Supernova, de Harry Macqueen

EL AMOR ERA ESTO.

“Entre las flores te fuiste. Entre las flores me quedo”

Miguel Hernández

En Corazón silencioso (2014), de Bille August, una de sus mejores películas, con permiso de Las mejores intenciones (1992), con guion de Ingmar Bergman, una mujer, enferma terminal, reúne a todos los suyos para poner fin a su vida, decisión que provocaría una retahíla de reproches y posiciones contrarias. La segunda película de Harry Macqueen (Leicester, Reino Unido, 1984), después de la interesante Hinterland (2014), nos sumerge en un relato que tiene mucho que ver con la película de August. En esta ocasión, la historia gira en torno a Sam y Tusker, dos hombres que llevan veinte años de relación, y deciden, después que Tusker sea diagnosticado con demencia precoz, realizar un viaje en furgoneta recorriendo aquellos lugares que tienen una importancia en sus vidas, y también, volver a reencontrarse con familiares y amigos. Supernova, el título viene por la grandísima afición a la astronomía de Tusker, y el origen de la vida, es una película física, hay mucho movimiento, de aquí para allá, pero el director inglés nos sumerge en un cuento muy íntimo y conmovedor, y sobre todo, su gran sensibilidad y delicadeza al tratar un tema como el fin de la vida.

Todo en la película funciona por su extremo cuidado en los detalles y las miradas de sus protagonistas, y esos silencios, que describen el sentir de los dos personajes en cuestión, y esas soledades, donde sin decir nada, se dice tanto, en un guion que funciona como un reloj suizo, que escribe el propio Macqueen. A nivel técnico, la película está a la altura de la historia que cuenta, convertida en toda una pieza de orfebrería, porque no deja al azar nada, todo está muy pensado y desarrollado, como la maravillosa y descriptiva luz otoñal del gran cinematógrafo Dick Pope (todo un veterano en estas artes cinematográficas ya que ha trabajado en diez títulos del gran Mike Leigh), el estupendo montaje que firma Chris Wyatt (responsable de películas tan interesantes como This in England y Tierra de Dios, entre muchas otras), y la excelente composición musical, que aparte de tener algunos temas populares de los sesenta y actuales, tiene en Keaton Henson, debutante en el cine, esos temas que tanto ayudan a entender los conflictos de los personajes.

Aunque toda la técnica quedaría en poco, si el reparto de la película no estuviese en consonancia con todo lo que va sucediendo, y en ese aspecto, Macqueen, que ha tenido una interesante carrera como intérprete, tiene en sus manos a dos de los mejores actores de su generación, Colin Firth y Stanley Tucci. Sam y Tusker, respectivamente. Firth es un músico que hace tiempo que lo dejó, y Tuccy, un escritor que, debido a su temprana dolencia, ya no escribe. Una pareja que funciona a las mil maravillas, haciéndolo todo muy fácil, cuando frente a ellos tienen dos personajes complicados, llenos de matices, llenos de recuerdos, los de una pareja con veinte años a sus espaldas, cuando Tusker, estadounidense, cruzó el charco y se instaló en Inglaterra con Sam. Toda una vida juntos, han crecido y han madurado, y la vida los enfrenta al reto más difícil de sus existencias, a ese instante que no queremos ni siquiera recordar, y mucho menos vivir, a enfrentarse a la despedida, a la muerte, a decir adiós, un adiós motivado por las circunstancias, un adiós que los dos deben aprender a aceptar, a mirar al otro, y quererlo más que nunca, como nunca lo haya hecho, porque tanto la vida como el amor son eso, aceptar y comprender al otro, al que tienes delante, aunque lo que decida no nos agrade en absoluto.

Supernova es una historia de amor, de esas sencillas que nos atrapan, y también es, una película sobre el amor, sobre aprender a amar, sobre un proceso que necesita mucho tiempo, porque cuando lleguen los conflictos de verdad, y nos tengamos que enfrentar a la muerte, al adiós definitivo, debemos estar preparados y sobre todo, ayudarnos y ayudar, porque no hay amor más grande que el que se basa en el respeto, la confianza y la libertad del otro, si queremos cambiarlo, no es amor, es otra cosa, y eso conlleva, todo aquello que sea mejor para la otra persona, aunque nos lleve a aceptar decisiones que son muy difíciles. Macqueen ha construido una película desde el corazón, desde lo más profundo del alma, como una melodía de blues, como esos acordes de trompeta de algún tema de Miles Davis, con ese ritmo cadencioso, en mitad de la nada, casi sin nadie, exceptuando de tanto en tanto algunos amigos de la vida, con tiempo para estar, para ser y sobre todo, para sentir, sin nada más, solos, en ruta, en cierta manera, el último viaje juntos, para despedir su amor, para despedirse ellos, para volver a esos lugares en los que fueron felices, para verlos juntos por última vez. Aunque es una película con momentos tristes, la mirada de Macqueen es vitalista y humanista, nunca cae en el regocijo de la tristeza, sino en la aceptación de las cosas, de la vida, y su propia naturaleza, que tarde o temprano, si nos concede tiempo, nos obligará a despedirnos de la vida, del mundo, de los nuestros, de nosotros mismos, y de nuestro amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

14 días, 12 noches, de Jean-Philippe Duval

CERRAR LAS HERIDAS.

“Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos”.

Hellen Keller

Isabelle vuelve a Vietnam, donde diecisiete años atrás, vino con su marido y adoptó a Clara. Ahora, vuelve con las cenizas de Clara que ha fallecido en un trágico accidente. Su misión, confusa y difícil, no es otra que volver a las raíces de su hija, para de esa manera estar en la tierra que la vio nacer, y encontrar alivio a su dolor. Por circunstancias del destino, en Vietnam se tropezará con Thuy, la madre biológica de Clara. El nuevo trabajo de Jean-Philippe Duval (Canadá, 1968), se desmarca de sus anteriores películas, en las que había tocado la comedia negra, el drama biográfico o el thriller psicológico, para construir su obra más personal, una película que nos habla a hurtadillas, sobre la pérdida, el dolor y el duelo, sobre la necesidad humana de reconciliarnos con los que ya no están y los que quedan. Un guión escrito por Marie Vien, de la que ya habíamos visto La pasión de Augustine, de Léa Pool, que nos habla de un reencuentro entre dos madres, la biológica y la adoptiva, narrada a través de tres tiempos. En 1990, cuando nace Clara en un pequeño pueblo. En 1991, cuando Isabelle y su marido adoptan a la pequeña. Y finalmente, en 2018, donde se desarrolla el grueso de la trama, en el cual las dos madres se conocen.

Duval adopta la estructura de una road movie por el norte de Vietnam, en este viaje introspectivo y cercano, en el que las dos mujeres comparten y dialogan sobre sus vidas, y presencian los espectaculares paisajes de la zona, a través de un jeep, o en una gran barca desde el río por la bahía de Ha Long, dotada de una belleza increíble, y una paz asombrosa, observando los desfiladeros y demás estructurales naturales, instante de una fuerza dramática brillante y muy reveladora para el transcurso de la película. La historia se narra desde el punto de vista de Isabelle, a través de la cual conocemos la verdad, su desesperada búsqueda, y sobre todo, sus ansias de encontrar a la madre biológica de Clara, y cerrar las heridas para seguir viviendo, o al menos, intentarlo. La exquisita y concisa luz de Yves Bélanger (cinematógrafo de larguísima trayectoria que ha trabajado a las órdenes de nombres tan ilustres como Clint Eastwood, Jean-Marc Vallé o Xavier Dolan, entre otros), nos convierte en unos privilegiados testigos para conocer esa parte norteña vietnamita, y sus grandes composiciones, que sus imponentes paisajes nos van engullendo como ocurre con lo que van sintiendo sus protagonistas.

Un gran trabajo de edición que firma Myriam Poirier, que dilata o acorta las secuencias según el instante, con ese ritmo que lentamente nos va arrastrando a la intimidad de las mujeres, en ese grandioso momento cuando están en la casa del tío abuelo de Thuy, y sus alrededores. Los 99 minutos de la película se cuentan con pausa, de forma relajada y tranquila, apoyándose en ese viaje físico y espiritual que realizan las mujeres, dejándose llevar por tierra que visitan, y sus vidas interiores, las pasadas y las de ahora. Una historia tan íntima, que nos habla sobre las heridas que ocultamos, necesitaba un par de excelente actrices para atacar unos personajes tan complejos y en situaciones tan dolorosas. Tenemos a Anne Dorval, actriz canadiense dotada de una mirada profunda y llena de vida, muy conocida por participar en Yo maté a mi madre y Mommy, ambas de Xavier Dolan, que interpreta de forma creíble y estupenda a Isabelle, una madre que debe despedirse de su hija en la tierra que la vio nacer.

Y por el otro lado, nos encontramos con Leanna Chea, actriz francesa de origen vietnamita y camboyano, que interpreta a Thuy Nguyen, una mujer a la que arrebataron su hija y ha vivido con su recuerdo, y el destino le ofrece una nueva oportunidad de dejar la rabia atrás y perdonar y seguir con más fuerza su vida, reencontrándose con un pasado que no ha podido borrar. Duval ha construido un viaje muy profundo y personal, lleno de sensibilidad e íntimo, muy alejado del sentimentalismo de producciones que abordan temas similares. En 14 días, 12 noches, vemos alegrías y sobre todo, tristezas, una tristeza muy necesaria para afrontar los sinsabores de la vida, para hacer frente a la pérdida, al dolor y llevar un duelo vital para seguir con nuestras vidas, cerrando las heridas que no nos dejan continuar, que nos detienen y nos matan de dolor. Aunque la historia en su mayoría es lineal, tenemos esos flashbacks que nos sacan de dudas, y nos explican con detalle las circunstancias de una película que ante todo, nos habla de maternidad, del amor de unas madres a su hija, ya sea biológica y adoptiva, una historia sensible y bien narrada sobre el amor de una madre a su hija, y más, cuando esa hija ya no está entre nosotros, despidiéndola y recordándola con amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA