Nino, de Pauline Loquès

TRES DÍAS, TRES NOCHES.   

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

Oscar Wilde

En la magnífica Cléo de 5 a 7 (1962), de Agnès Varda, una joven cantante espera impacientemente los resultados de si tiene cáncer o no. Mientras, aparece la vida, el amor, la incertidumbre y los conflictos. Algo parecido le sucede a Nino, un joven de 28 años que un viernes por la mañana es diagnosticado de cáncer al que le sucederán tres días con sus tres noches, donde la vida se impondrá en una existencia, hasta la fecha, bastante oscura, reservada y nada satisfactoria. Estamos ante una película donde la vida se tuerce, es decir, la vida se vuelve muy frágil, una vida que puede terminar, o al menos así lo piensa el protagonista, y es entonces, donde las cosas se tornan diferentes, menos oscuras y sobre todo, donde la vida ya no es una mera existencia insatisfactoria, y nada atrayente, como si la estuviera viviendo otra persona. En ese instante, la vida se vuelve de otro color, más intensa, más sencilla y quizás, de verdad, y con la idea de rodearse de las personas queridas. 

Primero fue el cortometraje La vie de jeune fille (2018), donde se contaba el conflicto de una joven que el día de la despedida es rechazada por su prometido, y no sabe cómo contarlo a sus allegados. Ahora, llega la ópera prima de Pauline Loquès (Cannes, Francia, 1986), que ha tenido la colaboración en el guion de Maud Amelie, que tiene en su haber películas de Noémie Lvovsky, MIkhaël Hers y Balndine Lenoir, entre otros. Una historia que recibe el nombre de su protagonista, Nino, en la que enfrenta en un duro trance a un joven que recibe la peor noticia: tiene cáncer. Los tres días siguientes se reencuentra con su madre, su ex novia, su mejor amigo, un desconocido en un albergue y una antigua compañera de clase. Cinco encuentros en los que mirará al pasado, a sus alegrías, a sus vivencias, y sobre todo, tres días para mirarse frente a los otros, para conocerse mejor, para atreverse a experimentar la vida ahora que parece que termina, o está al borde del precipicio, y no hay marcha atrás para lamentarse, para pensar en lo vivido y lo que no. El relato indaga y se cuestiona, no hace florituras ni sensiblerías sobre la cuestión que trata, y muchos menos, alecciona ni juzga, sino que retrata unos hechos concretos, unas actitudes ante la enfermedad, cuando el peligro acecha y las cosas se tornan más cercanas, más íntimas y más profundas. 

La cámara inquieta que no se separa del protagonista Nino, la conduce la cinematógrafa Lucie Baudinaud, de la que hemos visto sus trabajos en Olga, de elle Grappe, y más recientemente, El profesor de esgrima, de Vincent Pérez. Unos planos cerrados, que tocan al personaje principal, como un compañero más, como una segunda piel, que lo sigue sin descanso, que lo observa y se introduce con él en esa vorágine introspectiva y audaz que experimenta Nino. El montaje de Clémence Diard, con más de 19 títulos en su filmografía, con los que ha trabajado con directores de prestigio como Souleymane Cissé y Céline Sallette, entre otros. Una edición sin estridencias ni subrayados, llevándonos junto a Nino, en su peculiar caminar por la ciudad y sus pisos, sus lugares, en los que hay tiempo para reflexionar, para descansar, para intercambiar, para vivir y para hacer todo aquello que no había hecho hasta entonces, abrirse más y no esconderse. La ciudad es otro elemento importante en la película, un París menos conocido, menos turístico, o al menos, con una luz diferente, más tenue y mucho menos colorista, sino más hacia dentro en consonancia con la película que se cuenta y aquello que se desea transmitir. 

Un reparto encabezado por el fascinante y profundo Théodore Pellerin, que descubrimos de forma arrolladora en Solo, de Sophie Dupuis, en la piel de Simon, una drag queen enfrascada en el conflicto con una madre artista de gran éxito y una relación tóxica. Su Nino es apabullante, con una mirada intensa y un cuerpo que se va camuflando y fusionándose con los otros, en una composición profunda del actor canadiense. William Lebghil es Sofyan, su mejor amigo, que hemos visto en Mentes brillantes y Los buenos profesores. Salomé Dewaels es la ex compañera, vista en Las ilusiones perdidas y Un silencio. Camille Rutherford es la ex, vista en Anatomía de una caída y la protagonista de Jane Austen arruinó mi vida, y finalmente, las excelentes presencias de Jeanne Balibar y Mathieu Amalric. Acérquense a Nino y háganlo sin prejuicios y sin miedo, y vean sus imágenes y acompañen a su personaje, que vive una existencia que, después de su diagnóstico, verá las cosas de otro modo, y es interesante cómo se explica y se expone ese proceso tan íntimo, tan de verdad, sin dar lecciones de qué hacer y qué no, simplemente estando, o intentando estar, vivir y sentir estos tres días que, seguramente, serán los últimos de una forma de ver la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Félix Maritaud

Entrevista a Félix Maritaud, intérprete de la película «Solo», de Sophie Dupuis, en el marco del Fire!! Muestra de Cine LGTBI de Barcelona, en el Instituto Francés en Barcelona, el viernes 7 de junio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Félix Maritaud, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Philipp Engel, por su gran albor como intérprete, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Alexandra Hernández de LAZONA Cine, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo, de Sophie Dupuis

AMORES QUE MATAN.  

“(…) Y morirme contigo si te matas. Y matarme contigo si te mueres. Porque el amor cuando no muere mata. Porque amores que matan nunca mueren”

De la canción “Contigo”, de Joaquín Sabina 

La tercera película de Sophie Dupuis (Val-d’Or, Quebec, Canadá, 1986) se divide en dos tramos. En el primero, asistimos a la celebración de la diferencia, una fiesta de la identidad y de lo queer, en la piel de Simon, una drag queen que, cada noche, se sube a un escenario y canta, baila y derrocha toda su fantasía y glamour. Una fiesta en la que se une un recién llegado del otro lado del charco, un tal Olivier, tan suyo como star que se enamoran con Simon y nace un vínculo afectivo, artístico y lleno de esperanza, ilusión y alegría como los primeros meses de cualquier amor. En la segunda entrega, Simon tropieza con el narcisismo y victimismo de Olivier, que lo maneja a su antojo, además, la madre del joven, famosa cantante de ópera, vuelve 15 años después para reencontrarse con su pasado. La fiesta del inicio se irá tornando cada vez más oscura y tenebrosa, y Simon se enfrentará a dos amores destructivos, que lo aman y también, lo matan cada día. 

Después de Chien de garde (2018), convulsa historia de conflictos familiares, y Souterrain (2020), la redención de un minero conflictivo, ambas protagonizadas por Théodore Pellerin, la directora canadiense construye con acierto e inteligencia una historia queer que, nos sitúa en el interior de un local donde se da rienda suelta a la imaginación, la fantasía y la identidad en la que unos individuos asombran al público con sus playbacks y sacando toda su feminidad. Aunque, lo drag aquí es un mero pretexto para hablar de esos amores apasionados y veloces que nos desordenan de tal manera que lo perdemos todo, incluso nuestra dignidad y amor propio. Un amor que nos engancha a fuego, y que nos somete a sus terribles exigencias, y lo peor de todo, nos cuesta tanto verlo con perspectiva, despegarnos y darnos cuenta que más que amor es una condena, una constante tortura, un sin vivir, un fuego que acaba quemándonos, y no sólo eso que, también nos hace sentirnos culpables. Solo nos lo cuenta con verdad, no queriendo ser realista, sino mostrándonos personajes que sienten, padecen, lloran y actúan según son, con sus verdades, mentiras y miserias, donde nos confunden, nos llevan de aquí para allá, como la vida misma.

Uno de los grandes aciertos de la película es su parte técnica, con la estupenda cinematografía de Mathieu Laverdière, habitual del cine de Louise Archambault, de la que hemos visto Gabrielle y Y llovieron pájaros, entre otras, que consigue esa mezcla entre los shows drags, la fiesta y la noche, con su infinidad de colores vivos y llamativos, y los días, con su retrato más crudo, más de verdad, y menos glamouroso. El conciso y rítmico montaje que firman el trío Marie-Pier Dupuis, Maxim Rheault y Dominique Fortin, con más de 30 títulos en su filmografía para directores tan importantes como Roger Spottiswoode e István Szabo, entre otros, en un relato con muchos vaivenes emocionales donde la mirada, el gesto, la palabra y la emocionalidad de Simon captan toda nuestra atención en sus intensos 101 minutos de metraje. La sensible y acertada música de Charles Lavoie, que capta con cercanía y humanidad todo el desbarajuste psíquico por el que pasa el protagonista, metido en dos amores que les hacen vivir y morir a la vez. Las impresionantes actuaciones coreografiadas por Gerard X Reyes, acompañadas de temazos de Abba, Chaka Khan, Donna Summer, y otros temas de la escena dance como CRi, Marie Davidson, y demás temas que consiguen que seamos uno drag más, tanto encima del escenario dándolo todo, bailando como descosidos en la pista y amando con tanta fuerza como si fuésemos a estallar.

El cine de Dupuis basado en el profundo retrato de sus personajes y las relaciones entre ellos, tan alegres como tristes, en continua batalla contra ellos mismos, debía tener una pareja protagonista muy especial para una película en la que deben interpretar unos tipos muy complejos, sino que además deben ser su propia drag, con sus performance, bailes y vestidos. Los encontró en la piel del mencionado Théodore Pellerin, tercera película juntos, que hace un Simon apabullante en todos los sentidos. Uno de esos personajes inolvidables que lo vive todo con una gran intensidad y sensibilidad, quizás demasiada, en mitad de dos amores tan bellos como malignos, el de un novio que lo ama y también lo destruye, y una madre, tan egoísta y tan ausente que, ahora que vuelve, parece más un fantasma que una madre afligida. En el otro lado, o pisándole el vestido, tenemos a Félix Maritaud, que le hemos visto con dirigido por Yann González, Robin Campillo, Gaspar Noé, y nos flipó como chapero en la fabulosa Sauvage (2018), de Camille Vidal-Naquet. Su Olivier es puro narcisismo y egolatría, que va consumiendo a Simon y todo lo que le rodea. Alice Moureault es Maude, la hermana íntima de Simon y la diseñadora de sus modelos, un apoyo que hará lo imposible por abrir los ojos a un Simon zombie, y Anne-Marie Cadieux como la madre que se fue y ahora vuelve como si nada, y luego la retahíla de excelentes intérpretes que conforman los compañeros drag del show en el que están los protagonistas. 

Van a disfrutar y reflexionar con una película como Solo, de Sophie Dupuis, porque seguramente desconocerán el universo drag, como era mi caso, y descubrirán una parte, con sus trajes, sus coreografías y sus bailes y shows, y además, serán testigos de lo que pasa entre bambalinas, de ese otro mundo de procesos y preparación e interacción entre las diferentes drags, y no sólo eso, porque la película lo muestra desde la más absoluta intimidad y cercanía, y la otra parte, más oscura y más terrorífica, la de los amores que matan, la de el amor cuando se disfraza de cariño y esperanza, y cómo esos amores que parecen tan dulces y apasionados, no son más que excusas que nos destrozan suavemente, como cantaba Roberta Flack, de esos que hay que huir despavoridamente, y que son tan difíciles de dejar porque nos someten de tal manera que nos humillan y nos despojan de quiénes somos y nos ponen en contra de todos, una amargura. Cuídense de esos amores y sobre todo, sigan disfrutando de quiénes son, de su libertad, de su identidad, y de su manera de expresarse, sea como sea, y pasen de esos que nos limitan y nos intentan dirigir, porque nunca sabrán que pasa en nuestro interior, y lo más grave, nunca sabrán disfrutar de lo auténtico que somos para los que sí nos quieren de verdad, ni a medias, ni haciéndonos daño. sino de corazón. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Génesis, de Philippe Lesage

LOS PRIMEROS DESEOS.

“El amor es el único motor para la supervivencia”.

Leonard Cohen

Guillaume descubre que su amistad con Nicolassu, su mejor amigo, va más allá de la mera relación de amigos y compañeros de instituto y lo ve como alguien especial. Charlotte es una veinteañera en la universidad y hermanastra de Guillaume, sale con Maxime pero se siente enjaulada y le lleva a conocer a Theo, unos años más mayor, aunque tampoco parece encontrar esa estabilidad emocional que tanto ansía. Y por último, Félix, un chaval que se siente atraído por Béatrice, una compañera del campamento de verano. Tres relatos sobre el amor, sobre el primer amor, sobre el hecho de ser adolescente y joven, sobre los primeros deseos, sobre esa efervescencia veloz e inquieta cuando parece que toda tu vida va a la velocidad de un rayo, donde todo sucede de forma muy intensa, y también, empiezas a conocer los sinsabores del amor, del deseo, de esa cara oculta siniestra y oscura que también anida en los sentimientos, y sobre todo, como actúan el resto y como nos ven. Philippe Lesage (Saint-Agapit, Canadá, 1977) arranco su carrera en el documental para luego pasar a la ficción con Los demonios (2015) y Copenhague. A Love Story (2016) en las que planteaba relatos sobre la infancia y la adolescencia y los despertares que conlleva cuando se conoce el mundo de los adultos.

El director canadiense nos plantea un retrato sobre la adolescencia, sobre los primeros amores, o quizás sería más conveniente decir, sobre las primeras decepciones amorosas, sobre cómo combatir los conflictos interiores y materializarlos a los demás, y las consecuencias que lleva ser uno mismo y expresárselo al resto, venciendo los miedos al rechazo o la marginación. Lesage observa a sus criaturas desde esa mirada crítica y honesta, sin caer en el sentimentalismo o las peroratas discursivas que suelen caer los retratos sobre amores juveniles. En Génesis los despertares al amor son honestos y sin cortapisas de ningún tipo, sus protagonistas aman de verdad, se dejan llevar por sus sentimientos y actúan en coherencia, explotando sus emociones y lanzándose a esos vacíos sentimentales a ver qué sucede.

Los planos de Lesage emanan autenticidad y ritmo, nos llevan en volandas de un lado a otro, centrándose en los primeros 100 minutos en los conflictos emocionales de Guillaume y Charlotte, que puedan resultar muy diferentes en la forma de abordar sus cuestiones sentimentales pero tanto uno como otro obtienen el mismo resultado frustrante, o quizás no era el momento para tener esas relaciones, o quizás se habían equivocado de personas y sus ansías de descubrir y experimentar les ha llevado a ir demasiado deprisa a no tener esa calma suficiente en el terreno amoroso, tan necesaria por otra parte, pero todo ese aprendizaje forma parte de la edad que tienen, de ese tiempo de constantes errores, de perderlo todo por alguien, de pensar que el mundo se acaba si esa persona u otra no se fija en nosotros o simplemente, nos rechaza, sumiéndonos en el vacío más profundo y doloroso que podamos imaginar. Guillaume, fantástica la composición del actor Théodore Pellerín, es extrovertido y locuaz en el instituto, alguien que es capaz de todo y una especie de líder carismático donde mirarse, en el amor tampoco se corta, se lanza y luego pregunta, como debe ser según él.

En cambio, Charlotte, íntima y erótica la interpretación de la extraordinaria Noée Abita, se siente desplazada en su relación con Maxime, como si su tiempo y el tiempo de la relación se hubiera detenido por eso a sus veinte pocos años ve en Theo que roza los treinta, la oportunidad de tener una relación más madura, más de verdad, más estrecha, aunque las cosas nunca son lo que parecen, y parece salir de un fuego para encontrarse con otro. Finalmente, Lesage deja los últimos 30 minutos de película para situarnos en un campamento de verano y contarnos, casi sin palabras, y con mucha música, elemento que estructura la película mezclando temas más sentidos con otros más locos. Conoceremos a Félix, que interpreta el actor Edouard Tremblay-Grenier, protagonista de Los demonios, que se siente atraído por Béatrice, y entre miradas y sonrisas empiezan a intimar, con esos primeros roces de cuando te gusta por primera vez alguien, donde cogerse de la mano es un gesto extraordinario, donde el final del campamento anuncia el final de la relación estival o no, quizás continué de alguna otra manera en la ciudad.

Lesage sigue con su cámara los movimientos audaces y torpes de sus personajes a la hora de acercarse a los seres amados, sin estudiar sus posibilidades ni nada, aventurándose siendo fieles a lo que sienten, con miedo pero sin cobardía, creyendo en sus sentimientos, aunque en algunos momentos se metan en la boca del lobo, y se muestren indefensos ante los demás, que los utilizan y humillan. La película nos envuelve con sutileza y sobriedad en estos tres retratos sobre la adolescencia, sobre el amor y todos esos deseos lanzados a la vida, extremos, ocultos, cálidos, frustrantes, decepcionantes o simplemente, bellos, queridos y sobre todo, reales, sinceros e íntimos, porque como dice la canción solamente se tienen 16 años una vez en la vida, para bien o para mal, y jamás se vuelve a tener esa edad, ni tampoco esos sentimientos y esa mirada a la vida, después en la edad adulta todo se vuelve diferente, más extraño, más deshonesto y más individualista. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA