Los miembros de la familia, de Mateo Bendesky

PAISAJE EN LA NIEBLA.   

“La adolescencia representa una conmoción emocional interna, una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro”

 Louise J. Kaplan

La adolescencia es un tiempo de incertidumbre, un tiempo de buscarse, de perderse y de encontrarse constantemente, un tiempo lleno de nubarrones, eso sí, pasajeros, de sentir por primera vez ciertas emociones incomprensibles, tan ajenas y extrañas a nosotros, pero en realidad, tan cercanas e íntimas, un tiempo de cambios, tanto corporales como emocionales, de mirar aquello que nunca mirábamos, a ver las cosas desde otra posición, un tiempo de descubrir y sobre todo, descubrirnos, un tiempo que cuando queremos darnos cuenta se convierte en un mero recuerdo lleno de niebla y muy lejano. En el tiempo de la adolescencia instala Mateo Bedesky (Buenos Aires, Argentina, 1989) su segundo trabajo, que recoge alguno de las situaciones ya apuntadas en su opera prima Acá dentro (2013) en la que exploraba el aislamiento y proceso interior de David, un joven porteño al que escuchamos divagar sobre cuestiones vitales, laborales o sentimentales.

En Los miembros de la familia, Bendesky convoca a dos hermanos. Por un lado, Gilda, 20 años, recién dada de alta de un proceso de rehabilitación emocional, enfrascada en su sentido a la vida y experimentando con adivinaciones y terapias, obsesionada con su “mala energía”, en cambio, Lucas, de 17 años, obsesionado con el fitness, y con su cuerpo y la lucha, experimenta a través de sus pulsiones sexuales. Dos hermanos que realizan un viaje a la costa, al lugar de veraneo de la madre, fallecida de suicido, para llevar a cabo la última voluntad de ésta, depositar sus restos en el mar, aunque lo único que les han entregado es su mano prostética. Llevada a cabo la operación, se ven obligados a permanecer en ese lugar de veraneo en invierno (como aquel triste y vacío hotel de Whisky) ya que hay huelga de autobuses y las alternativas cuestan un dinero que no tienen. Gilda y Lucas tendrán que convivir en una casa que no soportan, llena de fantasmas, inventados o no, y de espacios a los que no se atreven a entrar, además, de su dificultosa relación que los enfrenta constantemente, debido a sus diferencias de carácter y el duelo por el que atraviesan.

El cineasta argentino construye un espacio cinematográfico sencillo, lleno de silencios y vacíos, con una cámara que filma esa intimidad con la distancia y la prudencia del que mira con atención, pero deja espacio para captar la soledad y el proceso interior de cada personaje, situándolos en una especie de limbo muy físico peor a la vez emocional, donde cada uno lleva lo que lleva como puede o siente. Los (des) encuentros de los dos hermanos, y a través de ese espacio silencioso, roto por el mar, y esa situación de prisión, escenifica con sensibilidad y creatividad todo ese conflicto emocional que atraviesan los dos personajes principales, atados y experimentando la adolescencia y el duelo por la madre fallecida, una especie de dos náufragos emocionales varados en una isla demasiado ajena y alejados de una realidad muy jodida y un futuro lleno de incertidumbre, como si todo lo que les ocurre, les estuviera sucediendo a otros que se les parecen mucho.

Bendesky necesitaba a dos intérpretes jóvenes que supieran transmitir el tsunami emocional que sufren los dos hermanos, y los ha encontrado en la capacidad transmisora de Laila Maltz (que habíamos visto esplendorosa en las imprescindibles Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y en Familia sumergida (2018), de María Alché) componiendo un personaje muy perdido, sin rumbo, experimentado con las energías alternativas, el amor y la sexualidad, desesperada por encontrar ese camino lleno de niebla que no logra atajar, y Tomás Wicz, otro joven talentoso, que arma con sabiduría e intensidad ese Lucas, lleno de energía y pulsión sexual que quiere desatar cuanto antes mejor. Dos hermanos, dos almas perdidas y sin rumbo, dos formas diferentes de enfrentarse al duelo en la adolescencia, rodeados de una casa ajena y extraña, llena de recuerdos y la memoria de los ausentes, de vivencias demasiado lejanas, demasiado perdidas en el tiempo, llenos de miedo y de inseguridades con respecto a la madre fallecida, en ese doloroso proceso de duelo, en que la película también introduce interesantes elementos de un humor negro para aliviar la tensión que viven los dos hermanos, unos Robinson Crusoe atrapados en una costa en invierno, en una luz tenue y apagada, y una casa llenas de demasiados sombras y lugares oscuros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Bay, de Daragh Carville y Richard Clark

DE ADENTRO HACIA AFUERA.

“Todos llevamos nuestra posible perdición pegada a los talones”

Rosa Montero

Lo primero que llama la atención de The Bay  es que huye descaradamente de los dramas criminales al uso, es decir, lo principal no recae en la trama principal. La resolución del caso y desvelar la identidad del culpable son importantes, claro está, pero el conflicto radica en todo aquello que hay a su alrededor, empezando por la complejidad y la oscuridad en que la que se ocultan todos los personajes en cuestión, las relaciones que iremos descubriendo y otras que se irán sucediendo, y sobre todo, el lugar donde se desarrolla la acción, la pequeña ciudad costera de Morecambe, en el condado de Lancashire, en el noreste de Inglaterra. Uno de esos lugares fríos y grisáceos, como la arena de su playa y sus edificios, que vive de la pesca y se mueven entre la cercanía y el alejamiento de todo. También, llama la atención la raíz de la trama, que se apoya en Lisa Armstrong, una madre soltera de dos hijos adolescentes rebeldes y conflictivos, que será la detective encargada de enlace familiar con la familia de los gemelos desparecidos. Una figura que quizás en otras producciones pasa más desapercibida, aquí se convierte en el centro del conflicto.

Los creadores Daragh Carville (Armargh, Reino Unido, 1969) dramaturgo y guionista de amplia experiencia y Richard Clark (Reino Unido, 1947) director experimentado en televisión dirigiendo series como Outlander o Innocent, entre muchas otras. Carville como guionista en jefe, y Clark han creado una serie que abarca 270 minutos repartidos en 6 episodios, en la que seguimos las pesquisas de Lisa Armstrong en su incesante búsqueda de los gemelos desaparecidos, añadiendo que la noche de los hechos, ella, de fiesta con las amigas, tuvo una aventura con Sean, el padre de los gemelos. La veremos lidiar con la familia, que oculta mucho más de lo que cuenta o aparenta, los tiras y aflojas con su jefe, y además, la relación con su nuevo compañero, sin olvidar los continuos problemas en los se meten sus atribulados hijos. La trama es pausada y densa, centrándose en todos los personajes y detalles, en ese tiempo presente que cae sobre las diferentes almas en liza, apenas se recurre al flashback, ya desde su narración formal, en un exquisito trabajo del cinematógrafo Ryan Kernaghan, donde los encuadres tienen mucho que ver en esa dualidad, tanto interior y exterior que tienen todos los personajes, donde se filma los rostros en un ángulo dejando la otra mitad desnuda, como la localización de la ciudad, en que tierra firme y bahía se componen creando ese espacio entre realidad y mentira, entre apariencia e interior, entre todo aquello que mostramos y lo que ocultamos.

Los directores Lee Haven Jones y Robert Quinn, experimentados realizadores de series, manejan con sensibilidad y realismo el tempo cinematográfico de la serie, generando las diferentes tramas que se van urdiendo a lo largo de los capítulos, masificando con orden y criterio todo lo que se va sucediendo, manteniendo ese clima de suciedad y densidad que tanto demanda una historia de estas características. Carville y Clark nos llevan por esa trama principal centrándose en la familia de los desparecidos, y todos los tejes manejes de drogas e infidelidades que saldrán a la luz, y todos los entresijos entre esa otra bahía, aquella que existe bajo las sombras, en el calor de la noche, donde parecen que esa otra ciudad alberga misterios demasiado oscuros. Bien llevadas las tramas secundarias que protagonizan los hijos adolescentes de la protagonista, que intercederán, como no podía ser de otra manera, en la trama principal, descargando su intensidad e introduciendo nuevos elementos en las diferentes situaciones.

La brillante e intensa composición de Morven Christie, que da vida a Lisa Armstrong, con su maravillosa capacidad para interpretar un personaje fuerte, de carácter, pero también vulnerable y torpe, dotándolo de esa humanidad que tanto se echa en falta en producciones del estilo. Excelentemente acompañada por Jonas Armstrong como Sean Meredith, el padre de los gemelos desaparecidos, un pobre diablo que anda perdido en una situación que le supera, Chanel Cresswell es Jess Meredith, la madre abnegada de los gemelos, que arrastra una vida dura, con escasos recursos y lidiando con un problema enorme, Matthew McNulty es Nick Mooney, el joven con discapacidad psíquica que tendrá mucho que ver con los desaparecidos, Daniel Ryan esTony Manning, el “boss” de Lisa, eficiente y líder, capitaneadno una investigación compleja e inquietante, y Tahenn Modak como Med Kharim, el nuevo compañero de Lisa que deberá aprender a marchas forzadas. The Bay es una serie magnífica y bien elaborada, en la que no deja cabos sueltos y urde una trama oscura y terrorífica, pero muy bien llevada, y no solo es un grandísimo drama criminal, sino que también es un certero retrato sobre muchos adolescentes perdidos y desorientados que acaban metidos en oscuros negocios, y una admirable y profunda estampa sobre  las durísimas condiciones de muchas familias de esa otra Inglaterra rural, que debe subsistir con muy escasos recursos, y no tienen otro remedio que buscar el sustento que les falta en otros menesteres ilegales y terribles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vientos de agosto, de Gabriel Mascaro

ventos_de_agosto_posterRESISTIENDO EN EL PARAÍSO

“Aquí, los que mueren, no van ni al cielo ni al infierno. Aquí van al mar.”

El cineasta Joris Ivens filmó dos películas sobre el viento, Pour le mistral (1965), en el sudeste francés, y A tale of the wind (1988), en China. En las dos se ponía de manifiesto la imposibilidad de filmarlo, aunque a pesar de los elementos adversos con los que tenía que lidiar, el excepcional director afirmaba que “Filmar lo imposible es lo mejor en la vida”. El joven cineasta brasileño Gabriel Mascaro (Recife, Brasil, 1983) curtido en el campo documental y en las artes plásticas, debuta en el terreno de la ficción, aunque hay que decir que la película navega por el terreno documental y ficción instintivamente, y mezclándolos de manera natural.

La cinta nos sitúa en una pequeña aldea costera del nordeste de Brasil en pleno mes de agosto, el mes de las mareas altas y los fuertes vientos alisios en la Zona de Convergencia Intertropical. En ese medio, dos jóvenes enamorados Shirley (interpretada por Dandara de Morais, la única actriz profesional de la película) y Jeison, que subsisten en la recolección de cocos y la pesca del pulpo y langosta. Ella, ha dejado la ciudad por orden materna para cuidar de su abuela anciana, pero continúa manteniendo sus rasgos urbanos, escucha música rock y sueña con ser tatuadora. Él, en cambio, se siente algo perdido y dominado por un padre enfermo que le condiciona su vida. La llegada a la aldea de un hombre de la ciudad que viene a medir el viento, a escuchar su rugido y registrarlo, (interpretado por el propio director, que nos recuerda al ingeniero de sonido de Lisbon Story, de Wim Wenders), ocasiona algo de revuelo entre las gentes, entra en contacto con el Jeison que le muestra los asombrosos accidentes del mar como su respiración. Pero, unos días más tarde, Jeison en una de sus inmersiones de buceo, encuentra un cadáver y se lo lleva a su casa.

Ventos de agosto

Mascaro nos sumerge en un microcosmos que sufre las consecuencias desmedidas de la invasión inmobiliaria de los años 70 con el boom de la segunda residencia, hechos que han provocado la destrucción del ecosistema de muchos lugares, obligando a los lugareños a irse a otros lugares. Ahora, el calentamiento global, añade más sangre a ese mundo salvaje donde la naturaleza sigue rugiendo con fuerza y con gran violencia desatada. Un lugar donde los cementerios y las casas son engullidos por el mar, paraísos naturales que resisten a duras penas en un mundo más globalizado y vacío de humanidad. El director brasileño cuenta en apenas 73 minutos, y utilizando pocos diálogos, la vida y la muerte, la memoria, y la permanencia de las cosas, y filma lo imposible, la fiereza de ese viento y las tempestades que provoca, una forma que nos remite al cine de Naomi Kawase, y su película Aguas tranquilas, con la que tendría muchos signos en común. Una obra valiente y filmada con energía, y con la necesaria distancia, (detalle muy cuidado), que filma de forma poética unos cuerpos azotados por el viento y los accidentes atmosféricos, de extraordinaria e hipnótica belleza y plasticidad, filmando una cotidianidad cercana y cómplice que nos atrapa e invade de forma precisa y natural, que también puede verse como un estudio antropológico que investiga una forma de vida y de relación con la madre naturaleza y el entorno. Una película que nos invita a cerrar los ojos y seguir soñando, descubrirnos hacía nuestro interior, y a mirar ese mar que se lo traga todo, que nada ni nadie puede detener, y escuchar el viento que nos atrapa y nos consume.