La diosa fortuna, de Ferzan Ozpetek

LA DEFINICIÓN DEL AMOR.  

“La Diosa Fortuna tiene un secreto, un truco mágico. ¿Cómo haces para que la persona a la que quieres se quede contigo para siempre? Tienes que mirarla fijamente, robar su imagen y cerrar fuerte los ojos. De esta forma va directa a tu corazón y desde ese momento, siempre permanecerá contigo”.

Arturo y Alessandro son el sol y la luna, el agua y el aceite, pero llevan 15 años juntos. Arturo se gana la vida como traductor y sueña con ser escritor, un sueño que se alarga demasiado. Es un obsesivo del orden y lleva la casa. En cambio, Alessandro es fontanero, rudo y directo, desordenado y todo lo contrario a Arturo. La pareja lleva un tiempo distanciada, el sexo y la pasión han desaparecido y se plantean dejarlo. Pero, su suerte cambia, cuando Annamaria, una amiga de la pareja, se planta en su casa, y les pide que cuiden de sus dos hijos pequeños, Martina y Sandro, mientras ella se hace unas pruebas médicas. Toda su situación deja de ser importante, y se convierten en “padres” por unos días o más.

El universo de Ferzan Ozpetek (Estambul, Turquía, 1959), está lleno de personas que aman, amores de toda índole, estructuras y texturas. Sus películas describen los comienzos del amor o cuando estalla la pasión, donde un grupo de personas se ven envueltos en relatos sobre las emociones, donde prevalecen nuestras contradicciones, miedos e inseguridades. Muchos recordarán su opera prima, Hamam: el baño turco (1997), El hada ignorante (2001), La ventana de enfrente (2003), No basta una vida (2007), o Tengo algo que deciros (2010), entre otras. De la mano de su guionista predilecto, Gianni Romoli, Ozpetek nos sitúa en una relación a punto de romperse, o mejor dicho, una relación a la que solo se falta ponerle una fecha para finiquitarla. Pero, a veces, cuando todo parece acabarse, la suerte o el destino llega a nuestra existencia para ponerlo todo patas arriba, la llamada “Diosa de la fortuna”, que hace referencia el título, y replantearnos muchas verdades o mentiras que creíamos a pies juntillas, reflexión que provocan la llegada de los hijos de Annamaria, que se convierten, por unos días, en los hijos de Arturo y Alessandro, y sin proponérselo, deberán lidiar con la nueva situación.

El director turco, que lleva desde 1976 viviendo en Roma, parte de una situación real, para construir un relato naturalista y cercano, donde nos habla de redefinir el amor, y también, la paternidad, y lo hace de una manera sencilla y directa, sin sentimentalismos ni vericuetos argumentales, todo se cuenta de forma honesta y sensible, manejando el ritmo y el tempo cinematográfico con astucia y sinceridad, mostrando una diversidad de tono y marco en el que se desarrolla la película, en la que vamos de la risa al llanto en la misma secuencia, como el espectacular arranque, con la boda de los amigos (unos amigos que serán parte de esta historia, con esas secuencias corales llenas de vida, comicidad y fraternales), recorriendo las miradas, gestos y testimonios de cada invitado, para finalmente, llegar a los protagonistas, y darnos cuenta de todo lo que ocurre, cuando el silencio y la tensión se apodera de ellos. O ese otro instante mágico de los protagonistas junto a los niños, en el santuario de Fortuna Primigenia, donde trabaja Annamaria, en el recinto sagrado dedicado a la Diosa Fortuna en la ciudad de Palestrina, donde la pareja es invadida por recuerdos que quizás no esperaban recordar, donde memoria e historia se cruzan en la realidad que viven los protagonistas.

Ozpetek nos habla de fragilidad, de corazones frágiles, de emociones, de inseguridad, de sentimientos que no sabemos interpretar, de gestionar nuestras emociones cuando todo es incierto, de esa montaña rusa, a velocidad de crucero, de la dificultad de amar y desamar, de no escuchar tanto a nuestra cabeza y dejar libre a lo que sentimos, de tomar decisiones, de aceptarnos y aceptar la vida con sus alegrías y tristezas, o ese tiempo que parece que no pasa nada y en realidad pasa mucho. Stefano Accorsi, un intérprete que ha trabajado en varias ocasiones con Ozpetek, vuelve a su universo para encarnar a Arturo, Edoardo Leo es Alessandro, al que hemos visto en películas de Monicelli y Moretti, y Jasmine Trinca es Annamaria, un torbellino de vida, alocada e impetuosa, una actriz que vimos con los Taviani o Moretti. En su decimotercer trabajo, Ozpetek habla de la vida, del amor, de la buena fortuna, y de también, que hacemos con las cosas que ocurren, con esos contratiempos y estallidos que vienen sin avisar, como gestionamos lo inesperado, que hacemos con aquello que no habíamos pensado, ni siquiera imaginado, si somos capaces de amoldarnos a los accidentes de la vida, que vienen para enseñarnos alguna cosa o simplemente, vienen porque los estábamos pidiendo, aunque no de una manera consciente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Drogas, de Natxo Leuza

EL DROGAS FRENTE A ENRIQUE.

“Hay quien piensa que si vas muy lejos, no podrás volver donde están los demás”.

 Frank Zappa

La película se abre con Enrique Villarreal “El Drogas” (Pamplona, 1959), en la actualidad, acostado en la cama y con la mirada pensativa. Se levanta y sale de la habitación. Una secuencia reveladora de la historia del músico, en una especie de resurrección anímica, en una existencia plagada de grandes éxitos en el mundo del rock, y también, grandes fracasos, como su despido de Barricada, sus relaciones con las drogas, o el Alzheimer de su madre. La cinta de Natxo Leuza, paisano y “colega” del músico, con más de 15 años dedicado al documental como realizador, guionista y montador, dirige su opera prima, repasando la trayectoria de “El Drogas”, a modo de enfrentamiento a sí mismo, a tumba abierta, donde conocemos al hombre que hay detrás de la rockstar, al niño que creció en el barrio obrero de Txantrea, en Pamplona, que vivió las huelgas y oposiciones al régimen franquista, y aquellos años durísimos de la transición, y los primeros ochenta, con la puta mili, sus comienzos en la música, sus colegas de viaje como Mikel Astrain, que fallecido prematuramente, o Boni Hernández, que formaron el exitoso Barricada, y los años de éxitos que alcanzaron casi tres décadas, y luego el ocaso, sus problemas con las drogas, su salida del grupo, su depresión, y su vuelta de los infiernos, iniciando nuevas etapas donde vuelve a tocar hasta la actualidad.

La película también muestra el otro lado, en el que conoceremos y escucharemos a sus compañeros de viaje como Mamen, “Su socia”, la mujer de su vida y madre de sus dos hijos, hablándonos de sus momentos buenos y malos, de sus hijos, de su hermana o cuñada, y de otros músicos, amigos del alma, como Rosendo, Kutxi Romero, Fito Cabrales, Carlos Tarque, Gorka Urbizu, Marino Goñi. Todos recorren la experiencia vital y profesional de Enrique, de “El Drogas”, y de todos los rostros y caminos que ha emprendido el músico, tanto a nivel personal como profesional. Enrique nos habla sin tapujos, face to face, a las bravas, sin dejarse nada de nada, en un documento que está más encaminado al psicoanálisis personal, donde repasa su viaje, lo vivido, su identidad, su trayectoria, sobre todo, aquella que empezaba cuando se apagaban los focos, se encendían las luces y el público entregado volvía a casa.

Una película honesta e íntima, de un tipo de barrio, alguien que debido a un problema en el nervio óptico, debe caminar torcido para ver lo que hay al otro lado, de alguien que si camina recto, ve el mundo torcido, de alguien que creció en la lucha y la resistencia política, bregando ante la injusticia y los opresores, de quién cabalgó junto al diablo, de un músico que vivía por y para la música, de alguien muy comprometido socialmente, que despachó las primeras canciones feministas en aquellos ochenta, donde todo estaba por hacerse, que lanzó discos sobre la memoria histórica cuando más falta hacían, que se enroló en mil y una aventuras para seguir componiendo y tocando su música, y la de otros. También veremos a ese padre de familia que, debido a sus compromisos profesionales, ejerció muy poco, del amor, del amante y esposo de Mamen, del que cuida a su madre enferma, del que sigue en la brecha a pesar de sus 61 tacos, renovándose continuamente, tocando todos los palos que le gustan, y siguiendo en el camino, y sobre todo, saltando como las piedras lanzadas al agua.

Una película vital, emocionante y sensible, llena de momentos muy íntimos, reveladores, donde Enrique nos muestra su sensibilidad y humanidad, mostrando su cotidianidad, los suyos, su “gentuza”, sin dejarse nada fuera, sus caídas al infierno, que algunas hubo, su continuo resurgir de las cenizas, reinventándose siempre, rememorando a aquellos que cayeron, a los que se fueron por cuenta propia, y con los años, volvieron a reconciliarse, a todas esas sombras que caminan con nosotros, acompañándonos por la trayectoria de la vida y nuestras circunstancias. Enrique se muestra desnudo en todos los sentidos, a alguien movido por la pasión, por la música, por la creación, por la innata curiosidad de seguir en este camino, donde hay alegrías y también, tristezas, esos momentos que se te clavan como puñales ardiendo, en los que tu fortaleza, y gracias a toda esa gente que vive y siente a tu alrededor, sales adelante, y con ganas de seguir cantando y haciendo feliz al público. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Urubú, de Alejandro Ibáñez

EL RÍO ESTÁ EXTRAÑO.

“Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”

Karl A. Menninger

Desde el primer momento Alejandro Ibáñez (Madrid, 1980), deja claro el legado de su padre, el gran Chicho Ibáñez Serrador (1935-2019), al que le dedica la película. Y más tarde, en el ejemplar prólogo de la película, cuando muestra unas imágenes de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), deja claras las intenciones de la película, rendir un sincero homenaje a su padre y mentor. Hace un año, en el Festival de Sitges, Ibáñez presentaba Historias para no dormir – Reality, un cortometraje de 20 minutos para Save the Children, última producción de Chicho, en el que se denunciaban las penosas situaciones en las que viven cientos de miles de niños en el mundo. El hijo del maestro quería honrar la memoria de su padre, homenajeando una de sus películas para cine más brillante y demoledora, convertida en una cinta de culto, que denunciaba los horrores cometidos por los adultos contra los niños.

