Sieranevada, de Cristi Puiu

LA FICCIÓN DE NUESTRA MEMORIA.

El arranque de la película situado en mitad de una calle céntrica de Bucarest, define de manera brillante lo que serán sus características, a saber, primero, percatamos una cierta distancia con aquello que se nos está contando, la cámara filma desde la otra acera de donde se están llevando a cabo los hechos, una madre y su hija esperan supuestamente al automóvil del padre que ha dado la vuelta, no sabemos a ciencia cierta que está ocurriendo, pero el tiempo transcurre y la espera también, y ese tiempo se va dilatando, con esa sensación que las cosas parecen no tener fin, y finalmente, la utilización del sonido, a veces ambiental, y otras, silencioso. Aparece el coche del padre, se suben el matrimonio, después de dejar a la niña y se dirigen a la casa de los padres de él para celebrar un homenaje al padre muerto 40 días después de su fallecimiento. Cristi Puiu (Bucarest, 1967) uno de los grandes nombres de los cineastas surgidos en Rumanía en el nuevo milenio que, a través de propuestas sencillas y cotidianas, pasan revista a los acontecimientos históricos del país desde la época comunista, la caída de Ceaucescu, el gobierno de Iliescu, y los nuevos tiempos, con el capitalismo feroz, y la escasez laboral y económica.

Puiu nos encierra en el piso familiar, donde se ha reunido todo el clan para conmemorar al ausente, ellos son los últimos en llegar, Lary, y su esposa, que se ausentará ya que le urge comprar una serie de cosas. Lary, doctor de profesión, pero obligado por la precariedad a vender máquinas para hospitales, y así sucesivamente, iremos conociendo a todos los miembros allí reunidos. Todo contado a partir de esas dos premisas que comentábamos al inicio, la distancia de la cámara, que filma y capta al detalle todo lo que va aconteciendo, y el tiempo, aquí contado en tiempo real, un metraje que llegará casi a las 3 horas, a través de las planos secuencia interminables, donde la comida se va posponiendo, y no acaba de producirse, primero, por la tardanza en la llegada del cura ortodoxo que presidirá la ceremonia, y luego, por otra aparición, esta inesperada, la del tío, presumiblemente adultero, que viene a reclamar su lugar como jefe del clan,  ahora que el muerto no está. Puiu sigue en las coordenadas dramáticas que le han encumbrado como uno de los nombres indiscutibles del panorama cinematográfico internacional, en La muerte del Señor Lazarescu (2005) nos contaba la odisea de un señor mayor que pasaba de hospital en hospital sin que ninguno pudiese localizar su dolencia, en Aurora, un asesino muy común (2010), filmaba en deambular de un tipo perdido angustiado por el abandono de su mujer, películas que le servían para indagar en la historia reciente de su país, el terrible pasado comunista, la dura transición al nuevo sistema económico, y los restos de aquello que desapareció y lo nuevo que no acaba de ser aquello que tanto deseaban, el desencanto instalado en un país en tierra de nadie, que es europeo, pero parece anclado en fantasmas del pasado y en diferencias irreconciliables entre sus habitantes.

Puiu pone sobre la mesa varios temas, desde el atentado de las torres gemelas, donde algunos opinan sobre la conspiración, también conocemos a una vieja comunista que alardea de ese pasado, enfrentado a otros, más jóvenes que critican su actitud, y demás cuestiones sobre la memoria del país que acaba siendo la memoria de uno mismo, sobre la historia que conocemos, la oficial, y la que hemos leído, sobre la manipulación de la memoria, y todo aquello que desconocemos de los sucesos, y lo mucho que debemos inventar para rellenar esos huecos, tanto históricos como personales, de nuestras vidas, unas vidas expuestas a una historia cambiante, oscura y difícil de conocer en su verdad. Puiu expone todos estos elementos, dentro de ese microcosmos, en la que cada habitación parece un espacio diferente, iluminado de diferentes maneras, espacios a los que es difícil acceder, con esas puertas que constantemente se abren y se cierran, como si estuviésemos viendo una comedia clásica de Lubitsch o Hawks, donde la coreografía de puertas y personas se mueves al compás de unos movimientos que parecen dominarles contra su voluntad.

El cineasta rumano no deja ningún tema sin tratar, aquí hay tiempo para hablar de historia, política, religión, trabajo, familia, dinero y demás cuestiones que, no sólo trazan un marco de los diferentes integrantes de la familia, sino que despieza la reciente historia de Rumania y los diferente hechos internacionales que se han vivido en los últimos años. De lo individual o íntimo a lo colectivo, de lo cotidiano a lo oficial, los diversos contrastes de la película y sobre todo, de todas las relaciones humanas que se van viviendo en la jornada del sábado, un sábado como otro cualquiera, donde cada uno de los componentes de la familia deberá enfrentarse a su verdad y exponerla o no a los otros, desnudarse emocionalmente para ser juzgado. Aunque Puiu parece instalado en situaciones que podríamos llamar de comedia, también hay drama, un conflicto emocional de cada uno de los integrantes que vemos pulular por ese piso. Una comedia amarga, aquella que afloró en los cuarenta o cincuenta en Europa que servía para esconder las miserias de una población derruida por la guerra, o la que ayudó a Berlanga en sus magistrales Plácido o La escopeta nacional, para retratar las miserias del franquismo con su doble moral y una rectitud y buenas formas de pacotilla que aparentaban un país mísero arruinado por el fascismo y el terror. Puiu habla de mucho con muy poco, convocando a un grupo heterogéneo familiar que vive o sobrevive en la Rumanía actual que después de la caída del comunismo creían que los nuevos tiempos les traerían nuevas oportunidades, pero estas, para su desgracia, todavía están por llegar.

Anuncios

La madre, de Alberto Morais

lamadre_poster_a4_webLAZOS ROTOS.

La película arranca de forma abrupta, sin concesiones, de modo seco y muy duro, sin tregua al espectador, nacida desde las entrañas, sin embudos ni parafernalias, capturando la vida, o podríamos decir la no vida de Miguel, un chaval de 14 años que está solo, aunque viva con su madre, trapichea lo que puede dentro de su mísera existencia, el bocadillo del compañero de clase, vende paquetitos de pañuelos a dos euros en los semáforos, roba embutido de extranjis en el súper de la esquina, y ahí va, huyendo de su vida, de una madre irresponsable que ni lo cuida ni se cuida, de un entorno social que ahoga, que no da tregua, que simplemente aniquila todo lo diferente, lo que escapa de lo establecido.

El cuarto largo de Alberto Morais (Valladolid, 1976) es un leve cambio de rumbo en su filmografía, un golpe de timón hacia un cine directo, un cine anclado en la realidad de ahora, en el instante fugaz de la actualidad, de lo de ahora, si bien sigue manteniendo el tono de documento con lo social y lo inmediato que ya tenían sus anteriores trabajos, y la estructura de viaje, retratando el itinerario que siguen sus personajes, pero se desmarca levemente en el tema de la memoria que, estructuraba su filmografía hasta ahora, en la que debutó con Un lugar en el cine (2008), un bellísimo homenaje al cine en el que el director Theo Angelopoulos en compañía de otro insigne realizador, Víctor Erice, viajaban hacía Ostia, playa donde fue asesinado Pasolini, a la que siguió Las olas (2011), en la que un señor viajaba hacia el campo de refugiados de Arguelès-sur-mer después de la muerte de su mujer, y finalmente, Los chicos del puerto (2013), en la un chaval en compañía de sus amigos deambulaban por Valencia con la esperanza de devolver una chaqueta militar a un antiguo compañero de su abuelo fallecido.

lamadre1

Morais que vuelve a colaborar en labores de escritura con Ignacio Gutiérrez-Solana (con el que escribió Los chicos del puerto), y con Verónica García Navarro (socia-productora) logran hilar un relato marcado por la desilusión, el drama cotidiano y doméstico, donde el ámbito familiar ha sido derrotado, excluido y roto, en el que Miguel deberá subsistir como puede, y donde pueda, con lo que pueda conseguir, se ha convertido en un barco a la deriva, sin cariño, sin amor, sin nadie. Unos encuadres y planos que asfixian a los personajes, que sigue sin descanso a unos seres angustiados, sin futuro, que más que caminar o desplazarse, se mueven porque tienen que hacerlo, sin nada ni nadie que les espere, siempre mirando hacia atrás, en esa continua huida que se ha convertido sus maltrechas vidas, con mochila al hombro y a la carrera, con el miedo de los servicios sociales siempre acechando, en una vida que no es vida, sino alma en pena, perdida y desamparada, en un abandono que duele, que mata, que no debería ser así, pero lo es.

lamadre6

La fotografía de Diego Dussuel (colaborador de Isaki Lacuesta) consigue atrapar esa luz seca, que encoge el ánimo, que nos penetra en el alama sin nada a lo que agarrarse, y el montaje de Julia Juániz (en muchas películas de Carlos Saura, y en la fascinante El cielo gira, de Mercedes Alvárez) abrupto, de corte limpio, soportando esos planos que pesan, en los que no entra la luz y el aire, que muerden, y el sonido de Daniel Fontrodona, un experto en la materia, consiguiendo ese aroma de la inmediatez, en la que los sonidos invaden todos los lugares y los estados de ánimo de los personajes. Un reparto ajustado en el que cada intérprete apoya la mirada de Miguel (un excelente Javier Mendo, que ha crecido en la pequeña pantalla a través de la serie Los protegidos) una mirada donde se sustenta toda la trama de la cinta, en la que Laia Marull (que aparecía en Las olas) compone una madre sin trabajo, vacía, sin nada, alejada de sí misma, y sobre todo, de su hijo, que contrapone con la aparición de la siempre estimulante Nieve de Medina, como la mujer redentora, dispuesta a ofrecer una mano si hace falta a nuestra criatura indefensa, y la presencia de Ovidiu Crisan dando vida a Bogdan, actor rumano (Rumanía es el país coproductor de la película, junto a Paulo Branco, el reconocidísimo productor de nombres como Wenders, Tanner, etc…, que actúa como productora asociada) de gran presencia física y temperamento, dando vida al ex-amante de la madre.

lamadre9

Morais ha conseguido una película brillante, de talle delicado, construida a través del abandono, de esa mirada triste, en la que no juzga a sus personajes, sino que los retrata de forma realista, manteniéndose a la distancia prudente de no caer en maniqueísmos ni sentimentalismos de otras producciones. Una película que bebe de la gran tradición del cine británico, desde los tiempos del Free Cinema a los Loach, Frears o Leigh, en retratar los ambientes sociales más complejos y duros, y buena parte de la cinematografía francesa como Truffaut, Pialat, etc… en los que abordan de manera concisa y terrible los problemas a los que se ven sometidos los menores, sin olvidarnos de la fantástica aportación a este terreno de los hermanos Dardenne en el niño de la bicicleta. Cine de gran contenido social, que describe de forma brillante, y necesaria los problemas que nos rodean cada día, en respuesta a los medios y gobernantes de turno que no se detienen ni lo más mínimo en su atención, y cuando lo hacen, lo abordan de una forma simplista y terrible.


<p><a href=”https://vimeo.com/166356815″>TRAILER LA MADRE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user15386244″>Olivo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>