Entrevista a Valérie Massadian

Entrevista a Valérie Massadian, directora de la película “Milla”, en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de noviembre de 2017 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Massadian, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de l’Alternativa, y al equipo de La Costa Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El Cairo Confidencial, de Tarik Saleh

AL BORDE DEL ABISMO.

Una ciudad, El Cairo. Un tiempo, 15 de enero del 2011. Un Instante, los diez días previos al estadillo del pueblo contra el régimen autoritario de Mubarak, que darán paso a la denominada “Primavera Árabe”, en el que en varios países árabes se originaron revueltas que acabaron con el gobierno corrupto de turno. Y un hecho, el asesinato de una famosa cantante, en la que hay implicado un importante constructor que se relaciona con altas esferas del gobierno. Un personaje, el comandante Noredin, encargado del caso se persona en el escenario del crimen. El director Tarik Saleh (Etocolmo, Suecia, 1972) de origen egipcio, conjuntamente con Kristina Aberg, productora de todos sus trabajos, se inspiró en el caso real del asesinato de la cantante libanesa Suzanne Tamim en el año 2008 en Dubai, donde era sospechoso un alto cargo del gobierno. Un hecho, que conjuntamente con su idea de filmar en El Cairo (que debido a una prohibición estatal tuvo que reconstruir El Cairo en la ciudad de Casablanca, en Marruecos) ha construido una película de corte negro, con sus intensos 11 6 minutos de metraje, en el que se respira esa atmósfera decadente y revolucionaria que bulle en cada rincón de la ciudad, donde como es habitual en este tipo de tramas, cuando hay policía de por medio, la política está muy presente, y como no podía ser menos, la corrupción latente que contamina cada espacio del país.

Noredin (extraordinariamente interpretado por el actor Fares Fares) nos guía por todo tipo de lugares, desde las calles oscuras donde se realiza contrabando a plena luz del día, por los pisos y callejones lúgubres en los que malviven inmigrantes sudaneses (como la joven Salwa, testigo accidental del crimen que se investiga) o los espacios que contraponen los otros, como la casa señorial del constructor investigado, o el puticlub de lujo o los hoteles donde se chantajea a los poderosos, o esos espacios intermedios, como el apartamento triste del policía con el retrato de su boda, o la comisaría, donde se encarcela y tortura sin más, lugares por los que pululan, jefes de policía como Kammal, que sabiendo mucho calla a cambio de tajada, Shafiq, ese tipo de personajes que construye por un lado, y por otro, hace del engaño y el seño su modus operandi, y los otros, los explotados, como Salwa, la inmigrante sudanesa o las jóvenes que sueñan con hacer carrera como cantantes y acaban explotando su belleza prostituyéndose a las élites corruptas del país, supervivientes al amparo de un mundo sórdido, deprimente y deshumanizado.

Saleh mide con excelente ritmo,  agilidad y sobriedad la investigación criminal, junto con el respiradero político y social que arde en la ciudad (dando buena cuenta su labor en el campo documental en sus primeros trabajos)  una metrópolis pintada de altos contrastes en amarillo y negro, donde el tiempo cinematográfico, acotado en 10 días, irá contaminando el interior y los conflictos que van sucediendo en la película. Una trama en el que convergen personajes de distinta procedencia, en el que todos intentarán salir airosos del entuerto, donde asistimos a ese tiempo de monstruos (ese tiempo que abarca el mundo que se rompe con el que todavía no ha aparecido) tiempo de muertes en contenedores de basuras o tirados en la calle, fantasmas que pululan por una ciudad que se golpea y dispara en la calle, donde unos no quieren perder el estatus de corruptela que también les ha ido, y otros, los de abajo, luchan y a veces, hasta con su vida, para tener una vida mejor. Saleh plantea una película que nos interpela constantemente, a unos espectadores, también ciudadanos de países donde una clase dirigente ha hecho de la corrupción su modo de vida, como si se tratase de una organización criminal y mafiosa, donde la llamada ley los ampara y también recibe sus correspondientes beneficios económicos.

Noredin es ese policía solitario, triste, honesto y enamorado que pretende seguir haciendo justicia, si alguna vez existió o algo queda de ella, en un mundo a punto de caer o ya caído, del que solo quedan unos restos carcomidos, el agente de la ley idealista que se topará con la oscuridad de un mundo malsano y podrido que aparenta legalidad y honestidad, aunque sólo sea apariencia, porque en el fondo, todo se quede en un fajo de billetes llenos de sangre, mentiras y falsedades. Saleh recoge el aroma de los grandes títulos clásicos como El sueño eterno, La ciudad desnuda o Los sobornados, y los más modernos, aquellos que devolvieron al género el esplendor perdido con protagonistas más humanizados y loosers como en La noche se mueve, El príncipe de la ciudad, o los de aquí como El arreglo o La caja 507, títulos donde la investigación policial recogía el atmósfera de corrupción política y social de unos países abocados a la injustica y la desigualdad, como bien describe la película de Saleh, que además de medir la realidad social de un país, una ciudad y unas gentes, en la que todo está a punto de estallar y ya nada volvería a ser igual, o tal vez, sí.

Kékszakállú, de Gastón Solnicki

LOS ESPACIOS INCIERTOS.

La película se abre con unos niños lanzándose a una piscina desde un trampolín de piedra, el movimiento es constante, mientras unos se lanzan, otros salen de la piscina y vuelven a subir los escalones para continuar con su actividad repetitiva, como si se tratase de una mecanización rutinaria que no tiene fin. Se puede apreciar un cartel que reza la siguiente frase: “Los hijos son responsabilidad de los padres”, premisa en la cual pivota todo el entramado, tanto formal como argumental del filme. El director Gastón Solnicki (Buenos Aires, Argentina, 1978) después de dos largos documentales, como Süden (2008) centrado en la figura del compositor Maurice Kagel (1931-2008) y Papirosen (2011) donde daba buena cuenta de su propia familia en la segunda mitad del siglo XX, y la dirección de uno de los episodios de la película colectiva Sucesos invertidos (2014), en el que se abordaba la importancia del archivo como patrimonio fílmico y humanista. Ahora, en su tercer largometraje, se inspira en la única ópera de Béla Bartok, El castillo de Barba Azul, y denomina a su película Kékszakállú (en húngaro: Barba Azul) para retratar a un grupo de adolescentes en un tiempo bisagra, ese tiempo incierto entre la infancia y la vida adulta, en el que estos chicos provenientes de clases acomodadas se sienten desprotegidos, llenos de incertidumbres y perdidos, que los lleva a angustiarse porque desconocen qué hacer, estudiar o qué camino emprender en sus vidas, unas vidas que hasta ahora se han movido en espacios de confort y una aparente tranquilidad en los que no les faltaba de nada.

Solnicki nos conduce por espacios lujosos y de veraneo que, en principio son construidos y diseñados para el ocio y el placer, pero en la película actúan de otra forma, causando incomodidad, extrañeza y terror, donde todo parece obedecer a una automatización de los deseos, sueños y demás. Los cinematógrafos Diego Poleri (autor de Las acacias o Encarnación, entre muchas otras) y Fernando Lockett (habitual del director Matías Piñeiro) son los encargados de impregnar la película de esa extrañeza continua, a través de planos fijos, colores pálidos, neutros, sin vida, y encuadres largos, en los que los espacios se convierten en personajes que parecen engullir e invisibilizar a los personajes, que en su mayoría son mujeres, chicas jóvenes que se mueven o simplemente existen en espacios, tanto domésticos, hoteles, piscinas o industriales, en los que no sienten cómodos y mucho menos tranquilos, atrapados en esas incertidumbres propios de una edad en la que deben decidir por sí mismos la vida que quieren o simplemente encontrar su espacio.

Solnicki filma  una tragicomedia  breve (apenas 72 minutos) interesante y reflexiva, en espacios desde la distancia, provocando la mirada voyeur de los espectadores, que son interpelados, no sólo para mirar las vacías existencias de los personajes, sino también, para ser retratados en esos espejos deformantes en los que verse reflejado y trazar esa línea invisible de empatía extraña y rara que se establece entre lo que estamos viendo y las vidas de los personajes, acompañados por la música de Bartok en algunos tramos, y sin subrayar con muchos diálogos su idea, situándonos en una incomodidad permanente, penetrando por unos paisajes que nunca veremos en su totalidad, sólo por partes, fragmentados, como los momentos vitales que atraviesan las chicas de la película, en una especie de rompecabezas que en cierta manera se recompondrá descubriéndonos unos espacios que aunque sigan pareciendo extraños adquieren algo de significado y claridad para las intenciones de los personajes.

El cineasta argentino se mueve casi en la abstracción, como ocurría en el cine de Antonioni, una de las fuentes de inspiración de la película, donde los personajes se movían casi por inercia en espacios que les eran vacíos, inhumanos y oscuros, a partir de una cotidianidad que aplasta y duele, en unas chicas que acaban pareciendo espectros de ellas mismas o de sus propias vidas, en unos planos que filman sus cuerpos, recortando sus figuras que en ocasiones parecen como estatuas o piedras inmóviles en suspenso, en el que todo ese ambiente parece llenarles de dudas, conflictos e incertidumbres. El buen trabajo de las actrices que manejan con soltura y convicción unos personajes que se mueven dentro de un extraño estatismo y oscuridad personal que, no acaban de encontrar en los espacios esa comodidad que antes si tenían, o simplemente antes, bajo la protección paternal ni se percataban de esa aura que les protegía, ahora, deberán emprender su camino y encontrar esos espacios vitales que todo ser humano necesita para conocerse a sí mismo y sentirse cómodo en su devenir vital

Encuentro con Rita Azevedo Gomes

Encuentro con Rita Azevedo Gomes, directora de “Correspondencias”, con motivo del preestreno de su película. El acto tuvo lugar el jueves 1 de junio de 2017 en el Zumzeig Cine Cooperativa en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rita Azevedo Gomes, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Ramiro Ledo y Xan Gómez de Numax Distribución, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño, y al equipo que hace posible el Zumzeig, por su amabilidad, generosidad y cariño.

Correspondencias, de Rita Azevedo Gomes

LA MEMORIA DEL EXILIO.

«Il y a des êtres à travers qui Dieu m’a aimé»

Louis-Claude de Saint-Martin,  “El filósofo desconocido”, 1743-1803

El año pasado, tanto propios como extraños, nos quedamos fascinados por la fuerza expresiva y narrativa de la película La venganza de una mujer, de la directora portuguesa Rita Azevedo Gomes (Lisboa, 1952) una pieza de cámara absorbente y fascinante que adaptaba de manera sublime Las diabólicas, de Barbey d’Aurebilly. Un relato de poderosas imágenes que nos atrapan a través del testimonio desgarrador de una mujer que relataba la penosa experiencia de un amor imposible del pasado. Ahora, Azevedo Gomes (que arrancó su carrera a comienzos de los 70) vuelve a mostrarnos un relato sobre el pasado, sobre la memoria, centrado en dos de las figuras más representativas de la literatura portuguesa del siglo XX, Jorge de Sena (1949-1978) perseguido por la dictadura de Salazar se exilió, primero a Brasil y finalmente a EE.UU., y Sophia de Mello Breyner Andresen (1919-2004), y la relación epistolar que mantuvieron ambos durante el período comprendido entre 1959 al 1978.

La película-viaje de Azevedo Gomes se desmarca del contenido político de las misivas para centrarse en la poesía de ambos, sus inquietudes personales y reflexiones sobre la vida, la muerte, la ausencia, el amor, etc… Y la cineasta portuguesa lo hace desde lo más profundo, acercándose a aquello que no vemos, aquello que se oculta en las sombras, aquello que forma parte de cada uno de nosotros, pero rara vez podemos explicar, y crea un mundo onírico, un mundo de luces y sombras, un caleidoscopio sin fin, en el que conviven texturas, colores, formas, pensamientos, ideas y todo aquello que la materia fílmica puede capturar, en el que viajamos hacia aquellos lugares que forman parte de la memoria de las poesías que vamos escuchando mientras reconocidas figuras van leyendo, tanto del arte como de la vida social, desde Luis Miguel Cintra, Rita Durâo, Pierre Léon, Eva Truffaut…La directora portuguesa abandona cualquier orden cronológico y estructura lineal, dejándose llevar por las diferentes poesías y creando un universo lleno de otros submundos que desconocemos donde empiezan y menos de donde acaban, en un continuo sinfín de imágenes, sonidos y lecturas que respiran unas con otras, dialogando entre ellas, y mezclándose en una elegía sobre un tiempo sin tiempo, un mundo soñado, alejado de éste, que obliga a los poetas abandonar su tiempo, lugar y vida.

Azevedo Gomes parece haber hecho su peculiar y personal viaje en el tiempo, en un tiempo sin fechas, sin lugares, y sin gente, en un tiempo onírico, imaginado, en su trabajo más libre y visceral, en una producción artesanal y con amigos, donde no había prisas ni agendas, sino tiempo para vivir y para filmar, capturando todo aquello que rebelaba lo que estaba sucediendo, lo que se vivía en ese instante, en una película-ensayo que nos devuelve la imagen primaria del cine, aquella en la que todo estaba por descubrir, aquella que nadie había manipulado jamás, cuando en sus inicios, alimentaba de sueños, mundos imposibles y lugares sin espacio y tiempo, donde la materia cinematografía se transmutaba en orgánica, como un pedazo de historia tangible y sedoso, en el que uno se podía imaginar mundos imaginarios, personas fantasmagóricas, y objetos en tránsito, como en un viaje infinito en que el alma se apropiaba de los sentidos y las ideas viajaban sin cesar, en el que tiempo y materia se mezclaban perdiendo su origen natural, y creando un espacio inmaterial y sin tiempo, en el que todo estaba dispuesto para tallar la imagen fílmica y soñada.

La realizadora portuguesa (que tuvo en Manoel de Oliveira a su mentor) ha construido un poema elegiaco, con esa característica mágica que solo encontramos en los grandes como Mekas o Sokúrov, un filme de imágenes poderosas que nos transportan hacia el interior de uno mismo, en un viaje sobre el exilio, la memoria, y la ausencia, donde la vida y la muerte conviven en un solo espacio, donde el agua (elemento primordial en la cinta, que aparece como elemento icónico en los viajes que se relatan en la película) nos devuelve hacia aquel tiempo en el que las cosas eran diferentes, en ese sueño utópico donde las cosas podrían ser de otra manera. Una película que invita al espectador a dejarse llevar, a introducirse en su materia poética de forma inocente, sumergiéndose en las lecturas de las poesías de forma reposada y con pausa, a través de sus 145 minutos, que se pasan volando, casi sin querer, en el que parece que los espectadores asistimos a una especie de trance fílmico donde nuestros sentidos viajan sin cesar hacia esos lugares imaginarios, profundos, interiores, no sólo de la película, sino de cada uno de nosotros.

Oleg y las raras artes, de Andrés Duque

cartel_poster_oleg_y_las_raras_artesLA BELLEZA DEL GESTO.

“(…) ¿Por qué no huele la fruta? En el mercado nada huele,  nada tiene aroma. Las personas han perdido su espíritu. ¿Por qué la gente se dedica a sus asuntos? Cuando lo que hay que hacer es dejar todo de lado. Sentarse en una silla y contemplar el horizonte de la historia”

Oleg Karavaichuk

El universo cinematográfico de Andrés Duque (1972, Caracas) personal e inclasificable, transita alejado de las narrativas convencionales, moviéndose en los márgenes de una industria demasiado complaciente. Su obra nace de un continuo diálogo y  búsqueda  perpetua de imágenes de diferentes orígenes, formatos y texturas, de naturaleza fragmentada, aparentemente inconexas, en el que laten algo parecido a relatos autobiográficos (huyendo de la biografía al uso) una especie de diarios filmados en los que no sólo retrata a alguien, sino también a sí mismo, tanto lo emocional como lo físico, como ocurría en sus dos primeros largos, Color perro huye (2011) y Ensayo final para utopía (2012).

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En el caso que nos ocupa,  el espíritu que recorre Oleg y las raras artes, tendríamos que remontarnos a su película  Iván Z (20034), dedicada al carismático e inclasificable cineasta Iván Zulueta (1943 – 2009) en la que con una filmación de sólo tres días en la casa del realizador y dibujante en San Sebastián, hace un retrato transparente y naturalista de todo aquello oculto, alejado de lo convencional, en una obra que se mueve entre las sombras y los recuerdos de alguien que da habida cuenta de una vida dedicada al cine, en los que nos habla en primera persona, sin tapujos y con una franqueza que asombra, siguiendo los pasos desestructurados de una biografía en la que ha habido de todo: cine, dibujos, familia, amigos, heroína, y tiempo transcurrido y perdido entre lo propio y lo ajeno. Duque habla con el personaje que filma, actúa tanto como narrador/espectador/cineasta que nos descubre el entorno doméstico de un artista que parece haber envejecido con él, en un intento vano e inútil, de detener un tiempo que nos devora.

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Oleg y las raras artes camina por los mismos postulados que Iván Z, aunque aquí Duque no interviene de manera física en la película, en esta observa y filma con su cámara a su personaje misterioso Oleg Karavaichuk (Kiev, 1927 -2016) pianista y compositor prodigio que, debido a su enfrentamiento con Stalin, su vida y su arte quedó en segundo lugar, casi en el ostracismo, porque el veto estatal sólo le permitió dedicarse a la composición de bandas sonoras para el cine, que llegó a componer más de 100. Duque dispone a su personaje en dos espacios, uno, el Museo Hermitage de San Petersburgo (el mismo lugar elegido por Sokurov para filmar El arca rusa, su imponente fresco histórico sobre los zares de Rusia), y la casa de Oleg, y alrededores. En el museo, ya desde la primera secuencia, en el que la cámara filma un largo pasillo, en el que al fondo se abre una puerta y entra Oleg que avanza hacia nosotros, el músico se detiene frente a la cámara y comienza a hablarnos en primera persona del museo, de su amor divino hacía ese espacio de arte, de la perdida de curiosidad sobre el arte de las gentes modernas, y de la exquisita belleza artística de Catalina la grande, y el mal hacer de Putin en el 250 aniversario del museo.

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Las palabras de Oleg, con esa voz agua y aflautada, su cuerpo menudo y frágil, y una indumentaria curiosa (chándal negro, jersey negro, una peluca a lo sastrecillo valiente y su inseparable boina marrón) nos devuelven un tiempo ya extinguido, el del zar Nicolás II, y sus salones elegantes y lujosos, la revolución bolchevique, la época soviética y Stalin(para el que tocó con 7 años de edad, hecho que provocó que su padre, violinista de prestigio, fuese liberado) y sobre todo, nos habla de sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre arte, música, analizando todos los cambios y procesos que ha vivido la música y los diferentes estilos que la han abordado mediante su ritmo, armonía y acordes. Duque captura la esencia de su personaje, inundando su película a través de planos generales y detalle (las manos) filmando sus movimientos suaves y reposados cuando nos habla de pie frente a nosotros, y llenos de energía y furia cuando toca el piano (el único pianista autorizado a tocar el piano de oro del Hermitage).

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Duque ha elaborado una fascinante y maravillosa película/experiencia que trasciendo lo humano para penetrarnos en lo sublime y divino, en una elegía íntima e inquietante, que se transforma en una hermosísima obra sobre la belleza, sobre la pasión del arte y la música, protagonizada por un personaje apartado y en el ostracismo, que gracias a la película podemos conocer, escuchar y deleitarnos, no sólo con su arte, sino también, con su mirada crítica y agradecida del tiempo que ha vivido, un testigo de un tiempo ya perdido, ya muerto, espectral, como en la maravillosa secuencia en la que mientras camina por los alrededores de su casa habla de la casita verde de su amiga que ya no está, y de otros tantos que existían. Un personaje humanista y delicado, extraño y excéntrico, pero maravilloso y con una extraordinaria capacidad de emocionarnos con lo mínimo, que se levantó contra lo establecido y lo cómodo, y pagó sus terribles consecuencias, que grito contra aquellos que amenazan la música y el arte, como explica en un instante: “No se puede mover nada en la música. ¡Todo tiene que suceder por sí solo! Por encima de la voluntad”. Un genio raro, pero no lo son todos los genios, alguien que narra su vida, su música, que a veces cuando duerme, toca el piano en sueños, una música que proviene de lo divino, formada por la materia de aquello que nos conmueve, que sentimos, pero que somos incapaces de ver, porque hay cosas, las más bellas y apasionantes que le dan todo el sentido a nuestras vidas, que no entienden de razones, no, sólo se pueden ver y tocar con el alma y lo más profundo de nuestro ser.


<p><a href=”https://vimeo.com/75760021″>OLEG Y LAS RARAS ARTES</a> from <a href=”https://vimeo.com/intropiamedia”>Introp&iacute;a Media</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>