Entrevista a Nayra Sanz Fuentes

Entrevista a Nayra Sanz Fuentes, directora de las películas “Sub Terrae” y “En esas tierras”, en el marco de L’Alternativa 25. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del CCCB  en Barcelona, el jueves 15 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nayra Sanz Fuentes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Lazzaro Feliz, de Alice Rohrwacher

UN CUENTO SOBRE LA BONDAD.  

“Lazzaro Feliz es la historia de una santidad menor, sin milagros, sin poderes o superpoderes. Sin efectos especiales. Es la virtud de vivir en este mundo sin pensar mal de nadie y simplemente creer en los seres humanos. Porque otro camino es posible, el camino de la bondad, que los hombres siempre han ignorado, pero que siempre reaparece para cuestionarles. Algo que pudo haber sido pero que ni nos atrevimos a desear.”

Alice Rohrwacher

Con sólo tres películas, Alice Rohrwacher (Fisole, Toscana, Italia, 1981) ha creado un universo muy personal, un mundo de ambiente rural, lleno de ternura y sensibilidad, pero también, lleno de fantasía, donde las cosas más mundanas y cotidianas, esas que pasan desapercibidas, o de muy vistas, ya no se les hace el caso que debieran, van transformándose en otra cosa, adquiriendo una piel distinta, entrando en un estado espiritual, de más adentro, donde las cosas de siempre, feas y tristes, van convirtiéndose en algo diferente, y a la vez, extraño, capturando una magia que sumerge todos nuestros sentidos en un mundo donde todo es posible, donde las tristezas y los pesares del mundo, se vuelven de otro color y texturas, no se resuelven por arte de magia, pero sí se encaran con otro ánimo, porque a pesar de la negrura del mundo, siempre hay un motivo para verlo de manera diferente, más cercana a las emociones.

En su debut con Corpo Celeste (2011) una niña y su madre hacían lo imposible para reintegrarse en una zona rural de Calabria, tradicionalista y de moral católica, después de vivir 10 años en Suiza. En El país de las maravillas (2014) Gelsomina y su familia fabricaban miel en un pueblo, cuando deberán enfrentarse al final de esta forma de vida que parece tener fin. Cuentos inspiradores, fábulas mágicas pero con una base real, donde lo más insignificante adquiere un sentido humano y sobre todo, fantástico, donde las cosas se vuelven de distinta forma, con otro color y con texturas atrayentes y agradables. Rohrwacher continúa en el marco de la fábula en Lazzaro feliz, donde retrata a un joven campesino (interpretado por Adriano Tardiolo en su primera incursión en el cine) que es pura bondad e inocencia, alguien casi místico, un ser lleno de buenos sentimientos, que quiere ayudar a todos, y nunca se niega o se queja por nada ni por nadie, una especie de santidad, pero con los pies en el suelo, humano y cercano a aquellos que más lo necesitan. Aunque, en la pequeña aldea de “La Inviolata” se ha convertido en el chico para todo, donde todos los campesinos se aprovechan de esa bondad sin fin, unos campesinos que cultivan tabaco, en situación de esclavitud y servidumbre para la marquesa Alfonsina de Luna y su hijo Tancredi, un chico díscolo y engreído que intenta llamar la atención con estúpidas travesuras de una madre miserable y clasista.

Lazzaro y Tancredi se hacen amigos y mantienen una relación agradable y de camaradería. Todo cambiará cuando las autoridades descubren la situación de “La Inviolata” y acaban con ella, por estar ya prohibido por ley esa forma de trabajo y vida. La cineasta italiana parte su película en dos. En el primer bloque, asistimos a una película sobre campesinos y sus formas de vida, en un marco antropológico, donde somos testigos de su miseria y relaciones entre ellos, donde Lazzaro es el criado de todos, una condición que asume sin rechistar ni quejas de ningún tipo. En la segunda mitad, la película se ha ido al futuro, donde aquellos niños y niñas ahora son adultos y viven en la periferia de Roma, donde malviven y se dedican al hurto o al trapicheo de objetos y cualquier tipo de cosa que pueda generar dinero, y donde Lazzaro, sigue con la misma edad, a pesar de todos los años transcurridos, y se marcha a la ciudad ya que el pueblo está abandonado, y encuentra a una de esas familias del pueblo y convive con ellos.

La extraordinaria y sublime luz de Hélène Louvert (que ya había trabajado en las dos anteriores películas de Rohrwacher) realizada en 16mm, con todo ese grano y textura, que da vida y proximidad en el mundo rural, en ese campo lleno de colores, tierra, polvo y sudor, contrasta con los grises sombríos de la ciudad, donde a pesar del cambio de lugar y haberse liberado del yugo de la marquesa, las cosas continúan igual, como si el tiempo se hubiera detenido, donde siguen habiendo una sociedad dividida entre amos y esclavos, entre explotados y vividores, donde unos sirven a otros en condiciones miserables y deshumanizadas. El sobrio y brutal montaje de Nelly Quettier (responsable de la edición de Léos Carax o Claire Denis, entre otros) ayuda a seguir la peripecia de Lazzaro y los demás, contribuyendo a ese aire de magia que destila la película, mezclando con delicadeza la triste realidad con los momentos mágicos, fusionándolas de un modo sencillo y natural, creando un nuevo espacio en el que todo es posible, donde suciedad y fantasía conviven junto a los personajes, donde en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado y lo sobrenatural.

Rohrwacher aboga por la bondad en este mundo deshumanizado, en una maravillosa y sutil fábula sobre la condición humana, en la que lanza un grito de esperanza e ilusión, sin olvidarse de la tragedia de la sociedad, una sociedad materialista que ha olvidado a los seres bondadosos y de buen corazón, donde éstos no tienen cabida y son arrojados miserablemente. La directora italiana nos cuenta su película desde las emociones, sin caer en aspavientos sentimentalistas ni nada de ese tipo, ni tampoco en discursos moralistas, sólo guiándonos a través de la mirada absorbente del joven Lazzaro, alguien que no parece de este mundo, no por un físico extraño ni fantástico, sino porque la bondad y la inocencia que transmite ya no pertenecen a este mundo, si alguna vez lo hicieron, cualidades humanas que lo hacen de otro mundo, valores que le convierten en un ser puro y santo, donde a pesar de este mundo individualista y clasista, siempre hay espacio para aquellos que son buenos, que hacen el bien, a pesar de los palos que reciban, a pesar de este mundo.

Rohrwacher también realiza una declaración de principios cinematográficos acudiendo a los grandes del cine italiano, enmarcando su aventura humanística tomando como referencias a aquellos que hicieron grande el cine italiano, como La Terra Trema, de Visconti, aquellos pescadores podrían ser los campesinos del tabaco, o del arroz de Arroz Amargo, de De Santis, o aquellos de El árbol de los zuecos, de Olmi, contados de manera neorrealista, capturando la esencia de lo humano como hacían Rossellini o De Sica, o la periferia sucia y fea de la ciudad que podríamos convocar al cine de Pasolini, o esos lugares industriales abandonados, fríos y aislados que tanto le interesaban a Antonioni, o la magia, lo fantástico y los sueños que pululaban por los universos de Fellini. Toda la historia del cine italiano condensada en los 125 minutos de la película, que no copia de modo literal a los maestros, sino que recoge su esencia y el espíritu que recorría aquel cine para llevarlo a su universo de un modo visceral y extraordinariamente personal, convirtiendo así su película en una obra de calado universal y humanístico, donde nos habla de valores humanos que deberían guiar nuestras vidas a pesar del mundo en el que vivimos, porque quizás entre tanta trivialidad y quehaceres vacíos, nos olvidemos de que algún día podemos encontrarnos con un Lazzaro y no seamos capaces de verlo, o peor aún, lo expulsemos de nuestras vidas porque no nos detengamos a valorar todas sus bondades que son infinitas.

En el sótano, de Ulrich Seidl

bigtmp_31103LA HOGUERA DE LAS MISERIAS.

El enfermizo imaginario austríaco (recordamos los casos de la última década, el de Josep Fritzl, que secuestró y violó a su hija durante 24 años, o el de Natascha Kampusch, que fue secuestrada y violada durante 8 años por un psicópata, todos ocurridos en los sótanos de las casas) ha sido explorado de forma crítica y profunda, tanto por la literatura, de la mano de los novelistas Elfriede Jelinek y Thomas Bernhard, y por el cine, por la mirada del director Michael Haneke. El universo cotidiano, siniestro y delirante del cineasta Ulrich Seidl (1952, Viena) también ha profundizado en ese mundo oculto, en ese espacio doméstico fuera del alcance público, ese lugar donde las partes más oscuras de la condición humana se materializan y dejan paso a la imaginación más retorcida y depravada.

Desde que debutase, el cine de Seidl se ha sumergido, tanto en el terreno de la ficción como el documental, en estos lugares y oscuros de la naturaleza humana, recordamos sus célebres documentos sobre el cariño enfermizo hacía las mascotas en Animal Love (1996), o la mirada crítica y superficial del mundo de las modelos en Models (1999), así como en la estupidez y paradoja de una Europa a la deriva y sin moral que retrataba en Import/Export (2007), donde unos inmigrantes cambiaban sus países de origen, Ucrania y Austria, para seguir soportando unas vidas miserables, o su penúltimo trabajo hasta la fecha, la trilogía Paraíso, compuesta por Amor, Fe y Esperanza, donde a través del retrato de tres mujeres de la misma familia que viajaban escapando de su soledad, pero se daban de bruces con la triste realidad, una, viajaba inocentemente a Kenia en busca del amor romántico, otra, abraza de forma aterradora la evangelización, y la última, una adolescente que se trasladaba a un campamento con la idea de adelgazar.

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En su último trabajo, el realizador austríaco centra su mirada en los sótanos de las casas, de esa clase media acomodada, y nos muestra de forma honesta y directa que ocurre en esos espacios. Tenemos a nazis nostálgicos que tocan en una banda y se emborrachan, a señoras que guardan celosamente bebés de látex que cuidan y miman como si se trataran de sus hijos, a enfermos de las armas que además son cantantes frustrados de ópera, a obsesionados con el ejercicio físico, a cazadores que exhiben sus presas disecadas con orgullo, a los que se excitan sólo con prostitutas practicando juegos sexuales de dominación o sadomasoquistas que tienen todo un espacio dedicado a dar rienda suelta a sus deseos sexuales más profundos y reprimidos. Seidl retrata todo ese universo de forma onírica, casi banal, donde lo grotesco y el delirio se apoderan de la imagen, pero en otros momentos, las situaciones extremas nos llevan a reflexionar sobre la banalidad, la hipocresía, la soledad inmensa del mundo moderno, la crudeza y lo terrorífico de los escenarios (algunos decorados de forma kitsch) y la realidad de la represión moral y sexual en la sociedad en qué vivimos. Seidl lo filma de forma muy estilizada, desde el interior de estos espacios, exceptuando algún que otro exterior, su mise en escène está compuesta a través de cuadros, planos frontales o compuestos desde ángulos, estáticos, donde sus personajes son coreografiados de forma antinatural, sólo con música diegética, marca muy personal de su cinematografía, donde los personajes, solos o en compañía miran a cámara en silencio durante un rato, y en otros, explican sus deseos y cómo los practican, observándonos o siendo observados, forma que nos recuerda a la utilizada por el cineasta Roy Andersson, otro director que explora las miserias ocultas de los seres humanos. Seidl sazona su obra de un humor críptico, da risa del daño que hace, no juzga a sus criaturas, simple y llanamente las muestra, cómo las observa él, con esa mirada ácida y retorcida, en sus espacios de confort, en esos lugares donde son ellos mismos, alejados de ese mundo hipócrita, materialista y deshumanizado.

El rey de la Habana, de Agustí Villaronga

El-rey-de-la-HabanaLOS DESHEREDADOS

En Los olvidados, de Luis Buñuel ya se explicaba con extrema contundencia y realismo como las personas que sobrevivían en condicionas extremas de pobreza, se convertían en miserables sin escrúpulos. André Bazin acuño el término “el cine de la crueldad”. La última aventura cinematográfica de Agustí Villaronga (Mallorca, 1953), acoge en su armazón narrativo la línea de ese cine de agobiante crudeza que argumentaba Bazin. Un cine que continúa el sendero emprendido por el cineasta balear en sus más celebrados trabajos, su gran debut en Tras el cristal (1987), El mar (2000) o Pa negre (2010), tres películas que nos ayudan a examinar y sumergirnos en las constantes temáticas que jalonan la cinematografía de Villaronga: ambientes opresivos y enfermizos, donde los niños o jóvenes se ven inmersos en situaciones dolorosas que los hacen resistir y sufrir en escenarios muy hostiles, acompañadas de un poderío visual y actores que rezuman vida, una narración compleja plagada de contrastes, y una mezcla de géneros que van desde el drama, la comedia o incluso una mezcla de las dos. Un cine que atrapa a través de esa desazón deprimida en la que viven unos personajes que sobreviven y luchan diariamente por salir adelante, aunque raras veces lo consigan.

Después de cinco años del gran éxito de crítica y público que supuso Pa negre, incluso fue seleccionada por la Academia para representar a España en los Oscar, vuelve a adaptar a una novela, (como ya había hecho anteriormente con Blai Bonet en El mar, o con Emili Teixidor en Pa negre), esta vez el elegido fue el texto del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, ambientada en el barrio Centro Habana, en aquella Cuba de finales de los 90. Un país sumido en la pobreza y en el desarraigo, como bien explica uno de los protagonistas al inicio de la película: “Éramos pobres en un país pobre. Lo único que nos quedaba era chingar y comer de vez en cuando”. La trama se centra en tres personajes, el joven Reinaldo, provisto de una verga de considerables dimensiones, que acaba de fugarse de un correccional donde cumplía arresto injustamente por un homicidio no cometido, Magda, una joven que malvive vendiendo su cuerpo a vejestorios y a turistas junto a un primo medio delincuente, y Yunisleidy, un transexual que se gana la vida puteando con ricos extranjeros y trapicheando con droga. Estas tres almas perdidas, que vagan entre la miseria y la pobreza como almas en pena, supervivientes en un país derrotado, deshecho y abocado a la carencia más extrema. El sexo desinhibido y grotesco, como vía de escape que ayuda a engañar al hambre, la delincuencia y el engaño están a la orden del día, además de verse sometidos a la férrea vigilancia de un sistema abandonado y decadente.

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Villaronga no se amilana en mostrar la violencia más desatada y cruda, no hay buenos ni malos, sino gentes, individuos que están al acecho, que mueren matando y resisten ante los avatares y las desdichas de un entorno atroz, un caótico mundo en ruinas, sin salida, donde la única posibilidad es emigrar, salir de allí, empezar en otro lugar, en otro aire, pero para eso, se necesita dinero, que resulta escaso y extremadamente difícil de conseguir. El director mallorquín filma con dureza y desamparo, hay poco espacio para las emociones y el cariño, nos introduce en casas ruinosas, en sonrisas congeladas, polvos echados en colchones cochambrosos, paredes agrietadas, lágrimas secas, y corazones llenos de amargura. Vidas a la deriva, sin pasado y sin futuro, con un presente oscuro en frente, lleno de sombras, personajes que parecen alimañas a punto de ser succionadas por una catástrofe que las borrará de un plumazo para siempre. Villaronga conduce su película, a ratos con excesivo tremendismo, todo hay que decirlo, pero en suma un voraz y brutal viaje hacía los infiernos humanos, a las almas negras y oscuras, a esos lugares donde la única escapatoria es dañar sin que te hagan daño con el único propósito de echarse algo a la boca, aunque sea pan seco y frijoles recalentados.

 

El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez

el-mundo-sigue-POSTERLA MISERIA DE AYER… Y SIEMPRE

“Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos. Y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”

 Fray Luis de Granada

(Guía de pecadores, 1556)

Fernando Fernán Gómez (Lima, 28 de agosto de 1921 – Madrid, 21 de noviembre de 2007) es una de las figuras más brillantes y geniales que ha dado la cultura de este país. En sus diversas facetas como escritor, dramaturgo, actor, y director de cine y teatro ha destacado en su buen oficio y en acometer una carrera profesional muy acorde con sus principios personales y humanos. En 2011, cuando la Academia de las Artes y las ciencias Cinematográficas de España, le entregó la X Medalla de Oro, Marisa Paredes, la presidente de la institución, lo describió de la siguiente forma: “Por anarquista, por poeta, por cómico, por articulista, por académico, por novelista, por dramaturgo, por único y por consecuente». Debutó como actor a primeros de los 40 en el teatro de la mano de Enrique Jardiel Poncela, en el cine lo haría casi al unísono, en 1943, esta vez con Juan de Orduña, en un papel secundario. Desde entonces en el medio cinematográfico ha protagonizado cientos de películas donde ha trabajado con los cineastas más grandes del cine español, Berlanga, Bardem, Neville, Nieves Conde, Erice, Saura, Gutiérrez Aragón, Trueba, Almodóvar, entre muchos otros… Su puesta de largo como director se produjo en 1954 con Manicomio (co-dirigida con Luis María Delgado). En 1958, realiza La vida por delante, a la que siguió La vida alrededor (1959), películas disfrazadas de comedia o melodrama, y costumbrismo, que retratasen las penurias y dificultades que vivían los españoles para tirar pa’lante bajo el régimen franquista.

