El hombre sin culpa, de Ivan Gergolet

LA CULPA DE LOS OTROS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia la recuerde”.

Stefan Zweig

Ángela es una mujer de unos cuarenta años que vive en Trieste, una ciudad portuaria de la costa adriática italiana. Su existencia es anodina, tiene su trabajo como limpiadora en un hospital, pone flores a la tumba de su marido, y no conecta con su joven hija rebelde. Su vida cambia de repente, cuando en el hospital ingresan a Francesco, un sesentón que acaba de sufrir un ictus que le ha paralizado la parte derecha y le impide hablar y moverse. Francesco forma parte del pasado de Ángela, ya que era el empresario que provocó la muerte de su marido al no advertirles que manipulaban amianto. A Ángela está situación le provoca rechazo, rabia y cercanía con el enfermo, y cuando es dado de alta, se convierte en su cuidadora. El hombre sin culpa, que tiene uno de los arranques más impresionantes que he visto en los últimos tiempos, en ese sala de juicios con los participantes en silencio y llenos de polvo. Una cinta que nos habla de pasado, de culpa, de castigo, y de redención, de rendir cuentas con nuestro pasado, con descansar nuestra rabia y desesperación, de cerrar puertas demasiado abiertas, de mirarnos al espejo y volver a sonreír, o al menos, perdonar y perdonarnos. 

El debut en la ficción de Ivan Gergolet (Italia, 1977), después de su documental Dancing with Maria (2014), sobre la experiencia de una bailarina de 93 años en el pleno centro de Buenos Aires, y su trabajo como activista cinematográfico como la fundación de la televisión de la calle, una asociación de cineastas en Gorizia, ciudad fronteriza entre Italia y Eslovenia. Gergolet construye un relato intenso y callado, donde prima más la mirada y el gesto, en un espléndido thriller psicológico sobre la culpa y el castigo, donde abundan los interiores, esa luz tenue e íntima, esos encuadres donde se explica todo, el pasado y el presente, o quizás, ese limbo en que el personaje de Ángela está atrapada hasta que no resuelva su dolor y tristeza. El hombre sin culpa es una película para verla sin prisas, con calma, porque propone un ritmo reposado, calmo, de los que cada mirada y cada gesto es fundamental para su desarrollo, con unos personajes complejos, entre el que destaca por encima de los demás a Ángela, el personaje vehicular del relato, porque es ella la que provoca todo, la que vive su calvario personal, y lo lleva en silencio, o a medias, porque nunca cuenta toda la verdad de su elección, o cuenta una parte, la que le conviene, la que le hace más llevadera una posición discutible, pero que ella sabe que necesita hacer, quizás no lo sabe con profundidad, y tiene dudas, pero no son las elecciones así en la vida, que nunca sabemos con seguridad lo que hacemos, lo hacemos y ya está. 

El aspecto técnico de la película es ejemplar, con la cinematografía de Debora Vrizzi, con esos tonos apagados y claroscuros, donde priman los rostros y los cuerpos, el conciso y brillante montaje de Natalie Cristiani, que ya estuvo en Dancing with Maria, y repite con un trabajo de una película nada fácil de casi dos horas de duración, y finalmente, la música de Luca Clut, que también estaba en el documental de Gergolet, que detalla y explica todo lo que no vemos pero está. La historia inquietante y difícil que cuenta la película necesitaba un rostro penetrante, un rostro que explicará mucho más que las imágenes, un rostro con todo el peso del pasado, con toda la rabia contenida tantos años, un rostro que se magnetiza con el relato, un rostro inolvidable. El rostro de Valentina Carnelutti que da vida o quizás, podríamos decir, que pone cuerpo y alma a Ángela, una mujer o lo que queda de ella, con esos gestos mecánicos en silencio cuando limpia, cuando hace cualquier cosa. Una actriz magnífica que deambula por la película como una especie de fantasma, acarreando todos los muertos del amianto a sus espaldas, un espíritu en vida, o una muerta que la vida o el destino o el azar, o vete tú a saber qué, le brinda una nueva oportunidad para vengarse. 

A Valentina Carnelutti, que hemos visto en películas tan excelentes como La mejor juventud (2003), de Marco Tullio Giordana,  El polvo del tiempo (2008), de Theo Angelopoulos, y Locas de alegría (2016), de Paolo Virzi, entre otras, resulta complicado aguantar esa mirada tan imponente que tiene durante la película, por eso la labor de los otros intérpretes es fundamental, y lo consiguen con actores y actrices que están en el mismo tono, con miradas de las que se recuerdan como el que le acompaña por esta travesía del dolor y el pasado, como “el otro”, el hombre de su pasado, el hombre responsable, Francesco que hace el actor esloveno Branko Zavrsan, un trabajo impresionante en que su cuerpo se vuelve en su contra, con poquísima movilidad, sin habla, sólo con esa mirada, con ese gesto y ese silencio. Livia Rossi es Daria, la hija difícil de Ángela, que hemos visto en un par de películas de Gianni Amelio, Enrico Elia Inserra es Enrico, el hijo de Francesco que, al igual que Daria, desconoce la relación que une a sus progenitores. Y finalmente, Rosana Mortara es Elena, amiga de Ángela, y también, afectada por el amianto como su marido, que recordamos de verla en Mia madre (2015), de Nanni Moretti, entre otras. 

Seguiremos la pista del director Ivan Gergolet, de las conexiones entre Italia y Eslovenia, de idas y venidas, de pasado y presente, del continuo reflejo que es la vida, de ese devenir hacia atrás y adelante, sin ningún orden ni concierto. Es una película para descubrir, para saborearla, para sentarse con tranquilidad, desconectarlo todo, y situarse frente a unos personajes rotos enfrentados a esa ciudad triste y melancólica, una ciudad de puerto industrial y mercantilizada que se llevó por delante su belleza y las vidas de cientos de trabajadores, de una ciudad afeada por la avaricia y codicia desmesurada de esta sociedad enferma que sólo le va el beneficio sin importarle el coste de vidas y de personas, de dolor y tristeza. Todos deberíamos ser un poco como Ángela, o al menos parecernos un poco a ella, a su voluntad, a su decisión, y sobre todo, a su valentía y su humanidad, esa condición que no viene cuando nacemos, hay que demostrarla, y créanme cuando les digo, que no resulta nada sencillo ponerlo en práctica, y si no pregúntenle a Ángela. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El perdón, de Maryam Moghadam & Behtash Sanaeeha

MINA PIDE JUSTICIA.

“Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo”

Víctor Hugo

Las dos últimas películas de la cinematografía persa que se han visto por estos lares tiene mucho en común: La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof, y Un héroe, de Asghar Farhadi, tocan temas tan universales como la culpa, el perdón y la justicia, en el contexto de la actual sociedad iraní, en que las consecuencias de la pena de muerte están muy presentes de un modo central en la primera de las películas. El perdón (“The Ballad of a White Cow”, del original), de Maryam Moghadam (Teherán, Irán, 1970), y Behtash Sanaeeha (Shiraz, Irán, 1980), también nos habla también de los conflictos que genera la pena de muerte en la sociedad iraní, y lo hace desde la mirada de Mina, la viuda del ejecutado. Un año después de la ejecución, el estado encuentra al verdadero asesino y quiere compensar económicamente a Mina, que seguirá reclamando justicia.

El relato se centra en las dificultades burocráticas en las que se ve inmersa Mina, así como el recelo de la gente hacia una madre monoparental, ya que la mujer tiene una hija, Bita, sorda y enamorada del cine romántico. Las dificultades legales, y las de encontrar vivienda, debido a su condición de madre sola, y además, las tensiones con la familia de su marido, convierten la vida de Mina en una continua peregrinación en el que todo son trabas e injusticias. La aparición en su vida de Reza, un antiguo amigo de su marido que llega con dinero que debía al difunto, cambiará totalmente su existencia y las cosas se tornarán más claras y esperanzadoras. Aunque, Reza guarda un secreto que lo une con Mina, un secreto que los espectadores sabemos y Mina no. La pareja Moghadam y Sanaeeha en su tercera película juntos. La primera, Risk of Acid Rain (2015), en la que él dirigía y ella, protagonizaba. En la segunda, The Invincible Diplomacy of Mr Naderi, codirigida entre los dos, un documental sobre un personaje peculiar que quiere reconciliar Irán con EE.UU. En El perdón, su tercer trabajo al alimón, se decantan por la ficción, en la que ambos vuelven a codirigir y Moghadam se reserva el papel principal de Mina.

La película se posa en la mirada de Mina y su encuentro con Reza, una relación que se apoderará del relato, y se convertirá en una náufraga que es rescatada por una especie de ángel de la guarda. El perdón tiene una planificación formal férrea y brillante, firmada por el cinematógrafo Amin Jafari, que tiene en su filmografía a directores tan relevantes de la cinematografía iraní como Jafar Panahi y Majid Barzegar, entre otros, construida a partir de planos secuencia fijos, donde se va generando la tensión entre los diferentes personajes, así como el trabajadísimo montaje firmado por Ata Mehrah y Sanaeeha, donde consiguen imponer un ritmo denso en sus ciento cinco minutos, sumergiéndonos en una historia con muchos interiores que asfixian a los individuos, donde cada mirada, gesto y encuadre está estudiado con precisión. La extraordinaria pareja protagonista con Alireza Sanifar en la piel del enigmático Reza, ese amigo desconocido, ese ángel protector, o quizás, un tipo que también tiene mucho de culpa y lo hace todo por perdonarse y que le perdonen.

Frente a él, tenemos al epicentro de la historia, porque estamos convencidos que la película tiene mucho del inmenso trabajo de la maravillosa Maryam Moghadam como Mina, la actriz y directora que ya vimos protagonizando la película Closed Curtain (2013), codirigida por el citado Panahi y Kambuzia Partovi, en un extraordinario trabajo de contención, y sobre todo, de mirada, porque cada gesto y cada detalle de su interpretación es sublime, y no solo consigue atraparnos desde la poderosísima secuencia que abre la película, recorriendo esos largos pasillos de la cárcel para despedirse del marido que van a ejecutar, sino también en cada momento, cada instante, de esos momentos íntimos y hermosos que tiene con su hija sorda, esos diálogos casi en silencio y tan cercanos y especiales, y los demás instantes que hacen del personaje de Mina una persona que podríamos ser cualquiera de nosotros, viviendo en un estado que aplica la condena de muerte, y aplica una ley que va en contra de los intereses de los ciudadanos.

Nos alegramos por la codirección de Maryam Moghadam, que se suma a otras directoras iraníes como las conocidas Samira y Hana Makhmalbaf y Ana Lily Amirpour, entre otras, toda una proeza para las mujeres, tan perseguidas y mutiladas en el país árabe, que hacen un cine para todos en un país sometido a la Sharia Islámica que rige la sociedad con unas leyes misóginas que amputan de derechos y libertades a todos los individuos y en especial, a las mujeres. El perdón es una película que radiografía la idiosincrasia de la actual sociedad iraní, en aspectos tan importantes como la aplicación de la ley, la justicia, el perdón y la culpa. Una cinta que cala en todos los espectadores, por lo que cuenta y como lo cuenta, y sobre todo, por atreverse en contar la intimidad de las personas que han experimentado como sus vidas han sido destrozadas por la pena de muerte, todos las almas anónimas que siguen después de una injusticia, como la que viven, y no solo eso, como el estado y la sociedad los trata de forma tan ruin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luis Hostalot

Entrevista a Luis Hostalot, actor de la película “Culpa”, de Ibon Cormenzana, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Hostalot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, actriz y director de la película “Culpa”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Virginia Demorata

Entrevista a Virginia Demorata, actriz de la película “La mancha negra”, de Enrique García, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Virginia Demorata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Enrique García

Entrevista a Enrique García, director de la película “La mancha negra”, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enrique García, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No odiarás, de Mauro Mancini

LA GESTIÓN DE LA CULPA.

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”.

Stefan Zweig

Después de leer la noticia del hecho real que ocurrió en 2010 en la ciudad de Paderborn, Alemania, en la que un cirujano de origen judío se negó a operar a un hombre que tenía un tatuaje nazi. El director italiano Mauro Mancini y su coguionista Davide Lisino, encontraron la materia prima para elaborar el guion de No odiarás, una cinta que pone en cuestión las enormes dificultades de alguien que debe gestionar su dolor y sobre todo, su culpa. La premisa es sencilla y muy directa. Una película que nos relata la cotidianidad de Simone Segre, un reconocido cirujano de la ciudad de Trieste, al noroeste de Italia. Un día, mientras realiza sus entrenamientos en piragua, presencia un accidente de tráfico. Cuando mientras socorre a uno de los heridos, descubre una esvástica nazi que lo paraliza por completo y decide pedir ayuda. Pero la cosa no acaba ahí, reconcomido por la culpa, contacta con la hija del fallecido, la joven veinteañera Marica Minervini y la contrata como asistenta. Aunque, la cosa se complicará muchísimo, cuando Luka, el otro hijo del fallecido, un joven nazi fanático, se opondrá con fuerza cuando sabe que el cirujano es hebreo.

El director italiano sitúa su película en una ciudad como Trieste, donde ha aumentado la inmigración, y no solo nos habla de una historia muy actual, sino que remite constantemente al pasado de la Segunda Guerra Mundial, en un ir y venir que deberá procesar el protagonista, ya que su padre, recientemente fallecido, fue deportado como judío y convertido en dentista en los campos de exterminio nazis. No odiarás está construida a través de estos tres personajes, individuos que el destino ha querido mezclarlos, donde deben lidiar con la herencia paterna y gestionar como pueden emociones tan complejas como la culpa, que les hace meterse en berenjenales de difícil solución. La sutileza y la neblina de esa luz que inunda toda la película, que firma el cinematógrafo Mike Stern Sterzynski, consigue dotar a la composición de esa oscuridad que tanto emanan sus protagonistas, con un montaje medido y ajustado de Paola Freddi (a la que conocemos por su labor en Hannah, de Andrea Pallaoro, durísimo drama de una mujer madura que se queda sola después que su marido sea encarcelado, protagonizada por la grandísima Charlotte Rampling).

Mancini, con experiencia en cortometrajes y televisión, elabora con paciencia y reposo un drama íntimo, una cinta sobre el odio al otro, sobre comprender y mirar de frente al diferente, a aprender a convivir con el otro, a lidiar con la oscura herencia familiar, a liberarnos de la culpa para seguir avanzando y entender a los otros, y sobre todo, a nosotros mismos, y todo contado desde la sutileza, desde los impactantes silencios, y desde las emociones de unos personajes atrapados por su pasado que gestionan un presente muy herido, como la relación que tiene el protagonista con el perro de su padre y la evolución que tienen. Un actor con la presencia y el aplomo de Alessandro Gasmann, hijo del carismático intérprete italiano Vittorio Gasmann, con el que debutó en el cine siendo una adolescente (al que hemos visto en películas tan interesantes dirigidas por nombres de renombre como Franco Rossi, Bigas Luna, John Irvin y Ferzan Ozpetek, entre otros), que compone un hombre aparentemente tranquilo, pero que arrastra demasiado dolor, y una carga muy pesada con un padre de difícil carácter, encuentra en los hijos del nazi fallecido, una forma de redención y de liberarse de tanta culpa que lo atormenta. Excelentemente bien acompañado por los jóvenes Sara Serraiocco y Luka Zunic, interpretando a Marica y Marcello Minervini, respectivamente, escenificando las dos formas de gestionar la muerte y el dolor, con ella, volviendo de una vida dura y haciéndose de sus dos hermanos menores, y él, usando el rencor y la violencia para ahuyentar tantas heridas sin cicatrizar.

El director transalpino observa a sus individuos sin entrar en juicios ni nada que se le parezca, huyendo completamente del manierismo de muchas producciones que abordan temas de la misma índole, esa función, si es que resulta adecuada, la deja al espectador. La película está tejida con detalle, sobriedad y tensión en sus estupendos 95 minutos. Un retrato que podría desarrollarse en cualquier ciudad europea donde se generan conflictos de odio que desatan en violencia, ahondando el antisemitismo imperante en muchos países, que devuelven a la actualidad las tragedias del pasado, unas tragedias que solo pueden curarse con educación, comprensión y tomando medidas para que esas exaltaciones de violencia no se produzcan contra nada ni nadie. No odiarás escarba de forma intensa y profunda en la condición humana, todo aquello que nos hace diferentes e iguales a los demás, todo aquello que debemos curar y debemos hacerlo de frente, sin atajos ni buscando culpables, sino siendo sinceros con uno mismo, y sobre todo, mirar sin rencor el pasado, ni a nuestros padres, perdonando y perdonándonos, mirando con amor a las personas que le debemos la vida, para bien o para mal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zero, de Iñaki Sánchez Arrieta

EN MITAD DE LA NADA.

“Dicen… que la mala fortuna no entiende de justicia ni de compasión. Tampoco de estadísticas, creencias o de casualidad. La mala fortuna sólo entiende de sí misma y de la despreocupación del dolor que puede causar. Lo cierto es que es se dolor se propaga como la peor de las epidemias, arrasando con todo lo que se pone a su alcance. La mala fortuna siempre es el origen de una larga cadena de desgracias, que sólo generan dolor, dolor y dolor, allá donde llegan. Yo. Soy uno de los eslabones de esa cadena”.

La premisa de partida de Zero, opera prima de Iñaki Sánchez Arrieta (Valencia, 1977), es sencilla, sobria y realmente muy espectacular. A saber. Un hombre y una mujer se despiertan en mitad de un desierto, no saben nada de su pasado, ni siquiera sus nombres. Cada día, por mucho que se desplacen buscando una salida a este laberinto, no consiguen salir, y a la mañana siguiente, vuelven a despertarse en el mismo lugar. Desde la distancia, un hombre y su perro los observan.

Sánchez Arrieta que ha aprendido el oficio de dirigir con sus cortometrajes y como ayudante de dirección en películas y series, ha escogido un relato sin estridencias, apoyado en un par de personajes y mucha sobriedad, centrándose en el aspecto humano y marcando una historia con el mejor aroma del thriller psicológico, recogiendo la trama con los sueños, pesadillas o recuerdos del protagonista masculino, y tocando elementos que mortifican a las personas de ahora, como la obsesión por el trabajo, el miedo a afrontar una realidad dura, las dificultades que tenemos para relacionarnos, y sobre todo, la necesidad de dar y recibir amor. Zero es una película modesta, abarca todo lo que puede, sin salirse de la línea marcada, no quiere levantarnos de la butaca, sino todo lo contrario, hundirnos en ella, hablándonos de seres humanos y sus problemas cotidianos, cómo los afrontan, extrayendo sus miedos, inseguridades y conflictos. El género se adapta completamente al aspecto psicológico de los personajes, la historia siempre es una excusa para mover de aquí para allá a unos individuos a los que la vida les da puñaladas inesperadas, como suele ocurrir, porque la vida, como bien mencionan en la película, es completamente azarosa y como tal, debemos estar preparados para los cambios contantes.

Un guion férreo y estimulante que firma Ferran Brooks, una excelente, natural y directa cinematografía de José Martín Rosete, y un montaje ágil y firme de Manolo Casted y el propio director, reafirman que a veces no hace falta grandes presupuestos para conseguir que el espectador entre en tu propuesta y se emocione con los mínimos elementos. Aunque, el elemento que más destaca en Zero es sin lugar a dudas la dirección de actores y el inmenso trabajo interpretativo del trío de la película, empezando por Juan Blanco, dando vida al hombre que parece tenerlo todo, y un infortunio del destino, aludiendo al texto que abre la película, se verá inmerso en un vaivén de pesadillas, sentirse muy perdido y sobre todo, del miedo que le oprime ya que se ve incapaz de enfrentar sus males y culpas. A su lado, Núria Herrero, la mujer que también está atrapada en este bucle kafkiano, que tendrá una misión importantísima en el transcurso de la existencia del hombre. Y finalmente, Pep Sellés, un personaje enigmático del que sabemos nada, pero conectará con el hombre y la mujer de esta historia, también muy a su pesar.

Zero se convierte casi al instante en una obra de culto, porque sabe sacar el máximo beneficio, tanto emocional como técnico, convirtiendo una propuesta arriesgada en un trabajo muy íntimo y transparente. La película tiene el aroma de un episodio de la mítica serie estadounidense de misterio y ciencia-ficción The Twilight Zone, o la más cercana Historias para no dormir, del gran Chicho Ibáñez Serrador, incluso toda la serie B, como La invasión de los ladrones de cuerpos, El pueblo de los malditos, la factory Corman, et… Relatos con su toque de misterio o fantasía, que tiene mucho que ver con la condición humana, todo aquello oscuro que intentamos vanamente ocultar, y sobre todo, unos ejercicios de reflexión que nos hablan mucho de la sociedad que habitamos y todos los problemas que nos suceden, cómo vivimos, cómo afrontamos el dolor y al culpa, y aún más, quiénes somos y qué hacemos, la grandes cuestiones que martillean a la humanidad desde que pululamos a lo largo y ancho de este planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “L’ofrena”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA