos colaboradores que estuvieron en Mildred pierce, el montador Affonso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los hermanos Coen), que nos regala una composición sutil y conmovedora que registra de forma audaz y mágica todas las miradas, gestos y silencios que se dedican las dos excelentes actrices, una Cate Blanchett que, domina todos los registros interpretativos, componiéndonos una señora valiente y fuerte que deberá, no sólo enfrentarse a sí misma, sino a una sociedad que la juzga y la condena, y la presencia de Rooney Mara “un ángel caído del cielo”, como la define Carol (muy alejada de la hacker tatuada de las adaptaciones de las novelas de Larsson) aquí nos encandila con esa mirada inquieta y nerviosa (en ocasiones recuerda a la Audrey Hepburn de Desauyno con diamantes o Dos en la carretera), encarnando a esa luz apagada que no siente ilusión por la vida, que camina perdida y sin esperanza, hasta que se encuentra con Carol Aird, y entonces, para la joven There Velivet, todo cambia, y cambiará para siempre… como nos canta en un momento la gran Billie Holyday en su Easy living:

“Living for you is easy living.

It’s easy to live when you’re in love.

And I’m so in love.

The is nothing life but you”.

 

Phantom Boy, de Alain Gagnol y Jean-Loup Felicioli

untitledEL HÉROE ACCIDENTAL

Léo tiene 11 años y es ingresado en el hospital enfermo de cáncer. Allí, conoce a Alex, un inspector de policía, siempre metido en líos, que tras sufrir un accidente, se recupera de su fractura en la pierna, causada por un malvado que se hace llamar El hombre de la cara rota, un villano que amenaza a la ciudad de Nueva York con propagar un virus que acabará con todo. Alain Gagnol (1967, Roanne, Francia) y Jean-Loup (1960, Albertville, Francia), trabajando juntos desde el 1996, vuelven a ponerse tras las cámaras después de la fantástica Un gato en París (2010), presentada en la Berlinale y candidata a los Oscar. Si en aquella acometían el film noir en las calles de París a ritmo de jazz, que bebía del cine de los años treinta realizado por los Carné, Renoir… Ahora, viajan hasta la ciudad de Nueva York, y recuperan el aroma de las cómics de los 60 de Stan Lee, junto al policíaco y el fantástico para sumergirnos en el ambiente sesentero para desarrollar una película de gran energía, trepidante y oscura.

Desde los títulos de crédito, sorprendentes y llenos de ritmo (que recuerdan a La pantera rosa o Charada al ritmo de la música de Henry Mancini) y la secuencia inicial, a modo de prólogo, donde ya nos mezclan la cotidianidad de un cuento con lo fantástico, dos elementos que seguirán muy presentes durante todo el metraje. Los realizados franceses, que mezclan la construcción artesanal de la animación (pintando con lápices de cera sobre el papel) y las técnicas más avanzadas, consiguiendo un efecto cromático fascinante que recupera el cine de los ancestros con las historias más cotidianas y cercanas. La trama es sencilla y directa, de ritmo vertiginoso, donde los personajes y las acciones se van desarrollando de modo eficaz y con sabiduría. Nos muestran a Léo, un chaval que tiene que combatir en dos frentes, en el interior, contra la enfermedad que le acecha, y el exterior, colaborar con el policía, gracias a su don (salir de su cuerpo y convertirse en un fantasma que es invisible a los demás, con la capacidad de volar y traspasar todo tipo de muros y puertas) un atributo con el que ayuda a los demás, con el objetivo de acabar con ese hombre de cara rota (que parece una mezcla de El hombre invisible, el clásico del 1933, con el Joker de Batman y El fantasma de la ópera), a Léo y Alex (que parece el James Stewart de La ventana indiscreta, y necesitará de los demás para resolver el caso) se le suma Mary, la joven e intrépida periodista que arriesgará su vida para capturar y ayudar a Alex, que ama en secreto a Alex.

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Una magnífica película que recoge el mejor cine negro, junto al fantástico y el cine de superhéroes, que hace de lo cotidiano la mejor arma para luchar contra los poderes malignos. Una interesante mezcla de géneros, de estructura clásica, ritmo trepidante, gran audacia visual y composición pictórica, a los que hay que añadir una buena terna de personajes, bien diseñados, que nos atrapan a través de su humanidad y honestidad, sin olvidarnos de todos los secundarios, desde los padres de Léo y la hermana Titi, el jefe de Alex, que nos recuerda al jefe de Spiderman, los secuaces de Cara rota, y el diminuto y cascarrabias perro Rufus (que ya aparecía en Un gato en París). Elementos que ayudan a establecer un generoso microcosmos de esta inmensa aventura de animación, que andaría muy cerca de las fantasías humanísticas de Miyazaki y sus criaturas del Studio Ghibli, con la hermosa y sensible partitura del músico Serge Besset (que ya colaboró con los directores en el anterior film) que nos presenta a héroes de carne y hueso que, debido a las circunstancias, tienen que afrontar peligros y situaciones que los conducen a convertirse en otros y sobre todo, a superar sus miedos y dificultades personales para seguir creciendo.


