Maixabel, de Icíar Bollaín

TODOS DEBERÍAMOS SER MAIXABEL.

“Prefiero ser la viuda de Juan Mari que tu madre”

Maixabel Lasa a Ibon Etxezarreta, el etarra que asesinó a su marido.

En los diez títulos que componen la filmografía de ficción de la cineasta Icíar Bollaín (Madrid, 1967), encontramos muchas mujeres, mujeres fuertes, mujeres a contracorriente, llenas de vida, pegándose contra muros en apariencia infranqueables, mujeres con todo en contra, decididas y valientes, dispuestas a todo por llegar y sobre todo, ser quiénes quieren ser. La Niña y la Trini de Hola, ¿estás sola? (1995), la Patricia, Milady y Marirrosi de Flores de otro mundo (1999), la Pilar de Te doy mis ojos (2003), la Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), la Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), la Alma de El olivo (2016), y la Rosa de La boda de Rosa (2020). La directora madrileña ya había tocado la realidad más inmediata y cotidiana en el documental, y había ficcionado historias reales como las de Laia en la citada Katmandú,  y Carlos Acosta en Yuli, aunque con Maixabel es la primera vez que se enfrenta a una mujer muy diferente a todas las que había retratado, porque Maixabel Lasa no es solo un personaje extraído de la realidad, es una mujer a la que ETA asesinó a su marido, Juan Mari Jáuregui en el año 2000, y eso lo cambia todo.

Aunque lo más fascinante de Maixabel es su humanidad, porque once años después del asesinato de su marido, se sentó frente a frente con dos de los tres asesinos de su marido, no con ánimo de rabia y venganza, sino todo lo contrario, con la intención de hacerles preguntas sobre el asesinato, y hablar sobre su arrepentimiento. Sin lugar a dudas, estamos ante la película más difícil y compleja de todas las que ha hecho Bollaín por varios motivos. En primer lugar, la directora nunca había tratado la violencia de forma tan directa en su cine, ni sus consecuencias emocionales, y por último, nunca había mirado la violencia de ETA en su cine, y sorprende la forma en que lo hace, como deja evidente en su extraordinario prólogo, con secuencias muy cortas, muy planificado, y con ese aroma de thriller político a lo Costa-Gavras o Loach. Inmediatamente después, la película se asienta sobre la mirada y el silencio de Maixabel, en su decisión y su determinación, que la lleva a los reproches de los suyos, su familia y amigos, pero ella sigue adelante, firme, decidida y dejando su odio de lado, y construyendo un camino de vida y de esperanza.

Porque la película de Bollaín se centra en un intenso viaje emocional que protagonizan tres personas: Maixabel que quiere saber, quiere mirar a los asesinos de su marido, por su bien emocional, y sobre todo, para reparar, para dejar de odiar y perdonar a aquellos que le jodieron todo. Luis Carrasco, uno de los asesinos, arrepentido, que escribe a Maixabel para encontrarse con ella, y finalmente, Ibon Etxezarreta, otro de los asesinos, que recibe la petición de la mujer para verse. La extraordinaria claroscura cinematografía de Javier Agirre, uno de los grandes cinematógrafos del cine español actual, consigue retratar los sentimientos contradictorios de los protagonistas, con todo el tiempo nublado del País Vasco y sus existencias. El espectacular trabajo técnico de Alazne Ameztoy en sonido, Mikel Serrano en arte, y el magnífico montaje elíptico y rítmico de Nacho Ruiz Capillas, cinco películas con Bollaín. La brutal música de un grande como Alberto Iglesias, en otro gran trabajo exquisito y marca de la casa. Y el soberbio y contenido guion que firman la directora e Isa Campo, cómplice en el cine de Isaki lacuesta, consiguen condensar una historia de catorce años con muchas idas y venidas, contextualizando con elegancia la época, las diferentes miradas y posiciones de los protagonistas, con todos esos mundos de la película, la cotidianidad familiar y social de Maixabel, con lo interior de la cárcel, todo bajo una mirada de contención y sobriedad, todo se cuenta hacia dentro, hacia lo íntimo, hacia lo que ocultamos.

Bollaín acierta de pleno en su reparto, con dos monstruos como Blanca Portillo en la piel y alma de Maixabel, con todos los matices, esa isla a la deriva en muchas ocasiones, peor que no ceja en su idea, con su gran determinación, y su humanidad. Frente a ella, Luis Tosar (cuatro películas con la directora), dando vida al etarra Ibon, en un personaje complicado, que el lucense lo lleva con dignidad y aplomo. Y todo el interesante y brutal reparto que encabeza Urko Olazabal interpretando a Luis, el etarra arrepentido que crítica a la banda y todo lo que él ha hecho, María Cerezuela como María, la hija de Maixabel, contraria a su madre pero que acepta su decisión, Tamara Canosa como Esther, la mediadora que ayuda a propiciar a los encuentros entre víctimas y asesino. Posiblemente, Bollaín ha firmado su mejor obra, no solo por todo lo que cuenta, sino porque se acerca de forma inteligente e íntima a la violencia, a todo lo que ocurre después de de que todo pasa, después de que las víctimas y asesinos cierran la puerta y no los vemos, sumergiéndonos en su intimidad, en sus pensamientos y emociones, y además, habla de ETA, de todo lo que hicieron, de sus posiciones internas entre los etarras que están entre rejas, los de fuera, sus simpatizantes y demás.

La película de ficción número diez de Icíar Bollaín es ante todo un viaje sin concesiones y humanista de Maixabel, la mujer a la que todos, sin excepción, deberíamos parecernos, o al menos, aprender de ella, de todo lo que ha hecho y construido al frente de la Atención de Víctimas del Terrorismo, y también, y esto es lo más importante, todos los encuentros que hizo con los asesinos de su marido (que pudimos ver en el primer capítulo de la serie Eta, el final de un silencio), la convierten en un ser extraordinario, una humanista valiente y ejemplar, y a la vez, en alguien sencillo y cercano, que solo quiso perdonar y perdonarse. Maixabel es una mujer única e inigualable, una mujer que debería ser todo un ejemplo en un país donde la violencia etarra se ha utilizado políticamente hasta la saciedad, una mujer que habló de esperanza y reparación a través de los diálogos con los que asesinaron a su marido, a su vida, a todo lo que era. Maixabel Lasa es una de las grandes humanistas de la historia porque demuestra que se puede vencer el dolor, el rencor y todo lo demás, recordar a todas las víctimas, a todas, y tener la valentía para sentarse frente a las personas que han destrozado su vida, y mirarlas, preguntarles y perdonarlas, con un solo fin, para curar y cerrar heridas, para sentirse mejor, para vivir mejor, y mirar a todo lo que vendrá con amor y esperanza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yalda, la noche del perdón, de Massoud Bakhshi

EL PERDÓN EN DIRECTO.

“La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo”

Gilbert Cesbron

Tanto en las magníficas y contundentes Network (1976), de Sidney Lumet, y La muerte en directo (1980), de Bertrand Tavernier, se abordaban temas como la televisión convertida en un poderosísimo narcotizante, en el que todo vale para conseguir pegar al televisor a millones de espectadores cada noche. La muerte al servicio del espectáculo, la muerte como un objeto o medio más para satisfacer el entretenimiento de masas que sólo ven y disfrutan, sin ver más allá, sin reflexión, sin empatía, sin nada. En Yalda, la noche del perdón, cuarto trabajo de Massoud Bakhshi (Teherán, Irán, 1972), y segundo de ficción, no sitúan en el centro de un programa de televisión, casi en tiempo real, donde florece su experiencia en el documental (porque a veces olvidamos la naturalidad y la intimidad con la que está rodada la película, y es clara la intención de su talante real y humano), encerrados en las cuatro paredes del directo y el backstage, en el que conoceremos una de las muchas realidades que transitan por el país árabe.

Tenemos a Maryam, un joven de veintidós años que ha sido condenada a muerte por la muerte accidental de su marido temporal – en Irán, son comunes los matrimonios temporales, llamados “Sighen”, en los que las mujeres y los hijos nacidos de la unión no tienen ningún derecho sobre la herencia-. La única salvación para la joven es que, Mona, la hija del fallecido, la perdone delante de las cámaras, amén de una cuantiosa económica de por medio. El programa se llama “La alegría del perdón”, basado en reality shows que pululan la franja de la televisión persa. La noche elegida es la denominada:”Yalda” (una celebración zoroástrica que da comienzo al invierno, la noche más larga del año, donde las familias y amigos se juntan para celebrar, mientras recitan poemas del reconocido Hafez). El director iraní envuelve su película en un interesante y potentísimo thriller psicológico, con esa cámara que sigue incansablemente a sus víctimas, convertida en una segunda piel, en un espectacular trabajo de orfebrería del  cinematógrafo Julian Atanassov (que trabajó en la película colectiva Ponts de Sarajevo, entre otras), así como el exquisito, ágil y formidable montaje cortante y sin aliento de Jacques Comets (autor de películas Invitación de boda y Fortuna).

Los ochenta y nueve minutos de la película no dejan respiro, las situaciones se van sucediendo a un ritmo frenético, en que la forma cinematográfica se ve contaminada por el ritmo televisivo, colocando a los espectadores en el centro de todo, convertidos en “jueces” de este litigio, donde la vida y sobre todo, la muerte, se erigen como meros espectáculos para millones de almas vacías. Una película en la que apenas vemos la calle de Teherán, si exceptuamos una secuencia muy descriptiva de esa realidad que vemos a través de la televisión, porque el retrato profundo y descarnado de Irán que hace Bakhshi es descorazonador  y terrorífico -completamente extrapolable a cualquier país occidental, donde la televisión es el medio más potente de información y creadora de opinión-,   donde hay una clara descripción de las clases que dividen el país, entre los que mandan y viven, y los otros, que obedecen y malviven, el poder sobrehumano de la religión, como único límite para sabe aquello que es bueno o malo, donde el perdón es situado en el centro de todo, dotándolo de una importancia por encima de cualquier moral, y finalmente, el tratamiento de la televisión, erigida como la única verdad, donde todo está en venta, con las personas sometidas a su realidad, a su consentimiento, los seres humanos vendidos al dinero y al vacío que deja.

El cuidadísimo estudio psicológico de los personajes, con sus idas y venidas, necesitaba a unos intérpretes a la altura de sus complicados roles, como la brillante interpretación que desarrolla el grupo que vemos en la película, empezando con Sadaf Asgari como la desgraciada Maryam, que implora su perdón, a través de contar una verdad que parece no querer interesar a nadie. Al otro lado, Behnaz Jafari como Mona, la única que puede salvar el pellejo de Maryam, no por humanidad, sino por necesidad, más interesada en el fajo de billetes que tiene por delante si perdona, la madre de Maryam, interpretada por Feresteh Sadre Orafaee, una madre desesperada que hará lo imposible por salvar a su hija, y finalmente, Ayat, el director del programa, que hace Babak Karimi, convertido en una especie de “Dios”, como lo era Ed Harris en El show de Truman, uno más del engranaje de crueldad y fanatismo en que se ha construido la televisión, donde todo vale para generar millones de audiencias y cantidades insultantes de dinero, y no es más que un reflejo de nuestra sociedad, o lo que queda de ella, porque el espectáculo nos ha ensombrecido nuestra capacidad de reflexión, y sobre todo, de empatía y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Anna Alarcón

Entrevista a Anna Alarcón, actriz de la película «L’ofrena», de Ventura Durall en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película «L’ofrena», en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tots els camins de Déu, de Gemma Ferraté

EL AZOTE DE LA CULPA.

“Després de traïr al seu millor amic per trenta monedes de plata, Judes va voler tornar la recompensa i entregar-se enlloc de Jesús. Els clergues i els liders no ho van permetre. Llavors va fugir , i es va penjar”

(Mateu, 27:3-5)

Al amanecer, en una playa con el mar violento y amenazador, camina derrotado y a golpes, un joven que mira hacia el mar con rabia y frustración, se arrodilla y recoge treinta monedas de plata esparcidas por la arena. Se levanta con dificultad y emprende su camino, sin rumbo fijo, moviéndose entre penumbras, como el deambular de un fantasma. La primera película de Gemma Ferraté (1983, Barcelona) – que, despuntó con la obra colectiva Puzzled Love (2011), presentada en el Festival de San Sebastián, y la pieza Limón y chocolate (2013), trabajo de final de carrera en la ESCAC- es una obra arriesgada, sumamente libre y profunda, nacida de su empeño personal y el riesgo del colectivo Niu d’Indi (los responsables de la fascinante y brutal El llarg camí per tornar a casa, de Sergi Pérez) que, gracias a la colaboración de todo el equipo y mediante el crowfunding, consiguieron levantar una producción modesta y sencilla, pero de planteamientos artísticos personales y ambiciosos.

La realizadora imagina los tres días siguientes de un personaje icónico de la historia de la humanidad, Judas Escariote, después de traicionar a Jesús. Tres jornadas en las que la culpa lo avasallará sin medida, en el que se moverá por inercia, sin humanidad, sin consuelo, corrompido por la acción que ha hecho, herido en el alma, sin escapatoria de sí mismo, encerrado en la inmensidad de un bosque frondoso que lo atrapa como a un condenado. Ferraté ha planteado una película honesta y visual, sobre el alma de su personaje moribundo azotado por el dolor y la culpa, lo que hierve en su interior, como arrastra una acción que le produce un dolor sangrante difícil de asumir y superar. Un animal herido y perdido que viaja hacia el abismo. En su itinerario se cruzará con otro joven que lo acompañará, alguien en quien reflejarse, alguien con quien arrastrar y compartir su pena, alguien que le escuche o pueda sentir su aliento, o que simplemente camine a su lado. La cámara los sigue imperturbable, los escruta sin descanso, agobiándoles, sintiéndolos, y siendo su sombra, esa oscuridad que los atraviesa y los juzga sin tregua, muy al estilo de Béla Tarr, Gus Van Sant, y el Tropical malady, de Weerasethakul.

El bosque actúa como un paisaje encerrado, sin escapatoria, un espacio en el que no vemos lo de fuera, nos atrapa, y nos envuelve en su madeja de locura y culpa. Ferraté nos sumerge en un espacio onírico, de sueño, donde seguimos el caminar de esta alma perdida, sin consuelo, acercándonos de modo significativo a su alma arrepentida, que grita desesperanzada un aliento de redención y salvación. Escuchamos la naturaleza, el crujir de las plantas, el deslizamiento de la hierba, el sonido del agua (bellísima y catalizadora la secuencia del baño, donde la comunión entre naturaleza y hombre, emerge manifestando el amor y la amistad que acaba fundiéndose en uno sólo, en unos encuadres de profunda plasticidad y montaje enérgico). Una obra de ínfimos diálogos, construida a través de los silencios y las miradas que llenan toda la pantalla. Una obra breve y concisa (70 minutos), llena de aristas emocionales, de este descenso a los infernos, en las que la culpa y el dolor se mostrarán en toda su negrura y oscuridad, en la que seremos testigos de una alma perdida y rota, sin más consuelo que su sombra desdibujada y corrupta, que clama al cielo redimirse de su mortal error.


<p><a href=»https://vimeo.com/62424476″>Tots els camins de D&eacute;u [All the ways of God] – Film Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/niudindi»>Niu d’Indi</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>