Sin miedo, de Claudio Zulian

VERDAD Y JUSTICIA.

En el año 2012 la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenaba por primera vez al estado de Guatemala por las desapariciones forzadas durante la guerra civil (1960-1996) cifradas en más de 45000 personas desaparecidas. El GAM (Grupo de Apoyo Mutuo) creado en 1984, en el que un grupo de familiares desaparecidos pidió y consiguió esta sentencia que, entre otras reparaciones que, a día de hoy, el gobierno guatemalteco se ha negado a cumplir, se encontraban la producción de un documental. Fue entonces cuando el GAM contactó con el cineasta Claudio Zulian (Campodarsego, Padua, Italia, 1960) para llevar a cabo el proyecto. Zulian es una artista multidisciplinar (sus trabajos en el videoarte son elogiados en todo el mundo) en el largometraje ha desarrollado una filmografía anclada en el ámbito de lo social y político, como lo demuestran películas como Beatriz/Barcelona (2004) donde seguía la cotidianidad de una mujer sin nada, en A través del Carmel (2006) hacía un recorrido en un solo plano sobre el legendario barrio en el que realizaba un caleidoscopio humano sobre la historia del espacio, y finalmente, en Born (2014) se trasladaba a la Barcelona del siglo XVIII para contarnos un relato de tres personajes lleno de injurias, mentiras y violencia, que contaba con una asombrosa luz de Jimmy Gimferrer, y un gran trabajo de fuera de campo.

Ahora, Zulian se enfrenta a una película donde vuelven a entrar en liza la historia, la memoria colectiva de un pueblo, lo social y lo político, filmando a un grupo de personas, encabezadas por Miguel Ángel Arévalo, Paulo Estrada, Ofeliz Salanic y Salomón Mejía, que dialogan sobre sus familiares desaparecidos, sobre los que ya no están, sobre aquellos que les fueron arrebatados forzosamente. La película utiliza desde el dibujo, el archivo (en un gran trabajo de síntesis para contextualizarnos la terrible historia de Guatemala (uno de los países de América latina donde su pasado horrible es menos conocido internacionalmente) que nos lleva a mediados del siglo XX, cuando el imperialismo yanqui derrocó al gobierno democrático para imponer una dictadura y de esa manera, preservas sus intereses económicos en el país, hecho que provocó una firme oposición democrática que estalló en una lucha fratricida que se alargó hasta el año 1996, en que los años 1983 hasta 1985, la represión fue más atroz y cruenta con más de 200000 muertos y los mencionados 45000 desparecidos) la performance (cuando los propios familiares escenifican las argucias de la policía para asesinar a los opositores democráticos.

Zulian nos propone un viaje memorístico, donde el pasado y presente convergen en un solo, en el que visitamos los hogares de los desaparecidos y sus familiares recuperan su memoria, sus rostros y sus huellas, también, visitamos los lugares del horror, esas cárceles donde se llevaban a cabo las siniestras torturas y asesinatos, o esos espacios perdidos en el tiempo, donde algunos encontraron la muerte en manos de los genocidas. El cineasta italiano, afincado en Barcelona, convoca a los cineastas de la memoria como Claude Lanzman o Rithy Panh para conducirnos por la memoria de Guatemala, a través de la lucha de un grupo de personas que trabajan para desenterrar su pasado, para contarnos la verdad de lo que ocurrió y reparar judicialmente aquellos actos horribles, y lo hace desde el respeto a la memoria de las víctimas, de los que no están, dándoles ese espacio que el estado les negó, devolviéndoles la dignidad perdida, sacándolos del olvido estatal, recogiendo las pruebas recuperadas como el “Diario Militar” o el archivo policial, o los dibujos de sus retratos (en uno de los momentos más emotivos y especiales de la película, cuando un dibujante compone los retratos de los que ya no están).

Zulian captura a sus personajes desde la sinceridad y la naturalidad, filmándolos desde la observación, de aquel que mira sin juzgar, dejando esa parte al espectador curioso e inquieto, a través de lo colectivo, de un país que reclama justicia, que no olvida a sus muertos, que sigue trabajando desde la oscuridad, para que un día sus muertos descansen en paz, en una película que se bifurca en dos caminos, por un lado, es un documento magnífico sobre la memoria de la represión en Guatemala, y también, es un película sobre los procesos de crear una película, donde observamos las diferentes herramientas que el audiovisual permite explicar los diferentes situaciones que tuvieron que vivirse durante el horror, en el que el propio director participa, como la entrevista a un empresario conservador que niega el horror de la represión, argumentándolo de manera simplista y provocadora, secuencia que remite a la situación política actual que atraviesa Guatemala, donde estas personas que buscan dignidad para los suyos, ponen su vida en peligro, porque el estado sigue en sus trece y no tiene ningún gesto de reparación y justicia con las víctimas, sino todo lo contrario.

Entrevista a Carlos Franco, Cristian Valencia, Betsy Túrnez, Josep Seguí y Santi Bayón

Entrevista a Carlos Franco, Cristian valencia, Betsy Túrnez, Josep Seguí y Santi Bayón, coguionista e intérpretes, respectivamente,  de la película “Blue Rai”, de Pedro B. Abreu. El encuentro tuvo lugar el jueves 5 de abril de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Franco, Cristian Valencia, Betsy Túrnez, Josep Seguí y Santi Bayón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de ArteGB, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Sieranevada, de Cristi Puiu

LA FICCIÓN DE NUESTRA MEMORIA.

El arranque de la película situado en mitad de una calle céntrica de Bucarest, define de manera brillante lo que serán sus características, a saber, primero, percatamos una cierta distancia con aquello que se nos está contando, la cámara filma desde la otra acera de donde se están llevando a cabo los hechos, una madre y su hija esperan supuestamente al automóvil del padre que ha dado la vuelta, no sabemos a ciencia cierta que está ocurriendo, pero el tiempo transcurre y la espera también, y ese tiempo se va dilatando, con esa sensación que las cosas parecen no tener fin, y finalmente, la utilización del sonido, a veces ambiental, y otras, silencioso. Aparece el coche del padre, se suben el matrimonio, después de dejar a la niña y se dirigen a la casa de los padres de él para celebrar un homenaje al padre muerto 40 días después de su fallecimiento. Cristi Puiu (Bucarest, 1967) uno de los grandes nombres de los cineastas surgidos en Rumanía en el nuevo milenio que, a través de propuestas sencillas y cotidianas, pasan revista a los acontecimientos históricos del país desde la época comunista, la caída de Ceaucescu, el gobierno de Iliescu, y los nuevos tiempos, con el capitalismo feroz, y la escasez laboral y económica.

Puiu nos encierra en el piso familiar, donde se ha reunido todo el clan para conmemorar al ausente, ellos son los últimos en llegar, Lary, y su esposa, que se ausentará ya que le urge comprar una serie de cosas. Lary, doctor de profesión, pero obligado por la precariedad a vender máquinas para hospitales, y así sucesivamente, iremos conociendo a todos los miembros allí reunidos. Todo contado a partir de esas dos premisas que comentábamos al inicio, la distancia de la cámara, que filma y capta al detalle todo lo que va aconteciendo, y el tiempo, aquí contado en tiempo real, un metraje que llegará casi a las 3 horas, a través de las planos secuencia interminables, donde la comida se va posponiendo, y no acaba de producirse, primero, por la tardanza en la llegada del cura ortodoxo que presidirá la ceremonia, y luego, por otra aparición, esta inesperada, la del tío, presumiblemente adultero, que viene a reclamar su lugar como jefe del clan,  ahora que el muerto no está. Puiu sigue en las coordenadas dramáticas que le han encumbrado como uno de los nombres indiscutibles del panorama cinematográfico internacional, en La muerte del Señor Lazarescu (2005) nos contaba la odisea de un señor mayor que pasaba de hospital en hospital sin que ninguno pudiese localizar su dolencia, en Aurora, un asesino muy común (2010), filmaba en deambular de un tipo perdido angustiado por el abandono de su mujer, películas que le servían para indagar en la historia reciente de su país, el terrible pasado comunista, la dura transición al nuevo sistema económico, y los restos de aquello que desapareció y lo nuevo que no acaba de ser aquello que tanto deseaban, el desencanto instalado en un país en tierra de nadie, que es europeo, pero parece anclado en fantasmas del pasado y en diferencias irreconciliables entre sus habitantes.

Puiu pone sobre la mesa varios temas, desde el atentado de las torres gemelas, donde algunos opinan sobre la conspiración, también conocemos a una vieja comunista que alardea de ese pasado, enfrentado a otros, más jóvenes que critican su actitud, y demás cuestiones sobre la memoria del país que acaba siendo la memoria de uno mismo, sobre la historia que conocemos, la oficial, y la que hemos leído, sobre la manipulación de la memoria, y todo aquello que desconocemos de los sucesos, y lo mucho que debemos inventar para rellenar esos huecos, tanto históricos como personales, de nuestras vidas, unas vidas expuestas a una historia cambiante, oscura y difícil de conocer en su verdad. Puiu expone todos estos elementos, dentro de ese microcosmos, en la que cada habitación parece un espacio diferente, iluminado de diferentes maneras, espacios a los que es difícil acceder, con esas puertas que constantemente se abren y se cierran, como si estuviésemos viendo una comedia clásica de Lubitsch o Hawks, donde la coreografía de puertas y personas se mueves al compás de unos movimientos que parecen dominarles contra su voluntad.

El cineasta rumano no deja ningún tema sin tratar, aquí hay tiempo para hablar de historia, política, religión, trabajo, familia, dinero y demás cuestiones que, no sólo trazan un marco de los diferentes integrantes de la familia, sino que despieza la reciente historia de Rumania y los diferente hechos internacionales que se han vivido en los últimos años. De lo individual o íntimo a lo colectivo, de lo cotidiano a lo oficial, los diversos contrastes de la película y sobre todo, de todas las relaciones humanas que se van viviendo en la jornada del sábado, un sábado como otro cualquiera, donde cada uno de los componentes de la familia deberá enfrentarse a su verdad y exponerla o no a los otros, desnudarse emocionalmente para ser juzgado. Aunque Puiu parece instalado en situaciones que podríamos llamar de comedia, también hay drama, un conflicto emocional de cada uno de los integrantes que vemos pulular por ese piso. Una comedia amarga, aquella que afloró en los cuarenta o cincuenta en Europa que servía para esconder las miserias de una población derruida por la guerra, o la que ayudó a Berlanga en sus magistrales Plácido o La escopeta nacional, para retratar las miserias del franquismo con su doble moral y una rectitud y buenas formas de pacotilla que aparentaban un país mísero arruinado por el fascismo y el terror. Puiu habla de mucho con muy poco, convocando a un grupo heterogéneo familiar que vive o sobrevive en la Rumanía actual que después de la caída del comunismo creían que los nuevos tiempos les traerían nuevas oportunidades, pero estas, para su desgracia, todavía están por llegar.

Entrevista a Roser Aguilar

Entrevista a Roser Aguilar, directora de “Brava”. El encuentro tuvo lugar el lunes 3 de julio de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roser Aguilar,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Maria Guisado de La portería de Jorge Juan, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño, y a Toni de Cinemes Girona, por su amabilidad y cariño.

Entrevista a Robert Guédiguian

Entrevista a Robert Guédiguian, director de “Una historia de locos”. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de febrero en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Robert Guédiguian, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lorea Elso de Golem, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Carles Torras

Entrevista a Carles Torras, director de “Callback”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de enero de 2017 en la sala Nunes de la Acadèmia de Cinema Català en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Torras, por su tiempo, generosidad, y cariño, y a Sonia Uria y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, amistad y cariño, que también tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Callback, de Carles Torras

callback_poster_cas_70x100SER UNO DE ELLOS.

“¿Te sientes cansado? ¿Estás decaído?

La solución a tus problemas no es huir de la ciudad.

Esta aquí, en esta lata.

Bebe Mega Boost y te sentirás bien”.

El artista pop Andy Warhol acuñó la frase: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”, término que se ha convertido en el estandarte de muchísima gente, que dedica su vida para conseguir ese momento, de fama, de celebridad, de conseguir agradar a todos y convertirse en una especie de imagen a la que imitar y seguir, y si hay un país que continuamente vende ese mito es EE.UU., sus líderes propagan su discurso nacionalista de que su nación es la tierra prometida, la tierra de las oportunidades en la que cualquier persona, sin importar su condición, raza, sexo o religión puede conseguir lo que se proponga. Ese éxito de popularidad, fama y dinero que sacará de su vida al looser para convertirse en un triunfador.

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El cineasta Carles Torras (Barcelona, 1974) en su cuarto largo, explora ese mundo a través de la figura de Larry de Cecco, un inmigrante latino que se gana la vida como mozo de mudanzas, introduciéndose en casas y vidas ajenas, espacios a los que aspira, a esa vida soñada que le proporcionará su sueño de convertirse en actor profesional de anuncios publicitarios, a los que acude con asiduidad. Torras sigue centrado en ese mundo de lobos solitarios y seres de difícil adaptación en una sociedad vertiginosa y deshumanizada, como los jóvenes de buena familia que acababan cruzando el lado tenebroso y cometiendo abusos a los demás en un mundo dominado por drogas, sexo y dinero, en Joves (2004, filmada junto a Ramón Térmens), en su segundo largo Trash (2009) indagaba en las relaciones personales superficiales de usar y tirar y la banalidad del amor de nuestro tiempo, en su tercer trabajo, da un giro a su carrera y filma Open24h (2011), un minucioso ejercicio minimalista en blanco y negro sobre la dura existencia de un vigilante nocturno y su vida miserable.

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Todos ellos, seres inadaptados, tipos con serios problemas de aceptar un mundo al que no consiguen pertenecer, un mundo demasiado alejado de su percepción, tipos abocados a la miseria moral y al borde de la locura en todo momento. Larry de Cecco (magníficamente interpretado por el chileno Martín Bacigalupo, coguionista del filme, un personaje que fascina y aterra a partes iguales) es uno de esos tipos, como podrían serlo aquellos cowboys que se negaban a aceptar la velocidad y los cambios de una sociedad que no los admitía y los convertía en proscritos, o los Travis Bickle que volvían del infierno de Vietnam y tampoco lograban ser uno más en esta vorágine social que miraba hacia otro lado ante las injusticias y la pobreza. De Cecco lleva una vida aparentemente normal, pero sólo en apariencia, su vida, sencilla y humilde, se mueve de un lugar a otro, haciendo todos los posibles por seguir su sueño y convertirse en ese actor que tanto ansía, pero la cruda realidad de mozo de mudanzas, un trabajo para ir tirando, con un jefe antipático y rudo, que no le tenderá la mano cuando lo necesite, o la chica que se hospeda en su casa, y a la que De Cecco parece ver en ella algo más, y también, se tropezará con ese muro que brilla pero que encierra una realidad dura, triste y fría.

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Torras, junto a su equipo ha levantado un proyecto cooperativista que rezuma al cine independiente americano que ha sacado la mugre de debajo de la alfombra, criticando las miserias de una sociedad demasiado tradicionalista y ultraconservadora, como esas proclamas salvajes y falsas que escucha nuestro protagonista en las sesiones sicóticas de la iglesia evangélica a las que asiste para ser uno como ellos. Un retrato social y político, disfrazado de thriller psicológico, sobre el verdadero rostro de muchos que llegados de otras partes del mundo más desfavorecidas acaban en la ilegalidad de un país que vende humo y ficciones de luces de neón, que entran bien por los ojos, pero salen por las cloacas de la inmoralidad. La fotografía de tonos grises y apagados en un Nueva York alejado de la postal, obra de Juan Sebastián Vásquez (habitual de Torras) refuerza ese mundo de apariencia, de irrealidad, de pesadilla en el que se encuentra De Cecco, alguien que rechaza sus orígenes, porque su vida se ha convertido en un triunfo sólo por estar allí y querer ser uno de los americanos blancos, bien pensantes, ignorantes, nacionalistas y conservadores, que no solamente ama y cree en su país, sino que lo pone como ejemplo ante el resto del mundo.