La mujer que sabía leer, de Marine Francen

VIOLETTE SE HA ENAMORADO.

Nos encontramos en la Francia de mediados del siglo XIX, cuando Napoleón III eliminó cualquier atisbo de revolución deteniendo y eliminando sistemáticamente a todos aquellos que se opusieron a su dictadura. Semejante represión la sufrieron muchos pueblos y lugares de todo el país, como el puelbo del que nos habla la película, un pequeño pueblo entre montañas, que un día, a primeras horas de la mañana, los soldados irrumpieron en el lugar y detuvieron a todos los hombres, llevándoselos a la fuerza, dejando a las mujeres huérfanas de esposos, hijos y hermanos. Después de este arranque desgarrador y siniestro, la película se sitúa en la mirada de las mujeres, de aquellas que esperan, de aquellas que tienen esperanza que sus hombres vuelvan, aquellas que deberán vivir sin ellos, ocupadas en sus quehaceres cotidianos, y en su propia resistencia, en seguir trabajando por su pueblo, y por sus vidas. La directora francesa Marine Francen que tiene en su experiencia haber trabajado como ayudante de dirección para autores tan importantes como Haneke o Assayas, encontró la inspiración para su primera película en un cuento L’homme semence, donde Violette Ailhaud explica su propia experiencia de cómo una serie de acontecimientos afectaba a sus aldeanos.

Francen ha cambiado su título en la original, bautizando su película como Le semeur (que se podría traducir como El sembador, adquiriendo el doble sentido con el que juega la película). Aunque estamos ante una película que podríamos decir coral, la directora francesa adopta la mirada de Violette, en un momento crucial en su vida, ya que en edad de casarse, los hombres no están en el pueblo, pero pasado un tiempo, un hombre, Jean, aparecerá pro el pueblo, pide trabajo y alojamiento. La llegada del forastero hará renacer la vida y la existencia de las mujeres más jóvenes, que ante la espera sin hombres, alcanzaron un acuerdo que consistía en que todas ellas compartirían el hombre si apareciera alguno. Francen convierte esa historia intimista y femenina en una película bellísima en todos los sentidos, empezando por su exquisita y delicada forma, en la que se emplea el formato de 35 mm panavisión y el formato 4:3, para dotar a la película del cuadro y la luz de la época, obra de Alain Duplantier (autor entre otras de Reencontrar el amor) inspirada en las pinturas de “Las espigadoras”, de Millet, y otras obras de Renoir, Pissarro o Breton, obras esenciales del impresionismo en el que captaban la luz quemada por el sol de los trigales o la sombría del invierno de las zonas rurales, cuando retrataban las vidas cotidianas de los aldeanos.

Violette es esa doncella todavía virgen que descubre el amor con el recién llegado, que se hace llamar Jean, en el que Francen adopta el descubrimiento a la vida y al amor de forma sencilla y extremada sensible, sin nunca caer en lo sensiblero, captando con gran naturalidad y honestidad los encuentros sexuales de los dos protagonistas. Aunque el conflicto estalla, cuando las demás reclaman su parte, y la película que hasta ese momento nos estaba contando una hermosísima historia de amor de descubrimiento y placeres íntimos (que nace mediante la lectura donde Balzac adquiere un gran protagonismo) se adentra en un relato sombrío donde unas y otras luchan por su espacio, y en el que las necesidades personales, los conflictos internos y la sexualidad como liberación de emociones rasgan y posicionan al grupo de jóvenes amigas. Francen mueve con detalle y paciencia a sus mujeres, sus cuerpos y filma con gran belleza su cotidianidad, desde los duros trabajos en el campo, y el cooperativismo que han construido para hacer frente a los imprevistos y desarrollar los diferentes trabajos, en una comunidad femenina de gran fuerza y energía, quizás la aparición del extranjero les vuelca el alma y empiezan realmente los conflictos entre ellas.

La mirada y la carnalidad que desprende Violette encarnada por la actriz Pauline Burlet es uno de los momentos del relato, bien acompañada por Géraldine Pailhas como esa madre demasiado protectora e inflexible, y las otras jóvenes como Joséphine que interpreta Anamaria Vartolemi y Rose que compone Iliana Zabeth, y por último, Jean, que hace Alban Lenoir, todos ellos personajes que hablan poco, trabajan mucho y se muestran reticentes en mostrar sus emociones frente a los otros. Francen ha construido una película magnífica y de enorme sensibilidad, especialmente sobria y contenida, en una mise en scene casi sin movimientos de cámara, que en algunos momentos tiene ese marco que tanto gustaba a Renoir o a Rohmer (en la que nos hablaban casi en susurros de los conflictos sentimentales de sus protagonistas, situándolos en entornos bucólicos y sombríos a la vez) en la que nos habla de mujeres, de amor, de sexo, de trabajo en común, de emociones soterradas, de vidas en conflicto, y sobre todo, de amor en todas sus facetas, en esa fuerza poderosa y compleja para descubrir a los otros y descubrirnos a nosotros mismos.

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