La viuda, de Neil Jordan

UN BOLSO DE CUERO VERDE.

“Todos estamos solos y algunos están más solos”

Charles Bukowski

Un vagón de metro, uno más, uno cualquiera de los muchos que circulan incesantemente por una gran ciudad, y uno de esos vagones, un bolso de cuero verde olvidado en uno de los asientos, y entre los miles de viajeros diarios una joven, una chica que se llama Frances McMullen, una chica más que vive en un ático en el corazón de Manhattan junto a su adinerada amiga, hija de un magnate, trabaja como camarera en uno de esos restaurantes del Village, la zona más exclusiva de Nueva York, e intenta olvidar superar la muerte de su madre. Esa joven, y no otra, encuentra el bolso y decide devolverlo a su legítima dueña, una señora solitaria que vive en una casa envejecida en uno de esos barrios sin más, su nombre Greta Hideg. Un gesto que parece uno más, de alguien que devuelve a su dueño algo que no es suyo, aunque no será un gesto más, será el gesto. La decimonovena película en la filmografía de Neil Jordan (Sligo, Irlanda, 1950) es un atractivo y elegante thriller psicológico, una especie de tela enmarañada con aroma de fábula, como tanto les gusta al director, donde una joven demasiado introvertida se enfrentará a su peor pesadilla convertida en la enigmática y extraña Greta, una señora que parece albergar buenas intenciones pero sólo eso, quizás hay algo más y su casa, tan alejada de todo, y a la vez, cerca del centro de la ciudad, oculta demasiadas cosas.

Desde que debutase en el cine, en 1982 con el sugerente thriller Angel, la carrera de Jordan se ha mantenido cercana a lo noir, con títulos como Mona Lisa, Juego de lágrimas, Michael Collins, El fin del romance o La extraña que hay en ti, retratos de personajes que el destino obliga a enfrentarse a sus propios miedos en forma de malvados que atentan contra su apacibles y aburridas vidas. También ha coqueteado con la comedia más desmadrada como en El hotel de los fantasmas o Nunca fuimos ángeles, y también, sus cuentos infantiles de terror muy personales y profundos donde mezcla lo humanista con seres fantásticos, indagando en los conflictos sobre identidad, en trabajos como En compañía de lobos, Entrevista con el vampiro, In dreams, Ondine o Byzantium (2012) su penúltimo largo. Ahora, con guión escrito junto a Ray Wright, un especialista en el género, nos trae un thriller muy oscuro, sin fantasmas ni fantasías extravagantes, muy intimista, protagonizado por dos mujeres, lo femenino siempre presente en el cine de Jordan, sumergiéndonos en una demoledora crítica contra la sociedad que produce solitarios que pueden llegar a convertirse en monstruos despiadados para llenar esa soledad angustiosa y demente.

Greta es una señora a todas luces agradable y elegante, pero detrás de ella, lo que esconde debajo de la alfombra es terrible, “caza” a jovencitas para paliar a su soledad, incluso llegando a manipularlas y destrozarles la vida, Frances, es una de ellas, una de esas jovencitas atractivas y vitales, pero que se encuentran en un estado emocional difícil, muy a la deriva, en procesos complejos personales, sin saber muy bien a qué dedicar su existencia, y se mueven como pollos sin cabeza a la espera de algo o alguien que les saque de su oscuro ostracismo. Greta y Frances encajan en un principio, parecen gustarse y se hacen muy buenas amigas, se ayudan y se entienden, aunque lo que parece algo agradable, pronto se torcerá y adquirirá otro color, como ocurre en el cine de Jordan, que nunca nada es lo que parece, y siempre hay algo turbio y muy oscuro que esconden algunos personajes.

El cineasta irlandés maneja con audacia y oficio su relato, una trama quizás muy vista, sí, pero la elegancia y el detalle con la que la filma Jordan la hace algo diferente, centrándose no solo en el aspecto psicológico de las dos mujeres, sino en su entorno, y en los gestos y detalles que las definen, conociendo sus entornos más íntimos y externos, contándonos con ritmo pero sin prisa toda la trama que encierra la película, que en un primer tramo nos estarían contando una película con ese aire finales ochenta y noventero como Atracción fatal  o Instinto básico, en ese juego perverso de las apariencias y ocultar cómo es realmente la naturaleza de cada personaje. En el segundo tiempo, la película da un giro sorprendente y terrorífico, donde el exterior de la ciudad, y las idas y venidas por distintos lugares y situaciones, da paso al exterior, a las cuatro paredes de un lugar donde se desarrollará la película, donde la trama se parece a esas historias donde lo malvado se impone a la bondad y todo puede ocurrir y nadie está a salvo, conociendo la verdadera personalidad de los individuos de la película.

Una muy buena pareja de actrices encabezadas por el aplomo y la mirada de Isabelle Huppert, extraordinaria en su rol de ogro sin escrúpulos y muy peligroso, en un rol muy alejado de lo que nos tiene acostumbrados, aunque a veces la hemos visto metida en marañas parecidas a las órdenes de Chabrol, Haneke o Verhoeven, bien acompañada por la calidez y la sobriedad de Chlöe Grace Moretz, componiendo el alter ego perfecto como la caperucita de este cuento moderno en el que el lobo se ha disfrazado no de abuelita, pero sí de madrastra de Cenicienta.  Maika Monroe da vida a Erica Penn, la amiga y compañera de piso de Frances y esa especie de ángel de la guarda que todos en algún momento nos viene bien tener a nuestro lado, y finalmente, Stephen Rea, un viejo conocido de Jordan, que debutaron juntos y han trabajado en 11 títulos juntos, interpretando a ese detective veterano y suspicaz que acaba desafiando a la bruja malvada. Jordan muestra oficio y consigue absorbernos en su trama sencilla y eficaz, que mantiene al espectador expectante e inquietante, en esta despiadada crítica a nuestra sociedad, tan individualista y desestabilizada emocionalmente, llena de solitarios y seres con existencias muy anodinas y vacías, esperando que alguien le saque de quiénes son y así encantarse de alguna manera, encontrar algún sentido a sus vidas o lo que sea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Louis Garrel

Entrevista a Louis Garrel, director de la película «Un hombre fiel», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Louis Garrel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Philipp Engel, por su gran labor como intérprete,  y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Sombra, de Zhang Yimou

TRONO DE SANGRE.

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada».

(Extracto de Macbeth, de William Shakespeare)

El universo cinematográfico de Zhang Yimou (Xi’an, China, 1951) arrancó en 1987 con Sorgo Rojo, que sorprendió y maravilló a propios y extraños en la Berlinale, donde se alzó con el primer premio. Luego, vinieron Ju Dou, La linterna roja, Qiu Ju o ¡Vivir!, todas ellas protagonizadas por Gong Li, ambientadas en la China rural de primeros siglo XX, donde se exploraba la situación de la mujer frente al patriarcado existente. Después de esa primer etapa que acabó en 1995 con La joya de Shanghai, el cine de Yimou se adentró a mirar a la China actual de 1997 con Keep Cool, aunque su interés por lo rural y sus problemas le devolvió a su espacio en Ni uno menos (1999). Con El camino a casa, del mismo año, protagonizada por Zhang Ziyi, con la que repetirá en varias películas, abre una nueva senda en su carrera, en la que se sumergirá en el “Wuxia”, el género de las artes marciales más popular en China y en otros países asiáticos, desarrollado en un contexto histórico, el feudalismo, con escenas de acción voladoras y muy estilizadas, melodramas intensos y románticos donde prevalecen la amistad, la lealtad y la traición. Con Hero (2002) entra por la puerta grande en el “Wuxia”, le seguirán La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006) donde volvía a trabajar con Gong Li, así como en Regreso a casa (2014) donde repasaba los estragos del comunismo en los disidentes.

En los últimos años, la filmografía de Yimou se ha dispersado atacando todo tipo de géneros como la comedia, el amor romántico o las superproducciones con vocación internacional y stars de Hollywood. Ahora, Yimou vuelve al “Wuxia”, pero desde otra perspectiva diferente a sus anteriores incursiones en el género. Primero de todo, se ha inspirado libremente en la epopeya histórica de los Tres Reinos: La épica, de Jingzhou, la que reinterpreta y reimagina el relato, en el que se inventa una lucha eterna y salvaje entre diferentes reinos en continuo estado de guerra, centrándose en uno de los reinos, el “Jang”, el desterrado, el expulsado que vive con ansías de venganza, de recuperar el trono de “Jing”, y así dominarlo todo, encabezado por un rey déspota, cruel y salvaje, que tiene menospreciado a su comandante jefe y a la esposa de éste (como quedará reflejado en la secuencia que abre la película con ese instante de la música con la cítara). Aunque, existe un misterio, el comandante que se relaciona con el rey no es el real, solo es una “sombra” (a la que alude el título) un doble en el que se oculta el verdadero comandante, enfermo y vilipendiado que se encuentra escondido en una gruta secreta en palacio, donde entrena a su “sombra” para recuperar el trono que le corresponde.

Y así están las cosas, donde todos y cada uno de los plebeyos rinden pleitesía al rey y también, conspiran en secreto para destronarlo, y así, mantener la paz con el reino rival. Yimou vuelve a contar con Zhao Xiaoding, su cinematógrafo más estrecho, para situarnos en un entorno rural, montañoso, rodeado de un río incesante y caudaloso, en un ambiente frío y húmedo, con esa lluvia fina que no dejará de caer durante toda la película, en una atmósfera de inquietante espera, donde todo puedo explotar en cualquier instante, rodeados por un entorno lúgubre y muy oscuro, con esas grandes telas que adornan el palacio, pintadas con lavado de tinta, en blanco y negro, como los ropajes holgados que llevan los personajes, con motivos iguales que las telas mencionadas, con ese aroma apagado y muy oscuro como el alma de los personajes,  o esas armaduras recias y negras, con máscaras monstruosas, dando una idea precisa y profunda del talante de la película, de aquello que nos cuentan, de aquel que se oculta en otro, de la verdadera dimensión psicológica de los personajes, que en realidad muestran un rostro que no es el que sienten, el que los demás ven, porque el real, se muestra oculto, en la oscuridad, esperando su momento, esperando su oportunidad.

Yimou se mira en el espejo del universo de Shakespeare y Kurosawa, para mostrar un mundo pérfido, un reino descompuesto, trágico y lleno de juegos de poder político, donde todo es irreal, donde las luchas se eternizan, donde hay tantos grupos irreconciliables, donde todos sobreviven en un estado de permanente disputa, donde los problemas se amontonan y las soluciones crean más conflictos, donde la ambición es bestial y sangrienta, en que la tragedia llega de manera inevitable, donde nadie ni nada puede huir del fatalismo inherente que les ha condenado en su maldita sed de poder, en su ambición sin límites, en su maldad eterna. Y qué decir, de las magníficas secuencias de acción, detalladas y estudiadas al milímetro, en las que mezclan lo humano con la épica, eso sí, una épica diferente a la esperada, sin romanticismo ni antorchas, sino con humo negro y mucha sangre, que brota de manera veloz, esas fuentes sanguinolentas que impregnan los planos sombríos, como ocurría en las obras de Kurosawa, marcando con premura y muerte cada rincón del espacio.

Las estupendas secuencias simultámeas que van intercalando con minuciosidad y espectaculidad formalista y plasticidad de los diferentes momentos de la guerra final, con el clásico duelo a muerte en una tarima de madera construida entre las montañas que separan el río, con el símbolo del bien y el mal dibujado, uno con una lanza ancestral y otro con un paraguas de hierro que se abre y se cierra según convenga, los mismos paraguas que sirven para la entrada del ejército en el pueblo deslizándose como una exhalación. Secuencias donde la grandiosa belleza plástica propia del universo de Yimou, se mezcla con los duelos a muerte entre unos y otros, sin ningún respiro, donde todo se sucede a un ritmo vertiginoso, en que la belleza se mezcla con el horror de la muerte. Yimou ha conseguido anudar con clase y maestría la belleza de su cine tradicional, aquel que miraba con detalle los problemas humanos con el cine de acción, con esas batallas donde todos los personajes se citarán con la muerte, con su destino, con ellos mismos, en una película muy entretenida, medieval, profunda y humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un hombre fiel, de Louis Garrel

LAS CUESTIONES DEL AMOR.

“El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón.”

Voltaire.

La película se abre de manera trágica y horrible para el personaje de Abel, porque Marianne, la mujer con la que convive, le confiesa que se ha enamorado de Paul, su mejor amigo y además, está embarazada de él. Aunque, el relato no continúa con la vida a partir de ahí de Abel o Marianne, sino que se traslada a ocho años después, donde, después de la muerte de Paul, Marianne y Abel se vuelven a encontrar y sienten que todavía se aman y vuelven a vivir juntos, junto a Joseph, el hijo de Marianne y Paul. Aunque hay, no acaba la cosa, Eva, la hermana pequeña de Paul, secretamente enamorada de Abel desde que tiene uso de razón, entra en escena con la firme intención de enamorar a Abel. En el debut como director de largometrajes del afamado actor Louis Garrel (París, 1983)  Les deus amis  (2015) se centraba en la tesitura de un joven actor, el propio Garrel, enamoradísimo de una joven atractiva (Golshiften Farahani) que algo oculto le obligaba a rechazar la propuesta, y era entonces, cuando Garrel le pedía ayuda a su mejor amigo (Vincent Macaigne). Unos personajes que expresan sus sentimientos a flor de piel, lanzados a la aventura de amar y ser amados, de una manera febril, alocada y sin pensar en las consecuencias.

Ahora, Garrel con la ayuda en el guión del gran Jean-Claude Carrière (Colombières-sur-orb, Francia, 1931) cambia de tercio y se sumerge en una historia completamente diferente, si bien vuelve a hablarnos de amor, ahora, lo hace desde una perspectiva diferente, podríamos decir más madura y más próxima a la realidad cotidiana, porque ahora sus personajes no expresan sus sentimientos, se los guardan a sí mismos, y sobre todo, a los demás, y encima, son individuos inseguros en el amor, porque dudan y dudan sobre lo que sienten, llevándoles a situaciones complejas, extrañas, cómicas y en ocasiones, ridículas. Garrel ahonda más en este misterio de idas y venidas en el amor, añadiendo una intriga propia del cine negro, ya que las fantasías o no de Joseph, el hijo de Marianne, un pequeño tirano, que en algunos instantes recuerda a Damien, el niño de La profecía,  que juega al engaño o no con Abel, haciéndole creer situaciones malvadas, con la firme intención de echarle de la vida de su madre.

El cineasta francés acorta su película, ya en sus 75 minutos escasos de metraje, como con su trío protagonista, en el que sentiremos que las dos mujeres juegan y manipulan al personaje de Abel, o quizás es al revés, que él las hace creer que se está dejando manipular, Garrel juega a estos equívocos, a estos laberintos sentimentales de ahora sí, y ahora no, en un retrato contemporáneo, reflexivo y muy lúcido sobre la naturaleza de nuestros sentimientos, tan frágiles, vulnerables y efímeros, en un mundo demasiado rápido, donde hay infinidad de cosas por hacer, y quizás, lo más importante, aquello que nos hace latir más fuerte y veloz el corazón, es lo que menos importante le damos, pensando que ya lo arreglaremos o saldremos del entuerto mucho mejor de lo que imaginamos, creyéndonos y haciendo creer a los demás que todo va bien, que sabemos lo que queremos, yendo por el camino correcto, aunque, en el fondo sabemos que estamos muy perdidos y volvemos constantemente a empezar un nuevo camino porque nos asaltan las dudas, las contradicciones y aquellos sentimientos que creíamos tan fuertes, acaban desvaneciéndose como un pluma ligera.

Un trío de intérpretes seguros y firmes en sus composiciones empezando por el aplomo y la seriedad de Laetitia Casta, mujer moderna, gran profesional, y madre enérgica, con la compañía de ese amor del pasado encarnado por Louis Garrel, quizás el personaje más inmaduro en esto del amor, con esa melancolía propia de los que nunca dejan de amar, como le ocurrirá en su reencuentro con Marianne, donde no hay reproches ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, amor sincero, amor de verdad, y finalmente, Lily-Rose Depp, la veinteañera que ama con valentía, como una exhalación, como un torrente sin control, como un viento fuerte que arrasa con todo, quizás demasiado, sin mesura, como esos amores de novela decimonónica, de aquellas heroínas rotas de dolor, del amor romántico que daña y sobre todo, un amor también demasiado voluble, con demasiada prisa, aunque eso sí, los tres aman, eso lo tienen claro, pero con muchísimas dudas, con demasiados impedimentos emocionales, envueltos en un laberinto de idas y venidas, de sentirse perdidos, a la deriva, agobiados y sobre todo, atados a sentimientos que en ocasiones les abruman, les hacen sentir mal y dados a las estupideces, a las inseguridades que atormentan y tantos besos que se dan arrepentidos o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tragedia de Peterloo, de Mike Leigh

EL PUEBLO EN PIE.  

«No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia».

Montesquieu (1689-1755)

La primera imagen de la película define de forma contundente y ejemplar la deriva de aquellos tiempos convulsos del primer tercio del siglo XIX en Inglaterra, cuando en mitad de un campo de la batalla final de Waterloo, que derrotó a la Francia de Napoleón Bonaparte, que estuvo en guerra en Europa durante 20 años, vemos a un jovencísimo soldado completamente perdido y desorientado, abrumado por todo lo que está viviendo, rodeado de un sinfín de cadáveres y destrucción. Esta imagen dantesca nos llevará a la secuencia que cerrará la película, otra batalla cruel y sinsentido, pero en otras circunstancias completamente diferentes. «La batalla de Peterloo», que muchos cronistas de la época definieron como “La masacre de Peterloo”, donde las autoridades británicas arremetieron con contundencia y violencia una protesta pacífica de más de 60000 trabajadores que reivindicaban mejores sociales y económicas. El saldo de la violencia es definitorio ya que hubieron 15 muertos y más de 600 heridos, familias enteras, mujeres, hijos, y transeúntes de cada rincón de Manchester se congregaron en St. Peter’s Field para protestar contra la tiranía de un gobierno despiadado y dictatorial.

El nuevo trabajo de Mike Leigh (Welwyn Hatfield, Inglaterra, 1943) aborda aquellos acontecimientos que significaron un antes y después en las políticas inglesas y desembocaron en una serie de mejoras sociales para los trabajadores, y lo hace desde todos los ángulos posibles, tanto de las condiciones de vida de los obreros, que se hacinaban en las fábricas de algodón con interminables jornadas de durísimo trabajo, las casuchas miserables que compartían familias numerosas, y todo el ambiente de tantos barrios donde se acumulaba la miseria, la suciedad y desprendían un aroma turbio y amargo, filmando de manera sincera e íntima aquellas reuniones de los trabajadores y sus líderes para encontrar formas de protesta y organizarse, pero también, observa al gobierno, a los terratenientes y nobleza, sus estrategias y deshumanización, así como ese rey bufonesco y glotón (que recuerda al Rey Herodes de Jesucristo Superstar), peor no realiza una película plana y manierista, sino todo lo contrario, nos explica con detenimiento y actitud crítica las diferentes distensiones y conflictos que subyacen tanto en el mundo de los pobres como los de arriba, las maneras que tanto unos y otros, desde posiciones radicales y más amables, discuten, se pelean y se enemistan en la forma de afrontar su lucha unos, y otros, en su forma de contenerla y proteger sus intereses y privilegios.

La mirada de Leigh es la de un observador astuto y paciente que ha crecido junto a esa clase miserable y esa otra, más pudiente, y los conflictos que han derivado en esa Inglaterra nacida después de la Guerra,  indagando de manera crítica y en ocasiones, esperanzadora, sumergiéndose en los problemas de los citados, a través de la familia como centro de todo eje social, desde aquella primera película Bleak moments (1972) y los más de 20 títulos restantes que abarcan su filmografía, explorando también esa clase media británica surgida después de la Segunda Guerra Mundial, sus miedos e inseguridades dentro del neoliberalismo. Un cine serio y honesto, nada complaciente, que estudia de forma íntima y brutal todas las miserias que flotan en la superficie de una sociedad ensimismada en el individualismo y la competitividad, y alejada del humanismo y la empatía social, ensalzados en una carrera vertiginosa y terrible para ver quién llega primero sin saber porqué motivo, donde brillan de forma ejemplar la elección de sus intérpretes, que desprenden naturalidad y compromiso, y la magnífica dirección de Leigh sabiendo sacar sus miradas, detalles y gestos más profundos.

Son ejemplos de esta idea de retratar a los más desfavorecidos y sus relaciones conflictivas con las clases medias en obras magníficas como Indefenso (1993) donde indagaba en los invisibles de la sociedad, en aquellos que sobrevivían en condiciones miserables, en Secretos y mentiras (1996) se centraba en el reencuentro de  una madre con su hija biológica que dio al nacer, en Todo o nada (2002) se sumergía en uno de esos barrios feos y pobres de cualquier ciudad inglesa para retratar a una familia alejada de sí misma y a la deriva, en El secreto de Vera Drake (2004) se trasladaba a la posguerra británica para hablarnos de una madre que practicaba abortos de forma clandestina y la relación difícil con su familia, en Happy-Go-Lucky (2008) narraba a una mujer optimista que contagiaba hasta los más reticentes, en Another Year (2010) se centraba en un matrimonio sesentón de clase media y su egoísmo en pos de una amiga necesitada, en Mr. Turner (2014) ambientada en el primer tercio del siglo XIX, como La tragedia de Peterloo, seguía al famoso pintor de la luz, en su inconformismo, su soledad y su relación con un mundo lleno de prejuicios y canónico.

El cineasta británico compone un mosaico complejo y brillante, basado en un hecho histórico y mezclando personajes reales con otros inventados, sobre aquellas semanas previas a lo sucedido en aquella mañana del 16 de agosto de 1819 en Peterloo, asistimos a los preparativos de aquel fatídico día, un día que significaba una celebración para los más necesitados, un pueblo demasiado hambriento y apaleado que querían protestar ante tanta inflexibilidad y tiranía de las autoridades, más interesadas en mantener sus privilegios a toda costa, en pos de una población empobrecida y esclavizada. Leigh se ha convertido en un cineasta fiel que ha construido un gran equipo de colaboradores que le acompañan en sus trabajos, como la maestría de Suzie Davis, tercera película juntos, en su concepción del espacio, en el detalle del decorado y el objeto para afianzar aún más la proximidad y la perfección de la película, con ese vestuario obra de Jacqueline Durran (7 trabajos juntos) envejecido y natural, o la caracterización de los personajes obra de Christine Blundell (12 películas junto a Leigh) con esas caras sucias y duras por el trabajo y tantas desilusiones, la excelente partitura de Gary Yershon, otro de sus grandes colaboradores con 8 títulos juntos, que indaga en la idea de mostrar e ilustrar sin perder la dignidad de aquello que se cuenta.

La excelsa edición de Jon Gregory (tres décadas junto al director) en una película de 154 minutos, que nunca apaga su ritmo y mezcla con naturalidad lo duro con lo ilusorio de la reivindicación. Y por último, la luz de Dick Pope (10 películas juntos, un cine de Leigh imposible de admirar sin el trabajo de Pope) sombría y oscura de buena parte de la película, con ese barroquismo de los pudientes, con el color rojo de la casaca del joven soldado retornado, que presagia los malos vientos que arreciarán en el tramo final. La extraordinaria secuencia del final, filmada al detalle, de la intimidad a la épica del momento, sin banderas ni trompetas, sólo personas de todas las edades intentando demostrar a la tiranía su oposición, un caos de violencia que Leigh filma de forma brutal y contundente, en la que asistimos a la mayor barbarie que podemos contemplar, cuando el estado arremete contra los suyos, contra sí mismo, para seguir utilizando las leyes y la justicia contra el más débil, un terrorismo de estado en que la película no duda en mostrar su posición, eso sí, sin realizar un muestrario panfletario de los más débiles contra el poder, sino indagando en las causas, circunstancias y demás intereses tantos de unos y otros, eso sí, en las batallas entre David contra Goliat a lo largo de la historia, raramente existe una piedra milagrosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Donbass, de Sergei Loznitsa

EL INFIERNO ERA ESTO.

“El arte y la educación son los únicos bastiones de resistencia que permanecen. Si queremos preservar nuestra civilización, si queremos preservar la civilización europea, debemos preservar el arte, promover el arte, estudiar arte y hacer arte. No solo cine, arte en general. El arte es lo único que tenemos para sobrevivir en estos tiempos convulsos”.

Sergei Loznitsa

Buena parte de la carrera cinematográfica de Sergei Loznitsa (Brest, Bielorrusia, 1964) está dedicada al documental, unos trabajos de corte poético en los que rastreaba el mundo rural contemporáneo e histórico, durante el período de la Segunda Guerra mundial, a través de sus gentes, cotidianidades y formas de vida y trabajo, desde su primer trabajo en La vida, el otoño (1998) hasta Bloqueo (2006). En los últimos años, ha compaginado el documento con grandes obras sobre la Segunda Guerra mundial y el holocausto en trabajos como Austerlitz (2016) o Victory Day (2018), y en su particular visión sobre la Ucrania actual y su modus operandi, en títulos como en el documental Maidan (2014) sobre los disturbios acaecidos en el país durante el 2013 y 2014, o en Sobytie (2015) sobre el frustrado intento de golpe de estado en la URSS de Gorbachov, y en obras de ficción como My Joy (2010) donde volvía a ofrecer una visión incisiva sobre el mundo rural,  En la niebla (2012) en la que se trasladaba a la lucha contra el nazismo de unos partisanos bielorrusos o en Krotkaya (2017) donde a través del relato de una mujer buscando a su marido destapa una sociedad corrupta y a la deriva.

En Donbass sigue hablándonos de ese estado en descomposición, podrido y corrupto, situándonos en la guerra de 2014 y 2015 entre el gobierno de Ucrania y los separatistas prorrusos, en el territorio del este del país, a través de 12 episodios, donde con herramientas del documental, nos sumerge en una visión triste y demoledora de la situación de la Ucrania actual. Loznitsa recorre ese universo desde la mirada del cineasta observador, componiendo un caótico calidoscopio de las miserias humanas, en el que observamos con detalle todo esa mugre y terror que se respira en un ambiente opresivo, desordenado y bélico, porque aunque vemos pocos enfrentamientos, los que vemos son terribles, donde nos ofrecen una visión de una guerra sin fin, una guerra que nunca acabará, que invadirá el interior de los personajes, formando de su cotidianidad más tangible.

El cineasta bielorruso se mueve a través de diferentes espacios, desde esos soldados que se retratan orgullosos encima de un carro de combate a esos refugiados que se ocultan en una agujero negro lleno de miseria y podredumbre, o esos otros que caminan entre barro, sangre y nieve sin rumbo ni destino, o esos pasajeros que son humillados y vilipendiados por unos soldados cansados y hambrientos, o los demás allá que insultan y golpean a un soldado ucraniano, ese que le roban el vehículo en pos de las necesidades del estado, aquellos que celebran una boda al más puro estilo esperpéntico y hortera. Un mundo de contrastes, de realidades extrañas y grotescas, de una atmósfera rodeada de corrupción, impunidad y falsedad, donde se cuentan verdades que en realidad son falsas, y al realidad se oculta, se esconde y se manipula, en que la población intenta o se mueve por esa realidad entre un laberinto de desorden y problemas donde todo se antoja vacío e inútil.

Loznitsa imprime una atmósfera de realismo y naturalidad que duele, con una violencia brutal y sádica cotidiana, construyendo un infierno cotidiano en lo más íntimo y cercano, en una poderosa y contundente tragicomedia donde cada cosa que vemos y sucede parece fantasmagórica, como si esos habitantes que van de un lado a otro fueran zombies sin vida ni nada, en una realidad o no crudísima, infernal y malévola, donde el gobierno y los soldados campan a sus anchas y saquean todo aquello en pos de la nación y la libertad. La película observa una realidad, doce realidades fragmentadas, pequeñas historias del sentir de la población ucraniana, en que todo parece a punto de estallar, donde estar a salvo parece un milagro, donde todo puede pasar en cualquier momento, con ese aroma tan característico que rodeaba películas como La escopeta nacional o La vaquilla, de Berlanga, donde el ambiente bélico estallaba en cualquier rincón por pequeño que fuese, entre lo esperpéntico y lo cruel, o la caída de un régimen daba pie a otro con otras caras y nombres, pero a la postre igual de corrupto y miserable. Loznitsa ha construido un fresco actual de la Ucrania de posguerra, un país roto, enfrentado y fatalista, donde nada ni nadie está a salvo, donde unos y otros, aprovechan las circunstancias para saquear al prójimo o simplemente humillarlo en pos de ese país que se construye en el aire a cada instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck

NO APARTES LA MIRADA.

Hace trece años, la película La vida de los otros, sorprendió a propios y extraños con una historia ambientada en la RDA de los años 80, en la que un agente de la Stasi espiaba a la pareja formada por un reconocido escritor y una actriz. Una película que describía un tiempo, un lugar y las relaciones oscuras y contradictorias que se vivían en una atmósfera opresiva. Detrás de todo esto descubrimos a su director, Florian Henckel von Donnersmarck (Colonia, Alemania, 1973) que recibió elogios de todo el mundo. Sorprendió con su siguiente película The Tourist (2010) lanzándose al mercado de Hollywood con un producto sin más acompañando a dos star como Jolie y Depp. En su tercera película, La sombra del pasado, vuelve al marco de La vida de los otros, en una película que recorre casi treinta años de la historia de Alemania que arranca en el año 1937 con los nazis en el poder, seguirá con la Segunda Guerra Mundial, el fin del Tercer Reich, la temible posguerra, el exilio en la Alemania del Oeste, y finalmente, la consagración como artista en 1966 del protagonista Kurt Bartnert, personaje basado en la figura del artista alemán Gerhard Ritcher, si bien la película no es una biografía al uso, se recogen varios momentos de su agitada existencia desde su infancia hasta su edad adulta.

El cineasta alemán nos convoca en una película de 190 minutos, en la que abarca varios temas como la familia, donde se instala el cariño y la comprensión, pero también, la mentira y la hipocresía, las consecuencias de los errores del pasado, en la figura del Professor Seeband, antiguo médico nazi que asesinó y esterilizó a cientos de mujeres aquejadas de problemas mentales o físicos, que intenta limpiar su pasado alimentando su nueva posición política en esa Alemania del Este, ahora socialista y hermanada con los soviéticos. Y finalmente, el arte visto desde varios prismas, como propaganda y recuerdo histórico en la RDA cuando empieza el joven Kurt, y más tarde, en Dresde, como expresión artística y humanista que habla de nosotros y todo aquello que nos rodea, como herramienta eficaz y necesaria para enfrentarse a los males que nos acechan y así encontrarnos con nosotros mismos y perdonarnos.

El relato se centra en las relaciones personales, arrancando con la de Kurt de niño y su tía, Elisabeth May, que le abre el mundo al conocimiento del arte y su valor como pintor, una tía que, debido a sus problemas mentales, será internada en un centro y posteriormente, esterilizada y asesinada por el equipo del Professor Seeband, y más tarde, cuando el joven Kurt estudia en la escuela de arte conocerá a Ellie, una hija de Seeband, de la que se enamorará, desconociendo los dos el terrible secreto que los acecha. Una película de idas y venidas, de personajes que constantemente tienen que empezar otra vez, hacerse su propio camino dentro de la desestabilización que primero provocaron los nazis, la guerra, y después la división en dos de un país, y las dos zonas delimitadas entre un mundo y otro, y como los individuos vivían, o más bien, sobrevivían en ese caos social, económico y cultural.

Henckel von Donnersmarck centra su película en la figura de Kurt Bartnert, sobrino de tía asesinada por los nazis, hijo de profesor represaliado por haber sido nazi y desahuciado en la posguerra, y los descubrimientos del joven en la escuela de arte, destacando en la sobriedad y delicadeza en su trazo y erigido por la RDA como un gran muralista de propaganda política, luego el exilio y descubriendo otro mundo en la RFA y convirtiéndose en uno de los artistas más reputados de su tiempo, yendo cada vez más allá y sabiendo que en el arte no hay reglas, ni normas, sólo emociones y profundidad, creando un arte libre, humanista y comprometido. La película maneja con audacia el tempo histórico, como la síntesis explicativa que hace del período de la Segunda Guerra mundial, con esos aviones sobrevolando el pequeño pueblo donde vive Kurt y su familia, o los grandes cambios sociales y culturales que se van desarrollando tanto en una Alemania como otra, sumergiéndonos con naturalidad en esa atmósfera cotidiana y familiar con tintes de thriller, en el que sabremos constantemente el peligro y la terrible verdad que acecha a la joven pareja que protagonizan una delicada y sensible historia de amor, viviendo en esa buhardilla como los enamorados de Cold War, en el que su sencillez y austeridad material contrasta con esas ansias de libertad personal y creativa que mantiene Kurt.

El director alemán opta por el excelente músico Max Richter (autor de obras tan maravillosas y contundentes como Vals avec Vashir, de Folman, Sutter Island, de Scorsese, o los trabajos de Villeneuve, entre otros) en una partitura que sabe manejar con soltura los momentos más alegres con los amargos, sin caer en estridencias ni nada que se le parezca, haciendo de la sutileza su mejor aliado, en un relato duro y amargo sobre el olvido y lo necesario de recordar, en la que nos habla de frente a los males pasados e invita a la reflexión, a no apartar la mirada, a mirarlos de frente, a hacer examen de conciencia, a enfrentarlos y enfrentarse a uno mismo, a construirse constantemente sin obviar ese pasado oscuro y terrible que también nos ha llevado al momento justo en el que estamos, en una película llena de laberintos históricos y personales, donde la historia y la vida cotidiana se mezclan y confunden en un fresco histórico que recuerda a Heimat – La otra tierra (2013) de Edgar Reitz, en la que se recorría la historia de Alemania del siglo XIX a través de unas familias de un pueblo ficticio.

Un reparto magnífico que dan vida a unos personajes humanos, unos y ambiguos, otros, encabezados por Tom Schilling dando vida a Kurt, un espíritu libre que se ha ido labrando su vida y su arte desde abajo, confiando en su instinto y en el amor hacia Ellie, Sebastian Koch interpreta al Professor Seeband, que ya fue el escritos espiado en La vida de los otros, un ser oscuro que oculta un oscuro pasado e intenta lavar su imagen en el nuevo país socialista, y Paula Beer, que fue la joven que espera pacientemente a su enamorado de La Gran Guerra en Frantz, de Ozon, interpreta a la hija de Seeband, que desconoce el pasado del padre, y mantiene un amor puro y libre con Kurt, dos enamorados en ese mundo que oculta tantas barbaridades, el amor convertido en ese paraíso indomable para soportar los males del ser humano, o al menos llevarlos de de la mejor manera posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La caída del imperio americano, de Denys Arcand

EL FILÓSOFO, LA PROSTITUTA Y EL CEREBRO.

“Los signos del declive del imperio abundan, la población que desprecia sus propias instituciones, el descenso de la tasa de natalidad, el rechazo de los hombres a servir en el ejército, la deuda nacional incontrolable, la disminución constante de las horas laborales, la proliferación de funcionarios, la decadencia de las élites. Una vez esfumado el sueño marxista leninista, no queda ningún modelo de sociedad del que se puede decir, así nos gusta vivir. Y a nivel individual de no ser, un místico o un santo, es prácticamente imposible encontrar un ejemplo que nos sirva de modelo. Lo que estamos viviendo es un proceso de erosión general de toda la existencia” (Dominique en El declive del imperio americano)

La filmografía de Denys Arcand (Deschambault, Quebec, 1941) se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera arrancaría en 1962 con Seul ou avec d’autres y abarcaría hasta el año 1980, con títulos de carácter social en el que profundizaba en los problemas de los trabajadores, sus derechos, obligaciones  y contradicciones. A partir de la fecha citada y con la decepción originada por el resultado del referéndum sobre el Quebec, el cineasta canadiense abre una nueva vía en su cine en la que emprenderá la “etapa americana”, según sus palabras, ya que explorará los diferentes problemas emocionales, sociales, económicos y culturales de la clase burguesa.

En 1986 con El declive del imperio americano, cosecharía un enorme éxito de crítica y público, centrándose en las peripecias de un grupo de profesores universitarios y sus amigos envueltos en una jornada, que a través de exquisitos diálogos se evidencian las enormes diferencias entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, y sobre todo, en el amor y en el sexo, convirtiéndose la película en todo un fenómeno social por su contundencia en criticar a tumba abierta la reinante hipocresía, superficialidad, banalidad y cinismo de una sociedad enferma, falsa, deshumanizada y carente de cualquier valor humano, y sobre todo, en caída libre, sin nada que hacer ante tanta mercantilización de todo. En el año 2003 con Las invasiones bárbaras, retomaría los mismos personajes y la casa en cuestión para acercarnos a los restos del naufragio de una generación a la deriva, perdida, vacía y torpe en todos los sentidos, a nivel laboral, social y humano, en una sociedad que escarbaba sin tapujos en su propia descomposición y compasión, como aquel que ya ni ríe de su propio egoísmo y banalidad, solo esperando su desaparición sin más, rodeado de un entorno lleno de espectros y casas podridas.

Siguió con La edad de la ignorancia (2007) y El reino de la belleza (2014) dos exploraciones más aún de esa sociedad capitalista vacía y muerta, en estado vegetativo donde todo vale y nada tiene el más mínimo sentido, en el que todo está en venta con el único fin de amasar dinero y comprarlo todo, un tiempo sin referentes ni modelos donde la supremacía del dinero se ha convertido en el sentido vital. En La caída del imperio americano, Arcand vuelve a ser el cineasta espejo de su tiempo y continúa disparando a diestro y siniestro atacando a todo el sistema capitalista, en el que los EE.UU. sería ese imperio americano invasor y malvado que destruye todo atisbo de humanidad del mundo, como hizo aquel otro imperio romano en su tiempo. El veterano cineasta sacude con vehemencia, pero también con humor, quizás nos invita a reírnos no para solucionar el acabose general, sino para llevar mejor esta tragedia en la que vivimos, o algo parecido. Viendo el arranque de la película, más propio del thriller setentero o alguna de Tarantino, donde en mitad de un atraco perpetrado por dos jóvenes delincuentes que están robando a quién se lo pide, ya que a su vez, quiere robar el dinero de las élites para los que trabaja, aparece un tercer atracador con la intención de robar a los primeros atracadores, y se origina un intenso tiroteo que acaba con la vida de dos atracadores y escapando un tercero. Y en esas, y aquí entraría la comedia de Tati o Lewis, aparece un repartidor y al ver dos mochilas repletas de millones de dinero, las introduce en su furgón y hace ver que no sabe nada.

A partir de ahí, todo se retuerce aún más si cabe, porque el repartidor se trata de Pierre-Paul Daoust, un tipo joven amante de literatura y doctor en filosofía que reparte para ganarse la vida dignamente, y ante tal cantidad de pasta, decide contratar la compañía de Aspasia, una prostituta de lujo que en realidad se llama Camille, de la que se encariñará y mucho, y también, contactará con Sylvain Bigras, un reputado estafador que acaba de salir de la cárcel para sacar el dinero del país sin que la policía que le pisa los talones los detenga, mientras los gánsteres agudizan el ingenio para ajustarse las cuentas. Contado así parece una comedia rocambolesca como aquellas que hacían en Italia en los cincuenta y sesenta, pero Arcand con su ingenio demostrable, nos atrapa con su aparente sencillez y ligereza, aunque toda su apariencia oculta una crítica feroz y amarga a la estructura económica que mueve el mundo capitalista, una fábula socio política en que todos se mueven por dinero, por el poder y la belleza del dinero, por el “vil metal” que le llamaba Don Lope, el protagonista de Tristana, primero con la pluma de Pérez Galdós y luego con la cámara de Buñuel, ese material tan preciado convertido en nuestros tiempos en principio y fin de todo, donde el ser deshumanizado da su vida y todo lo que tiene por conseguir algunos fajos de ese bien actual, para unos pocos, la vida, y para la gran mayoría, la fuente incesante de tragedias y desgracias infinitas.

Arcand nos presenta tres individuos entre el vacío, la frustración y el no sentir personal, enfrascados en este berenjenal, tres almas que en apariencia no se meterían en un embolao de tamañas características, pero las circunstancias les han puesto delante una indecente cantidad de dinero que los podría retirar de por vida, pero eso sí, con cabeza, con mucha cabeza. El realizador canadiense enmarca su cuento moral en la actualidad, en la estrategia que siguen estos tres “robin hoods” de nuestro tiempo para salirse con la suya, moviéndose con pies de plomo, y centrando su plan en minuciosos movimientos para no alertar ni a los polis ni a los dueños del parné. Los seguiremos por todo tipo de ambientes, desde almacenes donde dejar mercancía comprometida, parques turísticos que pasan desapercibidos, comedores sociales donde echar una mano, apartamentos de lujo que antaño fueron ideas de hogar no consumadas, almacenes sin uso desde la calle peor en funcionamiento desde dentro, y oficinas lujosas donde los magnates del “Money” mueven la pasta con un par de ordenadores y un teléfono, y nos cruzaremos con tipos de toda clase social como los tres susodichos protagonistas, socios por necesidad, polis frustrados con aires de grandeza y con sentido moral y legal, matones duros, caras visibles de los poderes que mueven los hilos, muy podridos y salvajes, sin techo que no tienen nada y sueñan con una sonrisa amable, y banqueros y movedores de dinero, jefes e intermediarios que conocen la ley y toda su incongruencia, estupidez e inutilidad, leyes que hacen ilegal lo banal, aquello que se mueve en lo más cotidiano, y por el contrario partida, protegen las grandes cifras y los dueños de estas.

La película se maneja entre extremos, desde sus espacios como sus personajes, todos parecen interpretar su rol, representar un mundo ajeno al real, o quizás, ya no hay mundos reales o al menos no como los había hace miles de años, y ahora, todos, exclusivamente todos, interpretamos un personaje, alguien muy ajeno a nosotros, porque nuestra identidad se ha esfumado o ya no la recordamos, porque el dinero y la su consecución se ha convertido en la realidad de nuestras vidas, en lo único real de nuestras existencias vacías y sin sentido. Arcand nos habla de drama real, de comedia al estilo Estudios Ealing, donde unos cualquiera, un frustrado filósofo más perdido y agobiado que todo, ahogado en su propia existencia acaba fornicando y luego relacionándose con una joven prostituta igual de perdida que rechaza constantes propuestas de matrimonio de viejos decrépitos que engañan a sus esposas siliconadas, y ex convictos cerebritos del dinero (magnífico en su personaje el intérprete Rémy Girard, actor fetiche de Arcand que ya era el salido sin escrúpulos de El declive del imperio americano, y el enfermo de cáncer amargado de Las invasiones bárbaras) que saben manejarse entre aquellos poderosos en la sombra sedientos de pasta, y aquellos otros mindundis que se dejan llevar por inesperados golpes de suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ballad from Tibet, de Zhang Wei

DERRIBANDO BARRERAS.

El sistema en su afán de categorizar y etiquetar a todos impone una sociedad clasista, injusta y llena de diferencias y obstáculos, a los que las personas más vulnerables, ya sea en el aspecto económico, social, cultural, físico o emocional son las que padecen esa sociedad de primeros y terceros mundos, una sociedad que se rige por la superficialidad, la insolidaridad y atenta contra todo aquello que etiqueta de diferente, extraño o enfermo. Cuatro niños son los protagonistas de esta historia, cuatro niños diferentes al resto, empezando por Thumpten, que ve de manera disfuncional por uno de sus ojos, con el otro no ve nada, sus tres amigos completamente ciegos son Droma, una adolescente guapísima que se niega a ser tejedora y una más en su casa, y persigue su sueño de cantar a pesar de las imposiciones familiares, también está Sonam, un masajista bien valorado pero ama tocar su instrumento ancestral y cantar como sus antepasados, y finalmente, Kalsang, el más pequeño de la terna, que sueña con tocar su flauta artesanal. Los cuatro viven en las montañas del Tibet, y los cuatro sueñan con ir al programa “Deseo cantar”, de la televisión de Shenzhen, que da una oportunidad a todos aquellos que sueñan con cantar, aunque del Tibet a Shenzhen hay una distancia enorme, pero los cuatro amigos, ocultándoselo a todos, incluso su profesor, deciden lanzarse a la aventura y viajar hasta Zhenzhen e ir a cumplir su sueño, a pesar que no será una tarea ni mucho menos fácil.

El director Zhan Wei (Hunan, China, 1965) ha construido una filmografía en la que mira hacia las clases más marginales de su país, sumergiéndose en sus vidas más cotidianas y en los problemas que los acechan, visibilizando sus reivindicaciones y denunciando sus condiciones desfavorables de vida. En su quinto trabajo mira hacia los niños invidentes, basándose en un caso real cuando un grupo de niños ciegos cantaron en el “China’s Got Talent”, cosechando un gran éxito. Wei nos sumerge en una película humanista y sincera, en un relato honesto sin estridencias argumentales ni nada por el estilo, huyendo del sentimentalismo y la compasión, experimentando con el viaje de estos chavales enfrentándose a los múltiples obstáculos que se encontrarán en su particular odisea, en el que cada barrera de la naturaleza se convierte en un reto para ellos, y para la relación que se torna difícil, entendiendo que se necesitan unos a otros si quieren arribar a buen puerto con su dificultosa empresa.

Wei nos habla de solidaridad, fraternidad, amor y libertad, de valores que parece que muchos han olvidado o los entienden a su manera, que resulta muy alejada de la realidad social que muchos viven en su cotidianidad. La narración tiene ritmo y pausa, tiene ese aroma de road movie, del camino como descubrimiento, crecimiento y reto personal, en el que nos encontraremos personajes solidarios y profundos, donde también habrá sus diferencias y formas de ver el problema de los niños. La sinceridad y autenticidad que emana la interpretación de los cuatro adolescentes invidentes consigue sumergirnos con naturalidad e intimidad en su odisea, mostrándonos sus miedos e ilusiones, en todo aquello que los hace ser como son, en el que los cuatro amigos seguirán firmes en su idea, caminando sin detenerse, y encontrándose a unos y otros que les ayudarán como un pastor que los alimenta y los guía, o la flota de moteros que los transporta un rato o el joven productor de televisión que se solidariza con su causa, llevándolos al programa y enfrentándose a su jefa para ayudarles, y sin olvidarnos de su profesor que también va en su búsqueda.

La película rinde tributo a lo diferente, a los que viven de forma alejada al resto, a mirar de frente la adversidad, la enfermedad y las herramientas que manejan los ciegos para tener una vida plena y dichosa como cualquier ser humano, venciendo sus barreras personales y sociales, quizás estas últimas son las más terribles, ya que los confinan a una vida solitaria y vacía, muy alejada de sus sueños, de sus formas de ser y su manera de entender su discapacidad y saber que solo ellos tendrán que vencer a unos y otros para así ser quiénes sueñan con ser. La película se ve bien, con buen ritmo y personajes atrayentes y sutiles como los niños, acompañando los majestuosos paisajes del Tibet, y confrontando la realidad rural con la urbana, y sobre todo, la necesidad de confiar unos de otros, alejándose de todo aquello que nos diferencia, y siendo capaces de disfrutar de la vida y reírse de ella sin tener que compadecerse de uno mismo. Una película bella y honesta, profunda e íntima, que nos habla de valores que tristemente han sido relegados a otros, a aquellos invisibles por tener una discapacidad, esta película nos habla de ellos, de sus ilusiones, sus sueños y todo aquello que bulle en el interior de cualquier adolescente que sueña con cantar y expresar todo su interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Winter Flies, de Olmo Omerzu

LA ESCAPADA DE NUESTRAS VIDAS.

El arranque de la película deja bien claro por dónde irán los tiros y nunca mejor dicho. Vemos a Hedus, un chaval de 12 años vestido de camuflaje y con fusil en mano, en plan de misión secreta por el bosque y buscando una posición cómoda que encuentra en unos grandes tubos de obra. Se acomoda y apunta a los automóviles que vienen de frente, y seguidamente, descargará toda su rabia agitando el gatillo con vehemencia. La ráfaga de disparos sale despavorida en forma de ruido incesante, propio de las armas de imitación. Quizás podríamos pensar que se trata de una chiquillada sin más, aunque la acción esconde algo más, la propia naturaleza escondida del chaval, el sueño de Hedus de convertirse en un soldado profesional en misiones secretas. De repente, Hedus salta de su escondite y detiene a un automóvil, y se dirige a su conductor,  Marek, un chaval de 14 que ha robado el coche, un viejo audi y se dispone hacerle kilómetros. Finalmente, Hedus sube al vehículo y los dos desaparecen carretera abajo. El cineasta Olmo Omerzu (Ljubljana, Eslovenia, ex Yugoslavia, 1984) arrancó su carrera en el largometraje con A night too young (2012) en la que se centraba en la primera experiencia sexual de dos adolescentes en una gélida celebración de Nochevieja, le siguió tres años después, Family Film, en la que exploraba una tragedia en el seno familiar.

Ahora, vuelve a mirar al mundo de la adolescencia y los deseos e ilusiones que ese tiempo comportan en dos chavales que sueñan con alistarse a la Legión francesa. Ahí es nada. Y lo hace a bordo de un viaje por el gélido invierno de la República Checa, por esas carreteras comarcales, cruzando pueblos y pequeñas ciudades perdidas en el mapa, deteniéndose en esos lugares de las afueras donde pasar la fría noche, y soñando con una realidad menos dura o más amable. Omerzu se centra en dos adolescentes, Marek y Hedus, uña y carne, amigos para siempre, o al menos a esa edad así se siente, que han cogido carretera y manta y se han lanzado a su aventura, con la inconsciencia y el ímpetu propios de la edad, entre juegos y la valentía de esa edad en que empiezas a dejar la infancia para convertirte en un adulto, un tiempo de transición, donde todavía no has decidido que serás, porque todavía lo desconoces, un tiempo incierto, en el que te sientes mayor, pero todavía no lo eres.

El director esloveno plantea una road movie, una película de carretera, que tiene mucho de aventura sin fin, o de realidad más dura, a modo de Llueve sobre mi corazón (1969) en que aquella Nat embarazada y perdida emprendía un viaje en coche sin rumbo fijo y se iba topando con individuos a cual más perdido que ella, como les ocurre a los dos adolescentes, cuando se cruzan con un adulto insensato que se deshace de su perro y los niños lo adoptan después de salvarlo, o con Bára, una adolescente de su misma edad, que tiene problemas con su novio y hace autostop, y la recogen con la ilusión que se acueste con ellos dos. Omerzu plantea una narración sobria y sincera, sin estridencias, sobre el choque entre deseo contra realidad, en la que estos dos jóvenes recién salidos del cascarón, desbordan una imaginación sorprendente, inventándose su propia realidad y los hechos de su aventura, como podremos escuchar cuando Marek explica los detalles de su escapada a la oficial de policía Freiwaldova cuando es interrogado, porque la película pivota entre esos dos tiempos, la escapada y el interrogatorio a Marek, en el que vemos antes o después las explicaciones del chico que poco o nada tienen que ver con lo que hemos visto o veremos.

Marek y Hedus son dos chavales que se muestran inocentes en sus ideas y sueños, que chocan irremediablemente con la realidad que se van encontrando, como esas moscas, a las que alude el título, que escapando del frío acaban encontrando su destino. Aunque toda la inocencia que despiertan en sus ilusiones, se ve contrariada por su forma de empatizar con los otros seres que se van encontrando en dificultades, tienden su apoyo a ese perro abandonado o socorren a Bára que encuentran sola en mitad de una carretera solitaria, no podríamos decir que se muestren malvados, sino todo lo contrario, su escapada y el robo del coche son fruto de su edad, de esas ansías de ver mundo, de salir de su entorno desangelado y anodino, de enfrentarse al mundo, de encontrar una aventura que les lleve a otros lugares, aunque acaben siendo igual de fríos y poco reales a como ellos los habían imaginado.

Omerzu se ha acompañado de un buen trío de jovencísimos intérpretes como Tomás Mrvík que da vida a Marek, que todo lo que sabe es por su abuelo, Jan Frantisek Uher interpreta a Hedus, rechoncho y fiel escudero de Marek, al que sigue a pie juntillas, y la tercera en discordia Bára, interpretada por Eliska Krenková, convertida aquí en objeto de deseo sexual de los dos adolescentes, aunque ella tiene otros planes acerca de su relación con ellos. Y la participación de Lenka Vlasáková dando vida a la oficial de policía (a la que ya vimos no hace mucho como amargada cajera de supermercado en Nunca estamos solos, de Petr Vaclav). El cineasta esloveno ha construido una película sobre los sueños e ilusiones de unos adolescentes cuando se tiene toda la vida y el mundo por delante, cuando todavía todo es posible, en ese tiempo en que nada nos detiene, para bien o para mal, un tiempo en que todo es posible, aunque luego la realidad nos contradiga, peor mientras tanto, son nuestros y muy posibles, donde la amistad lo es todo, donde los amigos son nosotros, donde las cosas están ahí para nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/303666557″>Winter Flies Trailer VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/user92268680″>ramon vidal</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>