Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico Clavellino

QUERER ES DEJAR IR.

“La tragedia de la vida comienza con el vínculo afectivo entre padres e hijos”.

Yasujiro Ozu

Es invierno en Constantina, uno de esos pequeños pueblos donde apenas ocurre nada reseñable, como sucede en tantos, una pequeña localidad de la que sólo veremos algunas calles solitarias y el constante rumor de sus gentes, un lugar donde vive Estrella, costurera de oficio, junto a Leonor, su hija, que ha empezado a planchar en un taller. La armonía y la comprensión reinan en el piso que comparten, mientras la vida va sucediendo sin más, entre comidas y series recostadas una junta a la otra, mientras pasan las horas resguardadas en el brasero de gas de la mesa-camilla, en ese espacio pasan los días bien pegaditas, combatiendo el frío hibernal. Pero, toda esa aparente tranquilidad y sosiego de la cotidianidad instalada, se rompe, se resquebraja, todo contando de manera sutil, casi imperceptible, cuando Leonor tiene la necesidad de abandonar el nido familiar y vivir su propia vida. Su intención es ir a Londres, un lugar que imagina diferente, donde poder ser ella misma, y enfrentarse a las cosas vitales por sí misma (aunque al final sea para lavar platos o cuidar de niños). Leonor no sabe como decírselo a su madre, le cuesta, lo evita. La madre que vive siendo madre, deberá mirarse al espejo y descubrir quién es ahora que su hija ya no está en casa.

La puesta de largo de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982) es una película íntima y personal, que nos sitúa en el espacio doméstico, donde la película se desarrolla casi en su totalidad, en el que nos habla de forma muy cercana, como si nos estuvieran susurrando al oído, las relaciones afectivas, no siempre suaves, de una madre y una hija. Dos personas que han creado un universo propio, en el que se han convertido en uno sólo, donde hay confidencias, intimidades y amor. La película nos mueve y emociona al ritmo que marcan las dos mujeres, moviéndose entre el reducido espacio, entre las paredes y las habitaciones de la casa, como esos encuadres donde vemos el cuarto de la hija desde el punto de vista del cuarto de la madre que se ubica enfrente, o ese plano frontal en el que madre e hija reposan sobre el sofá o apoyadas en la mesa mientras escuchamos el sonido de la televisión. La película construye en ese espacio doméstico toda la vida de estas dos mujeres, donde lo que sucede fuera parece no importar, el mundo sucede en esas cuatro paredes, en las cosas que comparten y en las miradas y gestos cómplices o esquivos, que tanto madre como hija se dedican.

Las dos mujeres se mueven por un ambiente cálido y sencillo, sólo roto por el sonido de la televisión, o esos otros sonidos más cotidianos y repetitivos como el de la máquina de coser, el de la máquina de plastificar al vacío el embutido o el del click del brasero al enchufarlo, en el que el magnífico trabajo de sonido de una especialista en la materia como Amanda Villavieja. Sonidos de ellas, de su vida, de sus relaciones, no siempre en línea recta, de las ausencias y las distancias que forman todo su universo. Esa luz velada, con todos grises y colores poco intensos, obra del reputado Santiago Racaj, forman parte del microcosmos familiar, en el que esos planos fijos y sobrios van desplazando el relato imprimiendo ternura y rechazo a esos espacios que forman la relación materno-filial. Con el conciso y depurado montaje de un experto como Fernando Franco, ayudan a convertir ese piso en caldo de cultivo de todas las relaciones visibles e invisibles que cuecen entre las dos mujeres.

Un relato estructurado en tres instantes, en el primero, seremos testigos de la unión y familiaridad entre madre e hija, en el segundo bloque, la hija se irá a Londres y viviremos el punto de vista de la madre, sentiremos el peso de la ausencia y la vida de Estrella sin su hija, su cotidianidad y sus emociones, donde tendrá que descubrirse como mujer y vivir de otra forma diferente, y por último, en el tercer tramo, el regreso de Leonor, en el que tanto madre como hija se volverán a reencontrarse mirándose de manera extraña, pero sabiendo que siempre habrá algo que las vuelva a reencontrarse, porque hay lazos que aunque se alejen nunca se rompen, porque la distancia más dura no es la física, sino emocional, un estado emocional que en ocasiones crea vínculos que, aunque el ser querido se halle lejos, siguen latiendo en el fondo de nuestra alma.

Las primorosas y sobrias interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo consiguen a través de lo mínimo lo máximo, a través de detalles y miradas consiguen que esa madre e hija, respectivamente, formen parte de nuestra familia, las encontremos cercanas, como si las conociésemos de toda la vida, cimentando con sumo cuidado y precisión todas esas relaciones soterradas que nos vemos a simple vista, pero están ahí, cociéndose a fuego lento, como si las emociones más importantes de nuestra vida, ocurriesen así casi sin darnos cuenta. Rico Clavellino ha construido una película sencilla y muy conmovedora, sin provocarlo ni echando mano a sentimentalismos, sino basándose en su mirada inquieta y curiosa de cineasta observadora que mira con atención todos esos pequeños detalles, a veces mínimos y muy frágiles, en los que se sustentan las relaciones materno-filiales, como hace con habilidad y sencillez el cine de Mike Leigh, donde todo el mundo ocurre en cuatro paredes. Una película que homenajea a todas las madres, a todas aquellas madres de sus hijos e hijas, que se desviven por sus primogénitos, pase lo que pase, y en las circunstancias que sean, porque no conoceremos un amor tan grande como el de una madre a un hijo o hija.

 

Entrevista a Andrew Haigh

Entrevista a Andrew Haigh, director de la película “Leon on Pete”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el lunes 7 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrew Haigh, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mathilde Grange, por su labor como traductora, y a Haizea Gimenez de Diamond Films España, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Invitación de boda, de Annemarie Jacir

DE PADRES E HIJOS.

Si ha habido un director que ha explorado con más verosimilitud y profundidad las tensiones y conflictos que se generan entre padres e hijos, este no es otro que Yasujiro Ozu (1903-1963). El maestro japonés nos hablaba con sobriedad y genialidad de la tradición y la modernidad, del Japón milenario y el moderno, de las antiguas costumbres y la occidentalización del país, y todo ello, desde los diferentes puntos de vista entre padres e hijos. El nuevo trabajo de Annemarie Jacir (Belén, Palestina, 1974) está planteado entre ese encuentro, entre un padre y su hijo, un padre, Abu Shadi, de sesenta años, profesor y divorciado y un hijo, Shadi, arquitecto que vive en Roma, y la jornada que compartirán llevando a cabo la “Wajib” (deber social) una tradición palestina que consiste en que los varones de la familia deben entregar las invitaciones de boda en mano a familiares y amigos, ya que la hija de Abu Shadi se casa en un mes. El cine de Jacir está construido en base al conflicto palestino a través de sus relaciones humanas. En su primera película La sal de este mar (2008) que fue la primera película dirigida por una mujer en Palestina, se centraba en las vicisitudes de dos amigos palestinos, uno que se queda y el otro, que desea huir, o Al verte (2012) en la que relataba las penurias de unos refugiados palestinos en la Jordania de 1967.

Wajib le sirve de excusa para hablarnos del conflicto palestino desde dos perspectivas muy diferentes, la del padre que tiene que relacionarse con los judíos y la del hijo que emigró y ahora su mirada es otra, una mirada desde fuera. Jacir nos sitúa en Nazaret, y nos sumerge en una road movie urbana, llevándonos en el interior de un automóvil que viaja por un sinfín de calles y barrios estrechos y ruidosos, donde de manera metódica y paciente, padre e hijo, irán entrando en las casas y apartamentos y dejando las invitaciones, escuchando las diferentes ideas y pensamientos, no sólo sobre el conflicto palestino, sino también, de las costumbres y tradiciones enfrentadas a la modernidad de los más jóvenes. Una misma premisa compartida con El sabor de las cerezas (1997) de Kiarostami, donde un suicida viajaba en coche por el interior de Irán en la búsqueda de alguien que le ayudase a cumplir con su objetivo,  para retratarnos las diferentes realidades y posiciones del Irán de aquel momento.

La directora palestina realiza un trabajo parecido, siguiendo el marco del maestro iraní, nos introduce en la realidad palestina, en las diferentes formas de observar el conflicto, desde la perspectiva de un padre que jamás ha salido de su tierra y tiene que relacionarse con los judíos diariamente, incluso con aquellos que colaboran como delatores con el gobierno israelí, situaciones que le llevan a discutir con el hijo, una persona que decidió salir de esa opresión en la que vivía y huir hacia otros lugares más tranquilos y observar su tierra desde la distancia para verla con otros ojos. La jornada transcurrirá entre idas y venidas, entre momentos más íntimos con otros en los que las tensiones salen a la superficie y las diferentes posiciones tanto a nivel social como político, enfrentan a padre e hijo, en una cinta que pone el dedo en la llaga no sólo de la situación actual de Palestina, sino de tantos años de historia donde opresor y oprimidos han tenido que convivir generando multitud de problemas y tragedias.

Jacir construye un dispositivo sencillo y directo, en el que aborda desde muchos puntos de vista, los problemas sociales, económicos y políticos en el contexto de las gentes corrientes, de aquellos que lo sufren diariamente, en los que en algunos instantes la película se mueve casi por el terreno documental, en el que vemos las formas de vida y costumbres de los palestinos de a pie, y en otras, el relato se mueve en los aspectos políticos más complejos en los que parece que entre padre e hijo va a estallar aquello que tanto tiempo han guardado y nunca lo han enfrentado al otro. La directora palestina mira a su pueblo y a sus gentes de forma honesta, sin juzgarla, mostrando todas las ideas y posiciones políticas enfrentadas, entre las viejas costumbres representadas en los más mayores que desean perpetuarlas, aunque sea a su manera, o los más jóvenes que se niegan a seguir en esa tierra invadida, masacrada y olvidada, en la que es imposible vivir o al menos, tener una vida digna.

Dos intérpretes en estado de gracia, que se muestran convincentes en sus composiciones, y dirimen este enfrentamiento entre padre e hijo, entre la Palestina  tradicional con la más moderna, entre aquella que se ha acostumbrado a perder, con esa otra que se niega a rendirse, unos personajes bien construidos y especiales, entre los que destaca la figura de Mohammad Bakri, uno de los actores árabes más prestigiosos, que tiene una filmografía excelsa con directores renombrados como Cosa-Gavras o Amos Gitai, bien acompañado por Saleh Bakri, su hijo en la vida real, conformando una pareja de padre e hijo, que describe con acierto y verosimilitud muchos de los problemas a los que se enfrentan las familias en la Palestina actual, con sus posicionas antagónicas, que deben lidiar en su cotidianidad, y sobrellevarlo como puedan en una sociedad difícil, llena de problemas y con momentos de gran tensión, que explica lo más inmediato, como aquello pasado, donde se habla de todos los males que ocurrieron, y no olvida a aquellos que ya no están.


<p><a href=”https://vimeo.com/261092113″>Trailer INVITACI&Oacute;N DE BODA (WAJIB)</a> from <a href=”https://vimeo.com/festivalfilms”>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a F. J. Ossang

Entrevista a F. J. Ossang, director de la película “9 dedos”. El encuentro tuvo lugar el lunes 16 de abril de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a F. J. Ossang, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Diana Santamaría de Capricci Cine y Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

9 dedos, de F. J. Ossang

LOS PASAJEROS ESPECTRALES.

“El mapa no es el territorio”

Alfred Korzybski

Noche cerrada en una ciudad costera. Magloire cae en una emboscada con el fajo de billetes de un moribundo. La banda de Kurtz lo captura y lo convierten en uno de ellos. Después de un robo fallido, emprenden una huida sin fin a bordo de un carguero fantasmal, lúgubre y asfixiante, que parece llevarlos a la deriva. El cineasta F. J. Ossang (París, Francia, 1956) músico punk y escritor, abre su película enmarcándola en el cine noir, con el aroma oscuro y tenebroso del cine de Melville, en el que hay espacios propios del cine de Carné, con esos lugares costeros donde hombres sin suerte se encuentran con mujeres desvalidas que huyen de tipos sin alma, o incluso, también podríamos añadir a los ejercicios de cine negro casi abstractos del cine de Godard como Alphaville, con esas mansiones vacías y apartadas, y rodeados de gentes extrañas que hablan poco y observan mucho.

Aunque después de este primer tercio, la película cambia de registro cuando los personajes abandonan la ciudad para adentrarse en mar abierto a bordo del carguero, esa mole de hierro que desaparece en la noche, en el que cada uno de los siniestros y ambiguos habitantes del barco ocupará un espacio, desde donde intentará sobrellevar esa travesía sin rumbo que los aislará de todos y todo. De la mano, o mejor dicho, de la mirada de Maglorie nos moveremos de un lugar a otro del barco, conversando con unos y otros, en el que sus captores y ahora cómplices, la banda de Kurtz (que recuerdan a la banda de nihilistas de El Gran Lebowski) parece guardar un material que se ha convertido en su salva conducto en toda esta aventura negra. 9 dedos, sigue los caminos ya transitados del cine de Ossang, desde la utilización del 35 mm, y el blanco y negro (obra del cinematógrafo Simon Roca, del que vimos La chica del 14 de julio) los ambientes industriales, donde prima la ruina o el desecho, las aventuras pos apocalípticas, donde se mezclan texturas, tiempos y espacios de diferentes épocas y lugares, y la gama de personajes extraños y oscuros, que parecen escapar de algo o simplemente, deambulan en busca de algo.

Ossang es un creador de atmósferas fascinante, en el que sus personajes son engullidos por el armatoste de hierro y hormigón que los rodea, donde no hay más escapatoria que sus emociones, donde todas las almas que viajan en ese barco parecen almas sin descanso, almas devoradas por el ambiente y el espacio que habitan, almas que huyen del infierno para meterse en otro que parece peor, en el que el tono noir del arranque deja paso a una película existencialista, como si el barco a la deriva en mitad de ninguna parte, se convirtiera en la isla donde desaparecen personas de La aventura, de Antonioni, en el que las cosas ya no son lo que parecen, y todos sus personajes buscan una salida que parecen no encontrar o ya ha dejado de existir, y todos se mienten para sobrevivir dentro de ese espacio terrorífico y asfixiante.

El cineasta francés introduce algunas dosis de humor absurdo, surrealista, acompañado de esa banda sonora, tanto la música vanguardista e industrial, obra de MKB Fraction Provisoire (el grupo de Ossang) y los sonidos de ultratumba, martillantes y desesperantes que absorben todo la atmósfera irrespirable del carguero. El relato existencialista se apodera del relato, y más aún cuando una extraña fuerza desconocida ha contaminado a todos los habitantes del barco, y la aparición de un extraño personaje que provocará al resto de los viajeros. Ossang construye una película oscura y fascinante, llena de sombras y espectros que vagan sin rumbo, con ese tono romántico del cine de Murnau, en el que recordamos a las aventuras psicóticas de las novelas de Conrad, donde los personajes se adentran a lo desconocido sin más armas que su maltrecha conciencia, o ese cine de terror y ciencia-ficción de finales de los sesenta y setenta.

Magloire vivirá atrapado dentro del horror, sin ninguna posibilidad de escape, encarnando a ese pobre diablo perdido y sin futuro, muy propio de las novelas  negras, que casi por casualidad, penetran en mundos ajenos y terroríficos, donde siempre hay alguna mujer seductora y ambigua que los consuela. Ossang se rodea de un contenido y asombroso reparto de caras conocidas como Paul Hamy como el desdichado Magloire, bien secundado por Pascal Greggory como el delirante Ferrante, la siniestra banda de Kurtz, las dos mujeres: una de ellas, la enigmática Gerda, con una imagen que mezcla la de las heroínas del cine mudo con la vanguardia de los años sesenta, a la que da vida Elvire (musa de Ossang que protagoniza todos sus trabajos) y la joven e inocente Drella que interpreta Lisa Hartmann, y por último, Gaspard Ulliel como un pasajero que llega al barco en último lugar. Ossang ha construido una película de una gran fuerza visual y sonora, donde encontramos un lugar, habitado por personajes huidos que no saben que se encontrarán ni hacia adonde van, en una especie de travesía crepuscular, en una especie de sueño profundo en el que no son incapaces de despertar, en un viaje existencial a lo más oscuro de sus almas, en el que cada uno de ellos tendrá que construirse su propio destino dentro de un mundo que tiene que construirse desde la ruina.

Lady Bird, de Greta Gerwig

CUANDO SE TIENEN 17 AÑOS EN SACRAMENTO.

Decía el poeta que uno ama realmente algo cuando se aleje de él, cuando tiene la distancia adecuada para apreciarlo y encontrar aquello que la cotidianidad le impedía ver. Quizás, el momento que define Lady Bird, la primera película dirigida en solitario por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) sea cuando la joven lejos de su ciudad, contesta que es de San Francisco cuando un chico le pregunta, ese instante de vergüenza de pertenecer a un lugar, de tener una identidad que rechazamos, que no sentimos como propia, es lo que nos llevará a mirar ese mundo al que pertenecimos con otros ojos, de otra manera, como si la distancia nos devolviera a amar aquellas pequeñas cosas y detalles que habíamos olvidado por nuestras ansias de escapar de allí. La cineasta californiana que ha construido una más que interesante carrera como actriz de la mano de autores tan importantes como Noah Baumbach, con el que ha hecho tres filmes, o With Stillman, Woody Allen, Barry Levinson, Todd Solondz o Mia Hansen-Love, entre otros. Gerwig vuelve a ponerse detrás de las cámaras después de la experiencia de Nights and Weekends (2008) codirigida y interpretada junto a Joe Swanberg, que relataba como la distancia hacía estragos en una relación de pareja.

En Lady Bird realiza su primer trabajo en solitario con un relato de auto-ficción, donde mira a su adolescencia, en su querida Sacramento, allá por el año 2002, aunque la directora se desmarca con una historia completamente inventada, pero con un gran arraigo personal, de hogar, infancia, etc… En la que nos presenta a una adolescente que se hace llamar “Lady Bird”. Christine McPherson que es así como es su verdadero nombre, acude a un colegio privado religioso, donde estudia su último año antes de ir a la universidad. Lady Bird con su pelo panocha y uniforme escolar, es una chica inquieta, creativa, y sumamente independiente, se pasa los días entre clases, con su mejor amiga, algún que otro novio donde experimentará su primera vez, y se gana unos dólares para pagarse su universidad, aunque ella sueña con salir de Sacramento, que aunque sea la capital del estado de California, todavía mantiene ese aire de sencillez, humildad y agrario.

Lady Bird quiere escapar de allí como sea, sueña con una universidad de la costa este, y de huir del amparo de una madre cercana y distante a la vez, con la que no cesa de pelear, ante un padre más comprensible y amigo. Gerwig nos describe la cotidianidad de Lady Bird, sin más, su quehaceres diarios componen la película, pero no lo hace desde los grandes acontecimientos que pudiera vivir en ese tiempo, sino todo lo contrario, desde la intimidad de una habitación, de una clase, o de una conversación, a partir de sus experiencias más íntimas y personales, como enamorarse del chico equivocado, querer ser otra cambiando de amistades, o sentirse insegura con la idea de no acabar en la universidad que desea, o la difícil relación con su madre, de caracteres parecidos que chocarán y mucho en los diferentes puntos de vista que tienen las dos, o compartir un espacio, el que ha sido tu infancia, tu hogar, pero del que no te sientes identificada en absoluto, como si tuvieras las sensación que te ahora, que no te deja respirar, que te sientes atrapada, y que sueñas cada día con salir cuanto antes de esa ciudad que sientes triste, apagada y demasiado rural.

Gerwig construye un guión sumamente complejo, en el que cada personaje se convierte en un espejo transformador o no de la protagonista, haciéndole ver aquello que siente y que a veces no logra interpretar, en un cuento de idas y venidas, de tristezas y alegrías, de inseguridad e ilusiones, de querer ser otra persona, como si estuvieras atrapada en un cuerpo, personalidad y lugar que no te correspondieran, como si para ser tu misma tuvieras que irte de allí y renacer de nuevo en otro lugar, sin que nada ni nadie supiese nada de tu vida anterior. El universo de Lady Bird es un mundo en el que todo está para explorar, una especie de aventura cotidiana donde cada experiencia será la primera y única, donde nuestros sueños e ilusiones tienen la capacidad de cambiarnos y llevarnos o no hacía el lugar que queremos estar, aunque no siempre esas experiencias serán satisfactorias, todas ellas tendrán su qué, en el que la directora estadounidense le da la vuelta a todos esos momentos y nos los presenta con un cariz próximo y humano, donde las cosas miradas desde la cercanía siempre se ven de otra forma, quizás con la naturaleza real o por lo menos muy diferente a la que nosotros no la habíamos imaginado.

En ocasiones, Lady Bird se enfrentará a sus sueños e ideas dándose de bruces con esa realidad que la rodea, y en otras, verá que lo que tanto necesita no se encuentra tan lejos como ella cree, ese camino de hacerse mayor o dejar de mirarse tanto el ombligo, alimenta la película y la convierte en una comedia agridulce de esa América profunda que tantos se niegan a ver que existe, porque hay tantos que la odian, que la rechazan solo por el simple hecho que no es una ciudad con luces de neón, centros comerciales de tus marcas favoritas o demás chorradas que tanto venden desde otros ámbitos y ciudades. La maravillosa y emocionante interpretación de Saoirse Ronan, una actriz dotada de una naturalidad profunda e intensa, que comenzó siendo niña a acturar, y con Brooklyn, demostró su magnífica naturaleza como actriz, convirtiéndose en una de las mejores intérpretes de su generación. En Lady Bird  demuestra sus dotes camaleónicas transformándose en una adolescente de la América rural, de esos lugares que nunca salen en las guías turísticas, en la que a veces odiamos y otras queremos sin temor, como la vida misma.

El resto del reparto capitaneado por Laurie Métcalf como esa madre protectora y peleona, Tracy Letts dando vida a ese padre que todas las chicas desean tener, Beanie Feldstein es esa amiga que nunca te abandonará aunque tú te empeñes en lo contrario, y Lucas Hedges y Timothée Chalamet (visto en la reciente Call me by your name) son esos novios tan diferentes y extraños que pasan por el último año en Sacramento de Lady Bird. Greta Gerwig ha realizado una película fantástica y llena de sensibilidad, mostrando a aquella adolescente que fue, ese describiendo un universo peculiar y sincero, en su carta de amor no solo a su adolescencia, sino a su Sacramento, a sus raíces, a quién fue, y donde creció, aunque a veces no apreciemos lo suficiente de dónde venimos, y queramos ser de otro lugar y escapar, irnos y desparecer, para en el fondo darnos cuenta que queríamos ese lugar más de lo que nos gustaría admitir.

Foxtrot, de Samuel Maoz

LOS PASOS DEL DESTINO.

“La coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo”

Albert Einstein

Una mañana, como otra cualquiera, en cualquier vivienda de Israel, un trío de soldados comunica a unos padres el fallecimiento de su hijo durante su servicio militar. La madre, Dafna, cae rendida después de haber sido fuertemente sedada. El padre, Michael, por el contrario, expresa su ira contra todos y todo, intentando explicarse lo ocurrido. El segundo trabajo de Samuel Maoz (Tel Aviv, Israel, 1962) se enmarca en las consecuencias de la guerra y en los mecanismos del dolor ante la pérdida de un ser querido. Su primer filme Lebanon (2009) que se alzó con el máximo galardón en el Festival de Venecia, nos sumía también en la guerra, desde el punto de vista de los soldados, introduciéndonos en el interior de un carro de combate siguiendo las peripecias bélicas de un grupo de soldados durante la guerra del Líbano de 1982. Maoz vuelve a un ambiente cerrado y claustrofóbico, pero ahora es un hogar que aparentemente parecía reinar la concordia, para construirnos una película sobre las relaciones personales entre un padre, y su esposa,  pero sobre todo las relaciones del padre con su hijo, personas que nunca veremos juntos en el mismo lugar, aunque siempre estarán conectados emocionalmente.

El cineasta israelí edifica una trama en tres actos, como si asistiéramos a una tragedia griega, en el que en el primero, cuando el padre recibe la fatal noticia de la muerte de su hijo, arrancan unas horas donde el amor y la culpa se mezclan de manera dolorosa, y en que el padre debe afrontar su propio dolor y comunicárselo a los más allegados, en el segundo segmento, Maoz nos sitúa en la cotidianidad del hijo fallecido, durante su servicio militar, y es cuando el director arremete con dureza y sin miramientos hacia inutilidad de la guerra, en la que unos jóvenes soldados que viven casi hacinados en un barracón que se cae a trozos, deben custodiar una especie de paso fronterizo pro el que apenas pasan vehículos. Aquí pasamos del drama familiar y personal del primer acto, para adentrarnos en la comedia surrealista y absurda, donde los soldados pasan las horas muertas como pueden, realizando estúpidos cálculos o bailando foxtrot (brutal metáfora que estructura la cinta en la que por mucho que nos movamos y hagamos, no podremos condicionar el destino que nos espera, como el baile que finaliza en la misma posición que empieza) y para finalizar, el tercer acto, nos lleva de nuevo a la vivienda de Michael y Dafna, y su hija, en que la situación propuesta inicialmente ha cambiado, y Maoz, muy acertadamente, nos vuelve a cambiar el rumbo, y nos sumerge en un nuevo conflicto, donde los personajes se encuentran ausentes  y la paz y tranquilidad del hogar se ha vuelto del revés, debido a los dolorosos imprevistos a los que han tenido que enfrentarse.

Maoz cimenta una interesante reflexión y análisis sobre un país, Israel, rasgado y condicionado por las innumerables guerras que ha vivido, vive y desgraciadamente, seguirá viviendo, y las consecuencias que conlleva tanto conflicto bélico y tanta muerte inútil, y como esos fallecimientos de jóvenes acaban mutilando una sociedad  que parece abocada a la contienda bélica sin fin, como en una especie de bucle del que no hay escapatoria, un círculo vicioso que muchos no recuerdan como empezó, y otros, no saben vivir de otra manera, ya que no han conocido nunca el país en paz, siempre en guerra. El trío interpretativo de la película destila convicción y emoción a partes iguales, cada uno con su drama personal, y arrastrando su culpa, en el que ayuda y convence de manera natural y realista en sus composiciones y diferentes estados de ánimo, unas emociones que viajan como en una montaña de rusa, para construir esta fábula moral, que continuamente nos interpela a los espectadores, sumergiéndonos en continuas batallas sobre la guerra, sus consecuencias, la familia y las relaciones personales.

Una película que nos habla de varios conflictos, el de una nación, el de una familia, el de un padre y su hijo, y sobre todo, el del ánimo de una sociedad que jamás ha vivido en paz, y donde la cuestión bélica ha estructurado las existencias de toda su población, unas gentes que han tenido que acostumbrarse a la guerra fratricida, porque no han conocido otra forma de vida, y a los muertos enterrados que acarrea tanto bombazo, con buen acierto Maoz nos explica la intimidad de esta familia y los diferentes puntos de vista de cada uno de ellos, a la hora de enfrentarse al dolor y la culpa, quizás el conflicto conmueve pero sin arrebatarnos el alma, aunque el propósito es en conjunto audaz y brillante, con esa frialdad propia de la burocracia representada en el estamento militar, y de algunos personajes, como el de la madre, aunque Maoz, con mucha habilidad y acierto, nos centra su historia en  la destrucción de cómo ese hogar familiar construido con amor, se viene abajo en un abrir y cerrar de ojos, porque como nos viene a decir la película, estamos completamente condicionados a la fatalidad del destino, porque nunca sabremos lo que nos espera, y hagamos una cosa u otra, el porvenir está escrito, y el destino nos espera pacientemente para cobrarse su deuda.