<p><a href=”https://vimeo.com/144607020″>TRAILER PHANTOM BOY CAT amb sub CAT + Logos</a> from <a href=”https://vimeo.com/user34637086″>Pack M&agrave;gic</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Mistress America, de Noah Baumbach

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Tracy estudia en el primer curso de Universidad en Nueva York, pero su realidad difiere mucho de lo que esperaba, se siente sola, triste y decepcionada, además no es admitida en el club literario que tanto ansía entrar, y el chico que le gusta, tiene una novia celosa. Todo este panorama tedioso, cambia cuando su madre se compromete con un hombre, ésta al ver que su hija se aburre en la gran manzana, le insta a conocer a la que será su hermanastra, Brooke, una treintañera que se como el mundo, inquieta y súper activa, vive en el bohemio Times Square, y se gana la vida de entrenadora de fitness, diseñadora de interiores pero su verdadero sueño es montar un restaurante bristot, sueño que parece pintado con el color de la ingenuidad y la inmadurez.

El 9º título en la carrera del neoyorquino de Brooklyn, Noah Baumbah (1969), que continúa aumentando su filmografía de manera febril en los últimos años, sigue en la línea de los anteriores, comedias filmadas en la ciudad que nunca duerme, protagonizadas por seres algo perdidos que se relacionan con jóvenes para encontrarse con lo que fueron y sobre todo, vivir una segunda juventud. Baumbach firma el guión con su pareja y protagonista, Greta Gerwich (en buenísima forma, convirtiéndose en una de las mejores cómicas de su tiempo), en su segundo trabajo juntos en estas tareas, la primera fue Frances Ha (2012), el retrato de aquella joven bailarina que soñaba con una vida mejor, filmada en un sobrio y magnético blanco y negro. En esta nueva aventura, se han desmarcado retratando a una jovencísima aspirante a escritora (como lo eran el chico de Una historia de Brooklyn, o el otro, en este caso de cine documental, en Mientras seamos jóvenes), que actúa como narradora yda un vuelco su existencia al encontrar a Brooke, esa “it girl”, moderna y desenfadada, que es un torbellino de ideas y vida, que parece a la Garbo de Ninochtka o la Hepburn de La fiera de mi niña, señoritas joviales y gran fuerza que atrapaban en su redes a los incautos y atractivos hombres. Lo que al principio parece atracción y posterior idealización, derivará a un conflicto que los llevará hasta el pasado de Brooke, y será allí, justo en ese momento, donde las cosas nos serán lo que parecen y se desnudará a cada uno. Baumbach ha edificado una comedia de ahora, de este tiempo, obsesionado con la imagen y las apariencias, que han encontrado en las redes sociales un espacio para venderse y vender una vida inexistente, irreal que dicen tener pero que en realidad sólo existe en su imaginación y en sus sueños.

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Baumbach ha mirado a la Screewall de los 30, y también a la comedia de chico o chica que conducía por el descontrol y los problemas al otro o otra como Algo Salvaje, Jo, ¡Qué noche! o Buscando a Susan desesperadamente, buenas comedias de los 80 que tomaban el pulso a los jóvenes de entonces, de ahora y los que vendrán, porque hay cosas que no cambian, sólo se ven de otra manera. Una película donde suena el Souvenir de los OMD, a Paul McCartney y otros hits de la década ochentera que acompaña la película que respira en un tiempo indefinido que parece desubicado y en perpetua búsqueda. Baumbach conocedor de su ciudad, destapa las carencias, a esos tipos y personajes que pululan en los barrios más chic, esos que bailan en los locales de moda, o aquellos que dicen ser, que en realidad no son, sus individuos buscan algo que los haga más felices o que simplemente los hagan sentir otras cosas, quizás los caminos que toman no sean los más adecuados, pero son los que toman. El cineasta de Brooklyn sigue en plena forma, nos divierte, nos hace pensar, nos mueve de un lugar a otro, y también nos emociona y conmueve, retratando de manera distante y divertida a seres perdidos, eso sí, pero también muy encantadores.