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El mundo sigue (que junto a El extraño viaje, de 1964, son dos de los títulos más celebrados de la carrera como director de Fernán Gómez) basada en la novela de Juan A. de Zunzunegui (escritor de una publicación de Falange), rodada en 1963, (del mismo año son El verdugo, de Berlanga y Del rosa al amarillo, de Summers), cerraba esta peculiar y excepcional trilogía. Filmada en el barrio de Maravillas de Madrid (casi dos décadas después, Manuel Gutiérrez Aragón rodaba en el mismo lugar Maravillas, con el propio Fernán Gómez en el reparto). Esta fábula moral de su tiempo, y de cualquier tiempo, se centra en una familia cualquiera, los padres, Eloísa, la esposa y madre abnegada y servicial, el padre, un funcionario de orden que impone benevolencia fuera y autoridad en casa, luego está Agapito, religioso hasta la médula que fue despedido del seminario, y en el centro de la familia, las dos hijas, Eloísa y Luisita, dos caras de la misma moneda, dos fieras que se odian, se pegan y se acuchillan cada vez que se encuentran. Eloísa, que fue la guapa del barrio hace 10 años, ha caído en desgracia, casada con Faustino, un ludópata enfermizo que trabaja de camarero, pero sólo tiene una obsesión, las quinielas y ser millonario. Además del marido, Eloísa acarrea con dos criaturas, y no tiene otra salida que acudir a casa de sus padres a pedir limosna, algo de dinero para seguir respirando. La otra cara es Luisita, la hermana que trabaja en una boutique, y no duda en prostituirse para buscar al mejor postor que la mantenga y de esta manera, salir de esa miseria que recorre sus vidas o digamos mejor, las existencias de todos los personajes que describe con tanta crudeza y realismo la película. También, está Don Andrés, el vecino enamorado de Eloísa, que trabaja como crítico de teatro en un diario de derechas que le impone lo que tiene que escribir. Fernán Gómez describe en un primoroso blanco y negro, la injusticia, la hipocresía y la miseria moral esparcida por todos los agujeros y pozos de la sociedad. La negrura que recorre toda la cinta es abrumadora, no hay futuro, no hay piedad entre los seres humanos, se machacan y se matan entre ellos, todos quieren mejorar, vivir mejor, aunque sea acosta del prójimo, eso no les importa, les da igual con tal de estar bien ellos y sobre todo, mejor que el otro. No hay salvación, se condena al desdichado y se gratifica al ruin.

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El genio del cineasta brilla en toda la película, hace gala de recursos narrativos que aunque en la época eran todo un signo de modernidad cinematográfica, siguen manteniéndose como la obra de un grandísimo narrador, como el flashback (recordarán la famosa secuencia de las escaleras cuando Eloísa sube atropelladamente y se intercala con planos del pasado, de aquella flor que relucía esplendorosamente y que ahora ha quedado se ha marchitado, quedando reducida a la amargura y la tristeza), y la multiperspectiva, donde desarrolla varias secuencias a la vez. Una elección de actores magnífica, donde cada uno de ellos compone un personaje visceral y lleno de fuerza, como Lina Canalejas (la querida Prima Angélica), encarnando a Eloísa, que luchará sin remedio para salir de su triste y oscura existencia, Gemma Cuervo como Luisita, que ambicionará dinero y lujo, y para conseguir eso no le importará vender su cuerpo y su vida, o el propio Fernán Gómez, que interpreta a Faustino, a ese ser infecto y malsano, enfermo por el juego, que llegará a hacer cosas ilegales y tener querida para salir de su miseria. Seres de aquella España sumida en la autarquía, en aquella dictadura católica, represora y asesina, en una sociedad sin esperanza ni ilusión, donde reinaba la pobreza no sólo física, sino también moral de una sociedad miserable, triste y sin humanidad. Una película enclavada en aquel nuevo cine español, donde se empezaba a describir la realidad miserable y oscura de un país que se alejaba de la propaganda oficial del régimen que vendía desarrollismo y milagro económico al mundo. Una cinta que habla de adulterio, de ambición, hambre, violencia y maltrato a la mujer… Todo este contenido tan durísimo se reflejó en los múltiples problemas con la censura franquista durante todo el proceso de la película, que obligó a retrasar su estreno dos años, que se produjo en muy malas condiciones, con una doble sesión en Bilbao en julio del 65. Medio siglo después, el estreno de la película es todo un gran acontecimiento para todos aquellos que amamos el cine en general, y el español en particular. Triste pero cierto, una miseria que continúa en el mundo, en la sociedad, sigue instalada en todos nosotros, en cada cosa que hacemos, en la vida que llevamos, en todo y cada una cosa que nos rodea… porque tristemente hay cosas que nunca se borran. Recuerden el final de Plácido (1961), de Berlanga, y su famoso villancico, (…) en un mundo sin caridad, que nunca la hubo y nunca la habrá