Entrevista a Juan Sebastián Mesa

Entrevista a Juan Sebastián Mesa, director de “Los nadie”. El encuentro tuvo lugar el viernes 10 de noviembre de 2017 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan sebastián Mesa,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Xavi García Puerto de El Sur Films, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

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Los nadie, de Juan Sebastián Mesa

NECESIDAD DE ESCAPAR.

 “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”

Eduardo Galeano

“El mechas” se despierta y se pega una ducha, mientras escuchamos una atronadora canción punk core. Su madre le recrimina el volumen de la música. El chaval sale de casa y su colega Camilo le espera con la mota en marcha. Sigue la música, y la moto con los dos chavales en su lomo, recorre las calles laberínticas de uno de esos barrios periféricos posado en las alturas, donde se puede divisar la urbe de Medellín. Se detienen junto a un semáforo concurrido de autos y comienzan a realizar malabares con sus bolos con la esperanza de sacar unos pesos y sentir que su dura realidad tiene algo de sentido, y sobre todo, soñar con algún día salir de esa cotidianidad exasperante y volar a algún otro lugar. La primera película de Juan Sebastián Mesa (Medellín, Colombia, 1989) es la crónica de un par de días de cinco jóvenes periféricos de Medellín, ahogados por esa durísima realidad de violencia, hostilidad y marginalidad, donde la miseria, tanto moral como física se huele en cada callejón y en cada “hogar”.

Unos chavales que han encontrado en la cultura urbana y la música sus vías de escape ante esa ciudad gris, en blanco y negro, donde los colores han pasado de largo, donde la vida parece haber cambiado de barrio, y a ellos, los ha dejado así, sin más. Seguimos la peripecia del Pipa, Camilo, Ana, Manu y “El mechas” que, en esas dos jornadas planean su viaje, un viaje que los alejará de esa realidad que rechazan, y del lugar que los vio nacer, y descubrir otros lugares, otras vidas y sobre todo, otras realidades que sean menos opresivos que las que viven a diario y sueñan con dejar. Mesa filma su intimidad, su jerga y sus caracteres de un modo intimista y muy personal, consigue hacernos penetrar en sus miradas, sus existencias, en sus formas de ganarse la vida, con sus maneras de expresión artística, en un forma de lucha y resistencia frente a la opresión del trabajo remunerado que tanto sus padres como la sociedad capitalista obliga a realizar como único modo de subsistencia, aunque sólo sea una excusa para seguir produciendo miseria en el mundo.

También hay tiempo para el amor, aunque este sea frugal, poco consistente y frágil, pero la camaraderia que existe enre ellos es brutal y cercana, unos jóvenes que sienten esa necesidad de escapar, de huir, de sentir otros lugares y dejar esa ciudad donde encuentran hostilidades, una opresión que no les deja respirar, un espacio demasiado mugriento, que los invisibiliza y los aparta del rebaño ya que proponen otras formas de vida, más libres y humanas, aunque más inciertas, pero menos o nada convencionales. Una película viva, que rezuma efervescencia juvenil, esa vida que se expande libremente, con sus juegos malabares que les ayudan a ganarse la vida, los grafitis y la música que les permiten materializar sus reflexiones y de esta manera transmitirlos a todo aquel que quiera escucharles, conociendo a unos chavales llenos de vida, de cultura y arte, interpretados por Luis Felipe Alzate, Alejandro Pérez Zeferino, María Angélica Puerta, María Camila Castrillón y Esteban Alcaraz, debutantes que demuestran con su naturalidad y sencillez el buen hacer de esta película honesta y libre, llena de fuerza y energía que, recuerda a la mirada de los jóvenes de Pasolini, o aquellas películas de jóvenes airados del “Free Cinema”, y también, a mucho cine independiente americano filmado con ínfimos recursos, pero consiguiendo grandes logros, tanto formales como argumentales.

Mesa tomó como inspiración su propia experiencia y la pluma de Galeano en “Los nadies”, en una película filmada en 10 días y una noche, con una financiación mínima, en un magnífico blanco y negro (que acrecienta la idea de atemporalidad y la captura de esa realidad instantánea y movible) aunque esa falta de recursos no fue impedimento para realizar una película que destapa una realidad muy diferente de Colombia, muy alejada de los estereotipos que nos venden sobre la violencia y el narcotráfico, porque si existe esa realidad oscura y durísima, pero también, hay otras realidades y otras miradas como la que nos retrata Mesa, a través de un forma realista y muy cercana, nos ofrece una ficción-documento sobre la realidad que él vivió en esos barrios laberínticos y deshumanizados de Medellín, donde la vida transcurre sin nunca trascendencia, sólo transcurre, donde las cosas van pasando, así sin más, entre precariedad, violencia y muertes, aunque también existen jóvenes que plantean una vida diferente, alejada de lo establecido, como medio para llevar a cabo sus sueños artísticos y sus ansías de conocer el mundo, porque todo no empieza ni acaba en las duras calles de Medellín.

La mano invisible, de David Macián

LAS MISERIAS DEL TRABAJO.

“Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más”

Simone Weil

¿Qué es el trabajo? ¿Para qué sirve? ¿Cómo el individuo se relaciona en ese ambiente? ¿En qué circunstancias trabajamos? ¿El trabajo dignifica a la persona o en cambio lo denigra? Esta serie de cuestiones y muchas más nos plantea una película que radiografía el sistema de trabajo de nuestros días. Una cinta que interpela directamente a los espectadores, a nuestra forma de ganarnos la vida en esta sociedad, y lo hace desde la sobriedad y la sencillez, sin discursos moralizantes ni algarabías disonantes, con un planteamiento desnudo, en el que su análisis sobre el trabajo y las miserias que lo estructuran resulta de una clarividencia brutal, en el que expone el sentido del trabajo en sí mismo, las relaciones laborales, y sobre todo, la oscuridad que encierra el ambiente laboral y su naturaleza, con ese patrón invisible (al que inevitablemente alude el título de la película) ese “Gran hermano” al que no vemos pero que todo lo ve.

La puesta de largo de David Macián (Cartagena, 1980) curtido cortometrajista que ha ganado premios tanto aquí como fuera, toma su inspiración en la novela homónima de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) escritor arraigado en la convulsa realidad que disecciona con maestría explorando los años oscuros del franquismo, la transición y los tiempos actuales en títulos como El vano ayer, que tuvo su continuación en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, El país del miedo (llevada al cine por Francisco Espada) o La habitación oscura, obras que nos remiten al estado emocional de un país que derrocha apariencia y buenos modales, pero que en el fondo está asumido en un letargo de miedo, incertidumbre y desilusión sobre sí mismo y todo lo que le rodea. Macián que ha levantado el proyecto a base de crowfunding y en régimen cooperativista, plantea una película muy Brechtiana, es decir, desnuda, tanto en forma como contenido, en el que asistimos, como mencionan en la publicidad de la película, al “Espectáculo del trabajo”, es decir, 10 trabajadores realizan su actividad en un espacio escénico (de una gran nave industrial) mientras un público los observa, un personal que participará en la obra, primero abucheando o vitoreando, según le plazca, y más adelante, de una forma más activa.

Un lugar que recuerda al planteado por Lars Von Trier en Dogville, donde la ausencia de paredes y techos, convertían al espectador en un voyeur de todo lo que sucedía. Aquí, sucede algo parecido, observamos a los trabajadores desempeñar su labor, un trabajo que consiste en repetir hasta la saciedad (en este caso lo que dura la jornada laboral) su actividad: el albañil levanta una pared de ladrillos para luego derribarla, y vuelta a empezar, el carnicero despieza los animales y luego los lanza a la basura, la costurera hace piezas que vuelve a deshilachar, la operario de montaje igual, el mozo de almacén traslada constantemente las mismas cajas de un lugar a otro, la teleoperadora llama a futuros clientes, el mecánico desmonta el automóvil para luego volver a montarlo, la limpiadora limpia lo que todo el mundo ensucia, y el camarero sirve al público asistente, y finalmente, el informático teclea sin parar datos y más datos. Sin olvidarnos, del segurata que mantiene el orden establecido por los jefes. Macián nos cuenta su película despacio, primero, observamos, en el que todos y todo parece construir una especie de armonía tranquila, pero poco a poco, cuando los días van pasando (que nos van anunciando y de paso, nos presentan a cada uno de los empleados) se van resquebrajando las relaciones entre ellos, cuando la empresa va aumentando los ritmos de producción y poniendo a prueba la resistencia, tanto moral como física, de cada uno de los implicados, perdón, de los trabajadores.

Una película demoledora, incisiva y catártica, que no sólo representa la sociedad del trabajo, sino a todos nosotros, de la inutilidad de la mayoría de trabajos, y de la falta de humanidad en los centros de trabajo, en el que la competitividad, el individualismo y lo egocentrismo se han apoderado de todos nosotros, con el único fin de rendir al máximo y tener al jefe contento, no vaya a ser que me despida y deje de ganar la miseria que me paga, que por otra parte, no me ayuda a vivir con dignidad. El ajustado y magnífico reparto ayudan a que el conjunto respire tensión, emociones, y sobre todo, que entre ellos nazcan las inevitables disferencias y disputas (como también quedan escenificadas en las reuniones que tienen en las que descubrimos los intereses y posiciones de cada uno de ellos). Macián y su equipo exploran las costuras miserables del capitalismo, un orden establecido aparente que si escarbas descubres lo oscuro y la perversidad que encierra una estructura laboral construida sólo para el beneficio económico, aunque el trabajo y quién lo desempeñe, no sirvan de gran utilidad, si da dinero, ya vale, sólo eso, y nosotros, en medio de todo esto, creyéndonos el cuento, una fábula de que trabajando prosperaremos y todo eso, sin caer en la cuenta que valemos menos de un real y que nuestra vida se va en un trabajo vacío, que nos amilana como personas y nos convierte en seres deshumanizados que matamos por un trozo de pan o menos.

The Tribe, de Myroslav Slaboshpytskiy

TRIBEposter_ES_webDESAFIAR LAS REGLAS.

Antes de empezar la película, se nos anuncia que estamos ante una película realizada en lenguaje de signos. Donde no hay traducción, ni subtítulos, ni voz en off. El director ucraniano Myroslav Slaboshpytskiy (1974, Kiev) – multipremiado cortometrajista en festivales del prestigio de Berlín y Locarno – tenía en mente realizar una película muda, y encontró en el lenguaje de signos de los sordomudos el vehículo perfecto, una película sin diálogos que tenga la capacidad de comprensión sin la necesidad de añadidos, apoyada en la gestualidad corporal (una idea parecida desarrolló Murnau en la última etapa del mudo con Amanecer y El último, películas con apenas intertítulos, que lograban un lenguaje moderno, comunicativo y brillante). El realizador ucraniano se ha lanzado al abismo con una película a contracorriente, alejada de cualquier moda, y sumamente cruel y devastadora, anclada en un excepcional concepto formal (tomas filmadas en planos secuencias largos y frontales con la distancia adecuada sin condicionar la mirada de los espectadores, con ese aroma de cineastas de la talla de Tarkovski, Tarr o Aleksei German).

The Tribe-corridor of hatred

La historia que se nos cuenta es sencilla, Sergey, un adolescente sordomudo llega a un internado, y pronto es reclutado por la organización delictiva “La Tribu”, (sociedad secreta que principalmente actúa de noche) capitaneada por uno de los profesores. Debido a sus buenas maneras en los robos, extorsión y demás fechorías, Sergey se convierte en uno de los elegidos. Un día, se enamora de Anna, una de las concubinas del jefe que se prostituyen para él, y entre los dos, comienza una historia de amor inocente, y clandestina a los demás. Sergey se enfrenta a su jefe y sus secuaces con el objetivo de huir con su novia. Slaboshpytskiy cimenta una película dura, terrible, y brutal sobre esos niños desamparados que encuentran cobijo en actividades violentas e inhumanas. Filmada en un barrio deprimido de las afueras de Kiev (que edificaron los presos de la segunda guerra mundial con el nombre de Stalin) donde se respira un aire gélido, seco, podrido y malsano, un ambiente alejado de humanidad, en el que asistimos atónitos a una violencia salvaje y escenas de sexo abrupto, animal, alejado de cualquier sensibilidad, exceptuando el que practican los jóvenes protagonistas, sus momentos son los únicos que se nos permite vislumbrar algo de esperanza, aunque muy a nuestro pesar, es una esperanza vana e ilusoria, muy alejada de la realidad imperante en la que se mueven, teledirigidos por hombres sin piedad.

The Tribe-Anna and Sergey

La película mantiene una estructura de fábula, en el que el niño inocente se inicia en el mundo del hampa, se enamora de la niña equivocada y acaba enfrentándose a sus jefes. Slaboshpytskiy nos habla de amor, odio, furia, ira y desesperación, dentro de un artefacto formal realista y natural, a través del lenguaje corporal de sus personajes. Una película que se escucha y nos propone un descenso a los infiernos sin retorno, dejándose llevar por unas imágenes bellas y crueles, en un mundo lleno de tristeza y vacío de valores y moral. Un cuento como los de antes, filmado de un modo ejemplar, en la que sobresalen las interpretación de sus actores, haciendo mención especial a la pareja desdichada, Grigory Fesenko que da vida a Sergey, y Yana Novikova como Anna, los jóvenes sordomudos sin ninguna experiencia previa, superaron en primera instancia un casting que se alargó un año, para luego verse sometidos a un durísimo entrenamiento de preparación de personajes, que consistía en una convivencia alejada de todo, y unas estrictas normas para conseguir la mayor naturalidad en sus interpretaciones. El gran trabajo de fotografía de Valentyn Kasyanovich (prestigioso documentalista ucraniano), también productor de la cinta, que consigue filmar esas almas de carácter frío en continuo movimiento, esa corporeidad visceral que expresa todo lo que sienten, y unas miradas que desprenden quietud y silencio. Slaboshpytskiy ha construido una película admirable, sin necesidad de diálogos ni música, sólo el sonido ambiente, pariendo unas imágenes lúcidas, pero también dolorosas, filmadas con una crueldad sincera y amarga, pero desde una prudente distancia, capturando las emociones de los personajes, en una cinta que, aparte de mostrar una violencia inmoral y extrema, encierra en su textura fílmica una de las más bellas y emocionantes historias de amor de los últimos años.

Entrevista a Miguel Llansó

Entrevista a Miguel Llansó, director de “Crumbs”. El encuentro tuvo lugar el viernes 29 de abril de 2016, en la terraza del Hotel Catalonia de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Llansó, por su tiempo, generosidad y cariño, al equipo de la distribuidora El Sur Films, por su paciencia, amabilidad y simpatía, al Zumzeig Cinema, por seguir apoyando este cine de resistencia y reflexión, y a Lorena Iglesias, actriz y amiga de Miguel Llansó, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Crumbs, de Miguel Llansó

CRUMBS_poster_ES_web¿SUEÑAN LOS DESECHOS HUMANOS?.

“No hubo necesidad de prolongar la guerra. Ya fuera por una mutación en la carga genética o un simple cambio en las costumbres, instinto y fe en la conservación de la especie se desvanecieron y la población mundial, que durante siglos se había multiplicado exponencialmente, comenzó a menguar y languidecer, como la llama moribunda de una vela, que no termina de apagarse. Mientras en el interés por la perpetuidad de todo lo humano pasaba a un segundo plano, la guerra dio sus últimos zarpazos. Los viejos perecieron y los jóvenes se hicieron viejos. La noticia del nacimiento esporádico de un niño, concebido por desidia o descuido, arrancaba en la gente una sonrisa altiva igual que se ríen de aquel que luce con orgullo un traje pasado de moda”. Lucius Walter de Mendoza (La historia escrita para nadie)

El arranque de la película resulta a la vez que aterrador, sumamente revelador. Nos encontramos en un paisaje devastado, silencioso, en el que sobresalen los edificios derruidos y abandonados, e infinidad de maquinaria y objetos oxidados e inutilizables, un panorama desolador, sin apenas vida, en un tiempo sin tiempo, sólo ocupado por algunos pocos que sueñan con salir de ahí y empezar en otro lugar. El director Miguel Llansó (1979, Madrid) que debido a un trabajo gubernamental ha residido en Etiopía, donde ha dirigido un par de cortometrajes, nos sumerge en su puesta de largo en la azarosa existencia de Candy (protagonizado por Daniel Tadesse, un actor enano con una malformación física, muy popular en Etiopía, que descubrió Llansó en un montaje de Bodas de sangre, de Lorca, y ya protagonizó uno de sus trabajos Chigger Ale (2013), en el que entraba vestido de Hitler en un taberna, provocando la estupefacción e indignación de la concurrencia. Aquí, da vida a un chatarrero cansado de recoger los deshechos de antiguos habitantes (las migajas -crumbs – a las que hace referencia el título de la película), que sobrevive junto a su amada, una joven talentosa que fabrica bonitas esculturas reciclando la chatarra. Los dos sueñan con abandonar el planeta y empezar en su tierra, con la idea de ser transportados por la nave que se encuentra suspendida frente a ellos, y que parece que ha iniciado algo de actividad en su interior.

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Llansó ha edificado una fábula (con ecos a El mago de Oz) en la que su antihéroe sueña con ser valiente y encontrarse a sí mismo, en la que una joven escucha voces que parecen venir de otro dimensión, y una serie de personajes espectrales como unos soldados sin rumbo que andan perdidos creyéndose en continua guerra, una bruja misteriosa con poderes sobrenaturales, como una especie de oráculo, un anciano codicioso que comercializa con los objetos que unos roban o encuentran, y finalmente, un papá Noel enjuto y cansado con otro significado y apariencia. El director madrileño ha construido un cuento postapocalíptico, ambientado en Etiopía, un mundo en suspenso, que se desplaza lentamente y con extrema dificultad, con grandes toques de surrealismo y esperpento (en los que podemos identificar a Buñuel o Lynch), una aventura en el alma de un territorio inhóspito, con un joven atípico, fuera de lo común, que tiene miedo de ese mundo sin alma, y de sí mismo, que emprende un viaje interior para encontrar su destino (muy del universo de Herzog). Una película breve (apenas 68 minutos), con actores y no actores, de exquisita belleza plástica, en algunos tramos de fuerte y sutil abstracción, filmada con tomas largas, y escasos diálogos, con personajes de fuerte carga emocional.

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Una aventura a pie, en la que se encuentra con otros seres, igual de perdidos, sin identidad ni lugar, que malviven en ese planeta, un paisaje fantasmal, sin vida, en la que los objetos han perdido su significado original y han adquirido nuevos valores de diversa naturaleza y condición: Michael Jordan lo han convertido en una especie de Dios al que se adora con santuario incluido, las Tortugas Ninja y otras figuritas de plástico, ahora son símbolos y emblemas de antiguos guerreros, Carrefour se ha erigido en artista total, las espadas de plástico son ahora armas de lucha, hay nazis de segunda generación que portan máscaras antigás, y los vinilos del rey del pop son reliquias ancestrales. Llansó ha fabricado un artefacto incendiario, cargado de humor negro, y desolador, sobre la fragilidad de la memoria, y el desarraigo, y la necesidad de pertenecer a algo o a alguien, en el que emerge una demoledora crítica al capitalismo, y a lo absurdo de la cultura pop, nacida a través de lo tangible y superficial, construida por los medios con el fin de transformarse en iconos-productos para que las masas sedientas de símbolos y guías, los consuman con extrema rapidez. Crumbs es otra sugerente muestra de la energía valiente y resistente que ya se respiraba en títulos como El futuro (2013), de Luis López Carrasco, Uranes (2013), de Chema García Ibarra y Sueñan los androides (2014), de Ion De Sosa, con las que comparte, no sólo la amistad y el trabajo que une a sus creadores, sino también la circunstancia de ser hijas de la crisis, cine hecho con medios reducidos que reflexionan sobre la coyuntura económica, enlazados por ese espíritu de producir películas que remuevan las raíces del género, en este caso la ciencia-ficción, a través de un cine inteligente, que rastrea fórmulas diferentes, y transita por caminos expresivos y formales de manera provocadora e irreverente, pariendo unas obras de profundo carácter personal y extremadamente sensibles.