Entrevista a Zoe Stein

Entrevista a Zoe Stein, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Stein, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lluís Homar

Entrevista a Lluís Homar, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Homar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias

LOS ESPEJOS DEL DUELO. 

¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?

Carson McCullers

Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama. 

Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.

La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje. 

En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las chicas de la estación, de Juana Macías

LAS NIÑAS NO QUERIDAS. 

“El llanto es, a veces, el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras”. 

Concepción Arenal 

En septiembre pasado se estrenaba el film Noemí dice que si (2022), de Geneviève Albert, de nacionalidad canadiense, que denunciaba como las menores tuteladas se veían abocadas a la indefensión y la prostitución como vía de escape. En Las chicas de la estación, de Juana Macías (Madrid, 1971), se cuenta una historia parecida, también basada en un hecho real, en la que tres chicas usan la prostitución para ganarse unos euros y salir un poco del centro de menores y de unos padres y madres que no los quieren. Las dos películas se mueven en terrenos fangosos, mostrando, sin caer en sensiblerías y racanería estética, una realidad dura, áspera y nada humana, donde las mencionadas jóvenes se mueven en el filo de la navaja, donde todo está en venta, incluso sus abandonadas vidas. Unas existencias difíciles, sin futuro o con muy poco, meras sombras de vidas, de aquí para allá, muy agitadas e inquietas, que transitan entre la poca tutela de los centros y la calle, como vida y muerte, es decir, un lugar donde conocerán el lado oscuro de las personas y sus actividades delictivas. 

De Macías conocíamos su gran ópera prima Planes para mañana (2010), para después dirigir películas industriales con vocación comercial como Embarazados (2016), Bajo el mismo techo (2019), Fuimos canciones  (2021) y El favor (2023). Este año ha vuelto al cine de autor y más personal que estructuraban su debut como la serie Las abogadas y Las chicas de la estación, a partir de un guion con Isa Sánchez, que ha trabajado en series tan exitosas como El ministerio del tiempo, Malaka, y películas de Enrique García, donde a través de las miradas y las no vidas de las tres protagonistas: Jara, Alex y Miranda, vamos conociendo sus cotidianidades, sus sueños e ilusiones, y también, sus zonas oscuras, tristes y malas, incluyendo unas voces interiores muy presentes que acorta mucho la empatía con estas vidas tan maltrechas, con una cámara que las sigue, las traspasa y es una parte corporal de ellas, en un gran trabajo de cinematografía de Guillermo Sempere, que ha trabajado en 2 cortos y 3 largos con Macías, imponiendo ese aroma de inmediatez y velocidad de crucero en el que viven las tres protagonistas. Otro cómplice como Maria Macías, se encarga del vertiginoso montaje que captura con acierto y naturalidad todo ese enjambre de movimientos, texturas y colores que se mueven por una trama que se va a casi las dos horas de metraje. Al igual que la música de Isabel Royán, que ayuda a conectarse, con cero enfatizaciones, con los altibajos emocionales que pasan por estas tres niñas. 

Si la parte técnica gestiona de forma creíble lo que cuenta la película, la parte interpretativa resulta magnífica, porque es un grandísimo acierto haber escogido a tres debutantes para encarnar a las tres protagonistas. Tenemos a Julieta Tobio como Jara, Salua Hadra como Alex y María Steelman como Miranda que, al igual que Kelly Depeault y Emi Chicoine, protagonistas de Noemí dice que si, transmiten toda la fuerza y vulnerabilidad de sus personajes. Las tres son la película. Las tres transmiten verdad, la que traspasa y emociona. Sus vidas son nuestras vidas, con la citada cámara que las acompaña en sus respectivos viajes a la tristeza, a la soledad y el desamparo. Tres mujeres que solo se tienen a ellas mismas, y eso lo es todo, con la omnipresente música y bailes como herramientas donde transmiten lo que no se puede con palabras. Bien acompañadas por los adultos Elena Gallardo, Xóan Fórneas, Daniel Mantero, Saida Santana, Pepo Llopis y Arantxa Aranguren, entre otros. Un grupo de intérpretes que captan muy bien el espíritu de la película, con todos los detalles y matices, destilando esa verdad que mencionamos con anterioridad, elemento crucial porque si no la película no sería auténtica y mucho menos caería en el panfleto y no en la denuncia que pretende. La trama nos cuenta una verdad demasiado real, pero no por eso va a caer en estereotipos ni lugares comunes, sino en transmitir esa desazón de soledad y callejón sin salida en el que se encuentran las niñas.  

Una película como Las chicas de la estación no es una película agradable ni mucho menos, pero tampoco es una película desesperanzadora, porque aunque la historia que nos cuenta y su trama sean duras, ásperas y muy oscuras, con una atmósfera parecida a la que había en Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en el mundo del cine de adultos. Aunque se mueva por esos espacios sin vida, donde los adultos se aprovechan sexualmente de los niños y niñas, la película denuncia y cuenta esas oscuridades de la condición humana, pero lo hace para que el respetable lo sepa y lanzar un grito de auxilio para que estas cosas no sucedan, o que pasen menos, o quizás, es mucho pedir, pero, entre otras cosas, el cine sirve para contar verdades, o al menos, explicarlas con la mayor verdad posible, y la película de Macías lo hace y no duda en mostrar una realidad demasiado cercana, demasiado pública, que la mayoría ha decidio no mirarla o simplemente, hacerse el despistada, sea como fuere, el cine hace bueno en explicarlas y explicarlas así, con verdad, con intimidad y sin condescendencia, y siendo fiel a sus personajes, sus verdades y todo lo que le rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Antonina Obrador

Entrevista a Antonina Obrador, directora de la película «Quest», en el Hangar. Fàbriques de Creació en Barcelona, el viernes 1 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonina Obrador, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Macià Florit Campins

Entrevista a Macià Florit Campins, director de la película «Pedra Pàtria», en una cafetería en Gràcia en Barcelona, el martes 28 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Macià Florit Campins, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, y a Miquel Martí Freixas, por descubrirme la película y a su director, y por su amistad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marcús JGR

Entrevista a Marcús JGR, músico de la película «El vientre del mar», de Agustí Villaronga, en la cafetería del Conservatori del Liceu en Barcelona, el miércoles 10 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcús JGR, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pep Armengol, estimado amigo, por el retrato que acompaña la publicación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El vientre del mar, de Agustí Villaronga

LA BALSA DEL HORROR.

“Quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable”

El cine de Agustí Villaronga (Palma de Mallorca, 1953), siempre se ha movido, o mejor podríamos decir, que se ha adentrado en todo aquello que no queremos ver, en todos aquellos universos sórdidos y horribles del alma humana. Mundos cotidianos, pero mundos oscuros, donde lo más miserable y terrible de la condición humana hace acto de presencia, con unos personajes a la deriva, condicionados por un entorno durísimo, áspero y sobre todo, unos individuos atrapados en una realidad que ahoga, que no te suelta, y te convierte en un monstruo sin consuelo. Después de unas cuantas películas de presupuesto generoso, como Incierta gloria (2017), y aún más, Nacido rey (2019), la intención del cineasta mallorquín era levantar una obra teatral basándose en un episodio de la novela “Oceano mare”, de Alessandro Baricco, que relata el naufragio de la fragata francesa Alliance en junio de 1816. La pandemia obligó a cambiar los planes, y del teatro pasó al cine. Villaronga vuelve a adaptar un texto ajeno, seis de sus once trabajos lo son, como ya hiciera con Simenon, Blai Bonet y Joan Sales, entre otros,  y nos sitúa en un relato que cuenta lo que sucedió, desde el presente, aunque la estructura viajará indistintamente por diferentes tiempos, creando ese caleidoscopio irreal y de miedo, adentrándose en el alma de los náufragos.

Dos de los nueve supervivientes explican a las autoridades lo sucedido, con esos rostros, mirándose y desafiándose, situados frente al estrado, frente al juicio, frente a los que escuchan. Por un lado, tenemos al oficial médico Savigny, implacable y malvado, y por el otro, Thomas, un marinero raso, que es la otra cara de Savigny, o mejor dicho, la cara más humana de toda la experiencia vivida. La película juega con todos los espacios, el físico y natural, con el mar asfixiando la balsa y sus maltrechos tripulantes, en la que también incluye imágenes de In the Same Boat, de Francesco Zizola, y de la pintura “la balsa de la medusa”, de Théodore Géricault, que evoca el terrible naufragio, y el mental y onírico, situado en una antigua fábrica vitícola, en un trabajo exquisito de Susy Gómez, donde todo acaba convirtiéndose en un único espacio, mezclado entre lo físico y lo psíquico, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivido y lo soñado, entre lo humano y lo animal, donde las raíces originarias del proyecto teatral quedan muy presentes, y las del cine primitivo igual, con esas transparencias, donde es tan importante lo que vemos, como aquello que imaginamos, o creemos ver, o vemos sin ver., en una magnífica idea que recuerda los grandes títulos del terror y fantástico, cuando la fuerza era sugerir más que mostrar.

La excelente cinematografía, firmada por Josep M. Civit, cinco trabajos con Villaronga, y Blai Tomàs, que firma su primera codirección, después de algunas películas en el equipo de cámara, ayuda a sumergirnos en todos los mundos que nos presenta la película, con esos juegos de espejos entre el blanco y negro y el color, eso sí, un color apagado, triste y oscuro. El reposado y penetrante montaje de Bernat Aragonés, que condensa con inteligencia los breves pero intensísimos setenta y seis minutos de metraje, que firma su primer trabajo con Villaronga, en una filmografía en la que encontramos trabajos con Isabel Coixet y Belén Funes. Y finalmente, la música de Marcus J.G.R., tercer trabajo con el cineasta mallorquín, captando a la perfección todas las texturas, pieles, cuerpos y sangres que coexisten en una historia que desde el pasado nos habla del presente, de todos los males humanos y no humanos, como la lucha de clases, las continuas inmigraciones, y los más bajos instintos salvajes y animales del ser humano o lo que quede de él, desde la avaricia, la violencia, el egoísmo, el miedo, la desesperación, la locura, la falta de piedad y empatía, entre muchas otras.

Todas esas oscuras emociones que aparecen en una situación donde la vida y la muerte se confunden, donde cada día vivo es un día menos para sobrevivir o morir. Villaronga confía plenamente en sus dos intérpretes principales: vuelve a contar con grandísimo Roger Casamajor, probablemente el mejor actor de toda su generación, en su cuarto trabajo con el director, con el que debutó en el año 2000 con El mar, con su excelente y crápula Ramallo, inolvidable. Ahora se mete, con su peculiar sutileza y profundidad, un actor tan físico y expresivo, en la piel de Savigny, una especie de Coronel Kurtz, completamente ido y lleno de ira y violento, un dictador de la balsa, imponiendo su ley y su voluntad, alzándose en el inquisidor de la travesía, que ya amenaza grandes dificultades externas, por su frágil estructura y los contratiempos del mar, y a más, la balsa convertida en una embarcación, si se le puede llamar así, donde sobrevivir es un milagro, donde cada día se convierte en una odisea, por la falta de todo: compañerismo, hermandad, comida, agua, y esperanza, sobre todo, esperanza.

Frente a Casamajor, la excelente interpretación de Òscar Kapoya, debutante en la gran pantalla, después de trabajar en varias series de TV3, con el que protagoniza un grandioso duelo interpretativo, encarnando las dos formas de ver, sentir y vivir la experiencia del naufragio, que va desde lo humano a lo más alejado, entre todo lo que somos y en que nos convertimos, entre las múltiples facetas que hay entre el bien y el mal, entre lo que queda de nosotros, y en todo aquello en que nos podemos convertir, entre los diferentes tonalidades de lo oscuro y la maldad. Villaronga ha construido una película pequeña y humilde, pero de resultados grandiosos y profundos, donde a partir de un hecho histórico, construye toda una parábola de aquel mundo y de todos los que lo han precedido, porque tristemente los males del hombre nunca terminar, y continúan persistiendo, donde la idea de fraternidad y cooperación ha muerto, y seguimos comiéndonos unos a otros, sea como sea, y donde sea, porque si hay una cosa clara que explica acertadamente El vientre del mar, que no es una cosa de colores, formas y demás diferencias, sino que ante la desesperación y la muerte, todo conocimiento y humanidad desaparecen, y no somos nada, solo animales hambrientos sedientos de sangre y horror. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas

Entrevista a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas, intérpretes de la película «Ardara», de Raimon Fransoy y Xavier Puig, en el Soho House en Barcelona, el lunes 18 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Raimon Fransoy y Xavier Puig

Entrevista a Raimon Fransoy y Xavier Puig, directores de la película «Ardara», en el Soho House en Barcelona, el lunes 18 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Raimon Fransoy y Xavier Puig, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.