Vermiglio, de Maura Delpero

LAS MUJERES DE VERMIGLIO.   

Vermiglio es un paisaje del alma, un “Lexico familiar (Natalia Ginzburg) que vive dentro de mí, en el umbral del inconsciente, un acto de amor por mi padre, su familia y pequeño pueblo. Al atravesar un período personal, quiero rendir homenaje a una memoria colectiva”. 

Maura Delpero

Erase una vez… La existencia tranquila y anodina de un pueblo remoto escondido entre los Alpes Italianos a finales de la Segunda Guerra Mundial. Allí, entre montañas cubiertas de nieve y quehaceres agricultores y ganaderos se desenvuelven sus habitantes, entre ellos, la familia del maestro Cesare, su mujer Adele y sus diez hijos. Un lugar que huele a heno recién cortado y leche recién ordeñada como deja patente su cuidadoso prólogo que anuncia un nuevo día y vemos a toda la familia levantándose, cada uno con su tiempo y pesadez, e inmediatamente después, en primerísimo primer plano, las cazuelas van pasando frente a nosotros y llenándose de leche caliente. Un relato casi en primera persona porque la directora nos sitúa en el pueblo de su padre, en su memoria y en su tiempo y silencio. 

La directora que ha dirigido hasta la fecha tres documentales Signori professor (2008), de la cotidianidad de diferentes maestros, Nadea e Sveta (2012), sobre mujeres inmigrantes, y 7 salamancas (2013), sobre la mitología y lo sagrado, en los que abordaba las fronteras entre el documento y la ficción, y una de ficción Maternal (2019), sobre dos madres adolescentes. Mucho de esa textura contiene Vermiglio, su primera película de ficción, aunque con varios peros, porque en muchos momentos podríamos decir que la película se acerca al documento propiamente dicho donde vemos una mirada de las costumbres y oficios y quehaceres de los habitantes de mediados de los cuarenta del siglo pasado. En ese sentido, la película se mueve entre lo colectivo y lo individual a partir de las miradas de estas mujeres de diferentes edades, siguiendo la estela de las anteriores citas de Delpero, con sus nacimientos y muertes, amores, desamores y otros infortunios y alguna pequeña alegría en silencio, y en cómo estas mujeres se enfrentan a las adversidades de la existencia, en una sociedad patriarcal y altamente religiosa en la que ellas están completamente sometidas a la voluntad masculina, y deben hacer frente a los conflictos que estos les generan. Se habla de maternidad en compañía y soledad, en los dificultosos destinos que les esperan a las mujeres, y sobre todo, se habla de cómo el destino fatal se va imponiendo en un lugar donde hay nulas oportunidades de ser y hacer cosas diferentes. 

Delpero se ha acompañado de un gran equipo entre los que destacan el cinematógrafo como el ruso Mikhail Krichman, habitual del cineasta Andrey Zvyagintsev, amén de otros como Liv Ullmann y Jim Sheridan, donde se impone el cuadro bien cuidado que recoge cada detalle con minuciosidad y pausado, donde abundan los encuadres fijos, en el que el off se convierte en la estructura esencial de la película, porque los momentos de gran tensión se despachan en fuera de cuadro seguidas de magníficas elipsis, alejando a la historia de esos momentos de estridencia sensiblera y sumergiéndonos en un tono de dureza, dolor y tristeza sin caer en el tremendismo. La composición de Matteo Franceschini, ayuda a acercarnos a los altibajos emocionales y complejidades de los diferentes personajes de modo reflexivo y emocionante, así como el gran trabajo del arte y vestuario que son extraordinarios, al igual que la estupenda labor de sonido que firman, entre otros, Dana Farzamehpour, con más de 90 títulos entre los que destacan nombres como los de Asghar Farhadi, Jean-Gabriel Péirot y Alice Diop, entre otros. El conciso y trabajado montaje de Luca Mattei, que ya trabajó en la citada Maternal, consigue elaborar un ritmo que nos va atrapando desde lo cotidiano, la sencillez y la naturalidad del lugar y los personajes, en un ritmo pausado, sensible e íntimo. 

Si el apartado técnico es de primer nivel, el artístico no se queda atrás, con la maravillosa presencia de un actor como Tommaso Ragno como el maestro y padre de la familia numerosa, con una espléndida filmografía que le ha llevado a trabajar con Bertolucci, Vrizi, Rohrwacher, Moretti, entre otros, haciendo de ese maestro de pueblo, tan recto como poco padre y menos esposo. Roberta Rovelli es la madre, más acogedora, realista y cercana con su prole. La debutante Maria Scrinzi es la desdichada Lucia que, ante la fatalidad deberá sacar fuerzas y ser fuerte. orietta Notari hace de una tía que es una mano más que ayuda y alienta todo lo que puede. Sara Serraiocco, que hemos visto en No odiarás, El caso Braibanti y El primer día de mi vida, es otra hija que, en silencio y sin molestar, va haciendo y es una testigo esencial en el devenir de las mujeres de la familia, y Carlota Gamba, una de las protagonistas de la reciente ¡Gloria!,  la diferente del pueblo, y Giuseppe De Domenico es el soldado desertor que trastoca la tranquilidad del lugar, como Santiago Fondevila, otro soldado que vuelve de la guerra, familiar y perdido como el otro. 

El tono y la atmósfera que desprende una película de Vermiglio se hermana de forma muy cercana con la cotidianidad y la profundidad que tenían obras de Vittorio De Seta como sus maravillosos documentales, de Ermanno Olmi como El árbol de los zuecos (1978), y de los hermanos Taviani como La noche de San Lorenzo (1982), en sus formas de mirar el trabajo, a sus gentes, sus costumbres, sus sociedades, sus lugares y sus maneras de enfrentarse a la adversidad del tiempo, de los animales, de la tierra y del progreso y demás asuntos como el amor, la familia, etc… La cineasta Maura Delpero no sólo ha construido un retrato sensible, profundo y reflexivo sobre el pueblo de su padre y sus habitantes y ese momento de final de la guerra, sino que también, ha tejido a fuego lento un minucioso y extraordinario retrato sobre las mujeres, sobre todas las mujeres que debieron enfrentarse y cooperar en una sociedad machista y sobre todo, una sociedad que les dejaba pocas salidas en la vida, y que tuvieron que armarse de valor y coraje para ser ellas mismas y ayudarse entre ellas a pesar de los pesares. Vermiglio debería ser de obligada visión por todo lo explicado, además su historia y contexto circunstancial y emocional se cuentan de forma muy honesta y directa, donde se refleja el arduo camino que han tenido que recorrer tantas y tantas mujeres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto

CANCIONERO ANTIFRANQUISTA 1961/2022. 

“Y el cielo se encuentra nublado/no se ve relucir una estrella,/los motivos del trueno y del rayo/vaticinan segura tormenta./(…) Y son, y son, y son/tiempos de bonanza/que tienen, que traen, que están/llenos de esperanza”. 

Fragmento de la letra “Nube y esperanza” cantada por Antonio Soriano

Muchos de los cineastas de la no ficción se acercan a la Guerra Civil Española y el franquismo a través del archivo mediante una vasta colección de imágenes, fotografías y documentación para viajar al pasado y sobre todo, establecer vínculos con el presente más inmediato y todo aquello que continúa y lo que no entre nosotros. Si nos remitimos a la música, encontramos menos películas que se hayan interesado por sus canciones. La que nos viene a la memoria es la imperdible Canciones para después de una guerra (1976), de Basilio Martín Patino, que mediante imágenes y canciones de la época trazaba un retrato de la España de antes y después de la citada guerra. Así que, una película como La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto (Madrid, 1983), no sólo es una agradable sorpresa, sino que, además, es una prueba más de todas esas historias invisibles que todavía no han sido contadas. 

En el verano de 1961 el grupo italiano Cantacronache recorrió los pueblos del norte de España haciendo 6000 kilómetros y regresando a Turín con 9000 pies de cinta magnética, notas de viaje y cientos de fotografías. Una gran colección sobre la resistencia antifranquista que incluye canciones populares cantadas a capela, testimonios de la dictadura y poemas originales. El cineasta madrileño que conocíamos por sus trabajos como editor para grandes nombres como los de José Luis Guerin, Mercedes Álvarez, Isaki Lacuesta y Marc Recha, hace su puesta de largo con una película que coescribe junto a Alba Lombardía, donde acoge todo el material archivado del viaje de los Cantacronache y con un equipo recorre los mismos lugares 61 años después, en el verano de 2022. Una película que no se sitúa en ningún lado y apuesta por dejarse llevar por todos los materiales a su alcance. Un retrato caleidoscópico en el que escuchamos las grabaciones del 61, vemos las fotografías, y emprendemos una road movie-musical en el que solistas y grupos y conjuntos vuelven a interpretar las canciones tendiendo un puente imaginario entre ayer y hoy, trazando una profunda y honesta reflexión de sobre las canciones antifranquistas y sobre todo, cómo suenan y resuenan ahora.  

Gil Rituerto se acompaña de grandes técnicos como el cinematógrafo Daniel Lacasa, del que habíamos visto su trabajo en La granja del pas (2015), de Sílvia Munt, y su actividad como ayudante de sonido en películas como La plaga (2013), de Neus Ballús, y la mencionada Mercedes Álvarez en Mercado de futuros (2011), donde coincidió junto a Rituerto, la excelente música de Lina Bautista, que no tenía empresa fácil porque tenía enfrente un recorrido de canciones, el gran trabajo de sonido directo de Gerard Tàrrega, Giovanni Corona, Cora Delgado y Fernando Aliaga, y el diseño sonoro de la grande Laia Casanovas del Pino  que tiene en su haber casi 100 títulos donde hay gente como Almodóvar, series, primeras películas y documental. El montaje que firman el propio director y Marcos Flórez, del que hemos visto películas tan extraordinarias como El último verano, de Leire Apellaniz, Arima, de Jaione Camborda, Nación, de Margarita Ledo, Canto Cósmico. Niño de Elche, de la citada Apellaniz y Marc Sempere Moya, y la más reciente La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez, entre otras, en un gran uso del material de archivo que tiene su reflejo en el presente en un continuo vaivén de tiempos, texturas y miradas en una película que se ve con emoción y tristeza en sus 96 minutos de metraje. 

Todo lo que La marsellesa de los borrachos nos cuenta y reflexiona sobre el significado del pasado, a través de las canciones populares antifranquistas y su vuelta al presente y el estado de las cosas, tiene mucho que ver con el mismo camino que emprendía Avanti Popolo (2012), de Michael Wahrmann, donde las canciones de izquierda que hicieron de resistencia durante la dictadura de Brasil se cruzaban con una historia personal del propio cineasta. Otra película como Cantares de una revolución (2018), de Ramón Lluís Bande, con la presencia del personaje-músico Nacho Vegas, también presente en la película de Gil Rituerto, donde viajaba y recupera el cancionero de los obreros y campesinos asturianos que en octubre de 1934 se alzaron contra la injusticia. Tres películas muy diferentes entre sí que tienen un frente común y reconocible que no es otro que el de recuperar los tesoros ocultos e invisibles de la memoria histórica de Brasil y de España desde el espacio de lo popular, de todos los nadies, que menciona Galeano, de todos y todas las personas que siguieron en la lucha y la resistencia a pesar de los pesares, con sus trabajos, sus propuestas y sus canciones. 

No deberíamos dejar pasar una película como La marsellesa de los borrachos, por su gran contribución a recuperar o mejor dicho, a desenterrar un caso totalmente desconocido para el que suscribe, de unos jóvenes italianos en aquella España gris y totalitaria de aquel verano del 1961, y reivindica todo su legado de grabaciones de canciones, testimonios y fotografías, y la maravilla que hace la película que es coger todo ese material, sacarlo a la luz, como demuestran sus emocionantes imágenes del inicio de la película, y sobre todo, mostrarlo a los espectadores sesenta años después. Todo su entramado es una idea magnífica, reinventándose ese puzle de pasado y presente, con continuas viajes que no tienen fin y funcionan en un bucle infinito de reflejos y espejos, con las actuaciones del pasado en el que escuchamos entre otros a personajes como José Agustín Goytisolo, Celso Emilio Ferreiro en galego, y Antonio Soriano, y otras voces anónimas, y las del presente, con el mencionado Nacho Vegas, Maria Arnal y Marcel Bagés, y grupos como La ronda de Motilleja y el Grupo Minero de Turón, y muchas más, que conforman no sólo una película que mira y reflexiona sobre el pasado a través del presente y se pregunta por la vigencia de aquellas canciones que tenían un significado y agrupaba una voz y una resistencia contra la violencia franquista. Quizás ya no tienen esa fuerza pero siguen sonando con emoción. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Mary Superchef, de Enzo D’Alò

MARY DEBE APRENDER A DECIR ADIÓS. 

“La muerte deja un corazón roto que nadie puede sanar, pero el amor deja un recuerdo que nadie puede robar”

(Proverbio irlandés)

En la inolvidable Mi vecino Totoro (1998), de Hayao Miyazaki se profundiza de forma sencilla y honesta, en el proceso emocional de dos hermanas que, entablan amistad con un espíritu del bosque para enfrentarse al dolor de tener a su madre enferma en el hospital. Un cine de animación para todos los públicos. Por los mismos contornos se mueve Mary Superchef (A Greyhound of a Girl), de Enzo D’alò (Nápoles, Italia, 1953), basada en la novela “Como un galgo”, del irlandés Roddy Doyle, del que se han llevado a la gran pantalla excelentes títulos como The Commitments (1991), de Alan Parker, y Café Irlandés (1993), y La camioneta (1996), ambas de Stephen Frears, entre otras. Una cinta muy cercana, de dibujo sencillo y nada enrevesado, aquí lo que cuenta es tratar el tema de la pérdida y el duelo a través de la mirada inquieta de Mary O’Hara, una niña de 11 años que empieza su verano con dos frentes: la enfermedad de su abuela y la despedida de su mejor amiga, amén de prepararse para conseguir una plaza en la escuela de cocina más exquisita de la zona. 

Un guion escrito por Dave Ingham, que lleva casi tres décadas imaginando series para el público infantil, y el propio D’Alò, del que conocemos sus excelentes trabajos en el campo de la animación donde se ha convertido en un abanderado gracias a títulos como  La flecha azul  (1996), Historia de una gaviota (y del gato que le enseñó a volar) (1998), Opopomoz (20023), Pinocchio (2012), y Pipu, Pupu & Rosemary: the Mystery of the Stolen Notes, entre otras, recibiendo grandes elogios de la crítica especializada así como galardones en los festivales más prestigiosos. A partir de una estructura bajo la atenta y valiente actitud de su protagonista Mary que, ante las dificultades, saca su arrojo y su carácter para hacer la suya. Un cuento que se aleja de lo complaciente y lo cómodo para adentrarse en terrenos emocionales complejos y muy oscuros, pero no desde un lado triste y sensiblero, para nada, todo está enfocado desde una mirada sincera y real, o podríamos decir de verdad, donde se explican situaciones muy íntimas y sensibles, donde se sitúa al espectador en varias tesituras donde los personajes se enfrentan a la enfermedad, a las despedidas y sobre todo, a la muerte, a aprender a decir adiós y enfrentarse al duelo. 

Una fábula ambientada en las costas irlandesas, en lugares como Cork y Wesford, donde predomina el verde como no podía ser de otra manera, en la que los tremendos paisajes costeros sirven de escenario común a una historia que recorre cuatro generaciones de mujeres de la misma familia que se vuelven a reencontrar para procesar el adiós en compañía y experimentando cada uno todas las emociones que experimentan. Otro elemento fundamental de la película es la composición musical que firma un grande como David Rhodes, guitarra histórico del gran músico británico Peter Grabiel, que con gran sensibilidad y transparencia ayuda a paliar todo el entramado emocional al que se enfrentan los diversos personajes desde perspectivas muy diferentes porque van desde la infancia a través de Mary de 11 años, su madre Scarlett, la abuela Emer y la invitada especial, la bisabuela Tansey, en un relato donde la realidad, la fantasía, la imaginación se dan la mano de forma natural en la que las cuatro generaciones se reúnen para decir adiós donde hay drama y tristeza, pero también mucho humor y una fiesta de la vida, de compartir y una gran celebración de la vida y del amor. 

El napolitano Enzo D’Alò es un fiel seguidor de las estructuras y formas de Studio Ghibli, porque desde la sencillez y la honestidad de su dibujo y sus planteamientos formales es capaz de sumergirnos en una excelente y profunda historia sobre la vida y el amor a través de despedirse de los seres que más quieres y más aún, cuando todavía tienes 11 años como le ocurre a la protagonista. Una heroína de verdad, de las que te encuentras, sin saberlo, cada día cuando caminas por la calle. Una joven que juega en los mismos contornos que otras niñas Ghibli como las citadas de Totoro, o aquella que debía enfrentarse a lo inquietante en la maravillosa El viaje de Chihiro (2001). Si deciden ir a ver una película Mary Superchef pueden acompañarse de los más pequeños, si los tienen, porque uno de los grandes logros de la película, y no es nada sencillo lo que ha hecho, es mostrar la pérdida y el duelo de forma cercanísima, nada estridente ni plañidera, sino desde lo humano, desde lo natural, desde la vida, de las cosas que más cuestan afrontar como la muerte, el adiós y sobre todo, enfrentarse a todo eso, y ser capaz de continuar y seguir adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La red fantasma, de Jonathan Millet

CAZAR A LA BESTIA. 

“Los espías viven en un mundo de sombras, donde la verdad y la mentira se entrelazan”. 

De la novela “El espía que surgió del frío” (1963), de John Le Carré 

Hemos visto infinidad películas sobre espías, sobre todo ambientadas en la Guerra Fría, con sus personajes y lugares comunes, y rasgadas por estructuras clásicas y llenas de misterio, tensión y psicología. En los últimos tiempos, cuesta ver películas de este tipo, también la historia política, la más oculta y oscura, se ha vuelto muchísimo más recelosa y se ha sepultado por prudencia y malos hábitos anteriores. Por ese motivo encontrarnos con una película como La red fantasma (en el original, Les fantômes), de Jonathan Millet (París, Francia, 1985) es toda una gran satisfacción. Un título que se traduce como “Los fantasmas”, una definición que casa adecuadamente con el objetivo del espía y del espiado, porque los dos quieren moverse entre sombras sin ser vistos ni expuestos como meros fantasmas. Y más aún, como en el caso de la película que nos ocupa, que la historia sea novedosa, o por lo menos, poco vista, como es el caso de los torturados del régimen de Bashar al-Ásad ocultos en el corazón de Europa.

El director que, después de años dedicándose al documental con títulos tan importantes como Ceuta, douce prision (2013), y La desaparición (2020), y un puñado de cortometrajes de ficción, debuta en el largometraje con una trama que coescribe junto a Florence Rochat que nos sitúa en Estrasburgo, en el ámbito de la universidad donde estudia Harfaz, el sospechoso torturador que espía el protagonista Hamid, un exprofesor de Alepo, ahora convertido en informador y “cazador” de bestias como el que tiene delante. Otro de los grandes aciertos de la película de Millet es alejarse de lo convencional y del thriller psicológico, tan manido en los últimos años, para adentrarse en una trama muy cotidiana, podríamos decir doméstica, específicamente urbana, donde los protagonistas son personas agitadas por la venganza y la justicia, que han entrado en este mundo por circunstancias personales y ávidos de luchar contra el imperio del terror del régimen sirio. La psicología de los citados personajes tiene que ver más con sus dolorosas experiencias personales, donde hay pérdida y ausencia que todavía están paliando como pueden. Estamos ante una historia de espías, si, pero para nada convencional, donde el género desaparece para construir una interesante y reposada trama de la caza del gato y el ratón con tensión y psicología, pero muy alejada de todos los sitios comunes del género. 

Un gran trabajo técnico excepcional que tiene al cinematógrafo Olivier Boonjin, que tiene en su haber películas como Generación Low Cost y El paraíso en su Bélgica natal, que con una luz natural y alejada de lo artificial y de lo convencional, consigue una intimidad que traspasa de lo cercano que se palpa todo. Todo un acierto porque genera esa transparencia que busca la película, donde todos podemos ser espías y espiados. La excelente música de Yusek, que ha trabajado con Valérie Donzelli y el tándem exitoso Eric Toledano y Olivier Nakache, entre otros. Una composición que va puntuando los altibajos y dudas de los personajes, que no son pocas, que se debaten en sus ansías de encontrar a los torturados y los embates de las ausencias que la guerra ha hecho en sus existencias. El montaje de Laurent Sénéchal, el editor habitual e Justine Triet, la de Anatomía de una caída, entre otras grandes películas, con un corte limpio y de frente, es decir, que la historia se respira, se observa y se va cociendo sin prisas, entrelazando con inteligencia las diferentes miradas y posiciones de las diferentes almas que pululan por la relajada trama, que no se mueve por zonas complicadas, sino por lugares demasiado cercanos y palpables en sus intensos 106 minutos de metraje.

La película de Millet de pocos personajes, apenas cuatro, con la presencia del actor tunecino Adam Bessa, que nos entusiasmó como el desesperado Ali de Harka (2022), de Lofty Nathan, ahora en la piel de un profesor sirio torturado que quiere empezar de nuevo capturando indeseables como el torturados escondido en Estrasburgo Harfaz, que hace el actor israelí Tawfeek Barhom, que hemos visto en estupendas películas como Idol (2015), de Hany Abu-Assad y Conspiración en El Cairo (2022), de Tarik Saleh. Su personaje es pura ambigüedad, con un gran encuentro con Hamid que es pura dinamita, como aquel que protagonizaron De Niro y Pacino en la brutal Heat, de Mann. Les acompañan la actriz siria Hala Rajab como Yara, una mujer que también ha huido de Siria e intenta mitigar las heridas desde el recuerdo y la paz. Y la presencia de la actriz austriaca Julia Franz Richter, que hemos visto en películas de Christian Petzold y Gúnter Schwaiger y en la reciente Toda una vida, de Hans Steinbicher, en el rol de Nina, otra espía-informante que trabaja como enlace de Hamid desde la vecina Berlín, con una forma de proceder que chocará con la del protagonista. 

Aplaudimos y celebramos el debut en el largometraje de ficción del francés Jonathan Millet con La red fantasma, una película sobre espías pero de naturaleza antiespía, y no lo digo porque no consiga sumergirnos en ese mundo de las apariencias, las mentiras y las sombras del espionaje, sino porque ha construido un magnífico thriller psicológico nada común, que huye de los convencionalismos y las zonas comunes del género, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, con su apariencia tan tremendamente cotidiana, sin artificios ni piruetas argumentales, sino de forma directa y frontal, con pausa y contención, escarbando y de qué manera en las complejidades psicológicas del protagonista que interpreta desde el interior y con una mirada que traspasa la pantalla. Una trama nada enrevesada ni tramposa, todo lo contrario porque hace de su cercanía su mejor aliada, porque nos invita a ver y también a reflexionar, porque nada es baladí, aunque aparentemente lo parezca, ya que es una película producida en plena guerra civil de Siria y se estrena por nuestros lares después de la caída del régimen de al-Ásad, y se erige como una película sin tiempo que a su vez, nos sitúa en uno de los tantos episodios de la resistencia siriana en el exilio que sigue enfrentándose a la bestia para conseguir una justicia vetada en su país. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mitad de Ana, de Marta Nieto

LA MUJER QUE FUI. 

“(…) Toda comprensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprensión. Todo momento de hallar es un perderse a uno mismo”. 

“La pasión según GH”, de Clarice Lispector 

Hemos visto muchas películas sobre la maternidad, pero faltaban más dirigidas por mujeres y eso no solo enriquece nuestra mirada como espectadores sino que, además, genera espacios de reflexión más profundos y directos sobre el tema. En apenas un par de años, hemos conocido los trabajos de Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, Mamífera, de Liliana Torres y Salve Maria, de Mar Coll. Todas ellas películas sobre el hecho de tener hijos y también, de no tenerlos. Propuestas muy interesantes y brillantes a las que ahora se une La mitad de Ana, ópera prima de la hasta ahora actriz Marta Nieto (Murcia, 1982), con una filmografía con más de medio centenar de películas junto a cineastas como Antonio Banderas, Rodrigo Sorogoyen, Kike Maíllo, Juanjo Giménez, Jaime Chávarri y Estefanía Cortés, entre otros. La murciana ya se probó en la dirección con Son (2022), un cortometraje de 17 minutos sobre la relación de una madre y su hija, que fue la génesis de la película que tratamos y repite los productores de Avalon y Elastica.  

A partir de un guion que firman Beatriz Herzog (fogueada en la producción de series como La casa de papel y El secreto de Puente Viejo, entre otras), y la propia directora, donde recogen lo vislumbrado en el citado corto, en el que la propia Nieto que hace de la mencionada Ana es una madre de su hija son de 8 años. La acción arranca en verano, cuando los problemas se quedan en suspenso. A su término, tanto madre como hija vuelven a la rutina y es ahí, cuando aparece el conflicto, y aparece de forma tranquila como suelen ocurrir las grandes cosas de la vida. Son comienza a explorar su identidad y pide a sus compañeras de clase que se dirijan a ella como un niño. Hasta ese momento, la vida de Ana se resumía en ser vigilante de sala de museo y una vida emocional y sentimental vacía y rutinaria, totalmente alejada y ausente de ella. Una vida sólo para su hija. En ese instante, la vida da un vuelco y es entonces que Ana comienza una deriva de búsqueda torpe y difícil para reencontrarse con la Ana que quería dibujar, crear y vivir la vida de forma diferente a la que lo hace ahora. Nieto construye un relato muy íntimo y nada sensible, muy alejado de esa premisa, donde la naturalidad se impone a contarnos una realidad inmediata que nos sobrepasa por su cuidado y su transparencia. 

La cinematografía de Julián Elizalde, al que hemos visto en películas tan diferentes que van del documental a la ficción con cineastas como Pau Freixas, Carla Subirana, Elena Trapé, Meritxell Colell, Mikel Gurrea y Pilar Palomero. En La mitad de Ana, la cámara está pegada a sus personajes, incluso los sobrepasa, y no el sentido de incomodidad ni telerrealidad, sino todo lo contrario, para que seamos testigos de toda la gama de altibajos emocionales que se van dando en la trama, y no haciendo énfasis, sino conmoviendo con una mirada, un gesto, o una palabra, tan sutil, tan bellas y esos silencios que hablan tanto, o perpleja mucho más. La música de Adrian Foulkes, del que conocemos sus trabajos en series y en No matarás (2020), de David Victori, construye en la misma sintonía que las imágenes, una composición en el que prevalece la emoción y la sensibilidad, sin acomplejar ni el guion ni a los personajes, al igual que el magnífico montaje de Pedro Collantes, del que hemos visto su trabajo como director en El arte de volver (2022), y sus películas como editor en el documental de Oscuro y lucientes, y la serie de El caso Alcàsser, de León Siminiani. Un ejercicio de contención y pausa donde priman los (des) encuentros de los personajes y esos grandes momentos entre madre e hija, donde hay ternura y distanciamiento. 

Viendo la película no podríamos ver como Ana a otra actriz que no fuese Marta Nieto, amén del esfuerzo que supone dirigir e interpretar y aún más, en tu primera película. La murciana aprueba con creces en su doble faceta, porque como actriz ya nos encantaba y si no, prueben a ver Madre (2019), del mencionado Sorogoyen, que también nació de un cortometraje, y sabrán de lo que les hablo. Como directora no la conocíamos, amén del corto, así que, sólo nos podemos rendir a su buen hacer, por optar por un tema tan complejo como la maternidad y mostrarlo de esta forma, abriéndose en canal y además, introduciendo el tema trans en la infancia, que le sirve como motor para desembocar en lo que quiere sumergirnos, y no es otra cosa que rastrear esos instantes donde la vida se pega una gran hostia y te dice que por ahí no es, que es por el otro lado, que debes volver a ser la persona que fuiste, a la que has olvidado, o quizás, a la persona que nunca te atreviste a ser. Le acompañan Nahuel Pérez Biscayart que hace de ex pareja y padre de Son, tan fiable como natural, una joya de actor, y las interesantes y estupendas Sonia Almarcha y Lorena López, y la niña Noa Álvarez, que debuta en el cine haciendo de Son, eje vertebrador de la crisis de Ana. 

Si deciden ir a ver La mitad de Ana (no tarden mucho, porque las películas van y vienen de la cartelera demasiado deprisa), sepan una cosa muy importante. La película es una reposada y tranquila obra sobre todos nosotros mismos, y no lo digo de forma baladí, sino porque estamos ante una cinta que se sumerge en todas esas debilidades y complejidades emocionales que nos corroen a diario, que dejamos aparcadas pensando que se irán, incrédulos que somos, porque las ilusiones de la juventud, aquellas que nos hacían ilusionarnos constantemente, no se van a ir nunca, van a cambiar, eso sí, se van a transformar en otros asuntos, pero olvidarlas no va a ser posible, porque estaríamos olvidando una parte de nuestras vidas, y no una cualquiera, aquella que forjó nuestro carácter y por ende, nuestra forma de ser y decidir y actuar, que no es poco. Por todas estas cuestiones merece el tiempo ver la primera película de Marta Nieto, y además, habla de la maternidad como refugio para olvidarse de esas ilusiones, y una maternidad muy equivocada, porque si renunciamos a algo tan importante nuestro, nos viene la cuestión: ¿Cómo pretendemos después ayudar a nuestra hija y a sus conflictos interiores cuando no somos capaces de resolver los nuestros?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La semilla de la higuera sagrada, de Mohammad Rasoulof

EL ESTADO Y LA FAMILIA. 

“El ciclo de la vida del ficus religiosa es inusual. Sus semillas caen sobre otros árboles dentro de las heces de los pájaros. Las raíces aéreas brotan y crecen hasta el suelo. Después, las ramas abrazan al árbol huésped y lo estrangulan. Por último, la higuera sagrada se sostiene por sí sola”. 

En La vida de los demás (2020), el cineasta Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), trazaba un intenso y profundo alegato sobre la moral, a partir de unas personas que se enfrentaban a sus convicciones, envueltos en aceptar una ley injusta y miserable que les obliga a cumplir con la pena de muerte. En La semilla de la higuera sagrada, y siguiendo la estela de su anteriores trabajos, sigue dándole vueltas a las leyes y su cumplimiento, pero en este caso, compone un cuento de terror en toda regla, porque todo ocurre en el interior de las cuatro paredes de la familia de Iman, recién nombrado juez instructor en Teherán, la capital iraní, en el otoño de 2022 en mitad de las protestas feministas que hizo tambalear el régimen de los ayatolás, en respuesta de la muerte de Masha Jina Amini, una joven de la minoría kurda, mientras estaba detenida. La esposa y madre, Najmeh, y las dos hijas jóvenes Rezvan y Sana.  

Como sucedía en La vida de los demás, el conflicto es extremadamente sencillo y directo, y el relato viaja por diferentes y complejos estados emocionales en un magnífico retrato de personajes. La película pasa de la euforia por el nombramiento de Iman, por los cambios de domicilio y por ende, de estatus social, y el misterio que encierra su trabajo para el resto de su familia. Luego, viene la muerte de la mencionada mujer de la minoría kurda, y el estallido de protestas callejeras de mujeres desafiando al régimen quitándose los velos y celebrando la libertad. Hechos que van alejando a la familia, porque las dos hijas ven mediante internet todo lo que acontece. Otro hecho, que no desvelaré por respeto a los espectadores que no hayan visto la película, crea un cisma insostenible en el hogar que desencadenará un atisbo insalvable entre hijos y padres. Un cine muy bien contado, declaradamente psicológico y un magistral estudio de personajes, y sobre todo, las afectaciones de cumplir con la ley, como ocurría con la película mencionada, y lo que desemboca en el ámbito familiar. El director iraní no se anda por las ramas, construye un cine muy transparente en sus contenidos, generando un cuento sobre la moral que nos agarra desde sus primeras imágenes y no nos suelta hasta la resolución, como si se tratase de una película de terror al uso, como he comentado, con sus mismas texturas y formas, indagando en lo íntimo a partir de lo que va ocurriendo entre los diferentes componentes de esta familia. 

Rasoulof construye una cuidada e intensa cinematografía a través del extraordinario trabajo de Pooyan Aghababayi, que viene del mundo del cortometraje, donde cada encuadre y plano está muy pensado y crea un off brutal, porque los ecos de la calle inundan cada habitación y sobre todo, cada pensamiento de los personajes. Un intenso y agobiante thriller psicológico que tiene mucho de los Polanski, Zulawski, Skolimowski, Kieslowski, y compañía, donde la política, lo social y lo más oscuro del alma humana se convertían en materia diseccionante. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Andrew Bird, habitual del cine de Fatih Azkin, amén de otras brillantes cineastas como Julie Deslpy y Miranda July, entre otros, donde los 168 minutos de metraje, que podrían asustar a muchos espectadores, se convierte en una duración adecuada y nada pesada, porque el proceso de los acontecimientos y cómo se va ennegreciendo ese hogar necesitaba observar con tiempo y sin prisas. La magnífica música de Karzan Mahmood, que se ha fogueado mucho tiempo en series de televisión, es un elemento esencial en la historia, porque nos ayuda a crear esa tensión in crescendo en la que está instalada la película, sin ser intervencionista ni molesta, sino todo lo contrario. 

En el apartado artístico nos rendimos por lo bien que interpretan los cuatro principales personajes, como sucede en el cine iraní, donde tienen la capacidad que olvidemos a los intérpretes y nos centramos solamente en la composición y actuación. Tenemos a Missagh Zareh como Iman, que ya había trabajado con Rasoulof en Un hombre íntegro (2017), donde un tipo se enfrentaba a su empresa muy dada a la corrupción, siendo ese hombre que es sometido por el estado por el bien de la seguridad nacional, creando una especie de funcionario sin moral ni ética, dispuesto a todo por mantener su empleo y prosperar siendo el ejecutor del terror estatal. Soheila Golestani hace de Najmeh, la esposa comprometida y ciega que está con y por su marido, aunque las cosas se pueden torcer y nada se ve de la misma manera. Las hijas son Setareh Maleki como Sana y Mahsa Rostami como Rezvan, dos jóvenes contrariadas por las protestas que están sucediendo de las mujeres y por contra, una televisión estatal que miente descabelladamente, y un padre que no suelta prenda de su trabajo y su cometido. Unas ideas que chocan con las de su padre y reclaman más justicia e igualdad y humanidad, situación que irá descomponiendo la aparente tranquilidad que parecía que existía. 

Si les hizo reflexionar y todavía recuerdan una película como La vida de los demás, sobre cómo las fauces del estado va contaminando a los ciudadanos y sobre todo, convirtiéndolos en meros títeres que ejecutan sus leyes terroríficas e injustas. Si fue así, deberían darle una oportunidad a La semilla de la higuera sagrada, un revelador y contundente título, la nueva obra de Mohammad Rasoulof, que vuelve a contarnos la peripecia de un hombre que parece íntegro pero que será absorbido por esa gran maquinaria de injusticias y negocio que se han convertido muchos gobiernos del planeta, donde sólo buscan sus beneficios e imponer unas leyes que benefician a los de siempre que sirven para pisotear a los de siempre, también, sea como sea. Estamos ante una buena historia, dividida en tres partes bien diferenciadas, en un gran guion del propio director, donde nos hace reflexionar, emocionarnos y sobre todo, ver cómo la política no va de cuatro leyes, sino también de las diferencias que se generan en una familia cuando el padre es uno de ellos y opta por mirar a otro lado, mientras sus hijas, llenas de rabia por lo sucedido, no se detienen y buscan su rebelión y su lucha, aunque sea en las cuatro paredes de su casa y contra su padre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez

UNA PENA Y SU MÚSICA. 

“El flamenco siempre es una pena, el amor es una pena también. En el fondo, todo es una pena y una alegría”. 

Camarón de la Isla 

Las primeras imágenes de la película La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez (Madrid, 1990), definen lo que va a ser su camino. La cosa arranca con una guitarra que toca el citado Yerai. Una actuación que se corta abruptamente para pasar al propio director, sentado en una taberna flamenca, que nos introduce, a modo de prólogo, en la historia contándonos su relación con el protagonista y el lugar y las circunstancias cuando lo conoció. La cámara se le va acercando lentamente, sin prisas, a través de un encuadre muy cuidado, con esa textura que remite al pasado, en la que nos introduce una historia que será muy íntima, muy profunda y oculta un secreto, y su pena. Estamos ante la ópera prima de C. Tangana, el nombre con el que conocíamos al mencionado Antón Álvarez, uno de los músicos más arrolladores y exitosos del actual panorama musical del país, tocando en diversos géneros y estilos como el rap, el trap y pop latino, nuevo flamenco y reguetón.

Una película en la que asistimos a magníficas actuaciones musicales del propio Yerai Cortés, con su gran guitarreo y profundidad en cada nota y lamento, junto a otros músicos y cantaoras de la talla de Remedios Amaya y cantaores como Israel Fernández, o bailaroes como Farruquito, entre muchos otros y otras. Unas interpretaciones en las que se entrelazan la historia personal del protagonista, incluyendo la historia íntima que hay detrás de cada canción, juntamente con los testimonios de sus padres, sus parejas y amigos y familiares, casi siempre con diálogos entre ellos, o con el propio director, y además, el secreto que está ahí, una pena que arrastra Yerai, una pena que es la piedra filosofal del disco con las canciones que vamos escuchando. Una película en la que Álvarez demuestra una solidez descarada, en la que fusiona todos los caminos que abre la película, tanto lo personal como lo público, lo más profundo con lo que no puede contar porque duele demasiado. Las extraordinarias secuencias de las canciones que beben mucho de las Sevillanas (1992) y Flamenco (1995) de Carlos Saura, donde la fuerza de las canciones y sus intérpretes, amén de los bailes, se mezclaba con una gama excelente de texturas y colores que desprendía una fuerza arrebatadora y sublime. 

El director madrileño ha cuidado con detalle y precisión cada secuencia y cada momento musical en una película-viaje con muchos lugares y muchas sensibilidades, y varios tiempos, que ha contado con cinco cinematógrafos como Oriol Barcelona (que ha trabajado con Iba Abad y Oriol Rovira), Nauzet Gaspar, Álvar Riu (con el director Jaime Puertas Castillo), Diego Trenas (en Una noche con Adela, de Hugo Ruiz), y Arnau Valls Colomer (con más de 40 títulos con directores de la talla de Pedro Aguilera, Javier Ruiz Caldera, kike Maillo, Pedro Rivero, amén de varios videoclips con C. Tangana). Para la edición ha contado con un dúo de altura formado por Cristóbal Fernández (con más de 30 títulos en su haber con cineastas tan importantes como Oliver Laxe, Christophe Farnarier y Jaione Camborda, entre otros), y Marcos Flórez (que estuvo en Canto Cósmico. Niño de Elche, y en películas de Margarita Ledo, entre otras), Un gran trabajo que en sus 91 intensos minutos de metraje fusiona con gran naturalidad las actuaciones musicales llenas de alegría y tristeza y la historia y pasado de cada canción y los conflictos familiares y artísticos, a través de conversaciones muy cercanas donde se habla de todo, y de todo aquello que cuesta hablar, a tumba abierta. 

Como no podía ser de otra manera, Antón Álvarez ha puesto el alma y mucho más en su primera película de título tan significativo y revelador La guitarra flamenca de Yerai Cortés que cuenta una pena, una pena de la que no se puede hablar, pero sí cantar y de qué manera. Una película que es un canto a la libertad, a la música sin prejuicios ni imposiciones, y sobre todo, un viaje hacia las entrañas de los durísimos procesos artísticos que ocultan todas las obras, o quizás, las que más nos llegan al alma. Una obra en la que se habla de las cosas importantes, por ende, de todas esas cosas que tanto cuesta hablar porque se callan para que el tiempo y la desmemoria las borré, pero nunca es así, porque nada ni nadie las borra y es crucial hablarlas para seguir sin penas ni tristezas que se arrastran. La cinta de Álvarez nos habla de flamenco, de familia, de penas, pero también, de formas de encarar la pena, ya sea con la música, con enfrentarlas y sobre todo, con abrirse en canal, en un profundo ejercicio de búsqueda interior, de mirarse en tantos espejos como hagan falta y no apartar la mirada siendo totalmente sinceros y darse cuenta de todo, de ese pasado que nos ha llevado hasta hoy, y todas las personas presentes y ausentes que nos han acompañado para que nuestra música suene y transmita como queremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Javier Rebollo

Entrevista al cineasta Javier Rebollo, aprovechando que está mezclando el sonido de su película «En la alcoba del sultán» en un estudio en Barcelona, en la terraza del Restaurant Cal Santi en Barcelona, el viernes 26 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Rebollo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta naturalidad y por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Oskar Alegria

Entrevista a Oskar Alegria, director de la película «Zinzindurrunkarratz», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en la Plaça de les Caramelles en Barcelona, el domingo 19 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oskar Alegria, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación de L’Alternatina, por su trabajo, generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Wang Chao

Entrevista al cineasta Wang Chao, con motivo de la retrospectiva, en el marco del Asian Film Festival Barcelona, en Casa Asia en Barcelona, el martes 31 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Wang Chao, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Josep Casaus de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA