Robots. Las historias de amor del futuro, de Isa Willinger

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?

“Mi querida señorita Gloria, Los robots no son personas. Ellos son mecánicamente más perfecto que nosotros, tienen una capacidad intelectual asombrosa, pero no tienen alma”.

Karel Capek

El recordado y célebre monólogo del androide Nexus-6, que cerraba Blade Runner, de Ridley Scott, basada en la novela de Philip K. Dick (1928-1982), ponía en cuestión un conflicto esencial en la relación entre humanos y máquinas, el robot se desataba con un discurso humanista, que mencionaba lo efímero de la existencia y el vago recuerdo de nuestro paso por la vida. El alma, la conciencia y saber quién eres, resultan condiciones humanas, pero que ocurriría si los robots pudiesen desarrollar esas emociones, ¿En qué consistirían nuestras relaciones con las máquinas?, ¿Y éticamente, cómo gestionaríamos semejante condición? Preguntas que están sobre la mesa, y más, cuando en pocos años, la inteligencia artifical en forma de infinidad de robots, se está convirtiendo en un elemento cotidiano en nuestras sociedades, cada vez un hecho muy visible, en un futuro de ahora, en que humanos y máquinas humanoides, compartiremos trabajo, sociedad y mucho más.

La directora Isa Willinger (Múnich, Alemania, 1980), ha construido una película que va más allá de la simple fascinación por la máquina, y se adentra en el elemento esencial de nuestra relación con los robots, el alma de estos robots humanoides que, poco a poco, se están instalando en nuestras vidas y nuestras sociedades, en muchos casos, eliminando puestos de trabajo que ocupan ellos, y en otros, ayudándonos, como ocurre en la película con el robot “Pepper”, que llega a una casa en Japón, donde ayudará a la abuela Sakurai con su demencia, aunque resulta ser muy despistado, o a Chuk, un estadounidense que adquiere a Harmony, una fembot, como compañera y dejar su soledad. La película indaga en la ética y la moral que supone la creación de estos robots, y todos los límites que deberían existir entre humanos y máquinas, y sobre todo, todas las contradicciones que emergen entre a nivel humano y ético, y cómo se gestionarán las futuras consecuencias de la convivencia entre humanos y robots humanoides.

Seremos testigos de las relaciones de Pepper y Harmony con sus humanos, y también, escucharemos a expertos en robótica, ética, filosofía y demás áreas competentes, que dialogarán y emitirán sus declaraciones sobre el tema. La directora alemana que ha trabajado en diversos temas como género, social, derechos humanos o el oficio del cine, nos sumerge en un documento interesante y ejemplar, indagando en todos los temas que surgen ante el avance de la robótica y su implantación en nuestras vidas cotidianas, explorando todos los puntos de vista, y sus complejidades, consiguiendo un vehículo fascinante e inquietante sobre cada uno de los aspectos que filma. Escuchamos múltiples opiniones, a favor y en contra, y vemos la construcción de los robots, y  a sus creadores, y también, los vemos interactuando con los humanos, o aquellos que nos dan la bienvenida a centros comerciales, parques temáticos o empresas. Veremos las relaciones, no siempre sencillas, entre humanos y máquinas, y observamos las diferentes formas de los robots y las necesidades humanas, en las que la máquina viene a sustituir el trabajo, el amor y demás elementos de nuestras vidas.

Philip K. Dick, no imaginó un futuro distópico, donde humanos y máquinas luchaban entre sí, sino una realidad que está a la vuelta de la esquina, la de un mundo en el que los hombres crean a las máquinas no para cubrir sus necesidades, sino a hombres que crearon a las máquinas para dominar a otros hombres, y olvidaron lo más importante, que las máquinas, cada vez más sofisticadas y a imagen y semejanza de los humanos, huyeron de los creadores y con la experiencia de la interacción con los humanos, empezaron a desarrollar emociones humanas, y entonces, fue cuando pudieron dominar a los hombres, ya que ellos seguían ambicionando poder y riqueza, y los robots, por el contrario, ambicionar algo que los humanos olvidaron hace mucho tiempo, vivir y ser felices. Hi, A.I., título original de la película de Willinger, se acerca mucho a esa idea de domino y autodestrucción del ser humano que, utiliza la ciencia para ir más lejos, olvidándose que todo lo bueno siempre lo ha tenido a su alcance, la humanidad de ver al otro, la comprensión y al fraternidad entre unos y otros, y los robots, solo vendrán a sustituir esas emociones, no a llenarlas y sobre todo, a producir seres felices, sino, a seres sin tiempo para pensar, y sobre todo, mucho más infelices. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En el sótano, de Ulrich Seidl

bigtmp_31103LA HOGUERA DE LAS MISERIAS.

El enfermizo imaginario austríaco (recordamos los casos de la última década, el de Josep Fritzl, que secuestró y violó a su hija durante 24 años, o el de Natascha Kampusch, que fue secuestrada y violada durante 8 años por un psicópata, todos ocurridos en los sótanos de las casas) ha sido explorado de forma crítica y profunda, tanto por la literatura, de la mano de los novelistas Elfriede Jelinek y Thomas Bernhard, y por el cine, por la mirada del director Michael Haneke. El universo cotidiano, siniestro y delirante del cineasta Ulrich Seidl (1952, Viena) también ha profundizado en ese mundo oculto, en ese espacio doméstico fuera del alcance público, ese lugar donde las partes más oscuras de la condición humana se materializan y dejan paso a la imaginación más retorcida y depravada.

Desde que debutase, el cine de Seidl se ha sumergido, tanto en el terreno de la ficción como el documental, en estos lugares y oscuros de la naturaleza humana, recordamos sus célebres documentos sobre el cariño enfermizo hacía las mascotas en Animal Love (1996), o la mirada crítica y superficial del mundo de las modelos en Models (1999), así como en la estupidez y paradoja de una Europa a la deriva y sin moral que retrataba en Import/Export (2007), donde unos inmigrantes cambiaban sus países de origen, Ucrania y Austria, para seguir soportando unas vidas miserables, o su penúltimo trabajo hasta la fecha, la trilogía Paraíso, compuesta por Amor, Fe y Esperanza, donde a través del retrato de tres mujeres de la misma familia que viajaban escapando de su soledad, pero se daban de bruces con la triste realidad, una, viajaba inocentemente a Kenia en busca del amor romántico, otra, abraza de forma aterradora la evangelización, y la última, una adolescente que se trasladaba a un campamento con la idea de adelgazar.

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En su último trabajo, el realizador austríaco centra su mirada en los sótanos de las casas, de esa clase media acomodada, y nos muestra de forma honesta y directa que ocurre en esos espacios. Tenemos a nazis nostálgicos que tocan en una banda y se emborrachan, a señoras que guardan celosamente bebés de látex que cuidan y miman como si se trataran de sus hijos, a enfermos de las armas que además son cantantes frustrados de ópera, a obsesionados con el ejercicio físico, a cazadores que exhiben sus presas disecadas con orgullo, a los que se excitan sólo con prostitutas practicando juegos sexuales de dominación o sadomasoquistas que tienen todo un espacio dedicado a dar rienda suelta a sus deseos sexuales más profundos y reprimidos. Seidl retrata todo ese universo de forma onírica, casi banal, donde lo grotesco y el delirio se apoderan de la imagen, pero en otros momentos, las situaciones extremas nos llevan a reflexionar sobre la banalidad, la hipocresía, la soledad inmensa del mundo moderno, la crudeza y lo terrorífico de los escenarios (algunos decorados de forma kitsch) y la realidad de la represión moral y sexual en la sociedad en qué vivimos. Seidl lo filma de forma muy estilizada, desde el interior de estos espacios, exceptuando algún que otro exterior, su mise en escène está compuesta a través de cuadros, planos frontales o compuestos desde ángulos, estáticos, donde sus personajes son coreografiados de forma antinatural, sólo con música diegética, marca muy personal de su cinematografía, donde los personajes, solos o en compañía miran a cámara en silencio durante un rato, y en otros, explican sus deseos y cómo los practican, observándonos o siendo observados, forma que nos recuerda a la utilizada por el cineasta Roy Andersson, otro director que explora las miserias ocultas de los seres humanos. Seidl sazona su obra de un humor críptico, da risa del daño que hace, no juzga a sus criaturas, simple y llanamente las muestra, cómo las observa él, con esa mirada ácida y retorcida, en sus espacios de confort, en esos lugares donde son ellos mismos, alejados de ese mundo hipócrita, materialista y deshumanizado.