Entrevista a Iván Massagué

Entrevista a Iván Messagué, actor de la película «El Hoyo», de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Messagué, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a David Desola

Entrevista a David Desola, coguionista de la película «El Hoyo», de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Desola, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El Hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia

ROMPER LAS CADENAS.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

George Orwell

Goreng despierta en el nivel 48 de el hoyo, le acompaña el libro de El Quijote, tiene como compañero de nivel a Trimagasi, un veterano del lugar que conoce al dedillo, o eso dice, la estructura y la vida en el hoyo. La plataforma baja una vez al día con la comida que les sobra a los de arriba y después de unos pocos minutos, continuará su trayecto hacia abajo. Se desconoce el número de niveles, eso sí, una vez al mes se repite la rutina y cambias de nivel. Y sobre todo, reza para que toque un nivel de los de arriba, porque si es alguno de abajo, la escasez de comida llevará a sus habitantes a tomar medidas extremas. La puesta de largo de Galder Gaztelu-Urrutia (Bilbao, 1974) es una metáfora de la sociedad clasista en la que vivimos, donde no existe la compasión ni la humanidad, sino una durísima supervivencia anclada en el egoísmo, la competitividad y el individualismo como únicas formas de sobrevivir en un universo deshumanizado y lleno de miseria y horror. La obra recrea esa inquietante atmósfera austera y desnuda, a partir de esos niveles, con solo dos personajes, uno acabado de llegar y el otro veterano, en el que vamos conociendo tanto lo físico, con esa plataforma que va y viene con comida o no, dependiendo del nivel que te toque, y lo emocional, donde lo psíquico juega un papel muy intenso donde lo humano se verá sometido a las circunstancias de un lugar que puede resultar siniestro y terrorífico.

La cinta hace de su modestia su mejor virtud, planteándonos una estructura sencilla y muy seductora, a partir de un guión obra de David Desola y Pedro Rivero (uno de los autores de Psiconautas, los niños olvidados, una excelente muestra de cine de animación enraizado en la distopía profundizando en las convenciones sociales) que plantea una sociedad jerárquica y aleatoria, donde los de abajo, meros despojos que viven de la basura que tiran los de arriba, asumiendo las condiciones inhumanas de los de arriba, de aquellos que viven en la abundancia, donde la comida se convierte en una alegoría de la sociedad, como el mayor de los tesoros y reflejo de las diferencias sociales. Gaztelu-Urrutia construye una primera parte más estática, donde abundan diálogos y algún que otro falshback en una película muy lineal, y una segunda mitad, más física donde el tiempo avanza más rápidamente, en el que nos propone un juego de múltiples capas narrativas donde a medida que avanza el metraje, nos va abriendo una capa más y descubriendo los terribles secretos que anidan en el hoyo, una especie de cárcel, donde voluntariamente o no, acceden personas de toda condición social, económica y cultural, independientemente del sexo, raza o religión.

Situada a medio camino del thriller oscuro y terrorífico y el retrato social, nos concentraremos en Goreng, un tipo extraño muy diferente a lo que se encuentra en el hoyo, con un libro como compañía, que querrá romper las normas del lugar, aceptando sus reglas pero de manera personal, yendo más allá, intentando encontrar la forma de cambiar una estructura sombría por una más humana, convirtiéndose en ese antihéroe peculiar y raro que pululan por las películas distópicas en las que alguien un día despierta y comienza a caminar diferente al resto y hacerse preguntas y sobre todo, a ejecutar unas ideas revolucionarias y contrarias a todos los demás. La luz tenebrosa y aciaga de Jon D. Domínguez, se convierte en el mejor cómplice para sumergirnos en este retrato alegórico que realiza una crítica demoledora a una sociedad perdida, a la deriva, llena de soledades amargadas e inútiles, donde el amor ha desaparecido, donde reina el odio, la mentira, la venganza y la muerte como únicas formas de subsistencia. La penetrante y extraordinaria música de Aranzazu Calleja da ese toque esencial e íntimo que tanto necesita este tipo de películas.

La película bebe de ese cine psicológico y distópico producido en su mayoría en la serie B estadounidense donde sucesos anclados en la ciencia-ficción servían para retratar la sociedad capitalista y la condición humana a través de sus miedos y paranoias. Un potente cast en el que sobresale la capacidad tanto física como gestual de un Iván Massagué en estado de gracia, en su mejor personaje hasta la fecha, convertido en ese extraño tipo que quizás tiene la forma de cambiar la estructura horrible y mortal de tan siniestro lugar, bien acompañado por Zorion Egilor, que consigue con esa mirada penetrante y esa voz cavernosa enriquecer a un tipo que oculta más que habla. Emilo Buale compone a un ser desesperado, a alguien que emprende un camino salvaje y muy peligroso para alcanzar un sueño que parece imposible. Antonia San Juan es otro personaje desesperado, alguien que ya nada tiene que perder, y sobrevive sin más. Y finalmente, Alexandra Masangkay convertida en esa mujer misteriosa y muda que busca incesante a un hijo que parece no existir.

El Hoyo es un thriller oscuro y extraordinario sobre lo más profundo de la condición humana, que mantiene un pulso narrativo intenso y espectacular durante todo su metraje, sumergiéndonos en una marabunta de emociones, tensiones y conflictos de primer órdago, con ese ambiente agobiante y terrorífico por el que maneja toda la cinta, sin descanso, sin parpadeo posible, sujetándose con firmeza la butaca, dejándonos llevar por este impresionante descenso a los infiernos del alma humana, erigiéndose en una excelente muestra de cine potente y magnífico sobre aquellos miedos profundos que nos atenazan diariamente en una sociedad cada vez más vacía, ajena a las necesidades humanas, donde el amor se compra y donde todo tiene precio, incluso las vidas de las gentes, donde unos y otros viven o podríamos decir que sobreviven soportando unas leyes económicas, sociales y culturales que no les satisfacen y además, los convierten en meros autómatas de sus propias existencias, reduciendo sus vidas a una explotación diaria donde lo material se ha convertido en la felicidad absoluta, donde lo emocional ha perdido su sentido y se ha transformado en meras excusas para regocijarse en la opulencia, la ostentación, el lujo y las posesiones como único bienestar humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las niñas bien, de Alejandra Márquez Abella

SE ACABÓ EL PASTEL.

“Los cubiertos de plata. El gran Magnier. Las copas de vino blanco. No me convencen los alcatraces, quiero que me los cambien por tulipanes. Le pido a Mari que le pegue sesenta veces al pulpo porque si no queda duro y es una tristeza. Hay una mariposa negra en la pared de la sala. El jardinero me dice que hay que dejar que se salga sola si no es de mala suerte. Es mi fiesta de cumpleaños. Traigo el vestido marfil que me compré en Nueva York. La casa está preciosa. Llena de gente. Todos me miran. Entre los invitados está Julio Iglesias, se me acerca, me dice que me ama, me toma la mano, me lleva con él a España y vivimos en El Corte Inglés”.

La protagonista de la película se llama Sofía de Garay, casada con un heredero acaudalado y madre de tres hijos pequeños. Sofía es la perfecta anfitriona, ambiciosa, altiva, soberbia y obsesionada con las apariencias y los bienes materiales y la imagen personal. Su vida se reduce a contentar a su marido, ordenar a su servicio, jugar al tenis en el club con sus amigas, asistir a eventos sociales y sobre todo, comprar con el dinero del marido, cuidando al detalle en la burbuja que habita.

Un día, la crisis económica estalla en el México de 1982, encendiendo la mecha de que todo ese mundo de Sofía de Garay tiene los días contados, ha empezado a desmoronarse, pero Sofía seguirá aparentando tranquilidad y paz ante sus conocidas, como si nada estuviera pasando, como si todo su universo quedase intacto ante los problemas económicos. Después de Semana santa (2015) primer largo de Alejandra Márquez Abella (San Luis Potosí, México, 1982) en el que retrataba un viaje familiar que sacaba a la luz tantos secretos reprimidos, que tuvo un gran recorrido internacional, vuelve a la dirección con Las niñas bien, basada en la novela homónima de Guadalupe Loaeza, en la que se lanza al convulso año 1982 para contarnos a modo de crónica social y personal la decadencia de una señora de altos vuelos, contando al detalle las miserias de una clase pudiente mexicana autodestructiva y derrochadora, que ve impotente desmoronarse su castillo de marfil, con un marido inmaduro y cobarde en pleno colapso mental y físico, y unos hijos que empiezan a hacer demasiadas preguntas incómodas con las que Sofía nunca llegó a imaginar.

La directora mexicana nos cuenta su película a través de la mirada de Sofía de Garay, una de esas señoronas insoportables y superficiales que tanto habitan en esos espacios de riqueza abundante y poco más. Una mujer que cuida todos los detalles superfluos y aparentes que tanto se valoran en su mundo, en ese universo alejado de la realidad, ajeno a todos los problemas, o quizás no tanto, como demostrarán los acontecimientos que Sofía se niega a ver, a continuar con su mentira cuando la realidad comienza a ser devastadora. Ese mundo de cuento, de pétalos de rosas, música romántica y champán, al ritmo de la música de Julio Iglesias, con el que Sofía fantasea con una vida al lado del cantante y viviendo en hoteles de lujo, caviar y en El Corte Inglés. La estética naif y pop alimentan el mundo de Sofía, y le quitan amargura y oscuridad a la película, llevándola a ese terreno donde los personajes resultan caricaturas de sí mismas y constantemente el relato cuida los detalles para no caer en la burda crítica o el ensañamiento gratuito, sino describiendo con precisión quirúrgica y aplomo los distintos movimientos y conflictos en los que se va encontrando la caída sin remedio del mundo de Sofía.

Una actriz elegante, inmensa y cercana como Ilse Salas era la guinda del pastel, llevándonos con esa naturalidad que nos sobrepasa, conduciéndonos desde el primer instante, como ese espectacular arranque con esa voz en off, la peluquería y la descripción de los detalles de la fiesta, así como sus movimientos y su forma de mirar a esos invitados que tanto odia, pero a la vez, tanto necesita para seguir reinando en su trono. Márquez Abella ha conseguido hilvanar una película grandiosa a partir de los pequeños detalles, de aquellos que son imperceptibles para el espectador, creando ese universo de apariencias, superficialidad y de vacíos, peor haciéndolo con elegancia, clase y sobriedad, sin convertir a sus personajes en meras figuras, sino yendo mucho más allá y describiendo con valentía y profundidad todo ese mundo clasista que tanto ha vivido en México, y desgraciadamente, en tantos otros países, donde viven ajenos a toda la realidad social, y es de agradecer que la película retrate a una mujer y su reino de cristal romperse, desmoronarse y caerse sin remedio, y cómo la va afectando y lo que trata de mentir y falsear en su círculo social, haciendo creer lo inevitable, agarrándose a la última puerta lujosa aunque ya no quede ni rastro material de la vida que tuvo y sobre todo, de ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Estafadoras de Wall Street, de Lorene Scafaria

LAS REINAS DE LA NOCHE.

“Esta ciudad, este país entero, es un club de striptease. Hay gente arrojando dinero y gente bailando”.

Desde que estalló la última crisis económica mundial, hemos visto muchas películas en las que se retrataba de una forma más o menos precisa, los dramas y tragedias que han sufrido muchos desde miradas muy diferentes y extremas, en algunas de ellas se analizaban desde las perspectivas de los brokers de las finanzas, esos tipos de altos cargos que se hincharon a ganar cantidades ingentes de dinero en el tiempo donde todo valía. Pero todavía faltaba el otro lado del espejo de esos ejecutivos, el devenir de las bailarinas de striptease que los destensaban y los relajaban de sus vidas frenéticas de dólares. Mujeres que durante los años de vacas gordas, también se embolsaron mucho dinero acosta del disfrute de los tipos de taje y corbata y engominados. Pero, que pasó cuando en septiembre de 2008 llegó la crisis y todo bajó o simplemente, las cosas volvieron a una realidad demasiado cruda y triste. Y el dinero despareció. Hustlers (estafadoras en inglés) pone de relieve las vidas y las existencias de todas esas mujeres que utilizaban su cuerpo y su baile para entretener a estos tiburones de las finanzas y nos explica el destino que les deparó después de la crisis, en el que se reinventaron profesionalmente.

A partir del artículo publicado en la New York magazine  titulado  “The Hustlers  at  Scores”  escrito  por  Jessica  Pressler (como ocurriera con The Bling Ring, de Sofia Coppola, inspirada en otro artículo) Lorene Scafaria (Holmdel, New Yersey, EE.UU., 1978) autora de un par de películas enmarcadas en una suerte de comedia dramática en las que habla de segundas oportunidades y de reconciliaciones personales, ha escrito y dirigido una película basándose en las experiencias reales de un grupo de striptease desde el 2007 hasta el 2014, a través de una entrevista a una de ellas, Destiny, de origen asiático, que relata el caso desde que se mal ganaba la vida trabajando en un club de striptease, y conoce a Ramona, de origen latino, que es la gran atracción del local, y enseñará a Destiny todos los trucos y las formas de ganar dinero en ese ambiente. Pero estalla la crisis y a partir del 2008, las cosas se vienen abajo y el tiempo separará a las dos amigas. Scafaria construye una película de continuos saltos en el tiempo, donde las peripecias están contadas bajo la mirada de Destiny, que cuida de su abuela y de su hija pequeña, y la directora estadounidense lo hace con un ritmo endiablado y espectacular, a ritmo de música pop y rock y una steady cam que se va colando en todos los rincones de ese club de striptease que acaba siendo un reflejo fehaciente de la realidad de EE.UU. y del mundo capitalista.

Scafaria retrata ese mundo nocturno de ocio, drogas y sexo, donde la pasta va marcando el desenfreno y los aparentemente límites, que se sobrepasan constantemente. La cinta planteada como dos partes bien diferenciadas, con un limbo de por medio, en que en su primera mitad nos hablan del club de striptease y cómo hacer cash, el famoso limbo sería ese intervalo entre que llega la crisis en 2008 y cómo Destiny y Ramona vuelven a encontrarse y junto a Annabelle y Mercedes, dos ex compañeras del club, idean una estafa que consistirá en atraer a ejecutivos solitarios de bares lujosos y entre las cuatro drogarles y sacarles toda la pasta posible. Scafaria explica con todo lujo de detalles el timo de las cuatro mujeres, con una mise en scene fantástica y concisa, muy al estilo de las películas de Scorsese sobre gánsteres, con esas maravillosas entradas a cámara lenta frontales o de espaldas, donde estas reinas de la noche hacen valer su talento para despilfarrar a esos incautos podridos de dinero y mostrar ante el mundo esas riquezas y esos objetos materialistas.

Aunque la película no se queda en la superficialidad de ese universo de la noche donde priman la juerga y el dinero, sino que también indaga en lo más profundo y nos sitúa durante el día, donde conoceremos las duras realidades de cada una de ellas, una realidad que se va imponiendo, y conoceremos la parte más personal del cuarteto, sus vidas, sus deseos e ilusiones, sus frustraciones y tristezas, unas existencias vacías que llenan con materialismo y ese peculiar cuento de hadas que se tornará en pesadilla,  a la que se añadirán algunas “colaboradoras”, que no resultarán del todo recomendables, todas ellas secuencias filmadas con nervio y apoyándose en un tono muy sombrío, donde los conflictos entre ellas se van sucediendo y los timos no siempre salen como esperaban, metiéndose en situaciones difíciles. Scafaria se centra en la relación de amistad de Destiny y Ramona, en sus experiencias conjuntas, y en sus idas y venidas, y en como los lazos construidos se van resquebrajando cuando aparecen los problemas y la policía. Scafaria impone una película detallista y llena de glamour y tinieblas, donde los espejos brillantes, la purpurina, los zapatos de tacón, los vestidos de seda brillantes, y las joyas de infarto, se volverán contra ellas, en una especie de cuento moderno de Cenicienta, y no sólo deberán enfrentarse a ellas sino también a la cruda realidad en forma de delito.

Un reparto magnífico entre las que destacan una estupenda Jennifer López interpretando a Ramona, la líder natural de este cuarteto de estafadoras, una interpretación brillante como los vestidos de lentejuelas que porta, una composición de la estadounidense puertorriqueña que no la veíamos tan grande desde su impresionante Grace McKenna de Giro al infierno, bien acompañada por Constance Wu como la menuda y valiente Destiny, con las agradables aportaciones de Keke Palmer como Mercedes y Lili Reinhart como Annabelle, y la presencia de Mercedes Ruehl como una especie de matriarca mentora de todas ellas. Scafaria ha construido una película de grandes hechuras, bien contada y resuelta, describiendo con detalle y minuciosidad el ascenso y caída de este cuarteto de la noche, donde hay tiempo para todo, pasta, lujo, despilfarro, drogas, sexo, conflictos personales y humanos, y sobre todo, amistad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Oliver Laxe

Entrevista a Oliver Laxe, drector de la película «Lo que arde». El encuentro tuvo lugar el jueves 10 de octubre de 2019 en el hall de los Cines Verdi en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oliver Laxe, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Lo que arde, de Oliver Laxe

CAMINANDO CON EL FUEGO.

“Si hacen sufrir es porque sufren”

Cuanta razón tenía mi querido Ángel Fernández-Santos cuando mencionaba que en las primeras imágenes se condensaban el espíritu y las raíces de la esencia del relato que a continuación nos contarían. Lo que arde sigue ese impulso que sostenía el recordado crítico con su arranque poético y cruel con esas imágenes que abren el tercer trabajo de Oliver Laxe (París, 1982) sobrecogidos por su belleza y dureza, cuando observamos como una máquina va cortando sin ninguna piedad un grupo de árboles eucaliptos, arrasándolos literalmente, en que el mal llamado progreso devasta la naturaleza y por consiguiente, su patrimonio. De repente, esa destrucción se detiene en seco, la máquina queda paralizada frente a un imponente y centenario eucalipto, como si la naturaleza, en su último aliento, todavía tuviese fuerzas para doblegar la codicia humana. La primera película que rueda Laxe en Galicia, después de sus dos aventuras con Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016) ambas filmadas en Marruecos, donde el director residía, el cineasta galego mira hacia su interior, hacia sus orígenes, cuando viajaba los veranos para visitar a sus abuelos en los montes de Os Ancares, provincia de Lugo. Aquella tierra de la infancia se convierte ahora en el paisaje áspero y bello, difícil y dulce, duro y sensible, en el que se desarrolla el relato.

Una historia que arranca con la vuelta de Amador, después de cumplir condena por incendiario, a la aldea junto a su madre Benedicta y sus animales, con el aroma de western, cuando aquellos hijos prodigo volvían a casa, después de conocer la civilización y salir trasquilados, en la piel del Mitchum de Hombres errantes o el McQueen de Junior Bonner. Laxe, a medio camino entre el documento y la ficción, filma con detalle y precisión la cotidianidad del hijo y su madre, cuidando de sus vacas, caminando entre los árboles y los senderos escarpados y agrestes del bosque, subiendo colinas y montes y observando un territorio en continua contradicción, como la relación entre ser humano y naturaleza, un dificultoso enlace entre las necesidades y los intereses de unos contra los elementos naturales que siguen un curso invariable, ancestral y caprichoso. Pero también tenemos el lado humano, ese pueblo que estigmatiza y desplaza a Amador por su condición de incendiario, llevando esa cruz pesada que le ha asignado la sociedad del lugar, como le ocurría a Eddie Taylor en Sólo se vive una vez, de Lang, cuando al salir de la cárcel, intenta sin salida huir de su condición de proscrito.

Laxe arranca en invierno, siguiendo el estado de ánimo que atraviesa Amador, adaptándose lentamente a las condiciones adversas de la estación, con la llegada de la primavera, las lluvias y el frío dejan paso a la luminosidad y el esplendor de un bosque que despierta del letargo hibernal, para cerrar su película con el verano y el fuego como visitante perenne de cada estío, devastando, como la máquina del inicio, todo a su paso, con unos vecinos desesperados intentando salvar sus casas, cuando piensan en ellas como reclamo turístico. El cineasta gallego-parisino se mueve constantemente entre los extremos humanos y naturales, entre aquello que nos atrapa y también, aquello que nos somete, entre lo justo y lo injusto, entre la belleza de la naturaleza y los animales, ante los intereses económicos y el cambio climático que están acabando con el rural, con los paisajes naturales y sobre todo, con la subsistencia de tantas gentes del campo. Laxe lanza una oda hacia estos lugares naturales en vías de extinción, espacios donde la vida se trasluce entre gentes que abren senderos con su caminar diario, que cuidan de los animales y los rescatan de su terquedad o miedo, donde se habla poco y se observa más, donde estos paisajes se ven contaminados con la mano del humano, que encuentra intereses mercantiles en casi todo, como en ese momento doloroso en que Amador y sus vacas se tropiezan con máquinas devastando árboles y recomponiendo la naturaleza.

Laxe nos sumerge en un relato sencillo e intimista, lleno de luz brillante y sombría, en el que indaga sobre la condición humana, sobre el olvido, el perdón, el amor y el estigma, donde la tierra se vuelve tensa e incendiaria, donde todo pende de un hilo muy fino, donde todo puede estallar en cualquier instante, donde las cosas obedecen a una estabilidad frágil. El cineasta vuelve a contar con sus cómplices habituales como Santiago Fillol en la escritura, Mauro Herce en la cinematografía, Cristóbal Fernández en la edición o Amanda Villavieja en el sonido, para dar forma a una película asombrosa, elegante, sobrecogedora y apabullante, tanto en sus imágenes como en su narración, exponiendo toda la complejidad vital de lo humano frente al entorno, un paisaje bello y cruel, con sus cambios climáticos y sus cambios producidos por el hombre, contándonos esta fábula sobre lo rural, libre y salvaje, como lo hicieron en su día gentes como Gutiérrez Aragón en El corazón del bosque, Borau en Furtivos o Armendáriz en Tasio, y tantos otros autores, en que el hombre luchaba contra los elementos naturales y sociales como hacía Renoir en El hombre del sur o Herzog en Aguirre, la cólera de Dios, y ese progreso devastador que aniquila el paisaje para imponer sus normas y leyes que cambian la forma natural con el conflicto que lleva a las gentes que viven de él y los animales que lo habitan.

Una película hermosa y magnífica con esa limpieza visual que ofrece el súper 16, y esos temas musicales que van de Vivaldi a Leonard Cohen, que ayudan a comprender más la complejidad de lo humano que rige la película, para sumergirnos en un universo ancestral lleno de continuas amenazas, a través de Amador, un tipo silencioso y melancólico con ese rostro vivido y marcado por el tiempo y el dolor, con las grietas faciales que da una vida dura y tensa (que recuerda al rostro de Daniel Fanego de Los condenados, de Isaki Lacuesta) junto a su madre Benedicta Sánchez, una mujer sufridora y maternal, que cuando su hijo regresa lo primero que le suelta es si tiene hambre, alguien que ama a su hijo, independientemente de qué se le ha acusado,  un amor maternal sin condiciones ni reglas. Dos intérpretes, que recuerdan a los actores-modelo que tanto mencionaba Bresson, se suman a Shakib Ben Omar, que aparecía en las dos primeras cintas de Laxe, debutantes en estas lides del cine, bien acompañados por sus leves miradas, gestos y detalles, en las que consiguen toda esa complejidad que emana de sus personalidades, de su tierra y su entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amazing Grace, de Sydney Pollack y Alan Elliott

DOS NOCHES INOLVIDABLES CON ARETHA.

“Ser la Reina no se trata solo de cantar y ser una diva no se trata solo de cantar. Tiene mucho que ver con su servicio a las personas.”

Aretha Franklin

No encontramos en el año 1972, más concretamente en dos noches de enero, en la Iglesia Bautista Misionera New Temple en Watts, Los Ángeles, el centro espiritual del reverendo James Cleveland. El lugar elegido por la cantante Aretha Franklin (1942-2018) ya convertida en una de las grandes figuras de la música soul del momento, para grabar su próximo álbum, un disco en directo, que se convertirá en el disco más vendido de la hsitoria de música góspel, en un concierto para la historia donde volverá a sus orígenes cuando cantaba góspel siendo una niña en la iglesia de su padre en Memphis. Warner Bros. decidió grabar la grabación para convertirla en una película aupado por el grandísimo éxito de Woodstock, de Michael Wadleigh, y para ello se contrató al director Sydney Pollack (1934-2008) de moda gracias a su éxito de Danzad, danzad, malditos. Problemas técnicos derivados de la no sincronización entre el audio y las imágenes llevaron al traste la película, que no pudo estrenarse y se almacenó en algún rincón de Warner.

Años después, el productor Alan Elliott, con el beneplácito de la compañía y del propio Pollack, y con la ayuda de la nueva tecnología digital  ha sincronizado todos los elementos y por fin, casi medio siglo después, la película ve la luz. La película en cuestión es un grandioso espectáculo musical que combina 14 canciones góspel cantadas por la gran Aretha Franklin, en solitario o tocando el piano, y en otros temas, acompañada por el reverendo Cleveland al piano y a los coros, conjuntamente con el grupo de músicos de Aretha y el coro The Southern California Community, junto a los parroquianos de la iglesia, que cantan, acompañan con voces, y bailan descosidos todos los temas religiosos que vamos escuchando. Entre el público de la segunda noche podemos observar a Mick Jagger y Charlie Watts, miembros de los Stones, que disfrutan desatados con la imponente voz de Aretha, en un documento único, tanto por su legado musical, histórico y atemporal.

El cine al servicio de la música góspel, con una filmación cruda, a pelo, con múltiples zooms, movimientos bruscos de cámara, y con abundantes planos making of, donde vemos ensayos, pruebas y miembros del equipo filmando, capturando el sonido, incluso el propio Pollack haciendo indicaciones o paseando entre cámaras y metros de cable. 87 minutos de puro espectáculo musical cantando a Dios, a la fe y al compromiso religioso, en un concierto inolvidable, frenético, pausado y lleno de fe y alegría, en un maravilloso encuentro colectivo con momentos riquísimos donde el góspel, la música negra ancestral por excelencia es llevada a los altares no solo a la propia fe personal y profunda de todos los allí congregados, si no a los cielos de la música tradicional, popular y moderna de la mano de Aretha Franklin, una de las cantantes más grandiosas de la historia, inducidos por su poderosísima voz, sus solos magníficos, y sus frenéticos ritmos que acaban contagiando a un público maravillado, motivado y muy entregado.

Con momentos conmovedores cuando el padre de la artista habla al público desde el púlpito donde ella canta y recuerda emocionado la infancia de la artista cuando cantaba y bailaba como una descosida o aquellos instantes en que amenizaba con su arte los servicios de la iglesia de su padre. Una mujer inmensa en muchos sentidos, a parte de su innata capacidad para cantar y para la música soul, nos encontramos a una mujer de 29 años de edad, en la cresta de la ola en el universo musical, reconocida por la industria, por el público y apabullada con innumerables premios, una alma inquieta, humana y de inagotable fe religiosa, que no reniega de sus orígenes humildes y sencillos, sino todo lo contrario, canta para aquella gente en pleno reivindicación social del “Balck Power”, en esa llamada a los afroamericanos de EE.UU., y también, a todos aquellos, sea cual sea su color de piel y condición social, de dejarse atrapar por la música góspel y seguir su ritmo, cantando a Dios como el tema “Amazing Grace” (que da nombre al título de la película) quizás el tema más profundo y personal de todos los que escuchamos en la película, puro talento, puro fervor religioso y esa comunidad, músicos, coro y público dejándose llevar por la música, la letra y esa comunidad todos a una alabando a Dios, a su gracia y a toda esa congregación de almas dispuestas a servir a Dios y a su fe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta siempre, hijo mío, de Wang Xiaoshuai

RETRATO DE UNA FAMILIA.

“El tiempo pasa muy rápidamente, pero la vida sigue”.

Proverbio chino

El universo cinematográfico de Wang Xiaoshuai (Shanghái, China, 1966) está situado en la periferia, en aquellos espacios anodinos y fríos, poblados por gentes corrientes, de vidas sombrías y extremadamente cotidianas, personas que pertenecen a la gran masa de población que trabaja, come y duerme sin más, con existencias invisibles, eternamente desplazados y sin un lugar donde quedarse, sujetos a las reformas políticas, económicas y sociales del estado y las múltiples transformaciones que provoca en sus vidas, en la sociedad que viven, en sus empleos y sobre todo, en su identidad personal. Eso mismo les ocurría a los chavales que tenían una bicicleta como objeto de distensión y división social en La bicicleta de Pekín (2001) y las dos familias obligadas a desplazarse y todos los problemas de clase que sufrían en Sueños de Shanghái, por citar dos trabajos de Xiaoshuai de una filmografía de 13 títulos, en los que siempre ha explorado como los cambios políticos afectan de manera crucial a la vida cotidiana y personal de aquellos que la sufren en silencio, recuperando aquella mención que hacía Gramsci que “Lo humano es político”, en que la persona y su vida están completamente condicionadas al estado, como algo indisoluble.

En Hasta siempre, hijo mío, el cineasta chino, uno de los máximos exponenntes del cine independiente chino, construye un fresco histórico que abarca tres décadas de su país desde los años ochenta hasta la actualidad, situándonos en el marco de una pequeña ciudad sobre dos matrimonios que trabajan en la siderurgia y sus respectivos hijos. Toda esa aparentemente tranquilidad del trabajo diario y lo sombrío de sus vidas, se verá profundamente marcado por la tragedia, cuando Xing Liu, el hijo de Yaojun y Liyun muere trágicamente ahogado en un embalse mientras jugaba con Hao, el hijo de su matrimonio amigo. Este suceso marcará completamente las existencias de Yaojun y Liyun y su relación con el otro matrimonio, donde ella Haiyan, ocupa un puesto de relevancia donde vigila a los demás trabajadores para que mantengan la obligación de solo tener un hijo como marca el estado. La ley del único hijo, la reforma económica de los ochenta y la presión en el entorno cambiarán la actitud, las necesidades y las relaciones entre los dos matrimonios, que obligará a Yaojun y Liyun a poner tierra de por medio y emigrar a una pequeña ciudad costera y empezar una nueva vida alejados de la tragedia y el dolor.

Xiaoshuai construye de forma íntima y profunda un relato sobre el peso del pasado, sobre el hecho de ser padres y las relaciones que se construyen y se rompen debido a esas emociones que se guardan, que no se dicen, que se ocultan a los demás por miedo o por supervivencia, contándonos a través de ese cineasta que observa desde la puerta, de forma invisible, que mira la vida de sus personajes, desde la más absoluta de las cotidianidades, desde lo más íntimo, desde el silencio, desde todo aquello que se guarda silencio, se calla, a través de leves gestos o miradas que sin hablar se dicen todo, un cine humanista, donde lo humano adquiere una presencia palpable, donde todo es conocido, donde todo es tangible, un cine que en muchos instantes recuerda a Yasujiro Ozu, en su sensibilidad para tratar temas profundamente complejos desde un prisma naturalista y muy cercano, explicando de forma íntima todos los conflictos que se sucedían entre padres e hijos con el telón de fondo de los cambios estructurales en la sociedad.

La película nos cuenta en sus 180 minutos intensos y magníficos treinta años de un país, y lo hace con una narrativa desestructurada con continuos saltos en el tiempo, peor con una forma recia y casi inamovible, donde la cámara describe desde el silencio, mostrándose presente y oculta a la vez, relatándonos los dos matrimonios como protagonistas en un relato social, dramático y profundamente conmovedor, pero sin resultar en ningún momento en la condescendencia ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, Xiaoshuai opta por la sutileza y los silencios, describiendo con minuciosidad los espacios, las relaciones y todo aquello que no se dice pero se siente, rebuscando en las emociones palpables y calladas de sus personajes, con esos instantes de puro documento como su descripción de la vida en la fábrica, los exiguos momentos de ocio, con ese baile multitudinario donde parece que la tragedia se puede olvidar por el hecho de no hablar de ella, pero más lejos de la realidad, o esos impagables recorridos por la cotidianidad en el taller de reparaciones, las comidas o los conflictos con ese niño que viene a llenar el vacío del otro, donde la vida y el cine parecen decirnos que no hay vida sin reconstruir el pasado como fue, sin huir de él, sin cortapisas ni tablas de salvación, sino mirándolo de frente, siendo valientes para afrontar nuestros errores para así seguir caminando con dignidad y valentía a los avatares que vendrán en el presente.

Un reparto brillante y profundamente conmovedor encabezado por esa pareja protagonista que tanto recuerdan al matrimonio de Cuentos de Tokio, interpretados por Wan Jingchun y Yong Mei, dos actuaciones memorables, llenas de sutileza y silencios devastadores, como esos instantes en que vuelven a la ciudad y visitan lo que fueron, y les cuesta reconocerse debido a los grandes cambios urbanísticos de la ciudad. Xiaoshuai ha cosido con delicadeza y paciencia un relato amargo y sombrío sobre la vida, sobre todos aquellos que como sus padres trabajaron y fueron sometidos a los designios de un estado que como se explicará en la película sus intereses están por encima de los intereses de los trabajadores, esos trabajadores expuestos a toda imposición legal donde aceptas y te vuelves invisible o simplemente abandonas, dejándolo todo y empezando una vida más mísera y sobre todo, alejada de aquellos que considerabas tus amigos, quizás como explica la película, el tiempo coloca la verdad en su lugar y la vida nos brindará oportunidades para escucharla y reconfortarnos de tanto dolor y vacío. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Richard Billingham

Entrevista a Richard Billingham, director de la película «Ray & Liz», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el lunes 29 de abril de 2019 en el Hotel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Richard Billingham, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.