El hotel a orillas del río, de Hong Sangsoo

MIENTRAS CAE LA NIEVE.

La inmensa capacidad creativa de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) con más de la veintena de títulos en 22 años desde que dirigiese en 1996 su debut con El día que un cerdo cayó a la nieve, ya no asombra a nadie, convertida en una de sus señas de identidad como cineasta, emulando a otros colegas como Fassbinder, Woody Allen o Jess Franco, autores que han hecho de su inagotable producción una de las formas más definibles de su universo cinematográfico. Sangsoo se centra en conflictos emocionales, donde los relatos sentimentales serían uno de sus centros de observación, situados en la periferia de las ciudades o en pequeñas poblaciones, donde sus personajes, gentes dedicadas al cine o al arte, a partir de conversaciones cotidianas y triviales, esparcen sus rupturas emocionales y sus incapacidades para encontrar el amor y sobre todo, para mantenerlo. A través de una forma sencilla y ligera, en el que se cuela lo poético de modo suave y sin estridencias, donde los encuadres obedecen siempre al movimiento y al gesto de los personajes, incluso utilizando el zoom como recurso narrativo, en la que el autor surcoreano indaga en los males modernos de una sociedad cada vez más aislada, perdida y enferma.

En El hotel a las orillas del río, Sangsoo nos convoca en una pequeña ciudad, que apenas veremos, en el interior de un hotel cerca de un río, en mitad del invierno, donde somos testigos del frío que padecen sus personajes, implacable metáfora de los estados emocionales en los que se encuentran. Por un lado, tenemos a un viejo poeta que convoca a sus dos hijos, a los que hace tiempo que no ve,  para despedirse de ellos, ya que sueña con su muerte cercana. Por el otro, tenemos a una joven que pasa su luto junto a su amiga del alma, después de que su chico la abandonará. Dos relatos independientes, que llegarán a cruzarse en algún momento del metraje, componen un relato intimista, sincero y veraz sobre las formas de decir adiós cuando uno sabe que su tiempo ha llegado a su fin, y otra, que también necesita decir adiós y cerrar esa etapa de su vida, ese amor que no fue, para seguir adelante con su vida. Sangsoo mira su película de adentro hacia afuera, a través del interior del hotel, un espacio aislado en el que apenas se divisan los cinco personajes en liza y la recepcionista, personaje que hila los dos relatos y pone esos instantes cómicos en los que asalta a sus huéspedes para solicitarles un autógrafo.

Todo sucede en el salón y las habitaciones del hotel, exceptuando tres momentos de un paseo en la nieve, el trayecto hacia el restaurant y la comida en el restaurant. El cineasta surcoreano evidencia una pureza de estilo que encaja a la perfección con el tipo de historias que cuenta, con ese luminoso y triste blanco y negro, en que la luz natural se cuela invadiendo los espacios de la película, que acompaña aún más si cabe la situación emocional de los dos personajes protagonistas, almas en la nieve, a la deriva, situados en mitad de la nada, en un lugar que hiela el alma, los sentimientos y los sentidos, un espacio no lugar, blanco, sin tiempo ni ubicación, vacío y aislado, como si todo el mundo fuese acorde con lo que ellos sienten, esos sentimientos confusos, de pérdida, de dolor, de final del camino, de no hay nada más, de empezar de nuevo o acabar de una vez. La película se interroga constantemente lanzando ideas e hipótesis, interpelando directamente a los espectadores porque bajo ese manto blando y esas conversaciones sin más, existe un poco oscuro y sin fondo de bandazos emocionales donde los personajes se desplazan sin rumbo, sin voluntad, atados a sus emociones rotas, resquebrajadas y vacías.

Un plantel de intérpretes en estado de gracia donde destacan las presencias de Kim Minhee, musa del director, que vuelve a componer ese personaje ajado, roto  y fantasmal que se mueve por inercia, y cuando lo hace, porque la mayoría del tiempo está tumbado, dormido y sin fuerzas, roto en todos los sentidos, intentando avanzar y a cada paso que da parece dar dos para atrás, y Ki Joobong, ese poeta cansado y triste, que ya no escribe, que anda por un hotel vacío y perdido en el tiempo, invitado por un desconocido, alguien casual en un lugar en el que nada tiene que hacer, quizás sí, quizás tiene que despedirse de los suyos por eso los convoca, o quizás, siente que su vida ya alcanzado su tiempo, y ya nada más tiene que decir ni hacer. Sangsoo vuelve a alimentar nuestra alma con su cine sencillo y honesto, con su capacidad asombrosa e inagotable para seguir sumergiéndose en la psique humana y todas sus contradicciones y demás, a través de aquello más cotidiano y superficial, como compartir una comida, mientras sus personajes conversan de grafología, del tiempo pasado, de la amistad como pilar fundamental en las relaciones humanas, y sobre todo, la incapacidad emocional, como mencionaba Ingmar Bergman en su cine, mal de todos los tiempos, donde los seres humanos no somos capaces de encontrar aquello que nos hace estar bien, y cuando lo encontramos, somos incapaces de valorarlo, de expresarlo a los demás y compartir lo que sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Déjame caer, de Baldvin Zophoníasson

HERMOSAS Y MALDITAS.

 “Así que nos dirigimos hacia la muerte en el crepúsculo”

Francis Scott Fitzgerald

Magnea es una adolescente bien parecida, ejemplar estudiante y destacada deportista. Pero, cuando conoce a Stella, de su misma edad, de vida disoluta y peligrosa, y amistades poco recomendables, la vida de Magnea da un giro de 180 grados y todo se tambalea, introduciéndose en el sórdido mundo de las drogas y frecuentando una existencia degradante y periférica. Tercer largometraje de ficción de Baldvin Zophoníasson (Akureyri, Islandia, 1978) después de los interesantes Órói (2010) en el que describía la confusión de identidad de un adolescente gay. Le siguió La vida en una pecera  (2014) en el que ya tocaba los elementos de adicciones y vidas errantes relatando el miserable destino de tres vidas de Reykjavik. Hizo un alto en el camino en sendos documentales y series, como Case (2014) donde volvía a adentrarse en problemas sociales de adicciones y obsesiones, o Trapped, del mismo año, donde se centraba en el thriller para contarnos el desmoronamiento de un jefe de policía local. En Déjame caer sigue interesado en esas atmósferas turbias, oscuras y denigrantes donde nos cuenta el descenso a los infiernos de personas con vidas acomodadas y respetables, en este caso es la vida de Magnea que conocerá a Stella y todo su mundo cambiará de color, adentrándose en un infierno de graves consecuencias para la salud, su familia y su existencia, que se sumirá en un viaje sin retorno donde Magnea se convertirá en una toxicómana manipulada por Stella, como también describe la película en su arranque, donde la mencionada Stella obliga a Magnea a venderse por sexo con la intención de cobaya para desplumar al vejestorio de turno, instante que recuerda a la película La carnaza, de Bernard Tavernier.

El cineasta islandés bajo un forma naturalista y enérgica, donde la cámara de Jóhann Máni Jóhansson, habitual colaborador del director, sigue sin descanso a los personajes, convirtiéndose en una sombra impertérrita que no solo nos describe los hechos de forma íntima y brutal, sino que funciona como un testimonio psicológico de la degradación, casi al minuto, de una adolescente, que parece vivir entre algodones. Peor, la película en su afán de retratar un mundo ajeno a la realidad cómoda y bien pensante, divide la narración en dos tiempos. En el primero, vemos a Magnea como va introduciéndose en el mundo de las drogas junto a Stella, describiéndonos todo ese universo de desfase en las fiestas, mentiras a los padres, los primeros “picos”, el sexo desinhibido y la manipulación de esos hombres más maduros que además de camellos son miserables que las convierten en una especie de concubinas a cambio de droga (en el que conforman un espejo de miseria con el personaje de Eik, la madre soltera que ejercía la prostitución den La vida en una pecera) y en el segundo, menos amplio que el anterior, seguimos a Magnea ya adulta y los desencuentros que mantiene con Stella, en el que la película se convierte en un relato de redención donde las cuentas del pasado siguen vigentes.

Zophoníasson filma un demoledor y crudísimo drama social sobre la juventud perdida y espectral de Reykjavik, alejándose de esa idea de país moderno y democrático que tanto se empeñan algunos gobernantes, lanzando proclamas muy alejas de una realidad que se oculta, pero que existe y se mueve entre las sombras, mutilándose las existencias y entrando en una espiral de drogas, sexo y violencia, de constantes humillaciones y perversiones inimaginables. El estupendo reparto de la película, haciendo mención especial al prodigioso y potentísimo trabajo de la joven Elín Sif Halldórsdóttir, que ya había estado en la serie Case, dando vida a la desdichada Magnea en su juventud, y la sobriedad de Eyrún Björk Jakobsdóttir haciendo de la pérfida Stella, bien acompañadas por su reflejo en la vida adulta con la presencia inquietante y brutal de Sólveig Arnarsdóttir como Magnea y Lára Jóhanna Jónsdottir como Stella, intérpretes que destilan muchísima naturalidad, oscuridad y cercanía.

El relato es sincero y directo, dentro de la incomodidad irrespirable que cuenta, aunque en algunos instantes puede resultar muy deprimente, la obra muestra toda esa crudeza y realismo sin tratar de ocultarlos, como vehículo necesario para mostrar una realidad que existe y se mueve y puede afectar a algunos de nosotros, en que interpela directamente al espectador, sumergiéndonos en un relato donde, siempre existe un resquicio, por menudo que sea, en el que hay un espacio para rendir cuentas con el pasado y quizás para ver la vida con otra mirada, aunque a veces cueste tanto. Un drama social de carácter y abrumador, que en algunos momentos se acoge a las narrativas del documental, también muestra la historia de una amistad, la de Magnea y Stella, con sus idas y venidas, con sus momentos de fura y amor infinito con otros menos complacientes, donde la verdad y la mentira parecen confundirse y alejar a las dos amigas, aunque quizás muchos pensarán que su “amistad” es producto de la manipulación de una sobre otra, de cómo el tiempo a veces coloca las cosas en su sitio, y la perspectiva de las cosas va cambiando la textura y las formas, y los no futuros de dos jóvenes yonquis puedan cambiar tanto que puedan cambiar de vida o simplemente, llevar una vida con más dignidad y alejándose de esos tiempos oscuros y malvados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rojo, de Benjamín Naishtat

UNA NOCHE, UN MUERTO.

“Cuando todos callan, no hay inocentes”.

Un incidente en un restaurante por la noche. Quizás, un incidente más. Un incidente protagonizado por Claudio, un abogado reconocido y un desconocido, en uno de esos pueblos perdidos de la provincia en la Argentina en 1975. Todo hubiera acabado ahí, pero no, porque el abogado humilla al extraño y es expulsado de malas maneras del local. A la salida, volviendo a casa, el desconocido asalta a Claudio y a Susana, su mujer, y después de una pelea, el extraño, al que nadie conoce, se dispara y queda gravemente herido. El abogado se hace cargo y lo lleva en su automóvil con la intención de salvarle la vida, pero no lo hace, en cambio, lo hace desaparecer en un desierto de la zona. ¿Por qué motivo un abogado reconocido y de vida acomodada hace semejante acto de crueldad abandonando a alguien a una muerte segura? El director Benjamín Naishtat (Buenos Aires, Argentina, 1986) vuelve a indagar en la condición humana como ya lo había hecho en sus dos anteriores trabajos. En Historia del tiempo (2015) nos situaba en la psicosis y temores actuales de buena parte de la ciudadanía, y en El movimiento (2016) se trasladaba al rural del siglo XIX para sumergirnos en un relato sobre el abuso de poder que unos ejercían sobre los campesinos.

Ahora, y nuevamente en una película de corte histórico y ambientada en la zona rural, nos sumerge en esa Argentina en los albores de la dictadura, mostrándonos la impunidad y la violencia que ejercen unos contra otros para continuar siendo “buenos ciudadanos” a los ojos de todos, retratando esa violencia oculta y soterrada que convive con naturalidad, con una élite dispuesta a todo para mantener sus privilegios y sus ejemplares vidas. El director argentino nos guía por su relato a través de la mirada de Claudio, un abogado de buenas intenciones y familia, aunque de moral oscura, como veremos a lo largo de la película, porque cuando ha de elegir acerca de hacer el bien o su conveniencia no tendrá dudas y siempre opta por su beneficio personal, una idea que se impondrá meses después con el estallido de la dictadura militar donde una parte poderosa del país someterá a todo aquel que piensa diferente. La película ahonda en las contradicciones y miserias humanas, explorando todos esos tejes manejes del abogado y sus amigotes, como ese instante que define a las maneras oscuras de los personajes, cuando apoyándose en triquiñuelas legales se apropian de un inmueble que nadie reclama.

El relato se enmarca en aspecto de thriller setentero donde predominan los rojos, ocres y verdes, con esa característica atmósfera del cine negro que también supo retratar cineastas como Coppola, Friedkin, Lumet o Peckinpah, dónde el género era una mera excusa para sacar a la luz todos los males sociales y políticos que anidaban en lo más profundo de la sociedad. La exquisita ambientación, cargada de detalles y elementos que nos llevan a la textura y colores que tan de moda estaban en los setenta, y a través de esa forma tan contrastada con zooms, fundidos encadenados o esas cámaras lentas, nos colocan de manera sencilla y ejemplar en esa época, en todo aquello que se respiraba y esa violencia oculta y a punto de estallar que ya daba cuenta de sus inexistentes principios morales y de más, en una idea espeluznante en que la sociedad se divide entre unos que ejercen poder sobre otros, cueste lo que cueste y no existan escrúpulos de ninguna clase para llevarla a cabo.

Una composición de altura y sobria del siempre magnífico Darío Grandinetti dando vida a esa abogado que parece una cosa y en realidad es otra, como tantos en aquel momento, como demostrará el trato que ejerce cuando está con aquellos más desfavorecidos y cuando trata con sus amigotes de clase, un ser miserable, si, pero también, un profesional ejemplar, dentro de sus principios, y esposo y padre en su sitio, cariñoso y bondadoso, con esos trajes inmaculados, ese bigotito que le da pulcritud, y esa mirada serena y bien pensante. Frente a él, el detective Sinclair, extraordinariamente interpretado por el chileno Alfredo Castro, con esas gafotas, su gabardina y su peinado inmaculado, con esos aires de policía de Scotland Yard, inteligente, observador e impertérrito, que fue policía, pero ahora se gana la vida buscando a desaparecidos para gente acomodada, que investiga con ojo avizor y astucia brillantes. Y Susana, la mujer del abogado, interpretada por Andrea Frigeiro, la esposa comprometida y buena compañera, que seguirá fiel a su esposa y su hogar, aunque viva en otra situación real muy diferente.

Naishtat ha construido una película valiente, inteligente y necesaria que explora la maldad desde la condición humana más miserable, devolviéndonos tiempos atroces que en muchos instantes parece que siguen ahí, de otra forma y a través de otros hilos invisibles y más enmascarados, desenterrando el pasado que tanto nos interpela en estos tiempos confusos, contradictorios y oscuros,  explorando con acierto y sobriedad todos los aspectos más oscuros de lo humano, aquellos que a primera vista no se ven, y mucho menos se reconocen, aquellos que hay que sumergirse en las profundidades del alma para toparse con ellos, definirlos moralmente, y sobre todo, conocerlos para conocernos más, y así descubrir ciertas actitudes de muchas personas en la actualidad, porque la historia siempre se acomoda a sus tiempos, porque las cosas del pasado siempre vuelven con otras caras y cosas, pero lo más intrínseco vuelve a nosotros, porque el tiempo pasa, pero hay cosas que permanecen en nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Génesis, de Philippe Lesage

LOS PRIMEROS DESEOS.

“El amor es el único motor para la supervivencia”.

Leonard Cohen

Guillaume descubre que su amistad con Nicolassu, su mejor amigo, va más allá de la mera relación de amigos y compañeros de instituto y lo ve como alguien especial. Charlotte es una veinteañera en la universidad y hermanastra de Guillaume, sale con Maxime pero se siente enjaulada y le lleva a conocer a Theo, unos años más mayor, aunque tampoco parece encontrar esa estabilidad emocional que tanto ansía. Y por último, Félix, un chaval que se siente atraído por Béatrice, una compañera del campamento de verano. Tres relatos sobre el amor, sobre el primer amor, sobre el hecho de ser adolescente y joven, sobre los primeros deseos, sobre esa efervescencia veloz e inquieta cuando parece que toda tu vida va a la velocidad de un rayo, donde todo sucede de forma muy intensa, y también, empiezas a conocer los sinsabores del amor, del deseo, de esa cara oculta siniestra y oscura que también anida en los sentimientos, y sobre todo, como actúan el resto y como nos ven. Philippe Lesage (Saint-Agapit, Canadá, 1977) arranco su carrera en el documental para luego pasar a la ficción con Los demonios (2015) y Copenhague. A Love Story (2016) en las que planteaba relatos sobre la infancia y la adolescencia y los despertares que conlleva cuando se conoce el mundo de los adultos.

El director canadiense nos plantea un retrato sobre la adolescencia, sobre los primeros amores, o quizás sería más conveniente decir, sobre las primeras decepciones amorosas, sobre cómo combatir los conflictos interiores y materializarlos a los demás, y las consecuencias que lleva ser uno mismo y expresárselo al resto, venciendo los miedos al rechazo o la marginación. Lesage observa a sus criaturas desde esa mirada crítica y honesta, sin caer en el sentimentalismo o las peroratas discursivas que suelen caer los retratos sobre amores juveniles. En Génesis los despertares al amor son honestos y sin cortapisas de ningún tipo, sus protagonistas aman de verdad, se dejan llevar por sus sentimientos y actúan en coherencia, explotando sus emociones y lanzándose a esos vacíos sentimentales a ver qué sucede.

Los planos de Lesage emanan autenticidad y ritmo, nos llevan en volandas de un lado a otro, centrándose en los primeros 100 minutos en los conflictos emocionales de Guillaume y Charlotte, que puedan resultar muy diferentes en la forma de abordar sus cuestiones sentimentales pero tanto uno como otro obtienen el mismo resultado frustrante, o quizás no era el momento para tener esas relaciones, o quizás se habían equivocado de personas y sus ansías de descubrir y experimentar les ha llevado a ir demasiado deprisa a no tener esa calma suficiente en el terreno amoroso, tan necesaria por otra parte, pero todo ese aprendizaje forma parte de la edad que tienen, de ese tiempo de constantes errores, de perderlo todo por alguien, de pensar que el mundo se acaba si esa persona u otra no se fija en nosotros o simplemente, nos rechaza, sumiéndonos en el vacío más profundo y doloroso que podamos imaginar. Guillaume, fantástica la composición del actor Théodore Pellerín, es extrovertido y locuaz en el instituto, alguien que es capaz de todo y una especie de líder carismático donde mirarse, en el amor tampoco se corta, se lanza y luego pregunta, como debe ser según él.

En cambio, Charlotte, íntima y erótica la interpretación de la extraordinaria Noée Abita, se siente desplazada en su relación con Maxime, como si su tiempo y el tiempo de la relación se hubiera detenido por eso a sus veinte pocos años ve en Theo que roza los treinta, la oportunidad de tener una relación más madura, más de verdad, más estrecha, aunque las cosas nunca son lo que parecen, y parece salir de un fuego para encontrarse con otro. Finalmente, Lesage deja los últimos 30 minutos de película para situarnos en un campamento de verano y contarnos, casi sin palabras, y con mucha música, elemento que estructura la película mezclando temas más sentidos con otros más locos. Conoceremos a Félix, que interpreta el actor Edouard Tremblay-Grenier, protagonista de Los demonios, que se siente atraído por Béatrice, y entre miradas y sonrisas empiezan a intimar, con esos primeros roces de cuando te gusta por primera vez alguien, donde cogerse de la mano es un gesto extraordinario, donde el final del campamento anuncia el final de la relación estival o no, quizás continué de alguna otra manera en la ciudad.

Lesage sigue con su cámara los movimientos audaces y torpes de sus personajes a la hora de acercarse a los seres amados, sin estudiar sus posibilidades ni nada, aventurándose siendo fieles a lo que sienten, con miedo pero sin cobardía, creyendo en sus sentimientos, aunque en algunos momentos se metan en la boca del lobo, y se muestren indefensos ante los demás, que los utilizan y humillan. La película nos envuelve con sutileza y sobriedad en estos tres retratos sobre la adolescencia, sobre el amor y todos esos deseos lanzados a la vida, extremos, ocultos, cálidos, frustrantes, decepcionantes o simplemente, bellos, queridos y sobre todo, reales, sinceros e íntimos, porque como dice la canción solamente se tienen 16 años una vez en la vida, para bien o para mal, y jamás se vuelve a tener esa edad, ni tampoco esos sentimientos y esa mirada a la vida, después en la edad adulta todo se vuelve diferente, más extraño, más deshonesto y más individualista. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entendiendo a Ingmar Bergman, de Margarethe von Trotta

EL LEGADO DEL MAESTRO.

“Fue uno de los pocos directores de cine  que  se  interesaba  honestamente  en  lo  que  ocurría  en  el  interior  de  los personajes femeninos”.

Gunnel Lindblom

Mucho se ha escrito y reflexionado sobre Ingmar Begman (1918-2017) y su cine, quizás mucho para algunos y poco para otros, lo que si estamos de acuerdo es que el universo cinematográfico del director sueco es muy amplio, complejo, profundo y magnífico, y son incuestionables los motivos que convierten a Bergman en uno de los mayores revolucionarios de la historia del cine, tanto en su concepción formal, narrativa y emocional, siendo uno de los cineastas que más han inspirado a legiones de cineastas alrededor del mundo. Una de esas cineastas es Margarethe von Trotta (Berlín, Alemania, 1942) una de las miradas más interesantes y críticas de aquellos “Nuevos Cines” surgida a finales de los sesenta y principios de los setenta, y más concretamente, perteneciente a la “Nueva Ola Alemana”, junto a otros nombres ilustres como Fassbinder, Wenders, Kluge, Schlöndorff. La cineasta berlinesa autora de 24 films de ficción, arranca su aventura en el documental, como si emulase el viaje al pasado igual que Isak Borg, el médico retirado de Fresas salvajes, y muy parecido al realizado por Wenders en Tokio-Ga, en el que realizaba su personal homenaje al maestro Yasujiro Ozu y recorría sus huellas. Von Trotta recoge el testigo de su coetáneo y también homenajea al maestro Bergman en el centenario de su nacimiento, mirando, analizando, reflexionando y entendiendo, como reza el título, la obra del cineasta que más le ha inspirado en su carrera, y como punto de partida la película que alumbró a Bergman y el cine a finales de los cincuenta con El séptimo sello, con la que Von Trotta inicia su película describiéndonos a modo de narrador como se hacía en las películas silentes, analizando su arranque en esa playa con ese caballero, su escudero, los caballos y la presencia de la muerte y cómo no, la partida de ajedrez, uno de los instantes míticos de la historia del cine.

Seguidamente nos trasladaremos a la ciudad de París, lugar emblemático del cine de autor, done aquellos jovenzuelos críticos de “Cahiers du Cinema” acuñaron el término de “autor” y abrieron una ventana maravillosa en la que el cine empezó a ser mirado de otra forma, desde otro punto de vista, más personal y profundo, donde el director se convertía en el autor de la película. Y cómo no podría ser de otra manera, alguien como Ingmar Bergman se convirtió en una especie de Sancta Sanctorum para muchos de aquellos amantes del cine y de los autores. Von Trotta nos conduce como narradora omnipresente por el universo cinematográfico de Bergman desde la admiración profunda al maestro inspirador y siempre presente en sus películas, también lo escucharemos en imágenes de archivo, lo recordaremos por aquellos lugares por donde transitó tanto en su vida personal como profesional, recorriendo las ciudades de Múnich, donde Von Trotta conoció personalmente a Bergman que trabaja en teatro, Estocolmo, Göteborg, y los espacios emblemáticos del cineasta como cafés, teatros, hogares, etc…

No solo eso, la cineasta alemana hace un recorrido espacial cronológico, explicándonos las vicisitudes personales que se vieron reflejadas en las películas que hacía, dando voz a personas que lo conocieron de primera mano como las actrices Liv Ullmann o Gunnel Lindblom, u otros cineastas de diferentes generaciones que reconocen su inestimable y brutal inspiración como Carlos Saura, François ozon, Mia Hansen-Love o Ruben Östlund, entre otros, mezclándolo todo con su obra, fragmentos de sus películas como  El  séptimo  sello,  Persona,  Fresas  salvajes, Noche  de  circo,  Juegos  de  verano,  Los  comulgantes,  Gritos  y  susurros,  y Fanny y Alexander, entre muchas otras, momentos que se analizan desde varias miradas y extrayendo esas conclusiones pertinentes para conocer la personalidad del cineasta de infancia difícil como nos detallará Daniel Bergman, uno de esos hijos, que nos habla de un padre ausente, de alguien que no reconocía como tal y con el que tuvo una relación compleja, como se evidencian en sus películas, siempre llenas de dificultades y oscuridad.

Veremos fragmentos de películas de Von Trotta como el de Las hermanas alemanas, película muy valorada por Bergman, e incluida en la lista de mejores películas que elaboró el cineasta sueco junto a otras de Kurosawa, Fellini, Chaplin, Wilder o Victor Sjöström y La carreta fantasma, la mejor película de la historia del cine para Bergman, y su inestimable homenaje a Sjöström dirigiéndole en su emblemático personaje en Fresas salvajes. Trotta invoca al maestro, su obra y sus fantasmas y obsesiones como la Edad Media,  la  hermandad  entre  mujeres,  Chéjov, y muchos otros de sus temas predilectos y recurrentes en su cine. Y como no podía ser menos visitaremos la pequeña isla de Farö, lugar mítico en el cine de Bergman y su vida personal, un espacio lleno de fantasmas, algunos errantes y otros no tanto, donde el cineasta se recogía del mundanal ruido y escribía y pensaba en futuras películas, en obras de teatro, donde se recoge su experiencia y trayectoria en el momento que visitamos Múnich.

Descubrimos aquello oculto y desconocido, diferentes miradas y visiones de cineastas, colaboradores y demás que nos explicarán sus relaciones, sus conflictos y tantas otras cosas que descubrimos por primera vez sobre Bergman, conociendo al obsesivo cineasta, su mirada más íntima y personal, sus miedos y angustias, sus incapacidades y aciertos, como sus personajes, todo ese mundo que nacía cuando se apagaban las luces, cuando el reconocido e inspirador cineasta dejaba paso al hombre, a la persona que debía de batallar con sus problemas, alegrías y demás. Un documento-homenaje sobre Ingmar Bergman magnífico e íntimo, desde la premisa del cineasta hijo que recuerda el legado del maestro padre, viendo su vida, como si fuera por una mirilla, acercándose a aquellos que lo conocieron y trataron, ofreciéndonos un análisis amplio y profundo de su carácter y como nacían y se desarrollaban sus ideas, sus proyectos y sus películas, como influyeron, como influyen y como influirán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Instinto maternal, de Olivier Masset-Depasse

LA VECINA DE AL LADO.

Alice y Céline son vecinas y muy buenas amigas en la Bruselas de comienzos de los 60. Además, las dos mujeres son madres de dos niños de la misma edad, Théo y Maxime. Viven en casas contiguas muy parecidas, con sus respectivos maridos y rodeados de un ambiente de clase media bien posicionado. Hasta ese instante todo parece ir como la seda, con sus cotidianidades muy bien avenidas en la que todos forman una gran familia. Pero toda esa aparente felicidad aburrida destapará graves tensiones entre las dos amigas cuando Maxime, el hijo de Céline muere trágicamente con Alice como testigo. La armonía desaparecerá de este peculiar vecindario y la guerra interna y oculta empezará a instalarse en las vidas de las dos mujeres. Después de dos películas como Cages (2006) e Illégal (2010) en la que abordaba retratos femeninos cargados de fuerte contenido social en espacios cerrados, amén de dirigir para televisión Santuario (2015) en la que se enfrentaba al terrorismo de ETA desde la visión francesa, el director Olivier Masset-Depasse (Charleroi, Bélgica, 1971) sin perder un ápice de la atmósfera de sus anteriores trabajos y siguiendo en un marco estilizado, adapta de forma libre la novela Derrière la Haine, de la escritora belga Bárbara Abel, sumergiéndonos en un ambiente opresivo y doméstico, en el que aparentemente todo parece funcionar a las mil maravillas, eso sí, felizmente aburrido, pero como ocurre en el universo de Lynch, cuando nos adentramos en sus jardines o piscinas, en los lugares fuera de nuestra vista, nos encontramos con terribles y ocultas verdades, como ocurrirá en el relato que nos ocupa, la trágica muerte del hijo de los vecinos, desencadenará una atmósfera fangosa e irrespirable que batirá en una lucha encarnizada entre las dos mujeres y madres.

El cineasta belga impone un thriller psicológico con esos paisajes propios de las películas estadounidenses de Douglas Sirk, donde los habitantes bien pensantes y conservadores manejan unas vidas vacías y alineadas, que solo son caparazones para ocultar sus verdaderos deseos que chocan con la realidad acomodada y de clase media. La película se instala en el interior de las hogares, entre meriendas con niños, cumpleaños sorpresas, cenas entre matrimonios tomando cocktails muy elaborados y conversaciones para regalarse los oídos y cosas por el estilo, como esos ambientes que tan bien describían tanto Hitchcock, Chabrol o Truffaut en sus películas, lugares de vidas programadas, espacios en el que todo está decorado y ambientado hasta el más mínimo detalle, aunque solo sea un mero escaparate para ocultar aquello que esconden bajo la alfombra, como sucederá en la trama cuando muere Maxime.

La muerte del niño de los vecinos desencadenará de forma profunda las tensiones invisibles entre las dos amigas, y propiciará que la película se adentré en las mentes desquiciadas tanto de una como de otra amiga, que nos llevarán por ese cruce de vidas y espejos deformantes sobre el deseo, la culpa y el odio, en el que los puntos de vista irán cambiando para desviar nuestra atención o no según convenga para la película, eso sí, el relato huye despavorido de las tendencias actuales del thriller, donde abundan ese cine ramplón y tramposo, lleno de giros inverosímiles, argumentos enrevesados y resoluciones poco sólidas. Los referentes de Masset-Depasse son los ya mencionados, los clásicos por trabajo e ideas que no solo han creado escuela para los cineastas que han llegado más tarde, sino que en mayor o menor medida siempre están presentes porque han creado imágenes sin tiempo que embellecen con el tiempo.

El buen hacer de la pareja de actrices con Veerle Baetens que da vida a Alice, la madre de Théo que sospecha de las intenciones y los actos que va perpetrando una desquiciada Anne Coesens que interpreta a Céline, esa madre rota y vacía que hará lo imposible para sustituir a su hijo fallecido, cueste quién cueste. El relato emana tensión y sensibilidad, manejando con astucia y veracidad los cambios de tono en el que pasa de la angustia a la cotidianidad en un suspiro sin apabullar al espectador, y sobre todo, dejando que el respetable digiera con aplomo y pausa todo lo que va aconteciendo, en este ejercicio de estilo que apabulla por su estilizada y colorista forma, su excelente manejo del terror doméstico, sin sustos ni aspavientos, creando con sutileza y sobriedad todos los componentes para crear esa tensión psicológica que aterra con pocos detalles, tanto en el fondo, el decorado o los magníficos movimientos de cámara que sitúa el rostro y las miradas de las mujeres en el centro de la acción y ejecutando esa amenaza in crescendo que las va oprimiendo cada día sin descanso, en que el excelentísimo trabajo interpretativo es fundamental en este tipo de películas para conseguir la verosimilitud y la intimidad necesaria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ceniza es el blanco más puro, de Jia Zhang-ke

VOLVER A LAS TRES GARGANTAS.

“El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón”.

Marcel Proust

El cineasta Jia Zhang-Ke (Fenyang, provincia de Shanxi, China, 1970) lleva desde finales de los 90, más concretamente, desde 1997 cuando debutó en el largometraje con Xiao Wu, el relato de un ratero de poca monta enamorado de una prostituta y envuelto en una maraña de soledad y ostracismo social, viendo el final de su juventud en mitad de los profundos cambios que se producían en el país chino. La primera piedra de su cine marcará considerablemente los elementos enraizados en su universo: el final de la juventud, que conlleva la pérdida de la inocencia y asumir la etapa adulta. El amor, como motor vital para sus personajes, amores casi siempre rotos, frustrados, envueltos en el aroma de la tragedia, separados y reencontrados, amores de verdad, de los que uno siente pocas veces en la vida. El paso del tiempo, como vehículo para no solo envejecer a los personajes y sus recuerdos amontonados, sino también, como retratista y observador crítico e absorbente de los cambios tan profundos producidos en China tanto a nivel económico, social y cultural, con un nuevo mundo, moderno, blanco y vacío, que se impone a ese otro mundo más tradicional y popular, borrando los espacios y minando los recuerdos de sus individuos. Tres vertebras argumentales que sazonan irremediablemente un cine que captura el tiempo en su mínima expresión y cómo afecta a sus personajes, personas que se mueven constantemente por un país en continua transformación, en que el paisaje queda almacenado en la memoria desdibujada, como si el país tuviera prisa para dejar lo que fue para no saber lo que será.

Zhang-Ke se ha convertido en uno de los cineastas chinos más importantes de los últimos tiempos, un poeta y cronista del tiempo y la transformación de su país, una mirada crítica y obsesiva que nos invita a viajar a las entrañas más ocultas de China. Para centrarnos en La ceniza es el blanco más puro nos tenemos que remontar y detener en dos de sus títulos filmados a principios del  nuevo siglo, en las que encontramos similitudes o reflejos, en Placeres desconocidos (2002) nos situaba en una zona minera del norte donde Qiao, una joven enamorada del gánster local soñaba con salir del lugar y conocer mundo, mientras su mejor amigo bebía en secreto los vientos por ella. Y Naturaleza muerta, estrenada cuatro años más tarde, nos envolvía en la mirada de un joven que volvía buscando a un antiguo amor a su pueblo natal,  ahora enterrado por la construcción de “Las tres gargantas”, una mastodóntica presa que sumergía a varios pueblos y sus habitantes eran trasladados a otros lugares.

La película de Zhang-Ke estructurada a través de tres episodios, como ocurría en su anterior película, Más allá de las montañas. En el primero, como ocurría en Placeres desconocidos, nos lleva a Shanxi, una zona rural minera del norte, fría y solitaria, en el año 2001 donde Qiao mantiene una relación con Bin, jefe de una banda local de gánsteres (los llamados “Jianghu”). Todo terminará para ellos de forma brusca y trágica, cuando en una reyerta Qiao es detenida y condenada. En el segundo episodio, Qiao sale de la cárcel cinco años después, y viajamos con ella hasta el suroeste del país, a bordo del río Yangtsé, en la zona de las Tres Gargantas, el mismo espacio de Naturaleza muerta, en que la protagonista viste las mismas ropas y lleva el mismo peinado. Qiao busca a Bin entre ese mundo de muelles, barcos de pasajeros, de trasiego brutal y bullicio eterno. Cuando lo localiza se van a una habitación, en el que el cineasta chico hace alarde de otro de sus elementos característicos, la mise en scène, donde apabulla con sus leves y precios movimientos de cámara y su talento para desdibujar los colores y crear una atmósfera cambiante y cargante que define con sutileza todo el amor y desamor que bulle entre los amantes reencontrados, en una secuencia que recuerda al universo de Antonioni, no obstante, el cine de Zhang-Ke tiene mucho de reflejo en el maestro italiano.

En el último segmento de la película, nos encontramos en la actualidad y viajamos con Bin, que postergado en una silla de ruedas visita a Qiao en una vuelta a los orígenes porque volvemos a encontrarnos en Shanxi, pero completamente transformado por las innumerables construcciones que lo han cambiado por completo, como esa estación híper modernizada en el que se reencuentran los dos amantes y que lo único reconocible son sus emociones o las huellas de éstas. La forma también tiene su importancia en el cine de Zhang-Ke, con el grandísimo trabajo del cinematógrafo Eric Gautier, que trabaja con el realizador por primera vez (colaborador de Asayas, Costa-Gavras, Resnais, Carax, entre otros) porque en esta película combina formatos de filmación diferentes, desde el vídeo doméstico de las primeras imágenes combinado con un sistema de video que logra llevarnos a las texturas e imágenes de aquel momento del 2001. Luego, en las Tres Gargantas opta por el 35mm, en el que nos transporta en un halo de tiempo y misterio donde no solo mira a su cine doce años después, sino que envuelve a Qiao en esa atmósfera de nostalgia, desamor y espectral. Y por último, para filmar la actualidad, opta por un sistema de video de alta definición que casa de manera subyugante con ese paisaje futurista y vacío que muestra la película, enfrentado al local que regenta Qiao que parece instalado en el pasado, como si los personajes quisieran volver a lo que eran, a lo que sintieron, a lo que perdieron.

Zhao Tao, actriz fetiche y musa del director, protagonista de casi todas sus películas, vuelve a brillar enfundándose en una mujer de armas tomar, una mujer enamorada capaz de cualquier cosa por su amor, en una mujer de idas y venidas, de un fantasma que vaga pro esos paisajes ajenos y desconocidos para ella, en un intento vano de capturar ese espacio reconocible que lelva consigo ese amor que, muy a su pesar, sigue bullendo incandescente, como una llama que se resiste a apagarse a pesar de los embates vitales y circunstanciales. A su lado, Liao Fan, que debuta con el director, en un tipo que fue alguien y el tiempo le ha devuelto a una realidad desconocida para él, que ama a Qiao y se resiste a ese amor a pesar de lo sucedido, aunque niegue lo contrario. Zhang-Ke nos envuelve en una historia de amor trágica, de dos seres enamorados a pesar del tiempo, del país cambiante, a pesar de sus buenos recuerdos, a pesar del espacio que los separa, a pesar de ellos y sus deseos e ilusiones, a pesar de todo lo que soñaron, porque quizás lo único que no puede cambiar es el amor, aquello que sentimos por el otro, quizás lo único que tiene sentido en esta vida que llevamos cada día con nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey

SOBREVIVIR EN EL HORROR.

En Yentl, de Barbra Streisand, una joven, hija de un rabio judío ortodoxo, se disfrazaba de hombre para acceder a la enseñanza en un pueblo de la Europa oriental de principios del siglo XX. Situación que han tenido que vivir mujeres de toda clase social, cultural y religión a lo largo de la historia de la humanidad. Cambiar su identidad y adoptar la del hombre para romper las barreras impuestas y seguir avanzando a pesar de todas las leyes de los hombres. Algo parecido tendrá que hacer Parvana, una niña de 11 años en el Kabul (Afganistán) dominado por los talibanes, que prohíben a las mujeres toda clase de libertades. Parvana se ve obligado a cambiar su identidad cuando su padre es detenido y encarcelado, convirtiéndose así en su nuevo rol de salir a trabajar para alimentar a su madre, hermana mayor y hermano pequeño. Hace una década cuando todos nos maravillamos con la magnífica obra de animación El secreto del libro de Kells, codirigida por Tomm Moore (Newry, Reino Unido, 1977) y Nora Twomey (Cork, Irlanda, 1971) en la que relataban las vicisitudes que pasaba Brendan, un joven monje que debía de cuidar de un libro mágico en la Irlanda del siglo XI. Su segundo trabajo salido del estudio de animación “Cartoon Saloon”, se materializó con La canción del mar (2014) dirigida por Moore en solitario, en la que nos contaban la peripecia de un Niño Foca, último en su especie por sobrevivir en su regreso a casa.

Ahora, nos llega The Breadwinner  (El pan de la guerra) dirigida por Nora Twomey en solitario, basándose en las novela homónima de Deborah Ellis, para sumergirnos en un ambiente realista y sincero, donde seguimos a Parvana y su familia y como sobreviven bajo el régimen de los talibanes, siguiendo a la niña convertida en chico, en un argumento muy similar al que vimos en la película de acción real Osama (2003) de Siddiq Barmak, en su día a día en ese Kabul de “hombres” en la calle, porque la decisión de Parvana no es la única y encontrará a Shauzia, otra niña convertida en chico para salir a la calle y trabajar para su familia. La intención de Parvana es reunir dinero para liberar a su padre y dar de comer a su familia. Parvana y Shauzia nos recuerdan a los niños de Dickens de la época Victoriana de finales del XIX y su forma de ganarse la vida, yendo de aquí para allá, inteligentes, traviesos y suspicaces ante el horror cotidiano que les ha tocado vivir a tan temprana edad, con la ficción en forma de cuentos como espacio para liberarse del horror cotidiano, y sobre todo, no perder la esperanza.

Twomey, como en las anteriores producciones del estudio, hace gala de un virtuosismo de la ilustración y la animación, recordando en muchos sentidos a la artesanía y fantasía que derrochaba Lotte Reiniger y su adorable Las aventuras del príncipe Achmed (1926) y la profundidad y complejidad que hay en el cine del Studio Ghibli, en el que se hermanaría en el rol femenino como auténtica protagonista del relato y sobre todo la capacidad inventiva del ser humano ante el horror. La directora irlandesa no opta por cambios bruscos en el guión y cosas por el estilo, sino todo lo contrario, en el que la sobriedad y la sinceridad se instalan por completo en la película, llevándonos por el Kabul más transitado o más desértico, mostrándonos de un modo realista y honesto las dificultades para conseguir trabajo remunerado y las circunstancias de un estado de preguerra en el que se encuentra la ciudad.

Conoceremos de primera mano todas las penalidades varias con las que se tropiezan las dos niñas camufladas en su devenir por una realidad durísima y triste, con ese miedo intenso y desesperanzador que en cualquier momento puedan ser descubiertas. Una obra íntima y fascinante que nos habla de la superación del ser humano por sobrevivir cueste lo que cueste y su capacidad imaginativa para salir de los entuertos más hostiles, en la que Parvana demuestra a los demás y a sí misma que es capaz de seguir remando a contracorriente, de seguir avanzando en las condiciones más adversas y sobre todo, de ser un apoyo invencible para los suyos, sin olvidarnos la necesidad de esperanza en un mundo que ya no la tiene, de seguir creyendo que aunque las circunstancias digan lo contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para la amistad y el amor.

Twomey en su primera incursión en solitario en el largometraje, demuestra su capacidad innata en el virtuosismo pictórico de la película, que al igual que sus antecesoras, la película consigue un dibujo magnífico y una animación fascinante, con un ritmo trepidante con momentos conmovedores con otros más duros, destapándose como un grandísima narradora de lo cotidiano, creando una película que tiene mucho del cine neorrealista italiano, aquel que mostraba un país desahuciado y como sus habitantes salían cada día a la calle para encontrar el sustento y sonreír aunque el paisaje desolador se empecinase en lo contrario, Parvana podría ser uno de esos niños de El limpiabotas, de De Sica o ese otro niño en Paisà o el Edmund de Alemania, año cero, ambas de Rossellini. Todos ellos infantes sumidos en el abismo, en la cotidianidad más hostil, en un mundo deshumanizado, pero con algo de esperanza, porque siempre la hay, aunque a veces cueste verla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

«Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.»

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard

EN EL LEJANO OESTE.

Muchos han sido y serán los que vaticinen erróneamente el “The End” del western, quizás, el género por excelencia del cine, ese género que en los cincuenta y sesenta no hubiera otro que le tosiera, un género que tuvo que reinventarse a menudo para continuar cabalgando, y nunca mejor dicho, un género muy personal, íntimo y profundo, una especie de modus vivendi para muchos autores que se acercaron a su naturaleza con resultados en mayor o menor media satisfactorios, una forma de ver el mundo, de enfrentarse a él, de acariciar eso que algunos han llamado libertad o al menos alguna sensación parecida, una idea de ser uno mismo, de sentirse libre cabalgando a lomos de un caballo, sin ataduras de ningún tipo, libre como el viento, sintiendo toda la naturaleza en estado primitivo y salvaje, expuesto a todo tipo de circunstancias adversas, pero, sobre todo, vivo. Quizás muchos serán los sorprendidos cuando vean al mando de Los hermanos Sisters, un director como Jacques Audiard (París, 1952) aunque esa sorpresa inicial quedará disipada cuando penetren en las costuras de la película y se detengan con tiempo.

Lo primero que hay que mencionar es que el relato está basado en la segunda novela homónima de Patrick DeWitt, un escritor canadiense que ha vivido en Oregón y California, lugares donde sucede la narración. Segundo, el guión lo firman el propio Audiard con uno de sus colabores más estrechos, Thomas Bidegain, que curiosamente debutó como director en el 2015 con Mi hermana, mi pequeña, un relato con múltiples resonancias del western. Y tercero, no estamos ante una película más, ni un western más, ni mucho menos, sino en una película de Audiard que alimenta lo noir y carcelario de su cine, un cine de tipos a la deriva, unos fueras de la ley en toda regla, imbuidos por su forma arriesgada y violenta de vida, sino recuerden al delincuente de Lee mis labios, al tipo que se negaba a seguir los pasos paternos en el negocio sucio de la inmobiliaria en De latir, mi corazón se ha parado, el preso convertido en magnate en  Un profeta, el tipo de peleas clandestinas de De óxido a hueso, o el trabajo siniestro en el barrio durísimo de Deephan. Queda claro que Audiard conoce al dedillo esos ambientes hostiles y despiadados que podemos encontrar en su western, el primero de su intensa carrera.

Si bien, Audiard huye de la épica y la aventura, para centrarse en un relato muy reflexivo y muy profundo, más cercano al oeste de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando el género se reinventó por enésima vez para seguir insuflando a la gran pantalla de historias de vaqueros. Esta vez, acercándose a la filosofía, con tipos de vueltas de todo, viejos y cansados, que andaban a paso lento pegando sus últimos disparos, rememorando sus años de gloria o simplemente cuando eran más jóvenes y más fuertes, y sobre todo, yendo a la búsqueda de un lugar para bajarse del caballo y reposar finalmente, una especie de viaje de vuelta a lo Ulises, donde la película da buena cuenta de esa vuelta a casa, a los orígenes después de una y mil batallas, propio de la tragedia griega y de cómo no, de El Quijote. El cineasta francés nos sitúa a mediados del siglo XIX en plena fiebre del oro, y nos llevara viajando por el noroeste americano desde Oregón a las tierras californianas, en compañía de dos hermanos, Charlie, el pequeño y líder de los dos, un tipo violento, malcarado y visceral. A su lado, Eli, el mayor, todo lo contrario, una especie de guardián de su hermano pequeño, más reposado, juicioso y más cometido. Eso sí, los dos asesinos a sueldo de un tal Comodoro, el cacique de la zona, protagonizado por Rutger Hauer.

El nuevo trabajito de  los hermanos consiste en arrebatar a un genio de la química, un tal Hermann Kermit, una fórmula mágica que se vierte en el agua y consigue dejar a la vista las pepitas de oro. Por otro camino, John Morris, detective también pagado por Comodoro, anda en la misma tarea, aunque, como suele ocurrir a veces, las cosas no salen como se esperan y todo se acaba liando de mala manera. El cinematógrafo Benoît Debie, colaborador de Harmony Korine y Gaspar Noé, entre otros, impreime esa luz crepuscular y mortecina que tiene la película, no obstante, el arranque y el cierre llenan de negro toda la pantalla, también, contribuye la película en 35 mm, para dotar al relato como un cuerpo orgánico que vive, se agita y se torna tangible, sudoroso, íntimo y muy profundo, como esa música de Alexandre Desplat, en todas las películas de Audiard, menos en Deephan, que insufla a las imágenes de esa cadencia propia del cine del oeste, donde se mezclan largas cabalgatas por mitad de caminos rocosos y desérticos, con apacibles noches junto al fuego, o enfrentamientos crueles y muy violentos donde los disparos suenan secos, vacíos y nos explotan en el alma.

La octava película de Audiard nos devuelve a nuestra infancia postrados en la tele a media tarde viendo una de vaqueros y de indios (como el magnífico texto que lanza desde lo más profundo del alma el personaje de Phoenix hablando de todo aquello que significa el “far west” para él) devolviéndonos a la memoria el western metafísico, el western clásico pero con armadura contemporánea como los de Ford en Dos cabalgan juntos o Centauros del desierto o Los profesionales, de Brooks, por citar algunos, tipos duros, de infancias más duras, con sus revólveres como único sustento, que andan en busca de otros, pagados por gentuza de la peor calaña, y así van, aniquilando a todo aquel aventurero que quiera liquidarlos, no por su dinero, que lo hay, sino por la fama que le reportaría asesinar a tipos tan famosos, como ocurría en El pistolero, de King. También, hay mucho de El tesoro de Sierra Madre, de Huston, o la incesante codicia del ser humano de conseguir aquello que no tiene, cueste lo que cueste, convertido en un demente peligroso que no tiene fin, ni ningún escrúpulo que lo detenga.

El relato de fraternidad, de largas conversaciones profundas y diferentes que les hablan de ellos mismos o aquello que fueron y nunca serán como en Duelo en la alta sierra, de Peckinpah, o esos títulos aún más reflexivos y desnudos emocionalmente hablando de Monte Hellman, donde el hombre y sus circunstancias, está por encima del pistolero y su leyenda. Un reparto de altura como no podía ser menos con un Joaquin Phoenix convertido en un actor que deslumbra con cada rol que interpreta, dotando de dureza, de caballo salvaje imposible de domar, y encarnando a esos tipos a punto de derrumbarse pero que, sin que nadie lo sepa, continúan resistiendo a pesar de los duros embates de la vida. A su lado, John C. Reilly, originador del proyecto, un actor que sabe interpretar con sencillez y astucia a esos tipos a la vera, como un Sancho Panza bondadoso, inteligente y sagaz a la sombra del jefe, pero con más humanidad que todos los que le rodean. Jake Gyllehaal es el detective Morris, alguien capaz de enfrentarse a quién sea, alguien empático en ese universo híper-violento y muy hostil, y finalmente, Riz Ahmed, el intelectual del circunstancial grupo, alguien diferente, un tipo de otro tiempo y otra realidad, alguien que siente que ha conseguido la gallina de los huevos de oro, y nunca mejor dicho.

Los hermanos Sisters engrosa ipso facto desde su estreno en los westerns míticos, no solo de la historia, sino del nuevo siglo cabalgando a la vera con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Dominik, Valor de ley, de los Coen, Los odiosos ocho, de Tarantino o Sweet Country, de Thornton, títulos que vienen a regenerar un género en constante ebullición, aunque algunos piensen lo contrario, porque mientras allá alguien capaz de empuñar un revólver y disparar a aquellos que huyen, el género seguirá vivo y latiendo con fuerza. Audiard ha logrado sumergirnos en su relato, en su interior, en todo aquello que no vemos pero está ahí, hablándonos de hermanos, de amistad, de tiempo finito, de tiempo en pausa, de cambiar de vida, de ser más que tener, de olvidarse de quién fuimos para ser quién verdaderamente hemos querido ser, de estar más que ir, de sentir más que guardar, y sobre todo, de devolvernos a lo que éramos y alejarnos de lo que somos, porque lo odiamos, porque nos hemos cansado y porque ya no tiene sentido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA