Enjambre, de Mireia Gabilondo

LA CAJA DE LOS TRUENOS.

“La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.”

Alberto Moravia

En algún lugar del norte, cerca de la montaña, entre el 6 y 7 julio, un grupo de amigas de toda la vida se reúnen para celebrar la despedida de soltera de una de ellas. Las presentes son Leire, la homenajeada, enamoradísima de Juanma, Maialen, que ha superado un cáncer, Nerea, una casada y madre de tres hijos, Irati, que huyó a Argentina, y vuelve de tanto en tanto, Amaia, la “camella” y más pasota del grupo, y finalmente, Garazi, que se ha presentado con su bebé a la fiesta. Todas parecen listas para pasarlo bien y disfrutar de la compañía, bebiendo, riendo, drogándose, cantando las canciones de juventud, recordando las juergas y lo inocentes que eran, pero, sin querer o no, abren la caja de Pandora, y comienzan a salir a borbotones todos los secretos y mentiras de tantos años de amistad y confidencias. Primero fue una obra de teatro de éxito, El enjambre, escrita por Kepa Errasti, y dirigida por Mireia Gabilondo (Vergara, Guipúzcoa, 1965), que lleva más de tres décadas como actriz y directora, tanto en cine, teatro y televisión.

Ahora, y de la mano del mismo equipo, llega la adaptación cinematográfica que firman Errasti y la propia directora, que la vuelve a dirigir en el celuloide, contando con el mismo grupo de actrices, Aitziber Garmendia como Leire, Itziar Atienza es Maialen, Getari Etxegarai como Nerea, Leire Ruiz es Irati, Naiara Arnedo como amaia y Sara Cozar es Garazi. El relato es sencillo y directo, en la que estas seis mujeres y amigas, en un momento dado, no podrán salir de la casa, y sobre todo, del salón, ya que no aparece la llave, y justo en el instante que una de ellas, lanza la primera bomba, el primer reproche al que el seguirán otros, y será un no parar, donde las seis amigas se enfrentarán a sus propias verdades y mentiras, a todo aquello, que por miedo o necesidad, han ocultado a las otras, y el terremoto de reproches, acusaciones y golpes, se convertirán en el centro de la acción. Enjambre, que hace referencia a todas las abejas del mismo enjambre que siempre permanecen juntas, pase lo que pase, es una claro reflejo a este grupo que pondrán a prueba los límites y la amistad que se tienen unas a las otras, desnudándose emocionalmente, mostrándose ante el resto como son realmente, sin tapujos ni medias verdades, quitándose las máscaras y afrontando la verdad que esconden, y desenterrando todas aquellas disputas e intimidades que tanto tiempo han callado por no molestar a las otras y sobre todo, no poner en peligro la amistad que tenían.

Gabilondo construye una ejemplar y magnífica comedia ácida, negrísima, con un ritmo frenético y apabullante, donde no ah nunca descanso, simplemente reposo, para volver nuevamente al ataque, en el que el espacio acaba convirtiéndose en un pozo sin salida, cargado con un ambiente denso y claustrofóbico, donde antes o después, cada una de las amigas deberá enfrentarse a su verdad ante las demás, en un acto de verdadera amistad, sinceridad y honestidad a ella misma, y sobre todo, con las demás, donde la película reivindica la verdadera amistad, la relación sincera entre unas y otras, donde no debería haber secretos ni nada que se le parezca. Tiene el aroma de Reencuentro (1983), de Lawrence Kasdan, Marta y alrededores (1989), de Nacho Pérez de la Paz y Jesús Ruiz, Los amigos de Peter (1991), de Kenneth Branagh, la mala uva de Very Bad Things (1998), de Peter Berg, y Perfectos desconocidos (2017), de Álex de la Iglesia, relatos de amigos, o desconocidos, que el encuentro los hará destapar aquello que ocultan y la situación generada los pondrá frente al espejo, un reflejo que deberá rendir cuentas a sí mismos, y a los demás, donde la amistad no solo es una fachada para verse y disfrutar, sino una relación de sinceridad y sobre todo, de verse en el otro y ayudarse.

Enjambre funciona de forma extraordinaria, sin dejar ningún cabo suelto, pasando por varios géneros con una inteligencia y una energía digna de los mejores retratos sobre la amistad, desde la comedia rosa, la negrísima, la ácida, la que duele, la que no se esconde, el thriller psicológico, el drama interior, el suspense, y el terror, donde nada deja sin decirse, donde todo va de cara, sin atajos, de frente, a lo bruto, con todas las armas al alcance para ir sorteando las diferentes capas de los personajes, ayudadas por un reparto maravilloso y natural, que compone sus personajes de manera brillantísima y estupenda, mostrando y mostrándonos todo lo que son, lo que eran, lo que les hubiera gustado ser, y lo que son finalmente, que seguramente no era lo que esperaban, y ahora, junto a las otras amigas, revelarán sus verdaderas inquietudes, sentimientos, derrotas, aciertos y sobre todo, mantenerse siendo amigas, a pesar de los errores, las contradicciones y las torpezas, porque seguramente nadie será perfecto, pero si son personas capaces de afrontar el dolor y la pérdida de lo que no han podido ser y tener la capacidad humana de compartirlo con las demás y seguir siendo amigas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adam, de Maryam Touzani

DOS MUJERES MARROQUÍES.

“La muerte no pertenece a las mujeres. A las mujeres pocas cosas nos pertenecen.”

Samia es una mujer marroquí, joven, sola y embarazada, en un país donde se castiga el embarazo fuera del matrimonio, como explicaba Sofia (2018), de Meryem Benm’Barek, en la veíamos las dificultades que tenía una joven embarazada en el rígida sociedad religiosa marroquí. Samia deambula por las calles de Casablanca, intentando encontrar trabajo y cobijo. En la Medina, rodeada de calles laberínticas y populares, donde se cruzan tradición y modernidad (como revelará ese magnífico instante, cuando delante de nuestros ojos, pasan tres mujeres jóvenes, dos llevan hiyab, y la otra, el cabello suelto), un espacio donde se puede apreciar su belleza y su suciedad, Samia se tropezará con Alba, una mujer más madura, viuda y madre de Warda, de 8 años,  que regenta una humilde tienda de repostería tradicional marroquí. La niña se encariña con la recién llegada, y la madre acepta acogerla unos días. Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ha destacado como directora de documental con títulos como Sous Ma Vieille Peau (2014), donde indagaba en la prostitución en su país, y en Aya va a la playa (2015), en la que investigaba la explotación de los niños en el trabajo doméstico. Ha coescrito Much Loved (2015), sobre la prostitución en Marruecos, y Razzia (2017), que protagonizó, centrada en el integrismo religioso, ambas dirigidas por su esposo Nabil Ayouch (París, 1969), destacado realizador centrado en los problemas sociales de las mujeres y niños marroquíes, que actúa como productor en Adam.

Touzani debuta en el largometraje de ficción con un relato intimo y doméstico, centrado en la relación de tres mujeres, dos adultas y una niña, mujeres proscritas por la tradicional y conservadora sociedad marroquí, que encuentran en el interior de la casa, el espacio ideal para limar asperezas y acercarse emocionalmente, y la directora nos muestra ese recorrido interior, a través de un elemento fundamental, la cocina, en este caso, la elaboración de los postres tradicionales, arrancando con el “Rziza”, un postre extremadamente laborioso, realizado artesanalmente, que encandila a los clientes de Alba, y así sucesivamente, como ocurría en Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, y en Comer, beber, amar (1994), de Ang Lee, donde, entre postre y postre, iremos conociendo a estas dos mujeres, su pasado, sus heridas y todo aquello que las separa, y las une. Una historia anclada en el espacio personal y doméstico, que no olvida los ecos de esa sociedad conservadora y durísima contra las mujeres, que las obliga a ocultarse y sobre todo, a convertirse en meros espectros que no pertenecen al devenir de unas leyes machistas.

La narración se toma su tiempo y su pausa para elaborar con pulcritud y sobriedad todo lo que cuenta, tanto en su fondo como en su forma, partiendo de dos niveles. En uno, vemos el detallismo y cuidado de las dos mujeres en la elaboración de los productos que, más tarde, se venderán en la tienda, su confidencias y complicidades, y luego, en el entorno íntimo de la casa, en el calor de las habitaciones, durante los quehaceres cotidianos de la casa, como lavar y tender la ropa, y en las sutilezas y detalles que la película va mostrando con reposo y elegancia. Una luz, que firman Virginie Surdej y Abil Ayouch, que nos recuerda a los pasajes bíblicos, con esa calidez y humanidad que van desprendiendo las relaciones de estas dos mujeres heridas, ávidas de comprensión y cariño, y la sutileza y sencillez de la edición, obra de Julie Nass, que sabe marcar un ritmo que encoge o alarga según la evolución del acercamiento emocional entre las dos protagonistas.

Un excelente reparto encabezado por dos almas generosas y solitarias como son Alba y Samia, y la pequeña Warda, con una Lubna Azabal en la piel de Alba, demostrando nuevamente la riqueza y la brillantez de una interpretación admirable, cuanto se puede decir sin abrir la boca, cuanto se pude transmitir con un leve gesto o mirada, junto a ella, Nisrin Erradi como la Samia sola y abatida, que encuentra amparo y consuelo en el lugar al que, sin saberlo, debía llegar, irradiando fortaleza y fragilidad al mismo tiempo, escenificando una realidad que viven tantas embarazadas solteras en un país como Marruecos, que las persigue y castiga. Y finalmente, la pequeña Douae Belkhaouda, que da vida a Warda, el puente que provocará el encuentro y la relación. La directora marroquí titula su película como Adam, y no es por una razón estética, sino por su significado, ya que en árabe moderno, para decir “ser humano” se dice “Beni Adam”, es decir “hijo de Adán”. Un niño, que anida en el vientre de Samia, que ella rechaza, y quiere donarlo en adopción, para de esa manera volver a su casa y ser aceptada por su familia.

Touzani debuta a lo grande en el campo del largometraje de ficción, con un relato sencillo y humilde, que no explica más de lo necesario, sino que se centra en las dos mujeres y su cotidianidad, tanto social, a través de la tienda y los clientes, y lo íntimo, con sus conflictos domésticos, a través de un retrato político, cultural y social sobre Marruecos y sus leyes, construyendo una historia humanista, que explica sin juzgar, que muestra sin banalizar, y que filma sin caer en tópicos ni sentimentalismos. Una película magnífica y sólida para hablarnos de relaciones humanas, de maternidad, del rechazo de la sociedad, de la libertad, y sobre todo, de amor, pero en el sentido amplio de la palabra, y más bien, la falta de amor en una sociedad demasiado sumisa y cobarde, que reivindica el amor como único medio para la comprensión y fraternidad entre seres humanos, y sobre todo, el nuestro propio, que seamos capaces de perdonar y perdonarnos, de aceptar nuestras fisuras y tristezas emocionales, y acarrear con ellas, sin miedo y con decisión, compartirlas y vivir con ellas, firmes y valientes, para mirar sin acritud el pasado y afrontar el presente con humildad y valentía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sole, de Carlo Sironi

LENA Y ERMANNO.

“Cada pensamiento podría ser el comienzo de la nueva red enmarañada que estás tejiendo, cualquiera podría ser un nuevo amor”.

Brand New Love de Sebadoh

Había una vez un joven veinteañero llamado Ermanno, que vivía en algún lugar olvidado de la periferia, y mataba el tiempo jugando a las tragaperras y con pequeños hurtos. Un día, aparece Lena, una joven de 22 años, polaca, sola y embarazada, que se aviene a vender a su criatura a los tíos de Ermanno, ya que no pueden tener hijos. Ermanno, que después entregará el recién nacido a sus parientes, a cambio de dinero, se convierte en una especie de carcelero de Lena, con la que vive en uno de esos apartamentos de tantos barrios alejados del centro, en el que solo llegan los que viven allí. Carlo Sironi (Roma, 1983), ya había llamado la atención dentro del panorama cinematográfico internacional, con sus tres cortometrajes. En Sofia (2008), explicaba la relación íntima de dos hermanas a través de los objetos, en Cargo (2010), nos hablaba de la relación entre Alina, una prostituta ucraniana, y Jani, su protector rumano, en la periferia romana. Y en Valparaíso (2016), el conflicto de una joven embarazada despedida de su trabajo.

Con Sole, debuta en el largometraje, con un relato nuevamente periférico, centrándose en las existencias y conflictos de unas almas que no tienen a nadie en el mundo, quebrados emocionalmente, que intentan tirar hacia adelante en situaciones muy adversas. Lena y Ermanno pertenecen a esa juventud europea desarraigada, mutilada y sin rumbo, una juventud desorientada que anda de aquí para allá, presa de otros, con más poder y dinero, como el tío de Ermanno, que acaban dirigiendo sus vidas. Sironi construye una película muy estilizada y directa, con el formato 1:33.1, con ese formato cuadrado, que se ciñe a sus personajes, y en esa especie de cueva-cárcel en la que viven, con esa tonalidad de azul que presiden los encuadres, obra del cinematógrafo húngaro Gergely Pohárnok, con esa luz etérea, sin vida, sin alma, con esa cámara casi quieta, que apenas se mueve, con unos personajes que apenas hablan entre sí, solo se miran y se explican casi todo a través de ese lenguaje, porque no saben que decirse, como tratarse, y mucho menos, explicarse lo que sienten, creando ese espacio emocional donde cada movimiento y gesto adquiere una intimidad esencial.

El director italiano nos cuenta una fábula moderna, de aquí y ahora, aunque su forma de capturarla no obedece a ningún tiempo ni a ningún lugar, queriendo transmitir esa sensación de atemporalidad y no lugar que transmite la narración y el conflicto que trata. Una edición sobria y de corte puro, que firma Andrea Maguolo, que ya había estado en los cortometrajes de Sironi, ayuda a sumergirnos en el alma de esas dos vidas desesperadas y desencajadas, como son Lena y Ermanno, dos víctimas más de una Europa que ha olvidado a las personas, y vive hipnotizada por la economía, tratando a muchos de sus habitantes como ciudadanos de segunda, que serían los dos jóvenes, frente a los tíos de Ermanno, que sería toda esa otra Europa, la que somete a los más débiles y necesitados, como planteaba treinta años atrás, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, donde unos trabajadores polacos eran encarcelados en una vivienda mientras hacían su remodelación. Personas ocultas, silenciadas, olvidadas, que solo valen si se les puede sacar algún provecho económico o de otra índole, como sucede en Sole, título revelador que alude a toda esa desolación que recorre las tristes existencias de los protagonistas, que cuidan de un embarazo y una niña que será para otros.

Sironi nos conduce por la miseria de su película, a través de una de las más tiernas y conmovedoras historias de amor que se han visto en el cine en los últimos tiempos, en la que dos desesperados y sin futuro, como son Ermanno y Lena, conocen y sienten, por primera vez, eso que llaman amor, o algo que se le parece mucho, y dentro de ese mejunje de realidad durísima, empiezan a plantearse una vida que antes no tenía nada más allá que lo que estaban viviendo. Una pareja protagonista que se convierten en las mejores pieles y aliados para contar un cuento duro y sensible a la vez, con el debutante Claudio Segaluscio, uno de esos personajes que parecen salidos de una película de Pasolini, o de Gomorra, uno de esos que andaban con Accattone, con ese rostro impasible, sin mostrar ni intuir nada, que se desplaza inclinado, con toda esa máscara de dureza que oculta a alguien de gran corazón. A su lado, la actriz Sandra Drzymalska dando vida a Lena, otra joven desamparada, que sueña con llegar a Alemania y empezar de nuevo, y accede a entregar a su bebé para cobrar un dinero vital para ella, con esa mezcla de sensibilidad y dureza, con esa cara de niña que ya ha vivido demasiados golpes. Una pareja que no estaría muy alejada de los Sonia y Bruno de El niño, de los Dardenne.

Sironi mira con profundidad e intensidad a sus personajes y el conflicto que los encierra, como demuestra con su minimalismo, tanto formal como emocional, en el que lo explica todo, de forma sencilla y catalizadora, consiguiendo atraparnos con lo mínimo, en una película admirable y poderosa, ejecutada con detalle e inteligencia, magnífica en su intimidad y reveladora en su composición, que nos habla de frente y con una frialdad que encoge el alma, tratando un tema complejo como la gestación subrogada que está prohibida por ley en muchos países, y haciéndolo con sabiduría y potencia, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, mostrando una realidad que los gobernantes se niegan a ver, pero la necesidad de unos y otros, hace que se siga practicando, y también, nos habla del hecho de convertirse en padres, que significa y que provoca en la vida de dos personas que se tropiezan porque otros lo han decidido, siendo unas víctimas de tanta desigualdad, de tanta violencia, y sobre todo, de tanta falta de amor en las sociedades que vivimos y construimos diariamente, que más nos valdría mirarnos más los unos a los otros, que andar como pollo sin cabeza, ensimismados en nuestra existencia y en nuestros objetivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Olea… ¡Más alto!, de Pablo Malo

PEDRO OLEA, DE OFICIO CINEASTA.

“Con la edad uno tiene una visión cariñosa del pasado”.

Pedro Olea

El maravilloso plano que cierra Tormento, con ese rostro rígido y lleno de odio de Concha Velasco, con una de esas miradas que cortan el viento, viendo marcharse el tren, donde viajan todas sus ilusiones y deseos marchitados, y de repente, de su boca salen las palabras: “Puta, puta, puta…”. Una mirada que ya forma parte de la historia de nuestro cine, a la que le sucederán otras, de tantas películas de la carrera de Pedro Olea (Bilbao, 1938), y de esa manera, tan elocuente y especial, se abre la película Olea… ¡Más alto!, sincero y rendido homenaje a uno de los cineastas más comprometidos y audaces del cine español, cuando ser comprometido y audaz podía costar muy caro. Si echamos la vista atrás, nos encontramos con el magnífico documental A propósito de Buñuel (1999), de José Luis López-Linares y Javier Rioyo, autores de Asaltar los cielos (1996) o Extranjeros de sí mismos (2001), entre otros, sobre la extraordinaria figura de Luis Buñuel, para encontrarnos con películas-homenaje sobre los que hacen el cine. Será con el nuevo siglo, que jóvenes talentos miran a sus maestros, a las figuras que tanto admiran y que tanto han aprendido, como el caso de Virginia García del Pino que hizo Basilio Martín Patino. La décima carta  (2014), y Félix Viscarret hizo lo propio en Saura(s) en el 2017. Aproximaciones personales e interesantes que recorren no solo la vida profesional, sino aquella más desconocida, la personal, en un viaje que habla de quizás, la parte más importante de la cinematografía española.

El director Pablo Malo (San Sebastián, 1965), al que conocemos por películas tan estimables como Frío sol de invierno (2004), La sombra de nadie (2006) o Lasa y Zabala (2014), entre otras, se pone detrás de las cámaras, y de la mano del propio Olea, nos conduce por su vida y milagros, arrancando con sus años de infante estudiando en los Maristas de Bilbao, donde un sacerdote le insto a alzar la voz, instante que le despertó la vocación de cineasta, ya que quería ser como el cura y mandar, pero en el cine, de ahí el título de la película, su traslado a Madrid para estudiar en la Escuela Oficial de Cine, los cortos de género que hizo en la escuela, su admiración con profesores ilustres como Luis García berlanga o Carlos Saura, su debut con Días de viejo color (1967), sus películas con José Luis López Vázquez de protagonista, El bosque del lobo (1970) y No es bueno que el hombre esté solo (1973), las que hizo con Concha Velasco, la citada Tormento (1974), Pim, pam, pum… ¡Fuego! (1975) y Más allá del jardín (1996), el pelotazo de Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), las que produjo él y no fueron lo deseosamente bien, como Akelarre (1984), Bandera negra (1986), o Morirás en Chafarinas (1995), y las que sí, como El maestro de esgrima (1992), sus recordados y admirados trabajos para televisión, su incursión en el universo de Isabel Pantoja con El día que nací yo (1991), el melodrama Tiempo de tormenta (2003), y su película La conspiración (2012), vetada por el PP.

Recorreremos algunos de los lugares de rodaje de la mano de Olea, como esas maravillosas localizaciones de El bosque del lobo, viendo su estado actual, algún diálogo con sus habitantes, y su contraplano, como aparecían en la película, en uno de esos momentos maravillosos entre la vida y el cine, entre la realidad y la ficción, y el paso del tiempo, en que Olea no solo vuelve al lugar de los hechos, sino que lo hace desde la honestidad y el amor por un tiempo y su trabajo. Como no podía ser de otra manera, tendremos la oportunidad de ver el otro lado del espejo, compañeros y colegas de profesión hablando de Olea, así que escucharemos a algunos cómplices de su travesía como José Sacristán, el inolvidable protagonista de Un hombre llamado Flor de Otoño, Víctor Manuel, José Frade, productor de sus primeras películas, Jorge Sanz, José Luis Garci, Maribel Martín, Imanol Uribe, los desaparecidos Diego Galán y Arturo Fernández, y muchos otros, y ese especialísimo encuentro con Concha Velasco, donde recuerdan sus trabajos juntos, tanto en cine como en teatro. La película, no solo se queda en los momentos de amistad, fraternidad y cine, sino que también, nos habla de esos momentos complicados entre el director, con los intérpretes, productores y autores, que no siempre caminaban de la mano, y los entresijos y pozos oscuros del oficio del cine.

El director donostiarra imprime ritmo y pausa cuando la película lo requiere, en que la locuacidad y carácter de Olea lo convierten en el anfitrión perfecto, no solo para hablar de su cine, y sus cosas, sino para mirar atrás con amabilidad y crítica, según la ocasión lo estime, de la dificultad de hacer cine por su elevado coste, las relaciones amables y sinceras con algunos intérpretes, los roces con otros, la maldita censura franquista, el recuerdo de los que ya no están, el estado actual de las películas, las deseadas, las que no lo fueron tanto, en fin, todo el amor y el desamor de toda una vida dedicada al cine, un tramo importante que abarca más de medio siglo en la vida de Pedro Olea, uno de esos directores, que aquí tiene su momento, para explicarnos, para escucharlo, para remirar sus planos y encuadres, y sobre todo, para disfrutar de su cine, de su mirada, de su inquebrantable amor hacia el oficio de dirigir y producir películas, con sus sabores y sin sabores, su  compromiso profesional, personal y político, de su lucha, contra viento y marea, para levantar sus películas, de un tiempo que describe tanto de qué pie cojeaba la sociedad española de entonces, y la de ahora, porque entre unos y otros, y más cambios, la verdadera idiosincrasia sigue siendo la misma, o quizás, haya cambiado, pero no tanto como algunos piensan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Robots. Las historias de amor del futuro, de Isa Willinger

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?

“Mi querida señorita Gloria, Los robots no son personas. Ellos son mecánicamente más perfecto que nosotros, tienen una capacidad intelectual asombrosa, pero no tienen alma”.

Karel Capek

El recordado y célebre monólogo del androide Nexus-6, que cerraba Blade Runner, de Ridley Scott, basada en la novela de Philip K. Dick (1928-1982), ponía en cuestión un conflicto esencial en la relación entre humanos y máquinas, el robot se desataba con un discurso humanista, que mencionaba lo efímero de la existencia y el vago recuerdo de nuestro paso por la vida. El alma, la conciencia y saber quién eres, resultan condiciones humanas, pero que ocurriría si los robots pudiesen desarrollar esas emociones, ¿En qué consistirían nuestras relaciones con las máquinas?, ¿Y éticamente, cómo gestionaríamos semejante condición? Preguntas que están sobre la mesa, y más, cuando en pocos años, la inteligencia artifical en forma de infinidad de robots, se está convirtiendo en un elemento cotidiano en nuestras sociedades, cada vez un hecho muy visible, en un futuro de ahora, en que humanos y máquinas humanoides, compartiremos trabajo, sociedad y mucho más.

La directora Isa Willinger (Múnich, Alemania, 1980), ha construido una película que va más allá de la simple fascinación por la máquina, y se adentra en el elemento esencial de nuestra relación con los robots, el alma de estos robots humanoides que, poco a poco, se están instalando en nuestras vidas y nuestras sociedades, en muchos casos, eliminando puestos de trabajo que ocupan ellos, y en otros, ayudándonos, como ocurre en la película con el robot “Pepper”, que llega a una casa en Japón, donde ayudará a la abuela Sakurai con su demencia, aunque resulta ser muy despistado, o a Chuk, un estadounidense que adquiere a Harmony, una fembot, como compañera y dejar su soledad. La película indaga en la ética y la moral que supone la creación de estos robots, y todos los límites que deberían existir entre humanos y máquinas, y sobre todo, todas las contradicciones que emergen entre a nivel humano y ético, y cómo se gestionarán las futuras consecuencias de la convivencia entre humanos y robots humanoides.

Seremos testigos de las relaciones de Pepper y Harmony con sus humanos, y también, escucharemos a expertos en robótica, ética, filosofía y demás áreas competentes, que dialogarán y emitirán sus declaraciones sobre el tema. La directora alemana que ha trabajado en diversos temas como género, social, derechos humanos o el oficio del cine, nos sumerge en un documento interesante y ejemplar, indagando en todos los temas que surgen ante el avance de la robótica y su implantación en nuestras vidas cotidianas, explorando todos los puntos de vista, y sus complejidades, consiguiendo un vehículo fascinante e inquietante sobre cada uno de los aspectos que filma. Escuchamos múltiples opiniones, a favor y en contra, y vemos la construcción de los robots, y  a sus creadores, y también, los vemos interactuando con los humanos, o aquellos que nos dan la bienvenida a centros comerciales, parques temáticos o empresas. Veremos las relaciones, no siempre sencillas, entre humanos y máquinas, y observamos las diferentes formas de los robots y las necesidades humanas, en las que la máquina viene a sustituir el trabajo, el amor y demás elementos de nuestras vidas.

Philip K. Dick, no imaginó un futuro distópico, donde humanos y máquinas luchaban entre sí, sino una realidad que está a la vuelta de la esquina, la de un mundo en el que los hombres crean a las máquinas no para cubrir sus necesidades, sino a hombres que crearon a las máquinas para dominar a otros hombres, y olvidaron lo más importante, que las máquinas, cada vez más sofisticadas y a imagen y semejanza de los humanos, huyeron de los creadores y con la experiencia de la interacción con los humanos, empezaron a desarrollar emociones humanas, y entonces, fue cuando pudieron dominar a los hombres, ya que ellos seguían ambicionando poder y riqueza, y los robots, por el contrario, ambicionar algo que los humanos olvidaron hace mucho tiempo, vivir y ser felices. Hi, A.I., título original de la película de Willinger, se acerca mucho a esa idea de domino y autodestrucción del ser humano que, utiliza la ciencia para ir más lejos, olvidándose que todo lo bueno siempre lo ha tenido a su alcance, la humanidad de ver al otro, la comprensión y al fraternidad entre unos y otros, y los robots, solo vendrán a sustituir esas emociones, no a llenarlas y sobre todo, a producir seres felices, sino, a seres sin tiempo para pensar, y sobre todo, mucho más infelices. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No matarás, de David Victori

UNA PUTA PESADILLA.

“No puedes cambiar todo en una noche pero una noche puede cambiar todo”.

John Updike

Dani es un treintañero con una vida dedicada exclusivamente a cuidar de su padre enfermo. Cuando su padre muere, Dani vuelve a su trabajo como vendedor de viajes, y su quehacer cotidiano, sombrío, y sin sobresaltos de ningún tipo. Pero, una noche todo cambia, porque conoce a la inquietante Mila, una joven atractiva y enigmática, con la que Dani se deja enredar y la acompaña, hasta llegar a su apartamento donde se lían. En ese momento, aparece un invitado inesperado que cambiará todo el panorama, sobre todo, la existencia de Dani. Segundo largometraje de David Victori (Barcelona, 1982), después de El pacto, de hace un par de años, en la que nos conducía por un acuerdo con el maligno de una mujer, la siempre interesante Belén Rueda, para salvar la vida de su hija enferma. En No matarás, Victori se aleja del efectismo de su primera película, para adentrarse por otros derroteros, centrándose en una noche, la noche que Dani vivirá una auténtica pesadilla, en la que se irá metiendo en la boca del lobo, y deberá esforzarse mucho para salir con vida.

Filmada con cámara en mano y largos planos secuencias, para transmitir el nerviosismo y el agobio que sufre Dani durante la noche, en la que seguimos sin descanso al personaje por su travesía por el infierno, en esa Barcelona nocturna, una Barcelona de sombras inquietantes, oscuros apartamentos, callejones sucios y malolientes, y calles llenas de problemas para Dani, una Barcelona muy alejada del turismo, del escaparate, capturada por la cámara de forma intensa y llena de energía. Siguiendo una estructura parecida a After Hours, de Scorsese, donde el protagonista se ve inmerso en una pesadilla, donde va conociendo personajes extraños en una noche que parece no tener fin, ni salvación, algo parecido le ocurre al personaje de Dani, con esas llamadas SOS a su hermana, con esa especie de huida hacia no se sabe dónde, como cuando se topa con la policía, o sus idas y venidas recorriendo algunos lugares de esa noche infernal, donde un hombre bueno y sencillo se ve inmerso en una noche de locura, miedo y muerte, donde su oscura existencia, se pone en el ojo del huracán, como si el mal lo siguiera y lo hubiera puesto en liza, sin pretenderlo, ni buscarlo.

Victori vuelve a contar en la escritura con Jordi Vallejo (que ya estuvo en El pacto), y Clara Viola (que coescribió Zero, cortometraje con la que el director ganó el concurso internacional de Ridley Scott), en la cinematografía encontramos a Elías M. Félix, que hizo lo propio en El pacto, ahora envuelto en un trabajo más inmersivo, brutal y lleno de dificultades, y finalmente, un nuevo fichaje, el de Alberto Gutiérrez en la edición (colaborador de Dani de la Orden, o los Javis), en un estupendo trabajo para conseguir el ritmo que tanto le obsesiona a Victori, en un thriller psicológico de aquí y ahora, que podría desatarse en cualquier noche, en una de esas noches que parece que va a ser tranquila, como tantas otras, sin nada que hacer, comiéndose otra hamburguesa en el bar de siempre, pero, quizás, no, y esa chica que se acerca pidiendo que se le pague la comida porque ha olvidado su dinero, pueda ser el detonante para que todo cambie, algo tan sencillo como una mujer que se nos acerca, una mujer rara pero atractiva, alguien desconocido al que seguimos sin más, solo para pasar un buen rato, o no.

El director barcelonés consigue una película excelente, llena de tensión y terror, que no decae en ningún instante, que nos va devorando, y sumergiéndonos en esa puta pesadilla sin descanso, sin tregua, hundidos en esa hipérbole del demonio, en el que sobrevivir es solo cuestión de suerte, y sobre todo, de astucia y no tener miedo, porque las amenazas son constantes y muy peligrosas, donde la vida pende de un hilo, donde no hay más ayuda que la de tu voluntad y no tener miedo. Una película basada en el texto, condicionada por el aquí y ahora, y centrada en la noche, necesitaba un reparto bien engrasado y que brillará, para conseguir esa naturalidad, intensidad y sobriedad que necesitan los personajes, con un Mario Casas desatado y muy creíble, dando vida a Dani, ese tipo apocado, de vida rutinaria, que se verá inmerso en una noche llena de peligros y angustiosa, recordándonos en cada nuevo trabajo, que aquel chico que enamoraba a las chicas pasó a mejor vida, y de unos años ahora, su carrera se ha convertido en un nuevo reto a cada película que interpreta, consiguiendo roles auténticos, potentes y complejos.

El resto del reparto también luce con seriedad y convicción, arrancando con la debutante Milena Smit que interpreta a Mila, esa chica fascinante y peligrosa a la vez, que conducirá a Dani a lo más oscuro, demostrando una naturalidad y magnetismo sorprendentes, convirtiéndose en otro acierto en la película, caminando por esa línea tan delgada entre la vida y la muerte. En roles más pequeños, pero también, interesantes, destacan las presencias de Elisabeth Larena como la hermana de Dani, ese vínculo que le ayuda a dejar lo de atrás y atreverse a vivir, y la de Ray, que hace Fernando Valdivielso, en un rol muy inquietante. Victori consigue lo que se propone, en un relato directo, sin concesiones y de frente, sin titubeos ni atajos, solo de cara, en un viaje a lo más oscuro e inquietante de la noche, sus figuras y sus sombras, en un film de grandísima altura, que no dejará a nadie indiferente, que te atará a la butaca, y sufrirás de lo lindo, siguiendo a un personaje metido en un pozo de maldad y sangre sin buscarlo, o quizás sí, quizás un no a tiempo siempre es importante, y sobre todo, vital. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lúa Vermella, de Lois Patiño

LAS ÁNIMAS DEL MAR.

“Aquí los muertos no se marchan, se quedan con nosotros”.

La relación entre el ser humano y el paisaje ya estaba en el universo de Lois Patiño (Lugo, 1983), a través de su pieza Montaña en sombra (2012), que exploraba la montaña y unos diminutos esquiadores estáticos, logrando una belleza del paisaje hipnótica e inquietante. La misma relación ha seguido presente en su cine, en su debut en el largometraje, Costa da Morte (2013), la mirada se posaba en los confines del mundo, como lo mencionaban los romanos, para adentrarse en sus gentes y en un paisaje vasto y devorador. El cineasta vuelve a sumergirnos en un paisaje de la costa gallega, centrándose en la relación de sus habitantes con las almas de los náufragos del mar, en un viaje fascinante y perturbador, a partes iguales, entre la realidad y la leyenda, entre la vida y la muerte, entre los que se quedan y los ausentes, entre aquello que creemos ver y aquello que imaginamos, y lo hace desde el documento y la ficción, mirando y retratando a sus habitantes, en una quietud y posición inquebrantables, como si estuviesen recogidos y meditando, que recuerda a la pintura “El Ángelus”, de Millet, el paisaje enigmático y natural, el mar, con sus mareas y aquello que oculta.

Patiño convierte su película en una travesía sonora y visual de grandísima belleza, pero como ocurría en Costa da Morte, no se deja embriagar por sus imágenes bellas, sino que nos propone un misterio, la desaparición de El Rubio, un vecino que rescató a miles de náufragos del mar, y ahora, el mar, se lo ha llevado, y todos los vecinos, evocan su figura y reclaman al mar su cuerpo para darle sepultura. Tres mujeres, tres meigas aparecen en el pueblo, las únicas en movimiento, que buscan a El Rubio, recorriendo todos los lugares de la costa, los espacios del pueblo, los acantilados y cuevas del entorno. El director gallego nos lanza al abismo, nos obliga a dejarnos llevar por sus imágenes y sonidos, pero con una mirada inquieta y curiosa, aquella que investiga y escruta cada encuadre, cada sonido y cada mirada de los personajes, aquella que se muestra cautivada por la belleza que desprende la película, que conserva ese aroma que tenían las novelas de aventuras como Los contrabandistas de Moonfleet o Moby Dick, o las fantasías terroríficas mudas de la UFA, con los Murnau, Lang, Pabst o Muni.

El relato nos habla de la necesidad del duelo, de despedirse de los muertos, de recuperar al ausente para así darle descanso a él, y a los otros, los que se quedan, y también, de lo social, con esa presa construida, que destroza el entorno salvaje y natural, y la afectación que tiene en el entorno, y a los habitantes que les deja sin la pesca en los ríos tan necesaria. El inmenso trabajo de sonido de Juan Carlos Blancas, acompañado por el exquisito montaje que firman Pablo Gil Rituerto, Óscar de Gispert y el propio director, que también se hace cargo del guión y la cinematografía, como las espectaculares imágenes bajo el mar, que tiene a Adrián Orr, director de Niñato, como su asistente, y a Jaione Camborda, directora de “Arima”, en la dirección de arte, para darle forma y fondo a una película que se va adentrando suavemente en nuestros sentidos, convocándonos a un misterio, a un espacio “limbo”, que solo existe en lo más profundo de nuestra alma, que tiene que ver con aquello que sentimos y creemos, y no con aquello que vemos, que nos invita a recorrer esos lugares míticos y esas gentes, fascinados por sus mitos y leyendas, por sus muertos, sus espectros que vagan entre los vivos, como la Santa Compaña, a la que hace referencia explícita la película.

Asistiremos al fenómeno de la “Lúa Vermella”, esa Luna de Sangre, que lo tiñe todo de un rojizo plomizo que los inunda, provocando un extraño lugar, no identificable con lo conocido, convirtiendo el espacio y el paisaje, en algo inhóspito y misterioso, donde todo es posible, donde los habitantes de la tierra, las ánimas, y los habitantes del mar, como ese famoso monstruo, el “Moby Dick”, del lugar, adquieren una nueva dimensión, difícil de atrapar, y que solo existe en las profundidades. Lúa Vermella, producida por Zeitun Films, la compañía de Felipe Lage, responsable, entre muchas otras, de las películas de Oliver Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia, nos convoca a un retrato-viaje de las costumbres y leyendas galegas, de lo más intrínseco de la tierra y aquellos que la habitan, de la especial relación, intensa y profunda, entre los oficios del mar y el propio mar, con sus misterios, mitos y terrores, construyendo una fascinante e hipnótica película, que nos invita a sumergirnos por caminos desconocidos, pero muy atrayentes, en una cinta inmersiva y fascinante, de una grandísima belleza pictórica, que también inquieta, y una sonoridad hipnótica, que nos transporta hacia lugares míticos, absorbentes y cautivadores, donde vivos y fantasmas se relacionan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sentimental, de Cesc Gay

EL REFLEJO EN LOS OTROS.

“Los cónyuges conviven durante décadas entre el aburrimiento y la resignación, y se odian porque uno de los dos ha recibido una educación más refinada que el otro, porque coge el tenedor y el cuchillo con más gracia”.

Sándor Márai

En la primera del 2015, Cesc Gay (Barcelona, 1967), estrenó en el Teatre Romea de Barcelona, Els veïns de dalt, su debut como dramaturgo y director en las tablas. El gran éxito trasladó la historia a Madrid, y muchos fueron los espectadores que se dejaron llevar por las miserias de un matrimonio que llevan juntos más de quince años, que ni se miran ni se tocan, y han construido una relación basada en los ataques, reproches y una malsana ironía. Pero, los gemidos que vienen del piso de arriba, aún ha hecho más mella en su relación, en todo aquello que no tienen, y que otros sí, en todo lo que ya no son, y otros sí. Ella, Ana, movida por la curiosidad y la envidia, invita a los vecinos para verse en ellos, para comprobar que tan diferentes son, una relación de la otra, y como no podía ser de otra manera, florecerán asuntos que se ocultaban por miedo a romper esa tendencia autodestructiva, que les llevaría a otra situación, la de verse de verdad.

El director catalán lleva más de dos décadas edificando relatos sobre personas laboralmente acomodadas, pero en continua incertidumbre y caos en lo emocional, y sobre todo, en la pareja, convertida en un espacio de inestabilidad, desilusión y lucha constante, más cercano a un infinito combate de egos y soledades, que en una relación equilibrada y cercana, como se supone que debería ser. Los individuos de Gay suelen comportarse torpemente en cuestiones sentimentales, como la mayoría de nosotros, en constante desesperanza con aquello soñado y una triste realidad que los ofusca y los aleja de esa aparentemente felicidad que todos ansiamos, pero que ninguno conoce como encontrarla y mucho menos, como conservarla. Eso sí, ante tantos devaneos emocionales, Gay siempre tiene un as en la manga, algo que nos haga resistir, algo que nos encaje en esta sociedad tan competitiva e individualista, y no es otra cosa, que la amistad, la verdadera, una amistad sincera, comprensiva y fraternal, todo lo contrario a lo que tienen las parejas de su filmografía.

Con Sentimental, el director barcelonés adapta su texto teatral, segunda incursión en la adaptación, después que lo hiciera en el 2009, con V.O.S. (Versión original subtitulada), con la obra de Carol López. La película arranca con un breve prólogo. Es viernes, y mientras Julio vuelve de sus clases de música, Ana, prepara nerviosa el aperitivo que compartirán sus vecinos. Luego, con la llegada a casa de Julio, se mete lleno en el conflicto central de la película, empezarán las idas y venidas entre la pareja, en una especie de “Ahora sí, ahora no”, entre su combate cotidiano, entre aquello y lo de más allá, hasta la llegada de los vecinos de arriba, Salva y Laura, más jóvenes, más abiertos, y sobre todo, todavía enamorados. Ese espejo que son los vecinos para Julio y Ana, afilará más los colmillos entre los dos, llegando a ese punto de no retorno, aún más cuando los vecinos les proponen una orgía. Gay compone una película al estilo de las Screwball Comedy, con unos diálogos inteligentes e irónicos, que van desde lo divertido hasta lo más amargo, manteniéndose en esa finísima línea entre la comedia y el drama.

Sentimental se cimenta en dos elementos que no pueden fallar en una película de estas características. El estupendo y arrollador texto, con temas como la pareja, la convivencia, el amor, el sexo, la libertad y todo aquello que somos o dejamos de ser, y sobre todo, un gran reparto que haga creíble esos diálogos, miradas y gestos, convertido en un magnífico y apabullante tour de forcé entre sus intérpretes, con un Javier Cámara espléndido y arrollador, en su cuarta película con Gay, un tipo frustrado por no alcanzar su sueño de músico, que paga a su mujer aquello que pudo ser y no fue, Griselda Siciliana da vida a Ana, esa mujer cansada y derrotada, que ya nada le ata a una relación rota y dolorosa, y la otra pareja, el reflejo del espejo, con un natural y acogedor Alberto San Juan, segunda colaboración con Gay, el tipo que no se calla nada, incapaz de enfadarse u ofenderse, y a su vera, Belén Cuesta, la psicóloga, ese puente tranquilizador y reparador para Julio y Ana. La cinematografía vuelve a correr a cargo de Andreu Rebés, que ha estado en casi toda la carrera de Gay, y debuta con Gay, como editora Liana Artigal, en un gran trabajo de ritmo narrativo en un relato que depende tanto de los intérpretes y el texto.

Cuatro intérpretes, un espacio, y unos diálogos divertidísimos y amargos, por todo aquello que se ha resquebrajado en una pareja que se amaron, o al menos, así lo sentían, pero que, a día de hoy, solo les ata la tristeza y la amargura, la incapacidad de no saber solucionar sus conflictos escuchándose, y sobre todo, teniendo paciencia para entenderse y entender. Los ochenta y dos minutos del metraje, pasan volando, con energía y mordacidad, sin descanso, en un constante tira y afloja, entre una pareja que se ama y se odia a la vez, y otra, que intenta poner paz y armonía. Gay ha conseguido una película magnífica, cercana y personal, que habla de muchísimas parejas, de ese amor frágil e incierto de estos tiempos convulsos y materialistas, que resulta más sencillo aparentar emociones que sentirlas, que nuestras relaciones, sean del ámbito que sea, y en la pareja aún más, constantemente están siendo analizadas con acritud, relaciones que penden de un hilo, con un presente dificultoso y un futuro, lleno de incertidumbres, quizás es el mal endémico de estas sociedades, donde sus gentes, vacíos y desorientados, más preocupados por llenar sus msierias de forma material y no emocional. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

She Dies Tomorrow, de Amy Seimetz

VOY A MORIR MAÑANA.

“La muerte es una vieja historia y, sin embargo, siempre resulta nueva para alguien”.

Ivan Turgueniev

La extraordinaria película Der Müde Tod (1921), de Fritz Lang, perteneciente a la etapa muda en su Alemania natal, es una de las primeras apariciones de la muerte en el cine. La muerte, esa eterna sombra oscura, con apariencia humana que, sitiaba a una joven pareja, y le ofrecía a ella, la oportunidad de salvar a su condenado enamorado. La muerte, una presencia siempre inquietante, forma parte ineludible de nuestra existencia, no existe una sin la otra, y aunque evitemos pensar en ella, siempre nos ronda, convertida en una amenaza constante, siempre al acecho, lista para intervenir y detener nuestra vida, en el instante menos esperado o no, porque aunque la veamos venir, la muerte siempre actúa en el peor momento, y siempre, nos sorprende su forma de actuar. ¿Qué pasaría si alguien obsesionado con la muerte, convencido que perecerá al día siguiente, pudiera contagiarnos ese desánimo e inculcarnos esa idea con su sola presencia? Esa pregunta, cuanto menos inquietante, es la que se hace la directora Amy Seimetz (Florida, EE.UU., 1981), que la habíamos visto como actriz en títulos del circuito independiente estadounidense como Upstream Color, de Shane Wingard, o Lean on Pete, de Andrew Haigh, entre muchos otros. Hace ocho años, debutó en el largometraje con Sun Don’t Shine, en la que una pareja recorría, a modo de road movie, la Florida Central, en un viaje que destapa un pasado siniestro de ella, protagonizada por Kate Lyn Sheil.

Después de dirigir algunos episodios de la serie The Girlfriend Experience (2016), y trabajar como actriz, Seimetz vuelve a rodar una película sobre la muerte, o podríamos decir, sobre el hecho de morir, y como ese detalle capital en nuestra vida, acaba contagiando a todos los seres que se va encontrando la enigmática Amy, que a su vez, fue contagiada por Graig, un ex. Seimetz, que firma el guión y la producción, en una cinta auto producida por ella misma, por un sueldo ganado por su trabajo en el remake de Cementerio de animales, a la manera de Welles, nos sumerge en un relato sencillo y cotidiano, que se concentra en una noche, que parece no tener fin, o al menos, aparentemente, si que conocemos como finalizará. Amy, interpretada por Kate Lyan Sheil, se siente extraña, deambula por su casa como un fantasma, realiza acciones sin sentido y fuera de lo común, no sabe que hace ni porque, lo único que tiene claro es que morirá al día siguiente. Jane, su mejor amiga, intenta ayudarla, pero al rato, se siente como ella, y sabe que morirá al día siguiente, y así va ocurriendo, Jane contagia la idea de la muerte a su hermano, su cuñada y una pareja de invitados, así como el doctor que la atiende.

El cinematógrafo Jay Keitel, colaborador habitual de Seimetz, consigue una magnífica luz espectral, llena de claroscuros y una capa densa y muy pesada, que aún carga más la atmósfera de la película, convirtiendo unas imágenes azotadas por un ambiento siniestro e inquietante, en la que sus personajes parecen almas que vagan sin descanso ni consuelo, como barcos a la deriva, sin saber qué hacer, ni adónde ir, obsesionados con la inminente muerte. La directora estadounidense se apoya en ese cine de terror cotidiano, sin sobresaltos ni sustos sonoros, un cine protagonizado por gentes corrientes como nosotros, que les ocurrían cosas terroríficas. Un cine más cerca de clásicos como La legión de los hombres sin alma o La noche de los muertos vivientes, y el cine de terror actual como It Follows o La invitación, entre muchas otras, que vuelven a demostrar que el cine de género puede contener crítica social como cualquier otro título aparentemente más social.

Los Siegel, Wise, Arnold, y otros, utilizaron la paranoia de la Guerra Fría, para contarnos amenazas alienígenas y como afectaban al ciudadano medio americano de los cincuenta y sesenta. Por su parte, Seimetz utiliza el miedo a morir que produce una pandemia como la del coronavirus, que mezclado con el vacío existencial actual, ejecuta una película sobre el miedo y la paranoia a una muerte inminente, y las terribles consecuencias que producen en las personas esos pensamientos, sin explicar el origen del suceso, que aún hace del miedo más irracional y malvado, porque a la directora estadounidense le interesa más el qué, y sobre todo, como actúan y socializan las personas que son afectadas por esta idea obsesiva sobre la muerte inminente. Con un reparto excelente que se mete en la piel de estos cotidianos e inquietantes personajes, encabezado por unas magnífica Kate Lyn Sheil, que da vida a la desdichada Amy, bien acompañada por Jane Adams como Jane, con una breve pero interesante aparición del director de cine de terror, Adam Wingard, y la anecdótica presencia de Michelle Rodríguez, en ese epílogo que pone los pelos de punta. Seimetz ha logrado con mínimos elementos y situaciones, una película de gran altura, que inquieta y perturba mucho, utilizando espacios domésticos, y encontrando el equilibrio ideal para mantener una historia que podría resultar muy disparatada, pero que, en ningún momento, resulta superficial, sino que se mantiene en esa idea fija sobre la muerte que desarrollan cada uno de los personajes, y lo va planteando con un desarrollo muy profundo y personal, manteniendo un ritmo pausado y terrorífico, que no decae en ningún instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Human Voice, de Pedro Almodóvar

SOLA ANTE EL ABISMO.

“Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”.

Henry Miller

El deseo es, probablemente, la única emoción real y auténtica de nuestras vidas, la única capaz de hacernos vibrar, volar y vivir, pero también, la única capaz de destruirnos, de acabar con nosotros, porque el deseo no obedece a ningún aspecto racional, es la aventura, el riesgo, la incertidumbre, es lanzarse al abismo de lo desconocido, de lo que atrae y lo que temes, de un viaje a lo más profundo de tu alma, un viaje que nos desvelará quiénes somos, y quizás, tamaño descubrimiento, se convierta en algo agradable o insoportable. El deseo es la emoción que siempre ha empujado a Pedro Almodóvar (Calzada de  Calatrava, Ciudad Real, 1949), a construir su imaginario audiovisual, a dar vida a sus mujeres, unas mujeres dolientes, rotas por el amor, en ese particular descenso a los infiernos, arrastradas por el desamor, por la ausencia, la falta, el vacío que provoca el amor cuando se acaba, arropadas por su desgarro, su tristeza y su dolor.

El monólogo de Jean Cocteau, escrito en 1930, es la germen de buena parte de las historias del manchego, aunque ya estuvo de forma evidente en La ley del deseo (1987), cuando el director de cine Pablo Quintero convertía a su hermana Tina en la criatura de Cocteau en una representación teatral, donde encontramos el elemento de el hacha, que el director vuelve a recoger en The Human Voice. En su siguiente película, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), volvía a Cocteau, a través del personaje de Pepa Marcos, la mujer abandonada por su amor, aunque el relato derivaría a una comedia coral y disparatada, y la llamada del ex amante no llegaba a producirse. Ahora, sí, Almodóvar ha encontrado el momento perfecto, y la duración adecuada, 30 minutos que dura el monólogo, para adaptarlo, pero conociendo la imaginación del director, y sus adaptaciones, como hizo con Rendell en Carne Trémula, y con Munro en Julieta, la película se despoja de su original para camuflarse en el universo almodovariano, por eso advierte que la adaptación está libremente inspirada.

The Human Voice no es solo el nuevo trabajo del prolífico director, veintidós títulos como director, es un experimento en toda regla dentro de su filmografía, ya que el director se atreve con muchas cosas que parecían resistírsele, en un trabajo que significa muchas cosas en la carrera del director español, es la primera vez que rueda en inglés, vuelve al cortometraje, que ya estaban en sus inicios con obras como Muerte en la carretera (1976), o Salomé (1978), para volver nuevamente con Trailer para amantes de lo prohibido (1985), que hizo para televisión, estrenado en el mítico programa “La edad de oro”, y volvió otra vez, en La concejala antropófaga (2009), como añadido de Los abrazos rotos, con una desatada y estupenda Carmen Machi, donde Almodóvar rememoraba sus tiempos ochenteros. La palabra toma el pulso narrativo, donde escucharemos siempre a ella, la voz de él desparece. Otro elemento destacado es que el director vuelve a auto referenciarse, capturando elementos, objetos, músicas, y demás características de su filmografía, erigiéndose una piedra angular en su carrera, donde las múltiples miradas al cine, a su oficio, sus pasiones y a sus relatos es constante.

La obra de Cocteau ya tuvo una adaptación cinematográfica en 1948 de la mano de Rossellini y la piel de la Magnani, donde el maestro italiano seguía fiel a la sumisión de la mujer que planteaba el monólogo del francés. Almodóvar, por su parte, rompe ese esquema, conduciendo el relato a otra mujer, una mujer contemporánea, más moderna, de aquí y ahora, una mujer que no es sumisa, que sufre, se siente sola y anda como “vaca sin cencerro”, como diría la madre de Amanda Gris, pero que tiene carácter, es valiente y está dispuesta a no rendirse, a seguir amando cuando se recupere, que lleva tres días esperando inútilmente una llamada del que ha sido su amor durante los últimos cuatro años, que se mueve como un pantera enjaulada por su piso, y sale de él, caminando por ese estudio, en que Almodóvar, nos muestra la trampa, el artificio, rompiendo la “cuarta pared” que se dice en teatro, evidenciando la soledad y la oscuridad que desprende el personaje, del que desconocemos su nombre, vagando por ese espacio cinematográfico lleno de objetos y obras de arte, que explican lo que le está sucediendo a la mujer, como la pintura que preside su cama, “Venus y Cupido”, de Artemisa Gentileschi, u otra de Man Ray, o de Alberto Vargas, fotografías, cartas y notas, que se van apoderando de un lugar que ya no es, un espacio que fue y ahora está muerto, ausente, vacío, como ese traje del hombre que no está tendido en la cama, o el perro, también abducido por el dolor y el vacío, que echa de menos a su dueño, al que huele por cada rincón.

Los elementos técnicos vuelven a lucir, como suele ocurrir en el cine de Almodóvar, su detallismo, intimidad y capacidad para sumergirnos en su imaginario es maravillosa. La luz vuelve a ser brillante, saturada de color y predominio del rojo, obra de José Luis Alcaine, ocho películas con el manchego, y la edición de Teresa Font, que después de la experiencia de Dolor y gloria, vuelve a trabajar en una de Almodóvar, en un ejercicio magnífico, dotando al relato de energía y sensibilidad en la construcción del tempo y el ritmo de la película, la música de Alberto Iglesias recurre a variaciones y líneas propias de películas como Hable con ella, La mala educación, Los abrazos rotos o Los amantes pasajeros, y el imponente trabajo de vestuario de Sonia Grande, con esos vestidos rojo o negro, que explican con todo lujo de detalles el estado de ánimo de un personaje que va caminando, o mejor dicho, desplazándose por su abismo sin voluntad ni conciencia, y finalmente, Gatti, compone unos títulos de crédito y un cartel, marca de la casa, donde se van explicando todos los detalles que veremos en la película.

Almodóvar ha podido ofrecer su visión del texto de Cocteau, a su manera, siendo infiel, capturando su esencia, transmitiendo el dolor, el vacío, la oscuridad y la desolación que experimenta el personaje, en la piel de una extraordinaria Tilda Swinton, como se evidencia en su presentación en la ferretería (una secuencia que vale su peso en oro, que escenifica ese desgarro y la mujer convertida casi en una especie de extraterrestre recién llegada a la tierra), convertida en un modelo-piel de la factoría almodovariana, siguiendo el camino que emprendieron otras como Carmen Maura, Julieta Serrano, Victoria Abril o Marisa Paredes, llenando de vida, pasión y alma esas historias de amor, de desamor, de sentimientos a flor de piel, de mucho pop, kitsch, desgarro, carnes de boleros, objetos en forma de corazón, espejos que nos duplican y deforman el interior, vestidos que parecen de otro tiempo y que reflejan lo que sentimos, instantes que fueron muy intensos, llenos de deseo, pasión y amor,  pero que ya han dejado de ser, realidades y sueños que pertenecen a otro momento, a aquel que fuimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA