Foxtrot, de Samuel Maoz

LOS PASOS DEL DESTINO.

“La coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo”

Albert Einstein

Una mañana, como otra cualquiera, en cualquier vivienda de Israel, un trío de soldados comunica a unos padres el fallecimiento de su hijo durante su servicio militar. La madre, Dafna, cae rendida después de haber sido fuertemente sedada. El padre, Michael, por el contrario, expresa su ira contra todos y todo, intentando explicarse lo ocurrido. El segundo trabajo de Samuel Maoz (Tel Aviv, Israel, 1962) se enmarca en las consecuencias de la guerra y en los mecanismos del dolor ante la pérdida de un ser querido. Su primer filme Lebanon (2009) que se alzó con el máximo galardón en el Festival de Venecia, nos sumía también en la guerra, desde el punto de vista de los soldados, introduciéndonos en el interior de un carro de combate siguiendo las peripecias bélicas de un grupo de soldados durante la guerra del Líbano de 1982. Maoz vuelve a un ambiente cerrado y claustrofóbico, pero ahora es un hogar que aparentemente parecía reinar la concordia, para construirnos una película sobre las relaciones personales entre un padre, y su esposa,  pero sobre todo las relaciones del padre con su hijo, personas que nunca veremos juntos en el mismo lugar, aunque siempre estarán conectados emocionalmente.

El cineasta israelí edifica una trama en tres actos, como si asistiéramos a una tragedia griega, en el que en el primero, cuando el padre recibe la fatal noticia de la muerte de su hijo, arrancan unas horas donde el amor y la culpa se mezclan de manera dolorosa, y en que el padre debe afrontar su propio dolor y comunicárselo a los más allegados, en el segundo segmento, Maoz nos sitúa en la cotidianidad del hijo fallecido, durante su servicio militar, y es cuando el director arremete con dureza y sin miramientos hacia inutilidad de la guerra, en la que unos jóvenes soldados que viven casi hacinados en un barracón que se cae a trozos, deben custodiar una especie de paso fronterizo pro el que apenas pasan vehículos. Aquí pasamos del drama familiar y personal del primer acto, para adentrarnos en la comedia surrealista y absurda, donde los soldados pasan las horas muertas como pueden, realizando estúpidos cálculos o bailando foxtrot (brutal metáfora que estructura la cinta en la que por mucho que nos movamos y hagamos, no podremos condicionar el destino que nos espera, como el baile que finaliza en la misma posición que empieza) y para finalizar, el tercer acto, nos lleva de nuevo a la vivienda de Michael y Dafna, y su hija, en que la situación propuesta inicialmente ha cambiado, y Maoz, muy acertadamente, nos vuelve a cambiar el rumbo, y nos sumerge en un nuevo conflicto, donde los personajes se encuentran ausentes  y la paz y tranquilidad del hogar se ha vuelto del revés, debido a los dolorosos imprevistos a los que han tenido que enfrentarse.

Maoz cimenta una interesante reflexión y análisis sobre un país, Israel, rasgado y condicionado por las innumerables guerras que ha vivido, vive y desgraciadamente, seguirá viviendo, y las consecuencias que conlleva tanto conflicto bélico y tanta muerte inútil, y como esos fallecimientos de jóvenes acaban mutilando una sociedad  que parece abocada a la contienda bélica sin fin, como en una especie de bucle del que no hay escapatoria, un círculo vicioso que muchos no recuerdan como empezó, y otros, no saben vivir de otra manera, ya que no han conocido nunca el país en paz, siempre en guerra. El trío interpretativo de la película destila convicción y emoción a partes iguales, cada uno con su drama personal, y arrastrando su culpa, en el que ayuda y convence de manera natural y realista en sus composiciones y diferentes estados de ánimo, unas emociones que viajan como en una montaña de rusa, para construir esta fábula moral, que continuamente nos interpela a los espectadores, sumergiéndonos en continuas batallas sobre la guerra, sus consecuencias, la familia y las relaciones personales.

Una película que nos habla de varios conflictos, el de una nación, el de una familia, el de un padre y su hijo, y sobre todo, el del ánimo de una sociedad que jamás ha vivido en paz, y donde la cuestión bélica ha estructurado las existencias de toda su población, unas gentes que han tenido que acostumbrarse a la guerra fratricida, porque no han conocido otra forma de vida, y a los muertos enterrados que acarrea tanto bombazo, con buen acierto Maoz nos explica la intimidad de esta familia y los diferentes puntos de vista de cada uno de ellos, a la hora de enfrentarse al dolor y la culpa, quizás el conflicto conmueve pero sin arrebatarnos el alma, aunque el propósito es en conjunto audaz y brillante, con esa frialdad propia de la burocracia representada en el estamento militar, y de algunos personajes, como el de la madre, aunque Maoz, con mucha habilidad y acierto, nos centra su historia en  la destrucción de cómo ese hogar familiar construido con amor, se viene abajo en un abrir y cerrar de ojos, porque como nos viene a decir la película, estamos completamente condicionados a la fatalidad del destino, porque nunca sabremos lo que nos espera, y hagamos una cosa u otra, el porvenir está escrito, y el destino nos espera pacientemente para cobrarse su deuda.

Recuerdos desde Fukushima, de Doris Dörrie

VIVIR CON FANTASMAS.

“A  menudo  entro  en  pánico  cuando  veo  la  dirección  que  está  tomando  mi vida. ¿Estoy compartiendo mi vida con la persona correcta? ¿Tengo el trabajo adecuado? ¿Tengo buen aspecto? ¿Gano suficiente dinero? ¿Estoy aprovechando mi vida? ¿Soy feliz? ¿Debería de vivir de manera diferente? Y así sucesivamente Un flujo de preguntas asediándome y llenándome de ansiedad. No puedo evitar preocuparme todo el tiempo. ¿Qué pasaría si? ¿Qué pasaría si pierdo todo lo que me importa? ¿Hasta dónde  caería? ¿Cómo podría empezar de nuevo?”

En 1948, Roberto Rossellini filmó su película Alemania, año cero, en las ruinas del Berlín devastado después de la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, Alain Resnais con guión de Marguerite Duras, se trasladó hasta Hiroshima para filmar Hiroshima mon amour, entre las ruinas y la catástrofe de las consecuencias de la Bomba atómica. En 2016, Doris Dörrie (Hannover, Alemania, 1955) también se trasladó a Fukushima (lugar que sufrió una hecatombe después del maremoto del 11 de marzo del 20111, que provocó un accidente en su central nuclear, provocando la muerte de cientos de miles de personas, y la pérdida de miles de casas, y contaminando de radiación la zona de Minimasoma).

Es la tercera vez en la filmografía de Dörrie que Japón se convierte en el epicentro de sus relatos, primero fue con Sabiduría garantizada (2000) donde dos hermanos alemanes viajan hasta el país milenario para curar sus heridas emocionales, luego, en el 2000 con Cerezos en flor (que evocaba en cierta manera el espíritu de Cuentos de Tokio, de Yasujiro Ozu) en el que un matrimonio anciano alemán quería realizar su último viaje a Japón. Ahora, y acercándose al espíritu de Resnais y Duras, vuelve a remitirnos a una alemana Marie, que viaja a Japón, a través de la asociación Clowns4Help para entretener y llevar algo de alegría a los supervivientes de la catástrofe nuclear que todavía viven en refugios temporales. Aunque Marie se siente sobrepasada por los acontecimientos y acaba viviendo con Satomi, la última geisha del lugar, que aburrida y triste en su refugio, opta por volver a su casa que se encuentra en la zona contaminada.

Dörrie que ha vuelto a reunirse con el equipo que hizo posible Cerezos en flor (el fotógrafo Hanno Lentz, los productores Harry Klüger y Molly von Fürstenberg y el distribuidor Benjamin Herrmann) para encerrarnos en un espacio, a través de dos mujeres heridas, dos mujeres que cargan su culpa y dolor, Satomi lo ha perdido todo, y quiere volver a reconstruir su pasado, en su hogar, mirando de frente a sus recuerdos, y por el otro lado, Marie que hizo daño a su marido y necesita aliviar su carga ayudando y sobre todo, ayudándose, para que esos fantasmas que la hostigan en lo más profundo de la noche, dejen de hacerlo. La cineasta alemana cuenta su poética y bellísima historia a través de un blanco y negro primoroso, y de una gran fuerza, obra del camarógrafo Hanno Lentz, que ayuda a describirnos y sumergirnos ese paisaje devastado y ruinoso, donde todo está igual, donde cada rincón oculto respira memoria y recuerdos, donde vemos muebles y objetos amontonados, rotos, desperdigados, y fotografías borrosas, donde se aprecian pocas imágenes y figuras casi fantasmales.

Un espacio donde el tiempo y la memoria se ha detenido, donde ya no queda nadie para hablar de ello porque ya nadie habita esos lugares desiertos, desolados, sin vida, solo esos espectros que claman ayuda o vagan sin saber porque y menos sin saber adónde. Dörrie construye una película intima, como si nos la fuese contando a susurros, protagonizado por dos mujeres, que parten de sus diferencias para lentamente, irse encontrando, aliviando sus cargas emocionales, y encarando su presente con vitalidad y quizás alguna sonrisa. La cineasta alemana huye de la sensiblería o de los planos o diálogos descriptivos, su cámara se mueve caminando entre sus personajes, sin molestar con su presencia, manteniendo la distancia prudente en la que las cosas suceden de forma tranquila, donde el espectador observa y participa, sin guiar sus emociones, atrapándolo desde lo íntimo, como si la luz el atardecer entrará sin apenas darnos cuenta, como ese viento matutino, como un leve suspiro.

Protagonizado por dos actrices en estado de gracias como la joven alemana Rosalie Thomass, de carrera interesante dentro del cine alemán de autor, y la veterana actriz nipona Kaori Momoi, que ha trabajado con cineastas de la talla de Kurosawa, Ichikawa, Imamura, Yamada o Sokurov, dos intérpretes que componen sus respectivos personajes a través de la delicadeza de las miradas y los detalles, trasnmitiendo con todo aquello que no se dice pero se siente. Un relato emocionante y conmovedor sobre las cargas del pasado, sobre el dolor que no nos deja avanzar, y sobre todo, los mecanismos que tenemos a nuestro alcance, aunque sea con una desconocida que jamás habíamos visto,  para aliviarnos de aquello que nos duele, a través de las pequeñas cosas, como compartir la ceremonia del té o dormir en el suelo, todas esas cosas que tenemos alrededor, que aunque parezca que han dejado de ser útiles, porque están rotas, amontonadas y aparentemente inservibles, pero que con paciencia y tiempo, pueden volver a tener su significado, el valor que tuvieron antes, porque a pesar de la devastación, de las pérdidas personales y familiares, siempre queda algo que continúa en pie, como ese árbol que recuerda el dolor de los que ya no están, pero también, adquiere otro significado, revelando aquello que nos ayuda a seguir con nuestras vidas a pesar de lo ocurrido, porque al fin y al cabo, es lo único que tenemos para perdonarnos y perdonar.

La invitación, de Karyn Kusama

002_mUNA CENA CON AMIGOS.

Las primeras imágenes de Mulholland drive (2001) de David Lynch, nos conducían por las calles pendientes y curvilíneas de esos barrios lujosos y alejados de la urbe instaladas en lo alto de las colinas. El fascinante e hipnótico film nos introducía en un mundo cerrado que ocultaba  las existencias más siniestras que podíamos imaginar. La directora Karyn Kusama (1968, Brooklyn, Nueva York), que tuvo un debut prometedor en Girlfight (2000), que se centraba en una joven latina que soñaba con ser boxeadora, y le valió varios premios en Sundance, aunque luego cambio de rumbo con dos blockbusters hechos a medida de la maquinaria hollywodiense como Aeon flux (2205), espectáculo pirotécnico de peleas y fx, a la mayor gloria de Charlize Theron, y Jennifer’s body (2009) una cinta de terror al uso con asesina atractiva cepillándose a sus amigos.

Ahora, vuelve a los mismos derroteros de su opera prima, producción independiente, basada en complejas relaciones entre los personajes, exquisita atmósfera, un guión fluido e interesante manejado con gran tensión dramática que irá in crescendo, y un buen puñado de interesantes actores desconocidos. La trama arranca con Will (personaje que nos guiará por la película) y Kira, su novia. Los dos viajan en coche por las calles en subida por uno de esos barrios que nos hablaba el genio de Lynch. No parecen muy convencidos de lo que están haciendo, dialogan si aceptar o no la invitación de sus amigos. Finalmente, aceptan y se detienen frente a una de esas casas lujosas edificadas en lo alto de las colinas. Entran y les reciben los anfitriones, Eden y David. Un grupo de amigos ya se encuentran en la casa. Así arranca la película, Kusama nos va introduciendo de manera gradual y paciente en las relaciones soterradas que se respiran entre los personajes, sobretodo, entre Eden y David. Lo que parece un encuentro entre amigos para celebrar que llevan un tiempo, dos años para ser exactos, que no se ven, virará para sumergirnos en una cinta de terror doméstico, al estilo de grandes clásicos como La semilla del diablo y otros de la década de los 70, en los que se trabajaba a través de pocos personajes y las relaciones latentes que se removían en sus interiores.

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A través de flashbacks, la directora nos cuenta que Eden y David perdieron accidentalmente a su hijo, y ella despareció. Esa noche se reencontrarán, se volverán a mirar, en la casa donde todo ocurrió. La realizadora neoyorquina se mueve entre las sombras y los fantasmas del pasado, en cómo nos enfrentamos al dolor y al sufrimiento, los mecanismos personales y ajenos para aceptar la tragedia y vivir con la culpa y seguir viviendo a pesar de todo lo que nos duele y mata. Quizás la parte final resulte previsible, y vista en otras muchas obras del género, pero no desluce en absoluto la construcción milimétrica de la película, como a través de los ojos de Will vamos conociendo los detalles que impregnan y asfixian de tensión y terror a esa noche de reunión de amigos. Los personajes raros amigos de Eden y David, parecen estar allí con una misión que hacer. Las inquietudes y desconfianza de Will, todavía en estado depresivo por la pérdida, nos lleva a pensar que está en lo cierto en algunos ocasiones, pero en otras, parece un ser consumido por el dolor que sólo ve fantasmas y pesadillas a su alrededor. Un thriller psicológico de brillante factura que te va atrapando desde el primer momento, cargado de esa luz tenue y abstracta que va contaminando cada espacio, y a cada personaje de esa casa ensombrecida y fría, con unos intérpretes que manejan de manera eficaz las emociones de sus personajes, dotándolos de incertidumbre y tensión.

Tots els camins de Déu, de Gemma Ferraté

Todos_los_caminos_de_Dios-909685323-largeEL AZOTE DE LA CULPA.

“Després de traïr al seu millor amic per trenta monedes de plata, Judes va voler tornar la recompensa i entregar-se enlloc de Jesús. Els clergues i els liders no ho van permetre. Llavors va fugir , i es va penjar”

(Mateu, 27:3-5)

Al amanecer, en una playa con el mar violento y amenazador, camina derrotado y a golpes, un joven que mira hacia el mar con rabia y frustración, se arrodilla y recoge treinta monedas de plata esparcidas por la arena. Se levanta con dificultad y emprende su camino, sin rumbo fijo, moviéndose entre penumbras, como el deambular de un fantasma. La primera película de Gemma Ferraté (1983, Barcelona) – que, despuntó con la obra colectiva Puzzled Love (2011), presentada en el Festival de San Sebastián, y la pieza Limón y chocolate (2013), trabajo de final de carrera en la ESCAC- es una obra arriesgada, sumamente libre y profunda, nacida de su empeño personal y el riesgo del colectivo Niu d’Indi (los responsables de la fascinante y brutal El llarg camí per tornar a casa, de Sergi Pérez) que, gracias a la colaboración de todo el equipo y mediante el crowfunding, consiguieron levantar una producción modesta y sencilla, pero de planteamientos artísticos personales y ambiciosos.

La realizadora imagina los tres días siguientes de un personaje icónico de la historia de la humanidad, Judas Escariote, después de traicionar a Jesús. Tres jornadas en las que la culpa lo avasallará sin medida, en el que se moverá por inercia, sin humanidad, sin consuelo, corrompido por la acción que ha hecho, herido en el alma, sin escapatoria de sí mismo, encerrado en la inmensidad de un bosque frondoso que lo atrapa como a un condenado. Ferraté ha planteado una película honesta y visual, sobre el alma de su personaje moribundo azotado por el dolor y la culpa, lo que hierve en su interior, como arrastra una acción que le produce un dolor sangrante difícil de asumir y superar. Un animal herido y perdido que viaja hacia el abismo. En su itinerario se cruzará con otro joven que lo acompañará, alguien en quien reflejarse, alguien con quien arrastrar y compartir su pena, alguien que le escuche o pueda sentir su aliento, o que simplemente camine a su lado. La cámara los sigue imperturbable, los escruta sin descanso, agobiándoles, sintiéndolos, y siendo su sombra, esa oscuridad que los atraviesa y los juzga sin tregua, muy al estilo de Béla Tarr, Gus Van Sant, y el Tropical malady, de Weerasethakul.

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El bosque actúa como un paisaje encerrado, sin escapatoria, un espacio en el que no vemos lo de fuera, nos atrapa, y nos envuelve en su madeja de locura y culpa. Ferraté nos sumerge en un espacio onírico, de sueño, donde seguimos el caminar de esta alma perdida, sin consuelo, acercándonos de modo significativo a su alma arrepentida, que grita desesperanzada un aliento de redención y salvación. Escuchamos la naturaleza, el crujir de las plantas, el deslizamiento de la hierba, el sonido del agua (bellísima y catalizadora la secuencia del baño, donde la comunión entre naturaleza y hombre, emerge manifestando el amor y la amistad que acaba fundiéndose en uno sólo, en unos encuadres de profunda plasticidad y montaje enérgico). Una obra de ínfimos diálogos, construida a través de los silencios y las miradas que llenan toda la pantalla. Una obra breve y concisa (70 minutos), llena de aristas emocionales, de este descenso a los infernos, en las que la culpa y el dolor se mostrarán en toda su negrura y oscuridad, en la que seremos testigos de una alma perdida y rota, sin más consuelo que su sombra desdibujada y corrupta, que clama al cielo redimirse de su mortal error.


<p><a href=”https://vimeo.com/62424476″>Tots els camins de D&eacute;u [All the ways of God] – Film Trailer</a> from <a href=”https://vimeo.com/niudindi”>Niu d’Indi</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>