En la playa de Chesil, de Dominic Cooke

CUANDO EL AMOR ERA INOCENTE.

Una pequeña ciudad costera fuera de temporada, en un día como otro cualquiera de la Inglaterra de 1962. Dos enamorados recién casados se alojan en un hotel para disfrutar de su luna de miel. Son Florence (violinista en un quinteto) y Edward (ingeniero) y tienen su amor fuerte e inocente y sobre todo, una vida por delante para disfrutarlo. Aunque, no queramos admitirlo, uno es preso del lugar donde nace y vive, y es preso de las circunstancias a las que tiene que enfrentarse. Podríamos decir que Florence y Edward se aman profundamente desde la primera vez que se vieron (en una recogida de firmas contra las armas nucleares) aunque pertenecen a mundos y costumbres diferentes, ella, de clase media alta, y él, de clase obrera. Ella al arte, y él, al mundo industria. Han crecido de maneras antagónicas, alejadas entre sí, y todo esas cosas que les unen y a la vez, les separan, confluirán en ese pueblo costero, junto al mar, en esa habitación de hotel, donde todo parece perfecto, sólo lo parece, y en esa tarde, sentados junto a una barca, donde sus dos mundos chocarán y nada ya será como antes. La puesta de largo de Dominic Cooke (Wimbledon, Londres, 1966) después de una larga trayectoria en el mundo del teatro, y dirigir para la BBC la serie The Hollow Crown en 2016, es la adaptación de la novela homónima de Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) uno de los novelistas más prestigiosos de las letras británicas, libros que ya han sido llevadas al cine como Expiación, de Joe Wright (2007), entre otras.

Cooke construye una película de hechuras clásicas, donde podemos descubrir el mejor cine británico, aquel en el que abundan melodramas de corte clásico (con el aroma de Stahl o Sirk) en los que el amor y la familia son dos elementos fundamentales en el devenir de sus personajes. El cineasta británico nos habla de una época muy determinada, aquellos años donde después de la guerra, muchos se empeñaban en mantener las costumbres tradicionales de antaño, a pesar de todo, e inculcaban una serie de valores convencionales y ancestrales a sus hijos, basados en las buenas maneras y la rectitud de sus actos. Florence y Edward se debaten en ese momento de sus vidas, esos poco más de veinte años, en que el amor ha hecho acto de presencia en sus vidas, pero que todavía arrastran esas costumbres arcaicas que los encadena y no los deja vivir a su manera.

Los jóvenes han vivido un noviazgo como los de antes donde todos llegaban vírgenes hasta el matrimonio, ajenos a todo ese mundo de experiencias y descubrimientos, ajenos a sus propios cuerpos y su sexualidad. Estamos en ese tiempo de transición, el cambio aparecerá más adelante, donde Los Beatles, los Rolling Stones y demás aparecerán, los tiempos revolucionarios de la política, la liberalización sexual y los cambios sociales que harán despertar a todos a una manera de ser y expresarse al mundo, aunque esos tiempos todavía no han llegado, y Florence y Edward viven alejados de todo eso, prisioneros de su tiempo, de la castración familiar y abocados a unas vidas corrientes, muy convencionales y adaptadas a esa sociedad hipócrita, donde las miserias se siguen escondiendo bajo la alfombra. Cooke se reúne de grandes profesionales para crear una película hermosa en su forma, con la impecable luz en 35 mm de Sean Bobbut, que baña de grises esa playa, e ilumina de colores los tiempos de amor, con el magnífico diseño de producción de Suzie Davies (que ya estuvo en Mr. Turner) realizando un preciso trabajo para trasladarnos a aquellos años de inicios de los sesenta, y la sutil y conmovedora score de Dan Jones.

Una película donde destaca la sutilidad y el detalle de las situaciones que describe de manera desestructurada, porque la película arranca en esa playa donde todo dará un vuelco, para entre idas y venidas, explicarnos los detalles y circunstancias que han llevado a los protagonistas hasta ese lugar y ese instante. Estamos ante una sociedad a punto de explotar, pero todavía no ha llegado ese momento, Florence y Edward tendrán que sufrir ese ambiente y ese contexto histórico, un tiempo que anuncia cambios, como la película que verán en el cine Un sabor a miel, de Tony Richardson, uno de los emblemas del Free Cinema, por su forma y contenido, ya que nos habla de una adolescente embarazada que entablará amistad con un homosexual. Los enamorados de la película son inocentes, pero llenos de vida, aunque no pueden despegarse de esa sociedad malvada, porque no han sido educados de otra manera, sus rebeldías juveniles han sido atajadas y eliminadas de cuajo por el clan familiar. Sus contextos son diferentes, pero castrantes y maltratantes emocionales, que les han llevado a temer lo diferente, ese miedo a enfrentarse a lo desconocido, ese miedo a huir cuando no entienden lo que les sucede y a desconocer que la vida tiene su amargura y tristeza que convive plenamente con la amabilidad y la alegría.

Cooke consigue con su fantástica pareja protagonista componer unos personajes contradictorios y complejos a la altura de las imágenes, como la naturalidad de Saoirse Ronan (que era la adolescente vengativa en Expiación) La audaz inmigrante irlandesa de Brooklyn, y la rebelde adolescente de Lady Bird, convertida en una de las grandes actrices de su tiempo, bien acompañada por Billy Howle, que nos descubre a un actor de gran calado que ofrece unos recursos interesantes. Los acompañan actrices de la categoría de Emily Watson, en un personaje impertinente, entre otros intérpretes británicos resolutivos y sinceros, con los que logra una película que nos enfrenta a nuestros miedos, a nuestras inseguridades, y al contexto social que nos ha tocado vivir, ya que somos víctimas de esas circunstancias, en una película centrada en esos primeros años sesenta, pero que también viajará hacia delante para conocer el devenir de este amor imposible, frustrante y triste, porque no decirlo, de unos enamorados que si hubieran nacido solamente unos años después, sólo unos cuantos, todo hubiera sido diferente para ellos, aunque esas circunstancias no se pueden prever, porque aunque nos convenzamos de ser dueños de nuestro propio destino, más lejos de esa realidad, porque en realidad somos víctimas de las circunstancias y la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Lean on Pete, de Andrew Haigh

CRÓNICA DE UN NIÑO SOLO.

“Es cierto que somos débiles y enfermos y feos y pendencieros, pero si eso es todo lo que siempre fuimos, hace milenios que habríamos desaparecido de la faz de la Tierra”

John Steinbeck

El anhelo y la soledad son las dos emociones que más nos remiten después de ver el cine de Andrew Haigh (Harrogate, Reino Unido, 1973) tanto en Weekend (2011) donde hablaba del shock emocional que sentían un par chicos gais después de una noche de sexo, como en 45 años (2015) donde el pasado irrumpía de forma brusca en un matrimonio septuagenario. Mismos motivos los volvemos a encontrar en su cuarto trabajo, basado en la novela de Willy Vlautin, que deja su Inglaterra natal para adentrarse en los ambientes de Portland y el oeste estadounidense, donde conocemos a Charley Thompson, un chaval de 15 años, que vive junto a un padre que lo deja sólo muy a menudo, en esa América alejada de los neones fluorescentes y el éxito individual, para adentrarse en la más absoluta cotidianidad, que se alojan en casas prefabricadas y matan su vida en empleos precarios, sin más futuro que el pasa en el momento. Charley encuentra en los caballos una forma de cobijo y empatía con los animales que no encuentra con su padre y en su entorno más cercano. Una manera de sentirse útil y arropado, aunque sean con un trabajo casi nulo, un empleo sin más, en el que su jefe, un tipo sin escrúpulos que se gana la vida en las carreras de caballos, y la aparición de Bonnie, esa jinete que es como su hermana mayor.

Aunque, la vida de Charley no es fácil, todavía es demasiado joven para enfrentarse el sólo al mundo, a su vida, y circunstancias del destino, deberá emprender su propio camino huyendo del destino marcado que se cierne sobre él. Haigh nos habla desde la sinceridad y la honestidad, planteándonos una película sobre la búsqueda de uno mismo a una edad muy temprana, en ese tiempo de transición entre la infancia y la edad adulta, en el su joven protagonista aprenderá que nuestras emociones difieren mucho de la sociedad que nos ha tocado vivir. El cineasta británico plantea un relato dividido en dos partes, en la primera, Charley encontrará su refugio en las carreras de caballos y la relación, más o menos sana, que mantiene con Montgomery y ese mundo brillante, por su relación con los caballos, y oscuro, por las artimañas en las formas que se gasta Montgomery. En la segunda mitad, todo cambia para Charley, y emprende una huida sin rumbo ni destino, con la compañía de uno de los caballos, “Lean on Pete”, un pura sangre que quieren vender porque su tiempo ha finalizado.

El abrasador desierto, la soledad como una sombra impenetrable, y ese caminar sin más ayuda que la de uno mismo, serán las jornadas cotidianas a las que Charley tiene que enfrentarse. Si la película en un primer momento nos adentraba en lo social, ahora, siguiendo con esa idea, se fundía en un anti western, con la huella de Peckinpah o Hellman, pero sin épica ni héroes, sino todo lo contrario, sólo el devenir de un alma triste que camina sin cesar en busca de algo o alguien que lo acoja, o simplemente le dé un abrazo. Haigh huye de toda sensiblería o condescendencia al uso, y con un tono de sobriedad y limpieza visual, mira a su protagonista desde la distancia justa, construyendo una admirable retrato sobre la soledad, dejando de lado esas películas de niño con animal y las buenas obras, aquí, también hay un niño y un caballo, pero se acerca más a una amistad entre aquellos que han abandonado, aquellos desfavorecidos, aquellos que la sociedad ya no necesita, en la línea de Crin blanca, de Lamorisse o Kes, de Ken Loach, dos estupendas películas en las que tanto el niño como el animal se ayudan ante las intransigencias y ataques de una sociedad que todo lo alinea y oculta.

La contenida y brillante luz de Magnus Nordenhof Joenck (autor de la cinematografía de A War (Una guerra) entre otras, ayuda a capturar esos claros oscuros de la primera parte, para fundirse en esos desiertos rojos y polvorientos de la segunda mitad, donde el inmenso trabajo de Charlie Plummer (que hemos visto hace poco haciendo de Jean Paul Guetty Junior en Todo el dinero del mundo, de Ridley Scott) brilla a gran altura, dando vida al desdichado chaval, le acompañan dos intérpretes de gran calado en este tipo de relatos como Steve Buscemi o Cloë Sevigny, dando vida al jefe complejo del chaval, y a la jinete que le echa un capote al niño, respectivamente. Haigh ha hecho una película valiente y compleja, una cinta que nos atrapa desde la honestidad del relato bien contado, en una película que nos habla del desamparo, de sentirse solo, de no saber hacia adonde ir, de caminar sin descanso, de saber que los demás pueden prescindir de ti, que nadie te quiere de verdad, en una película de corte social, pero desde todos los prismas posibles, y también, en una road movie a pie junto a un caballo, donde nos habla de esos desfavorecidos, de los que tienen donde caer muerto, de aquellos para los que cada día, la vida es un milagro, donde comer algo ya es todo un logro, todos esos que vagan por el mundo.

Most beautiful island, de Ana Asensio

EL INFIERNO DEL SUEÑO AMERICANO.

Luciana es una española sin papeles que sobrevive con trabajos precarios en Nueva York. A través de Olga, inmigrante rusa, con la que trabaja alguna vez, acaba consiguiendo un trabajo que consiste en pasearse por una fiesta de lujo, aunque las cosas no parecen tan sencillas y además, hay gato encerrado. La puesta de largo en la dirección de largometrajes de Ana Asensio (Madrid, 1978) es una combinación magnífica y arrolladora de cine social y thriller psicológico, con el mejor aroma del cine independiente americano. Asensio dejó una carrera incipiente como actriz en la televisión en España para emprender la aventura del “american dream” y plantarse en la Gran Manzana para estudiar interpretación, aunque las cosas no salieron como esperaba y durante el último cuatrimestre del 2011, con los atentados de Nueva York en el ambiente, ella sobrevivió con trabajos precarios que la llevaron a vivir una experiencia desagradable  con uno de ellos. Toda aquella experiencia la ha plasmado en su primera película, que además de dirigir, escribe, protagoniza y coproduce, una cinta que ha levantado con el espíritu del cine combativo, resistente y la ayuda de unos colaboradores que han creído en su proyecto desde el primer momento.

Asensio, sin experiencia previa como directora, ha construido una película del aquí y ahora, una película que se desarrolla en una sola jornada, siguiendo a su protagonista, Luciana, durante un solo día, y documentando esa vida precaria, a salto de mata, con la falta de dinero acechando a cada momento, sin tregua, y sin descanso. Asensio, en la primera mitad de la cinta, nos introduce en un cine de gran efervescencia social, con los incesantes ruidos de la gran metrópoli, donde Luciana se mueve de aquí para allá, haciendo todo tipo de trabajos, a cual más miserable y desastroso, con multitud de problemas, como repartir propaganda vestida de pollo, de niñera recogiendo unos niños idiotas que la odian, sólo algunos de los empleos míseros que pululan para los más desfavorecidos, para todos aquellos que tienen que andar escondiéndose de la ley, para aquellos que vivir se ha convertido en un desagradable deambular. Luego, en la segunda mitad, y con un gran acierto del ritmo y la construcción dramática de la historia y su personaje, el ruido va cesando para penetrar en otro mundo, en esos lugares que se escapan de las miradas ajenas, esos espacios miserables y oscuros, donde siempre hay que bajar escaleras, e introducirse en lugares sin ventanas, donde la vida parece detenida, y nada ni nadie parece saber lo que ocurre entre esas paredes alejadas de la vista de todos.

Asensio logra con lo mínimo lo máximo, y seguimos con Luciana, sabiendo en todo momento lo único que ella sabe, sufriendo y angustiándonos con el personaje, su ansiedad y miedo que se van apoderando de ella a medida que va descendiendo a su infierno particular, a esa fiesta que no parece como tal, y siendo víctima, sin quererlo, todo por el maldito dinero, de un juego macabro y mortífero, para satisfacer a una minoría elitista y podrida de dinero que satisface sus deseos más oscuros y terroríficos explotando a los invisibles, a todos aquellos sin recursos que, sin saberlo, son capaces de aventurarse en juegos siniestros para seguir sobreviviendo en una ciudad aparentemente llena de luz, pero que bajo la alfombra oculta mucha oscuridad y miseria. Asensio ha logrado una película extraordinaria, que mantiene un increíble pulso narrativo, manteniéndonos en una tensión constante, con la ayuda de la crudeza y el grano que ofrece el Súper 16, obra del camarógrafo Noah Greenberg, en el que los espacios subterráneos adquieren una dimensión de constante peligro y terror, como ese sótano sin aire que respirar, en el que Luciana espera, nerviosa y muerta de miedo, su turno, con las miradas fijas en esa puerta y en los ruidos que salen de ella, mientras escuchamos esos sonidos, con espíritu vanguardista e industrial, que aún acrecienta la soledad, la angustia y el temor que recorre cada poro de su cuerpo.

La directora madrileña recoge el testigo de grandes autores como el espíritu independiente y revolucionario del cine de Cassavetes (el maestro del cine indie y referente de tantos) o los Baumbach, Anderson o Arnold, que describen con minuciosidad los detalles y la complejidad de sus personajes, explorando con precisión voyeurista los entresijos que experimentan sus criaturas en sus trabajos de carácter resistente y a contracorriente, sin olvidarnos de la película 4 meses, 3 semanas y 2 días, de Cristian Mungiu, con la que guarda muchos aspectos, tantos formales como de fondo, en el que también se describía las horribles vicisitudes que pasaban dos chicas en la Rumanía ochentera de Ceaucescu. Most beautiful island es una película excelente y con gran tensión narrativa, que alumbra la mirada de Ana Asensio como una directora a tener muy en cuenta en sus próximos trabajos, con una gran capacidad para focalizar desde la intimidad los problemas de los más desfavorecidos del primer mundo, penetrándonos en ese mundo alejado de los escaparates de grandes avenidas, de fiestas sin fin y demás excesos. Aquí se habla de aquellos que no se ven o no queremos ver, de aquellos que corren sin descanso a la caza de un mísero trabajo para seguir no se sabe dónde, aquellos que podríamos ser nosotros en algún momento de nuestras vidas.

Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón

JULITA SALMERÓN, UNA SERVIDORA.

“Todas las madres tienen una película”

Paco León

Había una vez una joven que se llamaba Julita y quería ser monja, aunque las circunstancias de la vida la llevaron por otros derroteros, y extremadamente diferentes, porque conoció a un joven apuesto con el que se casó y llevaron a cabo uno de sus tres deseos: tener hijos y tuvieron 6, cuatro varones y dos hembras. Luego, más adelante, se hizo realidad su siguiente deseo, tener un mono, que tuvo que devolver porque se volvió muy agresivo,  y finalmente,  gracias a una herencia familiar que los convirtió en ricos, Julita llevó a cabo su último deseo y en principio el más irrealizable, tener un castillo, un castillo de los de verdad como los de los cuentos, con grandes salones, pasillos interminables, infinidad de alcobas, y sobre todo, todas las paredes llenas de grandes retratos, armaduras de bronce, y demás objetos. Julita es la madre de Gustavo Salmerón (Madrid, 1970) intérprete que lleva más de dos décadas trabajando para directores de prestigio como Medem, Camus, Villaronga o Gutiérrez Aragón, entre otros, que ya había dirigido Desaliñada (2001) cortometraje que se alzó con el premio Goya e innumerables premios internacionales.

Después de aquella experiencia, un día filmando la matanza de un cerdo junto a su familia le vino la idea de filmar a su madre, por su peculiar desparpajo, alegría, y sus ideas filosóficas, sin ningún tipo de complejos y pudor, y demostrando una vis cómica desbordante y contagiosa. Y así, ha hecho desde el año 2002, capturando a su madre en una película en formato 4:3 y filmada en varios soportes como mini-DV, IPHONE 6 y Super 8, donde recoge la visión humana e íntima de su madre y los suyos, a través de fotografías antiguas, videos domésticos de cuando eran pequeños, y las experiencias disparatadas, caóticas y delirantes de una familia muy peculiar. Salmerón se apoya en la búsqueda de unas vertebras de su bisabuela que la familia ha guardado durante más de tres décadas, para mediante este macguffin relatar a su madre, sus hermanos, sus nueras y nietos, y a él mismo, en el laberíntico indescifrable que se ha convertido la casa de sus padres, ya que su madre tiene la manía de guardarlo todo, ya que como explica, los objetos son su vida. Mientras seguimos a los hermanos buscando el “preciado” tesoro, escuchamos a su madre con sus ocurrencias, su naturalidad y una vis cómica interminable que recuerda a aquellos cómicos del cine mudo, haciendo gala de su inagotable verborrea y opinando sobre la película, su casa, sus hijos, su marido, el mono y el castillo, que debido a la crisis y las deudas tienen que dejarlo y vaciarlo por completo, tarea que les llevará a situaciones divertidas y kafkianas.

Salmerón ha construido una película sencilla y honesta, que viaja de forma desestructurada al pasado y al presente, creando un inmenso puzle de imágenes, objetos y recuerdos, que nos descubre a su madre y su familia, su propia memoria, que forman un conjunto que no deja indiferente, en el que todos dicen la suya, y en el que la figura de la madre, al igual que Rafaela Aparicio en Mamá cumple cien años, o la “Mamma” italiana, gira en torno a todos ellos, y se erige como figura matriarcal y todo se envuelve según su criterio y manera de ser, en una mezcla de vida, muerte y filosofía, donde todo se desenvuelve como si estuviésemos en una película de Berlanga, donde todos se mueven en busca de algo, en este caso de unas vertebras, aunque finalmente no acabaran de sentirse del todo bien, aunque sigan juntos o no, y por el camino les pasará de todo, tanto bueno como malo, experiencias que son tratadas desde la comicidad y el esperpento, porque la vida y los deseos de Julita Salmerón no son nada corrientes y de andar por casa, todo lo contrario, ilusiones de toda una vida de una señora octogenaria que rodeada de los suyos, lleva a cabo sus ideas, aunque parezcan estrambóticas, raras y extravagantes, aunque con la ayuda de los suyos, todo parece más fácil, o incluso más llevadero.

Una comedia maravillosa y emocionante, y llena de energía, donde Salmerón, que hace su puesta de largo, realiza un documento íntimo y doméstico de su madre y su familia, pero que acompañado de esa naturalidad, y la presencia de Julita Salmerón, con ese carácter tan transparente y su inmensa vis cómica hacen el resto, convirtiendo la película en un extraordinario retrato y documento sobre las madres de toda la vida, aquellas que pasaron la guerra, el franquismo, y siguieron en pie, con firmeza y valentía, a pesar de todos los problemas y conflictos personales que tuvieron que pasar, convirtiéndolas en unas mujeres de armas tomar, de gran carácter y reinas de su casa, porque al fin y al cabo, la casa de los Salmerón es el hogar que ha construido Julita con sus objetos, sus recuerdos, sus alegrías o tristezas, las cenizas de sus padres, la habitación de las muñecas y sus 125 vestidos, o las vertebras de su bisabuela que seguro siguen ocultas en algún rincón de esa casa llena de objetos y trastos, de todo tipo y valor, llena de hijos e infinidad de cosas que nunca podremos saber y sobre todo, encontrar para descubrir otro aspecto de Julita Salmerón, con esa gracia y salero que destila durante toda la película, sin importarle la cámara, mostrándose como es, explicándonos sus pensamientos, ideas, su experiencia vital, la vejez, y su peculiar entorno, tanto humano como todos esos objetos que son también ella.

 

Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño

EL GIGANTE DE ALTZO.

“La tarea de la ficción es la persecución de la verdad, no de los hechos”

Oakley Hall

Cuenta la leyenda que allá a mediados del siglo XIX, en la pequeña aldea de Altzo, perdida en los montes de Gipuzkoa, vivían en el caserío familiar, Martín Eleizegi y su hermano menor Joaquín. La tranquilidad de los quehaceres cotidianos de labranza, fueron interrumpidos un día de 1833 cuando la primera guerra carlista se llevó a Martín a luchar. Cuando esta acabó, Martín imposibilitado económicamente de marchar a EE.UU. regresó al caserío y se encontró con su hermano Joaquín con una estatura enorme. Convencidos por un organizador de espectáculos se lanzaron a presentar al mundo al gigante de Altzo. El mismo equipo de Loreak (2014), Jon Garaño (San Sebastián, 1974) José Mari Goenaga (Ordicia, 1976) y Aitor Arregi (Oñati, 1977), que convencieron a crítica y público con una drama intimista filmado en euskera y protagonizada por tres mujeres que veían trastocada su vida por unas flores que se cruzaban en su camino.

Todos ellos, socios cinematográficos que llevan más de 15 años realizando películas como Lucio  (2007)  o 80 egunean (2010), vuelven a la carga con otra cinta intimista, inspirada en hechos reales, pero ahora han dejado la actualidad para adentrarse en el convulso siglo XIX,  época de grandes cambios, donde las luchas se sucedían por una Europa en continua transformación, entre el antiguo régimen que se resistía a los nuevos tiempos y el nuevo orden industrial que avanzaba a pasos agigantados. Tiempos convulsos y de continuos cambios se erigen como el paisaje ideal para contar la historia del gigante de Altzo y su hermano, dos seres completamente diferentes, pero iguales a la vez. Martín, el mayor, inútil del brazo izquierdo en la guerra, inconformista y rebelde ve en sus ansías de conocer el mundo una gran oportunidad para abandonar el estancamiento del caserío familiar, por el contrario, Joaquín, el gigante, es hogareño y tradicional, aunque los dos, debido a las considerables dimensiones de Joaquín emprenderán un viaje lleno de nuevos lugares y gentes, en un itinerario que los cambiará para siempre, enfrentándolos a nuevos retos inimaginables en su pequeño pueblo, como la reconstrucción de la identidad, la ambición desmedida, la fama del pueblo y grandes cantidades de dinero que no sólo los cambiaran, sino que los llevarán por lugares muy oscuros a los que quizás no están tan preparados.

Garaño y Arregi ahora en labores de dirección, con el trabajo como coguionista de José Mari Goenaga y la aportación de Andoni de Carlos, construyen una fábula moral sobre dos hombres que por azares del destino se ven envueltos en un mundo ajeno a ellos, muy alejado de su vida tradicional de pueblo, un mundo de oportunidades y aventuras, pero también de extraños y oscuros lugares, tanto físicos como emocionales, porque los dos hermanos se transforman, Martín, encuentra en esta aventura por el mundo una manera de saciar su sed de ver mundo y avanzar, sentirse siendo otro, con aquella persona que siempre había soñado y ahora se hacía real, en cambio, Joaquín, pierde lo que era, su identidad, convirtiéndose en un mono de feria, en alguien demasiado expuesto, en una pobre criatura admirada y denostada por otros, y llevando la tortura de seguir creciendo, problemas que lo llevan a sufrir fuertes dolores. Dos hermanos que los actores Joseba Usabiaga y Eneko Sagardoy consiguen capturar los detalles y matices que describen a sus personajes, dotándolos de garra y fuerza.

Los cineastas vascos cimentan su película en la relación antagónica de los dos hermanos, las dos caras de una moneda, y siguen su viaje de éxito y soledad, de ambición económica y tragedia personal, donde todo parece que vale para ser quiénes no son. Los cineastas guipuzcoanos envuelven esta fábula en una admirable y vigorosa concepción formal, con la precisa y bellísima luz, y una apabullante atmósfera que mezcla el expresionismo y el realismo de Zurbarán, conseguida por el cinematográfo Javier Aguirre, uno de sus más fieles colaboradores, como el música Pascla Gaigne, que firma una banda sonora envolvente de melodías suaves que nos devuelven al mundo romántico y oscuro de la cinta, elementos que ayudan a sumergirnos en un cuento clásico que aborda el mito, su construcción y todas las leyendas que giran a su alrededor, pero lo muestra de una manera íntima, indagando en las consecuencias que conlleva todas estas experiencias, observando a sus criaturas desde la honestidad y seriedad, sin juicios morales ni nada que se le parezca, sino que mostrando unos hechos y como lidian con sus conflictos interiores, en un mundo que avanza demasiado rápido, casi sin tiempo de evaluar los hechos y digerirlos para seguir hacia delante, sin perder de vista lo que son y todo aquello que dejaron tras de sí.

Garaño y Arregi nos hablan de la cultura popular enfrentada al nuevo mundo, las rondallas de toda la vida contada por los abuelos frente a la industrialización, en un mundo deseoso de grandes avances que acaba admirando a un ser de gran altura (cuentan que llegó a medir 242 cm) sólo por su físico, sin apreciar el carácter y el mundo interior que esconde una persona como ellos, un relato que aborda el drama, la amistad, la identidad, el mito, lo romántico, lo fantástico, o el conflicto entre el hombre corriente y el mundo industrializado, así como el ser diferente ante ese mundo normalizado que se burla de lo diferente, que se inspira en grandes títulos como “Frankenstein”, la novela de Mary Shelley, y la película homónima de Whale, La bella y la bestia, El mago de Oz, Freaks de Browning, El pequeño salvaje o El hombre elefante, en la que el idioma también juega un papel fundamental en el transcurso del relato, unos aldeanos que sólo hablan euskera, y tienen que comunicarse en otros idiomas, como el castellano, el francés o el inglés, aún afianza más la falta de adaptación de Joaquín, que aparte de sus problemas de salud debido a su imparable crecimiento, se añaden su soledad, su sufrimiento, y la falta de amor carnal debido a sus dimensiones, problemas que lo acaban convirtiendo en quién no desea ser con todos los conflictos internos que le provocan.

Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra con motivo de la presentación de la película “La mort de Luis XIV”, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el jueves 17 de noviembre de 2016 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre Léaud y Albert Serra, por su tiempo, conocimiento, y cariño, a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, y a Eva Herrero de Madavenue y Diana Santamaría de Capricci Cine, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.