La viuda, de Neil Jordan

UN BOLSO DE CUERO VERDE.

“Todos estamos solos y algunos están más solos”

Charles Bukowski

Un vagón de metro, uno más, uno cualquiera de los muchos que circulan incesantemente por una gran ciudad, y uno de esos vagones, un bolso de cuero verde olvidado en uno de los asientos, y entre los miles de viajeros diarios una joven, una chica que se llama Frances McMullen, una chica más que vive en un ático en el corazón de Manhattan junto a su adinerada amiga, hija de un magnate, trabaja como camarera en uno de esos restaurantes del Village, la zona más exclusiva de Nueva York, e intenta olvidar superar la muerte de su madre. Esa joven, y no otra, encuentra el bolso y decide devolverlo a su legítima dueña, una señora solitaria que vive en una casa envejecida en uno de esos barrios sin más, su nombre Greta Hideg. Un gesto que parece uno más, de alguien que devuelve a su dueño algo que no es suyo, aunque no será un gesto más, será el gesto. La decimonovena película en la filmografía de Neil Jordan (Sligo, Irlanda, 1950) es un atractivo y elegante thriller psicológico, una especie de tela enmarañada con aroma de fábula, como tanto les gusta al director, donde una joven demasiado introvertida se enfrentará a su peor pesadilla convertida en la enigmática y extraña Greta, una señora que parece albergar buenas intenciones pero sólo eso, quizás hay algo más y su casa, tan alejada de todo, y a la vez, cerca del centro de la ciudad, oculta demasiadas cosas.

Desde que debutase en el cine, en 1982 con el sugerente thriller Angel, la carrera de Jordan se ha mantenido cercana a lo noir, con títulos como Mona Lisa, Juego de lágrimas, Michael Collins, El fin del romance o La extraña que hay en ti, retratos de personajes que el destino obliga a enfrentarse a sus propios miedos en forma de malvados que atentan contra su apacibles y aburridas vidas. También ha coqueteado con la comedia más desmadrada como en El hotel de los fantasmas o Nunca fuimos ángeles, y también, sus cuentos infantiles de terror muy personales y profundos donde mezcla lo humanista con seres fantásticos, indagando en los conflictos sobre identidad, en trabajos como En compañía de lobos, Entrevista con el vampiro, In dreams, Ondine o Byzantium (2012) su penúltimo largo. Ahora, con guión escrito junto a Ray Wright, un especialista en el género, nos trae un thriller muy oscuro, sin fantasmas ni fantasías extravagantes, muy intimista, protagonizado por dos mujeres, lo femenino siempre presente en el cine de Jordan, sumergiéndonos en una demoledora crítica contra la sociedad que produce solitarios que pueden llegar a convertirse en monstruos despiadados para llenar esa soledad angustiosa y demente.

Greta es una señora a todas luces agradable y elegante, pero detrás de ella, lo que esconde debajo de la alfombra es terrible, “caza” a jovencitas para paliar a su soledad, incluso llegando a manipularlas y destrozarles la vida, Frances, es una de ellas, una de esas jovencitas atractivas y vitales, pero que se encuentran en un estado emocional difícil, muy a la deriva, en procesos complejos personales, sin saber muy bien a qué dedicar su existencia, y se mueven como pollos sin cabeza a la espera de algo o alguien que les saque de su oscuro ostracismo. Greta y Frances encajan en un principio, parecen gustarse y se hacen muy buenas amigas, se ayudan y se entienden, aunque lo que parece algo agradable, pronto se torcerá y adquirirá otro color, como ocurre en el cine de Jordan, que nunca nada es lo que parece, y siempre hay algo turbio y muy oscuro que esconden algunos personajes.

El cineasta irlandés maneja con audacia y oficio su relato, una trama quizás muy vista, sí, pero la elegancia y el detalle con la que la filma Jordan la hace algo diferente, centrándose no solo en el aspecto psicológico de las dos mujeres, sino en su entorno, y en los gestos y detalles que las definen, conociendo sus entornos más íntimos y externos, contándonos con ritmo pero sin prisa toda la trama que encierra la película, que en un primer tramo nos estarían contando una película con ese aire finales ochenta y noventero como Atracción fatal  o Instinto básico, en ese juego perverso de las apariencias y ocultar cómo es realmente la naturaleza de cada personaje. En el segundo tiempo, la película da un giro sorprendente y terrorífico, donde el exterior de la ciudad, y las idas y venidas por distintos lugares y situaciones, da paso al exterior, a las cuatro paredes de un lugar donde se desarrollará la película, donde la trama se parece a esas historias donde lo malvado se impone a la bondad y todo puede ocurrir y nadie está a salvo, conociendo la verdadera personalidad de los individuos de la película.

Una muy buena pareja de actrices encabezadas por el aplomo y la mirada de Isabelle Huppert, extraordinaria en su rol de ogro sin escrúpulos y muy peligroso, en un rol muy alejado de lo que nos tiene acostumbrados, aunque a veces la hemos visto metida en marañas parecidas a las órdenes de Chabrol, Haneke o Verhoeven, bien acompañada por la calidez y la sobriedad de Chlöe Grace Moretz, componiendo el alter ego perfecto como la caperucita de este cuento moderno en el que el lobo se ha disfrazado no de abuelita, pero sí de madrastra de Cenicienta.  Maika Monroe da vida a Erica Penn, la amiga y compañera de piso de Frances y esa especie de ángel de la guarda que todos en algún momento nos viene bien tener a nuestro lado, y finalmente, Stephen Rea, un viejo conocido de Jordan, que debutaron juntos y han trabajado en 11 títulos juntos, interpretando a ese detective veterano y suspicaz que acaba desafiando a la bruja malvada. Jordan muestra oficio y consigue absorbernos en su trama sencilla y eficaz, que mantiene al espectador expectante e inquietante, en esta despiadada crítica a nuestra sociedad, tan individualista y desestabilizada emocionalmente, llena de solitarios y seres con existencias muy anodinas y vacías, esperando que alguien le saque de quiénes son y así encantarse de alguna manera, encontrar algún sentido a sus vidas o lo que sea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blaze, de Ethan Hawke

ESA BALADA TRISTE Y SOLITARIA.

“Blaze era un artista americano antes de que existiera el género”.

Thom Jurek (Músico-escritor)

La película arranca al atardecer en el porche de una pequeña cabaña en algún lugar de Texas, a pocos metros, en la carretera, los automóviles pasan continuando su dirección. Nos encontramos con Blaze Foley, un músico country algo borracho, mientras toca su guitarra va canturreando alguna de sus canciones, a su lado, algunos amigos ríen y le siguen en los coros. La noche va cayendo, las canciones continúan, como en un duerme vela, las risas van aumentando, es una reunión entre colegas, sentados en un porche, alejados del mundanal ruido, sintiendo que la vida va y viene y todo parece continuar igual. De Ethan Hawke (Austin, Texas, EE.UU., 1970) conocíamos de sobra su faceta como actor, con sus grandes interpretaciones en El club de los poetas muertos,  Gattaca, Training Day o sus películas con Richard Linklater. Desde el 2001 viene realizando trabajos como director en títulos como Chelsea Walls, The Hottest State (2006) el documental Seymour: An Introduction (2014) cine intimista, próximo y desnudo, cine sobre artistas outsiders, fuera del neón y el oropel, gentes sencillas con pasiones arrebatadoras y llenas de fe, artistas que buscan y rebuscan para alcanzar su cima.

Ahora, el cineasta texano nos envuelve en la vida de Blaze Foley (Malvern, Arkansas, 1949-Travis Heights, Austin, 1989) un músico estadounidense country, uno de esos artistas solitarios y tristes, que componen canciones y cantan a la vida, a la desesperación, al amor, a lo imposible, y a la desazón de la existencia entre sus innumerables rostros y texturas, alguien que camina a paso lento (ya que de niño la polio lo dejó así) por carreteras secundarias, que toca medio borracho en bares vacíos o locales apartados en que ni cristo le hace caso, seres anónimos, individuos que sin quererlo ni pretenderlo, dejarán un legado inmenso como fue en el caso de Blaze, con su movimiento musical country, el “Texas Outlaw Music”, que inspiró a músicos de la talla de Merle Haggard y Willie Nelson, entre otros. Aunque, Hawke nos hace un biopic al uso, ni mucho menos, Hawke se va a los márgenes, donde parece sentirse en su salsa, y filma la existencia anodina, vital y tranquila de Blaze, y lo hace basándose en el libro de Sybil Rosen, “Living in the Woods in a Tree: Remembering Blaze Foley”, compañera de Blaze, y coautora del guión junto a Hawke, construyen una película estructurada en tres tiempos, el mencionado en el inicio, donde Blaze con sus canciones y sus amigos vivirá su última noche con vida, después de su desgraciada última actuación en el “The Outhouse”, en Austin.

Luego, en el segundo tiempo, viviremos y sentiremos su love story junto a Sybil en una cabaña en mitad del bosque, entre canciones, amor y sexo, y el posterior viaje a Austin y aún más el de Chicago, donde las cosas en la pareja ya no eran tan idílicas ni cálidas. Y finalmente, un último tiempo, años después, cuando Townes Van Zandt y Zee, sus dos más allegados amigos le cuentan a un periodista radiofónico la vida y milagros de Blaze. Hawke va de un tiempo a otro de forma aleatoria y desestructurada, componiendo un retrato íntimo y profundo sobre un músico outsider, un “fuera de la ley” en toda regla, un tipo sencillo, que a veces bebía demasiado, o en ocasiones no trataba demasiado bien a su mujer y sus colegas, y en otras, parecía querer autodestruirse, no avanzar y estancarse en sus canciones y en su existencia amarga, pero, eso sí, en otros instantes, era un ser encantador, alguien especial, un tipo como pocos y alguien capaz de componer la mejor de las canciones, con sinceridad y verdad.

El cineasta estadounidense recorre un periodo de unos quince años en la vida de Blaze, desde el año 1974 hasta su muerte en 1989, capturando con detenimiento y reposo todos esos momentos en su vida, esas noches que nunca se acababan, esos temas tristes y sinceros que rompían el alma de quién los escuchaba, esas caminatas sin fin donde no había un puto dólar, o tantos locales donde el público lo ignoraba y acaba tirado a patadas, o su momento de gloria con esos tres magnates que lo quieren lanzar como una star del country (interpretados por Linklater, Sam Rockwell y Steve Zahn) aunque las cosas no suceden como se esperan, quizás nunca suceden como las esperas, simplemente suceden y poco o nada tienen que ver con lo planeado. Un reparto ajustado y lleno de almas encabezado por el músico y actor Benjamin Dickey que da vida a Blaze, bien acompañado por Ali Shawkat como Sybil, la musa, el amor y la luz del músico, el músico Charlie Sexton como Townes Van Zandt, Josh Hamilton como Zee, Kris Kristofferson, actor y leyenda de la música country haciendo un corto papel como padre de Blaze, y finlamente, el propio Hawke un papelito en la sombra.

Hawke mira a esos cineastas alejados de lo convencional que filmaban a tipos rotos, quebrados, sin aliento y tremendamente cansados como Fuller, Ray, Cassavetes o Altman, o esos músicos desconocidos con guitarra en mano y caminando llenos de polvo tocando en tugurios de mala muerte como en El aventurero de medianoche, de Eastwood, Tender Mercies, de Beresford o Inside Llewyn Davis, de los Coen, retratos demoledores sobre artistas solitarios, incomprendidos y románticos, que no encajan de ninguna de las maneras en un mundo demasiado sórdido, superficial y mercantilizado, una especie de extraterrestres en su propio entorno y existencia, seres que caminan y caminan hasta caer rendidos sin fuerzas, como aquel cowboy anónimo que cantaba Johnny Cash, y sobre todo, por todos aquellos que soñaron una vida diferente a través de sus canciones y se sintieron demasiado solos y apartados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Placer femenino, de Barbara Miller

ROMPER LAS CADENAS.

“No conocemos ninguna religión que no discrimine (…) En ninguna de ellas a la mujer se le ha reconocido su libertad individual”.

Amelia Valcárcel

Deborah Feldman es una estadounidense que creció en el seno de una comunicada judía ortodoxa, obligada a casarse, cuando nació su hijo, rompió con su familia y su religión, y huyó para ser libre y ayudar a otras mujeres oprimidas. Vithika Yadav es una india que nació en el seno del hinduismo, aunque ella pudo casarse por amor, y ahora lucha para concienciar a las mujeres, a no permitir matrimonios forzados, y a los hombres, para que respeten a las mujeres. Leyla Hussein es una somalí criada en una familia musulmana a la que practicaron ablación, ahora, su activismo le ha llevado a ser una voz contra esas prácticas salvajes que mutilan sexualmente a las mujeres. Rokudenashiko es una artista japonesa nacida en una familia sintoísta-budista, aunque ella vive en libertad y protesta con su trabajo a una sociedad que mercantiliza el cuerpo de la mujer y la juzgó por obscena por hacer expresiones artísticas sobre su vagina. Y finalmente, Doris Wagner que creció en una familia protestante-católica de Baviera, ingresó como monja, sufrió abusos sexuales por parte de su superior, y ahora, lucha contra esos abusos e insta a otras a denunciarlos.

Cinco mujeres, cinco relatos, cinco maneras de luchar contra lo establecido, cinco miradas contra la opresión, cinco mujeres contra las formas arcaicas y patriarcales de las diferentes religiones del mundo, cinco dogmas que oprimen y encadenan a las mujeres, a someterlas en pos de Dios. La directora Barbara Miller (Zurich, 1970) dirigió en el 2012 Voces prohibidas, en la que documentaba a tres mujeres que utilizaban internet para denunciar la falta de libertad de expresión en sus países. Ahora, se sumerge en estas cinco mujeres activistas, liberadas y libres que han roto con su pasado, su familia y su religión y han empezado una nueva vida, una vida en la que continúan alzando su voz contra el machismo religioso, contra aquellos que oprimen y someten a las mujeres utilizando la religión como mecanismo. La película sigue su historia, de dónde vienen y hacia adonde van, y lo hace desde su intimidad, desde lo más profundo de su ser, desde sus emociones, y documentando su cotidianidad de lucha, de protesta y de activismo libre y decidido, realizando diferentes acciones, ya sean desde su trabajo o su compromiso social por y para las mujeres, y cómo no, concienciando también a los hombres, y a los más jóvenes, creando con muchísimo esfuerzo caminos diferentes a los establecidos, mirando de formas diferentes y sobre todo, provocando acciones de respeto hacia las mujeres, hacia sus cuerpos, hacia su sexualidad.

Miller explica con honestidad y veracidad la realidad de estas cinco mujeres, registrando los innumerables muros de intransigencia y fascismo que se encuentran diariamente, y todos sus procesos de liberalización que las ha llevado a sufrir amenazas, insultos, y violencia por parte de familiares, amigos y demás afines a la religión que criticaban con dureza, aunque, esos procesos no las han amilanado, las ha hecho más fuertes, más firmes en su decisión y su actividad, dotándola de más importancia y necesidad para alimentar y liberar conciencias encadenadas en la radicalidad y los convencionalismos religiosos, sociales y culturales. La cineasta suiza no construye ningún ejercicio manierista y mucho menos panfletario del problema de la sexualidad femenina en el mundo, sino que nos habla desde la intimidad y la profundidad de estas cinco mujeres que un día dijeron basta y alzaron su voz contra la injusticia religiosa, contra los hombres malvados y contra tantas leyes religiosas patriarcales, que un día se pusieron a caminar en otra dirección, a pensar y sentir para ellas y no para los demás.

Un documento sencillo, veraz y admirable, construido desde la sencillez, desde el alma, desde estas cinco voces femeninas que se pusieron de pie, que reivindican su sexualidad, su libertad y el respeto hacia los demás, que se sigue con intensidad e interés, sin trampa ni cartón, que logra hacernos reír, conmovernos y sobre todo, concienciarnos, haciéndonos reflexionar sobre las estructuras religiosas y su funcionamiento, y cómo no, nos hace mirar a las mujeres de formas muy distintas a las establecidas, mirándolas a sus rostros, a sus cuerpos, a su sexualidad, y su liberalización, tanto como personas como mujeres, sumergiéndonos en sus reivindicaciones, en su continua lucha y en sus armas poderosas, alzados contra todos y todo, contra viento y marea, haciendo de su sexualidad y sus cuerpos una forma de lucha para igualarlos con los de los hombres, reivindicando el mismo trato, las mismas miradas, guiándonos sobre todo a una sociedad justa, solidaria y humanista. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/322816511″>#PLACER FEMENINO Trailer Subtitulado al espa&ntilde;ol</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Bur&oacute;</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Regresa El Cepa, de Víctor Matellano

CUARENTA AÑOS DESPUÉS.

“La libertad de expresión es decir aquello que la gente no quiere oír”.

George Orwell

En un instante de la película, el abogado Joaquín Ruiz Jiménez Aguilar, qué representó a la directora Pilar Miró durante el proceso, menciona una frase significativa: “El nuestro es un país con poquitos derechos”, haciendo hincapié a aquellos convulsos años setenta que España atravesó como un cuchillo afilado, observando que han cambiado las cosas, por supuesto, pero no como deberían haberlo hecho, quedándose a medias en la libertad de expresión y en otros menesteres. El director Víctor Matellano, incansable autor tanto en la dirección teatral como en la escritura de libros relacionados con el cine, debutó en el largometraje con Zarpazos! Un viaje por el Spanish Horror (2014) documental que registraba con cineastas de ahora y de antes el fantástico español, luego en películas fantásticas como Vampyres (2015) donde construía un film-homenaje de Las hijas de Drácula, de José Ramón Larranz (1974) y en Parada en el infierno (2017) una del oeste con muchos ecos al Spaghetti Western.

Ahora, vuelve a centrarse en el cine, y más concretamente en El crimen de Cuenca, de Pilar Miró, rodada en 1979, y su posterior calvario, cuando el Ejército y la Guardia Civil denunciaron la película por sus secuencias de las torturas, y la película fue secuestrada y pasó por un tremendo vía crucis hasta su estreno casi dos años después en agosto de 1981, proceso que cambió la ley del código militar para que sociedad militar y civil no fuesen cogidas de la mano y no volvieran a suceder hechos tan lamentables por los que pasó la película. La acción arranca en la actualidad con el actor Guillermo Montesinos regresando a Osa de la vega, en Cuenca, donde cuarenta años atrás se había filmado la película, haciendo alusión al momento de la película cuando “El Cepa”, su personaje, volvía al pueblo, cuando todos creían que había sido asesinado, el famoso “Caso Grimaldos” ocurrido en la zona en 1913, cuando dos campesinos fueron detenidos, salvajemente torturados y encarcelados por un crimen que nunca se cometió.

También, vemos algunas imágenes de la película, de archivo sobre el caso real y el proceso que sufrió la película, y sobre todo, escuchamos a los protagonistas de la historia, intérpretes de la película, como Héctor Alterio, José Manuel Cervino, Mercedes Sampietro, entre otros, técnicos como los guionistas Juan Antonio Porto o Lola Salvador,  Marisol Carnicero, jefa de producción, o Hans Burmann, camarógrafo, políticos que vivieron la época de primera mano como José Bono, responsables de instituciones que vivieron el caso, especialistas sobre el proceso de la película como Diego Galán o Fernando Lara, el citado abogado de Pilar Miró, vecinos que participaron como figurantes en la película, descendientes de los personajes reales, y la visión femenina actual de aquellos hechos con testimonios de Mabel Lozano, Marta Ingelmo o Gozie Blanco, incluso alguna entrevista a Pilar Miró. La película explica con agilidad y veracidad todos los hechos que ocurrieron con la película, su secuestro, el estreno en el Festival de Berlín, el apoyo recibido, el intento de golpe de estado del 23-F, cuando Pilar Miró y algunos miembros de la película, ocupaban las miradas inquisitorias de los militares sublevados, y demás acontecimientos que vivió en primera persona una película que denunciaba unas torturadas verificadas más de sesenta años atrás, aunque muchos autoridades militares vieron una relación significativa con aquellas que ocurrían en aquella España todavía franquista que caminaba a pasos lentísimos hacia la libertad.

Matellano nos envuelve en un thriller sincero y honesto, imprimiendo ritmo y verdad a todo lo que se cuenta, aportando con documentación todo el contexto político y social en la que se vio inmersa la película, indagando en la soledad y el calvario personal que vivió Pilar Miró, que dirigía su segunda película y tuvo que vivir un proceso injusto, malvado y propio de un país que todavía tenía caliente el cadáver del dictador, un país que todavía mantenía las estructuras de la dictadura y sobre todo, un país con miedo, inseguro y dormido, que a cada paso que se daba se escuchaban ruidos de sables e inquietaba a los poderes franquistas todavía en el poder. Un documento excepcional para entender de los lodos de dónde venimos, las personas y los acontecimientos históricos que tuvieron que sobrevivir tantos y tantos, aquellos que se quedaron en el camino, y los momentos actuales, donde la libertad de expresión vuelve a sufrir y vuelve a encaminarse a unas estructuras demasiado conservadoras y caciquescas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nicolás Molina

Entrevista a Nicolás Molina, director de la película «Flow», en el marco del DocsBarcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 20 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolás Molina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Violeta Medina de Varanasi Prensa y Comunicación, y al equipo del DocsBarcelona, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Louis Garrel

Entrevista a Louis Garrel, director de la película «Un hombre fiel», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Louis Garrel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Philipp Engel, por su gran labor como intérprete,  y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Sombra, de Zhang Yimou

TRONO DE SANGRE.

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada».

(Extracto de Macbeth, de William Shakespeare)

El universo cinematográfico de Zhang Yimou (Xi’an, China, 1951) arrancó en 1987 con Sorgo Rojo, que sorprendió y maravilló a propios y extraños en la Berlinale, donde se alzó con el primer premio. Luego, vinieron Ju Dou, La linterna roja, Qiu Ju o ¡Vivir!, todas ellas protagonizadas por Gong Li, ambientadas en la China rural de primeros siglo XX, donde se exploraba la situación de la mujer frente al patriarcado existente. Después de esa primer etapa que acabó en 1995 con La joya de Shanghai, el cine de Yimou se adentró a mirar a la China actual de 1997 con Keep Cool, aunque su interés por lo rural y sus problemas le devolvió a su espacio en Ni uno menos (1999). Con El camino a casa, del mismo año, protagonizada por Zhang Ziyi, con la que repetirá en varias películas, abre una nueva senda en su carrera, en la que se sumergirá en el “Wuxia”, el género de las artes marciales más popular en China y en otros países asiáticos, desarrollado en un contexto histórico, el feudalismo, con escenas de acción voladoras y muy estilizadas, melodramas intensos y románticos donde prevalecen la amistad, la lealtad y la traición. Con Hero (2002) entra por la puerta grande en el “Wuxia”, le seguirán La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006) donde volvía a trabajar con Gong Li, así como en Regreso a casa (2014) donde repasaba los estragos del comunismo en los disidentes.

En los últimos años, la filmografía de Yimou se ha dispersado atacando todo tipo de géneros como la comedia, el amor romántico o las superproducciones con vocación internacional y stars de Hollywood. Ahora, Yimou vuelve al “Wuxia”, pero desde otra perspectiva diferente a sus anteriores incursiones en el género. Primero de todo, se ha inspirado libremente en la epopeya histórica de los Tres Reinos: La épica, de Jingzhou, la que reinterpreta y reimagina el relato, en el que se inventa una lucha eterna y salvaje entre diferentes reinos en continuo estado de guerra, centrándose en uno de los reinos, el “Jang”, el desterrado, el expulsado que vive con ansías de venganza, de recuperar el trono de “Jing”, y así dominarlo todo, encabezado por un rey déspota, cruel y salvaje, que tiene menospreciado a su comandante jefe y a la esposa de éste (como quedará reflejado en la secuencia que abre la película con ese instante de la música con la cítara). Aunque, existe un misterio, el comandante que se relaciona con el rey no es el real, solo es una “sombra” (a la que alude el título) un doble en el que se oculta el verdadero comandante, enfermo y vilipendiado que se encuentra escondido en una gruta secreta en palacio, donde entrena a su “sombra” para recuperar el trono que le corresponde.

Y así están las cosas, donde todos y cada uno de los plebeyos rinden pleitesía al rey y también, conspiran en secreto para destronarlo, y así, mantener la paz con el reino rival. Yimou vuelve a contar con Zhao Xiaoding, su cinematógrafo más estrecho, para situarnos en un entorno rural, montañoso, rodeado de un río incesante y caudaloso, en un ambiente frío y húmedo, con esa lluvia fina que no dejará de caer durante toda la película, en una atmósfera de inquietante espera, donde todo puedo explotar en cualquier instante, rodeados por un entorno lúgubre y muy oscuro, con esas grandes telas que adornan el palacio, pintadas con lavado de tinta, en blanco y negro, como los ropajes holgados que llevan los personajes, con motivos iguales que las telas mencionadas, con ese aroma apagado y muy oscuro como el alma de los personajes,  o esas armaduras recias y negras, con máscaras monstruosas, dando una idea precisa y profunda del talante de la película, de aquello que nos cuentan, de aquel que se oculta en otro, de la verdadera dimensión psicológica de los personajes, que en realidad muestran un rostro que no es el que sienten, el que los demás ven, porque el real, se muestra oculto, en la oscuridad, esperando su momento, esperando su oportunidad.

Yimou se mira en el espejo del universo de Shakespeare y Kurosawa, para mostrar un mundo pérfido, un reino descompuesto, trágico y lleno de juegos de poder político, donde todo es irreal, donde las luchas se eternizan, donde hay tantos grupos irreconciliables, donde todos sobreviven en un estado de permanente disputa, donde los problemas se amontonan y las soluciones crean más conflictos, donde la ambición es bestial y sangrienta, en que la tragedia llega de manera inevitable, donde nadie ni nada puede huir del fatalismo inherente que les ha condenado en su maldita sed de poder, en su ambición sin límites, en su maldad eterna. Y qué decir, de las magníficas secuencias de acción, detalladas y estudiadas al milímetro, en las que mezclan lo humano con la épica, eso sí, una épica diferente a la esperada, sin romanticismo ni antorchas, sino con humo negro y mucha sangre, que brota de manera veloz, esas fuentes sanguinolentas que impregnan los planos sombríos, como ocurría en las obras de Kurosawa, marcando con premura y muerte cada rincón del espacio.

Las estupendas secuencias simultámeas que van intercalando con minuciosidad y espectaculidad formalista y plasticidad de los diferentes momentos de la guerra final, con el clásico duelo a muerte en una tarima de madera construida entre las montañas que separan el río, con el símbolo del bien y el mal dibujado, uno con una lanza ancestral y otro con un paraguas de hierro que se abre y se cierra según convenga, los mismos paraguas que sirven para la entrada del ejército en el pueblo deslizándose como una exhalación. Secuencias donde la grandiosa belleza plástica propia del universo de Yimou, se mezcla con los duelos a muerte entre unos y otros, sin ningún respiro, donde todo se sucede a un ritmo vertiginoso, en que la belleza se mezcla con el horror de la muerte. Yimou ha conseguido anudar con clase y maestría la belleza de su cine tradicional, aquel que miraba con detalle los problemas humanos con el cine de acción, con esas batallas donde todos los personajes se citarán con la muerte, con su destino, con ellos mismos, en una película muy entretenida, medieval, profunda y humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un hombre fiel, de Louis Garrel

LAS CUESTIONES DEL AMOR.

“El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón.”

Voltaire.

La película se abre de manera trágica y horrible para el personaje de Abel, porque Marianne, la mujer con la que convive, le confiesa que se ha enamorado de Paul, su mejor amigo y además, está embarazada de él. Aunque, el relato no continúa con la vida a partir de ahí de Abel o Marianne, sino que se traslada a ocho años después, donde, después de la muerte de Paul, Marianne y Abel se vuelven a encontrar y sienten que todavía se aman y vuelven a vivir juntos, junto a Joseph, el hijo de Marianne y Paul. Aunque hay, no acaba la cosa, Eva, la hermana pequeña de Paul, secretamente enamorada de Abel desde que tiene uso de razón, entra en escena con la firme intención de enamorar a Abel. En el debut como director de largometrajes del afamado actor Louis Garrel (París, 1983)  Les deus amis  (2015) se centraba en la tesitura de un joven actor, el propio Garrel, enamoradísimo de una joven atractiva (Golshiften Farahani) que algo oculto le obligaba a rechazar la propuesta, y era entonces, cuando Garrel le pedía ayuda a su mejor amigo (Vincent Macaigne). Unos personajes que expresan sus sentimientos a flor de piel, lanzados a la aventura de amar y ser amados, de una manera febril, alocada y sin pensar en las consecuencias.

Ahora, Garrel con la ayuda en el guión del gran Jean-Claude Carrière (Colombières-sur-orb, Francia, 1931) cambia de tercio y se sumerge en una historia completamente diferente, si bien vuelve a hablarnos de amor, ahora, lo hace desde una perspectiva diferente, podríamos decir más madura y más próxima a la realidad cotidiana, porque ahora sus personajes no expresan sus sentimientos, se los guardan a sí mismos, y sobre todo, a los demás, y encima, son individuos inseguros en el amor, porque dudan y dudan sobre lo que sienten, llevándoles a situaciones complejas, extrañas, cómicas y en ocasiones, ridículas. Garrel ahonda más en este misterio de idas y venidas en el amor, añadiendo una intriga propia del cine negro, ya que las fantasías o no de Joseph, el hijo de Marianne, un pequeño tirano, que en algunos instantes recuerda a Damien, el niño de La profecía,  que juega al engaño o no con Abel, haciéndole creer situaciones malvadas, con la firme intención de echarle de la vida de su madre.

El cineasta francés acorta su película, ya en sus 75 minutos escasos de metraje, como con su trío protagonista, en el que sentiremos que las dos mujeres juegan y manipulan al personaje de Abel, o quizás es al revés, que él las hace creer que se está dejando manipular, Garrel juega a estos equívocos, a estos laberintos sentimentales de ahora sí, y ahora no, en un retrato contemporáneo, reflexivo y muy lúcido sobre la naturaleza de nuestros sentimientos, tan frágiles, vulnerables y efímeros, en un mundo demasiado rápido, donde hay infinidad de cosas por hacer, y quizás, lo más importante, aquello que nos hace latir más fuerte y veloz el corazón, es lo que menos importante le damos, pensando que ya lo arreglaremos o saldremos del entuerto mucho mejor de lo que imaginamos, creyéndonos y haciendo creer a los demás que todo va bien, que sabemos lo que queremos, yendo por el camino correcto, aunque, en el fondo sabemos que estamos muy perdidos y volvemos constantemente a empezar un nuevo camino porque nos asaltan las dudas, las contradicciones y aquellos sentimientos que creíamos tan fuertes, acaban desvaneciéndose como un pluma ligera.

Un trío de intérpretes seguros y firmes en sus composiciones empezando por el aplomo y la seriedad de Laetitia Casta, mujer moderna, gran profesional, y madre enérgica, con la compañía de ese amor del pasado encarnado por Louis Garrel, quizás el personaje más inmaduro en esto del amor, con esa melancolía propia de los que nunca dejan de amar, como le ocurrirá en su reencuentro con Marianne, donde no hay reproches ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, amor sincero, amor de verdad, y finalmente, Lily-Rose Depp, la veinteañera que ama con valentía, como una exhalación, como un torrente sin control, como un viento fuerte que arrasa con todo, quizás demasiado, sin mesura, como esos amores de novela decimonónica, de aquellas heroínas rotas de dolor, del amor romántico que daña y sobre todo, un amor también demasiado voluble, con demasiada prisa, aunque eso sí, los tres aman, eso lo tienen claro, pero con muchísimas dudas, con demasiados impedimentos emocionales, envueltos en un laberinto de idas y venidas, de sentirse perdidos, a la deriva, agobiados y sobre todo, atados a sentimientos que en ocasiones les abruman, les hacen sentir mal y dados a las estupideces, a las inseguridades que atormentan y tantos besos que se dan arrepentidos o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hospitalarios, las manos de la Virgen, de Jesús García Colomer

CURAR EL ALMA.

“Use siempre hacer muchos actos de amor, porque encienden y enternecen el alma.”

Teresa de Jesús

Desde que en 1858, la niña Bernadette Soubirous afirmó haber presenciado 18 apariciones de la Virgen en la gruta de Massabielle, a orillas del río Gave de Pau, en las afueras de la población de Lourdes, la pequeña localidad del sur de Francia, de apenas 15000 habitantes, se ha convertido en lugar de peregrinación para muchos enfermos, religiosos y curiosos de todo el mundo. Desde España se llevan a cabo anualmente peregrinaciones en las que enfermos y ancianos, acompañados de voluntarios/as que los acompañan unos cuantos días, para mostrar sus respetos y devoción a la Virgen de Lourdes. Esta película es un documento excepcional que pone rostros y cuerpos a todas esas personas que participan en la peregrinación, desde la más absoluta de las intimidades, mostrando a la cámara sus deseos e ilusiones, así como sus frustraciones y sus problemas, hablando de todo aquello que les da la peregrinación y todo lo que les enseña, un camino vital para llenar el alma, para agradecerla y sobre todo, una ilusión para seguir remando en la vida, a pesar de sus males y dolor.

Después de varios libros dedicados al aspecto religioso y social, el periodista Jesús García Colomer (Madrid, 1977) debuta en el largometraje con un documento sobre el aspecto humano de Lourdes, y todo lo que eso conlleva. El relato huye de la épica y la espectacularidad del lugar, y de su gran belleza,  para centrarse en lo humano, en todas esas personas que van a la peregrinación, en todos esos rostros de enfermos y ancianos ilusionados y llenos de energía radiantes de emoción cuando rozan con sus manos temblorosas y doloridas la piedra oscura de la famosa gruta de Lourdes, lugar donde se apareció la Virgen, sumergiéndonos en el alma de estas personas con discapacidad o problemas de salud de todo tipo, que los han hacinado a sus sillas de ruedas y la atención y cuidado de los otros, y luego, están los otros, todos esos voluntarios/as, mujeres en su mayoría, ataviadas como las enfermeras de antaño, que miran, cuidan y protegen a los enfermos en su encuentro con Lourdes, hablándonos con sinceridad y desde lo más profundo del alma, todo aquello que no se puede ni contar ni tocar, todo lo que les da la peregrinación a Lourdes.

García Colomer condensa en 84 minutos todas esas pequeñas historias, todas esas lecciones de vida, todo lo que dan los enfermos, su vitalidad y su energía, y todo aquello que reciben los acompañantes, que durante esos días en Lourdes, dejan sus quehaceres cotidianos para centrarse en los otros, en los más necesitados, en cuidar a los otros, y que estos los cuiden a ellos, en compartir todo aquello que les bulle en el alma, todo aquello que anida en su interior, todo aquello que no hay palabras para explicar todo lo que se siente. El director madrileño hace un documental al uso, sin estridencias ni nada por el estilo, austero y conciso, porque lo que importa es su contenido, más que su forma, que una voz en off nos da la bienvenida, la misma que nos despedirá, para ponernos en antecedentes sobre la historia e historias de la peregrinación y todo lo que conlleva de un modo estructural y de compartir.

También escucharemos a los protagonistas con entrevistas a sacerdotes, enfermos, ancianos y sus acompañantes con los momentos en Lourdes que comparten con los enfermos, mirando al pasado, a los comienzos difíciles de las peregrinaciones cuando el trayecto se realizaba en tren y demás. Hospitalarios, las manos de la Virgen es una película con gran ritmo y emotiva, sin caer en el sentimentalismo ni nada por el estilo, sino mirando a los ojos, a sus miradas, tantos de unos como de otros, con sinceridad y aplomo a todas las personas que participan en las peregrinaciones, si bien hay los momentos religiosos donde se nos habla de fe, de la Virgen y el amor a través de la religión que los creyentes procesan, pero que en absoluto aburren a los no creyentes, y mucho menos desmerecen el contenido de la película.

García Colomer nos habla de amor a los demás, de mirarnos más, o solo mirarnos, dedicar más tiempo a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, a salirnos de nuestras vidas unos instantes para sentir el amor al prójimo, sin más, compartiendo sus vidas, sus miradas, sus reflexiones, aprender a sentir desde lo más profundo, curar y curarnos, dejar las barreras prejuiciosas y demás problemas baladís, y empezar a caminar de nuevo, a sentir de nuevo, a escuchar de nuevo, a acompañar y acompañarnos, dejándonos llevar sin más, compartiendo lo más preciado que tenemos en nuestras vidas, el tiempo, y no solo para nuestras cosas, sino dedicándolo a los demás, a aquellos que más lo necesitan, ser las manos y las piernas y la ayuda necesaria que ellos por sí mismos no pueden, sentir que cada instante es único, es maravilloso y sobre todo, sentir que vivir es una ilusión, nada más que eso, y para ello necesitamos tener el alma en paz, en tranquilidad y en armonía con nuestro ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dogville, un poble qualsevol, de Lars Von Trier/Sílvia Munt. Teatre Lliure.

LA INOCENCIA VIOLADA.

«El mal no es nunca ‘radical’, solo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical.»

«Eichmann en Jerusalén» (24 de julio de 1963, carta a Gershom Scholem), en Una revisión de la historia judía y otros ensayos.

Si digo que no tenía muchísimas ganas de ver la adaptación al teatro de Dogville, de Lars Von Trier, una película que me impresionó en su estreno, y volvía a recuperar en la Filmoteca el martes pasado, faltaría a la verdad. Así que, el sábado pasado me acerqué al Teatre Lliure de Montjuïc a verla. La cosa de entrada pintaba muy bien, la adaptación está firmada por Pau Miró (Barcelona, 1974) dramaturgo y director que ha llevado a las tablas obras tan significativas como Víctoria, en el TNC hace unas tres temporadas, y también, Sílvia Munt (Barcelona, 1957) reputada actriz que hace años se ha pasado a la dirección cinematográfica y teatral, de ella he visto obras tan estupendas como Una comedia española, de Reza, El precio, de Miller o La respuesta, de Friel. Además, el Lliure siempre es un gran aliciente por la calidad de sus producciones, y si añadimos un buen reparto encabezado por Bruna Cusí, David Verdaguer, Lluís Marco, Andrés Herrera, entre otros, la invitación a ir a verla era casi un mandato.

El relato empieza como la película, una chica entra como un resorte en un bar de pueblo, donde sucederá toda la acción, eso sí, en dos espacios, el bar propiamente dicho, con su puerta a la calle, y el almacenillo, donde se acumulan las cajas de repuesto, y unas escaleras que dan a un altillo donde duerme Virgínia en un colchón. Virgínia que así se llama la huida, encuentra a Max, un joven eterno aspirante a escritor y aires de filósofo de manual, pronto la cobijan con la ayuda de Glòria, la dueña del local, y persuaden al padre de la chica que la busca. Dos semanas le dan de prueba a Virgínia para convencer a los 10 habitantes de este pueblo perdido entre montañas y olvidado por todos, Un poble qualsevol (Un pueblo cualquiera) como reza su subtitulo, y todo parece ir por buen camino, con las explicaciones humanistas de Max y el pueblo la acoge, y sin quererlo, Virgínia se torna imprescindible en ayudarles en actividades que antes hacían sus habitantes sin necesitar ayuda, como el amor que florece entre ella y Max. Aunque, lo que parecía bondad y buenos alimentos, se vuelve diferente, como un mal aire, un presagio tempestivo se adueña de la relación de la joven con sus habitantes, y las nubes negras acechan hasta el punto de convertirse en una amenaza, en algo que abusar y encerrar.

A partir de pequeños detalles como una noticia falsa del diario que acusa a Virgínia de ladrona, una torta propinada accidentalmente al niño, o la generosa compensación que el padre alimenta a los que conozcan su paradero, convierten a la joven en objetivo oscuro para aquellos que tienen el poder sobre ella, amenazándola y convirtiéndola en un cervatillo hambriento y solo. El trabajo de Munt y Miró con la adaptación es magnífico y concreto, dejando en 95 minutos los 178 que tenía la película, que era más narrativa y pausada. Ahora, asistimos a un thriller oscuro y trepidante de gran ritmo, con el añadido del vídeo, casi imprescindible en muchas obras, donde vemos esos instantes que describen la vida exterior del pueblo, donde el relato adquiere esa profundidad necesaria y envolvente que pide la obra. El pueblo ya no está situado en los EE.UU. de la Gran Depresión, sino en un pueblo cualquiera de la Cataluña profunda actual, lo que no ha cambiado la actitud amargada e infeliz de sus habitantes, todos llenos de aristas y vacíos emocionales, todos sin rumbo ni vida.

La Grace de Von Trier no era tan inocente e ingenua como lo es la Virgínia de la obra, una joven de infancia difícil y solitaria, que encuentra en este Dogville, un poble qualsevol, una mano amiga, una mirada cálida y un espacio donde poder vivir en tranquilidad, solo aparentemente, porque con el tiempo verá que no, verá que ni Max, su único valedor, le dará la espalda, y todo por miedo, porque el miedo, arma mortífera de los malvados y de una sociedad demasiado frágil en todos los sentidos, el miedo de Virgínia que huye de un padre malvado, el miedo de Max frente a sus sentimientos y frente a los demás vecinos del pueblo, incluido su padre, el doctor retirado, y el miedo, o la excusa que manifiestan los habitantes del pueblo, que lo utilizan, tenga o no algo de verdad, como arma arrojadiza a la indefensa y necesitada Virginía. Cuando el texto tiene alma y fuerza, tiene que haber un reparto bien conseguido para que los intérpretes saquen el mayor partido al texto, y Dogville, un poble qualsevol, lo tiene.

El gran acierto que Bruna Cusí sea la Virgínia atemorizada y huida, con su cuerpo menudo, pero con esa fantástica dicción y sobre todo, la mirada de Cusí, sobria, asustada y con esa vida de a retales, a bandazos, que nos transmite el caleidoscopio de emociones que siente su personaje, como esas miradas brutales al espejo del almacenillo, cuando la vida en el pueblo se vuelve negra y oscura como la noche, y su vida corre peligro, esté donde esté, bien acompañada por David Verdaguer como Max, el chico de buenas intenciones, que acaba fracasando en no saberse situarse, en decir su vida, en llevar las riendas de su existencia, un pusilánime perdido y tan encerrado como Virgínia, y el resto del pueblo, bondadosos y cuervos por igual, según les convenga, Albert Pérez, el padre de Max, demasiado recto y racional, casi como un calco del hijo años después, Anna Güell, estupenda como dueña del bar, jovial y cercana, Andrés Herrera, el transportista con piel de cordero, Josep Julien, el amargado y malcarado que tira su vida en su huerto, su mujer Áurea Márquez, sombra del marido, y de ella misma, y madre de un niño idiota, y Alba Ribas, la jovencita que se hace amiga de Virgínia pero solo lo parece, en el fondo, como todos, espera algo a cambio, porque creen exponer su pellejo teniendo a Virgínia entre los suyos, y pedirán hasta reventar, creyéndose con la verdad y sobre todo, con la bondad por encima de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA