Dogville, un poble qualsevol, de Lars Von Trier/Sílvia Munt. Teatre Lliure.

LA INOCENCIA VIOLADA.

“El mal no es nunca ‘radical’, solo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical.”

“Eichmann en Jerusalén” (24 de julio de 1963, carta a Gershom Scholem), en Una revisión de la historia judía y otros ensayos.

Si digo que no tenía muchísimas ganas de ver la adaptación al teatro de Dogville, de Lars Von Trier, una película que me impresionó en su estreno, y volvía a recuperar en la Filmoteca el martes pasado, faltaría a la verdad. Así que, el sábado pasado me acerqué al Teatre Lliure de Montjuïc a verla. La cosa de entrada pintaba muy bien, la adaptación está firmada por Pau Miró (Barcelona, 1974) dramaturgo y director que ha llevado a las tablas obras tan significativas como Víctoria, en el TNC hace unas tres temporadas, y también, Sílvia Munt (Barcelona, 1957) reputada actriz que hace años se ha pasado a la dirección cinematográfica y teatral, de ella he visto obras tan estupendas como Una comedia española, de Reza, El precio, de Miller o La respuesta, de Friel. Además, el Lliure siempre es un gran aliciente por la calidad de sus producciones, y si añadimos un buen reparto encabezado por Bruna Cusí, David Verdaguer, Lluís Marco, Andrés Herrera, entre otros, la invitación a ir a verla era casi un mandato.

El relato empieza como la película, una chica entra como un resorte en un bar de pueblo, donde sucederá toda la acción, eso sí, en dos espacios, el bar propiamente dicho, con su puerta a la calle, y el almacenillo, donde se acumulan las cajas de repuesto, y unas escaleras que dan a un altillo donde duerme Virgínia en un colchón. Virgínia que así se llama la huida, encuentra a Max, un joven eterno aspirante a escritor y aires de filósofo de manual, pronto la cobijan con la ayuda de Glòria, la dueña del local, y persuaden al padre de la chica que la busca. Dos semanas le dan de prueba a Virgínia para convencer a los 10 habitantes de este pueblo perdido entre montañas y olvidado por todos, Un poble qualsevol (Un pueblo cualquiera) como reza su subtitulo, y todo parece ir por buen camino, con las explicaciones humanistas de Max y el pueblo la acoge, y sin quererlo, Virgínia se torna imprescindible en ayudarles en actividades que antes hacían sus habitantes sin necesitar ayuda, como el amor que florece entre ella y Max. Aunque, lo que parecía bondad y buenos alimentos, se vuelve diferente, como un mal aire, un presagio tempestivo se adueña de la relación de la joven con sus habitantes, y las nubes negras acechan hasta el punto de convertirse en una amenaza, en algo que abusar y encerrar.

A partir de pequeños detalles como una noticia falsa del diario que acusa a Virgínia de ladrona, una torta propinada accidentalmente al niño, o la generosa compensación que el padre alimenta a los que conozcan su paradero, convierten a la joven en objetivo oscuro para aquellos que tienen el poder sobre ella, amenazándola y convirtiéndola en un cervatillo hambriento y solo. El trabajo de Munt y Miró con la adaptación es magnífico y concreto, dejando en 95 minutos los 178 que tenía la película, que era más narrativa y pausada. Ahora, asistimos a un thriller oscuro y trepidante de gran ritmo, con el añadido del vídeo, casi imprescindible en muchas obras, donde vemos esos instantes que describen la vida exterior del pueblo, donde el relato adquiere esa profundidad necesaria y envolvente que pide la obra. El pueblo ya no está situado en los EE.UU. de la Gran Depresión, sino en un pueblo cualquiera de la Cataluña profunda actual, lo que no ha cambiado la actitud amargada e infeliz de sus habitantes, todos llenos de aristas y vacíos emocionales, todos sin rumbo ni vida.

La Grace de Von Trier no era tan inocente e ingenua como lo es la Virgínia de la obra, una joven de infancia difícil y solitaria, que encuentra en este Dogville, un poble qualsevol, una mano amiga, una mirada cálida y un espacio donde poder vivir en tranquilidad, solo aparentemente, porque con el tiempo verá que no, verá que ni Max, su único valedor, le dará la espalda, y todo por miedo, porque el miedo, arma mortífera de los malvados y de una sociedad demasiado frágil en todos los sentidos, el miedo de Virgínia que huye de un padre malvado, el miedo de Max frente a sus sentimientos y frente a los demás vecinos del pueblo, incluido su padre, el doctor retirado, y el miedo, o la excusa que manifiestan los habitantes del pueblo, que lo utilizan, tenga o no algo de verdad, como arma arrojadiza a la indefensa y necesitada Virginía. Cuando el texto tiene alma y fuerza, tiene que haber un reparto bien conseguido para que los intérpretes saquen el mayor partido al texto, y Dogville, un poble qualsevol, lo tiene.

El gran acierto que Bruna Cusí sea la Virgínia atemorizada y huida, con su cuerpo menudo, pero con esa fantástica dicción y sobre todo, la mirada de Cusí, sobria, asustada y con esa vida de a retales, a bandazos, que nos transmite el caleidoscopio de emociones que siente su personaje, como esas miradas brutales al espejo del almacenillo, cuando la vida en el pueblo se vuelve negra y oscura como la noche, y su vida corre peligro, esté donde esté, bien acompañada por David Verdaguer como Max, el chico de buenas intenciones, que acaba fracasando en no saberse situarse, en decir su vida, en llevar las riendas de su existencia, un pusilánime perdido y tan encerrado como Virgínia, y el resto del pueblo, bondadosos y cuervos por igual, según les convenga, Albert Pérez, el padre de Max, demasiado recto y racional, casi como un calco del hijo años después, Anna Güell, estupenda como dueña del bar, jovial y cercana, Andrés Herrera, el transportista con piel de cordero, Josep Julien, el amargado y malcarado que tira su vida en su huerto, su mujer Áurea Márquez, sombra del marido, y de ella misma, y madre de un niño idiota, y Alba Ribas, la jovencita que se hace amiga de Virgínia pero solo lo parece, en el fondo, como todos, espera algo a cambio, porque creen exponer su pellejo teniendo a Virgínia entre los suyos, y pedirán hasta reventar, creyéndose con la verdad y sobre todo, con la bondad por encima de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Born, de Claudio Zulian

homeEl fin de una época

Nos encontramos en Barcelona, en el desaparecido barrio del Bornet, a principios del S. XVIII, en el que seremos testigos de la intrahistoria, de las vidas y circunstancias de tres personajes envueltos en un marco histórico muy significativo: Bonaventura Alberini, calderero que debido a sus deudas de juego se ve tristemente desahuciado, su hermana Mariana, joven viuda desheredada por su difunto esposo que tiene que entregar a su hijo y ponerse a ganarse el pan en una taberna, y finalmente, Vicenç, un comerciante burgués codicioso y sin escrúpulos que se verá involucrado de manera siniestra en la vida de los hermanos. Después de  su primer trabajo, A través del Carmel (2009), -documento rodado en plano secuencia donde radiografiaba la vida cotidiana del barrio a través de sus habitantes y lugares-, Claudio Zulian se enfrenta a una reconstrucción histórica, marcada por una forma rigurosa y muy estilizada, que atrapa y sumerge al espectador en un relato sobre desahucios, bajas pasiones, vilezas y demás situaciones donde los humanos se aprovechan de la desgracia ajena de manera cruel y despiadada. Una mirada sincera y honesta que nos remite directamente a un presente en que las cosas parecen que han cambiado para seguir igual. Un guión férreamente construido y muy bien aprovechado, basado en hechos reales (libremente inspirado en el libro La ciutat del Born, del historiador Albert García Puche), que sitúa su arranque en los albores de 1700, a través de tres segmentos o capítulos dedicados a cada uno de los tres personajes en cuestión, que culminará 14 años después con la Guerra de Sucesión, en la que combaten las tropas de Felipe V (Borbón) que defienden Barcelona contra el asedio del ejército de Carlos III (Casa de Austria). Zulian maneja el tiempo de manera brillante, adaptando cada secuencia a la historia que se nos está contando, cumpliendo de manera eficaz el ritmo y la acción que se pide en cada situación, donde los planos fijos de larga duración, el fuera de campo, el tratamiento del sonido -escuchamos un continuo bullicio callejero-, los extensos diálogos y la ausencia de música -sólo recurre a la diegética- sazonan un conjunto que se apoya en una delicada mirada hacía los detalles más íntimos que esclarecen los deseos y frustraciones de unos individuos asfixiados y sin futuro. Un proceso heredado de los grandes cineastas, en el que la acción es una mera excusa para conocer a unos personajes que se debaten entre su complejidad emocional y existencial. La estructura de las películas que filmó para televisión Rossellini fucionarían como el espejo donde mirarse, así como en la inacción de las películas de Bresson, sin olvidarnos de Barry Lindon (1975), donde Kubrick narraba de manera excelsa la figura de un trepa odioso que sería un pariente cercano del personaje de Vicenç. Una película que funciona de manera obsesiva en su forma y fondo, donde una no existe ni funciona sin la otra. El tridente de actores -Marc Martínez, Vicky Luengo y Josep Julien, sin dejar de lado, la maravillosa presencia de Mercè Arànega como alcahueta y señora entregada a la buena vida y sus placeres-, se mezcla y funde con el paisaje urbano y emocional que desgrana todo el relato, una ciudad en crisis, mugrienta, sucia, moribunda y brutal, donde la vida se hace muy dura y en la que a veces la única escapatoria es venderse al mejor postor, aunque sea a riesgo de perder la dignidad y la identidad.  Mención aparte tiene la luz de la película, firmada por el excelente cinematógrafo Jimmy Gimferrer -como reivindicaban el desparecido Néstor Almendros o Vittorio Storaro, y otros, en identificar de esa manera su figura en las películas que trabajaban-. Una luz tenue, naturalista y velada, (en la que su fuente de inspiración podríamos encontrarla en el trabajo de John Alcott para Barry Lindon), que ilustra a través de los contrastes de luz y sombras, los elementos que recorren magníficamente toda la película emocionando y sobrecogiendo en algunos momentos. Una luz donde Gimferrer está creando cimientos y abriendo nuevas vías a la hora de afrontar el reto de reconstruir una época histórica concreta. Un camino que ya empezó en Història de la meva mort (2013), de Albert Serra, continúo con Stella Cadente (2014), de Lluís Miñarro, y ahora hace lo mismo con Born. No puedo acabar esta crítica sin hacer referencia al plano final de la película, un maravilloso cierre para un relato que de manera sencilla y  exquisita propone un viaje hacía un momento histórico que, ante lo que pudiera parecer, sigue latiendo con fuerza en cada uno de nosotros.