Ibáñez nos traslada hasta Manaos, al norte de Brasil, la capital del extenso estado de Amazonas, donde conocemos a Tomás, un fotógrafo y ornitólogo venido a menos que sueña con inmortalizar al urubú albino (Ave rapaz carroñera americana, de plumaje negro brillante, en que el albino es muy difícil de observar), y se lleva consigo a su familia, Eva, su mujer que intenta salvar un matrimonio a la deriva, y Andrea, la hija de ambos, que como cualquier niño de su edad en la actualidad, está obsesionada con lo virtual. Después del empujón del profesor Díaz, se embarcan con el capitán Nauta (segundo apellido del director, en un personaje que se reserva para él), y viajan río abajo, quizás los momentos más intensos y brillantes de la película son los del viaje por el río, donde la cámara se posa y se evidencia la ruptura entre el padre y el resto de la familia, y notamos la angustia y la opresión que lentamente se va apoderando de los personajes a medida que se van adentrando en un universo hostil, solitario y abrasador, que contrasta con la belleza natural y exótica de la zona. O ese momento inquietante en que el río amazonas y el río negro se juntan sin mezclarse.

El director madrileño firma el guión, escrito junto a Carlos Bianchi y Alejandra Heredia, en el que compone su película de manera profunda y atmosférica en este primer tramo, donde encontramos las imágenes más poderosas y sugestivas, donde destaca el trabajo de los cinematógrafos Daniel Úbeda y Diego Barrero, que ya estuvieron en Historias para no dormirReality. Cuando se adentran en el corazón de la jungla, en plena selva amazónica, la película pierde algo de fuerza, cuando quiere parecerse más a su homenajeada, perdiendo un poco el fantástico equilibrio entre homenaje y relato que venía dando. Aunque, su paisaje y el suspense, sobre todo, cuando los personajes empiezan a deambular por la zona, mantiene el interés de la cinta. Ibáñez logra una película honesta, que no quiere ser más que su antecedesora, sino ensalzar sus instantes más tensos y terroríficos que le sobran, reinterpretando algunas secuencias, que todos recordamos, y sumergiéndonos en esa madeja de laberinto infernal del que no hay escapatoria.

El trío protagonista no desluce e absoluto, brillando más en la travesía por el río, y componiendo con raza y energía en los instantes de la selva, con Carlos Urrutia, que interpretó un par de obras teatrales producidas por Chicho, hace del padre moribundo emocionalmente y alejado de su familia, Eva que hace la actriz Clarice Alves, certificando el fin de su matrimonio e intentando salvarse con su hija de la locura de venir a la selva por un maldito pájaro, Jullie D’Arrigo interpreta a Andrea, que descubrirá en la espesura de la selva su verdadero destino, y finalmente José Carabias como el profesor Díaz, un rol breve, pero muy interesante. Chicho Ibáñez Serrador decía: “Solo hay algo que da más miedo que una película de terror, la realidad”, y con esa premisa realizó ¿Quién puede matar a un niño?, en 1976, una película de terror-denuncia, dando voz a unos niños que, cansados de las miserias y horrores de los adultos se revelaban contra ellos. Cuarenta y cuatro años las cosas han cambiado muy poco, todavía existen barbaridades contra los niños, y son los tristes protagonistas de hambrunas, conflictos armados, abusos y abandonos. La tarea del cine es esa, denunciar y promover conciencias, el resto lo tenemos que hacer entre todos, dejarnos de absurdos triunfos personales, egoísmos y demás aspectos oscuros de la condición humana, y empezar a trabajar por un mundo más humano, respetuoso, justo y tolerable. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sin olvido, de Martin Sulík

LA MEMORIA DE NUESTROS PADRES.

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”

John Dewey

Resulta triste las pocas películas que están dedicadas al mundo de la vejez, y aún más, las escasas producciones que tratan las dificultades y tensiones que se generan para lidiar en el presente con la memoria de nuestros padres, y en este caso, la memoria del holocausto nazi. El cineasta Martin Sulík (Zilina, Eslovaquia, 1962), ha construido un relato que pivota bajo esos dos elementos: la vejez y el pasado oscuro de nuestros progenitores, y lo hace a través de una premisa sencilla y directa. Arranca su relato con Ali Ungár, un intérprete eslovaco-judío que busca en Viena (Austria), al antiguo oficial de las SS Graubner, verdugo de sus padres, con la intención de dispararle. Pero, cuando llega a su casa, le abre su hijo, Georg, un profesor jubilado vividor, que le comunica que su padre murió. Picado por la curiosidad, Georg se presenta en Eslovaquia, y emprende, junto a Ali, un viaje por el país en busca de la memoria de sus respectivos padres. Sulík arrancó su carrera en 1991 con la película Tenderness, donde explicaba los primeros años de Eslovaquia, después de la caída del régimen soviético, y siguió con tragicomedias surrealistas como Záhrada (El jardín), u Obis Pictus, o dramas realistas como Gypsy  (2011), alternando con documentales que repasan las trayectorias de figuras eslovacas de la cultura.

El director eslovaco nos convoca a una road movie íntima y sobria, escrita junto a su guionista preferido Marek Lescák, para abordar la resonancia en el presente de las huellas del pasado, de reencontrarse con la memoria de nuestros padres, tanto verdugos como víctimas, en un viaje profundo, intenso, y con toques de humor sutil, que protagonizan dos seres antagónicos, en un primer momento, pero que poco a poco, irán encontrando todas aquellas cosas que los relacionan profundamente, y sentirán que, tanto uno como otro, no se encuentran demasiado alejados de ese pasado tristemente común. Si bien en algunos instantes, la película es una lección de historia y memoria, que reivindica todos esos momentos borrados de los lugares, esos espacios en los que no se recuerda nada de lo que pasó, esos espacios testigos del horror nazi. Sin olvido (“Tlmocnik”, traducido de su título original como “El Intérprete”), también, es una lección de humanismo, de volver a mirar el pasado sin rencores, rabia o culpa, sino asumiendo los hechos de nuestros padres, tanto si son admirados como reprochables, como explicaba Borges en su magnífico cuento Tema del traidor y del héroe, como una forma de desenterrar la memoria y mirarla de frente, para asumir de dónde venimos y quiénes somos, y así de esa manera, mirar a las víctimas y reconciliarnos con su memoria, y la nuestra, que en el fondo es la misma.

Un viaje en el que se tropezarán con otros personajes, de diferentes edades y posiciones sociales, que nos ofrecerán un mosaico de las diversas maneras de pensar, y relacionarse con la memoria y el horror nazi que sufrió la antigua Checoslovaquia, a través de las antagónicas actitudes de los dos protagonistas. Por un lado, Ali Ungár (el jubilado eslovaco-judío tranquilo, callado y ordenado), interpretado por actores que destilan sobriedad, naturalidad y elegancia como Jirí Menzel, fallecido recientemente, el gran director de cine checo de obras como Trenes rigurosamente vigilados, Mi dulce pueblecito u Yo serví al Rey de Inglaterra, entre otras, que ha tenido una interesante carrera paralela con 70 títulos como intérprete con trabajos para nombres como los de Vera Chytilová, Costa-Gavras o Jan Nemec, entre muchos otros, y en el otro extremo, Georg Graubner (interpretado por el prolífico actor austriaco Peter Simonischek, que nos encantó en la divertidísima e interesante Toni Erdmann, de Maren Ade), el hijo del oficial de las SS, que su vida libertina le ha alejado de la memoria terrorífica de su padre, que a raíz de la aparición de Ungár, todo cambiará y se adentrará, a su modo, en esa memoria que hasta entonces ha intentado evitar y borrar.

Dos hombres, dos testigos de aquella memoria, que por los designios caprichosos de la historia, tienen un pasado común, oscuro y terrorífico, un pasado que el presente ve muy lejano y olvidado. Dos almas que empezarán en posiciones muy opuestas y que, a medida que avance el interesante y profundo metraje, se irán acercándose y se mirarán en ese espejo de la memoria que, a su pesar, comparten, uniendo fuerzas para volver a la memoria y reencontrarse con esos espacios y lugares, testigos de tanto horror, porque como viene a decir la película de Sulík, para poder vivir hay que volver a mirar el pasado, rescatar esos lugares de nuestros padres, desenterrar los horrores y errores del pasado y así, volver a quiénes somos, sin rencores, rabias o miedos encontrándonos con esas humanidad necesaria para mirar al pasado sin acritud, y de alguna manera, reconciliándonos con él y con el pasado del otro, en este caso, la memoria de Ali Ungár, con sus padres asesinados por el oficial nazi Graubner, padre de Georg. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Monumental, de Rosa Berned

PERSONAS COMO NOSOTROS.

“Sabemos lo que somos, peor aún no sabemos lo que podemos llegar a ser”

William Shakespeare

En Monos como Becky (1999), fascinante y hermosísimo documento del maestro Joaquim Jordá, exponía la enfermedad mental desde las personas, dese sus sueños e inquietudes, desde sus más profundos anhelos y existencias, enterrando tantos prejuicios, miedos y barreras que la sociedad ha impuesto a los enfermos de salud mental. Una película que ayudó a mirar a los enfermos como personas, huyendo de la compasión y el victimismo, y sobre todo, situándolas en un marco humanista. Un proceso parecido es el que ha emprendido la directora Rosa Berned (Madrid, 1981), que ya había tratado de una manera diferente la inmigración a través de interesantes cortometrajes, debutando con un relato desde el alma, desde la mirada, desde la cercanía, desde la espontaneidad de un grupo de personas de salud mental, que asisten a un taller de teatro, donde cine y teatro se funden, donde cada uno de ellos empieza a soltar amarras, a bucear en sus dolorosos recuerdos del pasado, y sobre todo, a cambiar, a convertirse en personas diferentes, en esta película catártica, en este proceso único y honesto, que convierte a estas personas en seres que miran al presente con otros ojos, donde el miedo empieza a doler menos y la vida se viste de amor, amistad y abrazos.

Una película nacida de la experiencia de Pilar Durante, productora de la cinta, con más de tres décadas trabajando como terapeuta ocupacional con personas con enfermedad mental, y el incondicional apoyo de Rosa García, la integradora social, y asistente de dirección, y la propia directora, que crearon talleres de fotografía y de teatro, y durante el proceso se encontraron con un grupo de siete personas que sufren de enfermedad mental: María Jesús Rodríguez, Pedro Lara, Silvia Jiménez, Nieves Rojo, Emilio Garagorri, Manuel Jiménez y Julia Vera. Siete personas adultas que a través del taller van experimentando sus propias enfermedades, sus existencias, sus pasados, y su identidad, y la cámara de Berned, con la ayuda del rítmico y naturalista montaje de Amaya Villar Navascués, registra la vida, todos esos momentos en los que asistimos como testigos de excepción a sus aperturas emocionales, donde se muestran lo que son, con sus rupturas emocionales, sus pasados de maltratos y abusos por parte de sus progenitores, sus trastornos, sus intentos de suicidio, sus manifestaciones reivindicativas a ser tratados como personas y no como niños u objetos, a sus luchas para acabar con el estigma de la salud mental, sus presentes, donde se van abriendo a los demás, y sobre todo, compartiendo su dolor y sus alegrías, donde reivindican los abrazos y la vida, en contraposición a tanta pastilla e invisibilidad.

Descubrimos a siete seres maravillosos, con sus luces y sombras, con sus pesadillas y alegrías, llenos de bondad y gratitud, en un relato honesto e íntimo, que apenas habla de salud mental, lo necesario, el resto lo dedica a descubrirnos el interior de esas personas, unas personas que podríamos ser nosotros, si hubiéramos pasado por situaciones parecidas a las de ellos. Berned ha construido una ópera prima de gran calado emocional, llena de sabiduría e inteligencia, una conmovedora y nada compasiva lección de humanismo, rescatando todas las bondades y herramientas del arte, en este caso del teatro y el cine, como terapias catárticas que ayudan de forma profunda y personal a aliviar y reconducir los males emocionales, extrayendo todo aquello que daña y reparándolo, a través de lo que sentimos y como lo extraemos, del proceso para sentirse bien, mirando de frente nuestros dolores, miedos e inseguridades, pasando del aislamiento emocional a el espacio de compartir, de explicar, de hablar, de sacar todo aquello que nos hace mal, para convertirlo en algo que podamos compartir con los demás, y de esa manera, sentirnos más ligeros y aliviados.

La película no solo documenta el taller de teatro, sino que entra en sus hogares, en las relaciones familiares y personales, los acompaña en sus profundas reflexiones sobre la vida, la muerte, la existencia, el tiempo, etc…Un documento honesto y sensible, que trata la enfermedad mental sin condescendencia ni sentimentalismo, sino de forma sincera y personal, de frente, sin miedos ni atajos, cara a cara, mostrándola en toda su crueldad, pero también, el otro lado, ese que proyecta el taller de teatro, que ayuda a curar heridas, siendo otros, expresando lo que tanto cuesta en la realidad, atreviéndose a sentir lo que tanto duele, a trabajar cada día en ser lo que otros tanto tiempo le negaron, a aceptarse para que los demás acepten, a sentirse libres, independientes y seguros, a sobrellevar la enfermedad y a no sentirse solos y vacíos, a saber compartir la alegría y el dolor, en fin, a vivir con todo lo que ello conlleva, pero con menos miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/408473182″>MONUMENTAL_TRAILER#1</a> from <a href=»https://vimeo.com/user68631998″>Producciones As&iacute; es la Vida</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

Un mundo normal, de Achero Mañas

NO SEGUIR LAS NORMAS.

«La vida es un teatro pero tiene un reparto deplorable»

Oscar Wilde

Siempre me ha sorprendido cuando alguien de mi entorno se ha descrito como alguien normal, porque, entre otras cosas, nunca he entendido que significa “ser normal”. Si ser normal significa que la sociedad y las personas que la conforman te aceptan tal y como eres, estaría bien ser normal, pero he aquí la cuestión, la sociedad y los demás te aceptan si cumples con algunos requisitos, unas normas establecidas, y no me refiero a las normas sociales, sino, sobre todo, a las emocionales, seguir un camino trazado en el que debes renunciar a tus sueños para convertirte en alguien aceptado por los otros, en alguien que se parece al resto, en alguien, que quizás, no se identifique contigo. Ernesto es uno de esos tipos, cuarentón, integro y honesto, uno de esos directores outsiders que sabe lo que quiere, y que no cejará en su empeño, por muy descabellado que sea. Uno de esos tipos que pululaban por las películas de Huston, Fuller o Ray, llenos de vida, inadaptados, y sobre todo, humanos. Ernesto se ha separado, vive con su hija Cloe, una veinteañera que estudia derecho, aunque a ella le encantaría hacer dibujo. Y una madre, Carolina, rebelde, inquieta y nada común. Todo cambia cuando la madre fallece, y Ernesto, contra viento y marea, e incomprendido por todos y todo, decide llevar a cabo la última voluntad de su madre, tirar su cuerpo al mar.

Achero Mañas (Madrid, 1966), que llevaba una década sin ponerse tras las cámaras, después de Todo lo que tú quieras (2010), también una historia que giraba en torno a una ausencia, en la que el protagonista decide enfrentarse a sus prejuicios y barreras emocionales para suplantar a su mujer, y así, de esa manera, ayudar a su hija de cuatro años. La muerte vuelve a girar en torno a un relato que se divide en dos partes. En la primera, conocemos a esta peculiar familia, tan rara y extraña como todas, con sus peculiaridades y extravagancias, sus pequeñas mentiras y sus roces emocionales. La muerte de la abuela trastoca toda esa realidad cotidiana, y en la segunda mitad de la película, nos lleva a una road movie con destino a la costa, en la que padre e hija, intentarán llevar a cabo la voluntad de Julia. Mañas que arrancó su carrera como actor trabajando con directores ilustres como Ridley Scott, Aristarain, Gutiérrez Aragón, Cuerda, etc… debutó como realizador con El bola (2000), sobre los abusos que recibía un chaval por parte de su padre, llenándolo de premios y reconocimientos de la crítica y el público. Tres años más tarde, con Noviembre, daba rienda suelta a los intérpretes con una historia sobre un grupo de teatro de calle, guerrillero, libre y diferente.

Cuatro relatos en veinte años, que nos hablan de seres que deben romper las normas para ser ellos, ser diferentes a los demás para no dejar de ser normales, individuos que se lanzan a la vida, a pesar de los golpes, a pesar de tantos obstáculos, a pesar de todo, creyendo en lo que hacen, y sobre todo, creyendo en sí mismos. En Un mundo normal, Ernesto hace las cosas, por muy descabelladas que parezcan en un principio, y luego asume las consecuencias, que las habrá. No es alguien que se detiene frente a la adversidad, sino todo lo contrario, sigue firme en su decisión, no queriendo ser comprendido, porque, a veces, resulta inútil, sino porque lo siente así. El cineasta madrileño construye una tragicomedia sobre la existencia, sobre nuestras decisiones, y sobre cómo las llevamos a cabo, sobre la normalidad, y sobre todo, que para ser normales nunca debemos dejar de ser lo que somos, porque si no seremos normales, si, pero frustrados, vacíos y desolados.

Mañas vuelve a contar con los técnicos que ya estuvieron en Todo lo que tú quieras, con la aportación de David Omedes en la cinematografía, y José Manuel Jiménez en la edición, dos piezas fundamentales para conseguir esa luz tenue y apagada de Madrid, para llevarnos por la luz mediterránea y brillante de Valencia, acompañado de un montaje con brío, que sabe manejar el tempo como es debido, metiéndonos en esa mezcla de relación materno-paterno-filial que se desarrolla en la película, y construyendo esta peculiar y curiosa tragicomedia sobre la identidad y nuestras relaciones humanas, donde vuelve el mundo del teatro y los actores y actrices, como en sus anteriores películas, quizás el Alex que interpretaba José Luis Gómez en su anterior trabajo, sería una especie de futuro de Ernesto, que también, tendría elementos de Leo, el padre transformista, que rompía las reglas sociales para ser otra y ayudar a su hija. Ernesto sería una mezcla de esas dos formas de enfrentarse a la vida, y sobre todo, a los conflictos. Una actitud de tomar partido y no quejarse sin hacer nada.

La película nace a partir de una conversación de Mañas con su madre, en la que el director imagina cómo reaccionaría ante tamaña decisión. Su alter ego, el hijo que hará lo imposible por materializar la voluntad de su madre fallecida, un impresionante y magnífico Ernesto Alterio, que hacía tiempo que no lo veíamos tan soberbio y rompedor, que además de homenajear a esos directores dignos que reivindicar el cine libre e independiente, en un tiempo que las plataformas de streaming se están quedando con el pastel, como reivindica la película. A su lado, Gala Aymach, hija real del director, maravillosa revelación por su sensibilidad y mirada, que debuta como actriz, haciendo de Cloe, la hija que acompaña a su padre en este periplo emocional y vital, que también, tendrá tiempo para reflexionar y tomar las riendas de su vida. Con Pau Durà, como ese hermano talentoso intérprete de piano, que no se decide a ser él mismo. Magüi Mira como la abuela, una mujer de carácter, decidida y a u manera. Y por último, Ruth Díaz, la ex de Ernesto y madre de Cloe, que intentará poner algo de cordura, aunque no será fácil entre tanta “normalidad”. Mañas ha vuelto a lo grande, con una película de aquí y ahora, sensible, libre y conmovedora, sobre un puñado de criaturas que son muy normales, pero llenas de singularidades, y sobre cómo estas, encajan en una sociedad cada vez más superficial, acomplejada y frustrada. Una historia de carne y hueso, humanista que nos conciencia que la vida es demasiado corta y en cualquier momento se apaga, y nos deja sin tiempo para ser esas personas que siempre quisimos ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un diván en Túnez, de Manele Labidi

LA CONSULTA DE SELMA.

“Burocracia es el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil”

Carlos Castillo Peraza

Si hay algún elemento inconfundible que define el universo berlanguiano, ese no es otro que, el enfrentamiento desigual entre el corriente ciudadano y la burocracia, o más bien, deberíamos decir, el sometimiento del honrado y humilde ciudadano ante una burocracia partidista, compleja, jerárquica y triste, propia de un país quebrado política y socialmente hablando, que se cae en pedazos, un país sumido en el caos, y sobre todo, un país que oprime legalmente a sus ciudadanos, obligándolos, en la mayoría de casos, al exilio o a los designios de un estado dictatorial. Muchas de esas pautas sigue Un diván en Túnez, opera prima de Manele Labidi, franco-tunecina de 1982, a partir de experiencias personales, construye el personaje de Selma, tunecina de nacimiento y exiliada a Francia, como ella, junto a sus padres a los cinco años, y ahora, adulta, vuelve a su tierra con la intención de empezar de nuevo, y abre una consulta de psicoanálisis en la buhardilla donde reside, junto a su tío y su familia, en uno de los suburbios más populares de la capital tunecina.

Selma aterriza en Túnez sumido en el caos y en el desconcierto, saliendo de tres décadas de dictadura, mientras recoge sus pedazos. Un país que ha emprendido un viaje de incertidumbre y reconstrucción, en una especie de camino introspectivo en el que todavía la población anda buscándose y no para de hablar, tras años en silencio impuesto, en un país que todavía recoge las miserias de los años del plomo, y a la vez, comienza a entender que la libertad recién estrenada, no será nada fácil y rápida. Selma empieza a tener clientes, parece que la gente tiene ganas de expresar aquello que le preocupa, aquello que ha callado tantos años, aquello que no entiende de sí mismo, y sobre todo, entender ese futuro incierto todavía oscuro de su más ferviente cotidianidad. Pero he aquí la cuestión, el estado tradicionalista, no ve con buenos ojos la iniciativa, que se sale completamente de las tradiciones del país, y se descuelga, exigiéndole un permiso especial para continuar con su consulta, una serie de trámites sin fin, extraordinariamente arduos de conseguir,  que sacarán de quicio a Selma y la llevarán a replantearse su vida en Túnez.

Labidi nos habla de la situación política, económica, social y cultural en un Túnez después de la revolución de primavera del 2011, donde la gente ha despertado y empieza a buscar y buscarse, y que mejor contexto que el psicoanálisis, y lo hace vistiendo de comedia, eso sí, una comedia disparatada y febril, donde aparte de Selma, tenemos a los personajes más variopintos que dan el reflejo emocional de un país a la deriva, pero lleno de vitalidad y fuerza, arrancando con su peculiar familia, un tío, un alcohólico amargado y derrotado, de buen corazón que, insta a su hija para que estudie, su mujer, la guardiana de la casa y llena de energía, la hija, una rebelde sin causa que hace lo imposible para salir de Túnez y emigrar a Francia, también, tenemos a un vecino, imam religioso, deprimido por el abandono de su esposa, un policía, que vale para todo, desde un control de alcoholemia, sin aparato, hasta cualquier incidente, al que le atrae Selma, una funcionaria peculiar, que debido a la crisis, vende cualquier producto de contrabando a las mujeres, y la retahíla de pacientes, desde el obsesionado que se cree espiado por los servicios secretos, el panadero, en busca de su identidad, la peluquera cincuentona que está muy perdida, o la señora que busca recetas y medicinas…

Personajes todos ellos definidos y complejos, con sus pequeñas o grandes alegrías y tristezas, que huyen de la caricatura y de de la superficialidad, dotando al relato de interés y profundidad, llevados por las ansias de libertad del país, pero arrastrados por un país religioso y tradicional, que nos recuerdan a los que pululaban por las comedias italianas como La ladrona, su padre y el taxista, de Blasetti o Matrimonio a la italiana, de De Sica, o las comedias negras de Berlanga-Azcona, con sus Plácidos, José Luis o Canivells, todos ellos pobres diablos metidos, a su pesar, en un país de pandereta y burrocracia.  Personajes bien retratados e iluminados por esa luz mediterránea obra del cinematógrafo Laurent Brunet (que ha trabajado con nombres tan importantes como Amos Gitai, Martin Provost, Christophe Honoré y Karin Albou, entre otros), y la energía necesaria con el exquisito montaje de Yorgos Lamprinos (con películas como Custodia compartida, de Xavier Legrand, en su haber), dotan a la narración de esa dicotomía que reina toda la historia, entre la tradición y modernidad en la que se mueven los personajes, en una especie de limbo, tanto personal como emocional, y del país en el que se encuentran, todas esas personas que van y vienen por un país sumido en múltiples cambios que todavía arrastra un pasado atroz y difícil de olvidar.

Destaca el maravilloso reparto lleno de rostros tunecinos conocidos como los de Majd Mastoura como el policía (ganador del Oso de Plata por la película Hedi, de Mohamed Ben Attia), o los de Hichem Yacoubi como el panadero (intérprete que hemos visto en películas tan importantes como Un profeta, de Jacques Audiard), entre muchos otros, que destilan naturalidad, comicidad y complejidad, juntos a la grandísima presencia de Golshifteh Farahani, convertida en la actriz iraní más internacional, dando vida a una mujer que vuelve a su pasado y se reencontrará con demasiadas huellas que creía olvidadas. Selma es una mujer inquieta, solitaria, taciturna e independiente. Una especie de rara avis en ese Túnez, generalmente hablando, que no está casada, no tiene hijos y siempre tiene el cigarrillo en la comisura de los labios. Una alma libre, decidida y transparente, pero también, llena de miedos, inseguridades y vacía, cuando tropieza con ese estado que pretende imponerse a cualquier avance liberador, un estado incapaz de ver los cambios sociales, y agarrado a ese pasado turbio y oscuro, donde los sueños de Selma se obstaculizan continuamente, demandando inútiles documentos que no sirven de nada, solo para controlar y deshacer los sueños de una población ávida de luz y libertad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Father, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov

ACEPTAR EL DOLOR.

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunciación, la revolución tecnológica y su vida centrada en el triunfo personal»

José Saramago

En el universo berlanguiano pululan hombrecitos, no me refiero a su tamaño, sino a su posición social. Pobres diablos, de anodinas y oscuras existencias, atrapados en la maraña dictatorial y repugnante de un estado corrupto, idiota y sanguinario, que usa la burocracia para proteger a los poderosos y hundir a los necesitados. Unos hombrecitos que esperan ansiosos las migajas de los privilegiados, unas raquíticas ayudas disfrazadas de bondad que, en realidad, son solo una muestra de la injusticia cotidiana que se impone desde los de arriba. Recordaréis a Plácido, el insignificante ciudadano sin casa que, se las veía y deseaba, para pagar la primera letra de su motocarro, su medio de vida, enfrentado a esa clase pudiente y miserable que usa al necesitado para limpiar su doble moral. Muchos de estos elementos y situaciones las podemos encontrar en el cine de Kristina Grozeva (Sofia, Bulgaria, 1976) y Petar Valchanov (Plovdiv, Bulgaria, 1982), que después de conocerse en la universidad de cine, han construido un imaginario revelador y valiente que toma el pulso a una realidad búlgara poscomunista, donde todavía se arrastran errores del pasado y miserias de un presente que sigue marcando unas normas que solo ayudan al privilegiado y atormenta al necesitado.

Un universo particular, cercano e inquietante, donde hay relatos de naturaleza tragicómica, donde se fusiona lo absurdo, lo perturbador y conmovedor, como demostraron en su opera prima, La lección (2014), donde una profesora ingenua tratando de dar una lección a uno de sus alumnos ladrones, se ve envuelta en un oscuro suceso donde debe dinero a unos prestamistas, o su siguiente producción, en Un minuto de gloria ( 2016), primera entrega de una serie de tres cintas que los cineastas llaman “Trilogía de recortes de periódicos”, conocemos a un trabajador del ferrocarril era usado por el ministerio de transportes para lavar su imagen, en los que el humilde empleado se veía inmerso en una maraña burócrata, que lo sumergía en una odisea cotidiana y kafkiana. En The Father, el relato se sostiene a través de la relación difícil y compleja entre un padre y un hijo, que después de perder a su esposa y madre, respectivamente, se enzarzar en una aventura, a medio camino entre la road movie y la comedia de humor negro, que toca temas como el más allá, la mentira como medio de incomunicación, y la creencia de lo imposible como medio para lidiar entre lo trágico de la vida.

Vassil, el padre que huye hacia el abismo, incapaz de aceptar la muerte de su esposa, que irremediablemente también arrastra a Pavel, el hijo, que tampoco freno a ese comportamiento de cobardía y rebelión al vacío, inoperante de contar la realidad a su novia y usar la mentira como método de escapismo. Los dos son almas rotas, desorientas y superadas por los acontecimientos, incapaces de enfrenarse a la realidad y a la suya propia, escapando de las situaciones cotidianas por tangentes imposibles, que aún les hacen hundirse más en su propia miseria emocional. Los cineastas búlgaros nos sumergen en una acumulación de situaciones de toda índole, donde la risa se paraliza y en ocasiones, se congela, en las que pasamos del drama cotidiano a la situación más absurda y surrealista, movidos por un ritmo endiablado en lo que dejan de suceder acontecimientos e inmediatamente, observamos la respuesta de los personajes, huidiza y torpe, que les hunde más en aquella situación de la que, inútilmente, intentan escapar.

Grozeva y Valchanov, vuelven a confiar en Krum Rodríguez, el cinematógrafo que crea esa luz tenue y lúgubre, propia del grisáceo y pálido que abundan en una Bulgaria partida en dos, incapaz de huir de su pasado estalinista y sumida en la corrupción de los nuevos tiempos, y el montaje, lo vuelve a firmar Valchanov, que evidencia el naturalismo y la película que documenta la verdad que se quiere reflejar, a partir de largas secuencias filmadas con cámara en mano, donde el relato se muestra desnudo e íntimo, como si pudiéramos rozarlo y sentirlo. Como ya habían demostrado en sus anteriores trabajos, las naturalistas y verdaderas composiciones de los intérpretes es otro de los elementos que más resalta en la verdad de las películas, como el buen hacer de Ivan Savov (que ya estuvo en Un minuto de gloria), que encarna a ese padre que se lanza a un imposible exterior cuando debería sumirse en su duelo y sobrellevar la culpa con más dignidad, e Ivan Barnev (al que pudimos ver en La lección, y otros lo recordarán como el protagonista de Yo serví al rey de Inglaterra, del recientemente desaparecido Jírî Menzel) que hace de ese hijo, escapista como el padre, con demasiados frentes abiertos, como esas larguísimas conversaciones vía móvil con su pareja, donde se inventa situaciones para no enfrentarse a esa realidad incómoda y compleja, una realidad que es triste y desoladora.

Dos almas tristes, desoladas e incapaces de comunicarse el uno con el otro, perdidos en este par de días, envueltos en un maná de situaciones que los lleva a huir de aquello que son capaces de asumir, ese sentimiento de culpa que los destroza y los acuchilla sin respiro. Grozeva y Valchanov son unos prodigios a la hora de crear una atmósfera que estiran y aflojan según les conviene, capaces de crear una tensión asfixiante, manejando el tempo cinematográfico de manera clara y potentísima, donde las situaciones y los elementos que se van encontrando los personajes resultan muy curiosos, llenos de ingenio y ayudan a la labor de radiografiar y mostrar la realidad social, económica y política de la actual Bulgaria, como ese instante, marca de la casa, cuando Pavel intenta, infructuosamente, poner la denuncia de la desaparición de su padre, y se va complicando de la mal manera. Hablan de la actualidad de un país, pero siendo lo suficientemente hábiles para universalizar los problemas cotidianos a los que se enfrentar sus criaturas, creando una inmensa y magnífica fábula que nos habla de emociones, de (des)encuentros y sobre todo, de barreras emocionales que han de superarse y mostrar la verdad oculta y reconciliarse con uno mismo, y sobre todo, con el otro, en este caso, padre e hijo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA