Entrevista a Aritz Moreno

Entrevista a Aritz Moreno, director de la película «Karate», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aritz Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Karateka, de Aritz Moreno

SOY SANDRA SÁNCHEZ. 

“Que igual ser feliz no es ganar siempre, es no rendirse nunca”

Sandra Sánchez 

Una de los elementos que más se reproducen en los “biopics” con vocación comercial es su incapacidad para mostrar la complejidad de las historias que retrata. Es decir, todo aquello demasiado oscuro del personaje o personajes se obvia de forma evidente, no vaya a ser que algún espectador se incomode por no hacerle pasar un buen rato sin más. Parece que este tipo de películas debe tener una luz blanca radiante que eleve al retratado y sobre todo, se convierta en una especie de santo santorum de su especialidad, dejando fuera todo aquello que muestre su vulnerabilidad o humanidad. En fin. Digo todo esto, porque Karateka es un “biopic” si, pero diferente, porque retrata lo humano de la karateka Sandra Sánchez (Talavera de la Reina, Toledo, 1981), la deportista más laureada y reconocida de la historia. A partir de un guion de David B. Gil y Pablo Tobías, la historia se centra en un periplo vital que abarca tres décadas desde la infancia hasta su gran triunfo como campeona olímpica en Tokyo 2020. Un viaje con claros y muchas sombras, y también, sobre la vida, las ilusiones, el trabajo, la dedicación, la voluntad y todo lo que conlleva dedicarse a una disciplina difícil y muy competitiva. 

En la dirección encontramos a Aritz Moreno (San Sebastián, 1980), que conocemos por la irreverente comedia negra Ventajas de viajar en tren (2019), el thriller Moscas (2023) y las series Zorras y La chica invisible, ambas de 2023. Con Karateka se adentra en una película que recorre minuciosamente el camino arduo y oscuro que llevó Sandra para coronarse a los 39 como la mejor, con sus problemas familiares, sus conflictos con la federación y su sacrifico entrenando para poder competir y enfrentarse a la mejor, la karateka nipona. El relato es muy emocionante, sin caer en sensiblerías ni nada de eso, la cosa va por otros lares, mostrando una mujer con miedo, vulnerable, y también, fuerte y valiente a pesar de lo duro y difícil que fue su proceso. Aquí no hay nada de épica, ni la manoseada superación, sino todo lo contrario, alguien con un deseo a pesar de todos y todo, que algunas pocas personas confiaron en su decisión y le ayudaron como su entrenador Jesús del Moral que se convierte en su partenaire y su sombra y su mejor ayudante. La película ahonda en lo humano, en lo cercano, en el sudor y los duros entrenamientos, siguiendo todo el proceso, los altibajos, los problemas y demás situaciones nada cómodas. 

La película tiene un gran trabajo técnico en el que sobresalen distinguidos profesionales como el cinematógrafo Javier Agirre, un fijo en los Moriarty Company, amén de gran parte de los cineastas vascos, que ya trabajó con Moreno en sus dos largometrajes. Una planificación muy detallada y precisa que destaca los planos cortos y medidos con algunas magníficas superposiciones que se ven pocas en el cine actual, y sobre todo, unos encuadres que revelan toda la travesía emocional y física de Sandra. La excelente música de Maite Arroitajauregi, que también estuvo en Moscas, amén de películas de Fernando Franco y Paul Urkijo Alijo, entre otros, que sabe componer los diferentes tramos de este viaje que se sumerge en las profundidades de alguien obstinado y firme en su propósito, que cae muchas veces pero es capaz de levantarse y empezar una y otra vez. El sólido y preciso montaje de Raúl López, otro de la Moriarti Factory, que también estuvo en los dos largos del cineasta donostiarra, compone una edición que casi llega a las dos horas de metraje que nunca decae intercalando los momentos intensos con los más relajados en una historia que nos lleva de España y Japón en esa búsqueda incesante para aprender los mejores katas con los mejores maestros del país asiático.

En el campo interpretativo debemos hacer mención especial a la magnífica Andrea Ros que se mete en la piel, el cuerpo, la mente y el alma de Sandra Sánchez, olvidándonos que estamos en una ficción y haciendo creíble cada gesto, mirada y movimiento de la karateka, después de una ardua preparación de 16 meses. Una composición que debería estudiarse en las escuelas como ejemplo de cómo enfundarse en un personaje a las antípodas y sobre todo, hacerlo humano e íntimo. Le acompaña un gran Patrick Criado como Jesús del Moral, su entrenador y pareja. Vaya año para el actor madrileño después de Amarga navidad, de Almodóvar, metiéndose en la vida de un entrenador firme y cercano. Y luego, están el reparto. Un magnífico reparto encabezado por conocidos del director como Ernesto Alterio y Pilar Castro, y los Antonio Durán “Morris”, Chani Martín, y los “japoneses” Hoshimi Asai y el veterano Denden, que ha trabajado en casi 70 películas al lado de Shimizu, Yamada, Kiarostami, Miike… Si buscan una película condescendiente y superficial no vayan a ver Karateka, porque no les va a gustar. Eso sí, si les gustan las historias de verdad, las que cuentan cosas que nos hacen reflexionar y además, quieren ver personajes como ustedes, de verdad, humanos, vulnerables y que tengan miedo, que les cuesten las cosas, se equivoquen pero nunca dejen de intentarlo, aquí tienen su película, porque no es sólo sobre el karate, sino sobre una mujer que, a pesar de tenerlo todo en contra, decidió luchar por ello, y no fue nada fácil. Ya saben aquella máxima que soltó el gran Groucho Marx: “¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!. Quedan enterados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Imanol Rayo

Entrevista a Imanol Rayo, director de la película «Iñigo», en la ESADE Campus Pedralbes en Barcelona, el lunes 30 de mayo de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Imanol Rayo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Emilia Esteban de Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), de Imanol Rayo

DESENTERRAR LAS HERIDAS.

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Leon Tolstoi de su novela Anna Karennina

Con el nuevo siglo, hemos sido testigos de la gran efervescencia de la cinematografía vasca, que ha apostado por un cine de grandísima calidad técnica, artística y narrativa, hablado en euskera, con películas como Loreak (Flores) (2014), del equipo Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi, también responsables de Handia (2017), Amama (2015), de Asier Altuna, y las recientes Akelarre, de Pablo Agüero y Ane, de David Pérez Sañudo. Un cine heterogéneo en el fondo, pero muy parecido en su forma, llena de relatos oscuros, inquietantes y sobrecogedores, que recorren la historia vasca de ayer y hoy. Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), es la nueva propuesta procedente del País Vasco que se suma a esta terna de cine bien ejecutado y sobre todo, cine muy profundo e interesante. El responsable es Imanol Rayo (Pamplona-Iruña, 1984), del que ya habíamos visto Bi Anai (Dos hermanos) (2011), basada en la novela homónima de Bernardo Atxaga, que nos contaba la cruda historia de un joven que debe hacerse cargo de su hermano deficiente.

Ahora, nos llega su segundo largo, que, al igual que su primer trabajo, se basa en una novela, la de 33 ezki de Miren Gorrotxategi, adaptada por el escritor Joanes Urkixo, responsable del guión de Lasa y Zabala, entre otros, en un cuento marcado por el pasado y el odio entre dos hermanos muy diferentes, también ambientado en el rural vasco, y que nuevamente, tiene a dos hermanos en liza, pero aquí la cuestión cambia soberanamente. El cineasta navarro nos convoca a un relato poliédrico, que abarca más tres décadas en el seno de una familia, y más concretamente, en la relación difícil y oscura de dos hermanos enfrentados, Fermín y Estanis, contada en tres tiempos, con los hermanos siendo jóvenes a principios de los setenta, con el conflicto con Karmen, amante de Estanis. Luego, veinte años más tarde, con los hermanos gemelos, Néstor y Aitor, nacidos de Karmen, que se ha casado con Fermín, y la marcha a casa de Estanis del joven Aitor, y finalmente, en el años 2004, en la que la aparición de los restos de una joven desaparecida, hará explotar las viejas heridas y enfrentará a los personajes en litigio familiar y emocional.

Aunque, la parte central de la trama se desarrolla en el año 2004, la película va yendo de un tiempo a otro para conseguir entender el conflicto fraternal y su andadura en el tiempo, y lo ejecuta de forma brillante y sobria, a través de esas miradas y ojos, como en el caso de Karmen, que cortan el aire con unos silencios que hacen mucho ruido, y haciendo un ejemplar uso del fuera de campo, a través de los sonidos que van y vienen durante el metraje. Un drama familiar profundo y terrorífico, contado como un thriller rural y familiar, con sus misterios, sus mentiras, sus silencios y todo lo que cada personaje oculta, individuos que hablan muy poco, callan más, y miran demasiado. La cinematografía de Javier Agirre, un cómplice habitual en todo ese cine vasco, con esa cámara quieta, en la que apenas hay movimiento, enmarcando con inteligencia y tensión cada encuadre y mirada de los personajes, con toda esa dureza y negrura que arrastran los personajes, como ocurría en Trote (2018), de Xacio Baño, otra historia familiar rasgada por lo rural y la opresión.

La excelente composición de Fernando Velázquez, con ese maravilloso coro, que ayuda a catalizar toda la tragedia que va consumiendo a esta familia rota y resquebrajada, llevados por un destino marcado y violento. La ejemplar y cuidadosa  edición de Raúl López, otro habitual en este cine vasco en euskera, convierte la película en un estilizado drama rural, que nos va sumergiendo y destapando un pasado muy oscuro y violento, que desatará toda la violencia en un presente demasiado cargado, lleno de amargura y rabia. El grandísimo plantel que ha reunido Rayo brilla con gran intensidad y resuelven sus roles de manera excepcional, encabezados por Itziar Ituño como Karmen, una composición de las grandes de la temporada, dotada de una mirada que rompe el alma, Eneko Sagardoy en un doble papel, interpretando los hermanos gemelos, vuelve a demostrar la capacidad para desarrollar personajes difíciles y complejos, Yon González como el policía Kortazar, un testigo invitado a esta tragedia sin remedio, y después, las inmensas presencias de Kandido Uranga (que ya estaba en la opera prima de Rayo), toda una institución en la cinematografía vasca, Josean Bengoetxea, Asier Hernández como Estanis, el “otro” hermano, Iñigo Aranburu, el hermano “cobarde”, Dorleta Urretabizkaia como pareja profesional de Kortazar, y las colaboraciones de intérpretes tan buenos como Patricia López Arnaiz (protagonista de Ane), Itsaso Arana y Andrés Gertrudix.

Rayo ha construido un drama familiar con reminiscencias clásicas, con la tragedia griega de fondo, con ese aire de western rural, como los que hacían Peckinpah o Frankenheimer, llenos de cadáveres, miedo, ruido, furia y violencia, una violencia seca, que desconoces cuando se producirá ni por donde aparecerá, como ocurre en la película, con esas campanadas que inevitable anuncian la tragedia inminente. El director pamplonés cocina  a fuego lento y con paciencia, una película elegante, bella y nada manierista, sensible y dura, un drama rural y familiar oscuro y perturbador, lleno de sombras y almas heridas, como un fuerte golpe en el alma, algo que te persigue constantemente, algo que no sabes o puedes quitarte de encima, como un fantasma inquietante que continuamente amenaza tu voluntad y tu rabia, tus deseos de venganza, de acabar con todo, algo que sabes que tarde o temprano estallará, y es una idea que solo espera su momento, un instante en el que nada ni nada podrá parar, un instante que irremediablemente lo cambiará todo, un instante que será único, irremediable, donde todos los personajes se cruzarán y no habrá vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA