Most beautiful island, de Ana Asensio

EL INFIERNO DEL SUEÑO AMERICANO.

Luciana es una española sin papeles que sobrevive con trabajos precarios en Nueva York. A través de Olga, inmigrante rusa, con la que trabaja alguna vez, acaba consiguiendo un trabajo que consiste en pasearse por una fiesta de lujo, aunque las cosas no parecen tan sencillas y además, hay gato encerrado. La puesta de largo en la dirección de largometrajes de Ana Asensio (Madrid, 1978) es una combinación magnífica y arrolladora de cine social y thriller psicológico, con el mejor aroma del cine independiente americano. Asensio dejó una carrera incipiente como actriz en la televisión en España para emprender la aventura del “american dream” y plantarse en la Gran Manzana para estudiar interpretación, aunque las cosas no salieron como esperaba y durante el último cuatrimestre del 2011, con los atentados de Nueva York en el ambiente, ella sobrevivió con trabajos precarios que la llevaron a vivir una experiencia desagradable  con uno de ellos. Toda aquella experiencia la ha plasmado en su primera película, que además de dirigir, escribe, protagoniza y coproduce, una cinta que ha levantado con el espíritu del cine combativo, resistente y la ayuda de unos colaboradores que han creído en su proyecto desde el primer momento.

Asensio, sin experiencia previa como directora, ha construido una película del aquí y ahora, una película que se desarrolla en una sola jornada, siguiendo a su protagonista, Luciana, durante un solo día, y documentando esa vida precaria, a salto de mata, con la falta de dinero acechando a cada momento, sin tregua, y sin descanso. Asensio, en la primera mitad de la cinta, nos introduce en un cine de gran efervescencia social, con los incesantes ruidos de la gran metrópoli, donde Luciana se mueve de aquí para allá, haciendo todo tipo de trabajos, a cual más miserable y desastroso, con multitud de problemas, como repartir propaganda vestida de pollo, de niñera recogiendo unos niños idiotas que la odian, sólo algunos de los empleos míseros que pululan para los más desfavorecidos, para todos aquellos que tienen que andar escondiéndose de la ley, para aquellos que vivir se ha convertido en un desagradable deambular. Luego, en la segunda mitad, y con un gran acierto del ritmo y la construcción dramática de la historia y su personaje, el ruido va cesando para penetrar en otro mundo, en esos lugares que se escapan de las miradas ajenas, esos espacios miserables y oscuros, donde siempre hay que bajar escaleras, e introducirse en lugares sin ventanas, donde la vida parece detenida, y nada ni nadie parece saber lo que ocurre entre esas paredes alejadas de la vista de todos.

Asensio logra con lo mínimo lo máximo, y seguimos con Luciana, sabiendo en todo momento lo único que ella sabe, sufriendo y angustiándonos con el personaje, su ansiedad y miedo que se van apoderando de ella a medida que va descendiendo a su infierno particular, a esa fiesta que no parece como tal, y siendo víctima, sin quererlo, todo por el maldito dinero, de un juego macabro y mortífero, para satisfacer a una minoría elitista y podrida de dinero que satisface sus deseos más oscuros y terroríficos explotando a los invisibles, a todos aquellos sin recursos que, sin saberlo, son capaces de aventurarse en juegos siniestros para seguir sobreviviendo en una ciudad aparentemente llena de luz, pero que bajo la alfombra oculta mucha oscuridad y miseria. Asensio ha logrado una película extraordinaria, que mantiene un increíble pulso narrativo, manteniéndonos en una tensión constante, con la ayuda de la crudeza y el grano que ofrece el Súper 16, obra del camarógrafo Noah Greenberg, en el que los espacios subterráneos adquieren una dimensión de constante peligro y terror, como ese sótano sin aire que respirar, en el que Luciana espera, nerviosa y muerta de miedo, su turno, con las miradas fijas en esa puerta y en los ruidos que salen de ella, mientras escuchamos esos sonidos, con espíritu vanguardista e industrial, que aún acrecienta la soledad, la angustia y el temor que recorre cada poro de su cuerpo.

La directora madrileña recoge el testigo de grandes autores como el espíritu independiente y revolucionario del cine de Cassavetes (el maestro del cine indie y referente de tantos) o los Baumbach, Anderson o Arnold, que describen con minuciosidad los detalles y la complejidad de sus personajes, explorando con precisión voyeurista los entresijos que experimentan sus criaturas en sus trabajos de carácter resistente y a contracorriente, sin olvidarnos de la película 4 meses, 3 semanas y 2 días, de Cristian Mungiu, con la que guarda muchos aspectos, tantos formales como de fondo, en el que también se describía las horribles vicisitudes que pasaban dos chicas en la Rumanía ochentera de Ceaucescu. Most beautiful island es una película excelente y con gran tensión narrativa, que alumbra la mirada de Ana Asensio como una directora a tener muy en cuenta en sus próximos trabajos, con una gran capacidad para focalizar desde la intimidad los problemas de los más desfavorecidos del primer mundo, penetrándonos en ese mundo alejado de los escaparates de grandes avenidas, de fiestas sin fin y demás excesos. Aquí se habla de aquellos que no se ven o no queremos ver, de aquellos que corren sin descanso a la caza de un mísero trabajo para seguir no se sabe dónde, aquellos que podríamos ser nosotros en algún momento de nuestras vidas.

Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón

JULITA SALMERÓN, UNA SERVIDORA.

“Todas las madres tienen una película”

Paco León

Había una vez una joven que se llamaba Julita y quería ser monja, aunque las circunstancias de la vida la llevaron por otros derroteros, y extremadamente diferentes, porque conoció a un joven apuesto con el que se casó y llevaron a cabo uno de sus tres deseos: tener hijos y tuvieron 6, cuatro varones y dos hembras. Luego, más adelante, se hizo realidad su siguiente deseo, tener un mono, que tuvo que devolver porque se volvió muy agresivo,  y finalmente,  gracias a una herencia familiar que los convirtió en ricos, Julita llevó a cabo su último deseo y en principio el más irrealizable, tener un castillo, un castillo de los de verdad como los de los cuentos, con grandes salones, pasillos interminables, infinidad de alcobas, y sobre todo, todas las paredes llenas de grandes retratos, armaduras de bronce, y demás objetos. Julita es la madre de Gustavo Salmerón (Madrid, 1970) intérprete que lleva más de dos décadas trabajando para directores de prestigio como Medem, Camus, Villaronga o Gutiérrez Aragón, entre otros, que ya había dirigido Desaliñada (2001) cortometraje que se alzó con el premio Goya e innumerables premios internacionales.

Después de aquella experiencia, un día filmando la matanza de un cerdo junto a su familia le vino la idea de filmar a su madre, por su peculiar desparpajo, alegría, y sus ideas filosóficas, sin ningún tipo de complejos y pudor, y demostrando una vis cómica desbordante y contagiosa. Y así, ha hecho desde el año 2002, capturando a su madre en una película en formato 4:3 y filmada en varios soportes como mini-DV, IPHONE 6 y Super 8, donde recoge la visión humana e íntima de su madre y los suyos, a través de fotografías antiguas, videos domésticos de cuando eran pequeños, y las experiencias disparatadas, caóticas y delirantes de una familia muy peculiar. Salmerón se apoya en la búsqueda de unas vertebras de su bisabuela que la familia ha guardado durante más de tres décadas, para mediante este macguffin relatar a su madre, sus hermanos, sus nueras y nietos, y a él mismo, en el laberíntico indescifrable que se ha convertido la casa de sus padres, ya que su madre tiene la manía de guardarlo todo, ya que como explica, los objetos son su vida. Mientras seguimos a los hermanos buscando el “preciado” tesoro, escuchamos a su madre con sus ocurrencias, su naturalidad y una vis cómica interminable que recuerda a aquellos cómicos del cine mudo, haciendo gala de su inagotable verborrea y opinando sobre la película, su casa, sus hijos, su marido, el mono y el castillo, que debido a la crisis y las deudas tienen que dejarlo y vaciarlo por completo, tarea que les llevará a situaciones divertidas y kafkianas.

Salmerón ha construido una película sencilla y honesta, que viaja de forma desestructurada al pasado y al presente, creando un inmenso puzle de imágenes, objetos y recuerdos, que nos descubre a su madre y su familia, su propia memoria, que forman un conjunto que no deja indiferente, en el que todos dicen la suya, y en el que la figura de la madre, al igual que Rafaela Aparicio en Mamá cumple cien años, o la “Mamma” italiana, gira en torno a todos ellos, y se erige como figura matriarcal y todo se envuelve según su criterio y manera de ser, en una mezcla de vida, muerte y filosofía, donde todo se desenvuelve como si estuviésemos en una película de Berlanga, donde todos se mueven en busca de algo, en este caso de unas vertebras, aunque finalmente no acabaran de sentirse del todo bien, aunque sigan juntos o no, y por el camino les pasará de todo, tanto bueno como malo, experiencias que son tratadas desde la comicidad y el esperpento, porque la vida y los deseos de Julita Salmerón no son nada corrientes y de andar por casa, todo lo contrario, ilusiones de toda una vida de una señora octogenaria que rodeada de los suyos, lleva a cabo sus ideas, aunque parezcan estrambóticas, raras y extravagantes, aunque con la ayuda de los suyos, todo parece más fácil, o incluso más llevadero.

Una comedia maravillosa y emocionante, y llena de energía, donde Salmerón, que hace su puesta de largo, realiza un documento íntimo y doméstico de su madre y su familia, pero que acompañado de esa naturalidad, y la presencia de Julita Salmerón, con ese carácter tan transparente y su inmensa vis cómica hacen el resto, convirtiendo la película en un extraordinario retrato y documento sobre las madres de toda la vida, aquellas que pasaron la guerra, el franquismo, y siguieron en pie, con firmeza y valentía, a pesar de todos los problemas y conflictos personales que tuvieron que pasar, convirtiéndolas en unas mujeres de armas tomar, de gran carácter y reinas de su casa, porque al fin y al cabo, la casa de los Salmerón es el hogar que ha construido Julita con sus objetos, sus recuerdos, sus alegrías o tristezas, las cenizas de sus padres, la habitación de las muñecas y sus 125 vestidos, o las vertebras de su bisabuela que seguro siguen ocultas en algún rincón de esa casa llena de objetos y trastos, de todo tipo y valor, llena de hijos e infinidad de cosas que nunca podremos saber y sobre todo, encontrar para descubrir otro aspecto de Julita Salmerón, con esa gracia y salero que destila durante toda la película, sin importarle la cámara, mostrándose como es, explicándonos sus pensamientos, ideas, su experiencia vital, la vejez, y su peculiar entorno, tanto humano como todos esos objetos que son también ella.

 

Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño

EL GIGANTE DE ALTZO.

“La tarea de la ficción es la persecución de la verdad, no de los hechos”

Oakley Hall

Cuenta la leyenda que allá a mediados del siglo XIX, en la pequeña aldea de Altzo, perdida en los montes de Gipuzkoa, vivían en el caserío familiar, Martín Eleizegi y su hermano menor Joaquín. La tranquilidad de los quehaceres cotidianos de labranza, fueron interrumpidos un día de 1833 cuando la primera guerra carlista se llevó a Martín a luchar. Cuando esta acabó, Martín imposibilitado económicamente de marchar a EE.UU. regresó al caserío y se encontró con su hermano Joaquín con una estatura enorme. Convencidos por un organizador de espectáculos se lanzaron a presentar al mundo al gigante de Altzo. El mismo equipo de Loreak (2014), Jon Garaño (San Sebastián, 1974) José Mari Goenaga (Ordicia, 1976) y Aitor Arregi (Oñati, 1977), que convencieron a crítica y público con una drama intimista filmado en euskera y protagonizada por tres mujeres que veían trastocada su vida por unas flores que se cruzaban en su camino.

Todos ellos, socios cinematográficos que llevan más de 15 años realizando películas como Lucio  (2007)  o 80 egunean (2010), vuelven a la carga con otra cinta intimista, inspirada en hechos reales, pero ahora han dejado la actualidad para adentrarse en el convulso siglo XIX,  época de grandes cambios, donde las luchas se sucedían por una Europa en continua transformación, entre el antiguo régimen que se resistía a los nuevos tiempos y el nuevo orden industrial que avanzaba a pasos agigantados. Tiempos convulsos y de continuos cambios se erigen como el paisaje ideal para contar la historia del gigante de Altzo y su hermano, dos seres completamente diferentes, pero iguales a la vez. Martín, el mayor, inútil del brazo izquierdo en la guerra, inconformista y rebelde ve en sus ansías de conocer el mundo una gran oportunidad para abandonar el estancamiento del caserío familiar, por el contrario, Joaquín, el gigante, es hogareño y tradicional, aunque los dos, debido a las considerables dimensiones de Joaquín emprenderán un viaje lleno de nuevos lugares y gentes, en un itinerario que los cambiará para siempre, enfrentándolos a nuevos retos inimaginables en su pequeño pueblo, como la reconstrucción de la identidad, la ambición desmedida, la fama del pueblo y grandes cantidades de dinero que no sólo los cambiaran, sino que los llevarán por lugares muy oscuros a los que quizás no están tan preparados.

Garaño y Arregi ahora en labores de dirección, con el trabajo como coguionista de José Mari Goenaga y la aportación de Andoni de Carlos, construyen una fábula moral sobre dos hombres que por azares del destino se ven envueltos en un mundo ajeno a ellos, muy alejado de su vida tradicional de pueblo, un mundo de oportunidades y aventuras, pero también de extraños y oscuros lugares, tanto físicos como emocionales, porque los dos hermanos se transforman, Martín, encuentra en esta aventura por el mundo una manera de saciar su sed de ver mundo y avanzar, sentirse siendo otro, con aquella persona que siempre había soñado y ahora se hacía real, en cambio, Joaquín, pierde lo que era, su identidad, convirtiéndose en un mono de feria, en alguien demasiado expuesto, en una pobre criatura admirada y denostada por otros, y llevando la tortura de seguir creciendo, problemas que lo llevan a sufrir fuertes dolores. Dos hermanos que los actores Joseba Usabiaga y Eneko Sagardoy consiguen capturar los detalles y matices que describen a sus personajes, dotándolos de garra y fuerza.

Los cineastas vascos cimentan su película en la relación antagónica de los dos hermanos, las dos caras de una moneda, y siguen su viaje de éxito y soledad, de ambición económica y tragedia personal, donde todo parece que vale para ser quiénes no son. Los cineastas guipuzcoanos envuelven esta fábula en una admirable y vigorosa concepción formal, con la precisa y bellísima luz, y una apabullante atmósfera que mezcla el expresionismo y el realismo de Zurbarán, conseguida por el cinematográfo Javier Aguirre, uno de sus más fieles colaboradores, como el música Pascla Gaigne, que firma una banda sonora envolvente de melodías suaves que nos devuelven al mundo romántico y oscuro de la cinta, elementos que ayudan a sumergirnos en un cuento clásico que aborda el mito, su construcción y todas las leyendas que giran a su alrededor, pero lo muestra de una manera íntima, indagando en las consecuencias que conlleva todas estas experiencias, observando a sus criaturas desde la honestidad y seriedad, sin juicios morales ni nada que se le parezca, sino que mostrando unos hechos y como lidian con sus conflictos interiores, en un mundo que avanza demasiado rápido, casi sin tiempo de evaluar los hechos y digerirlos para seguir hacia delante, sin perder de vista lo que son y todo aquello que dejaron tras de sí.

Garaño y Arregi nos hablan de la cultura popular enfrentada al nuevo mundo, las rondallas de toda la vida contada por los abuelos frente a la industrialización, en un mundo deseoso de grandes avances que acaba admirando a un ser de gran altura (cuentan que llegó a medir 242 cm) sólo por su físico, sin apreciar el carácter y el mundo interior que esconde una persona como ellos, un relato que aborda el drama, la amistad, la identidad, el mito, lo romántico, lo fantástico, o el conflicto entre el hombre corriente y el mundo industrializado, así como el ser diferente ante ese mundo normalizado que se burla de lo diferente, que se inspira en grandes títulos como “Frankenstein”, la novela de Mary Shelley, y la película homónima de Whale, La bella y la bestia, El mago de Oz, Freaks de Browning, El pequeño salvaje o El hombre elefante, en la que el idioma también juega un papel fundamental en el transcurso del relato, unos aldeanos que sólo hablan euskera, y tienen que comunicarse en otros idiomas, como el castellano, el francés o el inglés, aún afianza más la falta de adaptación de Joaquín, que aparte de sus problemas de salud debido a su imparable crecimiento, se añaden su soledad, su sufrimiento, y la falta de amor carnal debido a sus dimensiones, problemas que lo acaban convirtiendo en quién no desea ser con todos los conflictos internos que le provocan.

Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra con motivo de la presentación de la película “La mort de Luis XIV”, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el jueves 17 de noviembre de 2016 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre Léaud y Albert Serra, por su tiempo, conocimiento, y cariño, a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, y a Eva Herrero de Madavenue y Diana Santamaría de Capricci Cine, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a Carles Torras

Entrevista a Carles Torras, director de “Callback”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de enero de 2017 en la sala Nunes de la Acadèmia de Cinema Català en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Torras, por su tiempo, generosidad, y cariño, y a Sonia Uria y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, amistad y cariño, que también tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Callback, de Carles Torras

callback_poster_cas_70x100SER UNO DE ELLOS.

“¿Te sientes cansado? ¿Estás decaído?

La solución a tus problemas no es huir de la ciudad.

Esta aquí, en esta lata.

Bebe Mega Boost y te sentirás bien”.

El artista pop Andy Warhol acuñó la frase: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”, término que se ha convertido en el estandarte de muchísima gente, que dedica su vida para conseguir ese momento, de fama, de celebridad, de conseguir agradar a todos y convertirse en una especie de imagen a la que imitar y seguir, y si hay un país que continuamente vende ese mito es EE.UU., sus líderes propagan su discurso nacionalista de que su nación es la tierra prometida, la tierra de las oportunidades en la que cualquier persona, sin importar su condición, raza, sexo o religión puede conseguir lo que se proponga. Ese éxito de popularidad, fama y dinero que sacará de su vida al looser para convertirse en un triunfador.

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El cineasta Carles Torras (Barcelona, 1974) en su cuarto largo, explora ese mundo a través de la figura de Larry de Cecco, un inmigrante latino que se gana la vida como mozo de mudanzas, introduciéndose en casas y vidas ajenas, espacios a los que aspira, a esa vida soñada que le proporcionará su sueño de convertirse en actor profesional de anuncios publicitarios, a los que acude con asiduidad. Torras sigue centrado en ese mundo de lobos solitarios y seres de difícil adaptación en una sociedad vertiginosa y deshumanizada, como los jóvenes de buena familia que acababan cruzando el lado tenebroso y cometiendo abusos a los demás en un mundo dominado por drogas, sexo y dinero, en Joves (2004, filmada junto a Ramón Térmens), en su segundo largo Trash (2009) indagaba en las relaciones personales superficiales de usar y tirar y la banalidad del amor de nuestro tiempo, en su tercer trabajo, da un giro a su carrera y filma Open24h (2011), un minucioso ejercicio minimalista en blanco y negro sobre la dura existencia de un vigilante nocturno y su vida miserable.

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Todos ellos, seres inadaptados, tipos con serios problemas de aceptar un mundo al que no consiguen pertenecer, un mundo demasiado alejado de su percepción, tipos abocados a la miseria moral y al borde de la locura en todo momento. Larry de Cecco (magníficamente interpretado por el chileno Martín Bacigalupo, coguionista del filme, un personaje que fascina y aterra a partes iguales) es uno de esos tipos, como podrían serlo aquellos cowboys que se negaban a aceptar la velocidad y los cambios de una sociedad que no los admitía y los convertía en proscritos, o los Travis Bickle que volvían del infierno de Vietnam y tampoco lograban ser uno más en esta vorágine social que miraba hacia otro lado ante las injusticias y la pobreza. De Cecco lleva una vida aparentemente normal, pero sólo en apariencia, su vida, sencilla y humilde, se mueve de un lugar a otro, haciendo todos los posibles por seguir su sueño y convertirse en ese actor que tanto ansía, pero la cruda realidad de mozo de mudanzas, un trabajo para ir tirando, con un jefe antipático y rudo, que no le tenderá la mano cuando lo necesite, o la chica que se hospeda en su casa, y a la que De Cecco parece ver en ella algo más, y también, se tropezará con ese muro que brilla pero que encierra una realidad dura, triste y fría.

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Torras, junto a su equipo ha levantado un proyecto cooperativista que rezuma al cine independiente americano que ha sacado la mugre de debajo de la alfombra, criticando las miserias de una sociedad demasiado tradicionalista y ultraconservadora, como esas proclamas salvajes y falsas que escucha nuestro protagonista en las sesiones sicóticas de la iglesia evangélica a las que asiste para ser uno como ellos. Un retrato social y político, disfrazado de thriller psicológico, sobre el verdadero rostro de muchos que llegados de otras partes del mundo más desfavorecidas acaban en la ilegalidad de un país que vende humo y ficciones de luces de neón, que entran bien por los ojos, pero salen por las cloacas de la inmoralidad. La fotografía de tonos grises y apagados en un Nueva York alejado de la postal, obra de Juan Sebastián Vásquez (habitual de Torras) refuerza ese mundo de apariencia, de irrealidad, de pesadilla en el que se encuentra De Cecco, alguien que rechaza sus orígenes, porque su vida se ha convertido en un triunfo sólo por estar allí y querer ser uno de los americanos blancos, bien pensantes, ignorantes, nacionalistas y conservadores, que no solamente ama y cree en su país, sino que lo pone como ejemplo ante el resto del mundo.