Indiana, de Toni Comas

EL LUGAR DONDE NUNCA PASA NADA.

Pueblos pequeños donde todos se conocen o al menos así lo piensan. Lugares rodeados de tierra arenosa, y grandes superficies de cultivo, en las que hay carreteras larguísimas a las que nadie sabe hacía adonde te llevan. Gentes sencillas, gentes dedicadas a sus trabajos, a sus familias, gentes que habitan esos lugares donde se mira el silencio, donde todos los días son o parecen iguales, donde cada cosa que sucede, por mínima que sea, agita el lugar y alerta a todos, aunque lo que suceda sea una cosa sin importancia. En este ambiente rural del medio oeste estadounidense, crocretamente en Indiana, nos sitúa Toni Comas (Barcelona, 1971) un cineasta que lleva años residiendo en Nueva York, pero que para su primer largo de ficción se ha ido a la América profunda, aquella que raras veces se erige como la protagonista. Comas que tiene en su haber el documental Building Stories, sobre Trump y su arquitecto, y el guión de Bag Boy, Lover Boy, se enfrasca en una trama que previamente había arrancado como un documental sobre los fenómenos paranormales en Indiana, aunque la complejidad del asunto, le llevó a construir una película de ficción sobre los “Spirit Doctors”, un par de colegas que altruistamente se dedican a ayudar a las personas que han sufrido presencias paranormales en sus vidas. Hasta aquí podríamos pensar que la película de Comas nos encamina a una especie de “Cazafantasmas” rurales,  pero la cinta se mueve por terrenos completamente antagónicos, alejado del efectismo o sensacionalismo de este tipo de películas o ambientes.

La película de Comas se centra en algunos casos haciendo hincapié en uno de ellos, pero no lo hace desde lo tajante, sino desde la incertidumbre y la complejidad, ya desde sus personajes principales, Michael, uno de los “Spirit”, es un ejecutivo de traje inmaculado, que cuando sale del trabajo viste chándal, además, su mujer le ha abandonado y él sigue sufriendo esa tristeza y ausencias, por su parte, el “otro spirit”, Josh, vive en una de esas caravanas que tanto se ven en el medio rural, está divorciado y comparte la custodia de su hijo preadolescente. La película no se centra en averiguar y responder, sino a formular y formularse preguntas, viajamos con los “Spirit” en ese 4×4, en silencio y en calma, como si fuesen seres de otro planeta, vagando sin rumbo por el espacio, encontrando las respuestas necesarios para entender y entenderse, aunque quizás sea el viaje o la trayectoria lo único sincero y real en la película, no lo sabemos, la película tampoco se decanta, y esto es de muy agradecer, nos movemos con sus protagonistas, descubriendo los diferentes casos y entrando en ese mundo desconocido, cercano y a la vez, muy extraño.

Sin ser una película de terror al uso, o esa película-producto de sustos y argumentos facilones con asesinos invencibles que nos tienen tan acostumbrados el cine convencional, consigue esa atmósfera inquietante y agobiante con mínimos recursos, dejando que la cámara los sigue como una presencia más, sin teledirigir al espectador, dejando el espacio conveniente, al que acompaña esa luz mortecina, donde el sol parece sombrío, como sin fuerza, creada por la cinematografa Anna Franquesa Solano. Comas y su coguionista Charlie Williams, han construido una película muy sobria y contenida, una película de ausencias y presencias, capturando ese espacio incierto, que quizás no sea de este mundo, moviéndose entre lo espectral y lo terrenal, entre lo racional e irracional, entre lo que sabemos o intuimos que sabemos, y aquello que desconocemos, entre nuestros miedos y conflictos interiores, y lo otro, ese espacio extraño, desconocido, invisible pero visible, algo que nos lleva hacía lugares que nunca hemos visto o sensaciones nunca vividas.

Si bien podemos intuir el cine de David Lynch, en la medida de ese terror cotidiano, ese que se cuela en nuestras casas, aquel que vive entre nosotros, el que nos saca fantasmas de nuestro interior, los temores que nos acechan que conviven en nuestro interior, los que no nos dejan dormir y nos atormentan, sin olvidarnos del estado de ánimo que padecían los personajes de Antonioni, que eran incapaces a encontrarse en una isla pequeña, o que deambulaban por las ciudades sintiéndose extraños de sí mismos, o que les abrumaba la desolación en los momentos más inoportunos, seres que parecían moverse entre sombras, entre otras dimensiones, desconectados del mundo, y sobre todo, de todos, y de ellos mismos. Comas consigue un reparto ajustado y estupendo que saben lidiar con unos personajes nada fáciles, consiguiendo embaucar al espectador en este cuento de terror atípico, diferente, y extrañamente inquietante, que atrapa con lo mínimo, conduciendo al público por un laberinto donde hay personajes siniestros, situaciones muy inquietantes, y sobre todo, un paisaje humano donde todo puede ocurrir, aunque sea de esos lugares donde nunca pasa nada.

Cuando dejes de quererme, de Igor Legarreta

LA VERDAD SOLO TIENE UN ROSTRO.

“La tierra manda, el lugar condiciona”

El pasado, por mucho que se intente enterrar, siempre vuelve, y vuelve para saldar cuentas, para enfrentarnos a aquello que pretendíamos olvidar cierto día. La aparición del cadáver de Félix Careaga devolverá a su única hija Laura, a aquellos días convulsos de finales de los sesenta, cuando el país vivía sometido a las injurias políticas y sociales de un tiempo de silencio y horror. Igor Legarreta (Bilbao, 1973) con experiencia en el guión de Regreso a Moira, de Mateo Gil, y también, en la escritura de Autómata, de Gabe Ibáñez, en la que también dirigió al segunda unidad, misma labor que realizó en Zipi y Zape, hace su puesta de largo en una película donde se mezcla el drama familiar con el thriller de investigación (con los orígenes de ETA de por medio) en el que Laura, una joven nacida en Durango pero ahora instalada en Buenos Aires, regresa para descubrir la verdad de su padre, al que apenas recuerda. Le acompañará Fredo, su padre adoptivo, y les ayudará en las pesquisas Javier, un joven agente de seguros que se sentirá atraído por la joven.

La película nos habla de dos tiempos, el año 2002 y el lejano, y a la vez tan próximo, 1968, y de dos lugares, Durango y Buenos Aires, distanciados en 10000 kilómetros, pero que en la trama se encontrarán en cierto lugar, sin tiempo ni espacio. Legarreta arropa a su trama la elegancia y la luz sombría del norte, para encerrarnos en un misterio en el que todos los implicados con el suceso parecen guardar silencio, a veces por miedo, y otras por conveniencia. La luz apagada y fantasmal del norte, obra del cinematógrafo debutante Imanol Nabea, esa luz mortecina de Durango, atraviesa la película dotándola de fuerza, aportando el ambiente inquietante y ese juego laberíntico por el que transita la cinta. Un montaje clásico obra del experimentado Alejandro Lázaro (habitual colaborador de Alex de la Iglesia) que ayuda a espaciar los acontecimientos y a viajar de un tiempo a otro, casi sin darnos cuenta, a medida que avanzan las investigaciones. La especial y penetrante score del reputado Lucio Godoy (con más de dos lustros de carrera con obras como Tarde para la ira o la serie Crematorio) crea esa atmósfera de fantasmas y sombras que se han instalado en la vida de Félix Careaga.

La película avanza a ritmo pausado y cadente, todo se nos cuenta de forma clara y precisa, apoyándose en un relato lleno de preguntas sin responder y personajes que callan más de lo saben, en un viaje emocional de Laura (bien interpretada por la actriz argentina Flor Torrente) una joven que se enfrenta a su identidad y orígenes, una joven que quiere saber, quiere darle dignidad a aquel padre del que poco sabe, aquel padre que todos dicen que se fue y jamás volvió, que abandonó a su madre y a ella, que descubrirá también sus sombras, pero que al fin y al cabo, era su padre, y en este camino, descubrirá más cosas de las que imaginaba, y quizás se descubra a sí misma a través de sus sentimientos. El personaje de Fredo (magnífico la composición de Eduardo Blanco) que además de aportar ese faro vigilante emocional a Laura, introduce las dosis de humor para relajar el ambiente oscuro de la película. Miki Esparbé realiza un buen trabajo, interpretando al enamoradizo de Laura que le ayuda poniendo en peligro su trabajo. Y el gran acierto de la película son los magníficos actores y actores de reparto que pueblan la cinta como el padre asesinado Eneko Sagardoy, el oscuro y silencioso Joaquín Climent, la mano amiga de Mario Pardo, el rudo y serio Kandido Uranga, el antipático y profesional Josean Bengoetxea, y la aparición estelar de Antonio Dechent como picoleto fascista.

Una película que navega con delicadeza y  sensibilidad por las diferentes capas y tiempos que la conforman, sumergiéndonos en aquellos tiempos de la dictadura franquista donde a veces la vida valía poco o nada, donde en un pequeño pueblo se sabía todo de todos, donde no había salida posible, en el que todos los que sabían se callaban, por miedo a hablar, o por las continuas represalias que allí se cocían, en el su intensa atmósfera y puesta en escena nos recuerda al aroma del gran policíaco de los ochenta, donde con audacia y nervio se mezclaba el drama familiar o social con el ambiente político áspero y tenebroso en el que películas como El arreglo, La muerte de Mikel, El pico, Ander y Yul, entre muchas otras. Cine valiente y contundente, cine que además nos explicaba las inquietudes e ilusiones de un país que arrastraba los fantasmas del pasado y andaba dando tumbos sin poder enfrentarse a su pasado más reciente. Legarreta aprueba con nota su debut, explorando el thriller psicológico con el drama más intimo y personal donde las cosas nunca son lo que parecen, y es necesario desenterrar a nuestros muertos y darles una memoria digna, porque aunque el tiempo haya pasado, hay heridas que jamás se curan.


<p><a href=”https://vimeo.com/249368623″>TRAILER OFICIAL CUANDO DEJES DE QUERERME (HD)</a> from <a href=”https://vimeo.com/centuriafilms”>Centuria Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>