Urubú, de Alejandro Ibáñez

EL RÍO ESTÁ EXTRAÑO.

“Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”

Karl A. Menninger

Desde el primer momento Alejandro Ibáñez (Madrid, 1980), deja claro el legado de su padre, el gran Chicho Ibáñez Serrador (1935-2019), al que le dedica la película. Y más tarde, en el ejemplar prólogo de la película, cuando muestra unas imágenes de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), deja claras las intenciones de la película, rendir un sincero homenaje a su padre y mentor. Hace un año, en el Festival de Sitges, Ibáñez presentaba Historias para no dormir – Reality, un cortometraje de 20 minutos para Save the Children, última producción de Chicho, en el que se denunciaban las penosas situaciones en las que viven cientos de miles de niños en el mundo. El hijo del maestro quería honrar la memoria de su padre, homenajeando una de sus películas para cine más brillante y demoledora, convertida en una cinta de culto, que denunciaba los horrores cometidos por los adultos contra los niños.

Ibáñez nos traslada hasta Manaos, al norte de Brasil, la capital del extenso estado de Amazonas, donde conocemos a Tomás, un fotógrafo y ornitólogo venido a menos que sueña con inmortalizar al urubú albino (Ave rapaz carroñera americana, de plumaje negro brillante, en que el albino es muy difícil de observar), y se lleva consigo a su familia, Eva, su mujer que intenta salvar un matrimonio a la deriva, y Andrea, la hija de ambos, que como cualquier niño de su edad en la actualidad, está obsesionada con lo virtual. Después del empujón del profesor Díaz, se embarcan con el capitán Nauta (segundo apellido del director, en un personaje que se reserva para él), y viajan río abajo, quizás los momentos más intensos y brillantes de la película son los del viaje por el río, donde la cámara se posa y se evidencia la ruptura entre el padre y el resto de la familia, y notamos la angustia y la opresión que lentamente se va apoderando de los personajes a medida que se van adentrando en un universo hostil, solitario y abrasador, que contrasta con la belleza natural y exótica de la zona. O ese momento inquietante en que el río amazonas y el río negro se juntan sin mezclarse.

El director madrileño firma el guión, escrito junto a Carlos Bianchi y Alejandra Heredia, en el que compone su película de manera profunda y atmosférica en este primer tramo, donde encontramos las imágenes más poderosas y sugestivas, donde destaca el trabajo de los cinematógrafos Daniel Úbeda y Diego Barrero, que ya estuvieron en Historias para no dormirReality. Cuando se adentran en el corazón de la jungla, en plena selva amazónica, la película pierde algo de fuerza, cuando quiere parecerse más a su homenajeada, perdiendo un poco el fantástico equilibrio entre homenaje y relato que venía dando. Aunque, su paisaje y el suspense, sobre todo, cuando los personajes empiezan a deambular por la zona, mantiene el interés de la cinta. Ibáñez logra una película honesta, que no quiere ser más que su antecedesora, sino ensalzar sus instantes más tensos y terroríficos que le sobran, reinterpretando algunas secuencias, que todos recordamos, y sumergiéndonos en esa madeja de laberinto infernal del que no hay escapatoria.

El trío protagonista no desluce e absoluto, brillando más en la travesía por el río, y componiendo con raza y energía en los instantes de la selva, con Carlos Urrutia, que interpretó un par de obras teatrales producidas por Chicho, hace del padre moribundo emocionalmente y alejado de su familia, Eva que hace la actriz Clarice Alves, certificando el fin de su matrimonio e intentando salvarse con su hija de la locura de venir a la selva por un maldito pájaro, Jullie D’Arrigo interpreta a Andrea, que descubrirá en la espesura de la selva su verdadero destino, y finalmente José Carabias como el profesor Díaz, un rol breve, pero muy interesante. Chicho Ibáñez Serrador decía: “Solo hay algo que da más miedo que una película de terror, la realidad”, y con esa premisa realizó ¿Quién puede matar a un niño?, en 1976, una película de terror-denuncia, dando voz a unos niños que, cansados de las miserias y horrores de los adultos se revelaban contra ellos. Cuarenta y cuatro años las cosas han cambiado muy poco, todavía existen barbaridades contra los niños, y son los tristes protagonistas de hambrunas, conflictos armados, abusos y abandonos. La tarea del cine es esa, denunciar y promover conciencias, el resto lo tenemos que hacer entre todos, dejarnos de absurdos triunfos personales, egoísmos y demás aspectos oscuros de la condición humana, y empezar a trabajar por un mundo más humano, respetuoso, justo y tolerable. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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