El profesor de esgrima, de Vincent Pérez

ÉRASE UNA VEZ EN FRANCIA EN 1887… 

“El honor de un hombre no está en mano de los demás; está en nosotros mismos y no en la opinión pública. No se defiende con la espada ni con el escudo, sino con una vida íntegra e intachable”. 

Jean-Jacques Rousseau

Al magnífico actor francés Vincent Pérez (Lausana, Suiza, 1964), lo conocíamos por su extensa filmografía con más de 80 títulos al lado de grandes cineastas como Scola, Antonioni, Wenders, Raoul Ruiz, Polanski, Beresford, entre muchos otros. En la década de los noventa alcanzó su cénit con tres monumentos al cine como Cyrano de Bergerac (1990), de Jean-Paul Rappeneau, Indochina (1993), de Régis Wargnier y La reina Margot (1994), de Patrice Chéreau. Tres grandes producciones históricas que cosecharon grandes críticas y premios y lo encumbraron al estrellato de la cinematografía francesa. Mucho del espíritu de las citadas se encuentra en su tercer largometraje como director El profesor de esgrima (en el original “Une affaire d’honneur”), por varios motivos: Es una película histórica, ambientada en el París de 1887, con la marca del cine francés en este tipo de cintas, donde cada detalle y elemento están muy bien cuidados. Cuenta una historia de personajes cercanos y complejos, y además, la trama es sencilla y directa, recogiendo muy bien los convulsos años de finales del siglo XIX. 

La historia nace a partir de un guion escrito por Karine Silla (que trabajó con el director en su primer trabajo Peau d’argo en 2002), nos cuenta una rivalidad que se genera a través del duelo fratricida entre el sobrino de Clément Lacaze, un venerado maestro de armas, y el arrogante coronel Louis Berchère, y por otro lado, tenemos a madame Marie-Rose Astié de Valsayre, feminista y activista por los inexistentes derechos de las mujeres, que se pone firme contra Ferdinand Massat, redactor jefe de un diario que calumnia constantemente a la citada dama. Dos historias en una. Dos tramas que convergen en una, en la estrecha relación de Lacaze y Astié de Valsayre, ya que uno prepara a la mujer en su duelo. Es la trama de cuatro duelos totalmente diferentes: con sable, con pistolas, con florete, y el último, con espada y a caballo. Pérez ha pasado como director por el drama a lo amour fou en su primera película, después en El secreto (2007), el thriller tomó el mando, y en su tercera cinta Cartas de Berlín (2016), ambientada en la mencionada alemana en 1940 se decantó por el drama. En El profesor de esgrima se aventura por un sólido drama histórico en el que reúne muchos de los temas y géneros de sus anteriores películas. 

Un gran plantel técnico empezando por la excelente cinematografía de Lucie Baudinaud, de la que vimos Olga (2021), de Elie Grappe, construyendo una película narrativamente extraordinaria, donde cada luz y cada textura está al servicio de la historia, dotando a la historia de todos las complejidades de una Francia traumatizada por las secuelas de la guerra y donde las mujeres carecían de derechos esenciales. La abrumadora música del dúo de hermanos Evgueni y Sacha Galperini, que son unos perfectos acompañantes para ir generando toda esa dualidad que se va creando entre los diferentes conflictos de los personajes, además de insuflar ese halo romántico e histórico que necesitaba una película de estas características. El gran trabajo de montaje de concisión y sobriedad de Sylvie Lager, que tiene en su filmografía nombres como los de Claude Berri, François Dupeyron y Dómik Moll, entre otros. Amén de los equipos de vestuario, arte y caracterización que vuelven a situar a una película como El maestro de esgrima  entre los grandes títulos franceses en lo que se refiere a recreación histórica, tan difícil porque se ha de recoger una atmósfera específica sin caer en la manida belleza y pulcritud. 

Como no podía ser menos el plantel artístico es de una excelencia alucinante capitaneado por el maravilloso Roschdy Zem, que gran actor, interpretando a Clément Lacaze, dándole todos los matices y detalles de un militar cansado de tanta guerra y tanta estupidez que se ve involucrado, muy a su pesar en un duelo peligroso. A su lado, la fantástica Doria Tillier, vista en películas de Nicolas Bedos, entre otros, es la encargada de construir a Marie-Rose Astié de Valsayre, un mujer de armas tomar, y nunca mejor dicho, que lucha por los derechos de las mujeres, incansable, con carácter y recta en un mundo dominado por hombres machistas y conservadores. Luego, tenemos a un reparto que brilla con intensidad empezando por Guillaume Galliene, un actor con más de 40 títulos en su carrera con diversos y estupendos cineastas, que hace del lugarteniente y hermano del citado Lacaze, tan sobrio y tan natural, el siempre elegante Damien Bonnard es Ferdinand Massat que se enfrenta a la madame, siendo esos tipos lameculos del poder a través de su diario, y por último, el propio Pérez que es el antipático Berchère, el militar condecorado que sigue creyendo que está en el campo de batalla. 

Si les gusta el cine histórico y más concretamente, el francés, y no lo digo porque sí, sino porque es un cine que reconstruye con rigor exquisito todos los contrastes y complejidades de épocas muy importantes de la historia de su país. En El maestro de esgrima nos trasladan al París de finales del XIX, en una Francia abocada a guerras inútiles que dejaban miles de muertos, y en el que todavía todas las personas no disponían de los mismos derechos, en especial, a las mujeres que se las trataba de personas supeditadas al hombre. Un país que prohibía terminantemente los duelos y aún así, como suele pasar en estos casos, se sucedían por cuestiones de honor, por asuntos de honor, como reza el título original de la película. Tiene mucho del aroma de ese gran monumento al cine que es Los duelistas (1977), de Ridley Scott, en el que en los albores del XIX, dos oficiales napoleónicos se batían en un duelo enloquecido e infinito. No he visto las anteriores películas como director de Vincent Pérez pero en esta, nos ha convencido su buen hacer con un relato que no era nada fácil, porque maneja muchos elementos complicados, aunque se sirve de una sencilla y estupenda trama, que va de frente, sin alardes ni pericias narrativas y formales, sino tomando el ejemplo de los maestros con los que él trabajó como actor, recurriendo al clasicismo y sobre todo, introduciendo las reivindicaciones feministas, que eso la hace diferente a las demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sidonie en Japón, de Élise Girard

LOS PARAÍSOS PERDIDOS.  

“Los verdaderos paraísos son los perdidos”. 

Jorge Luis Borges

La grandeza del cine japonés se ha alimentado de unas características que lo han hecho muy reconocible internacionalmente. Pensamos en ese tempo sostenido y cadente, unos encuadres fijos y muy pensados, ausente de diálogos y explicaciones, y personajes silenciosos que todo lo expresan a través de la mirada y el gesto tranquilo y tímido. Un cine donde lo importante se mueve en ese especie de limbo donde relato y forma se funden para seguir emocionalmente a unos individuos que se mueven de aquí para allá sin más. La directora Élise Girard (Thouars, Francia, 1976), empezó con un par de documentales y luego pasó a la ficción con Belleville Tokyo (2010) y Drôles d’oiseaux (2017), sendos retratos femeninos en los que podríamos rastrear el argumento de Sidonie en Japón, porque en la primera tenemos a una joven embarazada y abandonada por su pareja en pleno duelo, y en la otra, a otra joven que llega a París y descubre una librería antigua y a su solitario dueño. 

A partir de un guion que firman Girard junto a Maud Amelie (que coescribió Scarlet, de Pietro Marcello), la desaparecida Sophie Fillères (cineasta y coescritora con Philippe Grandieux), que ambas escribieron la película Garçon chiffon (2020), de Nicolas Maury, en la que a modo de cuento o de haiku japonés, nos cruzamos con la citada Sidonie, una madura escritora que ha perdido a su marido en un accidente y viaja a Japón porque su primer libro se edita en el país asiático. Allí, conocerá a Kenzo Mizoguchi, su editor que la llevará a diferentes actos de promoción como encuentros con la prensa, presentaciones y demás. Una trama construida a partir de la pausa y los silencios, con muy pocos diálogos, en los que conviven la idiosincrasia propia de Japón, entre lo ancestral y lo mega moderno, entre los vivos y los muertos, dos antagonismos que se mezclan constantemente en la historia, además de la parte emocional de los dos personajes, en pleno duelo. La escritora que sigue añorando a su marido, y el editor que no acaba de seguir después que su mujer lo dejase. A través del drama íntimo iremos pasando por lo fantástico, pero no desde el arquetipo, sino como conflicto emocional, donde el fantasma del marido de ella se le aparece, como sucedía en Sin fin (1985), de Kiéslowski.

La parte técnica de la película ejemplar en su definición y detalles camino al son de lo que cuenta la película, con una gran cinematografía de Céline Bozon, que ha trabajado con cineastas tan interesantes como Tony Gatlif, Valérie Donzelli y Serge Bozon, entre otros, donde cada encuadre está cimentado desde la pulcritud y la concisión, así como la sensible música de Gérard Massini, que va sumergiéndonos en esta relación tan especial y peculiar, así como el estupendo montaje de Thomas Glaser, que ya trabajó con la directora en la mencionada Drôles d’oiseaux, en una película nada fácil con sólo dos personajes, que hablan muy poco, y ese ritmo tan pausado que tiene la película, en una cinta de 95 minutos de metraje. Si lo técnico está en sintonía con lo que se cuenta, la interpretación es punto y aparte, porque la pareja protagonista es de una elegancia y naturalidad aplastantes. Qué decir de Isabelle Huppert, con más de medio siglo de carrera y más de 150 títulos como actriz. No sólo es una grande de la historia del cine, sino que lo que toca lo hace de una sencillez y calidez absoluta. Su Sidonie es una mujer rota, en soledad, sin alicientes, sin amor, que ni lee ni escribe. Su viaje a Japón será un no quiero pero que acepta como necesidad, como pequeña luz. 

Junto a Huppert, dos hombres. Por un lado, está el actor japonés Tsuyoshi Ihara, que hemos visto en Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood y 13 asesinos, de Takashi Miike, entre muchas otras, como el editor, un hombre también desolado, roto y autómata. Dos almas que se encuentran, con la misma ruptura emocional y en el mismo lugar, con esas miradas, palabras y silencios mientras van en coche o en tren o visitan lugares. Como marido-fantasma asume el rol el actor alemán August Diehl, con una carrera espectacular al lado de Hans-Christian Schmid, Schlöndorff, Glagower, von Trotta, Tarantino, August, Vinterberg y Malick, con una imagen poderosa y nada convencional. Si con todos los argumentos que he escrito sobre Sidonie en Japón, todavía no se han decidido a acercarse al cine a descubrirla, sólo les puede decir una última cosa. No es una película triste, habla de tristeza eso sí, también de dolor y de vacío interno, y de muchas cosas más relacionadas con el alma que, aunque no sean nada agradables, alguna vez en la vida o muchas veces vamos a tener que tratar con ellas, y ver cómo otras personas lo hacen, puede ser un buen aprendizaje o quizás es mucho más, porque pasar un duelo o extrañar a alguien que ya no quiera estar a nuestro lado son carencias que, seguramente no vamos a estar del todo recuperados de ellas, pero sí que podemos vivir con ellas, acostumbrarnos a esa pérdida, algunos días más que otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La casa, de Álex Montoya

EL DUELO Y LOS CUIDADOS. 

Cuando estaba a punto de llamarlo me acordé de que papá ya no estaba”. 

Del cómic La casa, de Paco Roca

El dibujante Paco Roca (Valencia, 1969), se ha consolidado como uno de los grandes del género con obras de la calidad de Las calles de arena, El invierno del dibujante, Los surcos del azar y Regreso al Edén, entre muchas otras. Dos de ellas, Arrugas y Memorias de un hombre en pijama han sido llevadas al cine en películas de animación, y la otra, que combinaban dibujos animados e imagen real. La casa es la tercera adaptación al cine del universo del dibujante valenciano, en la que sigue hablándonos de sus temas preferidos: la familia, el paso del tiempo, y las heridas y pequeñas alegrías de la cotidianidad, con leves dosis de humor. El film escrito por Joana M. Ortueta, de la que hemos visto su trabajo en series como Servir y proteger, y Heridas, y el propio director, nos sitúa en apenas cuatro días, que van de jueves a domingo. Un largo fin de semana en el que tres hermanos se reúnen con sus respectivos núcleos en la casa familiar donde pasaron su infancia, llena de recuerdos, de memoria, de alegría, pero también de dolor, tristeza y ausencias. 

Unos pocos días en los que a modo de despedida se reunirán, mirarán al pasado y verán su futuro en que la casa se pondrá en venta, o eso es lo que pretenden. A partir de miradas y pequeños gestos se va construyendo el tono y la forma de la historia, con grandes momentos de sensibilidad y dulzura, que tanta falta hacen a los tres hermanos, que están demasiado lejos. Tenemos a Vicente, resentido y difícil de llevar, José, el escritor que estuvo muy ausente, y Carla, la que lo cuidó y la que intenta restablecer los puentes emocionales. Y, luego los otros, sus respectivas parejas e hijos, que actúan como testigos participantes en los reproches y tensiones entre los hermanos. La película crea un espacio sensible e íntimo, alejado de las sensiblerías y condescendencias de este tipo de obras que nos tiene acostumbrados el cine más comercial y vacío.  La casa demuestra que se puede hacer una película profunda y cercana, sin caer en aspavientos llorones y en esa moralina tan facilona y estúpida. Y hace todo eso desde la humildad, heredada del universo Paco Roca, donde todo se puede tocar, se puede oler y sobre todo, abrazar, rodeados de unos personajes que podríamos ser nosotros, en otras circunstancias, pero igual de vulnerables y contradictorios y perdidos. 

Al director Álex Montoya (Valencia, 1973), con un buen puñado de cortometrajes que le han otorgado valiosos premios, y autor de dos largometrajes muy estimables, Asamblea (2019), y Lucas (2021), cine hecho con pocos recursos, pero grande en su forma, fondo y mirada a un grupo de personajes en constante huida y en encontrarse a sí mismos. Con La casa, de la que también es coproductor y comontador, sigue sumergiéndonos en esos mundos domésticos y tangibles, ahora en el interior de una casa, una casa con mucha historia, en un guion que va y vuelve, y que se mezclan presente y pasado, recuerdos y memoria en continuo movimiento y muy activa, donde los personajes viajan en el tiempo y rinden cuentas a lo que fueron, y sobre todo, a la ausencia y a los ausentes, y las huellas imborrables que les han dejado. La magnífica cinematografía de Guillem Oliver, que ya estaba en Asamblea, con esos encuadres y detalle en el plano y la composición, y esa textura de Súper 8 para rememorar el pasado, al igual que su estupendo montaje que firma Lucía Casal, que ha editado tres películas de Jaime Rosales (Hermosa juventud, Petra y Girasoles silvestres), en una película con su tiempo justo con sus 83 minutos de metraje, donde pasado y presente se convierte en un sólo tiempo, en que la casa almacena ese “tiempo” sin tiempo, un tiempo que no existe y a la vez, está tan presente y activo. 

Mención aparte tiene la maravillosa música de un grande como Fernando Velázquez que, es la mejor compañía para las imágenes, pero no acompañando sin más, sino creando ese espacio fílmico donde el tiempo, parte crucial del relato, es un ente vivo que deambula por y dentro de los diferentes personajes, creando todo el entramado y diálogo emocional con cada uno de ellos. Una composición que  sabe recoger todo ese tiempo condensando, mostrando lo invisible y buceando con respeto por las emociones de las diferentes almas tan perdidas y tristes que, en esos cuatro días se enfrentarán a demasiadas cosas, tanto con y contra ellos mismos, y los demás. Un reparto coral en el que destacan el trío de hermanos con un siempre natural y transparente David Verdaguer como José, qué fácil parece interpretar cuando lo hace este inmenso actor, junto a Óscar de la Fuente en Vicente, que recordamos como el enfadado de El buen patrón, y Lorena López como la hermana reconciliadora, que participó en Asamblea, al igual que Marta Belenguer y Jordi Aguilar, la gran presencia de Luis Callejo como el padre, ahora fantasma que está tan presente, Olivia Molina como la pareja de José, María Romanillos, la hija de Vicente, y Miguel Rellán, siempre tan bien como un amigo del pasado del padre. 

La historia de La casa, que se abre y se cierra como Pauline en la playa (1983), de Éric Rohmer, con esa puerta-verja custodia de todo un universo pasado y feliz. Una película emparentada con Las horas del verano (2008), de Olivier Assayas, en la que también había tres hermanos (dos hombres y una mujer), que se reunían en la casa familiar para llegar a un acuerdo y venderla. Dos historias con un denominador común: relatos humanos sobre las diferentes formas de afrontar el duelo y la ausencia, y sobre cómo nos cuidamos los unos con los otros, y cómo afrontamos nuestras emociones, todos nuestros infiernos interiores, y la dificultad de expresarse, cuidarnos y hacer nuestra vida sin olvidar a los nuestros, a los que están pero un día dejarán de hacerlo, y tendremos que seguir sin ellos, arrastrando recuerdos, huellas y demás pinchazos emocionales que, la mayoría de ellos, serán difíciles de llevar, porque la vida y el paso del tiempo siempre nos pone en nuestro sitio, y siempre olvidamos la vulnerabilidad de nuestras existencias, lo rápido que va todo, que pasa todo, y cómo nos olvidamos, muy frecuentemente de lo que importa y lo que no tiene tiempo, porque sucede y se va para no volver. De todo esto habla una película que me ha encantado, porque entre sus muchas miradas tiene eso que tanto me gusta ver en el cine: unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos vemos muy reflejados, en muchos casos, demasiado, tanto que da miedo, de ser cómo somos, aunque, mientras sigamos aquí, tenemos tiempo para no mirarnos tanto el ombligo y mirar a los otros, porque un día ya no estarán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Antonina Obrador

Entrevista a Antonina Obrador, directora de la película «Quest», en el Hangar. Fàbriques de Creació en Barcelona, el viernes 1 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonina Obrador, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El chico y la garza, de Hayao Miyazaki

LA MADRE DE MAHITO. 

“La ausencia puede estar presente, como un nervio dañado, como una ave sombría”.

De La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger. 

La primera vez que vi una película de Hayao Miyazaki (Tokyo, Japón, 1941), fue La princesa Mononoke (1997), a través de la recomendación entusiasta de un amigo de entonces allá por el 2001. A partir de ese instante, lo recuerdo con nitidez, quedé alucinado por la historia y por todo. Su desbordante y alucinante imaginación visual. Una trama trepidante llena de drama, aventuras, tensión y pura emoción, y ese tratamiento humanista, donde primaba el respeto hacia el otro, hacia la naturaleza, hacia los animales y cualquier ser vivo por insignificante que fuese. Una profundidad apabullante entre lo que miraba y lo que sentía, explorando temas como la amistad, la muerte, la ausencia, y demás valores y emociones, extraordinariamente bien explicados, tratados y mostrados. Nunca he visto las películas de Miyazaki como solamente cintas de animación, sino como trabajos sobre la vida: tanto la luz como la oscuridad, en una convivencia que las hacía tremendamente sólidas, profundas y a la vez, muy sencillas. Da igual que entiendas todo su entramado simbólico y espiritual que contiene, no es excusa para dejarse llevar por sus relatos de iniciación, de esa infancia que debe enfrentarse con la muerte y la enfermedad, con su pérdida, ausencia y duelo. 

Justo hace diez años, pensábamos que El viento se levanta, biografía sobre el ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, que sería la última de Miyazaki, como dejó claro él mismo. Así que, nos alegra enormemente el estreno de El chico y la garza, que vamos a decir que es la penúltima película del genio nipón, por si las moscas,  (que toma el título de la novela homónima Kimitachi wa dô ikiru ka, traducida por ¿Cómo vives?, de Genzaburo Yoshino, que la madre del director le regaló en su juventud), que sigue la senda de sus anteriores trabajos, como no podía ser de otra manera, y continúa sumergiéndonos en los temas y elementos que lo han convertido en uno de los maestros incontestables del cine. Encontramos su componente autobiográfico (el padre del director fue ingeniero que trabajó haciendo armas durante la guerra, y su madre estuvo enferma varios años), la infancia como espacio de alegría, sueños y tristeza, la omnipresente Segunda Guerra Mundial que vivió, la enfermedad, la muerte, la pérdida, el duelo infantil, la vida, la amistad, la vejez, los mundos dentro de este, el respeto hacia la naturaleza y los animales, y la fusión entre el mundo de los vivos y los muertos, esos seres mitológicos y de otros mundos y tiempo, sus universos de fantasía, coloridos, espirituales y llenos de todo y todos. 

Con la producción de Toshio Suzuki, esencial en el organigrama productivo del Studio Ghibli, nos sumerge en una historia, de extrema sencillez, nos sitúa en la mirada de Mahito de 11 años, en el Japón en plena Segunda Guerra Mundial que, después de la muerte de su madre, abandona Tokio junto a su padre, un ingeniero que diseña armas para la contienda, y se traslada a un pueblo donde el padre tendrá una nueva esposa, Natsuko, hermana pequeña de su madre. La nueva vida de Mahito no resulta nada fácil, no encaja en el colegio, su padre se muestra autoritario y encima, recuerda demasiado a su madre fallecida. Todo se vuelve del revés con la desaparición de Natsuko en una inquietante Torre que se erige cerca de su nueva casa. Mahito se adentra en la edificación junto a una garza gris, que es mitad animal mitad humano y muchas cosas más. Un universo paralelo o no, de la propia vida o quizás, de la idea que tenemos de la vida, o podríamos decirlo, como un universo que materializa nuestros más profundos sentimientos y emociones. En el fondo, Mahito entra en ese mundo o estado, y comienza a encontrarse con todos aquellos que ya no viven y con vivos, donde la realidad, la ficción y la fantasía de la propia vida se mezcla, se fusiona y se retroalimenta de nosotros mismos. 

Miyazaki siempre nos propone viajes sin fin hacia nuestros espacios más difíciles, a enfrentarnos con nuestros miedos, inseguridades y demás oscuridades, pero no lo hace desde el drama, sino todo lo contrario, nos lleva a lugares mágicos, llenos de aventuras, de personajes fantásticos, sin olvidar de todo lo inquietante y perturbador de nuestros pensamientos y emociones. Tiene la inmensa capacidad de adentrarse en lo más profundo de nuestro ser desde la sencillez, la transparencia, el color y la emoción de la imaginación, la ilusión y la alegría y la tristeza. La excelente música de Joe Hisaishi, un gran cómplice de Miyazaki con unos 19 trabajos juntos, que casa a la perfección y mucho más allá, con las imágenes del imaginario del director, es imposible imaginarnos otra música para la belleza y la poesía del cine de Ghibli, que fundaron en 1985 MIyazaki y Isao Takahata (1935-2018), una compañía que ha creado algunas de las imágenes más apabullantes y profundas del cine de animación de las cuatro últimas décadas. El chico y la garza tiene mucho que ver, como no podía ser de otra manera, del cine de Ghibli. Tenemos La tumba de las luciérnagas (1988), del citado Takahata, donde las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial se ven reflejadas en la vida de dos hermanos huérfanos. También, en Mi vecino Totoro (1988), la enfermedad de la madre trastoca la vida de un niño del Japón rural que encuentra refugio en una animal fantástico. Hemos mencionado estos dos títulos, pero en esencia y espíritu el Studio Ghibli es un universo en sí mismo, y no es de extrañar que sus tramas, personajes y espacios se retroalimentan y conformen un único universo en el que pueden pasar de una película a otra con total naturalidad. 

La naturalidad y la densidad de su cine se mueve en un viaje infinito en el que sus personajes y sus lugares son diferentes en sí mismos y a la vez, muy parecidos, porque Miyazaki no olvida el desastre y la oscuridad del mundo, sino que lo maneja y le ofrece un nuevo rumbo, en el que sus jóvenes personajes lidian con él, como sucedía en Nausicaä del valle del viento (1984), El castillo ambulante (2004) y Ponyo en el acantilado (2008), donde la fantasía y los sueños ofrecen una vía de escape y también, un excelente refugio en el que enfrentarse a todo aquello que nos duele, que no entendemos y sobre todo, que nos entristece. Sus personajes como Mahito van hacia lo desconocido sin miedo, con dolor, pero no rehúyen de la tristeza, porque saben que la única forma de seguir hacia adelante es mirar lo que nos duele y aceptarlo, porque en el fondo, podemos huir, rodear o no hablar del conflicto, pero no ayuda, porque sigue ahí, la ausencia, la pérdida y la muerte son hechos irrefutables a los que, tarde o temprano, debemos hacer frente y aceptar y sobre todo, seguir con la alegría a pesar de la tristeza, a ofrecer mi corazón como cantaba Sosa, a pesar de la guerra, a pesar de todo, porque no hay otra manera de vivir que mirar de frente el dolor, la enfermedad y la muerte. Gracias Miyazaki por tu cine, por cómo lo miras, lo investigas y lo construyes, y por seguir creyendo en la humanidad a pesar de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dialogando con la vida, de Christophe Honoré

EL DUELO A LOS 17 AÑOS. 

“El duelo no te cambia, te revela”.

John Green

Si tuviéramos que resaltar los elementos comunes del universo cinematográfico de Christophe Honoré (Carhaix-Plouguer, Francia, 1970), en sus 15 títulos hasta la fecha, transitan por la juventud, en muchos casos, la adolescencia, en ese intervalo entre la infancia y la edad adulta, la homosexualidad, y la familia como componente distorsionador de todo esos cambios emocionales y físicos. Un cine anclado en la cercanía y en la inmediatez, relatos que vivimos con intensidad, que ocurren frente a nosotros, con personajes deambulando de aquí para allá, una especie de robinsones que están buscando su lugar o su espacio en un momento de desestabilización emocional que los sobrepasa. En Dialogando con la vida, nos sumergimos en la realidad triste y oscura de Lucas Ronis, un adolescente de 17 años que acaba de perder a su padre en un accidente de tráfico. La película se centra en él, en su peculiar vía crucis, alguien que ahora deberá vivir en un pequeño pueblo junto a su madre, Isabelle, pero antes irá a visitar a Quentin, su hermano mayor que trabaja como artista en la urbe parisina. 

El protagonista verá y dará tumbos por París, de manera descontrolada e inestable, y entabla cierta intimidad con Lilio, compañero de piso de su Quentin y también, artista. Como es habitual en el cine de Honoré, la trama gira en torno al interior de sus individuos, a su complejidad y vulnerabilidad, a esos no caminos en un continuo laberinto que parece no tener salida o quizás, todavía no es el momento de tropezarse con ella. La cámara los sigue ininterrumpidamente, como un testigo incansable que los disecciona en todos los niveles, una filmación agitada, mucha cámara en mano, donde el estupendo trabajo de Rémy Chevrin, un habitual en el cine de Honoré, consigue sumergirnos en la existencia de los personajes, sin ser sensiblero ni condescendiente con ellos y mucho menos con sus actos, siempre teniendo una mirada observadora y reflexiva, como el ajustado y detallista trabajo de montaje de Chantal Hymans, otra cómplice habitual, que construye una película donde suceden muchas cosas y a un ritmo frenético, pero que en ningún momento se nos hace pesada o aburrida, sino todo lo contrario, y eso que alcanza las dos horas de metraje. 

La música de Yoshihiro Hanno, del que escuchamos su trabajo en la magnífica Más allá de las montañas (2015), de Jia Zhangke, ayuda a rebajar la tensión y a acompañar el periplo ahogado y autodestructivo, por momentos, que emprende el zombie Lucas. Un drama en toda regla, pero no un drama exacerbado ni histriónico, sino todo lo contrario, aquí el drama está contenido, hace un gran ejercicio de realidad, es decir, de contar desde la verdad, desde ese cúmulo de emociones contradictorias, complejas y ambiguas, donde uno no sabe qué sentir y qué está sintiendo en cada momento, unos momentos que parecen alejados de uno, como si todo lo que estuviese ocurriendo le ocurriese a otro, y nosotros estuviésemos de testigos presenciando al otro. El director francés siempre ha elegido bien a sus intérpretes, recordamos a Louis Garrel y Roman Duris de sus primeros films, que encarnaban esa primera juventud tan llena de vida y tristeza, o la Chiara Mastroianni, de esas otras películas de mujeres solitarias en su búsqueda incesante del amor o del cariño. 

Un gran Paul Kircher, con apenas un par de filmes a sus espaldas, se une a esta terna de grandes personajes, destapándose con un soberbia composición, porque su Lucas Ronis es uno de esos con mucha miga, en un abismo constante, en esa cuerda floja de la pérdida, de la tristeza que no se termina, instalada en un bucle interminable, y esas ganas de gritar y de llorar a la vez, de ser y o ser, de querer y matarse, de tantas emociones en un continuo tsunami que nada ni nadie puede atajar. A su lado, un Vincent Lacoste, en su cuarta película con Honoré, siendo ahora el hermano mayor del protagonista, una especie de segundo padre, o quizás, una especie de amigo que algunas veces es encantador y otras, un capullo rematado. Luego, tenemos a la gran Juliette Binoche, en su primera película con el director francés, en un personaje de madre que debe dejar a su hijo volar un poco, dejarlo estar porque éste necesita enfrentarse a sus miedos y sus cosas, eso sí, estar cerca para cuando lo necesite, porque la necesitará. Y finalmente, el personaje de Lilio, que interpreta Erwan Kepa Falé, casi debutante, una especie de tabla de salvación para Lucas, o al menos así lo ve el atribulado joven, un hermano mayor, aunque no real, sí consciente de su rol, de esa imagen que le tiene Lucas, para bien y para mal. 

Dialogando con la vida no es una película sensiblera ni efectista, las de Honoré nunca lo son, gustarán más o menos, pero el director sabe el material emocional que tiene entre manos y lo maneja con soltura y acercándose desde la verdad, desde lo humano, porque su película viaja por caminos muy difíciles, los que no queremos conocer, no esconde la incomodidad que produce, porque se mueve entre las tinieblas del duelo, ese ahogamiento que nos aprieta y suelta según nuestras emociones, un paisaje por el que tarde o temprano todos debemos pasar, y sobre todo, llevar con la mayor dignidad posible, sin pensar que todo lo que está ocurriendo es trascendental, porque un día, no sabemos cuándo se producirá, un día todo se calmará, todo volverá a un sitio, no al sitio que lo dejamos, porque se habrá transformado y ahora parecerá otro, pero nuestra esencia estará esperándonos, de otra forma, con otros ojos, porque el duelo siempre cambia, y más cuando tienes diecisiete años, una edad en la que ya de por sí estás cambiando, descubriendo ese otro lugar que dura toda la vida, y sobre todo, descubriéndote, lo que sientes, cómo lo sientes, por quién lo sientes y quién quieres ser, ahí es nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Petite Maman, de Céline Sciamma

NELLY Y MARION TIENEN UN SECRETO.

“Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”.

Cesare Pavese

De las cinco películas que componen la mirada de Céline Sciamma (Ponotise, Francia, 1978), es recurrente el tema de la edad temprana, tanto de la infancia en Tomboy (2011), como de la adolescencia en Naissance des Pieuvres (2007), su opera prima, en Girlhood  (2014), y en Cuando tienes diecisiete años (2016), de André Techiné, en la que actuó como coguionista. Todas ellas retratos de diferentes formas, estilos e intimidades, sobre los primeros amores, la transexualidad, la diversidad cultural, la violencia, etc… Después de la grandiosa Retrato de una mujer en llamas (2019), la que elevó el genio de Sciamma hacia los altares del cine, en las que nos transportaba a la Francia del siglo XVii, a través del amor entre una pintora y su modelo. La directora francesa vuelve a la infancia, a los primeros años, a los que ya retrató como coguionista en La vida de Calabacín (2016), de Claude Barras, excelente cinta de animación stop-motion sobre unos niños desamparados.

Ahora, lo hace con Petite Maman, una deliciosa e íntima película sobre una niña llamada Nelly, de ocho años que, después de perder a su abuela, va junto a sus padres a la casa de la fallecida para vaciarla. Una casa limítrofe con un bosque donde se tropezará con un secreto, porque entablará amistad con Marion, otra niña de su misma edad, que al parecer es su madre. Sciamma compone un delicado cuento de hadas, construyendo una película sencillísima y sensible, donde huye de todo artificio y piruetas argumentales o narrativas, para centrarse en ese maravilloso encuentro, o podríamos decir, reencuentro, nunca lo sabremos. Desmonta todo tipo de géneros, y nos sumerge en un extraordinario y conmovedor drama sobre la infancia, sobre el duelo en la infancia, sobre mirar al otro, sobre entender al otro, en un tiempo indeterminado, sin tiempo, en un espacio que es la misma casa, con leves pero significativas variaciones, y un bosque mágico, un universo totalmente infantil, donde los adultos siempre aparecen desde fuera, en el que todo lo que sucede solo es de ellas, esas confidencias, esas miradas, esos juegos, y sobre todo, el secreto que las ha juntado, las ha encontrado en el tiempo de la infancia de la madre, que la hija visita después de tantos años.

La cineasta francesa vuelve a contar con la cinematógrafa Claire Mathon, que ya estuvo en Retrato de una mujer en llamas, en otro trabajo apasionante, intenso y estilizado, aprovechando la luz natural tanto en los exteriores como interiores, creando toda esa luz que nos sumerge en el bosque, con esa cabaña como centro neurálgico de toda la trama, y la casa, la misma, que ejerce como lugar mítico y fabulador para toda la experiencia interior que viven tanto Nelly como Marion, una luz que nos acoge mediante planos largos todo el espacio de la película, sumamente cotidiano, pero a la vez, con ese toque fantástico, como de otro tiempo. El montaje lo firma Julien Lacheray, presente en todas las películas de Sciamma, donde realiza un grandísimo trabajo de delicadeza y cadencia, donde todo se desarrolla bajo el amparo de la fisicidad, donde cada corte nos lleva de un tiempo a otro, y al actual, todo muy sutil y sin estridencias, sumergiéndonos en ese otro tiempo no tiempo, donde tanto madre como hija tienen la misma edad y disfrutan y comparten de su tiempo juntas.

Petite Maman tiene el aroma que desprendían las Ana e Isabel de El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, Ponette (1996), de Jacques Doillon, Nana (2011), de Valérie Massadian, y las Frida y Anna, las dos niñas de Verano 1993 (2017), de Carla Simón, títulos que nos acercaban la infancia desde una perspectiva infantil, con sus miradas, sus juegos, sus confidencias, soledades y tristezas, donde la cámara descendía para mirarlas frente a frente, de igual a igual, cimentando la película a través de su tiempo, con sus existencias, pausando cada encuadre, asistiendo a la vida desde otro ángulo, otra mirada, encogiéndonos en otro tiempo, otro lugar y otra mirada, mucho más profunda, más calmada, y en otro universo. Rendirse y aplaudir a rabiar la maravillosa elección de las dos hermanas Joséphine y Gabrielle Sanz para encarnar a Nelly y Marion, respectivamente. Porque las dos niñas debutantes, no solo hacen creíbles sus personajes, sino que los envuelven en una deliciosa naturalidad y espontaneidad que, en muchos instantes, se acerca al tratamiento documental, a través de unas maravillosas interpretaciones resplandecientes, que son todo el epicentro del relato y las diferentes relaciones y conflictos que coexisten en la película.

Sciamma ha vuelto a emocionarnos y maravillarnos con su mirada sobre la infancia, filmada en la ciudad de Cergy, donde la directora creció, acompañándonos en este ejemplar y brillantísimo cruce entre el drama íntimo, el fantástico y lo rural, sobre  las difíciles relaciones materno-filiales, sin olvidarse de los adultos, con esa madre que huye de los conflictos, y ese padre en sus cosas, y mientras tanto, dos niñas, madre e hija, se han encontrado, y no solo eso, que entre las dos viven su propio duelo, entre este espacio-limbo cinematográfico que la película evoca de forma apasionante, honesta y sencillísima, en un interesante ejercicio donde todos nosotros no solo nos vemos reflejados en la relación que propone la película, sino que cada uno en su imaginación o no, ha vislumbrado como sería el encuentro con nuestras madres o padres cuando eran niños, quizás, como explica Sciama, no se trata solo de imaginarlo, sino de vivirlo, y sobre todo, sentirlo para que de esa manera se produzca y ocurra dentro de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena

Entrevista a Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, directores de la película «Les dues nits d’ahir», en los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 12 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Begoña de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.

14 días, 12 noches, de Jean-Philippe Duval

CERRAR LAS HERIDAS.

“Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos”.

Hellen Keller

Isabelle vuelve a Vietnam, donde diecisiete años atrás, vino con su marido y adoptó a Clara. Ahora, vuelve con las cenizas de Clara que ha fallecido en un trágico accidente. Su misión, confusa y difícil, no es otra que volver a las raíces de su hija, para de esa manera estar en la tierra que la vio nacer, y encontrar alivio a su dolor. Por circunstancias del destino, en Vietnam se tropezará con Thuy, la madre biológica de Clara. El nuevo trabajo de Jean-Philippe Duval (Canadá, 1968), se desmarca de sus anteriores películas, en las que había tocado la comedia negra, el drama biográfico o el thriller psicológico, para construir su obra más personal, una película que nos habla a hurtadillas, sobre la pérdida, el dolor y el duelo, sobre la necesidad humana de reconciliarnos con los que ya no están y los que quedan. Un guión escrito por Marie Vien, de la que ya habíamos visto La pasión de Augustine, de Léa Pool, que nos habla de un reencuentro entre dos madres, la biológica y la adoptiva, narrada a través de tres tiempos. En 1990, cuando nace Clara en un pequeño pueblo. En 1991, cuando Isabelle y su marido adoptan a la pequeña. Y finalmente, en 2018, donde se desarrolla el grueso de la trama, en el cual las dos madres se conocen.

Duval adopta la estructura de una road movie por el norte de Vietnam, en este viaje introspectivo y cercano, en el que las dos mujeres comparten y dialogan sobre sus vidas, y presencian los espectaculares paisajes de la zona, a través de un jeep, o en una gran barca desde el río por la bahía de Ha Long, dotada de una belleza increíble, y una paz asombrosa, observando los desfiladeros y demás estructurales naturales, instante de una fuerza dramática brillante y muy reveladora para el transcurso de la película. La historia se narra desde el punto de vista de Isabelle, a través de la cual conocemos la verdad, su desesperada búsqueda, y sobre todo, sus ansias de encontrar a la madre biológica de Clara, y cerrar las heridas para seguir viviendo, o al menos, intentarlo. La exquisita y concisa luz de Yves Bélanger (cinematógrafo de larguísima trayectoria que ha trabajado a las órdenes de nombres tan ilustres como Clint Eastwood, Jean-Marc Vallé o Xavier Dolan, entre otros), nos convierte en unos privilegiados testigos para conocer esa parte norteña vietnamita, y sus grandes composiciones, que sus imponentes paisajes nos van engullendo como ocurre con lo que van sintiendo sus protagonistas.

Un gran trabajo de edición que firma Myriam Poirier, que dilata o acorta las secuencias según el instante, con ese ritmo que lentamente nos va arrastrando a la intimidad de las mujeres, en ese grandioso momento cuando están en la casa del tío abuelo de Thuy, y sus alrededores. Los 99 minutos de la película se cuentan con pausa, de forma relajada y tranquila, apoyándose en ese viaje físico y espiritual que realizan las mujeres, dejándose llevar por tierra que visitan, y sus vidas interiores, las pasadas y las de ahora. Una historia tan íntima, que nos habla sobre las heridas que ocultamos, necesitaba un par de excelente actrices para atacar unos personajes tan complejos y en situaciones tan dolorosas. Tenemos a Anne Dorval, actriz canadiense dotada de una mirada profunda y llena de vida, muy conocida por participar en Yo maté a mi madre y Mommy, ambas de Xavier Dolan, que interpreta de forma creíble y estupenda a Isabelle, una madre que debe despedirse de su hija en la tierra que la vio nacer.

Y por el otro lado, nos encontramos con Leanna Chea, actriz francesa de origen vietnamita y camboyano, que interpreta a Thuy Nguyen, una mujer a la que arrebataron su hija y ha vivido con su recuerdo, y el destino le ofrece una nueva oportunidad de dejar la rabia atrás y perdonar y seguir con más fuerza su vida, reencontrándose con un pasado que no ha podido borrar. Duval ha construido un viaje muy profundo y personal, lleno de sensibilidad e íntimo, muy alejado del sentimentalismo de producciones que abordan temas similares. En 14 días, 12 noches, vemos alegrías y sobre todo, tristezas, una tristeza muy necesaria para afrontar los sinsabores de la vida, para hacer frente a la pérdida, al dolor y llevar un duelo vital para seguir con nuestras vidas, cerrando las heridas que no nos dejan continuar, que nos detienen y nos matan de dolor. Aunque la historia en su mayoría es lineal, tenemos esos flashbacks que nos sacan de dudas, y nos explican con detalle las circunstancias de una película que ante todo, nos habla de maternidad, del amor de unas madres a su hija, ya sea biológica y adoptiva, una historia sensible y bien narrada sobre el amor de una madre a su hija, y más, cuando esa hija ya no está entre nosotros, despidiéndola y recordándola con amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lúa Vermella, de Lois Patiño

LAS ÁNIMAS DEL MAR.

“Aquí los muertos no se marchan, se quedan con nosotros”.

La relación entre el ser humano y el paisaje ya estaba en el universo de Lois Patiño (Lugo, 1983), a través de su pieza Montaña en sombra (2012), que exploraba la montaña y unos diminutos esquiadores estáticos, logrando una belleza del paisaje hipnótica e inquietante. La misma relación ha seguido presente en su cine, en su debut en el largometraje, Costa da Morte (2013), la mirada se posaba en los confines del mundo, como lo mencionaban los romanos, para adentrarse en sus gentes y en un paisaje vasto y devorador. El cineasta vuelve a sumergirnos en un paisaje de la costa gallega, centrándose en la relación de sus habitantes con las almas de los náufragos del mar, en un viaje fascinante y perturbador, a partes iguales, entre la realidad y la leyenda, entre la vida y la muerte, entre los que se quedan y los ausentes, entre aquello que creemos ver y aquello que imaginamos, y lo hace desde el documento y la ficción, mirando y retratando a sus habitantes, en una quietud y posición inquebrantables, como si estuviesen recogidos y meditando, que recuerda a la pintura “El Ángelus”, de Millet, el paisaje enigmático y natural, el mar, con sus mareas y aquello que oculta.

Patiño convierte su película en una travesía sonora y visual de grandísima belleza, pero como ocurría en Costa da Morte, no se deja embriagar por sus imágenes bellas, sino que nos propone un misterio, la desaparición de El Rubio, un vecino que rescató a miles de náufragos del mar, y ahora, el mar, se lo ha llevado, y todos los vecinos, evocan su figura y reclaman al mar su cuerpo para darle sepultura. Tres mujeres, tres meigas aparecen en el pueblo, las únicas en movimiento, que buscan a El Rubio, recorriendo todos los lugares de la costa, los espacios del pueblo, los acantilados y cuevas del entorno. El director gallego nos lanza al abismo, nos obliga a dejarnos llevar por sus imágenes y sonidos, pero con una mirada inquieta y curiosa, aquella que investiga y escruta cada encuadre, cada sonido y cada mirada de los personajes, aquella que se muestra cautivada por la belleza que desprende la película, que conserva ese aroma que tenían las novelas de aventuras como Los contrabandistas de Moonfleet o Moby Dick, o las fantasías terroríficas mudas de la UFA, con los Murnau, Lang, Pabst o Muni.

El relato nos habla de la necesidad del duelo, de despedirse de los muertos, de recuperar al ausente para así darle descanso a él, y a los otros, los que se quedan, y también, de lo social, con esa presa construida, que destroza el entorno salvaje y natural, y la afectación que tiene en el entorno, y a los habitantes que les deja sin la pesca en los ríos tan necesaria. El inmenso trabajo de sonido de Juan Carlos Blancas, acompañado por el exquisito montaje que firman Pablo Gil Rituerto, Óscar de Gispert y el propio director, que también se hace cargo del guión y la cinematografía, como las espectaculares imágenes bajo el mar, que tiene a Adrián Orr, director de Niñato, como su asistente, y a Jaione Camborda, directora de “Arima”, en la dirección de arte, para darle forma y fondo a una película que se va adentrando suavemente en nuestros sentidos, convocándonos a un misterio, a un espacio “limbo”, que solo existe en lo más profundo de nuestra alma, que tiene que ver con aquello que sentimos y creemos, y no con aquello que vemos, que nos invita a recorrer esos lugares míticos y esas gentes, fascinados por sus mitos y leyendas, por sus muertos, sus espectros que vagan entre los vivos, como la Santa Compaña, a la que hace referencia explícita la película.

Asistiremos al fenómeno de la “Lúa Vermella”, esa Luna de Sangre, que lo tiñe todo de un rojizo plomizo que los inunda, provocando un extraño lugar, no identificable con lo conocido, convirtiendo el espacio y el paisaje, en algo inhóspito y misterioso, donde todo es posible, donde los habitantes de la tierra, las ánimas, y los habitantes del mar, como ese famoso monstruo, el “Moby Dick”, del lugar, adquieren una nueva dimensión, difícil de atrapar, y que solo existe en las profundidades. Lúa Vermella, producida por Zeitun Films, la compañía de Felipe Lage, responsable, entre muchas otras, de las películas de Oliver Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia, nos convoca a un retrato-viaje de las costumbres y leyendas galegas, de lo más intrínseco de la tierra y aquellos que la habitan, de la especial relación, intensa y profunda, entre los oficios del mar y el propio mar, con sus misterios, mitos y terrores, construyendo una fascinante e hipnótica película, que nos invita a sumergirnos por caminos desconocidos, pero muy atrayentes, en una cinta inmersiva y fascinante, de una grandísima belleza pictórica, que también inquieta, y una sonoridad hipnótica, que nos transporta hacia lugares míticos, absorbentes y cautivadores, donde vivos y fantasmas se relacionan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA