Sin olvido, de Martin Sulík

LA MEMORIA DE NUESTROS PADRES.

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”

John Dewey

Resulta triste las pocas películas que están dedicadas al mundo de la vejez, y aún más, las escasas producciones que tratan las dificultades y tensiones que se generan para lidiar en el presente con la memoria de nuestros padres, y en este caso, la memoria del holocausto nazi. El cineasta Martin Sulík (Zilina, Eslovaquia, 1962), ha construido un relato que pivota bajo esos dos elementos: la vejez y el pasado oscuro de nuestros progenitores, y lo hace a través de una premisa sencilla y directa. Arranca su relato con Ali Ungár, un intérprete eslovaco-judío que busca en Viena (Austria), al antiguo oficial de las SS Graubner, verdugo de sus padres, con la intención de dispararle. Pero, cuando llega a su casa, le abre su hijo, Georg, un profesor jubilado vividor, que le comunica que su padre murió. Picado por la curiosidad, Georg se presenta en Eslovaquia, y emprende, junto a Ali, un viaje por el país en busca de la memoria de sus respectivos padres. Sulík arrancó su carrera en 1991 con la película Tenderness, donde explicaba los primeros años de Eslovaquia, después de la caída del régimen soviético, y siguió con tragicomedias surrealistas como Záhrada (El jardín), u Obis Pictus, o dramas realistas como Gypsy  (2011), alternando con documentales que repasan las trayectorias de figuras eslovacas de la cultura.

El director eslovaco nos convoca a una road movie íntima y sobria, escrita junto a su guionista preferido Marek Lescák, para abordar la resonancia en el presente de las huellas del pasado, de reencontrarse con la memoria de nuestros padres, tanto verdugos como víctimas, en un viaje profundo, intenso, y con toques de humor sutil, que protagonizan dos seres antagónicos, en un primer momento, pero que poco a poco, irán encontrando todas aquellas cosas que los relacionan profundamente, y sentirán que, tanto uno como otro, no se encuentran demasiado alejados de ese pasado tristemente común. Si bien en algunos instantes, la película es una lección de historia y memoria, que reivindica todos esos momentos borrados de los lugares, esos espacios en los que no se recuerda nada de lo que pasó, esos espacios testigos del horror nazi. Sin olvido (“Tlmocnik”, traducido de su título original como “El Intérprete”), también, es una lección de humanismo, de volver a mirar el pasado sin rencores, rabia o culpa, sino asumiendo los hechos de nuestros padres, tanto si son admirados como reprochables, como explicaba Borges en su magnífico cuento Tema del traidor y del héroe, como una forma de desenterrar la memoria y mirarla de frente, para asumir de dónde venimos y quiénes somos, y así de esa manera, mirar a las víctimas y reconciliarnos con su memoria, y la nuestra, que en el fondo es la misma.

Un viaje en el que se tropezarán con otros personajes, de diferentes edades y posiciones sociales, que nos ofrecerán un mosaico de las diversas maneras de pensar, y relacionarse con la memoria y el horror nazi que sufrió la antigua Checoslovaquia, a través de las antagónicas actitudes de los dos protagonistas. Por un lado, Ali Ungár (el jubilado eslovaco-judío tranquilo, callado y ordenado), interpretado por actores que destilan sobriedad, naturalidad y elegancia como Jirí Menzel, fallecido recientemente, el gran director de cine checo de obras como Trenes rigurosamente vigilados, Mi dulce pueblecito u Yo serví al Rey de Inglaterra, entre otras, que ha tenido una interesante carrera paralela con 70 títulos como intérprete con trabajos para nombres como los de Vera Chytilová, Costa-Gavras o Jan Nemec, entre muchos otros, y en el otro extremo, Georg Graubner (interpretado por el prolífico actor austriaco Peter Simonischek, que nos encantó en la divertidísima e interesante Toni Erdmann, de Maren Ade), el hijo del oficial de las SS, que su vida libertina le ha alejado de la memoria terrorífica de su padre, que a raíz de la aparición de Ungár, todo cambiará y se adentrará, a su modo, en esa memoria que hasta entonces ha intentado evitar y borrar.

Dos hombres, dos testigos de aquella memoria, que por los designios caprichosos de la historia, tienen un pasado común, oscuro y terrorífico, un pasado que el presente ve muy lejano y olvidado. Dos almas que empezarán en posiciones muy opuestas y que, a medida que avance el interesante y profundo metraje, se irán acercándose y se mirarán en ese espejo de la memoria que, a su pesar, comparten, uniendo fuerzas para volver a la memoria y reencontrarse con esos espacios y lugares, testigos de tanto horror, porque como viene a decir la película de Sulík, para poder vivir hay que volver a mirar el pasado, rescatar esos lugares de nuestros padres, desenterrar los horrores y errores del pasado y así, volver a quiénes somos, sin rencores, rabias o miedos encontrándonos con esas humanidad necesaria para mirar al pasado sin acritud, y de alguna manera, reconciliándonos con él y con el pasado del otro, en este caso, la memoria de Ali Ungár, con sus padres asesinados por el oficial nazi Graubner, padre de Georg. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bye Bye Germany, de Sam Garbarski

SOBREVIVIR CON HUMOR.

“Tu amigo está arruinando nuestra buena reputación

¿Desde cuándo tienen una buena reputación los judíos?”

Nos encontramos en el Fráncfort de 1946, en un campo de refugiados judíos que han vuelto a Alemania después de la caída del Tercer Reich. En ese espacio, de idas y venidas, de empezar de nuevo, de volver con los tuyos que quedan, donde reina la incertidumbre, la camaradería y también, la venganza, nos centramos en David Berman, uno de tantos, un tipo que idea junto a seis amigos un negocio de venta de ropa de cama para conseguir el dinero que necesitan para emigrar a EEUU. La tarea no será nada fácil, deberán tirar de ingenio, jeta y muchas dosis de humor para recuperar su dignidad y sobre todo, dejar atrás tantos horrores que desgraciadamente han tenido que vivir. La quinta película de Sam Garbarski (Planegg, Alemania, 1948) nos cuenta un drama, pero con altas dosis de humor, en este caso judío, ese humor tan característico de ellos, que no abofetea, sino acaricia, que utiliza la auto parodia como arma para seguir avanzando en un mundo convulso, y en ocasiones, horrible.

Garbarski centra su filmografía en grupos de personas, en familias como lo hacía en su debut Rashevski’s Tango (2003) en el que la muerte de la abuela Rosa trastocaba todas la identidad de una familia peculiar, en Irina Palm (2007) su mayor éxito hasta la fecha, una señora madura, con el propósito de ayudar económicamente a los suyos acababa trabajando haciendo felaciones, en Barrio lejano (2010) un cuarentón se despertaba una mañana habiendo retrocedido hasta su adolescencia, y en Vijay and I (2013) donde un actor frustrado acaba jugando a ser quién no es y así salir de su cotidianidad aburrida. El cineasta teutón plantea sus dramas a través de la comedia, en situaciones absurdas, simpáticas e incluso negras, muy negras, donde sus personajes se mueven entre la amargura y la sonrisa a partes iguales, a medio camino entre la burla y la crítica de Berlanga o Wilder, en el que todas sus criaturas andan tras lo que buscamos todos, tirar palante en este mundo tan raro y caótico, aunque para ello tengamos que inventar las mil y una, y rara vez consigamos lo que nos proponemos.

Basada en las novelas de Michel Bergmann (que también es guionista junto al director) “Die Teilacher” (en el que se relatan la vida como vendedores ambulantes del padre y tío del escritor) y en “Machloikes” (de otro cariz, pero continuando la primera novela, donde un superviviente judío se ve interrogado por su pasado colaboracionista). Dos historias que se suceden en el mismo tiempo, por un lado el negocio ambulante de venta de ropa de cama, en el que utilizan las argucias más insospechadas para vender, como ofertas de las empresas donde los alemanes trabajan, o ventas ficticias realizadas por alemanas antes de morir, etc…) pero todo cambia, cuando Berman es citado a declarar por su pasado oscuro, para averiguar porque posee dos pasaportes o estuvo en Obersalzberg, el refugio de montaña del Führer. Berman se verá sometido a exhaustivos interrogatorios por parte de Sara Simon, una agente especial judía alemana que ahora trabaja para los EEUU. Garbarski plantea una película tragicómica, con momentos duros, en los que el pasado parece querer adueñarse del futuro con otros, donde el característico humor judío ayuda a estos caraduras simpáticos a salvar su pellejo en más de una ocasión, y empujarles a conseguir su objetivo, y también, la introducción de otro elemento importante en la acción, el amor que va surgiendo entre los habitantes de este microcosmos, rodeado de destrucción, todo a reconstruirse de nuevo, donde las ansias de una vida en otro país que les haga aliviar su dolor se convertirá en el motor de sus existencias.

Garbarski se rodea de un buen grupo de grandes intérpretes que con algunos detalles y gestos alimentan todo el pasado terrible que han vivido y esa cotidianidad, entre amarga y cómica, en la que viven ahora, entre los que destaca la pareja protagonista, Mortiz Bleibtreu (que ya había protagonizado Vijay and I) como David Berman, ese simpático buscavidas, alma mater, de este grupo de desvalidos emocionales que se lanzan a emprender una nueva vida, y Antje Traue, la agente especial de los interrogatorios, que combina la seriedad del ejército con la ternura y la simpatía que le va despertando suavemente Berman, sin olvidar el ramillete de excelentes intérpretes que forman este curioso grupo que en algunos momentos recuerda a Los inútiles, del gran Fellini, en otro contexto y con otras argucias, pero atrapados en ese espíritu de jetas irreductibles. El realizar alemán, criado profesionalmente en Bélgica en la publicidad, nos remueve las conciencias, a través de una cuidada planificación formal, rescatando un episodio poco retratado como la cotidianidad de cientos de miles de judíos que volvieron a su país después de la caída de los nazis, unos seres humanos con profundas heridas pero vivos, como bien recuerda uno de los personajes, vivo a pesar de todo, dotados de un humor muy suyo que les ayuda a derribar los muros tanto físicos como emocionales.