Monos, de Alejandro Landes

JUEGOS SALVAJES.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”

Henry Miller

En algún lugar de la zona rural de Colombia, en lo alto de un páramo agreste y rocoso, nos damos de bruces con un grupo de niños soldados que custodian a una estadounidense secuestrada en el interior de una cueva. Mientras, esperan a entrar en combate, juegan a la guerra, a su preparación, a su liturgia con rituales propios de iniciación que se mezclan con los propios de su edad, como el grupo, la hermandad, el amor y el sexo. Son ocho jóvenes ávidos de guerra, de muerte, de encontrarse frente al enemigo. Son ocho almas imbuidas en el horror de la guerra que luchan por una causa que desconocemos, así como en el grupo al que pertenecen. Después de Cocalero (2007) sobre la figura del mandatario boliviano Evo Morales, y Porfirio (2011) que mostraba sin tapujos la cotidianidad de un hombre postrado en una silla de ruedas, el cineasta Alejandro Landes (Sâo Paulo, Brasil, 1980)  cambia de mirada y se va al corazón de la selva colombiana para tejer con maestría y profundidad el horror de la violencia de su país a través de unos niños sometidos a la atrocidad de la sinrazón y la guerra, penetrando de forma sincera y transparente al interior del alma de estos ocho chavales, y retratando su deterioro mental y físico, en una película dividida en dos partes.

En la primera mitad, asistimos a la preguerra, donde estos ocho individuos son uno solo (de ahí viene la referencia a la que alude su título) ese grupo compacto que van todos a una, en tromba, en fraternidad mutua y colaborativa. En la segunda parte, cuando bajan al corazón e inhóspita selva, todo cambia, y el grupo se va deteriorando y separando, creando los focos de crueldad y violencia, donde todos van a la suya y la idea de guerra adquiere sus cotas más espeluznantes e infernales, donde empieza la caza del hombre, donde cada uno de ellos lucha por salvar el pellejo. El director colombiano se ayuda de una película muy física, donde la brutalidad, la violencia y el caos van en aumento, bien encuadrado por una inmensa y brutal cinematografía obra de Jasper Wolf, que retrata con precisión toda la suciedad, la piel y las miradas de los chicos, y la magnífica y asfixiante música de Mica Levi (autor entre otras de la partitura de Under the Skin, de Glazer o Jackie, de Larraín) otro elemento primordial de la cinta, esa sensorialidad que te sujeta con fuerza y no te suelta en todo el metraje, consiguiendo esa mezcla de locura, salvajismo y sinsentido en el que se encuentran sometidos estos jóvenes y su locura infernal en esa selva laberíntica, de inusitada belleza y horror.

Monos  no es una película fácil ni complaciente, es un retrato oscuro y horrible de la condición humana, de la brutalidad de la guerra y el vacío de la muerte, que te atrapa sin dejarte respirar, en una estructura apabullante y agobiante, donde la mirada de estos jóvenes víctimas de la guerra y la sonoridad de la película te lleva hasta la extenuación, con unas imágenes que encierran toda la belleza de la naturaleza salvaje y libre, mezclada con la oscuridad del alma humana, con esa violencia seca y dolorosa que se ha convertido en el mal indómito del continente americano, una violencia muy física y tremenda, donde no hay ningún atisbo de humanidad, solo destrucción y muerte. Landes reúne a un grupo de actores que debutan en la gran pantalla con esta película, con sus diferentes personalidades, cuerpos y presencias, entre hombres y mujeres, van generando las distintas relaciones y los conflictos se van sucediendo, ocho jóvenes que transmiten toda la fuerza, la dureza y la violencia a la que serán sometidos, con dos intérpretes profesionales como Julianne Nicholson y Moisés Arias, ambos estadounidenses.

Landes recoge el aroma de películas como El señor de las moscas, donde los niños juegan a la guerra y sobre todo, a la falta de referentes humanistas que les conviertan una realidad pésima en otra más esperanzadora. Un grupo cohesionado y brillante que se convierten en el elemento indispensable, junto con el paisaje de la selva colombiana, en los mejores aliados para mostrar este descarnado y violento descenso a los infiernos de la guerra y la deshumanización, donde la guerra y la violencia forman parte de la cotidianidad de las gentes, y sobre todo, forman parte del ADN de unas personas que han crecido con el virus de la guerra inculcado en su sangre y no conocen otra forma de subsistir frente al conflicto. Una película aterradora y magnífica que vuelve a poner de manifiesto como el poder y la manipulación de unos lleva a la muerte a los jóvenes, esos seres vulnerables que creen que la pertenencia del grupo, aunque signifique convertirse en un asesino, es el mejor de los aliados cuando la paz se ha convertido en una quimera, y la violencia se ha asentado en todos los estamentos del estado y la sociedad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra

413697EL ALMA DE LA SELVA.

“No me es posible saber en este momento, querido lector, si ya la infinita selva ha iniciado en mí el proceso que ha llevado a tantos otros que hasta aquí se han aventurado, a la locura total e irremediable. Si es ese el caso, sólo me queda disculparme y pedir tu comprensión, ya que el despliegue que presencié durante esas encantadas horas fue tal que me parece imposible describirlo en un lenguaje que haga entender a otros su belleza y esplendor; sólo sé que, como todos para los que se ha descorrido el tupido velo que los cegaba, cuando regresé a mis sentidos, ya me había convertido en otro hombre.”

(Extracto fechado en 1907 del diario de Theodor Koch-Grunberg)

En el momento que el western contó las películas desde el punto de vista del indio, el género completó la parte de la historia desconocida, la que no conocíamos, adquiriendo en ese instante su verdadera dimensión. El arranque de la película describe con minuciosidad y detalle la verdadera naturaleza del relato. El encuentro entre occidente y la naturaleza. Un indígena joven y fuerte de la selva amazónica se detiene en un claro de la selva frente a un río. Ha observado algo en la distancia. Por el río, y dirigiéndose hacía él, se le acerca una barca en la que van Manduca, un joven indígena con ropas occidentales que hace de guía y compañía, y Theo, (que interpreta el actor belga Jan Bijvoet, el ser inquietante y perverso de Borgman) un científico alemán gravemente enfermo. Cuando los tiene delante, el indígena los rechaza y se marcha. De esta manera, tan potente y observacional, arranca la tercera película de Ciro Guerra (1981, Río de Oro, Cesar, Colombia) en la que sigue explorando los límites del ser humano y el entorno que lo rodea. En su primera película, La sombra del caminante (2004) se centraba en las dificultades económicas que encontraban dos desplazados en una sociedad que los ignoraba, en la segunda, Los viajes del viento (2009) la trama giraba en torno en un juglar que viajaba junto a un aprendiz para devolver su acordeón a su anciano maestro.

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En el abrazo de la serpiente, vuelve a contar con su inseparable Cristina Gallego en labores de producción, para levantar una película que ha necesitado de un gran esfuerzo económico y humano en el que han tenido que sortear las dificultades de un rodaje en plena selva amazónica, para conseguir un retrato fiel, humanista y realista de los pueblos indígenas que poblaron durante miles de años esas tierras. La película se centra en el encuentro del hombre blanco con el indígena de la Amazonía colombiana. Basada en los diarios del etnólogo alemán Theodor Koch-Grunberg y del biólogo estadounidense Evan Schultes. La cinta gira en torno a la búsqueda de los explorados-científicos de la yakruna, una planta sagrada que permite soñar. Para ello, necesitarán la sabiduría y la protección de Karamakate, un chamán que es el último sobreviviente de su pueblo. Los tres emprenden un viaje por el río en busca de la preciada planta. Contada a través del punto de vista del indígena, y en dos tiempos, separados por 40 años de distancia, Guerra plantea la misma búsqueda, la condición materialista del blanco frente a la sabiduría de la naturaleza del indígena. El cineasta colombiano nos convoca a una cinta naturalista, metafísica y sobria, filmada en 35mm y en blanco y negro, (una cinematografía basada en las fotografías que hicieron estos explorados en sus viajes en el pasado), donde el viaje se centra en lo espiritual y divino, más que en lo físico y terrenal. Un viaje a lo oculto, a lo misterioso, al descubrimiento de una forma de vida que ya no existe, donde se hablan varios idiomas, desde castellano, portugués, alemán, latín, catalán, y las lenguas indígenas, cubeo, wanano, tikuna y huitoto. El relato nace desde lo interior y viaja a lo divino, a lo que no se ve, a lo intangible, a lo que se escapa de nuestros sentidos.

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El director nos acerca una riqueza cultural, comunitaria y espiritual diferente, ajena y tremendamente humana y generosa. Su trama se mueve en la idea de justicia y reparación de esas comunidades indígenas que han sido exterminadas y olvidadas por la fuerza y la codicia de los hombres occidentales que han invadido esas tierras con la idea de arrebatárselas y robarles los elementos naturales (tema que también explora Patricio Guzmán en su reciente El botón de nácar). Una película visualmente muy potente, en la que abruma su estudiada y brillante forma, que presenta de forma directa y brutal a los personajes y el bellísimo e inabarcable entorno natural que los rodea. Un relato magnético, asombroso y sobrecogedor, que mira con crudeza y realismo el exterminio de esos pueblos a través de un relato en el que se habla de amista, lealtad y traición. Un viaje sin tiempo, sin espacio, sobre el conocimiento de uno mismo y del otro, en el que todo está por descubrir y por conocer. Recoge el testigo de la intensidad y el riesgo de las aventuras clásicas de viajes a lo desconocido y oculto, también, refleja la incertidumbre y el aroma de las novelas de Conrad, donde se relata el encuentro entre occidente y lo natural, entre formas de vivir y pensar diferentes, entre la razón y la locura, entre lo terrenal y lo ancestral, temas que también han tratado cineastas como Murnau y Flaherty en Tabú, o Herzog en sus viajes físicos y psicológicos, en el que sus personajes se enfrentan a su locura interior y exterior en Aguirre, la cólera de Dios o Fitzcarraldo, sin olvidarnos de la aventura apocalíptica y psicótica de Coppola y su viaje salvaje por esa guerra que enloquece a los soldados en Apocalypse Now. Guerra ha parido una película de fuerte contenido social y dramático, donde no hay espacio para la condescendencia ni el manierismo. Sus imágenes contienen una fuerza y un poderío visual que sobrecoge la mirada y mantiene un pulso narrativo de enorme sentido que nos sumerge en un viaje fuera de todo alcance, en el que lo material ha desaparecido, no hay nada conocido, sólo una espiritualidad en consonancia con la naturaleza que no podemos observar ni mirar.