Tros, de Pau Calpe

LA HUIDA IMPOSIBLE.

“La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio”

Antoine de Saint-Exupéry

Es de noche en uno de esos pueblos despoblados, envejecidos y perdidos en la provincia de Lleida, el imaginado Alcastrer. Hace un frío que pela. Un grupo de hombres agricultores, de los pocos que quedan del centenar de población, se ha reunido para patrullar la zona y evitar los robos de herramientas y gasoil, los llamados “somatén”. Entre ellos están Joan, un sesentón huraño, reservado y solitario, y su hijo, Pepe, que ha vuelto a la ciudad tras la muerte de la madre. Los demás no les hace ni pizca de gracia que estos los acompañen pero acceden. Todo parece ir sin sobresaltos, hasta que Joan persigue a uno de los hurtadores y lo atropella acabando con su vida. A partir de ahí, padre e hijo emprenderán una huida sin fin, una huida a través de las sombras de la noche, una huida en la que destaparán demasiadas cosas que les unen y que desconocían. El catalán Pau Calpe lleva casi un par de décadas produciendo cine de diversos géneros a gente como Salvador Ruiz, Álvaro Fernández Armero y Fernando Cámara, y películas y series para televisión.

Para Tros (que alude a esa tierra que tanto ha costado levantar al padre y no tiene heredero), su debut como director en el largometraje, Calpe se ha basado en la novela homónima de Rafael Vallbona, a partir de un guion de Marta Grau, con la que coescribió la tv movie Cançó per a tu, en una película que en realidad son dos películas. Por un lado, tenemos la relación de padre e hijo, con sus ausencias y presencias y el alud de reproches, la trama más ficcionada de la trama. Y por el otro, tenemos a los otros, la gente de los pueblos de Alcanó y Sarroca, donde se ha rodado la película, en que la película descansa en una forma cercana al documento y a la improvisación de los actores y actrices no profesionales. Calpe sitúa la acción en una noche, en una jornada nocturna oscurísima y fascinante, donde todo se dirime a partir de un intenso y asfixiante thriller de los de antes, con el mejor tono de los Lang, Fuller, Peckinpah y los de aquí desde la literatura de Aldecoa, Benet y Delibes, y películas como La caza, de Saura, y Furtivos y Leo, ambas de Borau, para contarnos un relato áspero, muy frío, gélido, y violento, lleno de claroscuros y cercanía, con el excelente trabajo de la cinematógrafa Gina Ferrer, que nos encantó en Panteres, de Èrika Sánchez, y la magnífica labor del ágil y rítmico montaje de Aina Calleja, condensando con acierto los ochenta y tres minutos del metraje, una editora que tiene en su haber nombres tan importantes como los de Mar Coll, Nely Reguera y Liliana Torres, etc…

Mención aparte tiene el inmenso trabajo de la música, con ese tema que articula la trama, con la música de Bernat Vivancos, profesor de composición y orquestación de la ESMUC, y la brutal voz de la soprano Núria Rial, especialista en música del Renacimiento y barroca. Estamos ante una tragedia griega, entre un padre y un hijo, que en medio de esa noche sin tregua ni descanso, se redescubrirán, se mirarán a tumba abierta, en una noche donde no habrá vuelta atrás. Si la parte técnica brilla con fuerza, la parte interpretativa no se queda atrás en absoluto, porque la pareja protagonista, Pep Cruz, un actor de cuerpo y alma, con ese rostro machacado como los personajes de Peckinpah, compone un padre rudo y fuerte, atravesado por la codicia y la pertenencia a una tierra que va a defender con lo que sea, un tipo que el mundo lo está arrinconando y él se resiste a morir. Frente a él, un Roger Casamajor, que viene de hacer el periodista adicto de La vampira de Barcelona, el oficial marino sin escrúpulos de El vientre del mar, vuelve a demostrar su buen hacer, erigiéndose como el mejor intérprete de su generación, haciendo un tipo perdido, en una huida constante, saliendo de la ciudad por problemas y llegando a un pueblo donde todo parece vacío y lleno de soledad.

Después tenemos a los otros. Los estupendos y naturales intérpretes no profesionales, entre los que hay que destacar a dos que tienen más peso en la trama, como Eduard Muntada en la piel de Duard, un tipo que tiene mucho que enfrentar a Pep, y a la gran revelación de la película, la magnífica Anna Torguet dando vida a Cinta, una de esas mujeres que no hace falta que diga nada porque lo expresa todo con la mirada y el gesto, un auténtica maravilla que brilla con fuerza cada vez que aparece por el cuadro. El director catalán Pau Calpe se destapa como un excelente director, que habrá que seguir con detenimiento en su esperamos carrera como director, porque consigue con muy poco muchas cosas interesantes, creando una película con una atmósfera brutal y agobiante, llena de fealdad, de violencia desatada, con ese catalán de las tierras leridanas, tan propio y característico, como hacía Renoir en la maravillosa Toni, y luego, los neorrealistas, y temas tan universales como la pertenencia, la herencia y la idea de justicia, y demás, y sobre todo, de personajes absorbentes y llenos de pozos oscuros, de los que atraen y repelen a la vez, llenando esa noche de verdad, de misterio y de calma tensa, de esa que encoge el alma, de esa que te atrapa sin remedio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marcús JGR

Entrevista a Marcús JGR, músico de la película «El vientre del mar», de Agustí Villaronga, en la cafetería del Conservatori del Liceu en Barcelona, el miércoles 10 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcús JGR, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pep Armengol, estimado amigo, por el retrato que acompaña la publicación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El vientre del mar, de Agustí Villaronga

LA BALSA DEL HORROR.

“Quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable”

El cine de Agustí Villaronga (Palma de Mallorca, 1953), siempre se ha movido, o mejor podríamos decir, que se ha adentrado en todo aquello que no queremos ver, en todos aquellos universos sórdidos y horribles del alma humana. Mundos cotidianos, pero mundos oscuros, donde lo más miserable y terrible de la condición humana hace acto de presencia, con unos personajes a la deriva, condicionados por un entorno durísimo, áspero y sobre todo, unos individuos atrapados en una realidad que ahoga, que no te suelta, y te convierte en un monstruo sin consuelo. Después de unas cuantas películas de presupuesto generoso, como Incierta gloria (2017), y aún más, Nacido rey (2019), la intención del cineasta mallorquín era levantar una obra teatral basándose en un episodio de la novela “Oceano mare”, de Alessandro Baricco, que relata el naufragio de la fragata francesa Alliance en junio de 1816. La pandemia obligó a cambiar los planes, y del teatro pasó al cine. Villaronga vuelve a adaptar un texto ajeno, seis de sus once trabajos lo son, como ya hiciera con Simenon, Blai Bonet y Joan Sales, entre otros,  y nos sitúa en un relato que cuenta lo que sucedió, desde el presente, aunque la estructura viajará indistintamente por diferentes tiempos, creando ese caleidoscopio irreal y de miedo, adentrándose en el alma de los náufragos.

Dos de los nueve supervivientes explican a las autoridades lo sucedido, con esos rostros, mirándose y desafiándose, situados frente al estrado, frente al juicio, frente a los que escuchan. Por un lado, tenemos al oficial médico Savigny, implacable y malvado, y por el otro, Thomas, un marinero raso, que es la otra cara de Savigny, o mejor dicho, la cara más humana de toda la experiencia vivida. La película juega con todos los espacios, el físico y natural, con el mar asfixiando la balsa y sus maltrechos tripulantes, en la que también incluye imágenes de In the Same Boat, de Francesco Zizola, y de la pintura “la balsa de la medusa”, de Théodore Géricault, que evoca el terrible naufragio, y el mental y onírico, situado en una antigua fábrica vitícola, en un trabajo exquisito de Susy Gómez, donde todo acaba convirtiéndose en un único espacio, mezclado entre lo físico y lo psíquico, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivido y lo soñado, entre lo humano y lo animal, donde las raíces originarias del proyecto teatral quedan muy presentes, y las del cine primitivo igual, con esas transparencias, donde es tan importante lo que vemos, como aquello que imaginamos, o creemos ver, o vemos sin ver., en una magnífica idea que recuerda los grandes títulos del terror y fantástico, cuando la fuerza era sugerir más que mostrar.

La excelente cinematografía, firmada por Josep M. Civit, cinco trabajos con Villaronga, y Blai Tomàs, que firma su primera codirección, después de algunas películas en el equipo de cámara, ayuda a sumergirnos en todos los mundos que nos presenta la película, con esos juegos de espejos entre el blanco y negro y el color, eso sí, un color apagado, triste y oscuro. El reposado y penetrante montaje de Bernat Aragonés, que condensa con inteligencia los breves pero intensísimos setenta y seis minutos de metraje, que firma su primer trabajo con Villaronga, en una filmografía en la que encontramos trabajos con Isabel Coixet y Belén Funes. Y finalmente, la música de Marcus J.G.R., tercer trabajo con el cineasta mallorquín, captando a la perfección todas las texturas, pieles, cuerpos y sangres que coexisten en una historia que desde el pasado nos habla del presente, de todos los males humanos y no humanos, como la lucha de clases, las continuas inmigraciones, y los más bajos instintos salvajes y animales del ser humano o lo que quede de él, desde la avaricia, la violencia, el egoísmo, el miedo, la desesperación, la locura, la falta de piedad y empatía, entre muchas otras.

Todas esas oscuras emociones que aparecen en una situación donde la vida y la muerte se confunden, donde cada día vivo es un día menos para sobrevivir o morir. Villaronga confía plenamente en sus dos intérpretes principales: vuelve a contar con grandísimo Roger Casamajor, probablemente el mejor actor de toda su generación, en su cuarto trabajo con el director, con el que debutó en el año 2000 con El mar, con su excelente y crápula Ramallo, inolvidable. Ahora se mete, con su peculiar sutileza y profundidad, un actor tan físico y expresivo, en la piel de Savigny, una especie de Coronel Kurtz, completamente ido y lleno de ira y violento, un dictador de la balsa, imponiendo su ley y su voluntad, alzándose en el inquisidor de la travesía, que ya amenaza grandes dificultades externas, por su frágil estructura y los contratiempos del mar, y a más, la balsa convertida en una embarcación, si se le puede llamar así, donde sobrevivir es un milagro, donde cada día se convierte en una odisea, por la falta de todo: compañerismo, hermandad, comida, agua, y esperanza, sobre todo, esperanza.

Frente a Casamajor, la excelente interpretación de Òscar Kapoya, debutante en la gran pantalla, después de trabajar en varias series de TV3, con el que protagoniza un grandioso duelo interpretativo, encarnando las dos formas de ver, sentir y vivir la experiencia del naufragio, que va desde lo humano a lo más alejado, entre todo lo que somos y en que nos convertimos, entre las múltiples facetas que hay entre el bien y el mal, entre lo que queda de nosotros, y en todo aquello en que nos podemos convertir, entre los diferentes tonalidades de lo oscuro y la maldad. Villaronga ha construido una película pequeña y humilde, pero de resultados grandiosos y profundos, donde a partir de un hecho histórico, construye toda una parábola de aquel mundo y de todos los que lo han precedido, porque tristemente los males del hombre nunca terminar, y continúan persistiendo, donde la idea de fraternidad y cooperación ha muerto, y seguimos comiéndonos unos a otros, sea como sea, y donde sea, porque si hay una cosa clara que explica acertadamente El vientre del mar, que no es una cosa de colores, formas y demás diferencias, sino que ante la desesperación y la muerte, todo conocimiento y humanidad desaparecen, y no somos nada, solo animales hambrientos sedientos de sangre y horror. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Josep M. Civit

Entrevista a Josep M. Civit, director de fotografía de la película «La vampira de Barcelona», en su domicilio en Barcelona, el jueves 26 de noviembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Josep M. Civit, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Blanca Aysa, representante, por su amabilidad, paciencia y cariño.

La vampira de Barcelona, de Lluís Danés

UN MONSTRUO ENTRE NOSOTROS.

“El mal es vulgar y siempre humano, y duerme en nuestra cama y come en nuestra mesa”.

A. H. Auden

Los más cinéfilos recordarán a Hans Beckert, el asesino de niñas de M, el vampiro de Düsseldorf (1931), la célebre y terrorífica película de Fritz Lang, una crítica abierta y directa a otro asesino, el nazismo, que empezaba a resurgir en Alemania. La historia de Enriqueta Martí, la mal llamada “Vampira de Barcelona”, se encamina por derroteros parecidos al del relato de Lang, ya que nos sitúa en una sociedad dividida entre dominantes y necesitados, entre las altas esferas de la Barcelona de 1913, y aquella otra que se pierde entre callejones del distrito del Hospital, llenos de miseria y depravación, por cabarets canallas, rondando putas desdentadas, pidiendo limosna y al servicio de la caridad de los poderosos. De Enriqueta Martí hay novelas, ensayos, incluso una novela gráfica, que rescatan a un personaje del primer tercio de siglo que, muy a su pesar, se convirtió en enemigo público, al que se le atribuyeron desapariciones y horrendos crímenes de niñas. Lluís Danés (Arenys de Mar, Barcelona, 1972), ha construido una carrera muy interesante como director artístico y director, con títulos como Llach. La revolta permanent (2006), sobre la elaboración del trabajo ”Campanades a Morts”, de Lluís Llach, sobre los asesinatos de Vitoria en 1976, o el personal telefilme Laia (2016), basado en una novela de Salvador Espriu, sobre amores trágicos.

Con La vampira de Barcelona, el director de Arenys, se adentra en otro terreno, más ambicioso, peor con la humildad y la personalidad que caracterizan sus trabajos, poco es más. Lo que más destaca la película es su grandísimo trabajo del espacio cinematográfico, que coge de la citada novela gráfica, con su maravillosa ambientación y empleo visual, con las maravillosas siluetas animadas, herencia de  la gran Lotte Reiniger, que agrandan el encuadre, creando esa maravilla de profundidad de campo, donde cada lugar es físico y emocional a la vez, donde un bar se convierte en una calle, y donde los pensamientos y las acciones de los personajes conforman una especie de laberinto escénico, donde todo es posible. El grandísimo trabajo de cinematografía obra de Josep M. Civit, con ese sobrio y elegante blanco y negro, que explica la negrura y sombría Barcelona, con las huellas de la semana trágica de 1909, la inestabilidad política, y la alarmante escalada  social y criminal constante. Un b/n, azotado por elementos de color, como hacía Coppola en Rumble Fish, con ese rojo sangre, o el colorido del burdel, donde acaban todo el esplendor de esa falsa Barcelona, que resalta con la negritud del resto, en un mundo donde sueños y pesadillas se mezclan, perdiendo su verdadero significado, donde todo es pura apariencia, donde en mitad de pocos metros, se anudan la vida y la muerte, como el gran teatre del Liceu, o esas calles siniestras en las que pululan seres desesperadas como el padre que busca a su hija desaparecida.

Sebastià Comas es el periodista-guía que usa Danés para mostrarnos su película y su contexto histórico, que abarca medio año, en un potente flashback, que nos remonta al inicio de todo, o el final, según se mire. Comas (en la piel de un grandísimo Roger Casamajor), es un tipo con ideales, alguien en busca de la verdad, un personaje integro que tropezara con los designios de su jefe, que además es su protegido, alguien que cree en un mundo más justo y real, que alivia con morfina sus trastornos psicológicos, un perdedor en toda regla, un antihéroe como los que habitan en las novelas de Baroja o Valle-Inclán o los westerns de Peckinpah o Hellman, un pobre diablo que lucha contra gigantes en forma de molino, un personaje quijotesco, sobrepasado por sus traumas, intentando encontrar su lugar en un mundo atroz y sin escrúpulos, en una sociedad en mantener las formas y más interesada en el dinero y la depravación.

Comas es el puente de este mundo miserable y lleno de mentiras, porque frecuenta la alta burguesía y los bajos fondos, se relaciona con tipos como el abogado Salvat o el jefe policial Amorós y Madame Leonor, la dueña del prostíbulo, pero también, con gente como Amèlia, una puta sin más, que también intenta huir como Comas, o Fuster, el padre enloquecido, o la propia Enriqueta Martí, una curandera y pobre como tantos de esas calles. La película se construye a través de la investigación de Comas sobre unas niñas desaparecidas, con un guion que firman Lluís Arcarazo y María Jaén (que ya habían estado en los anteriores trabajos de Danés), construyendo todo ese imaginario, a través de un rítmico montaje que firma Dani Arregui, el consumado trabajo con el sonido, y el fuera de campo, y al excelente partitura musical, creando ese universo de fábula, lleno de otros mundos, con ese aire romántico y terrorífico a la vez. Danés opta por la artesanía cinematográfica, desde lo mostrado como el impecable trabajo de vestuario y maquillaje, o lo oculto, como esas pesadillas del protagonista, donde cada mirada y gesto de los personajes se vuelve tangible e íntimo,  como cada objeto o calle, con ideas fantásticas, como la suciedad y la miseria de esas calles empedradas, el sonido ambiental, esas sábanas-lonas que escenifican las calles, o esos momentos fantásticos, donde realidad y pesadilla se confrontan con el protagonista, elementos que ayudan a crear esa atmósfera inquietante y fantástica que recorre toda la película.

Un extraordinario grupo de intérpretes viene elegidos para encarnas los personajes de esa Barcelona como el citado Casamajor, Bruna Cusí demostrando su enorme valía en cada trabajo, encarnado a Amélia, el personaje que más entiende a Comas, la mirada de Nora Navas para ser la mártir de la función, la Enriqueta Martí de turno, y luego, todo un ramillete de estupendos intérpretes como Francesc Orella, Sergi López, Núria Prims, Mario Gas, Pablo Derqui, Anna Alarcón, Francesca Piñón, Albert Pla, y muchos más, conforman un abanico heterogéneo y peculiar como era la Barcelona de 1913, recorrida por el poder absolutista, heredado de las colonias, con ese otro universo, el que se consumía por las callejones oscuros y malolientes del distrito Hospital, en el Raval, donde gentes sin nombre se mueven entre basuras, escombros y olvidos, intentando sobrevivir y existir por algún pedazo de pan que llevarse a la boca, a expensas de una clase dominante que dirige, ordena y disfruta a su merced. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Antonio Chavarrías

Entrevista a Antonio Chavarrías, director de «El elegido». El encuentro tuvo lugar el miércoles 31 de agosto de 2016, en el vestíbulo de los Cines Verdi de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Chavarrías, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad, y cariño, que además, tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

Entrevista a Roger Casamajor (Rodaje «El elegido»)

Entrevista a Roger Casamajor, actor de «El Elegido», de Antonio Chavarrías. El encuentro tuvo lugar el miércoles 10 de junio de 2015, en la Cafetería Bracafé, durante la visita al rodaje de la película.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roger Casamajor por su tiempo, sabiduría y simpatía, y a la maravillosa Sandra Ejarque, de Vasaver, por su paciencia, generosidad y cariño.