Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película «Una casa junto al mar» en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La última bandera, de Richard Linklater

NI HÉROES NI PATRIAS.

Después de Boyhood, donde a modo de biografía se sumergió en el proceso de la infancia a la edad adulta filmando durante 12 años la vida de una persona, y de Todos queremos algo, su revisión sobre aquellos años ochenta de ambientes universitarios, Richard Linklater (Houston, EE.UU., 1960) desvía su mirada hacia la guerra, o las consecuencias de la guerra, tanto las del pasado como las actuales, y para ello recurre a la novela Last Flag Flying, de Darryl Ponicsan (que sirvió en la Marina en los años 60) también coautor del guión, para relatar un viaje de tres veteranos del Vietnam, que vuelven a reencontrarse, ya que uno de ellos ha perdido a su hijo en la guerra de Irak y demanda su compañía para afrontar este difícil trance. Linklater afronta su cine desde la mirada y conflictos de sus personajes, el relato lo cuentan ellos, y los acontecimientos exteriores adquieren un profundo análisis por parte de los personajes que se retratan, acumulando sus diferentes puntos de vista y siguiendo las formas de actuar ante los conflictos que la trama va generando, nada camina en una sola dirección, todo se enmaraña, y las discusiones y posiciones enfrentadas arrecian en cada uno de sus filmes, en sus diferentes formas de encarar la vida, los problemas y demás situaciones personales.

Aquí, lo que parece un viaje de duelo en el que aparentemente no aparecerán problemas, una vez que llegan para recoger el cadáver, y tras escuchar la versión oficial de los acontecimientos relacionados con la muerte del soldado, Larry “Doc” Shepherd, el padre del soldado muerto, decide no enterrar a sus hijo en Darlington, el cementerio oficial de los caídos por la patria, y llevárselo a su tierra natal en Portsmouth, New Hampshire. A partir de ese instante, los tres compañeros de la guerra iniciarán una aventura que les llevará por diferentes ciudades y hablarán, dialogaran e incluso discutirán, y en algún momento, se enfadaran. “Doc” es el más reflexivo y callado, militar de profesión hasta que fue expulsado, y ahora intenta llevar una vida tranquila a pesar de los palos de la vida, Sal Nealon, es un alcohólico que regenta un bar en una de esas ciudades tranquilas y solitarias, donde aparte de levantar algún ligue de tanto en tanto, sigue fiel a su estilo de soledad y tertulia de barra, y finalmente, Mueller, que ha dado un giro a su vida radical, y se ha convertido en reverendo, en el que pasa el tiempo como pastor y llevando una vida familiar.

El cineasta texano con su habitual descripción de personajes y con brillantez,  nos habla en profundidad de las consecuencias terribles de la guerra (tanto la de ahora, la de Irak, que se asemeja a la de Vietnam, por sus continuas bajas y calamidades en su nefasta estrategia) en el que nos desvelarán que los tres veteranos soldados acarrean un episodio trágico durante la guerra que no han podido olvidar. La película es un drama agridulce, donde también hay espacio para el humor, recordando los viejos tiempos en la guerra, y las variantes de estupideces que vivieron y sintieron, a través de una road movie interesante y sencilla, donde tres hombres deberán enfrentarse a sus ideas, reflexiones y dudas ante las formas de política que envía a jóvenes estadounidenses a morir en la otra parte del mundo, a países que ni quisiera conocen, y además, son incapaces de mostrar en un mapa. El estupendo trío protagonista de la película (otra de las claves del cine de Linklater) capitaneados por la paz y la tristeza que desprende el personaje de Steve Carrel, como el padre del soldado muerto, acompañado por la irreverencia y golfería de Bryan Cranston, el eterno rebelde, y finalmente, el lado opuesto, el reverendo Mueller, que después de años de inquietud sexual, se ha quitado las botas y ahora, tiene una vida muy alejada de todo aquello, una existencia que por el camino ha abrazado la palabra de Dios.

La habilidad y sinceridad con la que nos cuenta la película Linklater, enmarcando a sus personajes en un estilo naturalista e íntimo (no es casual que la película este ambientada en diciembre del 2003, cuando fue capturado Saddam Hussein) convocando a los viejos amigos a volver en cierta manera, a lo vivido en la guerra, aquella en la que se conocieron, aquella en que les tocó compartir aquel episodio secreto y horrible. Unos personajes muy diferentes entre sí, casi extraños, con posiciones totalmente alejadas, y vidas que nada tienen que ver las unas con las otras, emprenderán no solo un viaje más, porque no lo es, sino que vivirán la experiencia del reencuentro de forma real, como si la vida les diese una nueva oportunidad para enfrentarse a aquello que les dolió, aquello que sigue latiendo en su interior, una forma de compartir el dolor junto a los que lo vivieron. Cada uno de ellos encontrará en este viaje-entierro una manera de reflexionar sobre sus vidas, sus años en la guerra de Vietnam, y sobre todo, el orden de las cosas actuales, sobre las decisiones tomadas y las que se dejaron de tomar, la vida vivida y las vidas que no se vivieron, aunque quizás, hay cosas que desgraciadamente, no cambian, o simplemente, solo transmutan para seguir igual, como las malditas guerras que siguen llevándose vidas inútiles que en el fondo no sirven para nada.

The Party, de Sally Potter

FUERA MÁSCARAS.

En un instante de la película, uno de los personajes April, quizás el más irónico y cínico con su miseria y frustración, le suelta a Janet (amiga de toda la vida y recién nombrada ministra de sanidad) la siguiente advertencia: Yo no creo en la democracia, creo en ti. Toda una declaración de principios, y también, podríamos añadir que es donde descansa el verdadero propósito de la película, que no es otro que ese estado de ánimo, si todavía queda alguno, de los personajes que se encontrarán en el hogar de Janet y Bill para celebrar el nombramiento. Sally Potter (Londres, 1949) cineasta inquisitiva y crítica con los problemas personales y sociales, como ya demostró en películas memorables como Orlando (1992) o Ginger & Rosa (2012), plantea una película de gran pureza y naturalismo, en la que se despoja de todo artífico cinematográfico para sumergirse en la esencia de sus personajes y sus peculiaridades, desde su acción, que sigue el orden cronológico de los hechos, en un tiempo real, en esos intensísimos y frenéticos 71 minutos de duración, donde nosotros los espectadores asistimos como uno más, viviendo en directo lo que les va sucediendo a los personajes, a todo aquello que se va cociendo in situ. Otra de sus características es su color, o su falta de él, el blanco y negro naturalista y extremadamente sobrio, obra de Alexey Rodionov (íntimo colaborador de la directora).

La cinta nos sitúa en un solo espacio, el hogar ya citado, y su salón, donde se conocerán las mayores revelaciones, y también, la cocina, el baño y la terraza, ese espacio doméstico donde se hablará, discutirá y debatirá sobre todo, y digo todo, porque Potter atiza a todo, desde el romanticismo de los ideales, de la diferencia entre las ideas y los actos, de las verdades, aquellas reales y las inventadas, de la juventud, del tiempo, de la medicina de siempre y la natural, de la izquierda, del ultra capitalismo, del feminismo, la maternidad, la amistad, el amor, el agotamiento de la vida en pareja, de nuestros sentimientos, o lo que interpretamos que son, y la coherencia entre la vida profesional y la personal, y sobre todo, de todo aquello que deseábamos para nuestra vida y en algún momento, no sabemos cuándo, se quedó en alguna parte o lo dejamos por el camino, que para el caso es igual. Potter no deja títere con cabeza, y lo hace desde la comedia negra, muy negra, desde la fábula moral, aderezada con las canciones que suenan en ese viejo tocadiscos, que van describiendo el interior de cada uno de los personajes, que lo que empieza en una celebración, poco a poco se irá tornado de un tono más oscuro, más terrorífico, y derivará en el drama personal e íntimo, sin dejar nunca de lado esa mala uva tan característica del humor inglés.

Potter no mira a sus personajes con odio y recelo, sino todo el contrario, los mira y filma desde todos los puntos de vista, sin juzgarles ni admirarlos, en su sencillez humana, en sus contradicciones, en su insignificancia y miserias ocultas, sus miedos y sus mentiras, en una película que el punto de vista irá cambiando de mano, y cuando la película se detiene en uno, los demás acuden como espectadores insólitos para escuchar, oír y callar, solo algunos, porque otros sí que querrán decir la suya. Una velada con amigos, o con amigos que se mienten, o mejor dicho, que saben ser diplomáticos y sinceros cuando se les pide, y saben guardar las formas si la ocasión lo requiere, amigos al fin y al cabo. La cineasta británica va cociendo a fuego lento su (des) encuentro, moviéndose entre las figuras humanas, unas más reconocibles que otras, unas más sinceras que otras, llevando su drama hasta esa catarsis general en el que todo explotará, todo se destapará, y en el que todos, y cada uno de ellos, explicará su verdad, eso que tanto tiempo ha guardado, su vida, sus sentimientos, y todas las frustraciones que la política, la sociedad, la cultura y la maldita economía le han producido en su existencia.

Potter enmarca su película en lo que podríamos añadir como un género en sí mismo, con el aroma de cintas como El discreto encanto de la burguesía, Reencuentro o Los amigos de Peter, por citar algunas, nos referimos a esas reuniones de amigos, esos reencuentros o no, a esas veladas que empiezan con risas, palabras amables y formas elegantes, y los recuerdos del ayer, los perdidos, los encontrados o los inventados, que según avanza la reunión cordial y amigable, y sin saber cómo, o quizás sí, en algún momento, nadie sabe en qué momento, todo cambiará, las cosas cambiarán de rumbo, se tornarán diferentes, como si alguien las hubiera cambiado del revés, en una especie de hoguera de las vanidades doméstica, donde aparecerá todo, donde la mentira no aguantará más desplantes y vergüenzas, y la verdad se impondrá como un martillo ejecutor que golpeará a todos, sí a todos, sin olvidarse de ninguno, con la misma fuerza como si lo hiciera por última vez, porque después de esa noche ya nada volverá a ser igual, o quizás sí, pero con muchos matices, y todos deberán convivir sabiendo la verdad, y conociendo a lo que se atienen con sus conflictos interiores y sus relaciones con los otros.

Y como suele ocurrir en estas piezas de cámara humanas y sin trampa ni cartón, los personajes complejos, tan humanos y débiles, en el fondo, como somos todos, están interpretados por un reparto coral que raya a una grandísima altura, dotando a sus personajes de carne y hueso, entes de verdad, cuando esta hace acto de presencia, desde la anfitriona, Kristin Scott Thomas (esa ministra nombrada que tiene un incendio en su casa y además, tantas cosas que ocultar) su marido Timothy Spall (casi en el otro barrio, ausente, que más parece un fantasma, y aún guarda un as que le hará incendiar el cotarro) Patricia Clarkson (esa amiga devota del alma, pero que conoce sus fragilidades y frustraciones) y su marido, Bruno Ganz (mitad curandero, gurú y adicto a la autoayuda) Cherry Jones (la lesbiana madura que ha vivido contra todos para ser ella misma) su pareja y madre de sus trillizos Emily Mortimer (la gay que ataca a todo y todos, sin importarle los matices) y finalmente, Cillian Murphy (ese triunfador del capitalismo, adicto a la coca que se siente un perdedor y no sabe como retener a su esposa). Seres perdidos, seres idealistas, algunos, y otros, frustrados, o las dos cosas a la vez, pero que en el fondo, intentan sobrevivir a pesar de toda la falsedad política, la de los suyos, a los que creyeron en el cambio y que las cosas podían cambiar, aunque finalmente, no fue así, pero al menos soñaron con eso, o con algo parecido.

Cuando dejes de quererme, de Igor Legarreta

LA VERDAD SOLO TIENE UN ROSTRO.

“La tierra manda, el lugar condiciona”

El pasado, por mucho que se intente enterrar, siempre vuelve, y vuelve para saldar cuentas, para enfrentarnos a aquello que pretendíamos olvidar cierto día. La aparición del cadáver de Félix Careaga devolverá a su única hija Laura, a aquellos días convulsos de finales de los sesenta, cuando el país vivía sometido a las injurias políticas y sociales de un tiempo de silencio y horror. Igor Legarreta (Bilbao, 1973) con experiencia en el guión de Regreso a Moira, de Mateo Gil, y también, en la escritura de Autómata, de Gabe Ibáñez, en la que también dirigió al segunda unidad, misma labor que realizó en Zipi y Zape, hace su puesta de largo en una película donde se mezcla el drama familiar con el thriller de investigación (con los orígenes de ETA de por medio) en el que Laura, una joven nacida en Durango pero ahora instalada en Buenos Aires, regresa para descubrir la verdad de su padre, al que apenas recuerda. Le acompañará Fredo, su padre adoptivo, y les ayudará en las pesquisas Javier, un joven agente de seguros que se sentirá atraído por la joven.

La película nos habla de dos tiempos, el año 2002 y el lejano, y a la vez tan próximo, 1968, y de dos lugares, Durango y Buenos Aires, distanciados en 10000 kilómetros, pero que en la trama se encontrarán en cierto lugar, sin tiempo ni espacio. Legarreta arropa a su trama la elegancia y la luz sombría del norte, para encerrarnos en un misterio en el que todos los implicados con el suceso parecen guardar silencio, a veces por miedo, y otras por conveniencia. La luz apagada y fantasmal del norte, obra del cinematógrafo debutante Imanol Nabea, esa luz mortecina de Durango, atraviesa la película dotándola de fuerza, aportando el ambiente inquietante y ese juego laberíntico por el que transita la cinta. Un montaje clásico obra del experimentado Alejandro Lázaro (habitual colaborador de Alex de la Iglesia) que ayuda a espaciar los acontecimientos y a viajar de un tiempo a otro, casi sin darnos cuenta, a medida que avanzan las investigaciones. La especial y penetrante score del reputado Lucio Godoy (con más de dos lustros de carrera con obras como Tarde para la ira o la serie Crematorio) crea esa atmósfera de fantasmas y sombras que se han instalado en la vida de Félix Careaga.

La película avanza a ritmo pausado y cadente, todo se nos cuenta de forma clara y precisa, apoyándose en un relato lleno de preguntas sin responder y personajes que callan más de lo saben, en un viaje emocional de Laura (bien interpretada por la actriz argentina Flor Torrente) una joven que se enfrenta a su identidad y orígenes, una joven que quiere saber, quiere darle dignidad a aquel padre del que poco sabe, aquel padre que todos dicen que se fue y jamás volvió, que abandonó a su madre y a ella, que descubrirá también sus sombras, pero que al fin y al cabo, era su padre, y en este camino, descubrirá más cosas de las que imaginaba, y quizás se descubra a sí misma a través de sus sentimientos. El personaje de Fredo (magnífico la composición de Eduardo Blanco) que además de aportar ese faro vigilante emocional a Laura, introduce las dosis de humor para relajar el ambiente oscuro de la película. Miki Esparbé realiza un buen trabajo, interpretando al enamoradizo de Laura que le ayuda poniendo en peligro su trabajo. Y el gran acierto de la película son los magníficos actores y actores de reparto que pueblan la cinta como el padre asesinado Eneko Sagardoy, el oscuro y silencioso Joaquín Climent, la mano amiga de Mario Pardo, el rudo y serio Kandido Uranga, el antipático y profesional Josean Bengoetxea, y la aparición estelar de Antonio Dechent como picoleto fascista.

Una película que navega con delicadeza y  sensibilidad por las diferentes capas y tiempos que la conforman, sumergiéndonos en aquellos tiempos de la dictadura franquista donde a veces la vida valía poco o nada, donde en un pequeño pueblo se sabía todo de todos, donde no había salida posible, en el que todos los que sabían se callaban, por miedo a hablar, o por las continuas represalias que allí se cocían, en el su intensa atmósfera y puesta en escena nos recuerda al aroma del gran policíaco de los ochenta, donde con audacia y nervio se mezclaba el drama familiar o social con el ambiente político áspero y tenebroso en el que películas como El arreglo, La muerte de Mikel, El pico, Ander y Yul, entre muchas otras. Cine valiente y contundente, cine que además nos explicaba las inquietudes e ilusiones de un país que arrastraba los fantasmas del pasado y andaba dando tumbos sin poder enfrentarse a su pasado más reciente. Legarreta aprueba con nota su debut, explorando el thriller psicológico con el drama más intimo y personal donde las cosas nunca son lo que parecen, y es necesario desenterrar a nuestros muertos y darles una memoria digna, porque aunque el tiempo haya pasado, hay heridas que jamás se curan.


<p><a href=»https://vimeo.com/249368623″>TRAILER OFICIAL CUANDO DEJES DE QUERERME (HD)</a> from <a href=»https://vimeo.com/centuriafilms»>Centuria Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Patricio Guzmán

Entrevista al cineasta Patricio Guzmán, con motivo del ciclo «Patricio Guzmán, la memòria de Xile», en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el jueves 25 de enero de 2018 en el hall del Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Patricio Guzmán, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a ECIB. Escola de Cinema de Barcelona, por su amabilidad, generosidad y tiempo,  y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo

LA LUCHA CONTINÚA.  

El arranque de la película es sumamente descriptivo y eficaz, lanzándonos de lleno a la cuestión que plantea su discurso. Unos jóvenes escuchan atentamente a un activista del Act-Up París que les explica la idiosincrasia de la asociación de LGTB que lucha contra el sistema para visibilizar los enfermos de VIH positivo y que se inviertan todos los recursos disponibles para luchar contra la enfermedad de forma más eficaz que hasta la fecha, además, les menciona el modus operandi de sus acciones de protesta y el funcionamiento de las asambleas donde de forma democrática se debate, se escucha y se llegan a acuerdos en la forma de aplicar las teorías. Estamos a principios de los 90, cuando el estado demonizaba al colectivo LGTB, y por supuesto, no veía con malos ojos la enfermedad del SIDA, que ya se había convertido en una epidemia mundial que haría estragos en la comunidad citada, y en otras, como los toxicómanos y demás. La tercera película de Robin Campillo (Mohammédia, Marruecos, 1962) vuelve a explorar temas que ya estaban en sus anteriores dos trabajos, aquellos ocultos a la sociedad, pero que sobreviven en las sombras, en esa periferia de la sociedad que la gran mayoría se niega a ver, en Les revenants (2004) nos contaba una trama con trasfondo social y político, pero a través de unos muertos vivientes, en su siguiente trabajo, Eastern boys (2013) se detenía en las miserables peripecias de los menores venidos del este que subsistían prostituyéndose en Francia.

En su nuevo trabajo, vuelve a introducirnos en un relato social y político, de lucha y activismo, en el que unos jóvenes seropositivos se enfrentan a lo establecido, a las farmacéuticas amparadas por el gobierno de turno que se niega a visibilizar la enfermedad del SIDA y a combatirla con todos los medios a su alcance. Campillo que ha desarrollado toda su carrera como coguionista y editor al lado del cineasta Laurent Cantet, nos sumerge aquí en un estado de excepción constante, en una lucha incansable y decidida por convencer a aquellos que no quieren convencerse. Una lucha diaria, llena de energía y fuerza, a través del combate en primera línea, saboteando eventos (como la secuencia que abre la película) visitando las empresas y haciendo visible sus protestas con esa sangre de mentira que visibiliza la sangre contaminada que recorre sus cuerpos, irrumpiendo en aulas para explicar los efectos devastadores del VIH, mientras reparten condones, o manifestándose y montando campañas publicitarias con mucho ingenio y brillantez. Todo lo que este a su alcance para combatir esa enfermedad invisible que el establishment se niega a ver un gran problema cuando muchos de sus amigos perecen irremediablemente.

Campillo compone una película de arrollador ritmo y atmósfera, que sus 144 minutos se nos pasan volando, convirtiéndonos en uno más de las asambleas, en las que se debate agitadamente las diferentes posturas que allí se manifiestan (que nos recuerda a los mismos debates que tenían el profesor con sus alumnos en La clase) en la que todos hablan y exponen sus reflexiones y diferentes posturas que a veces, deben debatirse para llegar a consensos y de esa manera materializar con más fuerza sus acciones reivindicativas. Campillo no solo nos habla de  la actividad política, sino también, de aquello menos visible, los sentimientos que experimentan sus componentes, sus amores (como el que articula la película) o las secuelas terribles que tienen debido a los tratamientos ineficaces contra la enfermedad, y cómo van llevando sus problemas de salud, su declive y sus últimos días. El cineasta francés nos lleva en volandas por una película que recoge a los primeros activistas que se alzaron contra los poderosos, y lucharon incansablemente, hasta sus últimos días, para cambiar el destino de sus enfermedades, y por ende, sus vidas.

Una película de arrolladora energía, que levanta hasta el más apático, envolviéndole en ese colectivo de lucha política activa, aquellos que ejercen una fuerza contra los de arriba, contra esos que se hacen llamar representantes de la democracia, una democracia o cómo se llame, sujeta y completamente abducida a las leyes de un mercado capitalista, que en nombre de la libertad y la justicia, acapara grandes fortunas y deja sin recursos sociales a los que más sufren. El brillante y rico plantel de actores jóvenes, capitaneados por Nahuel Pérez Biscayart, Arnaud Valois o Adèle Haenel (que algunos recordarán como La chica desconocida, de los Dardenne) nos seducen con su fuerza, su agitación, sus miradas y sus gestos de rabia, con esa energía envidiable que se lanza a las calles a protestar y gritar mientras bailan moviendo unos pompones rosas, luces y colores, y también, oscuridades y sufrimiento, en una película necesaria y valiente, que recoge con una gran fuerza a todos aquellos que se levantaron contra el establishment, esos burócratas canallas que  corrompen un sistema del que se sirven en favor de sus intereses personales y el de sus colegas, aunque siempre tendrán la oposición de aquellos que no se callan las injusticias.

Renta básica, de Christian Tod.

PENSAR LA UTOPÍA.

“Creo que la democracia hoy en día se ha convertido, en buena medida, en consentimiento manipulado, no forzado, sino manipulado, cada vez más manipulado, con la ayuda de la publicidad”

Erich Fromm (1900-1980)

La crisis mundial de hace menos de una década ha destapado las entrañas de una sociedad basada en un modelo económico insostenible, donde el 1% posee la misma riqueza que el 99% restante, y en el que la globalización, y la incorporación al mercado laboral de la automatización, elementos que vienen a cambiar completamente las estructuras de las finanzas económicas mundiales, con las graves consecuencias como la desaparición de puestos de trabajo, y un sistema que no podrá asimilar la gran mano de obra laboral que no tendrá disponibilidad de acceder a ningún trabajo. Problemas acuciantes para un sistema económico que deberá reiniciarse y encontrar otro modelo sostenible, en el que todas las personas del mundo encuentren su espacio y puedan vivir dignamente.

La película de Christian Tod (Linz, Austria, 1977) reputado economista que ha hecho de la renta básica su objeto de estudio, aborda de manera didáctica y profunda todos los aspectos de las causas nefastas del actual modelo económico y las posibles ideas para frenar este caos vital como la aplicación de una renta básica garantizada en el que las personas puedan cobrar del estado una retribución mensual para llevar a cabo su vida. El cineasta austriaco habla con empresarios, economistas, sociólogos, psicólogos, trabajadores, políticos, activistas y otros expertos en el tema para dialogar sobre la aplicación de esta renta, evaluando concienzudamente sus pros y contras, a partir de las experiencias ya realizadas en los años setenta y ochenta en pequeñas comunidades de Canadá y EE.UU., y los más recientes experimentos en una comunidad muy pobre en Namibia, estudiando sus resultados a nivel económico y sociológico en la población que participó en estas pruebas sobre la renta básica.

La película-documento hace un recorrido exhaustivo y profundo sobre las personas que a través de asociaciones reivindican la aplicación de una renta básica, desde Suiza, Alemania, Namibia o EE.UU., donde expertos en la materia nos explican un modelo económico que redistribuiría la riqueza y ayudaría a acabar con las gravísimas desigualdades económicas actuales. También, se expone, de un modo sencillo y claro, la idea de trabajar por dinero, y las consecuencias, positivas y negativas, que resultarían de trabajar sin tener que depender del sueldo, de terminar con ese poder indigno de aquellos que ofrecen el trabajo, y los otros, que dependen de él para sobrevivir. Un abanico de personas que alrededor del mundo defienden la renta básica y otros, por el contrario, se muestran completamente contrarios a su aplicación, esgrimiendo sus argumentos, basados en la pérdida de un modelo económico que, por otra parte, ya ha dado graves síntomas de su ineficacia y de pedir a gritos un cambio o la tecnología lo cambiará porque se será más factible económicamente hablando.

Tod construye una película que ayuda a reflexionar y a acercarse al tema de la renta básica desde múltiples puntos de vista y su necesidad en este mundo más desigual, y lo hace recurriendo a todos los elementos habidos y por haber, como los dibujos animados, o la saga de Star Trek (tanto la serie clásica como las películas, posiblemente la obra audiovisual que mejor ha plasmado los cambios y avances tecnológicos que nos depararan en el futuro) que abre y cierra la película, y a través de una voz en off, en un futuro remoto de 300 años después, donde las necesidades materiales han desaparecido y los seres humanos no tienen la necesidad de trabajar para ganar dinero, sino el trabajo se ha convertido en una realización personal y un espacio para descubrirnos. Interesante paradoja la que exponen en la película, un universo donde lo humano prevalece ante el materialismo, y en el que los seres humanos disponen de su vida para ellos, sin la necesidad de cambiar vida por dinero.

Encuentro con Emmanuel Hamon

Encuentro con Emmanuel Hamon, director de «L’utopie des images», junto a Natacha Laurent, directora de la Cinémathèque de Toulouse, y Esteve Riambau, en el marco del ciclo «1917-2017: Dels Romanov a Putin». El acto tuvo lugar el miércoles 25 de octubre de 2017 en Sala Laya de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Emmanuel Hamon y Natacha laurent, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Mal genio, de Michel Hazanavicius

AMANDO A GODARD.

“Al menos dos veces al día, el ser humano más digno es ridículo.”

Ernst Lubitsch

Nos encontramos en el París de 1967, Jean-Luc Godard acaba de finalizar el rodaje de La chinoise y se ha enamorado de Anne Wiazemsky, una chica de buena familia y nieta del gran escritor gaullista y católico François Mauriac, que un año antes había protagonizado Au hasard Balthazar, de Bresson. Godard es reconocido por todo el mundo y está en la cúspide de su carrera cinematográfica. Godard y Anne contraen matrimonio. Michel Hazanivicius (París, Francia, 1967) vuelve a la comedia más irreverente, iconoclasta y paródica con Mal genio, después de su intento fallido en el drama The search (2014) ambientado en la guerra de Chechenia. Un género, el de la comedia, que le ha reputado los mayores éxitos cinematográficos como las dos entregas de OSS 117, filmadas en el 2006, y tres años después, la segunda entrega, en la que parodiaba las películas de espías sesenteras con su actor fetiche Jean Dujardin, con el que repetiría en su mayor éxito hasta la fecha, The artist  (2011) una comedia romántica con tintes dramáticos filmada en blanco y negro y muda sobre la idiosincrasia hollywodiense en la época silente, que lo alzó con un buen puñado de estatuillas.

Ahora, y tomando como inspiración la novela “Un año ajetreado”, de Anne Wiazemsky (donde se explica su amor con Godard) retorna a la comedia y retrata aquellos años pop de finales de los sesenta y comienzos de los stenta, seis años, y lo hace con uno de los cineastas más influyentes y controvertidos de la historia, Jean-Luc Godard, al que vemos con unos 37 años, en plena crisis artística (en la que se planteaba nuevos caminos políticos y renunciar a su cine aburguesado y encontrar un cine más agitado políticamente y outsider)  y con el mayo del 68 en plena ebullición. Hazanavicius opta por la mirada externa, que recae en la joven Anne, una chica de 19 años que se ha enamorado del hombre-cineasta al que admira. Así que vemos a Godard desde la mirada de Anne, y asistimos a su historia de amor, desde los primeras risas y confidencias del comienzo a la destrucción de ese amor, pasando por muchos instantes donde se agita el posicionamiento político, los (des)encuentros con otros cineastas, como los casos de Bertolucci, por ejemplo, con amigos, estudiantes de la Sorbona, y demás personajes y personas que se cruzan en la vida del cineasta francés.

Hazanavicius retrata con detalle y mimo todo aquel instante desde la decoración, los colores, su atmósfera, la vida que empezaba y se desarrollaba entre manifestaciones contra el capitalismo, en cafés de interminables charlas, encontronazos con la ley, roturas de gafas, desayunos escuchando la radio, mítines en la universidad, amor y sexo, y nos lo cuenta tomando como referencia el cine de Godard, como la escena de sexo inspirada de Una mujer casada, o el espíritu y la vida que se detallaba en Pierrot le fou, El desprecio o Dos o tres cosas que sé de ella. Ese Godard sesentero, pop, con ese cine a contracorriente, formalista, y en continua transformación y de resistencia ante el cine imperante y popular. El Godard que vemos en la película es un tipo bregado en mil batallas, que a través de la discusión y el rechazo que provoca se construye su persona, que se mueve entre los extremos, desde encantador, inteligente, audaz y genio a todo lo contrario, a ese ser déspota, engreído, narcisista e insoportable. De ahí el título original “Le redoutable” que se traduciría como “El temible”, tanto para lo bueno como para lo malo, un hombre que no deja indiferente a nadie.

Hazanavicius encara al genio cinematográfico desde la comedia, pero también desde la historia de amor de Jean-Luc y Anne, porque el personaje público da paso al personaje privado en su intimidad, en la que la joven Anne pasa de admirar a su amor y descubrir junto a Godard la vida, el amor, el sexo, un mundo de intelectuales, el cine, la política, la fama y la vida parisina, con sus pros y contras,  a lentamente descubrir a un ser enfrascado en plena crisis creativa, que ya no admira y que ya no se ríe con él, como se comprobará en la secuencia de la habitación de hotel. Un irreconocible Louis Garrel, con calvicie y gafas de pasta negra, da vida a Godard, mostrando su humanidad, para lo bueno y lo malo y su desgaste creativo y personal, a su lado, Stacy Martin (descubierta por Von Trier en Nynphomaniac) da vida a la joven parisina sesentera, con su calidez, dulzura y fragilidad, y su libertad sexual, que descubre la cara amble y amarga de la vida, del cineasta y del amor.

Hazanavicius ha construido una película sobre Godard, Anne y la época en la que se enamoraron y vivieron su amor en el París más convulso del último medio siglo, a través del amor y la comedia más disparatada, pop, divertida, surrealista y desparramada, a lo Jerry Lewis (como el instante del viaje en coche cuando seis personas discuten entre ellas, como si fuesen niños enrabietados o aireados compañeros que les une una sincera amistad, pero también una división política muy aguda) en ese tiempo en el que las cosas parecían que podrían tomar otro rumbo, y lo hace retratando no sólo al cineasta y el genio que hay detrás, sino también a través de su humanidad, sus miedos, alegrías, inseguridades y sobre todo, su persona, que gustará más o menos, o simplemente no gustará, pero en el que todos los amantes del cine estarán de acuerdo, Godard es el cineasta que más ha reflexionado sobre el cine, y todo lo que rodea sobre su imagen, expresión, construcción y posicionamiento político, intelectual, social y cultural.


<p><a href=»https://vimeo.com/231376043″>MAL GENIO – Tr&aacute;iler VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmsvertigo»>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Angry Inuk (Inuit enfadado), de Alethea Arnaquq-Baril

LOS INUIT: VIDA, LUCHA Y ESPERANZA.

“Debemos frenar el prejuicio cultural que se nos impone y no nos permite beneficiarnos de nuestro entorno natural sin tener que perforar el suelo… Eso es lo que queremos como pueblo”

En 1922 Robert J. Flaherty dirigió Nanuk, el esquimal, un documento antropológico, considerado el primer documental de la hsitoria, que reivindicaba y daba a conocer las durísimas condiciones de vida de los inuit en el Ártico (en las tundras del norte de Canadá, Alaska y Groenlandia) y su forma de vida naturalista y ancestral indígena que vivía de la caza de las focas, por su carne y comercialización de pieles. Ahora, casi un siglo después, ese tipo de vida se ve seriamente amenazada por la tremenda oposición de las grandes organizaciones animalistas internacionales que promueven campañas millonarias en contra de la caza de las focas, aunque hay excepciones para la comunidad inuit, pero paradójicamente, esos movimientos promueven la prohibición de comercializar con las pieles, elemento comercial básico para la subsistencia de los inuit. La directora Alethea Arnaquq-Baril, inuit de nacimiento, coge la cámara y siguiendo con su filmografía, vuelve a mostrarnos su cultura, su vida y sus gentes, como ya hiciera en su anterior largo Tunniit: Retracing  the  Lines  of  Inuit  Tattoos, donde daba buena cuenta del espíritu inuit, reivindicando su forma de vida, y sus necesidades vitales para su subsistencia ante leyes que les obligan a su casi desaparición.

Arnaquq-Baril nos sitúa en Kimmirut, en el territorio de Nunavit, en el Ártico canadiense, en la zona más extensa de Canadá, en un paisaje helado, de temperaturas extremas y durísimas condiciones de vida, arrancando su película de forma antropológica, mostrándonos la forma de caza de los inuit, acompañando a un pariente y su nieto en su cotidianidad, donde después de cazar una foca, todo el proceso de despiece del animal, y la utilización de las diferentes partes, la comida entre familiares, la venta de otras partes, y la preparación de la piel para finalmente venderla. Un proceso que contribuye a la preservación del ecosistema y la forma de vida de la comunidad inuit. Después, nos habla de un poco de la historia de los inuit, cómo ha evolucionado el ajetreado siglo XX en la comunidad, donde han tenido que hacer frente al impecable contaminación del capitalismo que les ha llevado a cambiar de tierras, verse hostigados por las multinacionales porque su tierra es rica en minerales, tales como el petróleo y el gas, y hacer frente a los elementos naturales, en un ambiente sumamente hostil, helado, y temperaturas que alcanzan más de -30º. Ante este panorama, la comunidad se ha movilizado y ha viajado hasta Europa para reivindicar su forma de vida, y protestar contra leyes que atentan ante su futura existencia. La película arranca en el año 2008 y finaliza en el 2016, después de seguir un itinerario viajero que lleva a algunos representantes de los inuit, entre ellos la propia directora, que llevan una campaña a favor de la caza de focas, explicando las campañas internacionales ecologistas que utilizan las focas para enriquecerse y favorecer a grandes multinacionales que comercializan con otro tipo de animales.

Una comunidad pequeña, aislada, que se caracterizan por su vida solitaria, tranquila y sosegada, intentan hacer ruido para que la comunidad internacional (Unión Europa) les haga caso y les ayuden a mantener su estilo de vida, donde la caza de focas es primordial. La directora inuit coloca su cámara en su campaña de protesta, en sus viajes, en las entrevistas con parlamentarios europeos, concentraciones, y demás actos políticos, pero no olvida, mostrar la forma de vida de sus paisanos, en su día a día, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, capturando cada detalle, cada mirada, situándonos en el centro de la acción, desde la modista que hace sus diseños con piel de foca, los cazadores que hacen lo imposible por mantener a su familia, y los estudiantes universitarios que colaboran para que su comunidad siga latiendo y tenga un futuro digno, en una película sobre un modo de vida invisible, pero muy humanista, donde hay cabida para la política, lo social, lo cultural y lo económico, parte fundamental para la subsistencia de cualquier modo de vida del mundo, aunque algunos políticos y empresarios opinen de diferente manera, sin profundizar en la cuestión, aplicando leyes que sólo benefician a las grades empresas, sin tener en cuenta a las comunidades indígenas que plantean una forma de vida diferente y saludable con su entorno.