Nouvelle Vague, de Richard Linklater

ÉRASE UNA VEZ… EL CINE 

“Cuando se trata de filmar, me doy cuenta de que no sé nada. Por eso hago cine”. 

Jean-Luc Godard

Una película que habla sobre cine, cineastas y el deseo de hacer cine no podía arrancar de otra manera que en el interior de un cine en la que observamos a François Truffaut, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard, colegas de la revista “Cahiers du Cinema” desde donde hablan sobre cine y sueñan con hacer cine. Inmediatamente después estamos en una fiesta en la azotea de un edificio en el París de 1959 y unas jóvenes miran detenidamente a los tres mencionados, y se detienen en el citado Godard, el que todavía aún no ha hecho su primera película, pero que les dirá que él es un genio. La película Nouvelle Vague, la 25 de Richard Linklater (Houston, EE. UU., 1960) es un certero, sincero y emocionante homenaje al movimiento francés que puso patas arriba los convencionalismos del cine de entonces para abrir una nueva forma de hacer cine: libre, espontánea, caótica e irreverente en el que se trabajaba pensando en lo inesperado, abrazando la incertidumbre y haciendo películas que no sólo contasen una trama, sino que además, convirtiese el hecho de hacer cine significase algo más que contar una historia y entretener al película, que la propia película fuese una experiencia desbordante. 

Para Linklater la película que mejor recoge aquel espíritu rebelde, político y a contracorriente sea À bout de souffle, de Godard, y de eso va su cinta, a partir de un guion que firman Holly Gent Palmo, Vicent Palmo Jr, dos de sus colaboradores y los franceses Laetitia Masson, Michèle Pétin, y él mismo, en una trama que, como no, tiene muchas capas. Entramos en ella con un Godard ansioso de hacer su primera película, y más, cuando asiste al éxito de Cannes de Los 400 golpes, de Truffaut. Seguimos con el testimonio/diario del rodaje de la citada película, de sus días, idas y venidas por un París, asistiendo a una filmación alejada de todo y todos, donde vemos a un Godard caprichoso y distante, de aquí para allá, con sus eternas gafas oscuras, su libreta en la que apunta de todo, con pocas o ninguna indicación al gran Raoul Coutard que siempre ha de estar listo con la seguidilla de la película: “Motor, Raoul”. Vemos a una Jean Seberg nerviosa y nada cómoda, completamente asombrada por la forma de no rodar de Godard, convencida por su marido. Un Belmondo totalmente entregado al genio de Jean-Luc y dispuesto a todo en un rodaje diferente en el que se está divirtiendo mucho. Y luego, los demás técnicos tan comprometidos como perdidos por el modus operativo de la película, sujeta a los desvanes y volantazos del director. Y aún hay más, las “otras visitas” que hace Godard en los rodajes de Bresson y Melville, dos de sus maestros. El recordado y maravilloso momento de Rossellini en la redacción de Cahiers rodeado de todos: los ya citados, Rivette, Rohmer, Resnais, Rouch, Demy, Varda, etc… Sin olvidar, los impagables momentos con el productor Georges de Beauregard que cada día entiende menos porque está produciendo la película. 

Una excelente cinematografía que firma David Chambile, que conocemos por sus trabajos con Jean-Claude Brisseau, Louis Julien Petit, Bruno Dumont y Stéphane Demoustier, entre otros, con un esplendoroso y crudo blanco y negro, rodado en 35 mm y con unas lentes y cuadro que simulan las imágenes de la época que captan toda la efervescencia y agitación por la que se movía un inquieto y parlanchín Godard y le da esos toques de comedia, drama, aventuras y demás que tiene la película. La música coge de aquí y más allá, con temas de Sacha Distel, Darío Moreno, Jean Constantin, Dalila, entre otros, que ayudan a transportarnos a finales de los cincuenta, con esos cafés donde se fumaban cigarrillos sin parar, a esos cines para ver y luego comentar sin parar y tantas fiestas aquí y allí para ver a unos y a otros, en un contexto donde se respiraba cine, su deseo y sus sueños. El montaje de Catherine Schwartz, que ha desarrollado su actividad en la cinematografía francesa al lado de Gaël Morel, Marc Dugain y Marc Fitoussi firma una edición que tiene ritmo, pausa y está llena de intensidad, movimiento e intimidad, que nos lleva en una agitación constante en que el drama y la comedia se dan la mano de forma natural y eficiente en sus 105 minutos de metraje. 

Otro de los grandes aciertos de una película de estas características en las que se hace un homenaje a todo un grupo de cineastas a través de una película tan significativa y especial es su brillante reparto lleno de rostros desconocidos que ayuda a hacer creíble a personajes del cine tan famosas y con su bagaje histórico detrás. Tenemos a un desatado y magnífico Guillaume Marbeck en la piel de Godard, genio y figura. Un tipo lleno de cine, de pasión, de vida, de arrogancia, de inteligencia, y algo ingenuo. A su lado, una espectacular y magnética Zoey Deutch como la adorable Jean Seberg. Una actriz más vista en películas de Clint Eastwood, y en Todos queremos algo, de Linklater. Aubry Dullin se enfunda el rostro y el cuerpo de un espectacular Belmondo, con sus sonrisas, su pasotismo y su carisma. Bruno Deyfurst hace del citado productor, todo un elegante señor del cine que arropa y discute cada cosa con Godard. Adrien Rouyard y Antonie Besson son Truffaut y Chabrol respectivamente. Benjamin Clery hace de Pierre Rissient es el entregado ayudante de dirección, y por último, Matthieu Penchinat es el incrédulo pero efectivo Raoul Coutard, que hizo unas 17 películas con Godard a lo largo de su carrera. 

Habrá los que no les guste la película de Linklater, y expondrán sus motivos, los mismos que expondremos los que sí nos ha gustado este cercano, sentido y especial homenaje a una forma nueva de hacer cine, o quizás, no lo sea tanto, y sea una forma de volver a los orígenes, a la forma de hacer de los pioneros, donde el cine estaba por hacer, donde se experimentaba, se rompían reglas que la semana pasada eran diferentes y demás quehaceres del cinematógrafo. Nouvelle Vague no es una película sobre un rodaje, que lo es, sino también es mucho más, es una película sobre el deseo de hacer cine, y no sólo cine, sino el cine que uno quiere, donde no hay barreras para la libertad creativa, atentos a lo inesperado y la incertidumbre de lo que no sabemos qué va a suceder, y sobre todo, hacer cine de verdad, que magnetiza al espectador, que vaya más allá del hecho de contar una historia entretenida, que su forma y su narración sea como las de siempre pero diferente. Truffaut hizo La noche americana en 1973 explicando su visión del cine a través de un rodaje, de lo visible e invisible. El propio Linklater hace lo mismo con  bout de souflee e imagina su rodaje, sus actores y su contexto histórico, eso sí, lo hace con humor, mucho humor, con algún que otro drama, y retratando a un Godard todavía muy joven, apenas 29 años de edad, pero ya con sus cosas, y sobre todo, con mucho cine en su interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rondallas, de Daniel Sánchez Arévalo

TODOS JUNTOS AHORA. 

“La música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio”. 

Víctor Hugo

El universo cinematográfico de Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970), se compone a partir de un hecho doloroso que define, no sólo a los personajes que tiran del carro, sino que estructuran a todo un grupo, sin olvidar el humor que ayuda a tragar toda la dura situación. Después de un buen puñado de cortometrajes que lo pusieron en primer plano, debutó con la muy estimable Azul Oscuro Casi Negro (2006), le siguieron Gordos (2009), Primos (2011), y La gran familia española (2013), Diecisiete (2019), que junto a la citada Primos agrupan una especie de díptico sobre los jóvenes parientes en busca de un imposible a través de un viaje por la provincia de Santander (lugar de nacimiento del padre del cineasta que no es otro que José Ramón Sánchez, famoso ilustrador que amenizó en el inolvidable “Sabadabadá” las mañanas ochenteras de muchos de nosotros) que les ayuda a superar dramas pasados. En Las de la última fila (2022), también la travesía ayudaba a unas amigas a enfrentarse a la enfermedad. 

En Rondallas no deja el norte, porque se traslada un poco más a la izquierda, más concretamente, a la ría de Vigo, a uno de sus pueblos y a sus gentes, en el epicentro de la rondalla “Gran Sol” (como la famosa novela de Ignacio Aldecoa, que relata las duras condiciones de los pescadores santanderinos), en la que conocemos a Luis que, junto a Yayo, son los supervivientes de un barco pesquero que naufragó hace 2 años dejando viuda a muchas de las mujeres, entre ellas, a Carmen, que mantiene una relación con el citado Luis, y mantiene una relación difícil con sus dos hijas, la adolescente Noa y la pequeña Noa. En ese estado de duelo y depresión en el que pasan los días duros entre percebes y otros trabajos recordando a los que no están y esperando que aparezca el barco perdido. La “Rondalla” es el viaje en esta película, agrupaciones de música a partir de gaitas, carracas y demás objetos que continúan vivo el folklore y la tradición en un concurso que elige la mejor de la provincia. Una rondalla que revive como terapia para recordar a los ausentes y volver a vivir para los que sí están, enfrentada a las dificultades de unos y otros, donde seremos testigos de los problemas internos con los que lidia cada uno de los personajes.   

La parte técnica de la película brilla con intensidad capturando ese cielo plomizo tan característico del norte, que le viene como anillo al dedo a los atribulados personajes que arrastran su particular tragedia, como evidencia su estupendo prólogo. La cinematografía concisa de Rafa García, del que hemos visto comedias como Mala persona y los dramas Escape, y la reciente de La tregua. La estupenda música que interpreta la rondalla, tan potente y enérgica es compartida con la magnífica soundtrack que ayuda a situarnos en el estado emocional lleno de altibajos por el que pasan los diferentes personajes, que firma el argentino Federico Jusid, con más de 130 trabajos en su filmografía junto a Campanella, León de Aranoa, Larraín, Borensztein, Erice y la reciente serie El eternauta. El montaje corre a cargo de Miguel Sanz, del que hemos visto Canallas, de Daniel Guzmán, en su segunda colaboración con el director después de la mencionada Diecisiete. El montaje es sobrio y nada complaciente, y describe con detalle y precisión las situaciones emocionales y sobre todo, las relaciones que se van generando en sus casi dos horas de metraje. 

Un reparto muy bien escogido y mejor interpretado, como suele ser marca de la casa en el cine del madrileño-cántabro, sino recuerden los ya citados. Aquí tenemos a un tótem como Javier Gutiérrez, un asturiano metido en Vigo, dando vida a Luis, un tipo que debe vivir contra un fantasma que era su mejor amigo y además, es el alma mater de este grupo y de la dichosa rondalla que usa como acicate para levantar muchas cosas. A su lado, están los gallegos empezando por María Vázquez, una actriz que mira muy bien. Su Carmen es una mujer rota que quiere salir del pozo, poco a poco, eso sin miedo. Están los jóvenes Judith Fernández, que la vimos en La casa entre los cactus, y Fer Fraga, visto en la serie Rapa, que tienen sus cosas entre gaitas y egos y secretos. Otra pareja, esta vez de hermanos, que interpretan los fabulosos Tamar Novas, en un personaje que crecerá mucho durante la película, y Xosé A. Tourián, en un rol muy alejado del que hacía en las dos comedias sobre Cuñados. También está Marta Larralde, una actriz que maneja muy bien los registros de sus personajes, y el veterano Carlos Blanco, visto en mil y una, en uno de esos personajes lobo de mar que escenifica mucho el sentimiento de derrota y dignidad de la existencia. 

Los espectadores no deberían acercarse a ver Rondallas como un mero entretenimiento sin más, porque se perderían las estupendas virtudes que atesoran sus imágenes como la fusión entre cine con vocación comercial que cuenta una historia social y de verdad, llena de personajes de carne y hueso y de tramas duras pero no condescendientes. También, encontramos esa mezcla entre el drama cotidiano que se remueve entre las paredes de casa enfrentado a la alegría, la emoción y la vitalidad que desprenden los ensayos de la rondalla, cogiendo el tono y la atmósfera que desprende cierto tipo cine británico como Tocando el viento y Full Monty, entre otras. Una música llena de fuerza y pasión, y la idea de conjuntar una comunidad azotada por la tragedia, en que la música actúa como terapia reveladora para sacar los dramas personajes y exponerlos a través del arte y la forma de transmitir que tiene cada uno. Seguramente estamos ante la película más conseguida de Daniel Sánchez Arévalo y no lo digo porque se acaba de estrenar, sino porque la la energía que desprende cada fotograma contagia de energía, pasión y emoción desbordante en los momentos donde los personajes se difumina y aparece la rondalla, o lo que es lo mismo. la comunidad todos a uno viviendo, danzando y disfrutando la música y todo lo que llevan en el interior sale con fuerza y las cosas se ven menos duras y jodidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch

DÍA EN FAMILIA EN LA TIERRA. 

“Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas”. 

Robert Bresson 

De las 16 películas y media que componen la filmografía de Jim Jarmusch (Cuyahoga Falls, Ohio, EE. UU., 1953), encontramos algunas estructuradas en forma episódica: Mystery Train (1989), breves historias que suceden en Memphis, Noche en la Tierra (1991), pequeñas tramas a bordo de un taxi por medio mundo, y Coffe and Cigarettes (2003), conversaciones alrededor del café y el tabaco. Su última película Father Mother Sister Brother se une a lo episódico a través de tres fragmentos que tiene en común la familia, en la que tres visitas serán el epicentro de las situaciones. En la primera, que ocurre en uno de esos pueblos de montaña en New Yersey, un par de hermanos visitan a su padre. En la segunda, nos trasladamos a Dublín, en la que una madre espera la llegada de sus dos hijas, tan diferentes como distantes. Y en la última, la visita se desarrolla en París, en la que dos hermanos acuden, por última vez, al piso que compartieron con sus padres fallecidos. 

Después de una extensa y brillante filmografía como la del cineasta estadounidense sería inapropiado recordar sus grandes virtudes como narrador de la condición humana, aunque sí que podemos detenernos en su forma de representarlas, ya que, en ese sentido resulta uno de los mayores cineastas vivos en detenerse, observar y penetrar en esa oscuridad insondable que somos cada uno de nosotros. A partir de situaciones que se van a ir repitiendo en las tres historias como el agua y sus sabores, o un rolex falso, unos skeaters y los colores de los muebles y objetos, el director traza unas conversaciones a cerca de la familia, la memoria, los recuerdos, y sobre todo, en un leit motiv que se repite en todas sus películas, la relación de los presentes y los ausentes. La representación en el cine del norteamericano se basa en el vaciado, en aquello que Schrader mencionó en su magnífica obra “El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer.”, donde lo importante es aquello que no se ve, lo tangible y lo más cotidiano como forma de relación entre los personajes, la repetición de los diferentes planos y encuadres, y de las diferentes situaciones para indagar en la forma más pura y honesta de representación y sus múltiples variaciones. 

Como es costumbre Jarmusch se rodea de grandes técnicos como los cinematógrafos Frederick Elmes, con más de 60 películas al lado de Lunch, Cassavetes, Ang Lee y Todd Solondz, que ha estado en 6 títulos del director desde que hicieron juntos la citada Noche en la Tierra. El otro director de fotografía es Yorick Le Saux, con más de 40 películas, junto a Ozon, Assayas, Zonca, Guadagnino y Denis, y dos films con “Jimmy”. Los concisos y sobrios encuadres y planos en mitad de un quietud que traspasa, con esos planos cenitales tan hermosos como inquietantes, llena de tonos sombríos y tenues, y la idea de reposo absoluto donde los personajes miran y se mueven al son de una marcha silenciosa y muy cauta. La música la firman el propio director y Anika, artista de música electrónica y psicodelia, abraza ese tono realista y no acción que se impone en el tempo de la película. El montaje de Affonso Gonçalves, 5 películas con Jarmusch, amén de obras con Ira Sachs, Todd Williams y Todd Haynes, consigue esa idea de lo físico con lo metafísico en sus reposadas casi dos horas de metraje, en la que cada personaje asume un rol donde lo que hace y no dice tiene que ver con aquello que quiere expresar, pero no de un modo directo sino a partir de subterfugios inherentes que van emergiendo en las triviales y superficiales encuentros. 

Los repartos de las películas desde el lejano debut con Permanent Vacation (1980) siempre han estado poblados de su “rebaño”, es decir, sus amigos músicos y demás artistas de su espacio neoyorquino. El padre no podría ser otro que Tom Waits, desde los inicios en el universo de Jarmusch,. Un actor tan peculiar como los diferentes personajes que ha hecho en las pelis del director afincado en New York. Sus hijos son Adam Driver, que fue el silencioso conductor de autobuses de Paterson (2016), y Mayim Bialik, que muchos recordamos como la brillante Blossom. Charlotte Rampling es la madre dublinesa, y sus hijas son la preferida Cate Blanchett y la rarita Vicky Krieps. Luka Sabbat y Indya Moore son la pareja de hermanos parisinos, amén de la presencia de Françoise Lebrun, la inolvidable amante de La mamá y la puta (1973), de Eustache. Unos intérpretes que se apoyan en los silencios y en la “no actuación” para encarnar a unos personajes que ejercitan la inacción, a través de miradas, gestos y demás acciones invisibles en las que construyen unos personajes que hablan muy poco o lo justo, o quizás, no les hace falta verbalizar lo que ya sus acciones explican. 

El largo título de Father Mother Sister Brother no sólo ejemplifica esa idea de análisis certero y directo sobre el significado ya no sólo de la familia, de esos seres extraños que se confunden en la maraña de las relaciones y (des) encuentros, sino de algo mucho más profundo que encontramos en toda la filmografía y brillante de Jarmusch, y no es otra que esa idea de que los pequeños e insignificantes de la vida son la vida, es decir, que lo demás, la mayoría de cosas que hacemos en nuestra existencia, son cosas que sirven para lo que sirven, pero que las otras cosas, las que apenas apreciamos por nuestras estúpidas prisas y demás, son las que hacen la vida un lugar que vale la pena estar, no en un sentido de ociosidad y fervor alucinatorio donde las actividades físicas y experiencias de otra índole nos llenan la vida, pero la alejan del verdadero no significado de la vida, y que no es otro, que la de sentarse frente a un ventanal, con un té en la mano, y mirar detenidamente el agua azul del lago, el caer del día y los diferentes destellos de luz. Quizás de tanto buscar la vida nos olvidamos que la tenemos tan presente que no la miramos, y nos dedicamos a atiborrarla de cosas y más cosas, y nos perdemos la invisibilidad, lo que no vemos, y lo que sentimos en la cotidianidad de la quietud, del silencio y de lo espectral, rodeado de tantos fantasmas que nos acompañan como les sucede a los personajes de Jarmusch, rodeados de lo que no se ve y de los que no se ven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El extranjero, de François Ozon

EL CRIMEN DE MEURSAULT.  

“Se preguntó entonces a sí misma si me quería, y yo, yo no podía saber nada sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me amaba por eso, pero que quizás un día le repugnaría por las mismas razones ”. 

De la novela “El extranjero” (1942), de Albert Camus 

Las tres últimas películas de François Ozon (París, Francia, 1967), se ejecutan a partir de un crimen: en Mi crimen (2023), una aspirante actriz se ve involucrada en el asesinato de un famoso y odioso productor en el París de los treinta. En Cuando cae el otoño (2024), la cosa gira en torno a una abuela, su hija y su nieto y unas setas tóxicas. Dos películas y dos tonos diferentes. La comedia vodevil de la primera, y la cotidianidad y lo oscuro de la segunda. Ahora toca el turno de El extranjero (“L’étranger”, en el original), basada en la novela homónima de Albert Camus (1913-1960), publicada en 1942 por uno de los padres del existencialismo, el absurdo y el sinsentido de la vida, que ya fue llevada al cine en 1967 con el mismo título y dirigida por Luchino Visconti y protagonizada por Marcello Mastroianni. 

En El extranjero, con un guion del propio director con la colaboración de Philippe Piazzo, con el que ha trabajado en 6 películas, el director parisino hace una adaptación fiel a través de su enigmático protagonista Meursault, el oficinista que vive en el Argel francés de los treinta. Un arranque que nos retrotrae al de Casablanca, con dibujos e imágenes de la época para situarnos en una ciudad de franceses e indígenas en las que el citado tipo vive sin más, trabaja, va de aquí para allá pero sin el menor atisbo de esperanza o mera ilusión como demuestra en el contundente arranque en el entierro de su madre, hecho que le resignifica a lo largo y ancho de la trama. Ozon que se ha labrado una interesante filmografía a lo largo de sus 24 títulos en veintisiete años desde que debutara en Sitcom (1998), en la que se ha detenido en lo oculto de la psique humana a través de unos personajes rebeldes y nada convencionales que desean lo imposible, o quizás, lo que menos se ve, aquello que se anhela desde lo más profundo del alma. Su Meursault no está muy lejos de algunos de sus personajes, aunque el citado personaje de Camus podría ser el retrato más complejo y apático que ha hecho en todo su cine, porque lo encontramos cercano y a la vez, muy distante, porque no logramos saber que siente y mucho menos porque hace lo que hace. En realidad, es tan misterioso y oscuro como podemos imaginar, alguien demasiado honesto e indiferente en una sociedad donde todo es superficialidad y aparentar. 

El cineasta francés ha vestido su encuadre con un magnífico, cálido y pesado blanco y negro que firma el cinematógrafo Manuel Dacosse, que ha trabajado junto a Hèléne Cattet, Bruno Forzani y Lucile Hadzihalilovic, amén de 5 películas con Ozon. Sus planos llenan cada espacio y se mueven entre la belleza y lo oscuro de la cotidianidad y sobre todo, del alma de Meursault, en una especie de limbo donde lo absurdo de la existencia humana se desprende de una soledad demasiado dura. La música de Fatima Al Quadri, de la que conocemos sus trabajos para Atlantique, de Mati Diop, y La abuela, de Paco Plaza, escenifica esa dualidad por la que se mueve el protagonista, una faceta que ha explorado enormemente en su cine el director galo. El montaje de Clément Selitzki, del que hemos visto sus trabajos con el director Nicolas Bedos en Los amantes del engaño y Alphonse, es metódico, lleno de intensidad y muy físico, en que seguimos incansablemente la inexistencia del personaje principal, que sigue su vida como si nada, abatido en una especie de ensueño falso, a partir de una ilusión inventada y sobre todo, sintiéndose un extranjero de sí mismo en una sociedad en la que no encaja, que va de prisa y no significa nada y que hace pero no siente nada, en una sociedad desesperada por que todo siempre tenga un sentido. 

El reparto de la película, como suele suceder en el cine de Ozon, brilla con intensidad, sobre todo, en los detalles, en todo aquel submundo que no vemos pero está ahí, y no resultaba tarea nada fácil encontrar al actor que encarnará al protagonista y se ha encontrado en la mirada y el cuerpo de Benjamin Volsin, que ya nos deslumbró en Las ilusiones perdidas, otro personaje cumbre de la literatura francesa escrito por Balzac. El parisino se mete en la piel de Meursault, en una composición de altura, nada impostada en el que transmite esa desidia y ausencia de su personaje, que vimos en Verano del 85, de Ozon. Le acompaña una sensible y bellísima Rebecca Marder, que estuvo en la mencionada Mi crimen, siendo Marie que conoce al protagonista. Pierre Lottin es un vecino metido en problemas que vimos en la citada Cuando cae el otoño, haciendo un personaje también esencial en la trama. El gran Denis Lavant se mete en la piel de otro vecino que se pelea con su perro. Swann Arlaud es un sacerdote que tendrá su encuentro con el susodicho que tendrá su importancia capital en la historia. Jean-Charles Clichet es otro de los intérpretes que aparecen en la película. 

La empresa de adaptar la novela no resultaba nada sencillo para un cineasta como François Ozon, pero la cosa no ha ido mal, todo lo contrario, porque la película sabe captar el alma y la esencia del libro de Camus, y situarnos en la piel de un Meursault que no resulta un personaje que guste, y tampoco disguste, quizás en esa indiferencia, pero no tanto, en una especie de limbo en el que no sabemos si nos agrada o no, o tal vez, no nos gusta porque, en realidad, conocemos que su forma de estar y no relacionarse con la sociedad y el resto tiene mucho que ver con esa estupidez y sin sentido en el que nos vemos cada uno de nosotros en nuestras torpes y vacías existencias, o podríamos decir y citando a Rebecca Solnit, la inexistencia de la que habla en sus memorias, porque como le sucede a Meursault y su crimen del que será juzgado, o no, porque el estado francés colonialista, clasista (como se evidencia en el cine sólo para franceses), y explotador, deviene una forma de ley donde no se espera que seas libre para sentir, sino que sientas lo que está aceptado socialmente, o simplemente, lo que toca en cada momento, sometidos a una moral donde no importa la verdad de cada uno, sino lo que se debe hacer para ser uno más en la sociedad, alineado y sensible a lo que toca, no a lo que uno siente de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Valor sentimental, de Joachim Trier

UNA HIJA, UN PADRE Y UNA CASA. 

“Las heridas que no se ven son las más profundas”. 

William Shakespeare

Las primeras películas de Joachim Trier (Copenhague, Dinamarca, 1974), se centraban en la desesperación y soledad en los años de juventud. Los protagonistas de Reprise (2006), Oslo, 31 de agosto (2011), y Thelma (2017), encontraban en las contradicciones y las adicciones una forma de huir de todos y sobre todo, de sí mismos. En La peor persona del mundo (2021), conocíamos a Julie, una joven perdida y llena de energía e intensidad que no sabía encontrar su camino. Con El amor es más fuerte que las bombas (2015), se adentraba en las relaciones familiares y cómo la ausencia de la madre torpedea la fragilidad de la convivencia. Todos dramas alejados de la complacencia, y centrados en esos días cotidianos, que son la mayoría, en los que se desatan tormentas internas que lo dinamitan todo. Un cine que mira desde la quietud y la paciencia para encontrar esos pliegues emocionales que nos suceden a todos. Bucear en los claroscuros que están esperando a ser invocados o lo que es lo mismo, esas emociones que nos producen miedo y no queremos que salgan y nos dominen. 

En Valor sentimental (en el original, “Affeksjonverdi”), se vuelve a meter de lleno en la familia, bajo el prisma y la mirada de Nora, una de las hijas de un matrimonio mal avenido en el interior de una casa que no sólo escenifica el dolor que allí predominaba, sino que se convierte en una losa de la que los implicados quieren deshacerse y olvidar. El dolor de Nora, después de la muerte de la madre, estalla cuando aparece Gustav, el padre, al que guarda un rencor ilimitado, ya que su ausencia devino un terror enorme. A partir de un guion del fiel cómplice del director, el cineasta y noruego Eskil Vogt que, aparte de haber coescrito las seis películas de Trier, tiene una interesante filmografía que componen títulos como Blind y The innocents. La cosa va que, después de ese inesperado reencuentro, el padre, director de cine le ofrece el papel protagonista a su hija Nora, actriz, de la que, presumiblemente, será su retirada. La joven lo rechaza y abre la caja de Pandora de las heridas nunca explicadas, de ese dolor que parecía olvidado y de tantas cosas de un pasado que creía muerto y enterrado. Su oficio ayuda a paliar ese reencuentro que tanta mierda ha dejado en ella, y la estimable ayuda de su hermana Agnes, que trabajó de actriz para su padre cuando era niña, y tiene otro recuerdo de aquellos oscuros en la casa.

El equipo técnico de la película vuelve a brillar con ese estilo desnudo y minimalista, donde prima lo cotidiano y lo más sencillo, para que las actuaciones en sus aspectos psicológicos sean el centro de todo. La cinematografía de Kasper Tuxen, que ha trabajado con el gran cineasta Gus Van Sant, y estuvo en la citada La peor persona del mundo, construye una imagen que prima la cercanía y la intimidad traspasante del cine de Trier, en el que todo se torna de una forma orgánica que se puede tocar en todo su esplendor. Con una luz cálida en su superficie y oscura en su interior que ayuda a profundizar en las tensiones emocionales de los personajes. La música de Hania Rani, que ha trabajado en la cinematografía polaca junto a nombres tan importantes como Malgorzata Szumowska y Piotr Domalewski, entre otros, imprime unas composiciones que consiguen respetar y sumergirnos en las relaciones familiares dejando el espacio pertinente para que los espectadores podamos reflexionar en todo lo que vemos. El magnífico montaje de Olivier Bugge Coutté, en las seis películas del director danés, amén del cine documental del gran director sueco Fredrik Gertten, conduce admirablemente una trama nada fácil, con sus 135 minutos de metraje, en el que cada encuentro está sazonado de grandes quiebras, rupturas y reproches. 

La parte artística de la película, una parte esencial en el cine de Trier, brilla con gran fuerza y poder, porque tenemos a una Renate Reinsve, que repite con el director después de su enorme Julie, aquí con un personaje en las antípodas, porque su Nora se lo come todo y vive abocada a su trabajo como terapia para tener tranquilos a sus demonios. La actriz noruega no sólo mira con paz y serena, sino que ejerce una gran presencia en todo lo que toca, y su forma tan íntima de manejarse con los brillantes diálogos. Si nos deslumbró siendo La peor persona del mundo, con su Nora nos muestra toda la carne en el asador de lo que callamos, de lo que nos duele y del pasado tan oscuro y demoledor. Le acompañan un inconmensurable Stellan Saksgärd que, después de años en el cine hollywoodense, vuelve casi tres décadas después a un personaje como el Jan de Rompiendo las olas (1996), de Lars Von Trier, ahora convertido en un padre ausente, reconocido como director de cine pero odiado por sus hijas, sobre todo, por Nora. Igna Ibsdotter Lilleaas es la otra hermana, que es el reverso de Nora, más reconciliada con el pasado y las heridas. La estadounidense y magnífica intérprete Elle Fanning hace de una actriz muy popular que conoce a Gustav y protagonizará su película, y mantendrá una relación muy cercana con el director sacando demasiadas cosas ocultas. Finalmente, Anders Danielsen Lie, otro cómplice del director, anda por ahí revelándose como una presencia poderosa. 

Si el espectador más exigente y escéptico todavía albergaba a algún tipo de duda en relación al cine de Joachim Trier, estoy seguro que con Valor sentimental se le han disipado cualquier duda, porque la película es excelente, tanto en su contenido como en su forma, donde el dolor, el pasado y la tristeza se cuentan sin amarillismos, y si con una contundencia donde brillan la transparencia y todo aquello que se calla para paliar el dolor. Esta película está en deuda con los grandes del drama íntimo y familiar como Casa de muñecas, de Ibsen, Imitación a la vida, de Sirk y Sonata de otoño, de Bergman, donde las relaciones hacia adentro y todo lo que nos bulle en el interior, y los conflictos paternofiliales están contados con serenidad, creando esos instantes donde los diferentes reencuentros definen las relaciones oscuras y nada sencillas. La importancia de los espacios elegidos para mostrar la historia resultan de una genialidad absoluta, con esa casa como testigo de todo, del pasado y del presente, de cualquier tiempo donde los personajes se sienten como encarcelados, con unas ansias atroces de escapar, o mejor dicho, de escapar de ellos mismos, y reconciliarse con los demás, si se da y sobre todo, con ellos, mirándose a un espejo y conocer ese reflejo y que duela menos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

On eres quan hi eres?, de Jana Montllor Blanes

LA IMAGEN PERDIDA. 

“Et busco. Busco fotos de tots dos. Em bloquejo quan em fan parlar de nosaltres. Intento possar paraules del que em passa, però no las trobo. O pitjor encara, no las sé afrontar. ¿Què li ha passat a la meva memòria?. Em barallo amb les respostes. No sé si tinc pocs records perquè era una nena. O perquè vam viure poques coses junts. No sé si em veies. Tampoc sé si volies que et veies. M’encantaria poder parlar amb tu. Tinc moltes preguntes”. 

El cine puede ser muchas cosas aunque, si en algo es muy poderoso, es mirar el pasado desde el presente, o lo que es lo mismo, su invocación a los fantasmas, porque su propia materia genera la posibilidad de compartir la ausencia, eso sí, la misma materia que lo hace posible, también lo hace imposible. Quizás las películas se quedan en ese limbo entre una cosa y la otra, entre los vivos y los muertos. A los cineastas se les abre una infinidad de conflictos cuando se acercan al ausente, al que no está, y la memoria que deja, ya sea de documentos y la más íntima, la que comparte con sus allegados. Acercarse a ese espacio es, ante todo, un desafío porque debes encontrar imágenes propias para tu película donde no hay imágenes propias o simplemente no existen. 

La cineasta Jana Montllor Blanes (Barcelona, 1979), ha dirigido películas como Ciutat abandonada (2007), Aquí viu gent (2008) y Disonar (2022), amén de ser una de las socias fundadoras de La Selva. Ecosistema Creatiu donde producen cine y crean proyectos comunitarios. La directora barcelonesa, segunda hija del músico, actor y poeta Oivid Montllor (1942-1995), se acerca a la figura de su padre con On eres quan hi eres? (sobresaliente título que encierra el macguffin de la película), no desde un ámbito público, si no de la intimidad compartida, y lo hace a través de rebuscando su archivo más íntimo, a través de sus fragmentos de películas, de canciones, fotografías y documentación y demás. Toda película, y más el documental, va de una búsqueda, de un encuentro, ya sea real o inventado a través de las imágenes, de construir una narrativa donde las imágenes, sonidos y sensaciones se parezcan a esa memoria frágil, vulnerable, lejana y en muchos casos, ficcionada, porque a través de la inventiva nos acerquemos a aquello imposible que deseamos. La película es un viaje de una hija que tiene la necesidad de hablar con su padre fallecido, de sus recuerdos, de poner en cuestión su memoria confrontada con la de él, en ese espacio tan íntimo entre un padre y una hija, entre todo aquello que se aleja del foco y lo público. 

A partir de un guion coescrito por Liliana Díaz Castillo, Lucía Dapena González y la propia directora, socias de La Selva, junto a Marc Vila Bosc, tejen una asombrosa y sensible historia donde los pliegues de la memoria se escenifican a través del agua, elemento que los espectadores descubrirán su importancia, las imágenes borrosas, encuentros con los amigos más íntimos de su padre como el gran guitarrista Toti Soler y el pintor Toni Miró, así como Montse Blanes, la madre de Jana. Una cinematografía que firma Maria Grazia Goya, de la vimos recientemente El rugir de las llamas, en la que prima lo experimental y lo formal como base en la que se buscan las imágenes, los testimonios, los documentos y demás archivo, siempre desde lo íntimo y lo invisible para acercarse y capturar la imagen que revele lo que la memoria no acaba de concretar. El gran trabajo de sonido en que encontramos el conciso y magnífico trabajo de diseño sonoro por parte de la gran Eva Valiño, y mezclado por Alejandro Castillo, construyen un espacio sonoro envuelto en brumas, en una especie de laberinto en el que los sonidos nos van guiando por el mar revuelto de la memoria. El montaje de Pepa Roig Camarasa, que ha trabajado en las interesantes Un bany propi y la reciente Dios lo ve, consigue un relato lleno de interés y muy profundo donde sus 74 minutos de metraje contribuyen a esa incesante búsqueda de quizás un imposible o algo que sirva para recordar y recordarnos. 

La película On eres quan hi eres?, de Jana Montllor estaría en el mismo tono de otras excelentes películas que han abordado la memoria íntima como Stories We Tell (2012), de Sarah Polley, La metamorfosis de los pájaros (2020), de Catarina Vasconcelos, desde la ficción Aftersun (2022), de Charlotte Wells, Soc filla de ma mare (2023), de Laura García Pérez, y la actual Flores para Antonio, de Isaki Lacuesta y Elena Molina, entre muchas otras. Tres formas de acercarse a la memoria familiar, ya sea del padre o madre, donde se construye un relato que indague en el pasado más íntimo, en una materia muy profunda y sensible, en el que se acercan desde lo más honesto y transparente, en que el cine nos devuelve su trazo más fuerte y sólido, porque las imágenes resultantes edifican eso que llamamos memoria y la intimidad que se busca, en un ejercicio de catarsis personal donde lo imposible se mezcla con lo posible, generando ese limbo del que hablaba más arriba, de ese espacio donde todo es posible, donde la memoria deviene una materia orgánica a la que se puede mirar de frente, con sus contradicciones y complejidades, pero de forma sincera y nada complaciente, porque todo viaje al pasado, y por ende, a la memoria, siempre deja heridas y curas, de conocernos más y saber de dónde venimos y las cosas que vivimos y lo que recordamos en un constante viaje de idas y vueltas, de tiempos e imágenes perdidas, de vivos y muertos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El sendero azul, de Gabriel Mascaro

EL SUEÑO DE TEREZA. 

“Nunca se es demasiado viejo para fijarse otra meta o soñar un nuevo sueño”.

C. S. Lewis

Hay muy pocas películas sobre la vejez, y las que hay, salvo contados excepciones, pertenecen a su ocaso, centradas en la nostalgia, los recuerdos y la falta de futuro. Por eso, celebramos con gran entusiasmo el estreno de una película como El sendero azul (en el original, “O último azul”), porque su protagonista Tereza de 77 años, que trabaja en un centro industrial de carne de caimán, se enfrenta a que el estado la jubila y la envía a una colonia para personas de su edad, y así dejar espacio para los más jóvenes. Ante ese panorama, la mujer hace lo imposible para escabullirse de la decisión del gobierno, y decide emprender una huida por el río Amazonas en busca de su sueño, que no es otro que volar. Una decisión que la llevará a embarcarse, y nunca mejor dicho, en una gran aventura llena de descubrimientos tanto físicos como emocionales, en los que crecerá como persona y, sobre todo, la sumergirá en la vida por primera vez, en vivir en libertad, en vivir plenamente, y en vivir como ella quiera frente a la ley que nos obliga a producir y no ser. 

El director Gabriel Mascaro (Recife, Brasil, 1983), que arrancó su filmografía dirigiendo documentales como  Avenida Brasilia Formosa (2010) y Doméstica (2012), entre otros, y ficciones vistas por estos lares como Vientos de agosto (2014), Boi neon (2015) y Divino amor (2019), en las que miraba con sentido y crítica lo rural en las dos primeras, y la evangelización de su país con la llega del conservador Bolsonaro al poder. Con El sendero azul, coescrita por Tiberio Azul y el propio director, mezcla muchas cosas diferentes: tenemos el género fantástico, con el líquido azul de un caracol que hace ver cosas futuras, la crítica social, con una sociedad obsesionada con la productividad, el viaje íntimo y personal, con una abuela que se niega a ser un florero y quiere luchar por convertir sus sueños en realidad, y por último, la realidad y contradicciones del río Amazonas, en relación a esa imagen romanizada del foráneo. Y todo, eso en una estructura que bebe mucho del viaje, o cómo la llaman los estadounidense, las road movies, esas historias donde lo importante es el viaje, como el Ulises de Homero, el origen de todo, el héroe, en este caso, la heroína Tereza que quiere seguir soñando en pos a una sociedad estúpida y enloquecida en lo físico y vacía en lo emocional. 

El apartado técnico de la película está concebido como las aventuras de antes, con la Panavision como encuadre y el formato de 1.33 y 4/3 que ayuda a penetrar con más naturalidad e intimidad en las relaciones de los diferentes personajes en cuestión, en una cinematografía llena de luminosidad asfixiante y llena de neones durante la noche que firma el mexicano Guillermo Garza, habitual del director Humberto Hinojosa Ozcáriz. La música del mexicano Memo Guerra llena de melodías que mezclan lo misterioso con lo cotidiano se fusiona con gran habilidad con la atmósfera del Amazonas, un personaje más y tan lleno de misterio, tan industrial, tan denso y tan cosmopolita. El montaje que firman la pareja el mexicano Omar Gúzman, habitual de la directora Lila Avilés y el documentalista Javier Toscano, y el chileno Sebastián Sepúlveda, con una gran carrera al lado de cineastas tan reconocidos como Sebastián Leilo, Marialy Rivas y Pablo Larraín, ejecutan una edición concisa, libre y llena de detalles, que consiguen que sus 86 minutos de metraje se vean con interés, en una trama que aborda el género para introducir elementos cercanos y ajenos en una fábula protagonizada por abuelas llenas de vida, entusiasmo y amor por el ser y la vida que ya lo quisiéramos la mayoría. 

Para el apartado interpretativo, Mascaro se ha rodeado de un grupo que transmite una naturalidad y sensibilidad en sus respectivos personajes que hacen que la película vuele muy alto. Tenemos a la protagonista Tereza que hace una fascinante y poderosa Denise Weinberg, con más de un cuarto de siglo de carrera al lado de nombres como René Guerra, Sergio Machado, Sergio Rezende, entre otros. Su Tereza es un personaje inolvidable, una mujer de 77 tacos con una vitalidad, fuerza y resistencia que construye una rebeldía que la hace decir NO, y seguir, a pesar del gobierno, de su hija y de una sociedad con miedo a protestar. Su lucha pequeña e invisible es uno de los actos de amor a la vida y al ser humano tan emocionantes y tan poco habituales en la gran pantalla. El actor brasileño Rodrigo Santoro, con más de tres décadas de carrera al lado de grandes directores como Walter Salles, Héctor Babenco, David Mamet, Pablo Trapero, Steven Soderbergh, Fernando Meirelles, entre otros. Su Cadu es una especie de Robinson Crusoe del río, tan lunático como terrenal, uno de esos vaqueros de Peckinpah, tan gastado como humano. La actriz cubana Miriam Socarrás es Roberta, la otra abuela, la compañera de fatigas de Tereza, otra resistente, rebelde y amante de la vida y del río, y por supuesto, de su barco, que es todo su mundo y su vida. Sólo me queda decirles, que no lo piensen más, y se descubran El sendero azul, de Gabriel Mascaro, cine de calidad, cine humanista, cine sobre la vejez, cine sobre los sueños por hacer y cine de verdad del que habla de lo que nos sucede en nuestro interior de un modo tranquilo, sensible y lleno de amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Balearic, de Ion de Sosa

LAS CASAS CON PISCINA. 

“Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan: Anoche bebí demasiado”. 

De la novela “El nadador”, de John Cheever

Hace más de una década que el gran observador que es Carlos Losilla escribió el artículo “Un impulso colectivo” en el que exponía las razones y emociones de ese otro Cine Español, el que se producía con pocos recursos, alejado de modas, tendencias y demás etiquetas, tan propio como personal, muy variado en temas, formas y texturas que a pesar de su invisibilidad empezaba a abrirse camino sobre todo en festivales internacionales. Ahora no voy a nombrarlos a todos/as, pero si que voy a centrarme en un grupo muy heterodoxo que surgió principalmente en la ECAM, con nombres como el Colectivo Los Hijos (Javier Fernández, Luis López Carrasco y Natalia Marín), Miguel Llansó, Velasco Broca, Chema García Ibarra e Ion de Sosa que se ayudaron y fueron cómplices para levantar sus respectivas películas, tan diferentes entre sí, y llenas de entusiasmo, proponiendo un cine del extrarradio, un cine que investigue su propia narrativa y forma, y que plantee múltiples realidades muy apegado a los tiempos actuales. 

Con Balearic, el cineasta Ion de Sosa (San Sebastián, 1981), en su quinto trabajo como director, sigue manteniendo esa línea de exploración que le ha llevado a un cine que bebe del género fantástico para generar su propio universo en el que atiza con crítica y sin miramientos las grietas de una sociedad ensimismada, estúpida y extasiada que huye de cualquier atisbo de reflexión y conocimiento interior. Ya lo hizo en sus deslumbrantes Sueñan los androides (2014), filmada en Benidorm, quizás la ciudad por excelencia de lo masivo y lo superficial, siguió con Leyenda dorada (2019), alrededor de una piscina como objeto de lo pretencioso y lo ahogado, y Mamántula (2023), un psychokiller tan abrupto como fascinante. En Balearic, coescrita por Juan González (una de las mitades de los Burnin Percebes), Chema García Ibarra, codirector de Leyenda dorada, Lorena Iglesias y Julián Génisson, que ya estuvieron en la citada Mamántula, y el propio director, nos convocan a dos películas o una dividida en dos, con un primer tercio en el que unos adolescentes se cuelan en una casa vacía con piscina y disfrutan de un baño en el primer día del verano. De repente, unos perros atacan a una de ellas y el resto se refugia en el centro de la piscina mientras grita de horror. Unos gritos que nos llevan a una de las casas cercanas donde unos pijos o lo que pretenden ser se divierten que, por supuesto, no escuchan esos gritos de auxilio. 

El cineasta donostiarra plantea una trama de espejos y reflejos de una sociedad carente de empatía, ahogándose en sus propias miserias y codicia malsana, donde todo vale. La cinematografía de Cris Neira, que ha estado en los equipos de cámara de Mamántula y Sobre todo de noche, entre otras, debuta en una película rodada en 16mm, marca de la casa, con ese grano y textura que remarca la luz mediterránea y esa rugosidad de las diferentes situaciones que nos retrotrae al cine español de la transición, y la serie fotográfica «La playa (1972-1980), de Carlos Pérez Siquier, del que la película bebe como las atmósferas turbias de Carlos Saura y de Eloy de la Iglesia,  la irreverente Caniche (1979), de Bigas Luna, con la que tiene muchas semejanzas. La música de Xenia Rubio actúa como acicate en esta fiesta de unos alucinados tan alejados de la realidad como de sus propias existencias que, al contrario de los adolescentes tan despreocupados, no pueden disfrutar de la piscina que observan como si un monstruo la habitara, como si estuvieran poseídos como los burgueses de El ángel exterminador (1962), de Buñuel que, al igual que aquellos siguen de fiesta, a pesar de los gritos que no oyen, del fuego que deja caer una ceniza que lo inunda todo, y demás irrealidades que los van asaltando, donde lo cotidiano se mezcla con los inexplicable y viceversa, en ese juego de idas y venidas, de realidad, sueño y fantástico como evidencia el gran trabajo de montaje de Sergio Jiménez, otro de la factory, con esos breves 74 minutos de metraje, lleno de  encuadres y planos de cercanía y lejanía que entronca con los universos de Lynch y Haneke donde lo que vemos resulta tan oscuro como asfixiante. 

El reparto de la película es otro elemento esencial en el cine de Ion de Sosa, con esa mezcla de intérpretes de su universo, y otros naturales que fusionan muy bien esa idea de cine donde la realidad, documento y ficción se confunden. Tenemos a los cuatro adolescentes casi debutantes: Lara Gallo, Elías Hwidar, Ada Tormo y Paula Gala, y los otros: la artista Maria Llopis, la cantante-actriz Christina Rosenvinge, el croata Luka Peros, que hemos visto en Mientras dure la guerra y series como Matadero, Moises Richart, que era el prota de Mamántula y también estaba en Sueñan los androides, Sofia Asencio, Manolo Marín, y los Mamántula Lorena Iglesias, Julián Génisson y Marta Bassols, y la presencia del único rico Zorion Eguileor, un estupendo actor que hemos visto en El hoyo, y más recientemente en Maspalomas, y muchas más. Un grupo y heterogéneo cast que compone un variopinto grupo humano en una película que profundiza en el clasismo imperante en la sociedad, el hedonismo como única vía de escape de tanta estupidez y la falta de empatía como arma contra la deshumanización donde el yo ha triunfado y el nosotros es solamente una excusa para no matarse, pero sin vínculos ni intimidad. 

Ese otro Cine Español del que habla Losilla, un Cine Español que mira de verdad a la realidad que experimentamos, tan cercana como lejana, que se pregunta por sus narrativas, formas y texturas, en un cine que reivindica la cinematografía auténtica que pasa de modas y demás objetos de consumo en forma de películas y series. Un cine que recupera el Cine Español que se investigó y se esforzó por hablar de lo que ocurría, pero sin ser tan evidente, sino buscando y buscándose, a pesar de los pesares, porque el cine de De Sosa y los demás citados, y los que no hemos citado, es un cine que no es invisible, aunque algunos lo quieras así, desconocido, y mi labor como observador del cine que se hace en el país en el que vivo, por pequeña que sea, es mirarlo, estudiarlo y criticarlo y hablar bien si me gusta, que es el caso. Así que, gracias por llegar hasta aquí, y no dejemos que ese otro Cine Español que tan sólido, diferente y brillante sea Cine Español como el resto, y no sufra distinciones de condescendencia por parte de aquellos que se abanderan como lo único, porque hay muchas formas de ser en el Cine Español como reivindica Balearic, de Ion de Sosa y todas las demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Aro Berria, de Irati Gorostidi Agirretxe

SER LA REVOLUCIÓN. 

“No puedes comprar la revolución. No puedes hacer la revolución. Solo puedes ser la revolución. Está en tu espíritu o no está en ninguna parte”. 

Ursula K. Le Guin

Algunos cineastas emprenden una búsqueda de su forma de mirar y narrar a través de las huellas del pasado tanto físico como emocional. El caso de Irati Gorostidi Agirretxe (Eguesibar, Navarra, 1988), es paradigmático en este sentido, porque en sus películas siempre ha observado su pasado y la relación que tenía con él de un modo reflexivo, crítico y nada complaciente, donde lo obrero, lo humano y lo político han sido el centro de la cuestión.  Ahí tenemos el mediometraje Pasaia Bitartean (2016), que recorre el citado puerto y sus cambios del esplendor obrero de los setenta hasta nuestros días. En sus cortometrajes como Unicornio (2020), una joven huía hacía una casa aislada en ruinas y tiene un compañero muy especial, con el aroma de Sin techo ni ley (1985), de Agnès Varda. Con San Simón 62 (2023), codirigido con Mirari Echávarri, volvían a los valles de Navarro donde se ubicó la comunidad Arco Iris, recorrieron los pasos de sus respectivas madres y su experiencia, y en Contadores (2024), reflexionaba del movimiento obrero de San Sebastián de 1978 en la fábrica de contadores. 

Para su primer largometraje, Aro Berria (en el original, “Nueva Era”), la directora navarresa continúa lo que ya expusó en el citado Contadores, y en su primer tercio asistimos a la actividad asamblearia y política de los mencionados trabajadores/as y su desencanto en aquella España de finales de los setenta en la que, después de meses de huelga y movilizaciones no acaban de conseguir sus objetivos como clase obrera. Algunos de aquellos deciden huir del mundanal ruido y convertirse en un miembro más de la comunidad “Arco Iris”, en Lizaso, en el valle de Ultzama, en Navarra, y vivir en una comunidad alejada de lo material y centrada en lo espiritual, siguiendo los preceptos del Tantra, explorando la sexualidad, la respiración, el yoga y la meditación para estar conectados con el alma y tener una conciencia profunda. La película es una ficción, aunque está filmada como si fuese un documental del momento, a partir de la llegada de dos amigas, seguimos la actividad diaria del centro, las continuas performances, ejercicios y movimientos de sus participantes, los continuos diálogos entre unos y otros, y sobre todo, las continuas discusiones entre lo que significa la política, la revolución, lo sexual, la igualdad y distintos términos tan cuestionados en aquellos momentos y en cualquier momento. 

La textura y la intimidad que da el 16mm contribuye a que los espectadores seamos uno más de la comunidad, en una cámara muy corpórea e invisible que se mueve entre ellos y ellas, en una cinematografía poderosa y llena de matices que firma Ion de Sosa, que ya estuvo en las citadas Unicornio y Contadores, también filmadas en 16mm. La música es otra cuestión a resaltar de la película, porque consigue ese estado espiritual y sexual que emana toda la trama, en la que el movimiento del cuerpo y todos sus fluidos son esenciales para entender lo que significa la actitud de cada personaje y su forma de gestionarlo. Las melodías de Beatriz Vaca (Narcoleptica), y la música adicional de Xabier Erkizia (que ha trabajado en interesantes films como Meseta, Dardara, Samsara y Negu Hurbilak), hacen que la película entre en una especie de hipnotismo catártico en que las almas bailan, cantan y se mueven al son de una idea y de un sentimiento en espectaculares akelarres alrededor de la piedra y el fuego. El montaje de una grande como Ariadna Ribas ayuda a implicarnos en la cotidianidad y la intimidad que se vive y respira en la comunidad, con esa fusión entre movimiento y palabra que potencia el ideario de vivir de forma diferente en aquellos tiempos, en sus intensos 100 minutos de metraje. 

Una película tan a contracorriente, que busca verdad en cada una de sus imágenes, en la que cada secuencia deviene una experiencia catártica, sumergidos en un trance donde cuerpos y almas danzan al son de sus impulsos sin ataduras y alejados de convencionalismos, el que cada uno de los personajes experimenta su propio camino era preciso tener unos rostros y cuerpos que expresan todas esas emociones descubiertas que hay que gestionar. Tenemos un grupo de intérpretes lleno de caras desconocidas que dan ese toque de verosimilitud y “verdad” que tanto tiene Aro Berria. Empezamos por la artista Maite Muguerza Ronse, que fue una de las actrices de Contadores que da vida a Eme, una de las recién llegadas, Edurne Azkarate coprotagonista de Irati, de Paul Urkijo Alijo, como una de las activistas políticas. Los hombres  Óscar Pascual Pérez, Aimar Uribesalgo Urzlai y Jon Ander Urresti Ugalde. Y los cameos que amplían la nómina de la cinta con un Jan Cornet desatado y guía de las actividades, Javier Barandiaran como sindicalista, que hemos visto en series como La línea invisible y Cristóbal Balenciaga y películas como La infiltrada y la reciente Karmele, y el cineasta Oliver Laxe como una especie de gurú de lo tántrico.  

Si llegados a este punto del texto, todavía están diciendo en sí ven una película como Aro Berria, quizás piensen que la cosa de una comunidad espiritual perdida en Navarra allá por finales de los setenta no va mucho en estos tiempos, permítanme decirles que se equivocan, porque aquella experiencia en comunidad sigue tan vigente como entonces, ya que aquellos jóvenes después de cuatro décadas de dictad, oscuridad y violencia, y desencantados con la política y la imposibilidad de vivir dignamente de su trabajo, decidieron abrir una nueva vida y poner en práctica todos los ideales de libertad, de contracultura y experimentación ya vividos en otros países. Temas que siguen tan vigentes como entonces, la idea de una sociedad diferente, más humana, más vital y más interior. La película coge un vuelo alucinante cuando la idea de comunidad y libertad sexual choca con las contradicciones de esos mismos elementos y las diferentes experiencias de hombres y mujeres y sobre todo, la llegada de los hijos a un lugar idealizado donde no pensaban en niños y niñas. Me gustaron mucho los anteriores trabajos de Irati Gorostidi Agirretxe y me ha encantado Aro Berria, por su libertad, lo salvaje de sus situaciones e ideas, y su experiencia alucinante de cada uno de sus imágenes listas para hacer reflexionar, preguntarse y sobre todo, cuestionar una sociedad cada vez más simple, superficial, de tanta experiencia materialista y muy alejada de lo interior y el espíritu. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Flores para Antonio, de Isaki Lacuesta y Elena Molina

ALBA ENCUENTRA A SU PADRE. 

“Una espina se clavó en la cima de mi montaña y, una nube se posó sobre mi tela de araña. Sabe Dios lo que pasó y, está escrito en mis entrañas, la zarpa que desgarró mi túnica de pasión. Tú sabes cual es mi dolor, por favor dame calor”. 

“Una espina” (1994), de Antonio Flores 

Muchas obras nacen de una necesidad vital, de un deseo de encarar la mochila, el dolor, la pérdida y el vacío. El cine actúa como mediador a todos esos conflictos interiores que son invisibles, difíciles de compartir y son los que más duelen. En ese sentido, el cine documental es la travesía más idónea para adentrarse en las profundidades del alma e interrogarse, primero con uno y luego, con el entorno. La actriz Alba Flores (1986, Madrid), perdió a su padre a los 8 años. Su padre era Antonio Flores (1961-1994), un compositor y músico extraordinario que, siempre vivió a contracorriente, libre, a su manera en un mundo demasiado complejo y duro para las almas sensibles como la de él. En Flores para Antonio la citada Alba, coproductora de la cinta junto a su madre Ana Villa, emprende su propio viaje personal y profundo para encontrarse con su padre a través, y cómo reza la frase que abre la película: “Una película de conversaciones pendientes, documentos, canciones, una búsqueda y una catarsis”

La pareja de directores son Isaki Lacuesta (Girona, 1975) y Elena Molina (Madrid, 1986), que se convierten en los demiurgos de la propia Alba, en una historia en la que su protagonista se abre y se atreve a todo aquello que necesitaba hacer y nunca había hecho hasta ahora. A hacer las preguntas sobre su padre. Y lo hace acompañada de su familia: su madre, sus tías Lolita y Rosario, su prima Elena y demás, y los innumerables archivos familiares en formato de vídeo doméstico en los que aparecen los presentes, y ausentes como sus abuelos Lola Flores y Antonio Gonzalez “El Pescaílla”, y su propio padre. Y muchos más como amigos de la vida y el rock como Ariel Roth, Sabina, Juan El Golosina, Antonio Carmona y demás testigos y compadres de la existencia de Antonio. La cosa se amplía y de qué manera, con una gran cantidad de material de archivo: documentación, fragmentos de programas de televisión, letras de canciones, dibujos y demás objetos de un artista muy activo que no cesaba quieto en ningún instante. Un viaje hacia nuestros fantasmas, al legado de los que ya no están, al cine como línea que une esta vida con la otra, mediante sus huellas, su memoria y sobre todo, el recuerdo que dejan en los vivos. Una película-viaje que ayuda a sanar, a comprender y a hablar, que tan necesario es. 

Una película con gran contenido emocional y, también, con un gran equipo técnico que ha manejado con gran cuidado todo el material sensible que manejaba. Tenemos a Juana Jiménez en la cinematografía, que conocemos por sus trabajos en el campo documental en cintas como Las paredes hablan, de Carlos Saura, y Marisol, llamadme Pepa, entre otras, en una cinta-collage que se ve muy bien e invita a la reflexión y a bucear nuestro interior. El diseño sonoro lo firma un grande como Alejandro Castillo que, no tenía tarea sencilla con tanto ambiente sonoro de diferentes procedencias y la infinidad de canciones que escuchamos del artista. La música la firma la propia Alba y Sílvia Pérez Cruz.  El montaje que firman el dúo Mamen Díaz, de la que hemos visto las interesantes Violeta no coge el ascensor, Alumbramiento, la serie La mano en el fuego, que dirigió la citada Elena Molina, y Alicia González Sahagún, con mucha experiencia en el terreno de series como El incidente y Cien años de soledad, entre otras. Un gran trabajo de concisión y detalle para poder retratar a un artista muy inquieto, que navegó por todos los lados: los de la vida, los de las drogas, los de la pasión, el amor y todo aquello que no se ve, y los encuentros con él que experimenta su hija, en sus emocionantes 98 minutos de metraje. 

Una película como Flores para Antonio tiene la gran capacidad de hacer un recorrido muy personal y profundo de una hija a través del legado y los que conocieron a su padre, y lo hace con toda la alegría y tristeza, con la melancolía de aquella que le hubiera gustado haber estado más con su padre, y lo hace desnudándose en todos los sentidos, mostrando sus duras internas con todos y todo, sobre todo, con él mismo, sus felicidades y tristezas, sus ganas de vivir y de hacer música, su música, sus partes más oscuras de rebeldía, de revolucionario a su manera, de sus adicciones, y de todo su esplendor y oscuridad. En ese sentido, la película es honesta y muy íntima, coge de la mano al espectador, acompañando al viaje de Alba, y nos lleva por esos ochenta llenos de vida y muerte, de risas y penas, del despertar a una nueva vida después de 40 años de terror y oscurantismo. Isaki y Elena demuestran que, a partir de un material ajeno a priori, saben encauzar a sus imágenes: la música y el duelo están muy presentes en el cine del director gerundense, y en Remember my Name (2023), de Molina, se hacía eco de un grupo de jóvenes de danza que se agrupan para vencer sus difíciles vidas. La película trasciende el cine y se convierte en una catarsis, como se anuncia al inicio, y para los espectadores un viaje muy emocionante que abre todo eso que está ahí esperando a ser escuchado y en el que se recupera la memoria de un músico excepcional como Antonio Flores y todo lo que significó y significa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA