Entrevista a Anna Alarcón

Entrevista a Anna Alarcón, actriz de la película “L’ofrena”, de Ventura Durall en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “L’ofrena”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tots els camins de Déu, de Gemma Ferraté

Todos_los_caminos_de_Dios-909685323-largeEL AZOTE DE LA CULPA.

“Després de traïr al seu millor amic per trenta monedes de plata, Judes va voler tornar la recompensa i entregar-se enlloc de Jesús. Els clergues i els liders no ho van permetre. Llavors va fugir , i es va penjar”

(Mateu, 27:3-5)

Al amanecer, en una playa con el mar violento y amenazador, camina derrotado y a golpes, un joven que mira hacia el mar con rabia y frustración, se arrodilla y recoge treinta monedas de plata esparcidas por la arena. Se levanta con dificultad y emprende su camino, sin rumbo fijo, moviéndose entre penumbras, como el deambular de un fantasma. La primera película de Gemma Ferraté (1983, Barcelona) – que, despuntó con la obra colectiva Puzzled Love (2011), presentada en el Festival de San Sebastián, y la pieza Limón y chocolate (2013), trabajo de final de carrera en la ESCAC- es una obra arriesgada, sumamente libre y profunda, nacida de su empeño personal y el riesgo del colectivo Niu d’Indi (los responsables de la fascinante y brutal El llarg camí per tornar a casa, de Sergi Pérez) que, gracias a la colaboración de todo el equipo y mediante el crowfunding, consiguieron levantar una producción modesta y sencilla, pero de planteamientos artísticos personales y ambiciosos.

La realizadora imagina los tres días siguientes de un personaje icónico de la historia de la humanidad, Judas Escariote, después de traicionar a Jesús. Tres jornadas en las que la culpa lo avasallará sin medida, en el que se moverá por inercia, sin humanidad, sin consuelo, corrompido por la acción que ha hecho, herido en el alma, sin escapatoria de sí mismo, encerrado en la inmensidad de un bosque frondoso que lo atrapa como a un condenado. Ferraté ha planteado una película honesta y visual, sobre el alma de su personaje moribundo azotado por el dolor y la culpa, lo que hierve en su interior, como arrastra una acción que le produce un dolor sangrante difícil de asumir y superar. Un animal herido y perdido que viaja hacia el abismo. En su itinerario se cruzará con otro joven que lo acompañará, alguien en quien reflejarse, alguien con quien arrastrar y compartir su pena, alguien que le escuche o pueda sentir su aliento, o que simplemente camine a su lado. La cámara los sigue imperturbable, los escruta sin descanso, agobiándoles, sintiéndolos, y siendo su sombra, esa oscuridad que los atraviesa y los juzga sin tregua, muy al estilo de Béla Tarr, Gus Van Sant, y el Tropical malady, de Weerasethakul.

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El bosque actúa como un paisaje encerrado, sin escapatoria, un espacio en el que no vemos lo de fuera, nos atrapa, y nos envuelve en su madeja de locura y culpa. Ferraté nos sumerge en un espacio onírico, de sueño, donde seguimos el caminar de esta alma perdida, sin consuelo, acercándonos de modo significativo a su alma arrepentida, que grita desesperanzada un aliento de redención y salvación. Escuchamos la naturaleza, el crujir de las plantas, el deslizamiento de la hierba, el sonido del agua (bellísima y catalizadora la secuencia del baño, donde la comunión entre naturaleza y hombre, emerge manifestando el amor y la amistad que acaba fundiéndose en uno sólo, en unos encuadres de profunda plasticidad y montaje enérgico). Una obra de ínfimos diálogos, construida a través de los silencios y las miradas que llenan toda la pantalla. Una obra breve y concisa (70 minutos), llena de aristas emocionales, de este descenso a los infernos, en las que la culpa y el dolor se mostrarán en toda su negrura y oscuridad, en la que seremos testigos de una alma perdida y rota, sin más consuelo que su sombra desdibujada y corrupta, que clama al cielo redimirse de su mortal error.


<p><a href=”https://vimeo.com/62424476″>Tots els camins de D&eacute;u [All the ways of God] – Film Trailer</a> from <a href=”https://vimeo.com/niudindi”>Niu d’Indi</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>