The Song Of Sway Lake, de Ari Gold

LA CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales,  a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.

El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.

Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.

Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Casi 40, de David Trueba

LAS CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

El viaje, tanto como experiencia geográfica, pero más como descubrimiento interior, una búsqueda de lo que se cuece en nuestra alma, de ponernos frente a ese espejo emocional, de investigarnos y de caminar hacía ese lugar, del que en cierto momento de nuestro vida, tuvimos que huir por miedo, por no seguir nuestras ilusiones, por seguir nuestro instinto, dejándonos llevar por la vida, por materializar nuestros sueños e inquietudes, por ser quiénes deseábamos ser. En los trabajos de David Trueba (Madrid, 1969) tanto en literatura como cine, cohabitan muchos viajes interiores, quizás muchas de sus películas o libros, están estructurados a través de ese caminar interior, ese aspecto del alma que nos convulsiona, nos guía y a veces, nos da de bofetadas o nos alegra. Aunque, en algunas ocasiones, ese viaje interior se mezcla con otro físico, como sucedía en la novela Cuatro amigos (1999) donde un tipo, junto con tres amigos, emprendía un viaje a Santander para impedir la boda de su ex novia a la que todavía amaba, o en la película Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) donde un maestro de inglés cogía su coche con la intención de conocer a John Lennon en la España gris y triste de los 60, y más recientemente, en su último libro, Tierra de campos, donde a modo de Azcona, un hombre viajaba en un coche fúnebre, junto al cadáver de su padre, por la España interior.

En Casi 40, vuelve a la road movie, o más bien podríamos decir, a la película de carretera, donde cuenta con dos intérpretes (como sucedía en Madrid, 1987, aquella que ocurría en un lavabo donde quedaban encerrados un cascarrabias periodista y una estudiante entusiasta) pero no dos cualquiera, sino los protagonistas de su primera película La buena vida (1996) los Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, la prima Lucía y Tristán, el chaval de 15 años que perdía su espacio de protección y descubría la tristeza, el dolor y el amor. Ahora, recupera aquellos personajes casi en la cuarentena,  reencontrándose con ellos, y los funde con la vida personal de los propios intérpretes, para invitarnos a un viaje que recorre muchos de los espacios que ya encontrábamos en Tierra de campos, a los que podríamos añadir Burgos, Segovia o Salamanca, ciudades de esa España interior, muy alejada del cine actual, pero que en su época, protagonizaron películas del calibre como Nueve cartas a Berta, de Patino o Nunca pasa nada, de Bardem.

Trueba presenta a Lucía (que aquí la conoceremos como Ella) una cantante de guitarra al hombro, que vive junto a su marido e hijos, y retirada de la música, y Fernando (que recibirá el nombre de Él) dedicado a la venta de cosméticos, y viajaremos con ellos en una gira íntima que se desarrollará en pequeños bares y librerías. Los acompañaremos haciendo muchos kilómetros, escuchando conversaciones, y sobre todo, escuchando canciones, canciones que explican tanto de las vidas de su protagonistas y de sus estados de ánimo, en una obra íntima, sencilla y honesta, donde la música estructura su peculiar y sincero entramado narrativo. Trueba nos habla al oído, de gentes humildes, de dos almas inquietas y curiosas, de la vida y la existencia, de conocer y conocerse a sí mismo, y lo hace con ese humor tan característico que practica, entre la ironía y la amargura, entre la crítica y la calidez, entre la reflexión y el sarcasmo, entre la carcajada y la tristeza, ese intermedio, como si cuando antaño las películas hacían descanso, nos quedáramos viendo esas imágenes que no se ven, pero siguen ahí, latiendo en nuestro interior, esas imágenes que sólo los más pacientes y calmados logran ver.

La película se mira bien, con encanto y lucidez, sus 87 minutos pasan sin darnos cuenta, siguiendo las reflexiones y los pensamientos de unas personas que son conscientes del pasado, de su peso, de su memoria, aquella que tenía tantas cosas que contar y tantas canciones que escuchar, aquella que parece alejada, desvanecida, y ha dado paso a un tiempo actual lleno de incertidumbre, de espacios líquidos (como nos explicaba Bauman) de lugares conocidos que ya no nos pertenecen, de canciones que ya no reconocemos, de un tiempo que parecíamos felices, de todas esas cosas que se quedaron por hacer, de un tiempo que ya no vendrá, porque parece tan lejano o más aún, parece que no existió. Trueba nos habla sin melancolía y sin sentimentalismos, nos habla de frente, de cara, explorando nuestras emociones, dejándolas salir sin empujarlas, casi sin querer, hablándonos como si escucháramos una canción a media tarde en la habitación de una pensión de una ciudad cualquiera, de esas donde el turismo pasa de largo, sí, en aquella ciudad donde una vez nos conocimos y nos lo pasamos tan bien.

Trueba se lanza a la carretera desde la sencillez e intimidad, despojándose de cualquier artificio narrativo o cinematográfico, a través de una estructura muy sencilla y cercana, como aquellas películas ochenteras al estilo de Opera prima, La mano negra, Corridas de alegría, o más recientes como Los exiliados románticos o Isla bonita, cine entre amigos, sin discursos ambivalentes ni grandes ambiciones, sino enmarcadas en la tranquilidad, en la experiencia del cine, en la mirada, como si fuera una vuelta a su esencia más primigenia, a su sutilidad, a lo más puro, dejando convencionalismos ni moderneces al uso, sino con personajes de verdad, de esos que nos cruzamos por la calle cualquier momento, o podríamos ser nosotros mismos, escuchando sus miedos, (des) ilusiones, y (des) encuentros, descubriendo que lo que nos ocurre a nosotros no está muy lejos de otros. La película nos habla de vida, de amor, del primer amor, del recuerdo que nos deja, de aquellos sentimientos puros e inocentes, de todo lo que aprendimos de él, y de todo el legado que nos dejó, de los otros amores que vinieron después, de todo lo que vino después, ni mejor ni peor, diferente, y sobre todo, menos feliz e inocente.

Avanti Popolo, de Michael Wahrmann

Avanti_Popolo_2012_Film_PosterLA MEMORIA INDÓMITA

El arranque de la película deja bien claras sus intenciones narrativas y formales en su sencillo y magistral prólogo. La película se abre con un plano general de una calle, es de noche. Escuchamos el sonido del motor de un coche, y comenzamos a viajar por las calles mientras escuchamos la radio. El locutor (la voz del director) va desgranando himnos y cantos revolucionarios clásicos como La muralla, de Quilapayún, Ay Carmela!, o Me matan si no trabajo, de Daniel Viglietti. El realizador Michael Wahrmann, de origen uruguayo-israelí, y brasileño de acogida, nos conduce hasta a André, un hijo que visita a su padre (el mítico cineasta brasileño Carlos Reichenbach). Un hombre en la sesentena que vive apartado con la única compañía de su perra ballena. Una casa donde se acumulan recuerdos y objetos de un pasado que pesa y ahoga, un tiempo fantasmal y detenido que el hijo quiere recuperar a través de las viejas películas de super 8 filmadas por el hermano desaparecido durante la dictadura de los 70. Wahrmann se rodea de pocos elementos expresivos para contarnos su particular e íntimo viaje a través de la exploración sobre las ideologías. Un par de espacios, el exterior/patio de la casa, que vemos a través del enrejado, y el interior, presentado en sendos planos, estáticos, no nos muestra más habitaciones, incluso al hijo recién llegado, el padre le niega que utilice la habitación del hijo ausente. Unos decorados mostrados siempre frontalmente donde  el tiempo se dilata, creando una atmósfera que inquieta y subyuga a la vez. Apenas tres personajes, el citado Reichenbach, el hijo, que encarna otro director, André Gatti, y el cineasta dogma, que interpreta Eduardo Valente, también director. Dos almas, padre e hijo, que apenas se relacionan y se mueven entre las sombras que restan de los ideales, tanto políticos como cinematográficos, de aquellas luchas revolucionarias y filmes que abogaban por una vida digna y humana. No estamos frente a una película nostálgica que pretenda darnos lecciones pedagógicas y demás, nada de eso. La película nos habla en primera persona y de manera sincera, de un tiempo que ya no existe, un tiempo que habita en la memoria, y por sus imágenes, parece que difícilmente renacerá. Tiempo de espera o tiempo vacío, emociones que ahora sólo quedan en cantos e himnos que parece que no existieron, que quedaron demasiado atrás. El cine y el imaginario revolucionario como vehículos para recuperar a los ausentes, a los que ya no están. Wahrmann filma un trabajo minimalista sobre la ausencia y contra la amnesia, casi expresionista, a ratos parece una cinta de terror, donde no falta la ironía y el humor (el taxista entusiasta de los himnos nacionales, o el director dogma que habla del cine solitario), y en otras  insufla a sus imágenes resistentes el aroma olvidado de aquellas canciones y películas revolucionaras, que quizás hoy en día nos deberían servir para conocernos más en profundidad y no olvidar un pasado que siempre está presente, porque nunca se fue.

<p><a href=”https://vimeo.com/116770948″>Trailer Avanti Popolo</a> from <a href=”https://vimeo.com/user13755413″>ANDOLIADO PRODUCCIONES</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>