Winnipeg, el barco de la esperanza, de Beñat Beitia y Elio Quiroga

UN CUENTO SOBRE EL EXILIO.   

“Una nación que crea hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan”. 

Ángel Ganivet

De un tiempo hasta ahora, el cine de animación se ha abierto poco a poco hacia la memoria, con películas que profundizan en hechos del pasado, sobre tiempos muy oscuros y rescatando la memoria de tantos olvidados. Ahí encontramos 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín y Josep (2020), entre otras. A este grupo se ha añadido Winnipeg, el barco de la esperanza, del tándem Beñat Beitia y Elio Quiroga, basada en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda, de Laura Martel, que coescribe el guion junto a los dos directores. La película rescata la memoria de tantos exiliados que se fueron del país a finales de la guerra en 1939. Su periplo tortuoso y peligroso que les llevó a cruzar por los Pirineos nevados hasta llegar a Francia, donde los encerraron en los campos de Argelès-sur-Mer y demás junto al mar en condiciones paupérrimas, y de allí, con suerte, introducidos en un barco como el que promovió el poeta Neruda y llevarlos en una dura travesía hasta Valparaíso en Chile. 

La historia gira en torno de Víctor, un viudo y sindicalista de Barcelona que vive junto a sus cuñados y su hija pequeña Julia. En enero del 39 con el avance de las tropas franquistas decide irse y emprender una travesía difícil en el que se tropezará con la bondad y la maldad de la condición humana. Beitia ya tenía experiencia en el cine de animación con Dixie y la rebelión zombi (2014), que codirigió junto a Ricardo Román. Elio Quiroga tiene una extensa filmografía que arrancó con la cinta de culto Fotos (1996), con el cine de género de  terror psicológico como punta de lanza, en la que también ha tocado el documental y la animación en el cortometraje Home Delivery: Servicio a domicilio (2015). Estamos ante un dibujo sencillo, intimista y nada artificioso, cuidando el detalle y la precisión para contarnos un relato sobre olvidados en contra del olvido que algunos se empeñan en enterrar o usar como rédito político. En un país como el nuestro, donde la memoria es tan mal usada o reducida a cuatro homenajes y alguna cosa más sin importancia, una cinta como está ayuda a ver ese pasado incómodo y terrorífico en el que tantas personas huyeron del terror franquista, y emprendieron viajes para encontrar un lugar donde no fuesen señalados, perseguidos y asesinados.

La película ha significado un grandísimo esfuerzo de producción que ha contado con grandes profesionales como Arkaitz Alaztuei en la dirección de animación, en el que estaba Bernardita Ojeda, que tiene en su haber la reciente Olivia y el terremoto invisible. La música corre a cargo del experimentado Diego Navarro, el compositor habitual de la directora Mar Targarona, y en el cine de animación con Atrapa la bandera, y la reciente Mariposas negras, de David Baute, gran cine de animación que denunciaba los destrozos del cambio climático. El montaje lo firma Raúl López, con más de 40 títulos en su filmografía, habitual de cineastas vascos como con los Moriarti, es decir, José María Goenaga, Jon Garaño y Aitor Arriegi, de la que es un habitual, y otros como Asier Altuna, Telmo Esnal y Aritz Moreno, entre otros. Su edición es magnífica con sus 75 minutos breves e intensos, llenos de emoción, de negrura, de tristeza y miedo, pero también de esperanza, sentido de la libertad y pequeños gestos de humanidad dentro del terror en el que sobreviven como pueden. La película huye de la condescendencia y la lágrima fácil, como hacen en producciones de las mismas características, aquí hay sensibilidad y una mirada de verdad a la odisea que vivieron tantos exiliados que salieron del país con rumbo incierto y mucho miedo. 

Ver una película como Winnipeg, el barco de la esperanza ayuda a todos/as aquellos que no sepan la realidad de la retaguardia de la Guerra Civil Española, todo lo que sucedía a las personas de a pie, como explicaba Las bicicletas son para el verano, del gran Fernando Fernán-Gómez, tanto en teatro como en cine, verán un trozo de aquellas vidas, experiencias y terror que sufrieron tantas personas como Víctor y Julia, en un mundo que se desmorona porque unos señores de caqui no aceptaron la voluntad del pueblo, les recuerda algo de la actualidad política del aquí y ahora. En la película vemos nombres que han pasado a la historia por su labor humana como Pablo Neruda, la enfermera Elisabeth Eidenbenz  y un joven ministro Salvador Allende, en las voces de los intérpretes chilenos Paulina García, Luis Gnecco y Alfredo Castro. Acérquese y sepan quiénes fueron los protagonistas de la película dirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga, porque seguramente no los conocerán y además, sabrán que fué irse de tu país y emprender un viaje hacia una esperanza que había que hilvanar con muchísimo cuidado después de todo lo que dejaban atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un paseo por el Borne, de Nick Igea

EL CINE COMO REFUGIO DE LA VIDA.    

“Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine a la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine”.

François Truffaut 

Cuenta la historia la existencia de Martín que dejó su Palma natal para ser director de cine en Madrid. Después de trabajos como ayudante de dirección, algún que otro cortometraje premiado y un largo que nunca llegó a materializarse, volvió a Palma y se refugió en su autocompasión, en su derrota y nada más. Quisó el destino que el cine volviese a su vida mediante unas clases para jóvenes. De forma apática Martín volvió al cine o a una manera de volver a su sueño, eso sí, de otra manera, y desde otro ámbito. Un paseo por el borne, la ópera prima de Nick Igea (Palma de Mallorca, 1974), después de cuatro cortos, nace a partir de un guion coescrito por Zebina Guerra (coguionista junto a la directora Marta Días de Lope Díaz de sus dos largos, y cocreadora de la serie L’última nit del karaoke), Elio Quiroga, director de la cult movie Fotos, La hora fría y La estrategia del pequinés, entre otras, y del propio director, nos cuenta la existencia de muchos directores frustrados acompañados de muchos sueños olvidados, y sobre todo, de fantasmas que deambulan sin más, que están y no están como le ocurre a Martín, alguien que soñó con hacer cine y ahora, ya no tiene sueños y mucho menos, ilusión por la vida.

La película toca de pleno el cine, en todo lo bueno que tiene y también, lo malo, en todo aquello que nos hace soñar y actúa como refugio para muchos espectadores que encuentran en el cine una forma de escape y sobre todo, de vivir. También tiene el lado oscuro, el de una industria muy elitista y mercantilizada, como la sociedad misma, en la que hacer cine se convierte en una quimera y en una resistencia y muy precaria. La cinta de Igea no esconde su modestia y hace de ella su principal virtud, porque cuenta un relato sencillo, sin estridencias ni artificios, lo más transparente y claro posible, a partir de un tipo como Martín, alguien retirado del cine, alguien que tiró la toalla hace años. Y no construye su pericia desde la falsedad y el consabido positivismo de pandereta, la película rezuma verdad, situándose en lo íntimo y profundo, sin edulcoramientos, sin pretensiones, y mostrando una realidad del cine, hay muchas más, pero el director ha elegido esta y dentro de sus torpezas propias de la primera vez, el conjunto tiene sensibilidad, se esfuerza en contarnos una historia cercana, y además, dice muchas de las verdades elitistas de mucho cine de nuestro país, que parece ensimismarse en una burbuja que nada tiene que ver con la realidad social, económica y cultural del país.

Una cinematografía natural e íntima que firma Adolfo Morales “Fofi”, que ha trabajado en los equipos de cámara con Vicente Aranda y Agustín Díaz Yanes, nos acerca una localización como Palma, mostrando una realidad social alejadísima del turisteo estúpido que invade la isla, donde hay mujeres de la limpieza de hoteles, mozos de equipaje, vendedores de hamburguesas y una muestra de los habitantes de la ciudad. El pausado y nada artificioso montaje de Azucena Baños, que ha trabajado en series como El barco, Vis a vis y Estoy vivo, entre muchas otras, y en films como Alimañas, ayuda a contar sin prisas y tranquilidad una historia sobre el encuentro entre alguien que no quiere oír hablar de hacer cine frente a unos jóvenes que su sueño es hacer cine, como sea y dónde sea. La música intimista y tranquila de Miguel Ángel Aguilló, que estuvo en el premiado cortometraje Woody & Woody, y en documentales como Milicianas y Vivir sin país: El exilio rohingya, actúa como acicate para un personaje principal solitario y hundido en sus recuerdos y su tristeza, un tipo que volvió al hogar o lo que queda de él, como aquellos vaqueros cansados de todo y todos. 

Un estupendo reparto encabezado por un gran Rodolfo Sancho como Martín, muy alejado de sus últimos roles, metiéndose en la piel de un tipo sin vida, un especie de zombie sin ilusión ni nada, que las clases de cine significarán su último tren, o por lo menos, una oportunidad de volver al cine después de tantos años. Le acompañan la juventud de Tábata Cerezo que hace de una entusiasta de la fotografía y fan de las frases célebres, Roque Ruíz es el joven que sueña con ser director de cine, Lluís Oliver es el escritor a pesar de la imposición paterna de convertirse en abogado, y las más veteranas como Ruth Gabriel, ejerciendo de alma mater de los jóvenes ante una oportunidad de oro en su vida, y la presencia de la siempre interesante Natalia Verbeke haciendo de sí misma. Un reparto bien escogido y mejor llevado, un guion que se mueve dentro de lugares y atmósferas y tonos que se conocen al dedillo, y unas pequeñas historias que se encargan de enfadarnos, emocionarnos y sobre todo, de reflexionar sobre el hecho de vivir, del cine como reflejo de la vida, el cine como refugio para vivir y sobre todo, el cine y la vida como unidos ante los conflictos emocionales que nos acechan constantemente. Con todo lo mencionado, la película Un paseo por el Borne, que hace referencia a un pequeño paseo que ayuda al protagonista a aclarar sus dudas, no debería pasar desapercibida porque lo único que pretende, si es que pretende alguna cosa, sólo sea esa, la de mirar la vida y el cine, y viceversa, y reflexionar un poco, ya sea de paso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA