Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar

UN PAÍS EN LLAMAS.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Miguel de Unamuno

A finales de primavera de este año, el escritor Manuel Vicent describía a Miguel de Unamuno de la siguiente manera: Había pasado la vida luchando contra esto y aquello, pero en el fondo no había peleado más que contra sí mismo, sin otra obsesión nada menosque la de ser inmortal frente a la divinidad. Ese fue su destino. Total, para nada. Unamuno (1864-1936) insigne escritor y filósofo, se pasó la vida oponiéndose a todo, criticando con dureza a todos los gobernantes del país, sea cual fuese su ideología o condición, un pensador firme y sincero, que dudaba constantemente, alguien contradictorio, con continuos vaivenes ideológicos, fue uno de aquellos intelectuales que se opuso a los desmanes de la Segunda República, y pidió, como muchos, una intervención militar para restaurar el orden perdido, aunque también se alzó vehemente contra esos militares que no respetaron el mandato democrático del pueblo, y criticó con toda la dureza a su alcance, los desmanes contra la República y sus seguidores. Una figura de esta naturaleza, ausente en nuestros tiempos, alguien capaz de defender algo a ultranza, y luego desdecirse de sus palabras, admitir sus errores y enmendar tales afrentas y opiniones, es una figura necesaria para un país, alguien con la capacidad de la autocrítica, de la duda, y sobre todo, del pensamiento como única forma para hablar de las circunstancias, de los hechos, admitiendo el error y la equivocación como formas de la razón y lo humano.

Una figura de ese calibre humano se merecía una película, incluso unas cuantas. Hace cuatro temporadas ya tuvimos una película sobre Unamuno, La isla del viento, que relataba aquellos años de exilio forzado del pensador por sus duras críticas a la dictadura de Primo de Rivera allá por los años 20, en la piel del actor José Luis Gómez. Ahora, llega a nuestras pantallas Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) que nos sitúa en la Salamanca del 19 de julio del 36, cuando los militares impusieron el estado de guerra en la ciudad, mientras su rector universitario, Unamuno, y sus dos amigos del alma, Salvador Vila, antiguo alumno del pensador, arabista y profesor universitario, y Atilano Coco, cura protestante, pasean por la ciudad, mientras hablan y discuten sobre los acontecimientos que se desarrollan en la ciudad. Por otra parte, y como un espejo deformante se tratase, asistimos a los entresijos y pormenores que llevaron a Franco y compañía a la península desde sus destacamentos en el protectorado de Marruecos, y los encuentros con otros generales, como Millán-Astray, Mola o Cabanillas, y los asuntos de poder para decidir quién llevaría la nave de la cruzada para recuperar la patria.

Amenábar y Alejandro Hernández (guionista habitual de Manuel Martín Cuenca) se centran en las figuras de Unamuno y Franco, en ese espejo de la figura de Unamuno, en el que vemos a la razón, el pensamiento, y el estudio como formas de vivir y de relacionarse con los demás y el entorno, enfrentado al reflejo de Franco, que representa a esa España violenta, resentida, vengativa y de muerte. La acción arranca con la entrada de las tropas nacionales en Salamanca hasta el famoso enfrentamiento en el paraninfo de la Universidad de Salamanca aquel aciago 12 de octubre, “Día de la Raza”, en el que Unamuno se enfrentó a Millán-Astray con el ya famoso “Venceréis, pero no convenceréis”. Amenábar vuelve a rodar en castellano después de sus dos aventuras desiguales filmadas en inglés que supusieron Ágora (2009) y Regresión (2015) volviendo a una figura real como hiciera con Ramón Sampedro en Mar adentro (2004) también volviendo a aquellos buenos síntomas, tanto en la forma como en el fondo, colocándonos en aquellos primeros meses de la guerra, donde todavía se conocían pocas cosas, donde desaparecían personas sin dejar rastro, donde la intervención militar se irá convirtiendo en una guerra cruel y mortal para el país.

Una naturalista y sombría luz del cinematógrafo Álex Catalán, que debuta con Amenábar, pone de relieve todos aquellos hechos donde Unamuno se veía despojado de sus amigos y por consiguiente de su vida, y cómo van minando la capacidad del pensador ante la deriva que van tomando los hechos hacia una oscuridad y un terror sin precedentes en la historia del país. Unamuno, Salamanca y los hechos por un lado, y Franco, Millán-Astray y los demás juegos de poder de los generales por el otro, con algún (des) encuentro entre ambos espejos, con el suceso en la Universidad como epicentro del relato. Un montaje en paralelo y muy preciso de Carolina Martínez Urbina (responsable de Regresión, y ayudante en Ágora) ayuda a observar con detenimiento y pausa todos los tejemanejes militares y el vaivén de Unamuno, de la esperanza inicial al terror puro, como se describe en esa secuencia donde presencia, muerto de pánico, como se llevan a su amigo Salvador Vila, recordando aquellas palabras del propio Unamuno: “A veces, el silencio es la peor mentira”, y sus inútiles encuentros con Franco para mediar por sus amigos.

Amenábar ha construido una película magnífica, precisa y soberbia, bien documentada históricamente, con todo lujo de detalles, tanto en el vestuario, donde Sonia Grande vuelve a demostrar que es una de las grandes, o la concisa caracterización de los personajes, dotándolos de humanidad, garra y violencia, según se precise. Capítulo aparte merece la interpretación de su extenso elenco, con la firma de Eva Leira y Yolanda Serrano, una de las parejas más importantes del país en este apartado, encabezado por un Karra Elejalde soberbio en su rol como Unamuno, tanto en la vida pública como personal, con un desatado y enérgico Eduard Fernández metido en la piel de Millán-Astray, una especie de Quasimodo de la muerte, bien acompañados por Santi Prego que realiza un Franco a la altura del Juan Diego de Dragon Rapide, film-espejo de Mientras dure la guerra, o el Juan Echanove de Madregilda. Con unos convincentes y cercanos Carlos Serrano-Clark como Salvador Vila y Luis Zahera como Atilano Coco, y el resto de un reparto íntimo y lleno de detalles conformado por Nathalie Poza, como la mujer del alcalde, Patricia López Arnaiz como la hija rebelde de Unamuno, Luis Bermejo como hermano de Franco, Tito Valverde como Cabanillas, Luis Callejo como Mola, Dafnis Balduz como secretario de Unamuno o Mireia Rey como la mujer de Franco.

Amenábar, en su séptimo trabajo, ha confeccionado un relato lleno de complejidad, de maldad, de algo tan de aquí, de esa idiosincrasia tan difícil de entender, una buena película sobre la Guerra Civil Española a la altura de Soldados de Salamina, donde los ecos del ayer siguen resonando con fuerza en el presente. Una historia sobre lo humano y lo más profundo del alma,  retratando un país en llamas, un país roto, dividido y lleno de terror y violencia, incapaz de ponerse de acuerdo, a la gresca siempre, como la pintura de Goya “Duelo a garrotazos o la riña”, quizás la eterna lucha y conflicto de un país hecho a pedazos, con territorios enfrentados históricamente, un país donde no se habla, se discute, como esa secuencia tan real y triste a la vez, donde Unamuno y Salvador Vila discuten y discuten, mientras el plano se vuelve general y los deja a la greña, sin escuchar lo que dicen, para cerrarlo con un Unamuno cansado que pide que vuelvan a casa. Una tierra ensangrentada, incapaz de hablar, dialogar, de entender su heterodoxia, sus diferencias, un mal de antes y de ahora, y desgraciadamente, de siempre, como una pesada carga que somos incapaces de sobrellevar con dignidad y vehemencia sin acabar en las manos, respetándose y aceptando nuestras diferencias y aquello que nos une. Quizás la figura de Unamuno que murió el último día del 36, triste, encerrado en su casa, lleno de amargura y dolor, no solo por su enfermedad, sino por toda esa tristeza y violencia que se cernía sobre España, nos vuelven a traer a la memoria aquellas palabras tan tristes de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cuaderno de Sara, de Norberto López Amado

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS.

Laura, una madura abogada de Madrid, emprende un viaje a lo desconocido y salvaje por el corazón de África, más concretamente por el Congo, con el propósito de localizar a Sara, su hermana pequeña, que ha desaparecido mientras ejercía la medicina como cooperante. Allí, en esa zona hostil y peligrosa, sobrevivirá a las mil y una, con la ayuda de un ex niño soldado, y diversas personas que encontrará por el camino. El cuarto largo de Norberto López Amado (Orense, 1965) es un retrato de una mujer que arriesga su vida y todo lo que tiene, para encontrar a su hermana, casi de manera inconsciente, venciendo sus miedos e inseguridades, y rodeada de un ambiente tremendo, al que tendrá que enfrentarse en este viaje caótico, lleno de peligros y terrorífico. López Amado arrancó con Nos miran (2002) con guión de Jorge Guerricaechevarría, que también escribe la presente, combinando un relato de desapariciones con el thriller psicológico, después su carrera se ha centrado en la televisión, donde ha dirigido series como El internado, Tierra de lobos, El tiempo entre costuras, El príncipe o Mar de plástico, entre muchas otras. Volvió al largometraje con el documental ¿Cuánto pesa su edificio, Sr. Foster (2010), y más recientemente con la pieza de cámara La decisión de Julia (2015) en el que una mujer volvía a rendir cuentas del pasado al que fue su amante, protagonizada por Marta Belaustegui, que aquí se reserva un breve papel.

Laura se planta en mitad del Congo, entre el bullicio y el movimiento sin fin de un país azotado por la guerra y el maldito coltán, uno de los elementos esenciales para fabricar nuevas tecnologías, en el que tendrá que lidiar con todo tipo de individuos, algunos ambiguos como el buscavidas que interpreta Manolo Cardona, uno de esos mercaderes que aprovechan cualquier negocio oscuro para hacer caja, o también, el ex de su hermana, que le prestará un cable cuando más lo necesita, o el chaval ex soldado que le ayudará a sobrevivir en el corazón de la jungla (magnífica la interpretación del debutante Iván Mendes) o la mujer del poblado en mitad de la selva. Gentes diversas, diferentes, que cada uno a su manera, intenta sobrevivir en el reino de la miseria, el hambre y  el terror. Quizás la parte documento que muestra sin enjuiciar, y la relación que mantiene Laura con el chico, y todo lo que viven, resultan los puntos más fuertes del relato, que en momentos, se pierde en situaciones que derivan hacia otros elementos que desvían la atención de la búsqueda de Laura.

Se agradece el esfuerzo de producción de la película, filmada en localizaciones de Uganda y Tenerife, en una película de viaje, un viaje a las entrañas de deshumanización del negocio del coltán, donde todo se desarrolla a un ritmo increíble, en algunas ocasiones, consiguiendo mostrar una realidad compleja, en el que la tensión y la supervivencia se palpan a cada instante, sin descanso. La magnífica interpretación de Belén Rueda es otro de sus grandes alicientes, en el que desarrolla un trabajo de grandísima altura, componiendo la realidad de una mujer sola, pero entera, sin más vida que esta aventura peligrosa e inconsciente, en el que no cejará en su empeño para conseguir rescatar a su hermana. Belén Rueda posee esa actitud, compostura y elegancia que consigue transmitir, casi sin palabras, toda la dureza interior que vive su personaje, arrastrándonos a su empeño, cueste lo que cueste, y pase lo que pase, mezclando una fortaleza a prueba de bombas, y una convicción que nos seduce y transmite todo ese miedo al que hay que vencer para seguir hacia delante.

La humanidad y valentía que desprende el personaje de Belén Rueda es encomiable y poderosa, en este viaje al infierno en el que se cruzará con sacerdotes en mitad de una guerra imposible (maravilloso el instante con Enrico Lo Verso) a gentes de mal comer que ayudan a desconocidos y sobreviven a duras penas en medio del horror, niños arrastrados al psicótico universo de la guerra, a occidentales que se aprovechan del caos para engrandar sus cuentas, y señores de la guerra, que con el beneplácito de las empresas capitalistas de turno y los gobernantes corruptos campan a sus anchas explotando a pobres miserables que arriesgan su vida extrayendo el maldito coltán. Una película desigual pero interesante, en el que sobresale la hermosa, sucia y cálida fotografía del reputado David Omedes, que logra captar la belleza y el horror africanos, en el que la sensacional labor de Belén Rueda, consigue sumergirnos en el fuerza de su personaje y mantenernos en la trama de la película, en el que nos acordamos de aquellos aventureros conscientes o no, que se embarcaban en viajes peligrosos, de los que quizás no había retorno, para adentrarse en el corazón de África, un mundo desconodio, inhóspito, peligroso y lleno de terror.