El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Roberto Bahar

LOS OLVIDADOS EN LAS CUNETAS.

«Qué injusta es la vida… No, qué injustos somos los seres humanos”.

La frase que encabeza este texto y abre la película, la dice María Martín, una anciana que habitualmente se acerca a la curva de una carretera y deposita un ramo de flores  a un quitamiedos, el mismo lugar, Buenaventura (Toledo) donde 82 años atrás asesinaron y enterraron a su madre, Faustina López González. También, señala a en dirección a unos zarzales donde lanzaron su ropa, la anciana tenía entonces 6 años, pero lo recuerda como si fuera ayer. Desde el primer instante, la película nos sumerge en la memoria, en el recuerdo de los que ya no están, en esas ausencias que atormentan a sus descendientes, a aquellos que los recuerdan, a aquellos que jamás los han olvidados, los vivos que claman contra el terror del franquismo, contra aquella dictadura terrorífica que estuvo asesinando durante cuarenta años, y una vez terminada, con la ley de amnistía de 1977, todas esas víctimas fueron condenados al olvido institucional, una injustica inhumana que todavía persiste en la memoria de tantos que nunca los olvidarán. Almudena Carracedo y Roberto Bahar, cineastas residentes en EE.UU., donde cosecharon un gran reconocimiento con su anterior trabajo Made in L.A. (2007) en el que retrataban las visicitudes de tres costureras inmigrantes en los Estados Unidos.

En su nuevo trabajo, construyen un ejercicio humanístico y contundente sobre el pasado, sobre la memoria negra de España, y lo hacen a través de un trabajo de cinema verité e intimismo, retratando la cronología de la llamada “Querella Argentina”, donde un grupo de personas encabezadas por Carlos Slepoy, abogado de derechos humanos, víctimas directas y familiares de asesinados del franquismo emprendieron una lucha silenciada para llevar a los tribunales a aquellos asesinos y verdugos a las ordenes de la dictadura franquista, por medio de una jueza argentina que, al igual que hizo la justicia española con Pinochet, y amparados en un derecho universal de investigar los crímenes contra la humanidad, se lanzan a un proceso largo para contar la verdad, y hacer justicia, por ellos y por los que ya no están. Carracedo y Bahar han filmado durante 6 años todos los momentos de este grupo reducido al principio pero que pasó de más de 600 querellantes contra los verdugos, personas como la citada María Martín, José María “Chato” Galante (con el que recorremos la antigua cárcel de presos políticos) que siendo un joven universitario fue llevado a la Brigada Político Social de Madrid y torturado por Billy “El Niño”, uno de los torturados más significativos de la última década del franquismo, como Felisa Echegoyen, y tantos otros jóvenes en contra de la dictadura, que fueron torturados, encarcelados y algunos, asesinados, o esas madres que descubren que sus hijos dados por muertos en el parto, les fueron robados y con identidades nuevas, donados libremente a familias pudientes del régimen, y bien entrada la democracia.

Cada uno de los represaliados nos ofrece sus testimonios sobre sus casos, y vamos escuchando sus verdades, verdades silenciadas y envueltas en la oscuridad de una democracia que sigue mirando hacia otro lugar, negando la verdad y justicia que tantos claman, enfrentándose de una vez por todas a su memoria más negra y haciendo justicia reparando tantas injusticas del pasado. También, seremos testigos de exhumaciones de fosas comunes, y todas las trabas judiciales de la justicia española para no investigar, para dejar las cosas sin más. Los cineastas nos sumergen en un documento valiente y necesario, un trabajo minucioso de memoria y justicia, poniendo rostros y testimonios a tantos silenciados por el olvido impuesto por los gobiernos de turno, pero la decisión y voluntad de todos ellos sigue en la lucha por la verdad y la justicia, por dejar constancia de su testimonio y seguir en la pelea hasta el final de sus vidas.

Carracedo y Bahar nos conducen por una mirada que por momentos nos indigna, y en otros, nos emociona, y ambas cosas a la vez, donde sin trampa ni cartón, penetran en la intimidad de estas vidas rotas por el terror del franquismo, pero vidas valientes y decididas en seguir en el camino para paliar tantos errores del pasado, cueste lo que cueste, y caiga quien caiga, sin perder las esperanza a pesar de las innumerables trabas judiciales, a pesar de tantos huesos esparcidos por la geografía nacional, algunos historiadores hablan de más de 100000 desparecidos enterrados en las cunetas de tantos lugares, segundo país del mundo después de Camboya. La película nos conduce por un terrible y doloroso viaje sobre las brumas del franquismo y el olvido de la democracia, protagonizados por aquellos que sufrieron ese terror y ese olvido estatal, peor haciéndolo de manera sencilla y honesta, sin sentimentalismos, ni condescendencias, sino con coraje y determinación por dar voz y visibilidad a tantos testimonios valientes y decididos por hablarnos de verdad, justicia y sobre todo, no olvidar a aquellos que corrieron peor suerte y todavía no reposan en un lugar donde los suyos puedan recordarlos como valientes defensores de la democracia y la libertad, y que nos sean ocultados y olvidados debajo de carreteras, como esas estatuas que recuerdan a las víctimas del franquismo, perdidas y olvidadas en un páramo, que una de ellas recibió un disparo, triste metáfora para un país quebrado y errante, que pideo olvidar sin hacer ningún gesto de memoria y justicia, que tiene el deber de recordar y reparar a todos aquellos que sufrieron el franquismo, a todos los que siguen olvidados en tantas cunetas del país.

El cine de fuera que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- TONI ERDMAN, de Maren Ade

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2.- EL VIAJANTE, de Asghar Farhadi

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3.- LA IDEA DE UN LAGO, de Milagros Mumenthaler

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4.- EL OTRO LADO DE LA ESPERANZA, de Aki Kaurismäki

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5.- SIERANEVADA, de Cristi Puiu

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6.- LA REGIÓN SALVAJE, de Amat Escalante

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7.- UNA MUJER FANTÁSTICA, de Sebastián Lelio

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8.- ¡LUMIÈRE! COMIENZA LA AVENTURA, de Thierry Frémaux

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9.- EN CUERPO Y ALMA, de Ildikó Enyedi

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10.- EN REALIDAD, NUNCA ESTUVISTE AQUÍ, de Lynne Ramsay

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11.- EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO, de Yorgos Lanthimos

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12.- ALANIS, de Anahí Berneri

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13.- COLUMBUS, de Konogada

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14.- RECUERDOS DESDE FUKUSHIMA, de Doris Dörrie

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Siempre juntos (Benzinho), de Gustavo Pizzi

NO HAY NADA COMO UNA MADRE.

«Siempre hay que seguir hacia delante, porque llega un momento que todo sale bien».

Irene es una madre de familia de cuarenta años que vive junto a sus cuatro hijos en Petrópolis (Río de Janeiro, Brasil). El mayor, es un portero talentoso de balonmano, el segundo, un artista de la tuba, que siempre la acarrea por todos los lugares, y los más pequeños, un par de gemelos, rubios y rebeldes. Klaus, el marido, intenta infructuosamente tirar hacia delante su precario puesto de libros, que cada día va de mal en peor. La cotidianidad se ve agitada cuando la casa que habitan, se le acumulan los desperfectos. Aunque, el verdadero cisma del relato se producirá cuando Fernando, el hijo mayor, recibe una propuesta de un equipo de Alemania porque quieren contar con sus servicios. La familia no volverá a ser la misma a partir de esa noticia, sobre todo, para Irene, que verá que ese mundo familiar y unido que tanto trabajo le ha costado edificar y mantener, empieza a resquebrajarse y a separarse.

El cineasta brasileño Gustavo Pizzi debutó con Riscado (Craft), en el año 2010, donde daba buena cuenta de las dificultades de una actriz talentosa en busca de una oportunidad. Ahora, vuelve a contar con Karine Teles (también en labores de guionista, ya que firman juntos el texto) que ya había dado vida a la actriz desafortunada, para convertirla en madre-matrona al estilo de aquellas matriarcas coraje italianas al modo de Anna Magnani de Bellísima o la Sophia Loren de Dos mujeres, madres de armas tomar que se llevan por delante a cualquiera que atente o haga daño a su prole, y además, les ayudarán en todo lo que sea menester, aún poniendo su vida en peligro. Irene es el pilar de esa casa, levanta a ese marido desanimado, que intenta negocios que siempre le salen mal (que parece un personaje salido de una película de Berlanga) y apoya hasta las últimas consecuencias a sus hijos, y a su hermana, Sònia, que ha dejado a su marido drogadicto y se ha presentado en su casa con su hijo pequeño. Irene es una madre con todas las de la ley que, además se dedica a la venta ambulante, y estudia para sacarse el segundo grado. Una madre inquieta, valiente y fuerte, que nunca desfallece, por muy mal que estén las cosas. Aunque, la idea de perder a su hijo mayor, la hará mantener una batalla íntima contra ella misma, porque por un lado está feliz por la aventura alemana de su hijo, pero, por otro, sabe que se va a ir lejos, y tendrá que vivir con ello, combatir esa ausencia que sabe que la afectará, porque es la primera vez que le sucede algo parecido.

Pizzi enmarca su película en una tragicomedia social e íntima, donde no paran de suceder situaciones, algunas dramáticas, otras divertidas, pero siempre con ese lado cómico, siempre desde la idea de vitalidad, de reconstruirse cada día, y afrontar con la mejor de las caras los avatares cotidianos que se producen en el seno familiar. Tiene el aroma de la comedia familiar, divertida y con momentos duros, en los que un conflicto, ya sea la despedida de un hijo que marcha al extranjero o la de un concurso de jóvenes estrellas que los lleva a cruzar medio país, como sucedía en la extraordinaria Pequeña Miss Sunshine. Obras íntimas, muy familiares, pero sin esa idea de lo establecido y las buenas maneras, sino todo lo contrario, mostrando la humanidad de cada uno de sus componentes, sus pequeños dramas íntimos, y cómo afecta a los demás, y los conflictos, mayores o menores, que se van originando en el hogar, un hogar siempre patas a arriba, a punto de estallar, pero con optimismo para afrontar los males. Una actitud encomiable ante la vida, donde por muchas hostias que te den, con voluntad y decisión, y sin dejar de trabajar por ello, algo en claro siempre se saca, y los problemas nunca son tan grandes si tenemos la paciencia de mirarlos con la perspectiva necesaria, y sobre todo, nos mantenemos unidos con los nuestros.

La fantástica y maravillosa interpretación de Karine Teles (que ya la habíamos visto como la madre altiva de Una segunda madre, y también, en la joven engañada de El lobo detrás de la puerta) es el pilar de este entramado familiar, la que sustenta los cimientos de todos y cada uno de ellos, la que sonríe y contagia a todos, y la que llora en silencio, manteniéndose firme ante los problemas, le acompañan Octávio Müller (que también estuvo en Riscado) haciendo ese padre bonachón y negado para los negocios, que encuentra consuelo en su mujer siempre que lo necesite, Adriana Esteves hace de la hermana, que se convertirá en ese apoyo femenino que con sola una mirada se entienden, van al alimón, y sobre todo, conoce ese combate interno que tiene Irene con la marcha de Fernando. Bien conjuntados con los niños, que los gemelos son los hijos reales del propio director e Irene.

Pizzi construye una película esperanza, sin caer en el sentimentalismo de culebrón, sino en una sinceridad que nos atrapa en sus 98 minutos  de metraje, donde nunca dejan de ocurrir cosas, algunas muy divertidas, surrealistas, extravagantes y dramáticas,  haciéndonos reír, también llorar, pero sin estridencias ni trucos de magia, sino mostrando sinceridad y verdad, conduciéndonos por esta familia a través de su madre, esa mujer fuerte, valiente y hecha palante, personas que a pesar de las dificultades por las que atraviesan, nunca contagian con su desfallecimiento o tristeza a los demás, se lo comen en silencio, para los demás siempre tienen una sonrisa, una palabra amable, y energía para mirar siempre para lo que tenga que venir, manteniendo unido a la familia, pase lo que pase, y pese a quién pese.

En la playa de Chesil, de Dominic Cooke

CUANDO EL AMOR ERA INOCENTE.

Una pequeña ciudad costera fuera de temporada, en un día como otro cualquiera de la Inglaterra de 1962. Dos enamorados recién casados se alojan en un hotel para disfrutar de su luna de miel. Son Florence (violinista en un quinteto) y Edward (ingeniero) y tienen su amor fuerte e inocente y sobre todo, una vida por delante para disfrutarlo. Aunque, no queramos admitirlo, uno es preso del lugar donde nace y vive, y es preso de las circunstancias a las que tiene que enfrentarse. Podríamos decir que Florence y Edward se aman profundamente desde la primera vez que se vieron (en una recogida de firmas contra las armas nucleares) aunque pertenecen a mundos y costumbres diferentes, ella, de clase media alta, y él, de clase obrera. Ella al arte, y él, al mundo industria. Han crecido de maneras antagónicas, alejadas entre sí, y todo esas cosas que les unen y a la vez, les separan, confluirán en ese pueblo costero, junto al mar, en esa habitación de hotel, donde todo parece perfecto, sólo lo parece, y en esa tarde, sentados junto a una barca, donde sus dos mundos chocarán y nada ya será como antes. La puesta de largo de Dominic Cooke (Wimbledon, Londres, 1966) después de una larga trayectoria en el mundo del teatro, y dirigir para la BBC la serie The Hollow Crown en 2016, es la adaptación de la novela homónima de Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) uno de los novelistas más prestigiosos de las letras británicas, libros que ya han sido llevadas al cine como Expiación, de Joe Wright (2007), entre otras.

Cooke construye una película de hechuras clásicas, donde podemos descubrir el mejor cine británico, aquel en el que abundan melodramas de corte clásico (con el aroma de Stahl o Sirk) en los que el amor y la familia son dos elementos fundamentales en el devenir de sus personajes. El cineasta británico nos habla de una época muy determinada, aquellos años donde después de la guerra, muchos se empeñaban en mantener las costumbres tradicionales de antaño, a pesar de todo, e inculcaban una serie de valores convencionales y ancestrales a sus hijos, basados en las buenas maneras y la rectitud de sus actos. Florence y Edward se debaten en ese momento de sus vidas, esos poco más de veinte años, en que el amor ha hecho acto de presencia en sus vidas, pero que todavía arrastran esas costumbres arcaicas que los encadena y no los deja vivir a su manera.

Los jóvenes han vivido un noviazgo como los de antes donde todos llegaban vírgenes hasta el matrimonio, ajenos a todo ese mundo de experiencias y descubrimientos, ajenos a sus propios cuerpos y su sexualidad. Estamos en ese tiempo de transición, el cambio aparecerá más adelante, donde Los Beatles, los Rolling Stones y demás aparecerán, los tiempos revolucionarios de la política, la liberalización sexual y los cambios sociales que harán despertar a todos a una manera de ser y expresarse al mundo, aunque esos tiempos todavía no han llegado, y Florence y Edward viven alejados de todo eso, prisioneros de su tiempo, de la castración familiar y abocados a unas vidas corrientes, muy convencionales y adaptadas a esa sociedad hipócrita, donde las miserias se siguen escondiendo bajo la alfombra. Cooke se reúne de grandes profesionales para crear una película hermosa en su forma, con la impecable luz en 35 mm de Sean Bobbut, que baña de grises esa playa, e ilumina de colores los tiempos de amor, con el magnífico diseño de producción de Suzie Davies (que ya estuvo en Mr. Turner) realizando un preciso trabajo para trasladarnos a aquellos años de inicios de los sesenta, y la sutil y conmovedora score de Dan Jones.

Una película donde destaca la sutilidad y el detalle de las situaciones que describe de manera desestructurada, porque la película arranca en esa playa donde todo dará un vuelco, para entre idas y venidas, explicarnos los detalles y circunstancias que han llevado a los protagonistas hasta ese lugar y ese instante. Estamos ante una sociedad a punto de explotar, pero todavía no ha llegado ese momento, Florence y Edward tendrán que sufrir ese ambiente y ese contexto histórico, un tiempo que anuncia cambios, como la película que verán en el cine Un sabor a miel, de Tony Richardson, uno de los emblemas del Free Cinema, por su forma y contenido, ya que nos habla de una adolescente embarazada que entablará amistad con un homosexual. Los enamorados de la película son inocentes, pero llenos de vida, aunque no pueden despegarse de esa sociedad malvada, porque no han sido educados de otra manera, sus rebeldías juveniles han sido atajadas y eliminadas de cuajo por el clan familiar. Sus contextos son diferentes, pero castrantes y maltratantes emocionales, que les han llevado a temer lo diferente, ese miedo a enfrentarse a lo desconocido, ese miedo a huir cuando no entienden lo que les sucede y a desconocer que la vida tiene su amargura y tristeza que convive plenamente con la amabilidad y la alegría.

Cooke consigue con su fantástica pareja protagonista componer unos personajes contradictorios y complejos a la altura de las imágenes, como la naturalidad de Saoirse Ronan (que era la adolescente vengativa en Expiación) La audaz inmigrante irlandesa de Brooklyn, y la rebelde adolescente de Lady Bird, convertida en una de las grandes actrices de su tiempo, bien acompañada por Billy Howle, que nos descubre a un actor de gran calado que ofrece unos recursos interesantes. Los acompañan actrices de la categoría de Emily Watson, en un personaje impertinente, entre otros intérpretes británicos resolutivos y sinceros, con los que logra una película que nos enfrenta a nuestros miedos, a nuestras inseguridades, y al contexto social que nos ha tocado vivir, ya que somos víctimas de esas circunstancias, en una película centrada en esos primeros años sesenta, pero que también viajará hacia delante para conocer el devenir de este amor imposible, frustrante y triste, porque no decirlo, de unos enamorados que si hubieran nacido solamente unos años después, sólo unos cuantos, todo hubiera sido diferente para ellos, aunque esas circunstancias no se pueden prever, porque aunque nos convenzamos de ser dueños de nuestro propio destino, más lejos de esa realidad, porque en realidad somos víctimas de las circunstancias y la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

La mujer que sabía leer, de Marine Francen

VIOLETTE SE HA ENAMORADO.

Nos encontramos en la Francia de mediados del siglo XIX, cuando Napoleón III eliminó cualquier atisbo de revolución deteniendo y eliminando sistemáticamente a todos aquellos que se opusieron a su dictadura. Semejante represión la sufrieron muchos pueblos y lugares de todo el país, como el puelbo del que nos habla la película, un pequeño pueblo entre montañas, que un día, a primeras horas de la mañana, los soldados irrumpieron en el lugar y detuvieron a todos los hombres, llevándoselos a la fuerza, dejando a las mujeres huérfanas de esposos, hijos y hermanos. Después de este arranque desgarrador y siniestro, la película se sitúa en la mirada de las mujeres, de aquellas que esperan, de aquellas que tienen esperanza que sus hombres vuelvan, aquellas que deberán vivir sin ellos, ocupadas en sus quehaceres cotidianos, y en su propia resistencia, en seguir trabajando por su pueblo, y por sus vidas. La directora francesa Marine Francen que tiene en su experiencia haber trabajado como ayudante de dirección para autores tan importantes como Haneke o Assayas, encontró la inspiración para su primera película en un cuento L’homme semence, donde Violette Ailhaud explica su propia experiencia de cómo una serie de acontecimientos afectaba a sus aldeanos.

Francen ha cambiado su título en la original, bautizando su película como Le semeur (que se podría traducir como El sembador, adquiriendo el doble sentido con el que juega la película). Aunque estamos ante una película que podríamos decir coral, la directora francesa adopta la mirada de Violette, en un momento crucial en su vida, ya que en edad de casarse, los hombres no están en el pueblo, pero pasado un tiempo, un hombre, Jean, aparecerá pro el pueblo, pide trabajo y alojamiento. La llegada del forastero hará renacer la vida y la existencia de las mujeres más jóvenes, que ante la espera sin hombres, alcanzaron un acuerdo que consistía en que todas ellas compartirían el hombre si apareciera alguno. Francen convierte esa historia intimista y femenina en una película bellísima en todos los sentidos, empezando por su exquisita y delicada forma, en la que se emplea el formato de 35 mm panavisión y el formato 4:3, para dotar a la película del cuadro y la luz de la época, obra de Alain Duplantier (autor entre otras de Reencontrar el amor) inspirada en las pinturas de “Las espigadoras”, de Millet, y otras obras de Renoir, Pissarro o Breton, obras esenciales del impresionismo en el que captaban la luz quemada por el sol de los trigales o la sombría del invierno de las zonas rurales, cuando retrataban las vidas cotidianas de los aldeanos.

Violette es esa doncella todavía virgen que descubre el amor con el recién llegado, que se hace llamar Jean, en el que Francen adopta el descubrimiento a la vida y al amor de forma sencilla y extremada sensible, sin nunca caer en lo sensiblero, captando con gran naturalidad y honestidad los encuentros sexuales de los dos protagonistas. Aunque el conflicto estalla, cuando las demás reclaman su parte, y la película que hasta ese momento nos estaba contando una hermosísima historia de amor de descubrimiento y placeres íntimos (que nace mediante la lectura donde Balzac adquiere un gran protagonismo) se adentra en un relato sombrío donde unas y otras luchan por su espacio, y en el que las necesidades personales, los conflictos internos y la sexualidad como liberación de emociones rasgan y posicionan al grupo de jóvenes amigas. Francen mueve con detalle y paciencia a sus mujeres, sus cuerpos y filma con gran belleza su cotidianidad, desde los duros trabajos en el campo, y el cooperativismo que han construido para hacer frente a los imprevistos y desarrollar los diferentes trabajos, en una comunidad femenina de gran fuerza y energía, quizás la aparición del extranjero les vuelca el alma y empiezan realmente los conflictos entre ellas.

La mirada y la carnalidad que desprende Violette encarnada por la actriz Pauline Burlet es uno de los momentos del relato, bien acompañada por Géraldine Pailhas como esa madre demasiado protectora e inflexible, y las otras jóvenes como Joséphine que interpreta Anamaria Vartolemi y Rose que compone Iliana Zabeth, y por último, Jean, que hace Alban Lenoir, todos ellos personajes que hablan poco, trabajan mucho y se muestran reticentes en mostrar sus emociones frente a los otros. Francen ha construido una película magnífica y de enorme sensibilidad, especialmente sobria y contenida, en una mise en scene casi sin movimientos de cámara, que en algunos momentos tiene ese marco que tanto gustaba a Renoir o a Rohmer (en la que nos hablaban casi en susurros de los conflictos sentimentales de sus protagonistas, situándolos en entornos bucólicos y sombríos a la vez) en la que nos habla de mujeres, de amor, de sexo, de trabajo en común, de emociones soterradas, de vidas en conflicto, y sobre todo, de amor en todas sus facetas, en esa fuerza poderosa y compleja para descubrir a los otros y descubrirnos a nosotros mismos.

Una razón brillante, de Yvan Attal

EL DISCURSO DE LA RAZÓN.

“La dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente — por fas y nefas

Arthur Schopenhauer

Neïla Salah, de origen argelina, ha vivido toda su vida en el extrarradio parisino, pero siempre ha querido ser abogada, y de esa manera, romper con lo establecido y llevar una vida diferente a la que dice su condición humilde. Su primer día de clase, en la prestigiosa Facultad de Derecho Assas de París, llega cinco minutos tarde, y entonces su profesor, Pierre Mazard, con formas arrogantes y provocativas, la humilla delante de cientos de alumnos, hecho que derivará en las oportunas sanciones administrativas para el profesor, pero obligado por el decano puede detener si prepara a Neïla para un concurso estatal de oratoria. El profesor no tiene más remedio que aceptar si quiere mantener su cabeza, y la joven hará lo mismo si quiere salvar el curso. El director Yvan Attal (Tel Aviv, Israel, 1965) ha desarrollado una interesante carrera como intérprete dirigido por nombres tan ilustres como Kassovitz, Doillon, Winterbottom, Lelouch o Rappeneau… pero, a su vez, también se ha pasado detrás de las cámaras en tramas de índole social y personal, donde sus personajes se ven inmersos en situaciones graves que les harán tambalear todo su mundo, siempre en un tono cómico.

Ahora, siguiendo ese tono de explorar temas serios pero con momentos divertidos, nos presenta a un solitario profesor, magníficamente interpretado por Daniel Auteuil, cínico como el que más, egocéntrico, y algo mezquino, que micrófono en mano, provoca a su audiencia para levantarlos de sus cómodos asientos de estudiantes y guiarles por otros caminos, a través del conocimiento, la cultura y el lenguaje. En la otra esquina tendrá que batallar con su antítesis, la joven alumna de primero, interpretada por Camélia Jordana, en las antípodas de lo que espera el profesor de su alumna, aunque el trabajo que les ha unido, lentamente les apartará de sus posiciones antagónicas y les llevará hasta ese punto en que sorprendentemente, no somos tan diferentes los unos a los otros. A través del libro “El arte de tener razón”, de Arthur Schopenhauer (1788-1860) Mazard prepara y provoca a Neïla para que argumente sus razones, convenza a su rival, y sobre todo, se convenza ella misma de su potencial, y su discurso, porque es más importante los argumentos y la forma de expresarlos que tener razón, porque no se trata de buscar la verdad, sino convencer al que tenemos delante, y ya que estamos en un concurso de oratoria, dejar claro al jurado que nosotros expusimos nuestro argumento con más claridad y nervio.

El profesor conoce el potencial de su alumna y lo explota hasta sus últimas consecuencias, adoptando métodos que tienen poco de ortodoxos, que seguramente serían rechazados por la comunidad educativa, pero consiguen sus objetivos, despertar a sus alumnos, y provocarles ese pensamiento crítico, que les llevará a replantearse muchísimas cosas y a emprender caminos diferentes, espacios que hasta ahora nunca habían explorados. Attal construye una especie de revisión de Pygmalion, de George Bernard Shaw, moderno y ágil, en el que el burgués se ha convertido en profesor, y la florista ahora es una estudiante, y el objetivo de convertir a una humilde joven en una dama de clase alta y distinguida, pasa a ser en una magnífica concursante de oratoria, seduciéndonos en un emocionante combate dialéctico de primera línea, en un tour de force con dos actores que rayan a una grandísima altura, en largas secuencias donde la palabra se apodera de los encuadres y  de nuestros sentidos, en una película de fuerte ritmo, donde constantemente nos hacemos preguntas.

Del profesor poco sabemos, su soledad es evidente y su forma de protegerse ante ella (resulta muy cómico y relevante el incidente con la señora y el perro por la calle) y sus maneras de profesores, rechazadas por casi todos, aunque sus alumnos lo recuerden como gran provocador de ideas y reflexiones. De la alumna, conocemos que vive a las afueras, donde parece que la vida y la libertad pasan de largo, en esa Francia que aboga por convivencia y fraternidad, pero que separa por clases, aunque Naïla trabaja para salir de ahí, para construirse una vida diferente, como hace con su novio, para que trabaje por su vida, aunque cueste mucho. Attal presenta unos suburbios que huyen de lo convencional y el dramatismo de otras películas, la película va por otro sitio, se plantea los diferentes prejuicios que todavía debemos vencer para liberarnos de nuestras maletas emocionales, y quizás la educación, el conocimiento, y el amor hacía la lengua y la cultura, sea francesa o de cualquier lugar, puede ser el mejor vehículo para crecer como persona y dejar de mirarnos a nosotros constantemente, y empezar a mirar al otro, y no sólo mirarlo, sino también a escucharlo, y a entenderlo, acercarnos más a los otros, y dejarnos esos estúpidos prejuicios convencionales y sociales que arrastramos y nos alejan mucho más de esas personas que también tienen mucho que mostrarnos y amarnos.

Zama, de Lucrecia Martel

EL OFICIAL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA.

“En la desolación, necesito que alguien me mire”

La película se abre de forma significativa y abrumadora, sin dejar ningún resquicio de luz, con esa oscuridad interna que agobia y martiriza a su protagonista, Don Diego de Zama, un oficial de la Corona española, en mitad de la nada, en un puesto fronterizo en la Asunción (Paraguay) de finales del siglo XVIII. Frente al mar, de pie, tenso, y en eterna espera, una rutina que será el pan de cada día, espera y espera esa carta que le asignará un nuevo puesto lejos de allí. Pero la dichosa carta no llega, y lo que si llegan cambios de gobernadores que le ordenan encargos a cual más soporífero e inútil. La cuarta y esperadísima película de Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) después de unos años dedicada a la docencia, a dirigir piezas cortas y trabajando en otros proyectos que no llegaron a buen término, vuelve a transitar por los espacios y atmósferas que ambientaron sus anteriores películas, La ciénaga (2001) impactante debut, en el que exploraba la decadencia de dos familias, una burguesa y otra humilde, en un tiempo detenido, denso y triste. Su siguiente trabajo, La niña santa (2004) nos contaba la realidad de una adolescente que deseaba convertir al pretendiente de su madre, y por último, en La mujer sin cabeza (2008) un fortuito accidente destapa los miedos e inseguridades de una mujer acomodada.

El cine de Martel se mueve en ese tiempo incierto, un tiempo en el que no hay tiempo, en el que todo se cae lentamente, el entorno se convierte en ruina y decadencia, rodeado de animales, indios, podredumbre, malos espíritus y violencia, en el que sus personajes están sumidos en conflictos internos de los que no pueden escapar, y su entorno sucumbe junto a ellos, en el que por mucho que lo intenten nunca logran salir indemnes de las situaciones. La cineasta argentina introduce en su cine un par de elementos novedosos y significativos, su película es una adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, y deja sus ambientes actuales e inmediatos de sus películas, para trasladarse al pasado, a un viaje de más de dos siglos, en una atmósfera colonial, o lo que queda de ella, porque esa Asunción que nos describe con vocación naturalista y minuciosamente, parece un tiempo de continua decadencia, desencantando, una especie de purgatorio donde las almas perdidas como las de Zama se encuentran atrapadas y sin vida, vagando entre montañas de suciedad y miseria de un mundo en descomposición.

Martel no pretende hacernos una revisión historicista de los males del colonialismo, ni tampoco un estudio profundo de las formas de vida cotidianas de esos lugares, sino que ella quiere centrarse en el mundo interior de sus personajes, el ambiente solo le sirve de excusa, solamente para reflejar lo que les ocurre a sus criaturas, como un espejo deformador que nos revela aquello que está sintiendo el personaje, en el que el paisaje irá cambiando en consonancia de lo que va ocurriendo al susodicho. Un cine construido a través de capas, tanto en la forma (como sus encuadres y planos, fijos y largos, con poca luz algunos, como si estuviéramos encarcelados) o su sonido (en fuera de campo y denso, como esa música paradisíaca, completamente irónica, que contrapone el sentido de unas imágenes que van en otra dirección) que se van acumulando creando ese efecto hipnótico y devastador, donde todo se envuelve en un aura de incertidumbre y pobreza espiritual, donde sus personajes se mueven por inercia, intentando sobrevivir donde ya no se puede, creyéndose aquello que ya no creen, y obligándose a sentir cuando ya no sienten, como si ese fuese el único elemento que los mantiene con vida, aunque quizás ya hace tiempo que dejaron de tener una vida, y ahora simplemente la recuerden y fingen seguir con ella.

Zama (excelente el trabajo de Daniel Giménez Cacho con esa mirada ausente y ese gesto de caballero venido a menos) es es un pobre diablo, atrapado en sí mismo, un sosías de los Aguirre o Fitzcarraldo, personajes lunáticos y perdidos que Herzog los maleaba y llevaba por lugares salvajes y exóticos, viendo como ese mundo catastrófico y miserable se ha convertido en su quehacer diario, llevado por su locura y vacuidad, en el que no sabe qué hacer, porque mentalmente hace años que dejó de estar allí, y sigue manteniendo unas funciones que ya no tienen utilidad, e intenta saciar su aburrimiento y vacío existencial dejándose llevar por la lujuria y la apatía. Un hombre que de tanto esperar se olvidó de esperarse, que sigue con su casaca roja y sus botas de cuero, paseándose por el lugar, como manteniendo unas formas que no sabe para qué, ni con qué objetivo. Un reparto de gran calidad en el que sobresale el ya citado Daniel Giménez Cacho, y la presencia agradable y seductora de Lola Dueñas interpretando a Luciana Piñares de Luengo, esas señoras de interminables pelucas blancas, vestidos de seda prominentes, y fiestas lujuriosas por doquier, invadidas por un erotismo y una sexualidad embriagadoras, que coqueteaban y fornicaban con propios y extraños, mientras sus maridos ganaban dinero a costa de los indios y sus vidas.

La devastación del colonialismo y sus gravísimas consecuencias en la población indígena, a merced del imperialista blanco, los funcionarios adictos al juego, a las riñas, al sexo y a la insustancialidad, y la estupidez burocrática, que deja sin salida y al borde de la locura a aquellos que desean cambiar de aires, son otros de los temas que abundan en la película, como todo eso afecta, y de qué manera, a la conducta de los personajes, que se mueven en un mundo ajeno a toda la miseria que viven los indígenas, en otra de las características del cine de Martel, donde todos los mundos conviven, se mezclan, y acaban por construir uno nuevo, que se parece demasiado a los anteriores, aunque es diferente, porque Zama, atrapado y perplejo por su situación que parece eternizarse, opta por la aventura, por embarcarse en una empresa peligrosa, pero que le saque de sus laberinto kafkiano que la Corona le ha destinado. Aunque, a veces es mejor perderse en tu propio caos y sufrimiento interno que enfrentarse a fantasmas externos, porque nunca sabrás hasta dónde puede llegar tu decadencia, y sobre todo, tú desesperación por seguir vivo alimentando una vana esperanza, que en el fondo sabes que hace tiempo dejaste de creer en ella.

Demasiado cerca, de Kantemir Balagov

ENTRE LA ESPADA Y LA PARED.

Nos encontramos allá por el año 1998, en Nalchik, en el Cáucaso del Norte, en Rusia, en el seno de una familia judía, que reúne a unos familiares y amigos para celebrar el compromiso de David junto a su novia. Aunque esa noche, todo cambiará, ya que David y su novia serán víctimas de un secuestro. Tamaño conflicto resquebrajará la familia obligándolos a tomar decisiones que les conducirán a situaciones complejas. La puesta de largo de Kantemir Balagov, jovencísimo cineasta nacido en la zona que localiza la película, y amparada por el cineasta Alexander Sokurov, coloca la atención en Iliana, una joven que trabaja con su padre y hermana mayor del secuestrado, y cómo esta situación la asfixia hasta tal extremo que pondrá en peligro su relación con su novio kabardiano. Balagov filma con preciso detalle e intimidad todas las secuencias de la película, dotándolas de un espíritu naturalista, combativo y directo, donde todos los personajes rezuman autenticidad, como si pudiésemos caminar junto a ellos, sufriendo y angustiándonos por los conflictos que se ven sometidos por el problema del secuestro.

La inmensa y brutal interpretación de la debutante Darya Zhovner dando vida a Iliana, con esa mirada que atraviesa el alma, encarnando a esa joven rebelde y de carácter que peleará con uñas y dientes por su lugar en la familia, y posicionarse ante las peticiones de sus progenitores, que parece olvidar sus verdaderas necesidades personales. Una película del momento, que captura con sinceridad todo aquello que vemos, aprovechando con precisión el sonido directo y la iluminación del entorno, evitando el artificio, y mostrando un paisaje demasiado frío, una ciudad alejada de todo y todos, donde la vida se rasga, duele e hiere. Podríamos ver la película como una suerte de drama doméstico donde una joven intenta ser ella misma a pesar de las dificultades por las que atraviesa la familia, donde el entorno no acompaña, como sucedía en Mouchette, de Bresson o en Rosetta, de los Dardenne, retratos duros y sangrantes de realidades durísimas en las que unas jóvenes se veían sumergidas a una vida perra llena de obstáculos, donde la felicidad se tornaba un camino de supervivencia constante y lucha contra el entorno y los más allegados, a partir de un cine alejado de sensiblerías y posicionamientos morales, que obligaban al espectador a enfrentarse a unas imágenes que lo interpelaban directamente.

Cine político, cine social, cine del aquí y ahora, que cuenta con enorme sinceridad todo aquello que se muestra invisible y oculto de los prejuicios sociales. El cineasta ruso construye una película de enorme complejidad que lleva a una familia a enfrentarse dentro de un microcosmos de por sí durísimo, explicando con detalle las diferentes posiciones que adoptan los miembros de este núcleo, como el caso de la madre, que ve en el pago del rescate, sea como sea, para salvar a su hijo, el padre, que aplaca los nervios de la madre, y parece que sigue su estela, y finalmente, Iliana, la hija mayor, que no quiere que su vida quede reducida a la sombra del hermano, ya que su existencia camina hacia otros derroteros. Balagov captura esa intimidad a flor de piel de manera sencilla, registrando con su cámara todas las miradas y detalles, y capturando la idiosincrasia territorial existente en la zona desde tiempos inmemoriales, donde las diferentes culturas han mal convivido en una zona perjudicada a nivel social, cultural y económico, donde los últimos años ha sido foco de guerras entre Chechenia y Rusia.

Iliana quiere salvar a su hermano, pero tampoco quiere dejar su vida, su novio, y todo lo demás, y mucho menos ir en contra de sus padres, aunque las circunstancias son las que son, y nada se puede hacer contra ellas, o quizás sí. Balagov ha edificado una drama familiar de fuerza poderosa y energía, enmarcado en la rabia y el carácter de una joven llena de ilusión por su vida, por decidir su propia vida, para seguir siendo ella misma, a pesar de todo lo que le envuelve, enfrentándose a sus progenitores, el amiente y las circunstancias, en un drama intenso, una cinta que sacude las entrañas, de esos que hielan la sangre, que nos enfrenta a un dilema moral, mirándonos directamente a los ojos, al interior de nuestro ser, envolviéndonos en un viaje emocional de proporciones humanas, a través de un paisaje que rompe el alma, un escenario violento y difícil, donde sus habitantes tienen muchos frentes en contra para salir adelante, en el que la vida y el trabajo cada día se hacen más duros y terribles, donde la existencia depende de una serie de circunstancias que se nos escapan, en el que poco o nada, podemos hacer para evitarlas.

Una mujer fantástica, de Sebatián Lelio

MI NOMBRE ES MARINA VIDAL.

En un instante de la película, vemos a la protagonista caminar con extrema dificultad debido al vendaval que se ha levantado en mitad de una calle desierta. Esta secuencia alegórica encierra el tema principal de la cinta, en la que observamos a una mujer enfrentada a los elementos sociales y culturales muy hostiles que la impiden ser ella misma y expresar sus sentimientos. La cuarta película de Sebastián Lelio (Mendoza, Argentina, 1974) nacido en Argentina pero chileno de adopción, vuleve a contar con la ayuda de Gonzalo Maza, su guionista de referencia, en la que mezcla varios géneros como lo romántico, lo social, y el drama, en una propuesta que nos habla de seres humanos, en este caso una mujer trans que, aparte de lidiar con lo que siente, tiene que enfrentarse a aquellos que la rechazan y la menosprecian por su condición sexual. Una mujer que no anda muy alejada de Gloria (2013), la anterior heroína que retrataba Lelio en la película homónima, en la que ahondaba en los sentimientos de una madura que había dejado su vida establecida para enfrentarse sola a sus sentimientos y encontrar el amor.

Marina Vidal sale con Orlando, a pesar de los veinte años de diferencia, los dos han vencido sus prejuicios y viven una relación de amor libre, sana y completa, además de imaginar un futuro juntos. Pero, una noche todo se trunca y Orlando fallece. A partir de ese momento, Marina se verá acosada por la familia de él, una ex mujer, enferma de celos y rabia, se muestra intolerante y prejuiciosa frente a la mujer que ha amado su ex marido, el hijo de Orlando, más de lo mismo, actuando violentamente contra Marina y exigiéndole que abandone el apartamento que la pareja compartía, sólo encuentra un poco de aliento en el hermano de él, que se muestra algo conciliador. Además, Marina tiene que soportar las dudas policiales sobre la muerte de Orlando, en una actitud muy hostil, que no cesan de acosarla y desnudarla, tanto física como emocionalmente. Lelio encuadra a su personaje mostrando su vulnerabilidad y fuerza, una mujer enfrentado a ese mundo hostil e hipócrita que rechaza y violenta todo aquello que no pertenece a lo establecido y moralmente aceptado, una sociedad pobre de humanidad y carente de un sentido de solidaridad y comprensión.

Pero Lelio no se queda en la caricatura, va mucho más allá, componiendo un retrato crítico y complejo, empezando por su personaje, Marina, una camarera sencilla y transparente que intenta, como hacemos todos, encontrar su lugar en el mundo, y vivir plenamente con sus sentimientos, derribando todos los muros que se va encontrando y resistiendo ante las adversidades que se cruzan en su camino. Tampoco se queda corto con los otros, la familia de Orlando, ese núcleo que menosprecia a Marina no sólo como la mujer que amó a Orlando, sino por su identidad, un género que no entienden y tampoco se toman la molestia de hacerlo, solo lo rechazan y lo que es peor, lo violentan para expulsar de su paraíso superficial e inhumano. El cineasta argentino-chileno se sumerge en el alma de Marina, y compone un retrato íntimo y desgarrado del deambular de su criatura por ese peculiar descenso a los infiernos que la vida le ha colocado en su existencia, y lo construye desde su rostro, a través de la mirada de Marina, en el que los espejos y su reflejo nos cuentan aquello que sentimos instalado en lo más profundo del alma, ese espacio en el que Marina en su intimidad nos muestra todos sus lados, despojándose de su fisicidad para dejarnos penetrar en sus miedos, inseguridades, fuerza y coraje.

Un retrato de gran energía y fuerza, de poderosa intimidad, y de gran extrema vitalidad, que recuerda en cierta manera a otras dos transexuales como la Elvira de Un año con trece lunas, de Fassbinder o la Tina de La ley del deseo, de Almodóvar, dos certeras y vivísimas exploraciones de dos personas que reclaman su derecho a vivir como ellas quieren y ser reconocidos por los otros. Lelio ha hecho una película magnífica, vida y fascinante, de una complejidad y sinceridad apabullantes, con una asombrosa y extraordinaria Daniela Vega, un personaje lleno de matices y detalles (bien secundada por los otros intérpretes) construyendo un personaje maravilloso que deja un calado humano difícil de olvidar, dando vida a una mujer imbatible y firme en su vida, en una película que se alza como un grito de rabia y de guerra de una mujer diferente, compleja, extraña y de gran fuerza, que quiere ser reconocida como ella siente, sin necesidad de sentirse hostigada, vapuleada y golpeada, tener su espacio en el mundo y vivir su propia vida, a pesar de todos aquellos que no la reconocen, la invisibilizan y lo que es más malvado, la golpean creyendo que de esa manera cruel y repugnante desaparecerá de sus vidas, pero Marina no está dispuesta a dejarse pisotear y luchará por ser ella misma, independientemente de que les guste o no.