La última primavera, de Isabel Lamberti

UN TIEMPO, UNA VIDA.

“Estos son los hechos; si uno los comprende, si toma conciencia de ellos, por fuerza surgen emociones artísticas eficaces y capaces de sensibilizar a la gente sobre estos grandes problemas”.

Roberto Rossellini

A las afueras de Madrid, se encuentra la Cañada Real, un barrio de chavolas donde familias gitanas llevan viviendo toda la vida. Aunque, ese hogar que ellos han construido para vivir con sus familias tiene los días contados, ya que los terrenos han sido vendidos, y los Gabarre-Mendoza, una familia formada por el matrimonio, cinco hijos, nuera y nieto, deberán abandonar una casa en la que han vivido cerca de veinte años y alojarse en una vivienda que les será asignada. La directora Isabel Lamberti (Bühl, Alemania, 1987), que ha trabajado en televisión y en el campo documental en sus cortometrajes, debuta en el largometraje con La última primavera, que viene a documentar esa última estación en que los Gabarre-Mendoza vivirán en la que ha sido su hogar hasta la fecha, y lo hace desde una mirada muy íntima y humanista, generando esa empatía con el espectador desde la distancia, sin caer en ninguna pirueta argumental o estridencias técnicas, sino despojando al relato de cualquier artificio, y generando esa posición de testigo privilegiado para conocer de una forma muy personal y profunda a cada uno de los integrantes del clan familiar.

No obstante, el arranque con el festejo del cumpleaños del nieto, el integrante más joven de la familia, ya deja clara la piña que son y las relaciones intrafamiliares que tienen. La directora alemana mezcla con ingenio y honestidad el documento propiamente dicho, capturando la cotidianidad de una familia y sus circunstancias, peor desde el prisma de la ficción, porque a poco que empieza la película, nos olvidamos de las raíces reales de sus protagonistas, y se va construyendo un planteamiento desde la ficción, en los que vamos conociendo las diferentes realidades del clan, empezando por el padre, entre idas y venidas con el problema de la luz, que siempre salta por su precaria instalación, y las diferentes reuniones con los agentes sociales para el realojo en una vivienda, la madre, preocupada por todos y alejada de sí misma, como dirá en un momento, el hijo mayor, alejado de la vida pendenciera, ahora, marido y padre de familia, y recogiendo chatarra junto a su padre, una de las hijas, a punto de parir, el otro hijo varón se debate entre su curso de peluquero y la vida delictiva, una hija preocupada por su imagen, y el más pequeño de los hijos, entre juegos con su “colega” del alma y luego, echándolo de menos, y por último, la nuera, en su nueva condición de madre, y las tensiones con su madre que le recrimina la vida en una chabola que lleva.

Lamberti sigue con su cámara la vida de esta familia, mostrando sus interioridades, sus relaciones que, a veces no resultan fáciles, con sus dimes y diretes, contando las posiciones y actividades de cada uno, con un naturalidad y aplomo que sorprenden de una debutante, porque la película respira vida, amor, intimidad y fraternidad, y sobre todo, humanismo, no del que hay que provocarlo, sino el que nace y muere cada día, el que la cámara de Lamberti recoge con su exquisita cercanía y transparencia. La directora no oculta sus referentes y además, los acoge de manera directa y muy personal, porque en La última primavera, encontramos la sabiduría y la mirada profunda del Renoir de Toni, el Rossellini y sus retratos de la vida y la sociedad italiana con Ingrid Bergman, o los arrabales y sus gentes que tanto le interesaban a Pasolini, o lo social en el cine de Eloy de la Iglesia y Carlos Saura, adentrándose en ese otro mundo, en ese universo donde familias enteras viven al margen de todo y todos, creando esa comunidad que vemos en la película, donde todos se ayudan y todos son uno, aunque sean con las continuas necesidades a las que tienen que hacer frente diariamente.

La película conmueve desde la sencillez y la humildad, muestra una realidad, unas vidas, con ese tiempo que se finiquita, para empezar otro del que todavía no sabemos qué ocurrirá, pero en el que asistimos como espectadores privilegiados, vemos el final de un camino, los últimos días viviendo de un hogar que dejará de ser para ser otra cosa, con la partida de esta familia, como vemos la despedida de otra familia, emparentada con la protagonista, y luego, con la visita a la nueva vivienda, con sus mejoras y sus tristezas, porque como menciona una de las agentes sociales, todo no son ventajas, la libertad que disfrutan en la Cañada Real, con sus campos abiertos, como quedará demostrado con los juegos de los chavales, y después su contraplano en la ciudad, cuando aburridos, miran a su alrededor lleno de ladrillo y poco terreno para correr. Lamberti ha construido una película sincera y magnífica, que traspasa por su mirada íntima y honesta sobre una de las tantas familias de un barrio que ha sido, y ahora, se está despidiendo para siempre, con el traslado de sus familias, que empezarán otra vida, y otro tiempo, en uno de los tantos barrios que se edifican en la ciudad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Olivia Delcán

Entrevista a Olivia Delcán, actriz de la película “Los inocentes”, de Guillermo Benet, en la terraza de la Sucursal Aceitera en Barcelona, el lunes 8 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Olivia Delcán, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Los inocentes, de Guillermo Benet

UNA NOCHE, UN MUERTO, SEIS AMIGOS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”.

Stefan Zweig

La excelente película Ciutat Morta (2013), de Xapo Ortega y Xavier Artigas, recogía el “Caso 4F”, en el que cinco jóvenes fueron procesados por unos incidentes en el desalojo de una piso okupa, que provocaron el lanzamiento de una maceta que provoco lesiones irreversibles a un agente de policía. La película destapaba las tremendas irregularidades del proceso que acusó a cinco inocentes, y crítica las corruptelas del Ayuntamiento de Barcelona y su policía municipal. En Los inocentes, opera prima de Guillermo Benet (Madrid, 1984), que conocíamos su faceta como productor al frente de Vermut Films, donde había producido grandes trabajos como Pueblo (2013), de Elena López Riera, entre otros. El retrato se detiene y mira al otro lado, a aquellos desconocidos entre los que se encuentran a los verdaderos culpables que lanzaron la maldita maceta, y en el caso de la película de ficción, el lanzamiento de una piedra que impacta contra un policía en un desalojo de una casa okupa.

Benet, y su coguionista Rafael Alberola, nos acotan su trama en la noche de los hechos, contados a partir de la situación de cada uno de los seis personajes implicados, a través de ese formato cuadrado de pantalla, que nos remite a la pantalla de móvil, con el off o fuera de campo, como premisa sine qua non, en el que siempre vemos el punto de vista de cada uno de los personajes, mediante cinco episodios que conforman la estructura de la acción. Con una intensísima y agobiante luz tenue y sombría obra del cinematógrafo Giuseppe Truppi, que ayuda a situarnos en el centro de todo, asistiendo y acompañando el inmenso agobio de los personajes en cuestión, como si fuese una carrera contrarreloj, una huida hacia ninguna parte, donde solo hay tiempo de correr, sin pensar, con algunas secuencias en ese exterior noche, para luego encerrarnos en el piso de uno de ellos donde se reencontrarán. Un montaje cortante y febril que juego mucho con la dilatación del tiempo, firmado por Perig Guinamant, en esos flashbacks que nos ayudan a conocer un poco más la deriva de los personajes, para en el trama final, donde ya todos están en la vivienda reunidos, evidenciar mucho más la confrontación y soledad que se instala en el grupo de amigos.

Una película de estas características, de guerrilla y filmada con amigos, era fundamental la participación de un grupo de cómplices intérpretes para dar vida a estos seis amigos enfrentados entre sí, y llenos de culpa y miedo, compuesto por las conocidas Susana Abaitua y Olivia Delcán (con un look y caracterización muy impactantes, que choca enormemente con la imagen que teníamos de ella, y cuesta mucho reconocerla), y los interesantes Pablo Gómez Pando, Violeta Orgaz, Pilar Bergés, Raúl de la Torre. Un grupo que, a medida que avanza la noche, la maldita noche, se encerrarán en ellos mismos, consumidos por lo sucedido, nerviosos y muy alterados, que pelearán entre ellos, sin encontrar una salida a todo lo sucedido. Unos personajes devorados por esa culpa atroz, por un miedo que los lanza al abismo, y sobre todo, cómplices en un acto que les dejará huella a todos, más allá de esa fatídica noche que parece no tener fin. La película de Benet funciona en su propósito, arma muy bien su forma y fondo, no explica ni se aventura en nada que no tenga que ver con esa noche y el suceso que los tiene encerrados, con esa estupenda planificación de guion que hace más evidente el alejamiento entre ellos, y las mentiras que se dirán, todos movidos por un miedo irracional, sometidos a una situación que les supera, que no les deja pensar, que los tiene atemorizados, que quieren huir de ella pero no saben cómo.

El director madrileño juega con inteligencia y aplomo con todo su entramado cinematográfico, escarbando en el aspecto psicológico de cada uno de los personajes, mostrándolos en soledad, o en el caos de la huida y el enfrentamiento de la policía, siempre bajo sus miradas y movimientos, y luego, enfrentándolos cuando todos están en el piso, intentando encontrar alguna salida que les libere de esa culpa que los está despedazando. Nunca veremos el hecho en sí, y mucho menos el autor material del lanzamiento de la piedra, inteligentemente la película no lo muestra, porque la cinta juega en que todos pueden ser culpables, porque todos han participado en el suceso, y nadie sabe qué ha ocurrido con exactitud, así que escucharemos los testimonios de cada uno de ellos, sus contradicciones, sus olvidos, sus vagos recuerdos, sus caracteres, y sobre todo, su aislamiento, su miedo y su culpa, y entre todo ese barullo de ideas, recuerdos y disputas, los espectadores deberemos sacar nuestras propias conclusiones, saber quién es el culpable, o simplemente, darnos cuenta la fragilidad de la condición humana y sobre todo, lo fácil que es caer en la oscuridad cuando el miedo se apodera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Érase una vez en Venezuela, de Anabel Rodríguez Ríos

LA AGONÍA DE CONGO MIRADOR.

“Hay dos maneras de vivir su vida: una como si nada es un milagro, la otra es como si todo es un milagro”.

Albert Einstein

Un país dividido como Venezuela, entre chavistas y opositores, azotado por una fuerte crisis económica, social y cultural, que ha empujado a casi el 9% de su población a la emigración, y ha dejado a los que se han quedado viviendo en malas condiciones y con un futuro muy oscuro y poco prometedor. Encaminándonos al occidente del país, en el estado de Zulia, al sur del lago Maracaibo, donde se extrae y exporta el petróleo famoso en el país, cerca de allí, nos encontramos con el pequeño pueblo de Congo Mirador, un lugar de casas flotantes, un lugar que antaño atraía turistas y sus gentes vivían de la pesca. Ahora, el lugar se ha vuelto decadente, acosado por la corrupción y afectado por la sedimentación, donde la tierra expulsa al agua, situación que ha provocado un éxodo masivo y las familias abandonan el lugar en busca de un futuro mejor.

No es la primera vez que el Congo Mirador era vehículo de representación cinematográfica en el cine de la directora venezolana Anabel Rodríguez Ríos, formada en Londres, porque ya fue protagonista de la película corta El barril (2012), inspirado cuando vio a unos niños jugando con barriles de petróleo en el lago. En el 2013, la realizadora vuelve al pueblo y empieza a filmar Érase una vez en Venezuela, filmación que ha abarcado siete años, en las que a través de dos mujeres, la señora Tamara, representando del partido del pueblo y cacique del lugar, y Natalia, la maestra, que lucha incansablemente por mejorar la escuela y dar una educación digna y libre. Dos formas de ver la vida y la sociedad que, explica con profundidad y transparencia las divisiones del país y los conflictos que se generan continuamente. Conoceremos a más habitantes del lugar, sus precarias formas de vida, sus ansias de abandonarlo todo y marchar, y sobre todo, sus continuas disputas, siempre enfocado a la relación de las respectivas familias y los niños y niñas que pululan por el lugar.

Rodríguez Ríos construye una película magnífica, honesta y profundamente humana, siguiendo con la distancia prudente a unos y otros, sin juzgar ni sobre todo decantarse por ninguno de los dos bandos enfrentados, los muestra en su cotidianidad, en sus relaciones intimas y personales, sus conflictos y tremendas dificultades por salir adelante, soportando el abandono de las autoridades del lugar, intentando seguir con una vida que cada día se pone más cuesta arriba. Pero, la directora sudamericana no solo se detiene en las dificultades y el pesimismo reinante, sino también en la belleza del lugar, en su pasado glorioso que conocemos verbalmente, en los juegos de los niños con el agua y el petróleo que va impregnando sus juegos y sus vidas, y en esos viajes en barca, el único medio de transporte por el pueblo, en esta pequeña Venecia que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una leve llama, aunque cada día que pasa, esa llama sea cada vez más tenue.

Congo Mirador se revela como un pequeño y casi desparecido microcosmos que sirve a la cineasta para definir y mostrar la Venezuela actual, con su rica biodiversidad y la cercanía y naturalidad de sus gentes, y también, la otra cara, la menos amable y más oscura, esa otra Venezuela, la que inunda los informativos de todo el mundo, violentada por la fortísima división política, la grave crisis económica, la falta de futuro de sus habitantes, y sobre todo, las múltiples carencias vitales que sufren los venezolanos. Somos testigos de los acontecimientos que van surgiendo en Congo Mirador durante siete años, los problemas sociales y económicos, la disputa entre la señora del pueblo y la maestra, aquellos que abandonan el lugar, con sus casas sobre barcas y yéndose para siempre, la celebración de las elecciones que, dividieron aún más a la población, y finalmente, los juegos de los niños y adultos que, de tanto en tanto, se dejan llevar por los baños y las aguas que rodean e inundan el lugar. Rodríguez Ríos ha construido un documento de aquí y ahora, mostrando una zona única de Venezuela que, al igual que el país, se va extinguiendo sin que nadie ni nada lo remedie. Érase una vez en Venezuela  tiene el aroma antropológico que desprendía el cine de Rouch y Pasolini, en su forma íntima y sincera de mirar a las personas, su idiosincrasia y sus circunstancias, y sobre todo, generando esa reflexión profunda y honesta, en que el individuo y sus formas de vivir y pensar en sus pequeños lugares de vida, acaban significando y revelando mucho más de un país que los grandes acontecimientos que acaban en los libros de historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ojalá te mueras, de Mihály Schwechtje

REALIDADES ARTIFICIALES.

“Las redes sociales son más sobre sociología y psicología que sobre tecnología”

Brian Solis

Las redes sociales se han convertido en un espejo de una realidad distorsionada, una realidad falsa y de pura apariencia, en la cual todas las experiencias reales, ya sean satisfactorias o no, inmediatamente, se convierten en experiencias maravillosas, un espacio donde no existe el filtro, donde muchísimas personas pueden ver esa “realidad artificial” y criticarla a gusto, disfrazada de realidad, la red social se convierte en un espejo martirizador para aquel o aquella que es objeto de burla, escarnio o alguna cosa peor. Ojalá te mueras, la opera prima de MIhály Schwechtje (Budapest, Hungría, 1978), después de dirigir múltiples cortometrajes, se centra en un grupo de adolescentes en un instituto más de cualquier ciudad del mundo, y más concretamente, en la figura de Eszter, una chica de 16 años secretamente enamorada de su profesor de inglés que anuncia que deja el trabajo para trasladarse a Londres. Esa misma noche, recibe un mensaje del profesor y entre los dos nace una relación íntima totalmente secreta.

El director húngaro plantea una película asombrosa y muy interesante, indagando en el inmenso poder de las redes sociales y la utilización enfermiza de los adolescentes de hoy en día, siempre conectados y sobre todo, reinterpretando la realidad, y su propia realidad, a través de ella, como deja patente la maravillosa y triste secuencia cuando las dos niñas comen con la madre de una de ellas, y están obsesionados con coger el móvil y mirar que se está cociendo. El relato huye de lo lineal para proponernos una estructura elegante en que primero seguiremos, a modo de diario, el affaire on line entre Eszter y el profesor, donde seremos testigos de su evolución, sus momentos “sexting”, su distanciamiento y demás, instante que pasaremos a conocer, también con la utilización de diario la vida de Peter, un compañero  hazmerreír de los demás, que ama secretamente a Eszter. Y finalmente, veremos las consecuencias de todos los actos, y sobre todo, los destinos de los personajes implicados.

Otro elemento muy destacado de la película, es la forma de presentar el relato, con ese cuadro 4/3, completamente cuadrado, que utiliza los bordes para colocar las líneas de conversación de chat, un trabajo exhaustivo y magnífico del cinematógrafo Máté Herbai (responsable de la maravillosa luz de la estupenda película En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi). La cinta se apropia completamente de la estética “teen”, tanto de su forma como contenido, adaptándose al universo de los adolescentes de la película, como el look de la protagonista, amante de las heroínas mangas, con ese cabello azul-lila, y las faldas cortas. Schwechtje apuesta por una película contada a fuego lento con 103 minutos de metraje, donde expone esas dos vidas que tienen sus adolescentes, la real, más aburrida y cotidiana, donde las clases son el centro, y la otra, la artificial, la más atrayente, la que más se mueve, y la que se impone como la única realidad para ellos, un espacio donde hablan, discuten, critican y sobre todo, un lugar donde hay vía libre para todo, para transgredir, para todo lo prohibido y para hundir a cualquiera, donde no hay filtro, donde todo está permitido.

El trabajado y extraordinario reparto joven de la película, entre los que destacan Kristóf Vajda en el rol de Peter, ese chaval apocado, gris y acosado, que quiere ser uno más, pero siempre es rechazado y maltratado por los demás chicos, y sobre todo, la gran interpretación de Szilvia Herr, debutante en el cine, dando vida a Eszter, la protagonista de este enredo on line de consecuencias muy inesperadas. Mihály Schwechtje debuta con nota altísima en su debut, no solo haciendo una radiografía profunda y sobria sobre la adolescencia y su mal uso de las redes sociales, sino construyendo una película llena de ritmo e inteligencia, impregnada en su totalidad del universo teenager, con su estética, colores y pensamientos, y sobre todo, tejiendo con soltura y sabiduría un retrato intenso y nada complaciente de las relaciones de los adolescentes, de su alegría y tristeza, de su fraternidad y crueldad, de la falta de consideración frente al otro, de la monstruosidad de las redes sociales y lo que resulta más grave de todo, la superficialidad de sus relaciones íntimas y afectivas, donde todo vale y todo se permite, eso sí, por el filtro de la red social, exponiendo esa vida a la que todos aspiran, aunque sea mentira, y que se hable de ellos, ya sea bien o mal, para sentirse con vidas plenas, aunque sea la que no quieran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Algunas Bestias, de Jorge Riquelme Serrano

LOS DEMONIOS QUE NOS HABITAN.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”

León Tolstói (Principio de Ana Karenina)

El arranque de una película confiere una importante máxima al contenido de la misma, ya que esa primera imagen alertará a los espectadores de los temas que sobrevuelan por el interior de la obra. La primera imagen de Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano (Santiago de Chile, 1981), está capturada desde el cielo, quizás es Dios el que mira a los miembros de la familia que conoceremos más tarde, ahora vistos como puntos minúsculos negros imposibles de distinguir. Una imagen cenital que nos sitúa en el espacio de la acción, esa isla, la isla de Chaullín, situada a cinco millas de la costa de Calbuco, al sur de Chile. Un espacio rodeado de agua, un espacio en el que se alza una casa que en el pasado impuso alguna relevancia, ahora, necesita con urgencia una sustancial reforma, y sobre todo, gentes que la habitan en armonía y deseen habitarla.

A través de un plano estático y cerrado, y una toma larga, observamos a esa familia, sentados alrededor de una mesa, mientras acaban de comer, al matrimonio Alejandro y Ana, que quieren convertir el lugar en reclamo turístico, sus dos hijos adolescentes, Máximo, a punto de ingresar en la universidad, y Consuelo, acompañados de Antonio y Dolores, los padres de ella, contrarios a prestar ayuda al negocio, y con la relación de su hija. Por una serie de circunstancias, los personajes no tienen otra salida que permanecer cuatro días encerrados en la isla, sin poder salir ni llamar a nadie, instante que la película se sumergirá en el interior de los personajes y la presión de aislamiento y soledad, destapará los verdaderos instintos de cada uno de los personajes y las terribles tensiones que existen entre suegros y yerno, y nietos. El cineasta chileno nos habla de la intimidad de una familia en descomposición, y las diferencias que los separan, donde prevalecen los conflictos de cada uno, tocando temas espinosos como el clasismo, los abusos sexuales, la falta de amor, azotados por esa malvada competitividad y poder que desangra las relaciones personales y familiares.

Un relato escrito por Nicolás Diodovich, y el propio director, que ahonda en las miserias ocultas de cada uno de los miembros, en especial, de esa pareja de padres de ella, convertidos en unos clasistas de tomo y lomo y unos depravados de mucho cuidado. Bañada con esa luz tenue y velada obra del cinematógrafo Eduardo Bunster Charme, y el cuidadísimo montaje de Valeria Hernández y de Riquelme Serrano, que ahonda en esas tomas largas, muy a lo Haneke, que evidencia el terror y la tensión que existe entre cada uno de los integrantes de esta peculiar y triste familia, arrastrados por la abundancia de lo material y vacíos de amor y de valores emocionales. La calma tensa que cae como una losa en la película, en un encuentro que tiene de todo menos de agradable y empatía, que, a medida que avancen los días y aumente una espera incierta, se desatarán los demonios particulares y estallará la bestia que anida en cada uno, desatando las pasiones más bajas y turbias. En Camaleón (2016), la opera prima del director chileno, ya había indagado en las relaciones oscuras y el intruso como elemento discordante y violento, situadas en espacios cerrados, donde los personajes ocultan demasiado y sentían menos, como ocurre con las almas que habitan Algunas bestias.

Otra de las grandes bazas es su reparto, formado por intérpretes de primer orden, encabezado por dos animales de la escena como Alfredo Castro y Paulina García, dando vida a Antonio y Dolores, respectivamente, una matrimonio de la vieja escuela, llenos de plata pero tan faltos de amor, que miran con desprecio y acritud a su yerno y a su hija y nietos, como si fuesen cobayas para experimentar con sus vidas, que creen insulsas y perdidas. Frente a ellos, Gastón Salgado, que repite con Riquelme Serrano, interpreta al pobre diablo de Alejandro, el yerno, un tipo sin suerte pero tampoco muy hábil, casado con Ana, a la que da vida Millary Lobos, la hija de Antonio y Dolores, esa hija que ven desorientada y encerrada en un matrimonio infeliz, y los dos hijas de la pareja y nietos, como son Máximo (Andrew Bargsted), de carácter y respondón, y Consuelo (Consuelo Carreño), que encuentra en los brazos de su hermano un refugio para soportar a su familia. El director chileno ha construido una película incómoda, sucia y muy oscura sobre el deterioro de las familias modernas o lo que queda de ella, esos restos del naufragio en el que solo habitan monstruos llenos de rabia y maldad, almas vacías y perdidas, llenas de egoísmo e individualistas, capaces de las bajezas más repugnantes contra su sangre, contra los suyos, en un mundo cada vez más deshumanizado, triste y desolador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lila Avilés

Entrevista a Lila Avilés, directora de la película “La camarista”, en el Soho House en Barcelona, el jueves 7 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lila Aviles, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La camarista, de Lila Avilés

LA SOLEDAD DE LA EMPLEADA DE HOTEL.

“Los trabajadores seguimos siendo el pariente pobre de la democracia”

Marcelino Camacho

Eve entra en una habitación a oscuras, levanta la persiana automática, y empieza a limpiar el lugar. Sus actos y movimientos son mecánicos, vaciados de cualquier atisbo de pasión en lo que hace, la mujer se esfuerza y no se detiene en su quehacer. De repente, cuando recoge las sábanas del suelo, descubre a un anciano que se despierta y atónita le pregunta, el señor no contesta, simplemente la mira y responde con gestos, en una actitud de indiferencia total. Eve tiene 24 años y es camarista en un hotel lujoso en la Ciudad de México. La primera secuencia con la que se abre La camarista, opera prima de Lila Avilés (Ciudad de México, 1982) expone con precisión y sobriedad, elementos que nos acompañarán durante todo su metraje, las estructuras en las que se sustentan la propuesta de la cineasta mexicana. Una mise en scène basada en dos características principales, el nulo movimiento de los planos, donde abundan los cuadros intensos y agobiantes, acompañado del vacío y la desnudez de los espacios, de colores grises oscuros, como el uniforme de Eve, y blancos, como las habitaciones, colores apagados y faltos de vida, y la ausencia total de música diegética, en una banda sonora de grandes silencios, solo rota por el trabajo cotidiano de Eve.

Eve es muy observadora e introvertida, de pocas palabras, invisible y ausente, con dos objetivos principales en su trabajo, conseguir un vestido rojo que alguna clienta del hotel olvidó, y sobre todo, hacer méritos para conseguir un puesto mejor como camarista limpiando las suties principales, para eso hace larguísimas jornadas laborales, que le impide estar junto a su hijo pequeño con el que se comunica vía teléfono. Avilés nos encierra literalmente entre las paredes del hotel lujoso, como si fuesen las murallas de una fortaleza para Eve, pero consiguiendo el efecto contrario, porque más bien parece una prisión donde vive y duerme Eve. Eve limpia las habitaciones de forma robotizada, consumida en su cotidianidad laboral, deteniéndose en los objetos de los clientes, imaginando unas vidas que ella nunca tendrá, perdiéndose en esos espacios en los que la vida ajena ayuda a paliar una realidad bien difícil y muy solitaria.

Entre los empleados del hotel hay poquísima camaradería, la misma indiferencia y hostilidad que Eve recibe de los clientes del hotel las pocas veces que coinciden, se ve muy bien reflejada en el trato con los demás empleados, en los que Eve le cuesta encajar y se siente una extraña, aunque ella lo intenta, haciendo alguna que otra amistad que a la postre será frustrante y vacía, apuntándose a clases para adultos, o coqueteando con algún empleado, que tampoco la llevará a ningún lugar, como demuestra la significativa secuencia de Eve con el limpiador de cristales. Avilés se inspira en el trabajo de la artista visual Hotel, de Sophie Calle, que fotografió la basura y los objetos olvidados de los clientes de un hotel, convirtiendo a Eve en una especie de náufraga que se mueve sin descanso por un universo ajeno y abstracto, proyectando todas esas vidas mediante los restos de esos huéspedes que la utilizan para sus fines.

La película muestra el otro lado del espejo, deteniéndose en aquellos que no se ven, pero están, como Eve, observando sin condescendencia pero con humanidad, a todos esos trabajadores que diariamente cumplen con un trabajo extenuante e invisible, pero importante, siguiendo sin descanso a una empleada encerrada en un espacio de cristal, encerrada y asfixiada por esas habitaciones, pasillos, comedores, ascensores o esos cuartuchos donde almacenan los repuestos, mirando como un voyeur esas otras vidas, o esa ciudad en la siempre hay un obstáculo que las separa, como las ventanas o esa línea invisible que divide el mundo en posiciones sociales, los que se hospedan en el hotel y los otros, como Eve, que limpian sin descanso sus desechos, donde convergen en espacios ajenos y vacíos de humanidad, en el que unos viven y respiran y cuentan sus conflictos, mientras el resto, los empleados como Eve, se limitan a trabajar, a callar y a imaginar las vidas que no tendrán a través de esos otros que si las tienen.

La inmensa capacidad interpretativa de Gabriela Cartol, componiendo una inconmensurable y magnífica Eve, transmitiendo todo ese mundo interior deseando salir y explayarse, pero limitado a su trabajo y a ese vacío y soledad en la que vive, deseando momentos que se quedan dentro, una actriz que demuestra su capacidad para transmitir desde lo más difícil, casi sin expresar palabras y mediante los gestos y las acciones, y sobre todo, las miradas que va proyectando a lo largo de la película, como esos maravillosos instantes donde se queda traspuesta mirando la ciudad a través de esos grandes ventanales  o aquellos otros donde juega a mirar esas vidas y a jugar con los objetos en su intimidad. Avilés ha construido una película imponente e inteligente, apoyándose en lo mínimo, encerrándose con Eve en esa caja de cristal brillante, que esconde demasiados silencios y soledades, en un mundo cada vez más incapaz de mostrar un mínimo de humanidad y empatía hacía el otro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey

SOBREVIVIR EN EL HORROR.

En Yentl, de Barbra Streisand, una joven, hija de un rabio judío ortodoxo, se disfrazaba de hombre para acceder a la enseñanza en un pueblo de la Europa oriental de principios del siglo XX. Situación que han tenido que vivir mujeres de toda clase social, cultural y religión a lo largo de la historia de la humanidad. Cambiar su identidad y adoptar la del hombre para romper las barreras impuestas y seguir avanzando a pesar de todas las leyes de los hombres. Algo parecido tendrá que hacer Parvana, una niña de 11 años en el Kabul (Afganistán) dominado por los talibanes, que prohíben a las mujeres toda clase de libertades. Parvana se ve obligado a cambiar su identidad cuando su padre es detenido y encarcelado, convirtiéndose así en su nuevo rol de salir a trabajar para alimentar a su madre, hermana mayor y hermano pequeño. Hace una década cuando todos nos maravillamos con la magnífica obra de animación El secreto del libro de Kells, codirigida por Tomm Moore (Newry, Reino Unido, 1977) y Nora Twomey (Cork, Irlanda, 1971) en la que relataban las vicisitudes que pasaba Brendan, un joven monje que debía de cuidar de un libro mágico en la Irlanda del siglo XI. Su segundo trabajo salido del estudio de animación “Cartoon Saloon”, se materializó con La canción del mar (2014) dirigida por Moore en solitario, en la que nos contaban la peripecia de un Niño Foca, último en su especie por sobrevivir en su regreso a casa.

Ahora, nos llega The Breadwinner  (El pan de la guerra) dirigida por Nora Twomey en solitario, basándose en las novela homónima de Deborah Ellis, para sumergirnos en un ambiente realista y sincero, donde seguimos a Parvana y su familia y como sobreviven bajo el régimen de los talibanes, siguiendo a la niña convertida en chico, en un argumento muy similar al que vimos en la película de acción real Osama (2003) de Siddiq Barmak, en su día a día en ese Kabul de “hombres” en la calle, porque la decisión de Parvana no es la única y encontrará a Shauzia, otra niña convertida en chico para salir a la calle y trabajar para su familia. La intención de Parvana es reunir dinero para liberar a su padre y dar de comer a su familia. Parvana y Shauzia nos recuerdan a los niños de Dickens de la época Victoriana de finales del XIX y su forma de ganarse la vida, yendo de aquí para allá, inteligentes, traviesos y suspicaces ante el horror cotidiano que les ha tocado vivir a tan temprana edad, con la ficción en forma de cuentos como espacio para liberarse del horror cotidiano, y sobre todo, no perder la esperanza.

Twomey, como en las anteriores producciones del estudio, hace gala de un virtuosismo de la ilustración y la animación, recordando en muchos sentidos a la artesanía y fantasía que derrochaba Lotte Reiniger y su adorable Las aventuras del príncipe Achmed (1926) y la profundidad y complejidad que hay en el cine del Studio Ghibli, en el que se hermanaría en el rol femenino como auténtica protagonista del relato y sobre todo la capacidad inventiva del ser humano ante el horror. La directora irlandesa no opta por cambios bruscos en el guión y cosas por el estilo, sino todo lo contrario, en el que la sobriedad y la sinceridad se instalan por completo en la película, llevándonos por el Kabul más transitado o más desértico, mostrándonos de un modo realista y honesto las dificultades para conseguir trabajo remunerado y las circunstancias de un estado de preguerra en el que se encuentra la ciudad.

Conoceremos de primera mano todas las penalidades varias con las que se tropiezan las dos niñas camufladas en su devenir por una realidad durísima y triste, con ese miedo intenso y desesperanzador que en cualquier momento puedan ser descubiertas. Una obra íntima y fascinante que nos habla de la superación del ser humano por sobrevivir cueste lo que cueste y su capacidad imaginativa para salir de los entuertos más hostiles, en la que Parvana demuestra a los demás y a sí misma que es capaz de seguir remando a contracorriente, de seguir avanzando en las condiciones más adversas y sobre todo, de ser un apoyo invencible para los suyos, sin olvidarnos la necesidad de esperanza en un mundo que ya no la tiene, de seguir creyendo que aunque las circunstancias digan lo contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para la amistad y el amor.

Twomey en su primera incursión en solitario en el largometraje, demuestra su capacidad innata en el virtuosismo pictórico de la película, que al igual que sus antecesoras, la película consigue un dibujo magnífico y una animación fascinante, con un ritmo trepidante con momentos conmovedores con otros más duros, destapándose como un grandísima narradora de lo cotidiano, creando una película que tiene mucho del cine neorrealista italiano, aquel que mostraba un país desahuciado y como sus habitantes salían cada día a la calle para encontrar el sustento y sonreír aunque el paisaje desolador se empecinase en lo contrario, Parvana podría ser uno de esos niños de El limpiabotas, de De Sica o ese otro niño en Paisà o el Edmund de Alemania, año cero, ambas de Rossellini. Todos ellos infantes sumidos en el abismo, en la cotidianidad más hostil, en un mundo deshumanizado, pero con algo de esperanza, porque siempre la hay, aunque a veces cueste verla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ruben Brandt, coleccionista, de Milorad Krstic

EL ARTE Y LOS SUEÑOS.

“Recuerdo cuando miré por una lente de cámara por primera vez. Podía enfocar una flor en medio del campo, de forma que todo lo que quedaba delante y detrás estuviera borroso. La imagen definida, separada del fondo, era incluso más emocionante que la misma flor a simple vista, cuando estaba todo enfocado: la flor, los arbustos de alrededor y el campo entero. Así fue como aprendí, muchos años antes de que me fascinaran las galerías de arte y las salas de cine, que la imagen del mundo pintada o vista a través de una lente puede ser más poderosa que la realidad.”.

Milorad Krstic

Si buscamos el significado de surrealismo, leemos que se trata de un “movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional”. A partir de esta posición, podríamos decir que el protagonista de la película Ruben Brandt (nombre que viene de la mezcla de dos grandes pintores Rubens y Rembrandt) un famoso psicoterapeuta que mediante técnicas artísticas sana a sus pacientes, tiene un problema que tendría que ver mucho con los surrealistas y su universo, cuando sueña es atacado por personajes de famosas obras de arte.

Personas retratadas que cobran vida y atormentan los sueños de Brandt, gentes como el Retrato de Renoir,  de Frédéric Bazille, El nacimiento de Venus, de Botticelli, Retrato de Antoine Le Bon, Duque de Lorena, de Holbein, Chico silbando, de Duveneck, Mujer con fruta, de Gauguin, Retrato del cartero Joseph Roulin, de van Gogh, Nighthawks, de Hopper, La tradición de las imágenes, de Magritte, Olympia, de Manet, Mujer con libro, de Picasso, Venus de Urbino, de Vecellio, La infanta Margarita en azul, de Velázquez y por último, Doble Elvis, de Warhol. Trece pinturas que recorren buena parte de la historia del arte desde el siglo XVI renacentista, el impresionismo y los postimpresionistas, el surrealismo, el barroco y el arte moderno del siglo XX, trece instantes que perturban la paz de Brandt. Mimi, una de sus pacientes, que padece cleptomanía de guante blanco, propone robar las citadas obras de arte y así enfrentarse a todos los secretos que ocultan para así curar a Brandt. Aunque, la tamaña empresa no será nada sencilla, ya que el hampa ha decidido impedir los hurtos ofreciendo millones de dólares para gratificar quién lo evite o capture a los malhechores, uno de ellos, Kowalski, busca recompensas y antiguo conocido de Mimi, también se lanzará en su búsqueda.

El cineasta Milorad Krstic (Eslovenia, 1952) emigrado a Budapest (Hungría) desde 1989 donde trabaja como pintor y artista multimedia, debuta en el largometraje proponiéndonos una película-artística (como Loving Vincent, que evocaba la figura de Van Gogh a través de sus últimos días capturando visualmente todo su universo pictórico) que toca varios palos, desde el cine de aventuras, donde uno de sus referentes podría ser La pantera rosa, de Edwards o Charada, de Donen, el cine de acción pura y dura, con la saga de Bond o la de Bourne, por citar algunos, el cine noir clásico con aroma francés y fatalista de Duvivier o Carné, o los estadounidenses Hawks o Huston, y algunos westerns como Los profesionales, de Brooks o aquellos más rudos y tristes de Peckinpah. Referentes cinematográficos también en su forma desde Eisenstein, los hermanos Lumière, el expresionismo alemán, Hitchcock (en la figura con forma de cubito de hielo, entre otras) entre otros muchos, con colores sombríos y apagados, donde predomina el blanco y negro. Si de apuntes cinematográficos está plagado, no menos en la pintura, desde las obras citadas que recorren la historia del arte, así como las formas de los espacios y personajes, todos con formas impresionistas, cubistas, abstractas, surrealistas, modernas, figurativas o pop, una especie de película-museo donde todo lo que vemos nos remite a alguna referencia artística, ya sea de pintura o cinematográfica, que parece remitirnos a los sueños, diseñados por Dalí, que padecía Gregory Peck en Recuerda, de Hitchcock.

Krstic impone un ritmo trepidante y frenético, todo sucede a una velocidad de vértigo, la película se mueve por todo el mundo, de un lugar a otro, sin tiempo para descansar, mezclando todos esos espacios y (des) encuentros entre los distintos personajes y sus circunstancias, con persecuciones cargadas de adrenalina, mientras asistimos a los sueños, o más bien pesadillas que sufre Brandt, muchas de ellas tienen que ver con su educación paterna. La excelente composición de Tibor Cári imprime ese universo imposible/posible que propone la película, en la que nada queda al azar, y todo está completamente detallado y estudiado, sin olvidarnos de los temas versionados, como el de Do You Love Me, de The Contours, entre muchos otros. El director esloveno ha optado por un dibujo íntimo y artesanal, que recuerda a los grandes clásicos del género como El planeta salvaje, de René Laloux o Moebius, películas que han ido más allá en el cine de animación, proponiendo ejercicios de grandísima calidad visual y de contenido.

Ruben Brandt, coleccionista, es una magnífica, divertida y destellos de película de culta, una obra para perdurar y adorar, hermosa y triste, profunda y brillante, una obra visualmente grandiosa, con un dibujo magnífico y de finísimo trazo, que abruma al espectador más exigente, y no menos que su contenido, una película sorprendente, imaginativa y arrebatadora, que se mueve entre el mundo de la realidad, la fantasía, los sueños y todo aquello que creemos ver y en realidad, no vemos. Un mundo fascinante de personajes misteriosos, diferentes y extraños, que se mueven por la película como si fuesen fantasmas errantes, individuos desterrados, almas a la deriva en un mundo caótico, lleno de sufrimiento y falto de ilusión, aunque Brandt y sus sueños, encontrarán aliados inesperados, los más inesperados, para al menos, intentar hacer desaparecer esas terribles pesadillas que atormentan a Brandt. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA